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Una traducción al español de la novela 'il cavaliere inesistente' de italo calvino, con un enfoque en la creación de personajes abstractos y corporeos, la búsqueda de la identidad y la heroicidad en la sociedad medieval. El texto también incluye reflexiones sobre la existencia y la inexistencia, la búsqueda de la prueba de la virginidad y la persecución amorosa.
Tipo: Monografías, Ensayos
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Título original: IL CAVALIERI INESISTENTE Traducción: Francesc Miravitlles Editorial Bruguera, S. A.
significa que sea una diversión para el escritor, el cual debe narrar con distanciamiento, alternando impulsos en frío e impulsos en caliente, autocontrol y espontaneidad, y en realidad ése es el modo de escribir que proporciona más cansancio y más tensión nerviosa. Pensé entonces en extrapolar este esfuerzo mío de escribir haciendo con él un personaje, e hice la monja escribiente, como si fuera ella la que narraba, y esto servía para darme impulsos más reposados y espontáneos, y sacaba adelante lo demás.» La presencia de un «yo» narrador comentarista es una constante del ciclo —el sobrino niño del Vizconde, el Biagio di Rondó hermano y cronista del Barón—, pero en esta novela presenta una acusada novedad, esboza un tema que Calvino ha tratado admirablemente, a lo largo, a lo ancho y en profundidad, en su hasta ahora última novela: Se una notte d'inverno un viaggiatore (Einaudi, 1979). Se trata del propio acto de escribir, de la relación entre la complejidad de la vida y la hoja en la que esa complejidad se dispone en forma de signos alfabéticos, del grafo y su recepción por el lector, en suma: «el arte de escribir historias está en saber sacar de lo poco que se ha comprendido de la vida todo lo demás: pero acabada la página se reanuda la vida y una se da cuenta de que lo que sabía es muy poco». Esta reflexión de la monja escribiente al inicio del capítulo VI encubre, a mi entender, la soberbia legítima de quien es perfectamente consciente de que al poner en pie todo un coherente mundo de ficción nos está enseñando a comprendernos mejor a nosotros mismos. Sor Teodora, el «yo-narrador», que no aparece hasta el capítulo IV, va ocupando progresivamente un primer plano, la historia se va convirtiendo en la historia de la pluma de oca de la monjita corriendo sobre el papel en blanco, para terminar con una pirueta narrativa, un golpe de escena que cierra con su broche de oro la narración. El fondo sobre el que se mueven nuestros personajes nada tiene de novela histórica. El humor de Calvino se desborda en una recreación puramente fantástica, en ocasiones disparatada y anacrónica —los tenedores que utiliza Agilulfo en el capítulo del banquete sólo se introdujeron en las mesas palaciegas muchos siglos después—, como se da a menudo en la tradición popular, de diversos ambientes: primero y principal, el de los paladines que rodean a Carlomagno y el propio emperador de los francos, vistos con ojos desmitificadores; las absurdas etiquetas y reglas de una guerra que dura años y años ponen en solfa la heroicidad y evocan las routines de un ejército victorioso. Los personajes de este coro proceden todos de la tradición caballeresca, común tanto a Italia como a España y Francia, y de ahí que sus nombres —Roldan, Palmerín, Reinaldo— nos suenen familiares. Exclusivamente italiana es en cambio Bradamante —que no es «coro» sino personaje—: las mujeres guerreras son totalmente ajenas a la epopeya francesa, mientras que en la literatura caballeresca italiana abundan: Flordelís, Marfisa, etc. En nuestro romancero encontraremos, sí, alguna doncella guerrera, pero sus motivaciones para hacer la guerra no están basadas en el amor al riesgo o a la aventura; siempre se presenta como esencialmente femenina, como sustitutivo de un varón que no existe: «¡No reventaras, condesa, / por medio del corazón, / que me diste siete hijas, / y entre ellas ningún varón! / ... / No maldigáis a mi madre, / que a la guerra me iré yo; / me daréis las vuestras armas, / vuestro caballo trotón...» Y cuando la doncella regresa al castillo paterno, tras servir al rey dos años, tiene efusiones líricas con las que se moriría de risa la italiana Bradamante: «Campanitas de mi iglesia / ya os oigo repicar; / puentecito, puentecito / del río de mi lugar, / una vez te pasé virgen, / virgen te vuelvo a pasar.» Otro de los «coros» es el de los caballeros del Santo Grial, ejemplificación del existir como experiencia mística, como anulación en el Todo, con resonancias wagnerianas y orientales (el budismo de los samurais). Y como contraposición a ellos, el pueblo de los curvaldos, tan oprimidos que ni saben que existen, pero que cuando tomen conciencia de su estar en el mundo, rebelándose contra los caballeros, ya no querrán seguir sirviendo a otros señores, sino que aspirarán a vivir entre iguales — y en esto se anticipan a la revolución urbana de los siglos XI-XIII. Todos estos elementos se aunan para formar una trama trepidante, imaginativa,
