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Un perfecto caballero, Apuntes de Lengua y Literatura

Resumen de una lectura denominada un perfecto caballero, donde el protagonista es el claro ejemplo de caballero

Tipo: Apuntes

2017/2018

Subido el 31/10/2022

elena-miras-sanchez
elena-miras-sanchez 🇪🇸

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Pilar Eyre

Un perfecto caballero

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Fue algo que me contaron y yo imaginé. La primera, mi madre, que me habló con asombro y un poco de miedo de Mauricio Casasnovas, de su historia, de su mundo, que era también el de ella. Una historia cuyo inicio no puedo figurarme más que el día en que la columna de Yagüe, por fin, entró en Barcelo- na. Como en una bruma, veo el momento al que no asistí —ni siquiera había nacido—, pero irrumpe en mi cabeza tan viva- mente porque aún me parece escuchar a mi madre contándo- me quién fue y qué hizo aquel hombre que era una especie de dios y una especie de diablo. A lo lejos, por una calle cercana a los cuarteles de Pedral- bes, se oían los últimos disparos de mortero y una avioneta cru- zaba el cielo, tan baja que se veía el fuselaje como si fuera de papel. Mauricio Casasnovas Feliu, un requeté medio rubio y guapo, con ojos de pupilas febriles y pestañas tan largas como las de una mujer, agarró el brazo de su compañero y le dijo en tono apremiante: —Tú, Jaime, collons, espera. ¡El olor! Quería aspirar profundamente ese olor y que este lo invadiera; era un olor reconocido, esperado, deseado hace tiempo. Si fuera ciego, por el olor hubiera sabido que llegaba a su ciudad. A Barcelona. No sabía cuánto tiempo llevaba llo- viendo, quizás desde que empezó la guerra, y los campos cul-

tivados de color granate y verde claro de la Diagonal rezuma- ban agua, el suelo brillaba como charol y los árboles dejaban caer reguerones de líquido mercurial como si todos se hubie- ran convertido en sauces llorones. ¡Pero no era el olor de la lluvia lo que lo conmovía hasta la médula! ¡Pero si en Codo el cielo se abría como una fruta madura para dejar caer un dilu- vio sobre los combatientes! ¡Olor a lluvia, quién lo necesita! ¡Quién necesitaba el hedor que desprendían las trincheras, a tripas sangrientas, hongos y materia fecal cuando se inunda- ban de agua! A Codo, en la provincia de Zaragoza, un pueblo del que Mauricio nunca había oído hablar, fueron ciento ochenta y seis requetés, y solo sobrevivieron cuarenta y cuatro. Los cadá- veres flotaban, algunos eran un amasijo de ropa y sangre, otros estaban impecables, incluso con la boina roja encasquetada aún en el cráneo como si fueran a pasar revista, y ese rubio de barbilla partida como un artista de cine tenía que retirarlos con ambas manos para poder caminar. Y, aunque los sabía sor- dos por muertos, se disculpaba: —Perdona, camarada. ¡Olor único, dulce, de la sangre, olor a hierro que se sien- te, no en las narices, sino en las mandíbulas, que no querría haber conocido nunca! El olor de la ciudad de Mauricio era el de la sal limpia e inocente del Mediterráneo, el olor de los veranos en Sitges, el de las tardes perezosas estudiando una asignatura pendiente, el de los muslos duros y los suspiros blandos de la criada en el cuarto de la plancha. Era enero y hacía frío ese día 26 de 1939 mientras las tro- pas nacionales llegaban a Barcelona, pero para Mauricio la evocación de su adolescencia fue tan impresionante que abrió su capote de un manotazo y se desabrochó la camisa, mostran- do una crucecita de oro sobre el pecho velludo, para respirar

Después, ya apaciguado, dejó a un lado la retórica hueca que ni ellos mismos comprendían para quitarse las gafas de cristales de culo de vaso, limpiarlas, volvérselas a poner y mas- cullar mirando para otro lado: —Y además, entrarán primero porque se lo merecen. De los 1.600 requetés catalanes que habían empezado la guerra, casi la mitad había caído en combate. La mayoría había muerto en el frente de Aragón; el resto se había ido de- sangrando lentamente, guerreando con ferocidad, escasa ins- trucción y sus viejas carabinas Mauser, en Punta Targa, en el frente de la Serena, en Vilalba dels Arcs, en Valsequillo, eso sí, sin perder la costumbre diaria de rezar el rosario. Todos eran muy jóvenes.

