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Es el cuento del caballero inexistente
Tipo: Monografías, Ensayos
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Tít ulo original: I L CAVALI ERI I NESI STENTE Traducción: Francesc Miravit lles Edit orial Bruguera, S. A.
significa que sea una diversión para el escrit or, el cual debe narrar con dist anciam ient o, alt ernando im pulsos en frío e im pulsos en calient e, aut ocont rol y espont aneidad, y en realidad ése es el m odo de escribir que proporciona m ás cansancio y m ás t ensión nerviosa. Pensé ent onces en ext rapolar est e esfuerzo m ío de escribir haciendo con él un personaj e, e hice la m onj a escribient e, com o si fuera ella la que narraba, y est o servía para darm e im pulsos m ás reposados y espont áneos, y sacaba adelant e lo dem ás.» La presencia de un «yo» narrador com ent arist a es una const ant e del ciclo —el sobrino niño del Vizconde, el Biagio di Rondó herm ano y cronist a del Barón—, pero en est a novela present a una acusada novedad, esboza un t em a que Calvino ha t rat ado adm irablem ent e, a lo largo, a lo ancho y en profundidad, en su hast a ahora últ im a novela: Se una not t e d'inverno un viaggiat ore ( Einaudi, 1979). Se t rat a del propio act o de escribir, de la relación ent re la com plej idad de la vida y la hoj a en la que esa com plej idad se dispone en form a de signos alfabét icos, del grafo y su recepción por el lect or, en sum a: «el art e de escribir hist orias est á en saber sacar de lo poco que se ha com prendido de la vida t odo lo dem ás: pero acabada la página se reanuda la vida y una se da cuent a de que lo que sabía es m uy poco». Est a reflexión de la m onj a escribient e al inicio del capít ulo VI encubre, a m i ent ender, la soberbia legít im a de quien es perfect am ent e conscient e de que al poner en pie t odo un coherent e m undo de ficción nos est á enseñando a com prendernos m ej or a nosot ros m ism os. Sor Teodora, el «yo- narrador», que no aparece hast a el capít ulo I V, va ocupando progresivam ent e un prim er plano, la hist oria se va convirt iendo en la hist oria de la plum a de oca de la m onj it a corriendo sobre el papel en blanco, para t erm inar con una piruet a narrat iva, un golpe de escena que cierra con su broche de oro la narración. El fondo sobre el que se m ueven nuest ros personaj es nada t iene de novela hist órica. El hum or de Calvino se desborda en una recreación puram ent e fant ást ica, en ocasiones disparat ada y anacrónica —los t enedores que ut iliza Agilulfo en el capít ulo del banquet e sólo se int roduj eron en las m esas palaciegas m uchos siglos después—, com o se da a m enudo en la t radición popular, de diversos am bient es: prim ero y principal, el de los paladines que rodean a Carlom agno y el propio em perador de los francos, vist os con oj os desm it ificadores; las absurdas et iquet as y reglas de una guerra que dura años y años ponen en solfa la heroicidad y evocan las rout ines de un ej ércit o vict orioso. Los personaj es de est e coro proceden t odos de la t radición caballeresca, com ún t ant o a I t alia com o a España y Francia, y de ahí que sus nom bres —Roldan, Palm erín, Reinaldo— nos suenen fam iliares. Exclusivam ent e it aliana es en cam bio Bradam ant e —que no es «coro» sino personaj e—: las m uj eres guerreras son t ot alm ent e aj enas a la epopeya francesa, m ient ras que en la lit erat ura caballeresca it aliana abundan: Flordelís, Marfisa, et c. En nuest ro rom ancero encont rarem os, sí, alguna doncella guerrera, pero sus m ot ivaciones para hacer la guerra no est án basadas en el am or al riesgo o a la avent ura; siem pre se present a com o esencialm ent e fem enina, com o sust it ut ivo de un varón que no exist e: «¡No revent aras, condesa, / por m edio del corazón, / que m e dist e siet e hij as, / y ent re ellas ningún varón! / ... / No m aldigáis a m i m adre, / que a la guerra m e iré yo; / m e daréis las vuest ras arm as, / vuest ro caballo t rot ón...» Y cuando la doncella regresa al cast illo pat erno, t ras servir al rey dos años, t iene efusiones líricas con las que se m oriría de risa la it aliana Bradam ant e: «Cam panit as de m i iglesia / ya os oigo repicar; / puent ecit o, puent ecit o / del río de m i lugar, / una vez t e pasé virgen, / virgen t e vuelvo a pasar.» Ot ro de los «coros» es el de los caballeros del Sant o Grial, ej em plificación del exist ir com o experiencia m íst ica, com o anulación en el Todo, con resonancias wagnerianas y orient ales ( el budism o de los sam urais). Y com o cont raposición a ellos, el pueblo de los curvaldos, t an oprim idos que ni saben que exist en, pero que cuando t om en conciencia de su est ar en el m undo, rebelándose cont ra los caballeros, ya no querrán seguir sirviendo a ot ros señores, sino que aspirarán a vivir ent re iguales — y en est o se ant icipan a la revolución urbana de los siglos XI - XI I I. Todos est os elem ent os se aunan para form ar una t ram a t repidant e, im aginat iva,
fant ást ica, en la que, de la m ano de sor Teodora, seguim os a nuest ros personaj es por dos cont inent es en una peripecia que pret ende, en sust ancia, que nos replant eem os la relación j ust a ent re la conciencia individual y el curso de la hist oria. Para cerrar est as palabras de present ación oigam os de nuevo la voz de Calvino en el prólogo que escribió para la edición conj unt a de los t res relat os: «Tam bién sois m uy dueños de int erpret ar com o queráis est as t res hist orias, y no debéis sent iros at ados en absolut o por la declaración que acabo de hacer sobre su génesis. He querido hacer una t rilogía de experiencias sobre cóm o realizarse en t ant o que seres hum anos: en el Cavaliere inexist ent e la conquist a del ser, en el Viseant e dim ezzat o la aspiración a una plenit ud por encim a de las m ut ilaciones im puest as por la sociedad, en el Barone ram pant e una vía hacia la plenit ud no individualist a, alcanzable m ediant e la fidelidad a una aut odet erm inación individual. Tres grados de acercam ient o a la libert ad. Y al m ism o t iem po he querido que fueran t res hist orias " abiert as" , com o suele decirse, que ant e t odo se t engan en pie com o hist orias, por la lógica del sucederse de sus im ágenes, pero que com iencen su verdadera vida en el im previsible j uego de int errogaciones y respuest as suscit adas en el lect or. Quisiera que pudieran ser vist as com o un árbol genealógico de los ant epasados del hom bre cont em poráneo, en el que cada rost ro ocult a algún rasgo de las personas que t enem os a nuest ro alrededor, de vosot ros, de m í m ism o.» Adelant e, pues: com ience el lect or con ese im previsible j uego, al que ya m uchos ant es que él j ugaron.