fantástica, en la que, de la mano de sor Teodora, seguimos a nuestros personajes por dos continentes en una peripecia que pretende, en sustancia, que nos replanteemos la relación justa entre la conciencia individual y el curso de la historia. Para cerrar estas palabras de presentación oigamos de nuevo la voz de Calvino en el prólogo que escribió para la edición conjunta de los tres relatos: «También sois muy dueños de interpretar como queráis estas tres historias, y no debéis sentiros atados en absoluto por la declaración que acabo de hacer sobre su génesis. He querido hacer una trilogía de experiencias sobre cómo realizarse en tanto que seres humanos: en el Cavaliere inexistente la conquista del ser, en el Viseante dimezzato la aspiración a una plenitud por encima de las mutilaciones impuestas por la sociedad, en el Barone rampante una vía hacia la plenitud no individualista, alcanzable mediante la fidelidad a una autodeterminación individual. Tres grados de acercamiento a la libertad. Y al mismo tiempo he querido que fueran tres historias "abiertas", como suele decirse, que ante todo se tengan en pie como historias, por la lógica del sucederse de sus imágenes, pero que comiencen su verdadera vida en el imprevisible juego de interrogaciones y respuestas suscitadas en el lector. Quisiera que pudieran ser vistas como un árbol genealógico de los antepasados del hombre contemporáneo, en el que cada rostro oculta algún rasgo de las personas que tenemos a nuestro alrededor, de vosotros, de mí mismo.» Adelante, pues: comience el lector con ese imprevisible juego, al que ya muchos antes que él jugaron. Esther Benítez
Italo Calvino 7
Bajo las rojas murallas de París estaba formado el ejército de Francia. Carlomagno tenía que pasar revista a los paladines. Ya hacía más de tres horas que estaban allí; era una tarde calurosa de comienzos de verano, algo cubierta, nubosa; en las armaduras se hervía como dentro de ollas a fuego lento. No se sabe si alguno en aquella inmóvil fila de caballeros no había perdido ya el sentido o se había adormecido, pero la armadura los mantenía erguidos en la silla a todos por igual. De pronto, tres toques de trompa: las plumas de las cimeras se sobresaltaron en el aire quieto como por un soplo de viento, y enmudeció en seguida aquella especie de bramido marino que se había oído hasta entonces, y que era, por lo visto, un roncar de guerreros oscurecido por las golas metálicas de los yelmos. Finalmente helo allí, divisaron a Carlomagno que avanzaba, al fondo, en un caballo que parecía más grande de lo normal, con la barba sobre el pecho, las manos en el pomo de la silla. Reina y guerrea, guerrea y reina, dale que dale, parecía un poco envejecido, desde la última vez que lo habían visto aquellos guerreros. Detenía el caballo ante cada oficial y se volvía para mirarlo de arriba abajo. —¿Y quién sois vos, paladín de Francia? —¡Salomón de Bretaña, sire! —respondía aquél en alta voz, alzando la celada y descubriendo el rostro acalorado; y añadía alguna información práctica, como—: Cinco mil caballeros, tres mil quinientos infantes, mil ochocientos servicios, cinco años de campaña. —¡Cierra con los bretones, paladín! —decía Carlos, y tac-tac, tac-tac, se acercaba a otro jefe de escuadrón. —¿ Yquien sois vós, paladín de Francia? —reiteraba. —¡Oliverio de Viena, sire! —pronunciaban los labios en cuanto se había levantado la rejilla del yelmo. Y—: Tres mil caballeros escogidos, siete mil de tropa, veinte máquinas de asedio. Vencedor del pagano Fierabrás, ¡por la gracia de Dios y para gloria de Carlos, rey de los francos! —Bien hecho, bravo por el vienés —decía Carlomagno, y a los oficiales del séquito—: Flacuchos esos caballos, aumentadles la cebada. —Y seguía adelante—: ¿Yquien sois vós, paladín de Francia? —repetía, siempre con la misma cadencia. —¡Bernardo de Mompolier, sire! Vencedor de Brunamente y Galiferno. —¡Bonita ciudad, Mompolier! ¡Ciudad de bellas mujeres! —y al séquito—: A ver si lo ascendemos de grado. —Cosas que dichas por el rey son de agrado, pero eran siempre las mismas monsergas, desde hacía muchos años. —¿Y quien sois vós, con ese blasón que conozco? Conocía a todos por las armas que llevaban en el escudo, sin necesidad de que dijeran nada, pero así era la costumbre: que fueran ellos quienes le descubrieran el nombre y el rostro. Quizá porque de lo contrario, alguno, con algo mejor que hacer que tomar parte en la revista, habría podido mandar allí su armadura con otro dentro. —Alardo de Dordoña, del duque Amón... —Estupendo Alardo, ¿qué dice papá? —y así sucesivamente.. «Tata-tatatá, tata-tata-ta- tatá.» —¡Gualfredo de Monjoie! ¡Ocho mil caballeros excepto los muertos! Ondeaban las cimeras. —¡Ugier Danés! ¡Ñamo de Baviera! ¡Palmerín de Inglaterra! Anochecía. Los rostros, entre el ventalle y la babera, ya no se distinguían tan bien. Cada palabra, cada gesto era ya previsible, como todo en aquella guerra que tanto duraba, cada encuentro, cada duelo, conducido siempre según aquellas reglas, de modo que se
8 Italo Calvino sabía ya antes de que ocurriera quién tenía que vencer, o perder, quién tenía que ser el héroe, quién el cobarde, a quién le tocaba quedar despanzurrado y a quién salir bien librado con una caída y una culada en el suelo. En las corazas, por la noche, a la luz de las antorchas, los herreros martilleaban siempre las mismas abolladuras. —¿Y vos? El rey había llegado ante un caballero de armadura toda blanca; sólo una pequeña línea negra corría alrededor, por los bordes; aparte de eso era reluciente, bien conservada, sin un rasguño, bien acabada en todas las junturas, adornado el yelmo con un penacho de quién sabe qué raza oriental de gallo, cambiante con todos los colores del iris. En el escudo había dibujado un blasón entre dos bordes de un amplio manto drapeado, y dentro del blasón se abrían otros dos bordes de manto con un blasón más pequeño en medio, que contenía otro blasón con manto todavía más pequeño. Con un dibujo cada vez más sutil se representaba una sucesión de mantos que se abrían uno dentro del otro, y en medio debía haber quién sabe qué, pero no se conseguía descubrirlo, tan pequeño se volvía el dibujo. —Y vos ahí, con ese aspecto tan pulcro... —dijo Carlomagno que, cuanto más