Fue Jaime Bofill, que iba al lado de Mauricio y lucía un bi- gotito fino a lo Errol Flynn, quien lo había ganado para la cau- sa. Cuando estaban a punto de movilizarlo porque era de la quinta del 37, le sugirió que se incorporara al bando nacional en Burgos, donde él se había alistado. «Ve hasta Francia y te pasas por San Sebastián, los requetés somos gente bien… Es- tán los Caralt, Isidro Ribes, Pepe Muntadas… ¡No vas a luchar con los rojos contra nosotros! Tu sitio natural está aquí, te es- peramos». Cuando Mauricio recibió la carta, le pidió al chófer de su suegro su guardapolvo y la gorra con visera de charol, que se encajó hasta las cejas para que no se le viera el cabello, que lle- vaba bastante largo; le habían dicho que así se parecía a Carlos Gardel. Sin papeles, confiando en su suerte, se subió a un tren que iba a Port Bou. Un miliciano muy joven, que llevaba un naranjero más grande que él, se le encaró y le soltó: —El salvoconducto, que tienes cara de cura. Mauricio se vio perdido, pero quiso morir como decían

que morían los héroes, dando vivas a Dios, a la Patria y al rey. Cuando ya abría la boca y juntaba los labios para acometer esa valentía póstuma e insensata, el miliciano, de un culatazo, le quitó la gorra para ver si iba tonsurado. Cayeron en cascada los rizos abundantes de Mauricio, todo el vagón se puso a reír y el miliciano, sintiéndose ridículo, se fue sin pedir más docu- mentos. Cuando se encontraron en el hotel Perla de Pamplona, Jai- me le había soltado con una enorme sonrisa: —¡En dos semanas nos vamos al frente! Mauricio hizo un amago de saludar a su amigo a la roma- na, lo había ensayado largo rato frente al espejo y pensaba que le favorecía y le salía muy bien, pero Jaime le dio un golpe en el brazo y le susurró: —Deja eso…, no es necesario. Se avergonzó, fingió que lo del saludo había sido un espas- mo muscular, pero Jaime le sonrió algo desdeñosamente, co- mo si fuera un crío, porque le llevaba nada más y nada menos que diez meses. Ahora, justo dos años después, se rumoreaba que a Jaime le iban a conceder la Cruz Laureada de San Fernando indi- vidual por servir de mensajero cruzando las filas enemigas, hazaña que en su caso tenía aún más mérito porque era un gigantón de dos metros y asomaba por los parapetos como si fuera un periscopio. Mientras fumaban su cigarrillo de des- pués de comer, la hora más tranquila porque el adversario dor- mía la siesta, el Mauser entre las piernas, la boina en la nuca, comentaban cómo recibiría Barcelona a los vencedores. Mau- ricio le advertía a su camarada con envidia, porque le volvían loco las mujeres a pesar de que ya estaba casado: —A ti, con la medalla, se te echarán las chicas a los brazos. El otro hizo como si no le importase, pero de momento, entrando en Barcelona, las chicas no aparecían. Aunque in-

Le habían dicho que ahora las cuadras del Polo estaban va- cías, pues el comité revolucionario había confiscado los caba- llos como carne para el consumo. Milord tenía los ojos árabes, ribeteados de oscuro, y movía la cabezota arriba y abajo. Pero no, no había que pensar en eso. Le llamó la atención que, fren- te al Palacio Real, un pastor con zamarra condujese un rebaño de cabras, que se acercaron a beber tranquilamente en los es- tanques donde el niño Maurisiet llevaba sus barcos a flotar. El pastor se puso ostentosamente de espaldas y escupió a un lado. ¡El único acto de valor que iba a ver en esa larga posguerra! Uno dos, uno dos, vista al frente, entraban en Barcelona. Había fotógrafos que caminaban a su mismo paso y tomaban imágenes. Venían con ellos desde el frente, escogiendo ángu- los, enfocando, ajustando el objetivo de las cámaras como si fueran inmunes a las balas; su actitud puramente profesional siempre impresionaba a Mauricio. Pero, bueno, al final habían ganado. ¡Habían ganado! ¡For- maban parte del ejército vencedor! Hombre, a ver, faltaba el último objetivo, Madrid, y en el Montsec todavía los anarquistas estaban presentando batalla (Mauricio no sabía entonces que 60.000 hombres habrían de morir aún, aplastados contra los parapetos después de un combate agonizante, destrozados por esa perfecta máquina de hacer la guerra en que se había con- vertido el ejército de Franco). Pero ya lo decía Celia Gámez en una entrevista en la Estampa , en la que exhibía una sonrisa fal- samente ingenua y unos ojos perversos y atormentados: «eso está chupao ». Y también, «hemos pasao ». El coronel Arias, al mando del tercio de requetés Virgen de Montserrat, portaba el banderín que habían bordado las mujeres de Pamplona. A su lado, Nazario Giol, que perdió a su hijo en Codo, ondeaba la gran bandera del tercio. Como hormigas feroces, los vencedores iban extendiéndose por la ciudad, las divisiones navarras llegaban por el Tibidabo, los

legionarios entraban por Vallcarca, las fuerzas de Yagüe con- quistaban Montjuic y liberaban a 1.200 prisioneros que se hin- caban en el suelo llorando y dando gracias a sus salvadores. En la Diagonal, un tranvía derrumbado les impide el paso y deben rodearlo, aún se oye el tableteo discontinuo de una ametralladora. Pero, a medida que se van acercando al centro de la ciudad, empiezan a aparecer a ambos lados de la avenida grupos de personas, dos, tres, una docena, de aspecto macilen- to, en silencio, sosteniendo paraguas, otras agitando tímida- mente unas banderitas improvisadas en papel pintado. Algunos se apoyan en muletas porque les falta una pierna, otros llevan el brazo en cabestrillo, uno va con la cabeza ven- dada. Un grupo de mujeres vestidas con el lujo barato de los prostíbulos levantan el brazo y extienden la mano con torpeza avergonzada. Mauricio se fija sin querer en una: tiene en las mejillas los rosetones típicos de los tuberculosos. Ella interpre- ta mal su mirada y se pasa las manos insinuantes a lo largo del cuerpo, intenta erguir su pecho descarnado mientras dirige un gesto vago hacia atrás, donde hay unos sacos amontonados, restos seguramente de un antiguo parapeto. Mauricio niega con la cabeza y advierte la desilusión de la mujer, y en su forma de apartar la vista y mirar hacia otro lado también se da cuenta de que ha herido su orgullo. Jaime ríe: —¡Tenorio! Una niña surgió de pronto de la nada y se metió entre las piernas de Mauricio; era muy pequeña, pero tenía la mirada adulta. Tendió hacia ellos sus sucias manitas y dijo con voz ronca: —Vull pa. Jaime y Mauricio se encogieron de hombros con impoten- cia; ellos llevaban también un día entero sin comer. Un mu- chacho de Sabadell, casualmente un obrero de la fábrica de su

sillas, niños aupados en los hombros de sus padres y algún pe- rro chicoleando entre las piernas y ladrando, vio a Conchita. Echaba el cuerpo por fuera de la barandilla como si quisie- ra saltar, pero luego se metía hacia dentro porque iba con ro- pa de casa y la señora Casasnovas no podía exhibirse en bata como si fuera la portera. Brillaba su flequillo rubio, asomaba el brazo y movía la manita como una muñeca. En la última carta que le había enviado desde la masía de Aguilar, donde había pasado toda la guerra, escribía con su le- tra picuda de colegio de monjas: «Tengo ganas de que termine este jaleo para comer lionesas de nata y merengues sin parar, aunque luego me duela la barriga». Jaleo. ¡Este jaleo! A su lado, asomando apenas por la barandilla, Mauricio vio a su madre, disminuida, vieja, vestida de luto, que estaba gri- tando: —Fill, Fill. Por dentro él también la llamaba, «mare, marona, mareta, mamá, ¿qué hace sin su hijo?». «Me verá cambiado, tal vez no me reconozca», pensaba. Podía intuirse la sombra de su suegro detrás, con una gran bandera roja y amarilla no muy a la vista por si acaso, pudiera ser que estos tíos durasen cuatro días y volvieran los «otros», y no había que significarse; no significarse había sido su regla en los tres años de guerra. E incluso, si Mauricio tuviera poderes sobrehumanos, hubiera podido ver que una niñera sin unifor- me, seguramente una monja emboscada, llevaba en brazos al hereu, que había sido concebido en una cuadra de caballos de polo. Había nacido con una pelusilla rubia y Mauricio fingía suspicacia: —Es del mismo color que la paja de la cuadra. La inocente Conchita reía, aunque no sabía muy bien de qué.