Est her Benít ez
I t a lo Ca lvino 7
Baj o las roj as m urallas de París est aba form ado el ej ércit o de Francia. Carlom agno t enía que pasar revist a a los paladines. Ya hacía m ás de t res horas que est aban allí; era una t arde calurosa de com ienzos de verano, algo cubiert a, nubosa; en las arm aduras se hervía com o dent ro de ollas a fuego lent o. No se sabe si alguno en aquella inm óvil fila de caballeros no había perdido ya el sent ido o se había adorm ecido, pero la arm adura los m ant enía erguidos en la silla a t odos por igual. De pront o, t res t oques de t rom pa: las plum as de las cim eras se sobresalt aron en el aire quiet o com o por un soplo de vient o, y enm udeció en seguida aquella especie de bram ido m arino que se había oído hast a ent onces, y que era, por lo vist o, un roncar de guerreros oscurecido por las golas m et álicas de los yelm os. Finalm ent e helo allí, divisaron a Carlom agno que avanzaba, al fondo, en un caballo que parecía m ás grande de lo norm al, con la barba sobre el pecho, las m anos en el pom o de la silla. Reina y guerrea, guerrea y reina, dale que dale, parecía un poco envej ecido, desde la últ im a vez que lo habían vist o aquellos guerreros. Det enía el caballo ant e cada oficial y se volvía para m irarlo de arriba abaj o. —¿Y quién sois vos, paladín de Francia? —¡Salom ón de Bret aña, sire! —respondía aquél en alt a voz, alzando la celada y descubriendo el rost ro acalorado; y añadía alguna inform ación práct ica, com o—: Cinco m il caballeros, t res m il quinient os infant es, m il ochocient os servicios, cinco años de cam paña. —¡Cierra con los bret ones, paladín! —decía Carlos, y t ac- t ac, t ac- t ac, se acercaba a ot ro j efe de escuadrón. —¿ Yquien sois vós, paladín de Francia? —reit eraba. —¡Oliverio de Viena, sire! —pronunciaban los labios en cuant o se había levant ado la rej illa del yelm o. Y—: Tres m il caballeros escogidos, siet e m il de t ropa, veint e m áquinas de asedio. Vencedor del pagano Fierabrás, ¡por la gracia de Dios y para gloria de Carlos, rey de los francos! —Bien hecho, bravo por el vienés —decía Carlom agno, y a los oficiales del séquit o—: Flacuchos esos caballos, aum ent adles la cebada. —Y seguía adelant e—: ¿Yquien sois vós, paladín de Francia? —repet ía, siem pre con la m ism a cadencia. —¡Bernardo de Mom polier, sire! Vencedor de Brunam ent e y Galiferno. —¡Bonit a ciudad, Mom polier! ¡Ciudad de bellas m uj eres! —y al séquit o—: A ver si lo ascendem os de grado. —Cosas que dichas por el rey son de agrado, pero eran siem pre las m ism as m onsergas, desde hacía m uchos años. —¿Y quien sois vós, con ese blasón que conozco? Conocía a t odos por las arm as que llevaban en el escudo, sin necesidad de que dij eran nada, pero así era la cost um bre: que fueran ellos quienes le descubrieran el nom bre y el rost ro. Quizá porque de lo cont rario, alguno, con algo m ej or que hacer que t om ar part e en la revist a, habría podido m andar allí su arm adura con ot ro dent ro. —Alardo de Dordoña, del duque Am ón... —Est upendo Alardo, ¿qué dice papá? —y así sucesivam ent e.. «Tat a- t at at á, t at a- t at a- t a- t at á.» —¡Gualfredo de Monj oie! ¡Ocho m il caballeros except o los m uert os! Ondeaban las cim eras. —¡Ugier Danés! ¡Ñam o de Baviera! ¡Palm erín de I nglat erra! Anochecía. Los rost ros, ent re el vent alle y la babera, ya no se dist inguían t an bien. Cada palabra, cada gest o era ya previsible, com o t odo en aquella guerra que t ant o duraba, cada encuent ro, cada duelo, conducido siem pre según aquellas reglas, de m odo que se
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sabía ya ant es de que ocurriera quién t enía que vencer, o perder, quién t enía que ser el héroe, quién el cobarde, a quién le t ocaba quedar despanzurrado y a quién salir bien librado con una caída y una culada en el suelo. En las corazas, por la noche, a la luz de las ant orchas, los herreros m art illeaban siem pre las m ism as abolladuras. —¿Y vos? El rey había llegado ant e un caballero de arm adura t oda blanca; sólo una pequeña línea negra corría alrededor, por los bordes; apart e de eso era relucient e, bien conservada, sin un rasguño, bien acabada en t odas las j unt uras, adornado el yelm o con un penacho de quién sabe qué raza orient al de gallo, cam biant e con t odos los colores del iris. En el escudo había dibuj ado un blasón ent re dos bordes de un am plio m ant o drapeado, y dent ro del blasón se abrían ot ros dos bordes de m ant o con un blasón m ás pequeño en m edio, que cont enía ot ro blasón con m ant o t odavía m ás pequeño. Con un dibuj o cada vez m ás sut il se represent aba una sucesión de m ant os que se abrían uno dent ro del ot ro, y en m edio debía haber quién sabe qué, pero no se conseguía descubrirlo, t an pequeño se volvía el dibuj o. —Y vos ahí, con ese aspect o t an pulcro... —dij o Carlom agno que, cuant o m ás duraba la guerra, m enos respet o por la lim pieza conseguía ver en los paladines. —¡Yo soy —la voz llegaba m et álica desde dent ro del yelm o cerrado, com o si fuera no una gargant a sino la m ism a chapa de la arm adura la que vibrara, y con un leve ret um bo de eco— Agilulfo Em o Bert randino de los Guildivernos y de los Ot ros de Corbent raz y Sura, caballero de Selim pia Cit erior y de Fez! —Aaah... —dij o Carlom agno, y del labio inferior, que sobresalía, le salió incluso un pequeño t rom pet eo, com o diciendo: «¡Si t uviera que acordarm e del nom bre de t odos, est aría fresco! » Pero en seguida frunció el ceño—. ¿Y por qué no alzáis la celada y m ost ráis vuest ro rost ro? El caballero no hizo ningún adem án; su diest ra enguant ada con una férrea y bien art iculada m anopla se agarró m ás fuert e al arzón, m ient ras que el ot ro brazo, que sost enía el escudo, pareció sacudido com o por un escalofrío. —¡Os hablo a vos, eh, paladín! —insist ió Carlom agno—. ¿Cóm o es que no m ost ráis la cara a vuest ro rey? La voz salió clara de la babera. —Porque yo no exist o, sire. —¿Qué es eso? —exclam ó el em perador—. ¡Ahora t enem os ent re nosot ros incluso un caballero que no exist e! Dej adm e ver. Agilulfo pareció vacilar t odavía un m om ent o, luego, con m ano firm e, pero lent a, levant ó la celada. El yelm o est aba vacío. Dent ro de la arm adura blanca de iridiscent e cim era no había nadie. —¡Pero...! ¡Lo que hay que ver! —dij o Carlom agno—. ¿Y cóm o lo hacéis para prest ar ser- vicio, si no exist ís? —¡Con fuerza de volunt ad —dij o Agilulfo—, y fe en nuest ra sant a causa! —Muy bien, m uy bien dicho, así es com o se cum ple con el deber. Bueno, para ser alguien que no exist e, ¡sois avispado! Agilulfo cerraba la fila. El em perador había ya pasado revist a a t odos; dio vuelt a al caballo y se alej ó hacia las t iendas reales. Era viej o, y procuraba alej ar de su m ent e los asunt os com plicados. La t rom pa t ocó el «rom pan filas». Hubo la desbandada de caballos de cost um bre, y el gran bosque de lanzas se plegó, se m ovió ondulant e com o un cam po de t rigo cuando pasa el vient o. Los caballeros baj aban de la silla, m ovían las piernas para desent um ecerse, los escuderos se llevaban los caballos de la brida. Después, de la confusión y la polvareda se dest acaron los paladines, agrupados en corrillos en los que se agit aban las cim eras coloreadas, para desahogarse de la forzada inm ovilidad de aquellas horas con brom as y bravat as, con chism es de m uj eres y honores. Agilulfo dio unos pasos para m ezclarse con uno de est os corrillos, luego sin ningún m ot ivo pasó a ot ro, pero no se abrió paso y nadie se fij ó en él. Perm aneció un poco indeciso det rás de ést e o aquél, sin part icipar en sus diálogos, y luego se apart ó. Oscurecía; sobre la cim era las plum as brisadas parecían t odas ahora de un único e indist int o color; pero la arm adura blanca resalt aba aislada sobre el prado. Agilulfo, com o
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La noche, para los ej ércit os en cam paña, est á regulada com o el cielo est rellado: los t urnos de guardia, el oficial que los m anda, las pat rullas. Todo lo dem ás, la perpet ua confusión del ej ércit o en guerra, el horm igueo diurno del que lo im previst o puede surgir com o el encabrit arse de un caballo, ahora calla, pues el sueño ha vencido a t odos los guerreros y cuadrúpedos de la Crist iandad, ést os en fila y de pie, a rat os rest regando un casco en el suelo o solt ando un breve relincho o rebuzno, aquellos liberados finalm ent e de yelm os y corazas, y, sat isfechos de sent irse de nuevo personas hum anas dist int as e inconfundibles, t odos ya est án roncando. Al ot ro lado, en el cam pam ent o de los I nfieles, t odo es igual: el m ism o ir y venir de los cent inelas, el j efe de la guardia que ve deslizarse el últ im o grano de arena por el reloj y va a despert ar a los hom bres del relevo, el oficial que aprovecha la noche de vigilia para escribir a la esposa. Y las pat rullas crist iana e infiel se adent ran am bas m edia m illa, llegan casi hast a el bosque, pero luego dan la vuelt a, una por aquí y ot ra por allí sin encont rarse nunca, regresan al cam pam ent o para referir que t odo est á en calm a, y se van a la cam a. Las est rellas y la luna corren silenciosas sobre los dos cam pos adversos. En ningún sit io se duerm e t an bien com o en el ej ércit o. Sólo a Agifulfo le est aba negado est e alivio. En la arm adura blanca, com plet am ent e em perej ilada, baj o su t ienda, una de las m ás ordenadas y confort ables del cam pam ent o crist iano, int ent aba m ant enerse boca arriba, y cont inuaba pensando: no los pensam ient os ociosos e im precisos de quien est á a punt o de ent regarse al sueño, sino siem pre razonam ient os det erm inados y exact os. Al poco rat o se alzaba sobre un codo: sent ía la necesidad de dedicarse a cualquier ocupación m anual, com o lust rar la espada, que ya est aba relucient e, o unt ar de grasa las j unt as de la arm adura. No aguant aba m ucho: de nuevo se levant aba, y salía de la t ienda, em brazando lanza y escudo, y su som bra blanquecina se deslizaba por el cam pam ent o. De las t iendas cónicas se elevaba el conciert o de las pesadas respiraciones de los dorm idos. Aquel poder cerrar los oj os, perder la conciencia de sí, hundirse en el vacío de las propias horas, y luego al despert ar volverse a encont rar igual que ant es, para reanudar los hilos de la propia vida, era algo que Agilulfo no podía saber, y su envidia por la facult ad de dorm ir propia de las personas exist ent es era una envidia vaga, com o de una cosa que no puede ni siquiera concebirse. Lo hería e inquiet aba aún m ás la vist a de los pies desnudos que asom aban aquí y allí por el borde de las t iendas, con los pulgares hacia arriba: el cam pam ent o durant e el sueño era el reino de los cuerpos, una ext ensión de viej a carne de Adán, exalt ada por el vino bebido y el sudor de la j ornada guerrera; m ient ras en el um bral de los pabellones yacían desarm adas las vacías arm aduras, que los escuderos y servidores por la m añana pulirían y pondrían a punt o. Agilulfo pasaba, at ent o, nervioso, alt ivo: el cuerpo de la gent e que t enía un cuerpo le producía, sin duda, un m alest ar sem ej ant e a la envidia, pero t am bién un ansia que era de orgullo, de superioridad