duraba la guerra, menos respeto por la limpieza conseguía ver en los paladines. —¡Yo soy —la voz llegaba metálica desde dentro del yelmo cerrado, como si fuera no una garganta sino la misma chapa de la armadura la que vibrara, y con un leve retumbo de eco— Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y de Fez! —Aaah... —dijo Carlomagno, y del labio inferior, que sobresalía, le salió incluso un pequeño trompeteo, como diciendo: «¡Si tuviera que acordarme del nombre de todos, estaría fresco!» Pero en seguida frunció el ceño—. ¿Y por qué no alzáis la celada y mostráis vuestro rostro? El caballero no hizo ningún ademán; su diestra enguantada con una férrea y bien articulada manopla se agarró más fuerte al arzón, mientras que el otro brazo, que sostenía el escudo, pareció sacudido como por un escalofrío. —¡Os hablo a vos, eh, paladín! —insistió Carlomagno—. ¿Cómo es que no mostráis la cara a vuestro rey? La voz salió clara de la babera. —Porque yo no existo, sire. —¿Qué es eso? —exclamó el emperador—. ¡Ahora tenemos entre nosotros incluso un caballero que no existe! Dejadme ver. Agilulfo pareció vacilar todavía un momento, luego, con mano firme, pero lenta, levantó la celada. El yelmo estaba vacío. Dentro de la armadura blanca de iridiscente cimera no había nadie. —¡Pero...! ¡Lo que hay que ver! —dijo Carlomagno—. ¿Y cómo lo hacéis para prestar ser- vicio, si no existís? —¡Con fuerza de voluntad —dijo Agilulfo—, y fe en nuestra santa causa! —Muy bien, muy bien dicho, así es como se cumple con el deber. Bueno, para ser alguien que no existe, ¡sois avispado! Agilulfo cerraba la fila. El emperador había ya pasado revista a todos; dio vuelta al caballo y se alejó hacia las tiendas reales. Era viejo, y procuraba alejar de su mente los asuntos complicados. La trompa tocó el «rompan filas». Hubo la desbandada de caballos de costumbre, y el gran bosque de lanzas se plegó, se movió ondulante como un campo de trigo cuando pasa el viento. Los caballeros bajaban de la silla, movían las piernas para desentumecerse, los escuderos se llevaban los caballos de la brida. Después, de la confusión y la polvareda se destacaron los paladines, agrupados en corrillos en los que se agitaban las cimeras coloreadas, para desahogarse de la forzada inmovilidad de aquellas horas con bromas y bravatas, con chismes de mujeres y honores. Agilulfo dio unos pasos para mezclarse con uno de estos corrillos, luego sin ningún motivo pasó a otro, pero no se abrió paso y nadie se fijó en él. Permaneció un poco indeciso detrás de éste o aquél, sin participar en sus diálogos, y luego se apartó. Oscurecía; sobre la cimera las plumas brisadas parecían todas ahora de un único e indistinto color; pero la armadura blanca resaltaba aislada sobre el prado. Agilulfo, como
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La noche, para los ejércitos en campaña, está regulada como el cielo estrellado: los turnos de guardia, el oficial que los manda, las patrullas. Todo lo demás, la perpetua confusión del ejército en guerra, el hormigueo diurno del que lo imprevisto puede surgir como el encabritarse de un caballo, ahora calla, pues el sueño ha vencido a todos los guerreros y cuadrúpedos de la Cristiandad, éstos en fila y de pie, a ratos restregando un casco en el suelo o soltando un breve relincho o rebuzno, aquellos liberados finalmente de yelmos y corazas, y, satisfechos de sentirse de nuevo personas humanas distintas e inconfundibles, todos ya están roncando. Al otro lado, en el campamento de los Infieles, todo es igual: el mismo ir y venir de los centinelas, el jefe de la guardia que ve deslizarse el último grano de arena por el reloj y va a despertar a los hombres del relevo, el oficial que aprovecha la noche de vigilia para escribir a la esposa. Y las patrullas cristiana e infiel se adentran ambas media milla, llegan casi hasta el bosque, pero luego dan la vuelta, una por aquí y otra por allí sin encontrarse nunca, regresan al campamento para referir que todo está en calma, y se van a la cama. Las estrellas y la luna corren silenciosas sobre los dos campos adversos. En ningún sitio se duerme tan bien como en el ejército. Sólo a Agifulfo le estaba negado este alivio. En la armadura blanca, completamente emperejilada, bajo su tienda, una de las más ordenadas y confortables del campamento cristiano, intentaba mantenerse boca arriba, y continuaba pensando: no los pensamientos ociosos e imprecisos de quien está a punto de entregarse al sueño, sino siempre razonamientos determinados y exactos. Al poco rato se alzaba sobre un codo: sentía la necesidad de dedicarse a cualquier ocupación manual, como lustrar la espada, que ya estaba reluciente, o untar de grasa las juntas de la armadura. No aguantaba mucho: de nuevo se levantaba, y salía de la tienda, embrazando lanza y escudo, y su sombra blanquecina se deslizaba por el campamento. De las tiendas cónicas se elevaba el concierto de las pesadas respiraciones de los dormidos. Aquel poder cerrar los ojos, perder la conciencia de sí, hundirse en el vacío de las propias horas, y luego al despertar volverse a encontrar igual que antes, para reanudar los hilos de la propia vida, era algo que Agilulfo no podía saber, y su envidia por la facultad de dormir propia de las personas existentes era una envidia vaga, como de una cosa que no puede ni siquiera concebirse. Lo hería e inquietaba aún más la vista de los pies desnudos que asomaban aquí y allí por el borde de las tiendas, con los pulgares hacia arriba: el campamento durante el sueño era el reino de los cuerpos, una extensión de vieja carne de Adán, exaltada por el vino bebido y el sudor de la jornada guerrera; mientras en el umbral de los pabellones yacían desarmadas las vacías armaduras, que los escuderos y servidores por la mañana pulirían y pondrían a punto. Agilulfo pasaba, atento, nervioso, altivo: el cuerpo de la gente que tenía un cuerpo le producía, sin duda, un malestar semejante a la envidia, pero también un ansia que era de orgullo, de superioridad desdeñosa. Los colegas tan nombrados, los gloriosos paladines, ¿qué eran ahora? La armadura, testimonio de su grado y nombre, de las hazañas llevadas a cabo, de la fuerza y el valor, hela aquí reducida a una envoltura, a chatarra vacía; y las personas roncando, con la cara aplastada en la almohada y un hilo de baba que caía de los labios abiertos. A él no, no era posible descomponerlo en piezas, desmembrarlo: era y seguía siendo en cada momento del día y de la noche Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, armado caballero de Selimpia Citerior y de Fez el día tal, habiendo realizado para gloria de las armas cristianas las acciones tal y tal, y encargado en el ejército del emperador Carlomagno del mando de las tropas tal y cual. Y poseedor de la más bella y reluciente armadura de todo el campamento, inseparable de él. Y mejor oficial que muchos que se jactan de insignes;
Italo Calvino 11 es más, el mejor de todos los oficiales. Y sin embargo, paseaba infeliz en la noche. Oyó una voz: —Señor oficial, discúlpeme, pero ¿cuándo va a llegar el relevo? ¡Me han dejado plantado aquí hace más de tres horas! —Era un centinela que se apoyaba en la lanza como si tuviera retortijones. Agilulfo ni siquiera se volvió, dijo: —Te equivocas, yo no soy el oficial de guardia —y siguió adelante. —Perdonadme, señor oficial. Al veros dar vueltas por aquí, creía... A la más pequeña falta en el servicio a Agilulfo le cogía la manía de revisarlo todo, de hallar otros errores y negligencias en el proceder ajeno, el sufrimiento agudo por lo que está mal hecho, fuera de lugar... Pero al no ser de su incumbencia efectuar una inspección como ésa a aquellas horas, también su conducta podría considerársela fuera de lugar, incluso indisciplinada. Agilulfo trataba de contenerse, de limitar su interés a cuestiones particulares de las que de cualquier modo al día siguiente tendría que ocuparse, como la disposición de ciertas perchas donde se guardaban las lanzas, o los artificios para mantener seco el heno... Pero su blanca sombra siempre topaba con el jefe de guardia, el oficial de servicio, la patrulla que revolvía en la cantina buscando una pequeña damajuana de vino que había sobrado la noche anterior... Cada vez, Agilulfo tenía un momento de incertidumbre, de si debía comportarse como quien sabe imponer con su sola presencia el respeto a la autoridad o como quien, encontrándose donde no tiene que encontrarse, da un paso atrás, discreto, y finge no estar allí. Con esta incertidumbre, se detenía, pensativo: y no conseguía tomar ni una postura ni otra; sólo sentía que fastidiaba a todos, y habría querido hacer algo para entrar en una relación cualquiera con el prójimo, por ejemplo ponerse a gritar órdenes, improperios de cabo, o estallar en carcajadas y soltar palabrotas como entre compañeros de posada. En cambio murmuraba algunas palabras de saludo ininteligibles, con una timidez disfrazada de soberbia, o una soberbia corregida por la timidez, y seguía adelante; pero todavía le parecía que aquellos le habían dirigido la palabra, y se volvía apenas, diciendo: «¿Eh?», pero luego en seguida se convencía de que no era a él a quien hablaban y se alejaba como si escapara. Avanzaba hasta los límites del campamento, a lugares solitarios, subiendo por una altura desnuda. La noche en calma estaba recorrida solamente por el suave vuelo de pequeñas sombras informes de alas silenciosas, que se movían alrededor sin una dirección ni siquiera momentánea: los murciélagos. Incluso ese mísero cuerpo incierto entre ratón y ave era sin embargo algo tangible y cierto, algo con lo que podía chocar uno en el aire, con su boca abierta tragando mosquitos, mientras que Agilulfo, con toda su coraza, era atravesado en cada fisura por las ráfagas del viento, por el vuelo de los mosquitos, y los rayos de la luna. Una rabia indeterminada, que le había crecido dentro, estalló de pronto: desenvainó la espada, la agarró con las dos manos, arremetió con todas sus fuerzas contra cada murciélago que bajaba. Nada: continuaban su vuelo sin principio ni fin, apenas agitados por el desplazamiento de aire. Agilulfo daba golpes y más golpes; ya ni siquiera trataba de golpear a los murciélagos; sus sablazos seguían trayectorias más regulares, se ordenaban según los modelos de la esgrima con el espadón; y Agilulfo había empezado a hacer ejercicios como si se estuviera adiestrando para el próximo combate, y exhibía la teoría de los molinetes, de los quites, de las fintas. Súbitamente se detuvo. Un joven apareció de repente de entre un seto, allí en la altura, y lo miraba. Estaba armado sólo con una espada y llevaba el pecho ceñido por una leve coraza. —¡Oh, caballero! —exclamó—. ¡No quería interrumpiros! ¿Es para la batalla que os ejercitáis? Porque habrá batalla con las primeras luces de la mañana, ¿verdad? ¿Permitís que haga ejercicios con vos? —Y, tras un silencio—: Llegué al campamento ayer... Será la primera batalla, para mí... Es todo tan distinto de como me esperaba... Agilulfo estaba ahora de través, con la espada apretada contra el pecho, los brazos cruzados, protegido todo él tras el escudo. —Las disposiciones para un posible encuentro armado, decididas por el mando, son comunicadas a los señores oficiales una hora antes del comienzo de las operaciones — dijo.
Italo Calvino 13 yo debo vengar a mi padre, sabéis, tengo que matar al argalif Isoarre y de este modo procurar... Sí: la Superintendencia de Duelos, Venganzas y Manchas al Honor, ¿dónde está? —Apenas ha llegado, éste, ¡y oye con lo que sale! Pero ¿qué sabes tú de la superintendencia? —Me lo ha dicho ese caballero, cómo se llama, el de la armadura toda blanca... —¡Uf! ¡Sólo nos faltaba él! ¡Qué manía de meter en todo la nariz que no tiene! —¿Cómo? ¿No tiene nariz? —En vista de que a él la sarna no le pica —dijo el otro desde detrás de la mesa—, no encuentra nada mejor que rascarles la sarna a los demás. —¿Por qué no le pica la sarna? —¿Y en qué sitio quieres que le pique si no tiene ningún sitio? Ese es un caballero que no existe... —Pero ¿cómo que no existe? ¡Yo lo he visto! ¡Existía! —¿Qué has visto? Chatarra... Es uno que existe sin existir, ¿entiendes, cabeza de chorlito? Nunca el joven Rambaldo hubiera imaginado que las apariencias pudieran revelarse tan engañosas: desde el momento en que había llegado al campamento descubría que todo era distinto de lo que parecía... —¡Así que en el ejército de Carlomagno se puede ser caballero con tantos nombres y títulos y, además, combatiente de pro y celoso oficial, sin necesidad de existir! —¡Para el carro! Nadie ha dicho: en el ejército de Carlomagno se puede etcétera. Sólo hemos dicho: en nuestro regimiento hay un caballero así y así. Eso es todo. Lo que puede existir o dejar de existir en líneas generales, no nos interesa a nosotros. ¿Entendido? Rambaldo se dirigió al pabellón de la Superintendencia de Duelos, Venganzas y Manchas al Honor. Ya no se dejaba engañar por las corazas y los yelmos emplumados: comprendía que detrás de aquellas mesas las armaduras ocultaban hombrecillos enjutos y polvorientos. jY aún gracias si dentro había alguien! —¡Así que quieres vengar a tu padre, marqués de Rosellón, de grado general! Veamos: para vengar a un general, el procedimiento mejor es quitar de en medio a tres comandantes. Podríamos asignarte tres que fueran fáciles, y asunto terminado. —No me he explicado bien: es Isoarre el argalif al que debo matar. ¡Fue él en persona quien derribó a mi glorioso padre! —Sí, sí, lo hemos entendido, pero echar abajo a un argalif no vayas a creer que sea algo tan sencillo... ¿quieres cuatro capitanes?, te garantizamos cuatro capitanes infieles antes de mediodía. Mira que cuatro capitanes se dan por un general de división, y tu padre era general de brigada solamente. —¡Buscaré a Isoarre y lo destriparé! ¡A él, sólo a él! —Tú acabarás arrestado, no combatiendo, ¡puedes estar seguro! ¡Reflexiona un poco antes de hablar! Si te ponemos dificultades para Isoarre, es que habrá motivos para ello... Si nuestro emperador, por ejemplo, tuviese con Isoarre alguna negociación en curso... Pero uno de aquellos funcionarios, que había estado hasta entonces con la cabeza hundida en los papeles, se alzó regocijado: —¡Todo resuelto! ¡Todo resuelto! ¡No hay necesidad de hacer nada! Para qué venganza, ¡no hace falta! Oliverio, el otro día, creyendo a sus dos tíos muertos en batalla, ¡los vengó! ¡Por el contrario se habían quedado borrachos debajo de una mesa! Nos encontramos con estas dos venganzas de tío de más, un buen lío. Ahora todo se arregla: una venganza de tío nosotros la contamos como media venganza de padre: es como si tuviéramos una venganza de padre en blanco, ya ejecutada. —¡Ah, padre mío! —Rambaldo desvariaba. —Pero ¿qué te pasa? Habían tocado diana. El campamento, al alba, pululaba de gente armada. Rambaldo habría querido mezclarse con aquella multitud que poco a poco tomaba forma de pelotones y compañías encuadradas, pero le parecía que aquel chocar de hierro era como un vibrar de élitros de insectos, un chisporroteo de cáscaras secas. Muchos guerreros
14 Italo Calvino estaban encerrados en el yelmo y la coraza hasta la cintura, y bajo la falda asomaron las piernas en calzones, porque quijotes y grebas se esperaba a estar en la silla para ponerlos. Las piernas, bajo ese tórax de acero, parecían mas delgadas, como patas de grillo; y la forma que tenían de mover, cuando hablaban, las cabezas redondas y sin ojos, y también de mantener replegados los brazos con el estorbo de codales y mandiletes era de grillo o de hormiga; y del mismo modo todo su trajín parecía un confuso pateo menudo de insectos. En medio de ellos, los ojos de Rambaldo fueron buscando algo: era la blanca armadura de Agilulf o que esperaba volver a encontrar, quizá porque su aparición habría vuelto más concreto el resto del ejército, o bien porque la presencia más sólida que había hallado era precisamente la del caballero inexistente. Lo descubrió bajo un pino, sentado en el suelo, colocando pequeñas pinas según un dibujo regular, un triángulo isósceles. A esas horas de la madrugada, Agilulfo tenía siempre necesidad de dedicarse a un ejercicio de exactitud: contar objetos, ordenarlos en figuras geométricas, resolver problemas de aritmética. Es la hora en que las cosas pierden la consistencia de sombra que las ha acompañado en la noche y vuelven a adquirir poco a poco los colores, pero mientras tanto atraviesan algo así como un limbo incierto, apenas rozadas y casi aureoladas por la luz: la hora en