Y más atrás quedaban, aunque no estuvieran en realidad, las chimeneas de la fábrica, ¡y las tundidoras! No pudo evitar que sus ojos se humedecieran. ¡Las tundidoras! ¡ Tundidora era la prime- ra palabra que había pronunciado en su vida! Mientras los otros niños decían papá y mamá , él tardó mucho en hablar, pero cuan- do se arrancó pronunció con perfecta claridad: «Tundidora». No había día en que el padre no comentara los problemas que le daban las tundidoras, las máquinas de cuchillas para pu- lir las lanas, que solían averiarse con perversa contumacia. El padre, poco dado a las expansiones emocionales, al oírselo de- cir, había exclamado con voz húmeda: —Este niño lleva el negocio en la sangre. Recordando al padre muerto, Mauricio seguía sonriendo, pero al mismo tiempo tenía los ojos arrasados en lágrimas. En ese momento Jaime Bofill también lloraba, y el boina roja Puig, y el estudiante de Medicina Antonio Conill, que ha- bía tenido que ejercer de médico aunque solo había cursado primero de carrera, e incluso unos hermanos trillizos que ha- bían sobrevivido milagrosamente a la campaña y que nadie sa- bía cómo se llamaban en realidad, y lloraba el coronel Arias…, y hasta el cielo lloraba sobre sus cabezas. —Mauricio, coño, parecemos maricones. Y no se dio cuenta de que Maurici se había trasformado en Mauricio , y que, a pesar de lo que había dicho Yagüe, tal vez nunca más volverían a hablar en público la tierna lengua de su infancia. Pero no tuvo tiempo de ver que unos muchachos se habían encaramado a una larga escalera para arrancar la placa que ponía Hermanos Badía y colocar en su lugar una foto del protomártir José Calvo Sotelo, que en pocos minutos se deshi- zo bajo la lluvia. El claxon de un coche empezó a entonar «La cucaracha» y lo siguieron uno, otro, decenas; a los balcones se asoman an- cianos con bata y niños pequeños que se agarran a los barrotes,

… con la camisa nueva que tú bordaste en rojo ayer…

Mauricio saludó con un gesto a otro de los hermanos, Vi- cente, con el que había compartido un único curso en la es- cuela de Arquitectura, interrumpido por la guerra. Ninguno de los dos volvería a las aulas. Pero Vicente se separó de su fa- milia y se acercó a él, se abrazaron pecho contra pecho y se se- pararon rudamente sin pronunciar palabra. Vicente era también falangista. Estaba delgadísimo, las ore- jas le sobresalían a ambos lados del cráneo completamente pe- lado, pero no estaba pálido como su hermano, sino muy more- no porque había tomado el sol de invierno en el patio de la prisión Modelo, donde estuvo preso, condenado dos veces a muerte. A Mauricio se lo había contado su madre en una carta: «A tu amigo Vicente, el hijo del juez, lo van a fusilar un día de estos con el hijo del dueño de los almacenes El Águila, el que está en el gremio con tu padre». Al final no lo habían fusilado, acababa de salir tranquila- mente de la prisión, después de que el director hubiera entre- gado a un comité de presos las llaves antes de huir a la fronte- ra. Otros reclusos, entre los que estaba el chico Bosch Labrús, el de El Águila, sí que habían sido fusilados en el Collell. Una última atrocidad de una guerra atroz. Lo primero que había hecho Vicente al llegar a su casa de la calle Muntaner había sido afeitarse la cabeza infestada de piojos. —Garbí, ponent… —Mauricio tenía ganas de gritarlo—, tramuntana, gregal, mistral… Quería taparse la cara con las manos, como hacía cuando era pequeño. Si no veías, el mundo dejaba de existir.

En el cruce de Diagonal con Paseo de Gracia tuvieron que detenerse para que pasara el cuerpo motorizado que venía desde San Gervasio, los carros de combate del ejército marro- quí y el resto de las tropas con los oficiales a caballo, que mira- ban a la multitud con la jactancia y displicencia típicas de los oficiales de caballería. Petardeaban los camiones, los carros se encallaban y arrancaban de nuevo a saltos como orugas torpes, los caballos se encabritaban, resbalaban sobre el asfalto moja- do, relinchaban con miedo y se oía el plof de las bostas al caer al suelo. Una centuria de Falange, con camisas azules que aún mostraban los pliegues con que habían estado dobladas, las man- gas a medio brazo, correaje y botas brillantes, desfilaban mar- cialmente despertando la burla apenas disimulada de los mi- litares de verdad, para quienes estos pipiolos no dejaban de ser unos chiquillos jugando a la guerra. Jaime y Mauricio se miraron, se dieron unos puñetazos fra- ternales y se dijeron sin voz: —Ahora nos podríamos ir a casa…, nadie nos iba a echar en falta. Y de repente aquella casa nueva con la que tanto había so- ñado, los brazos de su mujer, ese hijo al que casi no conocía, su madre, el olor de todas las madres, la fábrica, los obreros de talleres, el despacho en la Rambla de Sabadell, las tundidoras, las puestas de largo en el palacete Parellada, la dulzura y ama- bilidad de la vida de antes de la guerra, su propia vida, en su- ma, le pareció inasequible, lejana, perdida, imposible. Había sentido el miedo a la muerte, había aprendido a ma- tar. ¿Cómo podría seguir adelante con esto? Ahora sentía el miedo de la vida, de avanzar. Se sentó en el bordillo con un ansia muy grande en el pe- cho, como si le estuviera dando un infarto. Se tendió en el sue- lo, quería morirse.