desdeñosa. Los colegas t an nom brados, los gloriosos paladines, ¿qué eran ahora? La arm adura, t est im onio de su grado y nom bre, de las hazañas llevadas a cabo, de la fuerza y el valor, hela aquí reducida a una envolt ura, a chat arra vacía; y las personas roncando, con la cara aplast ada en la alm ohada y un hilo de baba que caía de los labios abiert os. A él no, no era posible descom ponerlo en piezas, desm em brarlo: era y seguía siendo en cada m om ent o del día y de la noche Agilulfo Em o Bert randino de los Guildivernos y de los Ot ros de Corbent raz y Sura, arm ado caballero de Selim pia Cit erior y de Fez el día t al, habiendo realizado para gloria de las arm as crist ianas las acciones t al y t al, y encargado en el ej ércit o del em perador Carlom agno del m ando de las t ropas t al y cual. Y poseedor de la m ás bella y relucient e arm adura de t odo el cam pam ent o, inseparable de él. Y m ej or oficial que m uchos que se j act an de insignes;
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es m ás, el m ej or de t odos los oficiales. Y sin em bargo, paseaba infeliz en la noche. Oyó una voz: —Señor oficial, discúlpem e, pero ¿cuándo va a llegar el relevo? ¡Me han dej ado plant ado aquí hace m ás de t res horas! —Era un centinela que se apoyaba en la lanza com o si t uviera ret ort ij ones. Agilulfo ni siquiera se volvió, dij o: —Te equivocas, yo no soy el oficial de guardia —y siguió adelant e. —Perdonadm e, señor oficial. Al veros dar vuelt as por aquí, creía... A la m ás pequeña falt a en el servicio a Agilulfo le cogía la m anía de revisarlo t odo, de hallar ot ros errores y negligencias en el proceder aj eno, el sufrim ient o agudo por lo que est á m al hecho, fuera de lugar... Pero al no ser de su incum bencia efect uar una inspección com o ésa a aquellas horas, t am bién su conduct a podría considerársela fuera de lugar, incluso indisciplinada. Agilulfo t rat aba de cont enerse, de lim it ar su int erés a cuest iones part iculares de las que de cualquier m odo al día siguient e t endría que ocuparse, com o la disposición de ciert as perchas donde se guardaban las lanzas, o los art ificios para m ant ener seco el heno... Pero su blanca som bra siem pre t opaba con el j efe de guardia, el oficial de servicio, la pat rulla que revolvía en la cant ina buscando una pequeña dam aj uana de vino que había sobrado la noche ant erior... Cada vez, Agilulfo t enía un m om ent o de incert idum bre, de si debía com port arse com o quien sabe im poner con su sola presencia el respet o a la aut oridad o com o quien, encont rándose donde no t iene que encont rarse, da un paso at rás, discret o, y finge no est ar allí. Con est a incert idum bre, se det enía, pensat ivo: y no conseguía t om ar ni una post ura ni ot ra; sólo sent ía que fast idiaba a t odos, y habría querido hacer algo para ent rar en una relación cualquiera con el prój im o, por ej em plo ponerse a grit ar órdenes, im properios de cabo, o est allar en carcaj adas y solt ar palabrot as com o ent re com pañeros de posada. En cam bio m urm uraba algunas palabras de saludo inint eligibles, con una t im idez disfrazada de soberbia, o una soberbia corregida por la t im idez, y seguía adelant e; pero t odavía le parecía que aquellos le habían dirigido la palabra, y se volvía apenas, diciendo: «¿Eh?», pero luego en seguida se convencía de que no era a él a quien hablaban y se alej aba com o si escapara. Avanzaba hast a los lím it es del cam pam ent o, a lugares solit arios, subiendo por una alt ura desnuda. La noche en calm a est aba recorrida solam ent e por el suave vuelo de pequeñas som bras inform es de alas silenciosas, que se m ovían alrededor sin una dirección ni siquiera m om ent ánea: los m urciélagos. I ncluso ese m ísero cuerpo inciert o ent re rat ón y ave era sin em bargo algo t angible y ciert o, algo con lo que podía chocar uno en el aire, con su boca abiert a t ragando m osquit os, m ient ras que Agilulfo, con t oda su coraza, era at ravesado en cada fisura por las ráfagas del vient o, por el vuelo de los m osquit os, y los rayos de la luna. Una rabia indet erm inada, que le había crecido dent ro, est alló de pront o: desenvainó la espada, la agarró con las dos m anos, arrem et ió con t odas sus fuerzas cont ra cada m urciélago que baj aba. Nada: cont inuaban su vuelo sin principio ni fin, apenas agit ados por el desplazam ient o de aire. Agilulfo daba golpes y m ás golpes; ya ni siquiera t rat aba de golpear a los m urciélagos; sus sablazos seguían t rayect orias m ás regulares, se ordenaban según los m odelos de la esgrim a con el espadón; y Agilulfo había em pezado a hacer ej ercicios com o si se est uviera adiest rando para el próxim o com bat e, y exhibía la t eoría de los m olinet es, de los quit es, de las fint as. Súbit am ent e se det uvo. Un j oven apareció de repent e de ent re un set o, allí en la alt ura, y lo m iraba. Est aba arm ado sólo con una espada y llevaba el pecho ceñido por una leve coraza. —¡Oh, caballero! —exclam ó—. ¡No quería int errum piros! ¿Es para la bat alla que os ej ercit áis? Porque habrá bat alla con las prim eras luces de la m añana, ¿verdad? ¿Perm it ís que haga ej ercicios con vos? —Y, t ras un silencio—: Llegué al cam pam ent o ayer... Será la prim era bat alla, para m í... Es t odo t an dist int o de com o m e esperaba... Agilulfo est aba ahora de t ravés, con la espada apret ada cont ra el pecho, los brazos cruzados, prot egido t odo él t ras el escudo. —Las disposiciones para un posible encuent ro arm ado, decididas por el m ando, son com unicadas a los señores oficiales una hora ant es del com ienzo de las operaciones — dij o.
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yo debo vengar a m i padre, sabéis, t engo que m at ar al argalif I soarre y de est e m odo procurar... Sí: la Superint endencia de Duelos, Venganzas y Manchas al Honor, ¿dónde est á? —Apenas ha llegado, ést e, ¡y oye con lo que sale! Pero ¿qué sabes t ú de la superint endencia? —Me lo ha dicho ese caballero, cóm o se llam a, el de la arm adura t oda blanca... —¡Uf! ¡Sólo nos falt aba él! ¡Qué m anía de m et er en t odo la nariz que no t iene! —¿Cóm o? ¿No t iene nariz? —En vist a de que a él la sarna no le pica —dij o el ot ro desde det rás de la m esa—, no encuent ra nada m ej or que rascarles la sarna a los dem ás. —¿Por qué no le pica la sarna? —¿Y en qué sit io quieres que le pique si no t iene ningún sit io? Ese es un caballero que no exist e... —Pero ¿cóm o que no exist e? ¡Yo lo he vist o! ¡Exist ía! —¿Qué has vist o? Chat arra... Es uno que exist e sin exist ir, ¿ent iendes, cabeza de chorlit o? Nunca el j oven Ram baldo hubiera im aginado que las apariencias pudieran revelarse t an engañosas: desde el m om ent o en que había llegado al cam pam ent o descubría que t odo era dist int o de lo que parecía... —¡Así que en el ej ércit o de Carlom agno se puede ser caballero con t ant os nom bres y t ít ulos y, adem ás, com bat ient e de pro y celoso oficial, sin necesidad de exist ir! —¡Para el carro! Nadie ha dicho: en el ej ércit o de Carlom agno se puede et cét era. Sólo hem os dicho: en nuest ro regim ient o hay un caballero así y así. Eso es t odo. Lo que puede exist ir o dej ar de exist ir en líneas generales, no nos int eresa a nosot ros. ¿Ent endido? Ram baldo se dirigió al pabellón de la Superint endencia de Duelos, Venganzas y Manchas al Honor. Ya no se dej aba engañar por las corazas y los yelm os em plum ados: com prendía que det rás de aquellas m esas las arm aduras ocult aban hom brecillos enj ut os y polvorient os. j Y aún gracias si dent ro había alguien! —¡Así que quieres vengar a t u padre, m arqués de Rosellón, de grado general! Veam os: para vengar a un general, el procedim ient o m ej or es quit ar de en m edio a t res com andant es. Podríam os asignart e t res que fueran fáciles, y asunt o t erm inado. —No m e he explicado bien: es I soarre el argalif al que debo m at ar. ¡Fue él en persona quien derribó a m i glorioso padre! —Sí, sí, lo hem os ent endido, pero echar abaj o a un argalif no vayas a creer que sea algo t an sencillo... ¿quieres cuat ro capit anes?, t e garant izam os cuat ro capit anes infieles ant es de m ediodía. Mira que cuat ro capit anes se dan por un general de división, y t u padre era general de brigada solam ent e. —¡Buscaré a I soarre y lo destriparé! ¡A él, sólo a él! —Tú acabarás arrest ado, no com bat iendo, ¡puedes est ar seguro! ¡Reflexiona un poco ant es de hablar! Si t e ponem os dificult ades para I soarre, es que habrá m ot ivos para ello... Si nuest ro em perador, por ej em plo, t uviese con I soarre alguna negociación en curso... Pero uno de aquellos funcionarios, que había est ado hast a ent onces con la cabeza hundida en los papeles, se alzó regocij ado: —¡Todo resuelt o! ¡Todo resuelt o! ¡No hay necesidad de hacer nada! Para qué venganza, ¡no hace falt a! Oliverio, el ot ro día, creyendo a sus dos t íos m uert os en bat alla, ¡los vengó! ¡Por el cont rario se habían quedado borrachos debaj o de una m esa! Nos encont ram os con est as dos venganzas de t ío de m ás, un buen lío. Ahora t odo se arregla: una venganza de t ío nosot ros la cont am os com o m edia venganza de padre: es com o si t uviéram os una venganza de padre en blanco, ya ej ecut ada. —¡Ah, padre m ío! —Ram baldo desvariaba. —Pero ¿qué t e pasa? Habían t ocado diana. El cam pam ent o, al alba, pululaba de gent e arm ada. Ram baldo habría querido m ezclarse con aquella m ult it ud que poco a poco t om aba form a de pelot ones y com pañías encuadradas, pero le parecía que aquel chocar de hierro era com o un vibrar de élit ros de insect os, un chisporrot eo de cáscaras secas. Muchos guerreros
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est aban encerrados en el yelm o y la coraza hast a la cint ura, y baj o la falda asom aron las piernas en calzones, porque quij ot es y grebas se esperaba a est ar en la silla para ponerlos. Las piernas, baj o ese t órax de acero, parecían m as delgadas, com o pat as de grillo; y la form a que t enían de m over, cuando hablaban, las cabezas redondas y sin oj os, y t am bién de m ant ener replegados los brazos con el est orbo de codales y m andilet es era de grillo o de horm iga; y del m ism o m odo t odo su t raj ín parecía un confuso pat eo m enudo de insect os. En m edio de ellos, los oj os de Ram baldo fueron buscando algo: era la blanca arm adura de Agilulf o que esperaba volver a encont rar, quizá porque su aparición habría vuelt o m ás concret o el rest o del ej ércit o, o bien porque la presencia m ás sólida que había hallado era precisam ent e la del caballero inexist ent e. Lo descubrió baj o un pino, sent ado en el suelo, colocando pequeñas pinas según un dibuj o regular, un t riángulo isósceles. A esas horas de la m adrugada, Agilulfo t enía siem pre necesidad de dedicarse a un ej ercicio de exact it ud: cont ar obj et os, ordenarlos en figuras geom ét ricas, resolver problem as de arit m ét ica. Es la hora en que las cosas pierden la consist encia de som bra que las ha acom pañado en la noche y vuelven a adquirir poco a poco los colores, pero m ient ras t ant o at raviesan algo así com o un lim bo inciert o, apenas rozadas y casi aureoladas por la luz: la hora en que m enos seguros est am os de la exist encia del m undo. El, Agilulfo, t enía siem pre necesidad de sent ir frent e a sí las cosas com o un m uro m acizo al que cont raponer la t ensión de su volunt ad, y sólo así conseguía m ant ener una segura conciencia de sí m ism o. Si en cam bio el m undo a su alrededor se esfum aba en lo inciert o, en lo am biguo, t am bién él se sent ía ahogar en est a m órbida penum bra, sin conseguir que aflorase del vacío un pensam ient o claro, un im pulso decidido, un pundonor. Se sent ía m al: eran ésos los m om ent os en que creía desfallecer; a veces sólo a cost a de un esfuerzo ext rem o lograba no disolverse. Ent onces se ponía a cont ar: hoj as, piedras, lanzas, pinas, cualquier cosa que t uviera delant e. O a ponerlas en fila, a ordenarlas en cuadrados o en pirám ides. El dedicarse a est as ocupaciones exact as le perm it ía vencer el m alest ar, absorber el descont ent o, la inquiet ud y el m arasm o, y recobrar la lucidez y com post ura habit uales. Así lo vio Ram baldo, m ient ras con m ovim ient os absort os y rápidos disponía las piñas en t riángulo, luego en cuadrados sobre los lados del t riángulo, y sum aba con obst inación las piñas de los cuadrados de los cat et os com parándolas con las del cuadrado de la hipot enusa. Ram baldo com prendía que aquí t odo avanzaba con rit uales, convenciones, fórm ulas, y debaj o de est o, ¿qué había, debaj o? Se sent ía presa de un azoram ient o indefinible, al saberse fuera de t odas est as reglas del j uego... Luego, su deseo de t om ar venganza de la m uert e de su padre, y est e ardor por com bat ir, por enrolarse ent re los guerreros de Carlom agno, ¿no era t am bién un rit ual para no hundirse en la nada, com o ese quit ar y poner pinas del caballero Agilulfo? Y oprim ido por la t urbación de t an inesperadas cuest iones, el j oven Ram baldo se lanzó al suelo y est alló en llant o. Sint ió que algo se le posaba en los cabellos, una m ano, una m ano de hierro, aunque ligera. Agilulfo est aba arrodillado j unt o a él. —¿Qué t ienes, m uchacho? ¿Por qué lloras? Los est ados de desfallecim ient o o desesperación o furor de los ot ros seres hum anos le daban inm ediat am ent e a Agilulfo una calm a y una seguridad perfect as. El sent irse inm une a los sobresalt os y angust ias que sufren las personas exist ent es lo llevaba a t om ar una act it ud superior y prot ect ora. —Perdonadm e —dij o Ram baldo—, quizá es cansancio. No he conseguido pegar oj o en t oda la noche, y ahora m e encuent ro perdido. Si pudiera adorm ecerm e al m enos un m om ent o... Pero ya es de día. Y vos, que t am bién os habéis quedado despiert o, ¿cóm o os las arregláis? —Yo m e encont raría perdido si m e adorm eciera aunque sólo fuera un inst ant e —dij o baj it o Agilulfo—, m ej or dicho, ya no volvería a encont rarm e por nada, m e perdería para siem pre. Por eso paso m uy despiert o cada inst ant e del día y de la noche. —Debe ser desagradable... —No. —La voz se había vuelt o seca, fuert e. —Y la arm adura, ¿no os la quit áis nunca de encim a? Volvió a m urm urar. —No hay un encim a. Quit ar o poner para m í no t iene sent ido.
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Carlom agno cabalgaba a la cabeza del ej ércit o de los francos. Llevaban una m archa de aproxim ación; no había prisa; no se cam inaba m uy rápido. En t orno al em perador se agrupaban los paladines, que frenaban por la brida a los im pet uosos caballos; y con aquel caracolear y m over acom pasadam ent e sus argént eos escudos se alzaban y baj aban com o branquias de un pez. A un largo pez t odo escam as se parecía el ej ércit o: a una anguila. Cam pesinos, past ores, aldeanos, acudían a los bordes del cam ino. —¡Aquél es el rey, aquél es Carlos! —y se inclinaban al suelo, reconociéndolo, m ás que por la poco fam iliar corona, por la barba. Luego en seguida se levant aban para ident ificar a los guerreros—: ¡Aquél es Orlando! ¡Que no, ése es Oliverio! —No acert aban ni uno, pero era igual, porque ést e o aquél, allí est aban t odos, y podían j urar que habían vist o a quien querían. Agilulfo, cabalgando en el grupo, de vez en cuando daba una pequeña carrera, después se det enía para esperar a los dem ás, se giraba para com probar que la t ropa seguía com pact a, o se volvía hacia el sol com o si calculara por la alt ura sobre el horizont e la hora. Est aba im pacient e. Sólo él, allí en m edio, t enía en la m ent e la orden de m archa, las et apas, el lugar al que debían llegar ant es de la noche. Los ot ros paladines, pues sí, m archa de aproxim ación, andar de prisa o despacio es siem pre aproxim arse, y con la excusa de que el em perador es viej o y est á cansado, en cada t aberna est aban dispuest os a pararse para beber. Por el cam ino no veían m ás que m uest ras de t abernas y t raseros de siervas, sólo para decir cuat ro insolencias; por lo dem ás, viaj aban com o encerrados en un baúl. Carlom agno t odavía era el que dem ost raba m ás curiosidad por t odo lo que veían alrededor. —¡Huy, pat os, pat os! —exclam aba. Por los prados, a lo largo del cam ino, se veía a un grupo de ellos. En m edio de aquellos pat os había un hom bre, pero no se ent endía qué diablos est aba haciendo: cam inaba acuclillado, con las m anos det rás, a la espalda, alzando los pies de plano igual que una palm ípeda, con el cuello t ieso, y diciendo—: Cuá... cuá... cuá... —Los pat os no le hacían ningún caso, parecían reconocerlo com o uno de ellos. Y a decir verdad, ent re el hom bre y los pat os la vist a no hacía grandes dist inciones, porque lo que llevaba puest o el hom bre, de un color pardo t erroso ( parecía com puest o, en gran part e, por t rozos de saco) , present aba anchas zonas de un gris verdusco exact o a sus plum as, y adem ás había rem iendos y j irones y m anchas de los m ás variados colores, com o las est rías irisadas de aquellos volát iles. —Eh, t ú, ¿t e parece ést a la m anera de inclinart e ant e el em perador? —le grit aron los paladines, siem pre dispuest os a buscar cam orra. El hom bre no se volvió, pero los pat os, espant ados por aquellas voces, alzaron el vuelo t odos j unt os. El hom bre se dem oró un m om ent o viéndolos elevarse, con la nariz al aire, luego abrió los brazos, dio un salt o, y salt ando y alet eando de est e m odo, con los brazos abiert os de par en par, de los que colgaban j irones de harapos, solt ando risot adas y «¡Cuaaá! ¡Cuaaá! » llenos de gozo, int ent aba seguir a la bandada. Había una charca. Los pat os volando fueron a posarse allí a flor de agua y, ligeros, con las alas plegadas, se alej aron nadando. El hom bre, en la charca, se t iró al agua de barriga, levant ó enorm es salpicaduras, se agit ó con adem anes descom puest os, int ent ó aún un «¡Cuá! ¡Cuá! » que t erm inó en un borbot eo porque se est aba yendo al fondo, em ergió de nuevo, t rat ó de nadar, volvió a hundirse. —¿Es el guardián de los pat os, ése? —pregunt aron los guerreros a una cam pesina que se
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acercaba con una caña en la m ano. —No, los pat os los guardo yo, son m íos, él no t iene nada que ver, es Gurdulú... —dij o aquella cam pesina. —¿Y qué hacía con t us pat os? —Oh, nada, de vez en cuando le da por ahí, los ve, se equivoca, cree ser... —¿Cree ser un pat o? —Cree ser los pat os... Ya sabéis cóm o es Gurdulú: no se fij a... —Pero ¿dónde se ha m et ido ahora? Los paladines se acercaron a la charca. A Gurdulú no se lo veía. Los pat os, una vez at ravesado el espej o de agua, habían reem prendido el cam ino ent re la hierba con sus pasos palm eados. En t orno al est anque, de los helechos, se alzaba un coro de ranas. El hom bre sacó la cabeza del agua repent inam ent e, com o si se hubiera acordado en ese m om ent o de que debía respirar. Se m iró asust ado, com o sin com prender qué era aquella franj a de helechos que se reflej aba en el agua a un palm o de sus narices. En cada hoj a de helecho est aba sent ado un pequeño anim al verde, m uy liso, que lo m iraba y que hacía con t odas sus fuerzas: «¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! » —¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! —respondió Gurdulú, cont ent o, y a su vez desde t odos los helechos había un salt ar de ranas al agua y desde el agua un salt ar de ranas a la orilla, y Gurdulú grit ando «¡Croac! » dio un salt o t am bién él, llegó hast a la orilla, em papado y fangoso de los pies a la cabeza, se puso en cuclillas com o una rana, y prorrum pió en un «¡Croac! » t an fuert e que con una rot ura de cañas y hierbas volvió a caer a la charca. —¿Y no se ahoga? —pregunt aron los paladines a un pescador. —Oh, a veces Hom obó se olvida, se pierde... Ahogarse no... Lo m alo es cuando t erm ina en la red con los peces... Un día le ocurrió cuando se puso a pescar... Echa al agua la red, ve un pez que est á a punt o de ent rar, y se ident ifica t ant o con aquel pez que se zam bulle en el agua y ent ra él en la red... Ya sabéis cóm o es, Hom obó... —¿Hom obó? Pero ¿no se llam a Gurdulú? —Hom obó lo llam am os nosot ros. —Pero aquella m uchacha... —Ah, ésa no es de m i pueblo, puede ser que en el suyo lo llam en así. —Y él, ¿de qué pueblo es? —Bueno, corre m undo... La cabalgat a flanqueaba un cam po de perales. Los frut os est aban m aduros. Con las lanzas los guerreros ensart aban peras, las hacían desaparecer por el pico de los yelm os, luego escupían las sem illas. Y en fila en m edio de los perales, ¿a quién ven? A Gurdulú- Hom obó. Est aba con los brazos levant ados, ret orcidos com o ram as, y en las m anos y la boca y sobre la cabeza y en los desgarrones del vest ido t enía peras. —¡Mira cóm o hace el peral! —decía Garlom agno, j ovial. —¡Ahora lo sacudo! —dij o Orlando, y le asest ó un golpe. Gurdulú dej ó caer las peras t odas al m ism o t iem po, que rodaron por el prado en declive, y al verlas rodar no pudo cont enerse de rodar t am bién él com o una pera por los prados, hast a que lo perdieron de vist a. —¡Vuest ra m aj est ad lo perdone! —dij o un viej o hort elano—. Mart inzul no ent iende a veces que su sit io no est á ent re los árboles o ent re los frut os inanim ados, ¡sino ent re los devot os súbdit os de vuest ra m aj est ad! —Pero ¿qué es lo que le ocurre a ese loco que vosot ros llam áis Mart inzul? —pregunt ó, afable, nuest ro em perador—. ¡Me parece que ni siquiera sabe lo qué le pasa por la m ollera! —¿Y qué podem os saber nosot ros, m aj est ad? —el viej o hort elano hablaba con la m odest a sabiduría de quien ha vist o m uchas cosas—. Loco quizá no se le pueda llam ar: sólo es uno que exist e, pero que no sabe que exist e. —¡Vaya, hom bre! Est e súbdit o que exist e, pero que no sabe que exist e y aquel paladín m ío que sabe que exist e y en cam bio no exist e. ¡Hacen una buena parej a, os lo digo yo! Carlom agno ya est aba cansado de est ar en la silla. Apoyándose en sus palafreneros, j adeando ent re las barbas, refunfuñando «¡Pobre Francia! », desm ont ó. Com o si de una señal se t rat ara, en cuant o el em perador echó pie a t ierra, t odo el ej ércit o se det uvo y preparó un vivac. Dispusieron las m arm it as para el rancho.
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dorm ido a la som bra de aquel árbol. Tendido en la hierba, roncaba con la boca abiert a, y pecho, est óm ago y vient re se alzaban y baj aban com o el fuelle de un herrero. La escudilla grasient a había rodado cerca de uno de sus gruesos pies descalzos. Por ent re la hierba, un puercoespín, quizá at raído por el olor, se acercó a la escudilla y se puso a lam er las últ im as got as de sopa. Al hacerlo em puj aba las púas cont ra la desnuda plant a del pie de Gurdulú, y cuant o m ás avanzaba rem ont ando el exiguo reguero de sopa, m ás apret aba sus espinas sobre el pie desnudo. Hast a que el vagabundo abrió los oj os: m iró a su alrededor, sin com prender de dónde venía aquella sensación de dolor que lo había despert ado. Vio el pie desnudo, derecho en m edio de la hierba com o una pala de chum bera y, cont ra el pie, el erizo. —¡Oh, pie! —em pezó a decir Gurdulú—, ¡pie, eh, a t i t e lo digo! ¿Qué haces plant ado ahí com o un t ont o? ¿No ves que ese anim al t e pincha? ¡Oh, pie! ¡Oh, est úpido! ¿Por qué no vienes hacia aquí? ¿No not as que t e hace daño? ¡Qué pie m ás t ont o! Si bast a con m uy poco, ¡bast a con que t e m uevas un t ant o así! Pero ¿cóm o es posible ser t an est úpido? ¡Pieee! ¡Haz el favor de escucharm e! ¡Mira cóm o se dej a dest rozar! ¡Ven hacia aquí, idiot a! ¿Cóm o t e lo t engo que decir? Prest a at ención: m ira cóm o lo hago yo, ahora t e enseño lo que debes hacer... —Y al decir est o dobló la pierna, arrast rando el pie hacia sí y alej ándolo del puerco espín—. ¿Lo ves?, era t an fácil que en cuant o t e he enseñado cóm o se hace lo has conseguido t am bién t ú. Pie est úpido, ¿por qué t e has quedado t ant o t iem po dej ándot e pinchar? Se frot ó la plant a dolorida, se levant ó, se puso a silbar, em pezó una carrera, se lanzó a t ravés de los arbust os, solt ó un pedo, luego ot ro, y desapareció. Agilulfo se m ovió com o para t rat ar de localizarlo, pero ¿adonde había ido? El valle se abría est riado por espesos cam pos de avena, y set os de m adroños y alheña, recorrido por el vient o, por ráfagas cargadas de polen y m ariposas, y, arriba en el cielo, por borras de nubes blancas. Gurdulú había desaparecido allá en m edio, en est e declive donde el sol al girar dibuj aba m óviles m anchas de luz y de som bra; podía est ar en cualquier lugar de est a o aquella vert ient e. De quién sabe dónde se alzó un cant o desent onado: —De sur les pont s de Bayonne... La blanca arm adura de Agilulfo, alt a sobre un cost ado del valle, cruzó los brazos sobre el pecho. —Así pues, ¿cuándo em pieza a prest ar servicio el nuevo escudero? —le increparon los colegas. Maquinalm ent e, con voz privada de ent onación, Agilulfo aseveró: —Una afirm ación verbal del em perador t iene valor inm ediat o de decret o. —De sur les pont s de Bayonne... —se oyó aún la voz, m ás lej ana.
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Todavía era confuso el est ado de las cosas del m undo, en la Edad en que est a hist oria se desarrolla. No era raro t opar con nom bres y pensam ient os y form as e inst it uciones a los que no correspondía nada exist ent e. Y por ot ra part e por el m undo pululaban obj et os y facult ades y personas que no t enían nom bre ni dist inción de lo dem ás. Era una época en la que la volunt ad y la obst inación de ser, de m arcar la huella, de oponerse a t odo lo exist ent e, no era usada ent eram ent e, dado que a m uchos no les im port aba lo m ás m ínim o —por m iseria o ignorancia o porque en cam bio t odo les salía bien lo m ism o—, y por t ant o una ciert a cant idad se perdía en el vacío. Ent onces t am bién podía darse el caso de que en un m om ent o det erm inado est a volunt ad y conciencia de sí m ism o, t an diluida, se condensase, form ase grum o, com o el im percept ible polvillo acuoso se condensa en copos de nubes, y que est a m araña, por casualidad o por inst int o, t ropezara con un nom bre y un linaj e, vacant es, com o ent onces exist ían a m enudo, con un grado en el escalafón m ilit ar, con un conj unt o de ocupaciones que desplegar y de reglas est ablecidas; y —sobre t odo— con una arm adura vacía, porque sin ella, con los t iem pos que corrían, incluso un hom bre que exist e se arriesgaba a desaparecer, conque figurém onos uno que no exist e... Así había em pezado a guerrear Agilulfo en los Guildivernos y a procurarse gloria. Yo, la que cuent o est a hist oria, soy sor Teodora, religiosa de la orden de San Colum biano. Escribo en el convent o, deduciendo de viej os papeles, de conversaciones oídas en el locut orio y de algún raro t est im onio de gent e que est aba allí. Nosot ras las m onj as, ocasiones para conversar con los soldados, t enem os pocas: lo que no sé t rat o, pues, de im aginárm elo; si no, ¿cóm o m e las arreglaría? Y no t odo, en est a hist oria, m e result a claro. Tenéis que ser indulgent es: som os m uchachas del cam po, aunque nobles, hem os vivido siem pre ret iradas, en cast illos perdidos y después en convent os; fuera de funciones religiosas, t riduos, novenas, t rabaj os del cam po, t rillas, vendim ias, azot es de siervos, incest os, incendios, ahorcam ient os, invasiones de ej ércit os, saqueos, est upros, pest es, nosot ras no hem os vist o nada. ¿Qué puede saber del m undo una pobre herm ana? Así pues, prosigo t rabaj osam ent e est a hist oria que he em pezado a narrar com o penit encia. Ahora Dios sabe cóm o m e las ingeniaré para cont aros la bat alla, yo que de las guerras, Dios m e libre, he est ado siem pre lej os, y salvo los cuat ro o cinco encuent ros cam pales que se desarrollaron en la llanura baj o nuest ro cast illo y que de niñas seguíam os desde las alm enas, ent re las calderas de pez hirviendo ( ¡cuánt os m uert os insepult os se quedaban pudriéndose luego en los prados y nos los encont rábam os j ugando, el verano siguient e, baj ó una nube de abej orros! ) , de bat allas, decía, yo no sé nada. Tam poco Ram baldo sabía nada: aunque no había pensado en ot ra cosa en su j oven vida, aquél era su baut ism o de arm as. Esperaba la señal del at aque, allí en la fila, a caballo, pero no experim ent aba ningún placer con ello. Llevaba dem asiadas cosas encim a: la cot a de m alla de hierro con su cuello, la coraza con gorj al y hom breras, la vent rera, el yelm o de pico de gorrión con el que apenas conseguía ver el ext erior, la saya sobre la arm adura, un escudo m ás alt o que él, una lanza que al volverse cada vez le daba en la cabeza a sus com pañeros, y debaj o un caballo del que no se veía nada, por la gualdrapa de hierro que lo recubría. De desquit arse por la m uert e de su padre con la sangre del argalif I soarre, ya casi se le habían pasado las ganas. Le habían dicho, m irando unos m apas donde est aban señaladas t odas las form aciones: