

























Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Ley del espejo , coaching para el liderazgo
Tipo: Apuntes
1 / 33
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!


























Traducción de Mercé Torra
«¡Déjame en paz!».
A la mañana siguiente Eiko decidió que llamaría a alguien. Llamaría a Yaguchi, un conocido de su marido.
Eiko no había hablado nunca con Yaguchi, pero tenía la tarjeta de visita que le había dado su esposo.
Yaguchi había practicado kendo en el mismo gimnasio que su marido durante los años de instituto. Se encontraron por la calle por casualidad después de veinte años sin verse.
Hacía mucho que no se veían, así que se emocionaron mucho y decidieron entrar en una cafetería, donde estuvieron charlando varias horas. Yaguchi trabaja como asesor de empresas.
Según su marido, Yaguchi sabe mucho de psicología y es muy bueno solucionando problemas de empresas y personales. Parece que su marido le comentó por encima los problemas de Yuta y dijo: «Quizá pueda ayudarte», y le pasó su tarjeta.
Ese día su marido le dio la tarjeta mientras decía:
—Si quieres, llámale, yo ya le he hablado un poco del tema.
—¿Por qué tengo que hablar con alguien que no conozco? ¿No es mejor que seas tú quien le pida consejo?
—Yo es de ti de quien estoy preocupado. Te pasas el día preocupada por Yuta; así que se lo comenté a Yaguchi.
Y cuando le sugirió cambiar de colegio le replicó: «¡Si me cambiáis nunca os lo perdonaré! ».
Eiko se sentía inútil y miserable al pensar que no podía hacer nada para solucionar los problemas de su hijo.
Un día, después del colegio, Yuta fue al parque, como era habitual, pero regresó enseguida y de muy mal humor.
Aunque le preguntara qué había pasado, sólo contestaba: «Nada».
El misterio lo resolvió pronto una llamada de teléfono. Esa noche una amiga del barrio le llamó.
—Eiko, ¿Te ha dicho algo Yuta?
—¿Sobre qué? No.
—Esta tarde fui a los columpios con mi hijo. Yuta llegó, y como siempre empezó a jugar a pelota contra la pared. Entonces llegaron 7 u 8 niños de su clase y gritaron: «¡Lárgate que vamos a jugar a béisbol y molestas!»; y uno de ellos le ha golpeado con el balón. Yuta se ha marchado enseguida. Lo siento mucho porque yo no he podido hacer nada.
Eiko se quedó atónita.
«¿Por qué no me ha dicho nada...?»
Le entristecía mucho que no le dijera nada a pesar de sufrir una experiencia tan desagradable.
Esa noche no tuvo ánimos ni de intentar hacer hablar de nuevo a su hijo.
—¿Qué me quieres decir, que yo tengo un problema? ¡Es natural que esté preocupada! ¡Soy su madre! Tú te pasas el día en el camión y por esto estás tan tranquilo. Quien está realmente educando a Yuta soy yo. Tú no quieres ni compartir conmigo la preocupación. No tengo la intención de hablarlo con este hombre. Estoy segura de que no tiene ni idea de cómo educar a un niño.
Acto seguido Eiko tiró la tarjeta sobre la mesa.
Una semana después Eiko estaba completamente hundida y dispuesta a agarrarse a un clavo ardiendo. La noche anterior había recibido la llamada de la amiga contando lo que había ocurrido en el parque.
«Ya estoy harta de sufrir. Necesito ayuda, sea de quien sea», pensó y enseguida se acordó de Yaguchi. Por suerte encontró su tarjeta.
Aproximadamente una hora después de salir Yuta hacia el colegio, se armó de valor y le llamó.
En ese momento Eiko no podía ni imaginarse todo lo que estaba a punto de suceder ese día.
La recepcionista respondió y enseguida le pasó al señor Yaguchi.
—¿Cómo? «Qué quiere decir?
—Quizá esté yendo demasiado deprisa. Sería mejor que le explicara la teoría, pero en ese caso necesito tiempo y ahora no lo tengo. Así que empezaré a explicárselo desde la conclusión.
Lo que voy a decirle ahora tiene fundamentos teóricos; después ya le pasaré algunos libros que puede consultar. Pues bien, la conclusión es que el hecho de que usted esté preocupada porque su amado hijo está siendo culpado por otros se debe a que usted no le agradece a alguien lo que debería agradecerle, y que además continúa culpándole.
—¿Qué relación tienen los maltratos de mi hijo en el colegio con mi situación personal? A mí todo esto me suena un poco a religión.
—No es raro que piense así. Al fin y al cabo, lo que nos enseñan en el colegio siempre se centra en la ciencia física, en lo que puede verse con los ojos. Yo le estoy hablando de una ley descubierta en psicología hace ya bastantes años.
Quizá le sea más fácil entenderlo si piensa que es lo mismo que se dice en muchas religiones. Aunque yo no creo en ninguna religión.
—Cuénteme esta ley de la psicología.
—Los acontecimientos que ocurren en la realidad son el «resultado». Cada «resultado» siempre tiene una «causa». Y esta causa se halla en su interior. Es decir, debe saber que la realidad de su vida es el espejo que refleja su interior. Por ejemplo, cuando se mira en el espejo se da cuenta de «¡Ah! Me he despeinado» o de «Hoy tengo mal color». ¿Verdad que sin espejo uno no puede verse a sí mismo? Considere que la vida es como un espejo. Gracias al espejo que es la vida podemos darnos cuenta de la propia persona y tenemos la oportunidad de cambiar. La vida está hecha para permitir desarrollarnos hasta donde sea.
—¿Qué reflejan mis preocupaciones sobre mí?
—El resultado de lo que le está ocurriendo a usted es: «Mi querido hijo tiene problemas debido a que alguien le culpa». Una posible causa es que «usted está culpando a alguien a quien debería querer». ¿No es cierto que usted culpa a alguien, a alguien cercano, a quien debería estar agradecida por algo? Por ejemplo, ¿qué tal la persona más cercana, su marido?
—Yo le estoy agradecida a mi marido. Gracias a su trabajo como camionero podemos comer.
—Esto es muy importante. Así pues, ¿usted valora mucho a su marido? ¿Le respeta?
A Eiko le sorprendió oír la palabra «respeto». Desde hacía algún tiempo a veces lo menospreciaba.
A Eiko su marido, de carácter optimista, le parecía «poco sensible». Además, lo encontraba «inculto».
Ella se había licenciado en una carrera universitaria mientras que su marido sólo había acabado el instituto. No sólo eso, sino que además hablaba tosco y únicamente leía revistas. Eiko, cuyo hobby era la lectura, pensaba que no quería que Yuta fuera como su padre.
Y esto también se lo dijo al señor Yaguchi.
—¿Usted cree que «el valor de una persona depende de su educación, sus conocimientos y su sensibilidad»?
—No, no lo creo. Creo que cada uno tiene sus puntos fuertes y sus habilidades.
—¿Entonces por qué debe ser que cuando se trata de su marido, lo menosprecia a partir de su «falta de educación»?
—Mmm... Me estoy contradiciendo, ¿verdad?
—¿Qué tal es la relación con su marido?
—Las cosas que hace y dice me sacan de quicio. Incluso a veces nos peleamos.
—Y respecto al problema con Yuta, ¿cómo le va con su marido?
—Me lamento con mi marido de los maltratos que recibe Yuta en el colegio, pero como, diga lo que me diga, no me parecerá bien, de hecho todavía no lo hemos discutido seriamente. Me temo que mi marido es del tipo de persona que más me cuesta aceptar.
—Entiendo. Creo que hay otra causa que es la fundamental. Antes de conseguir que acepte a su marido será necesario solucionarla.
—¿Una causa fundamental?
Además» aunque no comprendía en que se basaba lo que decía Yaguchi, percibía un extraño poder convincente.
Eiko colgó el teléfono, cogió una hoja de papel y empezó a escribir todo lo que se le ocurría sobre su padre.
Cuando era pequeña, mi padre siempre lo criticaba todo. La hora de cenar a menudo se convertía en la hora de los sermones,, Además, era un padre que enseguida se enfadaba por todo y que gritaba cuando no hacíamos lo que él esperaba.
A menudo pensaba que mi padre no tenía ningún interés por lo que yo sentía.
No soportaba cuando se quejaba del trabajo después de beber.
Mi padre era director de obra de una constructora y regresaba a casa con la ropa sucia de tierra y barro y y a menudo se sentaba a comer sin cambiarse de ropa, y esto tampoco me gustaba nada.
Eiko continuó escribiendo.
Cuando se dio cuenta ya había escrito muchas palabras bastante fuertes hacia su padre: «¡nhumano! », «¡Como padre eres un incompetente! », etc.
También se acordó de cierto incidente en el instituto:
Cuando iba al instituto, un domingo salí con un chico de la clase, una cita. Mientras caminábamos por la calle mi padre nos vio por casualidad, De vuelta a casa me hizo un interrogatorio y un sermón.
Había mentido a mis padres diciendo que salía con una amiga y mi padre no me lo perdonaba.
Todavía recuerdo las palabras de mi padre:
— Así es como tratas a tus padres? ¿De forma mezquina y mintiendo? ¡No harás nada bueno en la vida!
Mientras lo recordaba le saltaron las lágrimas por el disgusto. También plasmó ese enfado en el papel.
Tienes ese carácter que hace que te apetezca mentir, ¿Es que no ves que es por tu culpa? Además, eso de «¡No harás nada bueno en la vida!» ¿No te
parecen unas palabras horribles? ¡No tienes ni idea de lo mucho que me heriste! ¡Eres tú quien no es un buen padre! A partir de ese día dejé de hablar seriamente contigo. ¡Quien mal anda, mal acaba!
Mientras escribía no dejó de llorar.
En cuanto se dio cuenta ya eran más de las doce del mediodía. Se había pasado más de dos horas escribiendo.
Una decena de hojas llenas de ira. Bien por haber estado escribiendo sin piedad, o por haber estado desahogándose llorando, lo cierto es que se sentía bastante aliviada.
Pasada la una Eiko llamó a Yaguchi.
— ¿Ya ha escrito lo que sentía?
— Sí, ya he escrito todos mis sentimientos. He llorado mucho y ahora me siento un poco mejor.
— ¿Está preparada para perdonar a su padre?
— Si tengo que decirle la verdad, quizá no esté todavía a punto. Pero pienso intentar hacer todo lo que pueda. Si pudiese perdonarle, me gustaría hacerlo, y así quizá me sentiría más aliviada.
— Pues venga, intentémoslo. Perdonar a su padre es sólo para usted misma, para nadie más.
Prepare una hoja de papel y escriba el siguiente título: Qué le puedo agradecer a mi padre. Si se tratara de dar gracias a su padre, ¿qué le agradecería?
— Bueno, pues sobre todo el hecho de trabajar y criarme. Gracias al dinero por su trabajo, la familia podía comer y yo pude crecer.
— Escriba esto en el papel. ¿Algo más?
— Mmm... De niña me llevaba a menudo al parque y jugábamos juntos.
— Escríbalo también. ¿Algo más?
— Más o menos ya está.
— Bien, entonces prepare otra hoja. Escriba el título: De qué quiero disculparme con mi padre.
¿Hay algo de lo que le gustaría disculparse?
Pero ese día sí iba a hablar por teléfono con su padre.
«Cuanto más dude, más difícil se me hará llamar », pensó Eiko. Así que decidió llamar enseguida.
Su madre respondió al teléfono.
-¡Eiko! ¿Qué tal estás?
-Bien. Normal... ¿Está papá?
-¿Cómo? ¿Papá? ¿Quieres hablar con papá?
— Mmm... Sí. Un poco.
— Esto sí que es raro. ¿Por qué quieres hablar con él?
— ¿Qué? Bueno. Es algo un poco raro y difícil de explicar. ¿Me lo pasas?
— Claro. Un momento . Durante los escasos segundos que tardó su padre en llegar, el nerviosismo de Eiko superó todos los niveles.
Hasta entonces, su padre siempre le había desagradado. Se había negado a abrirle el corazón.
Y ahora era necesario darle las gracias y disculparse. Si lo pensaba fríamente, eso era imposible de hacer.
Pero debido a que Eiko sufría por Yuta, y este sufrimiento era muy serio, era capaz de hacer algo que en circunstancias normales no hubiera podido.
Si existía algún modo de liberarse de esa preocupación, haría lo que fuera, aunque se tratara de agarrarse a un clavo ardiente.
Este pensamiento fue lo que dirigió a Eiko hacia lo que estaba a punto de hacer.
Su padre se puso al teléfono.
Sí? ¿Qué quieres?
Eiko empezó a hablar con un ataque de pánico, casi sin saber ni lo que estaba diciendo.
-Mmm... Pues... Nunca te lo había dicho hasta ahora, pero he pensado que era mejor decírtelo, y por eso he llamado... Pues, papá, creo que tu trabajo en la obra debía ser bastante duro. Gracias a tu trabajo y a tu esfuerzo me criasteis. Y, de pequeña, ¿verdad que me habías llevado al parque? Quiero decir que hasta ahora nunca te había dicho que «es de agradecer», ni te he mostrado mi gratitud. Y por esto he pensado que por una vez te lo quisiera decir adecuadamente... Además, no me caías bien, y de esto también querría disculparme.
No fue capaz de decir «gracias» adecuadamente, ni tampoco «lo siento».
Pero de algún modo pudo transmitir lo que tenía que decir.
«Colgaré después de escuchar lo que tiene que decirme mi padre». Esto es lo que había planeado. Pero su padre no decía nada.
Justo después de pensar: “ Si no dices nada, ¿no ves que no puedo colgar? ” , lo que oyó fue la voz de su madre.
— Eiko, ¿pero qué le has dicho a papá?
-¿Qué?
— ¡Pero qué cosa tan horrible le debes haber dicho!
¿No te das cuenta de que está llorando?
Se empezaron a oír los sollozos de su padre al otro lado del teléfono.
…. de la sorpresa, Eiko se quedó atónita.
Hasta ese día no había oído nunca llorar a su padre.
¡Con lo fuerte que era! ¡Y ahora le oía sollozar!
Ella le había transmitido su agradecimiento únicamente simulando que lo sentía, y ahora resultaba que su padre, quien siempre había mostrado fortaleza, estaba sollozando.
AI escuchar el llanto de su padre, a Eiko también le saltaron las lágrimas.
Su padre deseaba quererla mucho más. Ahora veía que él también deseaba tener muchas charlas con su hija.
Entonces finalmente comprendía el significado de las palabras de Yaguchi al decir: «De momento simularemos que lo siente. El sentimiento ya le saldrá más adelante».
- Era Yaguchi.
— Hola. Soy Yaguchi. Ahora tengo libres unos 40 ó 50 minutos, y por eso le he llamado. Antes tenía trabajo y me ha dado la impresión de que he cortado a media conversación.
— La verdad es que he llamado a mi padre. Y me alegro mucho de haberlo hecho. Muchas gracias. Tengo que agradecérselo a usted.
Eiko le contó brevemente la conversación.
— ¿Sí? Me alegro que tuviera valor y lo haya hecho.
— Yo creía que los maltratos de Yuta en el colegio eran el mayor problema, pero no haber perdonado a mi padre durante tantos años me da la sensación de que era un problema todavía mayor. Ahora pienso que gracias al problema de mi hijo he podido hacer las paces con mi padre, e incluso siento que me alegro del problema de Yuta.
— Veo que ahora puede aceptar la preocupación por Yuta de forma constructiva y hasta este punto. Existe lo que se llama la «ley de lo inevitable». Y si se estudia, se puede ver lo siguiente: de hecho, todos los problemas que surgen en la vida ocurren para hacernos dar cuenta de algo importante. Es decir, que no suceden por casualidad; pasa inevitablemente lo que debe pasar. Es decir, nunca nos pasa nada que no podamos solucionar. Todos los problemas que nos aparecen existen porque nosotros los podemos resolver, y si nos ponemos en ellos positivamente y con amor, después y sin ninguna duda nos reportarán algún beneficio que nos hará decir: «Me alegro de haber tenido ese problema, gracias al cual...».
— Así parece. Pero lo que aún me preocupa es que el problema de Yuta sigue sin solucionarse.
— Así pues, ¿usted todavía cree que el problema de Yuta continúa sin resolverse en absoluto? Quizá ya haya dado un gran paso adelante hacia la
solución. Porque en el mundo de los sentimientos todo está entrelazado. Si se resuelve la causa, el resultado también tiene que cambiar.
— ¿Realmente es verdad que el problema de Yuta se solucionará?
— Yo creo que esto depende de usted. Venga, ahora es el momento de poner un poco de orden. Para usted lo más duro es que Yuta no le abre el corazón. Usted dice que, como madre, lamenta mucho y le es muy duro no poder hacer nada. Además, no desea tener que sentir más este dolor.
— Sí, así es. No me cuenta que le maltratan. Yo le quiero ayudar pero me rechaza diciendo: «Déjame en paz». Me siento impotente. A pesar de comprender la pena de su hijo, no hay nada más duro para una madre que no poder hacer nada.
— Realmente es difícil. Por cierto, ya debe saber quién ha estado sufriendo este mismo dolor.
— ¿Qué? ¿Quién...?
En ese momento Eiko pensó en su padre. Sí. Esa pena insoportable debía ser la misma pena que su padre había tenido que aguantar durante tantos años.
La pena por una hija que no le abría el corazón. La pena por una hija que le rechazaba. La pena de no poder hacer nada como padre...
Era la misma pena que tenía ella. ¿Su padre había tenido que soportar eso durante más de veinte años?
Una lágrima rodó por su mejilla.
— Ya lo entiendo. Yo he estado sufriendo lo mismo que sufría mi padre. Él lo pasaba igual de mal. También comprendo por qué ha llorado.
— Los problemas que nos surgen en la vida, aparecen para hacernos ver algo que es importante para nosotros.
— Ahora me doy cuenta de nuevo de lo que ha sufrido mi padre. Creo que me he dado cuenta de ello gracias a Yuta. Gracias a que Yuta no me abre el corazón...
— Su hijo, su padre y usted misma están unidos en el fondo del corazón. La postura que usted toma hacia su padre es la misma que la que Yuta ha tomado hacia usted. Gracias a esto usted ha podido darse cuenta.
— Ahora siento que quiero agradecérselo a Yuta. Quiero decirle: «Gracias por hacerme comprender algo tan importante». En el fondo, hasta ahora lo culpaba. «¿Por qué no quieres hablar con tu madre?»
Qué le puedo agradecer a mi padre y De qué quiero disculparme con mi padre. Añada a esas hojas todo lo que puede agradecerle y todo aquello de lo que quiere disculparse. Escriba todo lo que pueda. Puede utilizar tantas hojas como le hagan falta. Cuando termine prepare otra hoja. Escriba el título: Cómo me hubiera gustado tratarme con mi padre. Esto no lo escribirá para arrepentirse de la relación pasada con su padre, sino que servirá para hallar pistas de cómo relacionarse con su marido. Algo más, por la noche, cuando Yuta esté dormido, mírele al rostro y musite «gracias» cien veces. ¿Qué le parece? ¿Lo quiere hacer?
— Sí, sin ninguna duda.
Poco después de colgar el teléfono Yuta llegó a casa.
Tiró la cartera a la entrada y como siempre cogió el guante y la pelota de béisbol y salió hacia el parque.
Eiko se preocupó muchísimo. «¿Hoy vuelve allí a pesar de que ayer los compañeros lo echaron?»
Sin embargo, para distraerse de la preocupación Eiko se dedicó a hacer los deberes.
Recordaba muchas cosas que podía agradecer a su padre.
Qué le puedo agradecer a mi padre
- Mantener a la familia trabajando en el duro empleo de director de obra. - De niña, cuando en o casiones había tenido mucha fiebre me había acompañado en coche a urgencias (para mi padre, cuyo trabajo requería mucho esfuerzo físico, seguro que salir a medianoche le resultaba agotador). - De pequeña me llevaba a menudo al río y al mar. Me enseñó a nadar. - De pequeña me gustaba el melón, y cada año por mi cumpleaños compraba un melón antes de llegar a casa. - Durante una temporada, una niña del vecindario me maltrataba y mi padre fue a quejarse a su casa. - Estudié en una universidad pr ivada, y me pagó las tasas de matrícula sin quejarse (para la economía familiar de esa época seguro que fue una gran carga).
Cuando encontré mi primer trabajo encargó una bandeja de sushi para celebrarlo (era una bandeja de sushi muy lujosa). Ese día dije: «El sushi no me gusta », y no comí. Mi padre se quedó muy abatido.
- Abrieron una cuenta en el banco para cada uno de los hermanos.«Para una
eventual emergencia» y cada mes, aunque fuera poco, nos ingresaban algo de dinero (el día antes de casarme mi padre me los quería dar pero yo le dije: «No quiero pasearlos por la calle, así que ingrésamelos en mi cuenta », y no los cogí).
Qué le puedo agradecer a mi padre y De qué quiero disculparme con mi padre le venían a la cabeza mezclados.
Mientras escribía Qué le puedo agradecer a mi padre y De qué quiero disculparme con mi padre le saltaron las lágrimas.
«Me quería mucho. A pesar de que yo lo rechazara, él continuaba queriéndome. Como yo no podía dejar de lado el sentimiento de que no tenía perdón, no me di cuenta de su amor. Además, a pesar de ser tan querida, yo no le he dado nada a mi padre. Casi no he hecho nada por él como hija.»
También se dio cuenta que de hecho no daba valor al trabajo de su padre. Pensaba que un director de obra era de «poca categoría» y «nada intelectual». Aunque fue gracias al trabajo continuado de su padre que pudo graduarse en la universidad. Por primera vez se dio cuenta. Comenzaba a sentir agradecimiento y respeto por su padre.
Pensaba que el trabajo de su marido tenía una imagen «poco intelectual». La imagen asociada al sentimiento de rechazo por la «incultura» de su marido era exactamente igual a la imagen que tenía de su padre. Seguro que había muchísimas cosas que debería agradecerle a su marido.
Mientras pensaba en todo esto preparó la hoja titulada: Cómo me hubiera gustado tratarme con mi padre. Escribió lo siguiente.
Cómo me hubiera gustado tratarme con mi padre
- Darme cuenta del amor implícito en sus actos. Igual que yo soy imperfecta, comprendo que mi padre también es imperfecto y torpe. _- Agradecer «lo que hace por mí».
Pensó que era exactamente así como debía tratar a su marido.
«Un marido que trabaja para mí. El marido que es mi compañero en la vida. He olvidado agradecerle todo lo que hace por mí.»
Quizá ésta fuera la primera vez que pensaba francamente en su marido.
«Esto quizá esté relacionado con lo que he sido capaz de agradecerle a mi padre. Hoy le daré las gracias.»