que menos seguros estamos de la existencia del mundo. El, Agilulfo, tenía siempre necesidad de sentir frente a sí las cosas como un muro macizo al que contraponer la tensión de su voluntad, y sólo así conseguía mantener una segura conciencia de sí mismo. Si en cambio el mundo a su alrededor se esfumaba en lo incierto, en lo ambiguo, también él se sentía ahogar en esta mórbida penumbra, sin conseguir que aflorase del vacío un pensamiento claro, un impulso decidido, un pundonor. Se sentía mal: eran ésos los momentos en que creía desfallecer; a veces sólo a costa de un esfuerzo extremo lograba no disolverse. Entonces se ponía a contar: hojas, piedras, lanzas, pinas, cualquier cosa que tuviera delante. O a ponerlas en fila, a ordenarlas en cuadrados o en pirámides. El dedicarse a estas ocupaciones exactas le permitía vencer el malestar, absorber el descontento, la inquietud y el marasmo, y recobrar la lucidez y compostura habituales. Así lo vio Rambaldo, mientras con movimientos absortos y rápidos disponía las piñas en triángulo, luego en cuadrados sobre los lados del triángulo, y sumaba con obstinación las piñas de los cuadrados de los catetos comparándolas con las del cuadrado de la hipotenusa. Rambaldo comprendía que aquí todo avanzaba con rituales, convenciones, fórmulas, y debajo de esto, ¿qué había, debajo? Se sentía presa de un azoramiento indefinible, al saberse fuera de todas estas reglas del juego... Luego, su deseo de tomar venganza de la muerte de su padre, y este ardor por combatir, por enrolarse entre los guerreros de Carlomagno, ¿no era también un ritual para no hundirse en la nada, como ese quitar y poner pinas del caballero Agilulfo? Y oprimido por la turbación de tan inesperadas cuestiones, el joven Rambaldo se lanzó al suelo y estalló en llanto. Sintió que algo se le posaba en los cabellos, una mano, una mano de hierro, aunque ligera. Agilulfo estaba arrodillado junto a él. —¿Qué tienes, muchacho? ¿Por qué lloras? Los estados de desfallecimiento o desesperación o furor de los otros seres humanos le daban inmediatamente a Agilulfo una calma y una seguridad perfectas. El sentirse inmune a los sobresaltos y angustias que sufren las personas existentes lo llevaba a tomar una actitud superior y protectora. —Perdonadme —dijo Rambaldo—, quizá es cansancio. No he conseguido pegar ojo en toda la noche, y ahora me encuentro perdido. Si pudiera adormecerme al menos un momento... Pero ya es de día. Y vos, que también os habéis quedado despierto, ¿cómo os las arregláis? —Yo me encontraría perdido si me adormeciera aunque sólo fuera un instante —dijo bajito Agilulfo—, mejor dicho, ya no volvería a encontrarme por nada, me perdería para siempre. Por eso paso muy despierto cada instante del día y de la noche. —Debe ser desagradable... —No. —La voz se había vuelto seca, fuerte. —Y la armadura, ¿no os la quitáis nunca de encima? Volvió a murmurar. —No hay un encima. Quitar o poner para mí no tiene sentido.
16 Italo Calvino
Carlomagno cabalgaba a la cabeza del ejército de los francos. Llevaban una marcha de aproximación; no había prisa; no se caminaba muy rápido. En torno al emperador se agrupaban los paladines, que frenaban por la brida a los impetuosos caballos; y con aquel caracolear y mover acompasadamente sus argénteos escudos se alzaban y bajaban como branquias de un pez. A un largo pez todo escamas se parecía el ejército: a una anguila. Campesinos, pastores, aldeanos, acudían a los bordes del camino. —¡Aquél es el rey, aquél es Carlos! —y se inclinaban al suelo, reconociéndolo, más que por la poco familiar corona, por la barba. Luego en seguida se levantaban para identificar a los guerreros—: ¡Aquél es Orlando! ¡Que no, ése es Oliverio! —No acertaban ni uno, pero era igual, porque éste o aquél, allí estaban todos, y podían jurar que habían visto a quien querían. Agilulfo, cabalgando en el grupo, de vez en cuando daba una pequeña carrera, después se detenía para esperar a los demás, se giraba para comprobar que la tropa seguía compacta, o se volvía hacia el sol como si calculara por la altura sobre el horizonte la hora. Estaba impaciente. Sólo él, allí en medio, tenía en la mente la orden de marcha, las etapas, el lugar al que debían llegar antes de la noche. Los otros paladines, pues sí, marcha de aproximación, andar de prisa o despacio es siempre aproximarse, y con la excusa de que el emperador es viejo y está cansado, en cada taberna estaban dispuestos a pararse para beber. Por el camino no veían más que muestras de tabernas y traseros de siervas, sólo para decir cuatro insolencias; por lo demás, viajaban como encerrados en un baúl. Carlomagno todavía era el que demostraba más curiosidad por todo lo que veían alrededor. —¡Huy, patos, patos! —exclamaba. Por los prados, a lo largo del camino, se veía a un grupo de ellos. En medio de aquellos patos había un hombre, pero no se entendía qué diablos estaba haciendo: caminaba acuclillado, con las manos detrás, a la espalda, alzando los pies de plano igual que una palmípeda, con el cuello tieso, y diciendo—: Cuá... cuá... cuá... —Los patos no le hacían ningún caso, parecían reconocerlo como uno de ellos. Y a decir verdad, entre el hombre y los patos la vista no hacía grandes distinciones, porque lo que llevaba puesto el hombre, de un color pardo terroso (parecía compuesto, en gran parte, por trozos de saco), presentaba anchas zonas de un gris verdusco exacto a sus plumas, y además había remiendos y jirones y manchas de los más variados colores, como las estrías irisadas de aquellos volátiles. —Eh, tú, ¿te parece ésta la manera de inclinarte ante el emperador? —le gritaron los paladines, siempre dispuestos a buscar camorra. El hombre no se volvió, pero los patos, espantados por aquellas voces, alzaron el vuelo todos juntos. El hombre se demoró un momento viéndolos elevarse, con la nariz al aire, luego abrió los brazos, dio un salto, y saltando y aleteando de este modo, con los brazos abiertos de par en par, de los que colgaban jirones de harapos, soltando risotadas y «¡Cuaaá! ¡Cuaaá!» llenos de gozo, intentaba seguir a la bandada. Había una charca. Los patos volando fueron a posarse allí a flor de agua y, ligeros, con las alas plegadas, se alejaron nadando. El hombre, en la charca, se tiró al agua de barriga, levantó enormes salpicaduras, se agitó con ademanes descompuestos, intentó aún un «¡Cuá! ¡Cuá!» que terminó en un borboteo porque se estaba yendo al fondo, emergió de nuevo, trató de nadar, volvió a hundirse. —¿Es el guardián de los patos, ése? —preguntaron los guerreros a una campesina que se
Italo Calvino 17 acercaba con una caña en la mano. —No, los patos los guardo yo, son míos, él no tiene nada que ver, es Gurdulú... —dijo aquella campesina. —¿Y qué hacía con tus patos? —Oh, nada, de vez en cuando le da por ahí, los ve, se equivoca, cree ser... —¿Cree ser un pato? —Cree ser los patos... Ya sabéis cómo es Gurdulú: no se fija... —Pero ¿dónde se ha metido ahora? Los paladines se acercaron a la charca. A Gurdulú no se lo veía. Los patos, una vez atravesado el espejo de agua, habían reemprendido el camino entre la hierba con sus pasos palmeados. En torno al estanque, de los helechos, se alzaba un coro de ranas. El hombre sacó la cabeza del agua repentinamente, como si se hubiera acordado en ese momento de que debía respirar. Se miró asustado, como sin comprender qué era aquella franja de helechos que se reflejaba en el agua a un palmo de sus narices. En cada hoja de helecho estaba sentado un pequeño animal verde, muy liso, que lo miraba y que hacía con todas sus fuerzas: «¡Croac! ¡Croac! ¡Croac!» —¡Croac! ¡Croac! ¡Croac! —respondió Gurdulú, contento, y a su vez desde todos los helechos había un saltar de ranas al agua y desde el agua un saltar de ranas a la orilla, y Gurdulú gritando «¡Croac!» dio un salto también él, llegó hasta la orilla, empapado y fangoso de los pies a la cabeza, se puso en cuclillas como una rana, y prorrumpió en un «¡Croac!» tan fuerte que con una rotura de cañas y hierbas volvió a caer a la charca. —¿Y no se ahoga? —preguntaron los paladines a un pescador. —Oh, a veces Homobó se olvida, se pierde... Ahogarse no... Lo malo es cuando termina en la red con los peces... Un día le ocurrió cuando se puso a pescar... Echa al agua la red, ve un pez que está a punto de entrar, y se identifica tanto con aquel pez que se zambulle en el agua y entra él en la red... Ya sabéis cómo es, Homobó... —¿Homobó? Pero ¿no se llama Gurdulú? —Homobó lo llamamos nosotros. —Pero aquella muchacha... —Ah, ésa no es de mi pueblo, puede ser que en el suyo lo llamen así. —Y él, ¿de qué pueblo es? —Bueno, corre mundo... La cabalgata flanqueaba un campo de perales. Los frutos estaban maduros. Con las lanzas los guerreros ensartaban peras, las hacían desaparecer por el pico de los yelmos, luego escupían las semillas. Y en fila en medio de los perales, ¿a quién ven? A Gurdulú- Homobó. Estaba con los brazos levantados, retorcidos como ramas, y en las manos y la boca y sobre la cabeza y en los desgarrones del vestido tenía peras. —¡Mira cómo hace el peral! —decía Garlomagno, jovial. —¡Ahora lo sacudo! —dijo Orlando, y le asestó un golpe. Gurdulú dejó caer las peras todas al mismo tiempo, que rodaron por el prado en declive, y al verlas rodar no pudo contenerse de rodar también él como una pera por los prados, hasta que lo perdieron de vista. —¡Vuestra majestad lo perdone! —dijo un viejo hortelano—. Martinzul no entiende a veces que su sitio no está entre los árboles o entre los frutos inanimados, ¡sino entre los devotos súbditos de vuestra majestad! —Pero ¿qué es lo que le ocurre a ese loco que vosotros llamáis Martinzul? —preguntó, afable, nuestro emperador—. ¡Me parece que ni siquiera sabe lo qué le pasa por la mollera! —¿Y qué podemos saber nosotros, majestad? —el viejo hortelano hablaba con la modesta sabiduría de quien ha visto muchas cosas—. Loco quizá no se le pueda llamar: sólo es uno que existe, pero que no sabe que existe. —¡Vaya, hombre! Este súbdito que existe, pero que no sabe que existe y aquel paladín mío que sabe que existe y en cambio no existe. ¡Hacen una buena pareja, os lo digo yo! Carlomagno ya estaba cansado de estar en la silla. Apoyándose en sus palafreneros, jadeando entre las barbas, refunfuñando «¡Pobre Francia!», desmontó. Como si de una señal se tratara, en cuanto el emperador echó pie a tierra, todo el ejército se detuvo y preparó un vivac. Dispusieron las marmitas para el rancho.
Italo Calvino 19 dormido a la sombra de aquel árbol. Tendido en la hierba, roncaba con la boca abierta, y pecho, estómago y vientre se alzaban y bajaban como el fuelle de un herrero. La escudilla grasienta había rodado cerca de uno de sus gruesos pies descalzos. Por entre la hierba, un puercoespín, quizá atraído por el olor, se acercó a la escudilla y se puso a lamer las últimas gotas de sopa. Al hacerlo empujaba las púas contra la desnuda planta del pie de Gurdulú, y cuanto más avanzaba remontando el exiguo reguero de sopa, más apretaba sus espinas sobre el pie desnudo. Hasta que el vagabundo abrió los ojos: miró a su alrededor, sin comprender de dónde venía aquella sensación de dolor que lo había despertado. Vio el pie desnudo, derecho en medio de la hierba como una pala de chumbera y, contra el pie, el erizo. —¡Oh, pie! —empezó a decir Gurdulú—, ¡pie, eh, a ti te lo digo! ¿Qué haces plantado ahí como un tonto? ¿No ves que ese animal te pincha? ¡Oh, pie! ¡Oh, estúpido! ¿Por qué no vienes hacia aquí? ¿No notas que te hace daño? ¡Qué pie más tonto! Si basta con muy poco, ¡basta con que te muevas un tanto así! Pero ¿cómo es posible ser tan estúpido? ¡Pieee! ¡Haz el favor de escucharme! ¡Mira cómo se deja destrozar! ¡Ven hacia aquí, idiota! ¿Cómo te lo tengo que decir? Presta atención: mira cómo lo hago yo, ahora te enseño lo que debes hacer... —Y al decir esto dobló la pierna, arrastrando el pie hacia sí y alejándolo del puerco espín—. ¿Lo ves?, era tan fácil que en cuanto te he enseñado cómo se hace lo has conseguido también tú. Pie estúpido, ¿por qué te has quedado tanto tiempo dejándote pinchar? Se frotó la planta dolorida, se levantó, se puso a silbar, empezó una carrera, se lanzó a través de los arbustos, soltó un pedo, luego otro, y desapareció. Agilulfo se movió como para tratar de localizarlo, pero ¿adonde había ido? El valle se abría estriado por espesos campos de avena, y setos de madroños y alheña, recorrido por el viento, por ráfagas cargadas de polen y mariposas, y, arriba en el cielo, por borras de nubes blancas. Gurdulú había desaparecido allá en medio, en este declive donde el sol al girar dibujaba móviles manchas de luz y de sombra; podía estar en cualquier lugar de esta o aquella vertiente. De quién sabe dónde se alzó un canto desentonado: —De sur les ponts de Bayonne... La blanca armadura de Agilulfo, alta sobre un costado del valle, cruzó los brazos sobre el pecho. —Así pues, ¿cuándo empieza a prestar servicio el nuevo escudero? —le increparon los colegas. Maquinalmente, con voz privada de entonación, Agilulfo aseveró: —Una afirmación verbal del emperador tiene valor inmediato de decreto. —De sur les ponts de Bayonne... —se oyó aún la voz, más lejana.
20 Italo Calvino
Todavía era confuso el estado de las cosas del mundo, en la Edad en que esta historia se desarrolla. No era raro topar con nombres y pensamientos y formas e instituciones a los que no correspondía nada existente. Y por otra parte por el mundo pululaban objetos y facultades y personas que no tenían nombre ni distinción de lo demás. Era una época en la que la voluntad y la obstinación de ser, de marcar la huella, de oponerse a todo lo existente, no era usada enteramente, dado que a muchos no les importaba lo más mínimo —por miseria o ignorancia o porque en cambio todo les salía bien lo mismo—, y por tanto una cierta cantidad se perdía en el vacío. Entonces también podía darse el caso de que en un momento determinado esta voluntad y conciencia de sí mismo, tan diluida, se condensase, formase grumo, como el imperceptible polvillo acuoso se condensa en copos de nubes, y que esta maraña, por casualidad o por instinto, tropezara con un nombre y un linaje, vacantes, como entonces existían a menudo, con un grado en el escalafón militar, con un conjunto de ocupaciones que desplegar y de reglas establecidas; y —sobre todo— con una armadura vacía, porque sin ella, con los tiempos que corrían, incluso un hombre que existe se arriesgaba a desaparecer, conque figurémonos uno que no existe... Así había empezado a guerrear Agilulfo en los Guildivernos y a procurarse gloria. Yo, la que cuento esta historia, soy sor Teodora, religiosa de la orden de San Columbiano. Escribo en el convento, deduciendo de viejos papeles, de conversaciones oídas en el locutorio y de algún raro testimonio de gente que estaba allí. Nosotras las monjas, ocasiones para conversar con los soldados, tenemos pocas: lo que no sé trato, pues, de imaginármelo; si no, ¿cómo me las arreglaría? Y no todo, en esta historia, me resulta claro. Tenéis que ser indulgentes: somos muchachas del campo, aunque nobles, hemos vivido siempre retiradas, en castillos perdidos y después en conventos; fuera de funciones religiosas, triduos, novenas, trabajos del campo, trillas, vendimias, azotes de siervos, incestos, incendios, ahorcamientos, invasiones de ejércitos, saqueos, estupros, pestes, nosotras no hemos visto nada. ¿Qué puede saber del mundo una pobre hermana? Así pues, prosigo trabajosamente esta historia que he empezado a narrar como penitencia. Ahora Dios sabe cómo me las ingeniaré para contaros la batalla, yo que de las guerras, Dios me libre, he estado siempre lejos, y salvo los cuatro o cinco encuentros campales que se desarrollaron en la llanura bajo nuestro castillo y que de niñas seguíamos desde las almenas, entre las calderas de pez hirviendo (¡cuántos muertos insepultos se quedaban pudriéndose luego en los prados y nos los encontrábamos jugando, el verano siguiente, bajó una nube de abejorros!), de batallas, decía, yo no sé nada. Tampoco Rambaldo sabía nada: aunque no había pensado en otra cosa en su joven vida, aquél era su bautismo de armas. Esperaba la señal del ataque, allí en la fila, a caballo, pero no experimentaba ningún placer con ello. Llevaba demasiadas cosas encima: la cota de malla de hierro con su cuello, la coraza con gorjal y hombreras, la ventrera, el yelmo de pico de gorrión con el que apenas conseguía ver el exterior, la saya sobre la armadura, un escudo más alto que él, una lanza que al volverse cada vez le daba en la cabeza a sus compañeros, y debajo un caballo del que no se veía nada, por la gualdrapa de hierro que lo recubría. De desquitarse por la muerte de su padre con la sangre del argalif Isoarre, ya casi se le habían pasado las ganas. Le habían dicho, mirando unos mapas donde estaban señaladas todas las formaciones: