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Orientación Universidad
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cognicion y conciencia, Apuntes de Psicología

Asignatura: psicologia, Profesor: , Carrera: Psicologia, Universidad: UOC

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 30/11/2014

evarubiadelpino
evarubiadelpino 🇪🇸

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Vista previa parcial del texto

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Serie: "Cognición, moral y desarrollo psicológico"

Cognición y Conciencia

Jaime Yáñez Canal Ph.D. Adriana Milena Perdomo Salazar (Editores)

Autores: Jaime Yáñez Canal Ana Lorena Domínguez Rojas Daniel Eduardo Chaves Peña Diana Marcela Pérez Angulo Andrés Mauricio Sánchez Solarte

Texto producto del convenio entre el grupo de investigación "Estudios en desarrollo socio-moral" y el Departamento de Psicología de la Corporación Universitaria Minuto de Dios UNIMINUTO. El documento publicado es parte del informe de un proyecto financiado por la Universidad Nacional de Colombia. Convocatoria Fals Borda. 2009-2010. Código 201010012958. Este informe fue mejorado en el trabajo adelantado entre el grupo de in- vestigación y el programa de Psicología de la Corporación Universitaria Minuto de Dios.

CORPORACIÒN UNIVERSITARIA MINUTO DE DIOS

-UNIMINUTO-

Leonidas López Herrán Rector General

Alonso Ortiz Rector Sede Bogotá

P. Harold Castilla de Voz. CJM Vicerrector Académico

Bernardo Nieto Sotomayor Decano Facultad de Ciencia Humanas y Sociales

Claudia Patricia Cortés Cuellar Directora Programa de Psicología

Jaime Yánez Canal Adriana Milena Perdomo Salazar Editores

Adriana Milena Perdomo Salazar Coordinadora Editorial

Jorge Helberth Sánchez Tirado Corrección de Estilo

Giovanni Vanegas Díaz Diagramación y Diseño de Carátula

Imagen Gráfica PBX: 5432174 Bogotá – Colombia. Impresión

ISBN: 978-958-8635-47-

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Introducción

2.1. Percepción inconciente 2.2. Memoria implícita 2.3. Pensamiento inconciente

  1. CONCLUSIONES

CAPITULO III LA MEDITACIÓN, CORRELATOS FISIOLÓGICOS Y MANIFESTACIONES PSICOLÓGICAS

Introducción

  1. LA CONCIENCIA Y LOS ESTADOS ALTERNADOS
  2. PROPIEDADES GENERALES DE LA CONCIENCIA
  3. EL FENÓMENO MÍSTICO 3.1. Tradiciones y formas meditativas
  4. CARACTERIZANDO LOS ESTADIOS DEL PROCESO MEDITATIVO: DIFERENCIAS ENTRE EL ESTADO MEDITATIVO, SUEÑO, HIPNOSIS Y OTRAS FLUCTUACIONES DE LA CONCIENCIA
  5. EFECTOS DE LA PRÁCTICA MEDITATIVA SOBRE SISTEMAS FISIOLÓGICOS 5.1. Monjes desafiando la habituación y cambiando su ritmo cardiaco 5.2. Cambios en el ritmo cardiaco y respiratorio 5.3. Meditación y psiconeuroinmunología
  6. EL FENÓMENO MÍSTICO: ESTADOS ALTERNADOS MAYORES Y EXPERIENCIAS UNITIVAS
  7. PROEZAS FÍSICAS Y FENÓMENOS CORPORALES ASOCIADOS AL ENTRENAMIENTO MEDITATIVO
  8. DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES

CAPITULO IV CORRIENTE DE CONCIENCIA Y UNIDAD DEL SÍ-MISMO: FENOMENOLOGÍA DE LOS ESTADOS ALTERNADOS DE CONCIENCIA

Resumen

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Reflexiones preliminares

  1. ESTADOS ALTERNADOS DE CONCIENCIA: UN MARCO DE INTERPRETACIÓN
  2. LA HIPNOSIS O LA CONCIENCIA DISOCIADA 2.1. Fenómenos disociativos en la hipnosis 2.1.1. Amnesia Post-Hipnótica 2.1.2. Conciencia implícita en la analgesia hipnótica 2.1.3. Conciencia implícita en la ceguera y sordera hipnótica 2.1.4. Co-conciencia y lógica de trance 2.1.5. La experiencia de lo involuntario en la hipnosis 2.2. Reflexiones fenomenológicas en torno a la hipnosis
  3. EL SUEÑO O LA CONCIENCIA A POSTERIORI 3.1. Formas de abordar el sueño 3.2. Fenomenología de los sueños 3.2.1. El sueño lúcido o la conciencia del ahora 3.3. Experiencias extra-corporales o la conciencia in-corporada 3.3.1. Las EEC naturales y el criterio experiencial 3.3.2. Las EEC desde las neurociencias 3.4. Inflexiones fenomenológicas 3.5. La experiencia mística o la conciencia de unidad 3.5.1. La explicación de la experiencia mística 3.5.2. El transpersonalismo: mística psicológica 3.5.3. “Insights” de la conciencia en la experiencia mística
  4. CONCLUSIONES

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INDICE DE TABLAS Y FIGURAS

Tabla 1. Categorías generales de medita- ción

Figura 1: Campo mental ordinario. En Aus- tin (1999).

Figura 2: Campo mental durante la absor- ción interna. En Austin (1999).

Tabla 2. Respuestas de estrés implicadas en la absorción interna (Austin, 2006, p. 319).

Tabla 3. Variedades de “Unidad” (Austin, 2006, p. 343)

PRESENTACIÓN DE LA SERIE

La Corporación Universitaria Minuto de Dios UNIMINUTO con su pro- grama de Psicología y el grupo de investigación "Estudios en Desarrollo Sociomoral" de la Universidad Nacional de Colombia, han establecido un programa de investigación y de trabajo conjunto dentro del que incluimos esta serie editorial titulada "Cognición, Moral y Desarrollo Psicológico".

Esta serie se ha propuesto para mostrar los avances de nuestros equipos de trabajo, con el ánimo de crear un foro donde se puedan congregar un mayor número de instituciones e investigadores que trabajan en las temáticas sobre las que gira la serie. Inicialmente, los textos que se habrán de presentar en esta colección que hoy sacamos a la luz pública, recogen los trabajos y las reflexiones de los miembros de los equipos e instituciones que conforman esta alianza académica. Posteriormente esperamos que en ella participen todos los investigadores interesados en las ciencias cognitivas en las reflexiones sobre la moral, la cultura ciudadana y el desarrollo humano.

Si bien en estos primeros números puede reflejarse una orientación parti- cular sobre lo cognitivo y el desarrollo psicológico, este espacio se ofrece para todos aquellos que tengan algún interés investigativo, sin demandar ninguna perspectiva particular ni una metodología investigativa única, y sin ni siquiera hacer demanda alguna sobre el estilo de escritura ni otro tipo de reglamentación que usualmente hace a los textos y revistas cien- tificas un templo adornado de exigencias formales y trivialidades investi- gativas. Nuestro único interés es ofrecer espacios abiertos donde primen las ideas, la argumentación rigurosa y la inventiva para ofrecer interpre- taciones profundas a cruciales problemáticas humanas.

Como en todo espacio abierto las líneas y desarrollos se irán constituyen- do. El tiempo y los futuros participantes habrán de delinear los contornos de este proyecto, que se ofrece al margen de toda dictadura institucional que intente imponer unas políticas homogéneas para la investigación, las relaciones interdisciplinares y la reflexión social.

Skinner y varios psicólogos de orientación behaviorista, adelantaron tan eficaz batalla por la defenestración de los íconos iniciales de la psicolo- gía, que el concepto de conciencia pasó a ser incluido en los aberrantes ejemplos del libro que registra todos los engaños del prejuicio y demás fantasmas de una novel disciplina, la cual orientaba todos sus esfuerzos en asegurar un lugar privilegiado en el mundo científico.

Por fortuna de la raza humana y de la psicología, ciertos conceptos que claman por hacer del hombre un enigma permanente, renacen periódi- camente. A pesar de los adjetivos y las campañas de inducción metodo- lógica -u otra de las estrategias que nos han conducido a abordar, eso sí con toda la complejidad metodológica, una serie de temáticas inves- tigativas completamente triviales e intrascendentes-, el problema de la conciencia ha vuelto a ocupar un lugar fundamental en nuestra ciencia.

Afortunadamente este renacimiento no tiene únicamente de padrinos a aquellos que se declaran herederos de un oráculo que con expresio- nes insustanciales intentan prescribir las leyes que dan el derecho de membrecía a los que invocan la letanía de una particular rigurosidad metodológica. Hoy la Ciencia Cognitiva es un campo más amplio que ha logrado convencerse de la disparidad y la complejidad del espíritu humano. En la Ciencia Cognitiva, participan actualmente un variado número de disciplinas de diferente procedencia, y con historias de exor- cismo tan particulares, que los fantasmas propios ya no pueden causar tan paralizantes sentimientos.

En la actualidad la conciencia ha vuelto a ocupar un lugar central en la investigación sobre la mente y el comportamiento humano. En su es- clarecimiento participan, además de la psicología, las neurociencias, la antropología, la filosofía, la psiquiatría e incluso muchos esotéri- cos, que si bien no aportan en la clarificación científica del concepto, si dan luces para contemplar una serie de fenómenos que habían sido enviados al margen de la investigación científica. Los sueños, las ex- periencias extracorporales, los fenómenos místicos, las personalida- des disociadas, la hipnosis y otros estados alterados de conciencia, son ese tipo de fenómenos que han sido incluidos dentro de las actuales

investigaciones de la Ciencia Cognitiva.

Obviamente tan extenso numero de disciplinas participando en el en- tendimiento de este proceso psicológico, y tan variado panorama de eventos a ser estudiado bajo la categoría de conciencia, ha generado un campo en donde sus límites no han sido todavía establecidos y donde no se han logrado establecer los tótems que congreguen a todos en el mismo ritual de pertenencia. En el estudio de la conciencia existen tan variadas perspectivas, que cualquier intento que pretendiera ofrecer un mapa para visualizar sus fuentes de riqueza y sus caminos ciegos, sería, además de un ejemplo de un estado alterado de conciencia, un esfuerzo dudoso y generador de desconfianza.

En este texto, concientes de lo amplio del campo de estudio y de mu- chas otras complejidades que dificultan un acuerdo fácil, habremos de presentar diferentes perspectivas y formas de aproximarse al estudio de la conciencia. Las perspectivas que habremos de presentar son aquellas que han explorado las diferentes personas que en nuestro grupo de in- vestigación se han dedicado a estudiar el tema.

Conocedores de las dificultades de buscar un acuerdo en nuestro gru- po, impulsamos el desarrollo y la profundización en ciertas temáticas y perspectivas dentro del campo cognitivo que nos permitieran presentar algunas posturas y debates con relativa profundidad. Cada uno de los artículos de este texto presenta un problema y/o una manera de abordar el amplio problema de la conciencia. Consideramos que esta manera de proceder habrá de garantizar la existencia de perspectivas diferentes en nuestro equipo de trabajo y de esa manera facilitará el debate y la crea- ción de retos para hacer de nuestra empresa investigativa un esfuerzo de largo aliento. A continuación, presentaremos de manera rápida los artículos que componen este texto.

El primer artículo cuyo título es: Anotaciones para una historia del con- cepto de conciencia en la psicología , escrito por Diana Marcela Pérez y Jaime Yáñez Canal, intenta hacer una historia rápida y algo provisional sobre el concepto de conciencia desde las primeras formulaciones de los

filósofos griegos hasta las perspectivas actuales en la Ciencia Cognitiva. En este análisis propusimos tres ejes o criterios que permitían identificar las diferentes posturas que han perdurado a través de la historia del término conciencia. Las tres categorías identificadas de manera muy gruesa eran aquellas que asocian la conciencia con el conocimiento, las que lo vinculan a procesos de identidad y las que cuestionan su validez científica o su valor conceptual.

El establecer categorías tan gruesas nos facilitó identificar tendencias es- tables en la discusión occidental sobre la mente, a la vez que reconocer los ciclos repetitivos de la historia intelectual alrededor de los problemas centrales de lo que caracteriza lo humano. En esta breve y superficial presentación de la historia del concepto de conciencia fuimos mostrando algunos cruces entre posturas y el desarrollo progresivo en la modernidad del problema de la identidad. Es de resaltar en este texto que el avance en la exposición, de las diferentes posturas separadas en el tiempo, se da acompañada de un mayor detalle y profundidad en la argumentación. Si bien en las páginas iniciales se adelantan algunos argumentos dados entre posturas diferentes, éstos solo se hacen claros y evidentes en la presen- tación de las discusiones más recientes. Las razones de esta estructura expositiva (aparte, claro está de algunas lagunas conceptuales sobre par- ticulares épocas históricas) se deben a que buscábamos conducir al lector hacia un proceso de descubrimiento que nosotros mismos experimenta- mos. La constante reedición de ciertos argumentos sólo se hace compren- sible, cuando el contexto se ha hecho amplio y cuando se ha escuchado lo mismo de muy variadas formas.

El segundo artículo lo hemos titulado: El inconciente. Historia y posi- bilidades conceptuales. Los autores son Ana Lorena Domínguez Rojas y Jaime Yáñez Canal. En este artículo se intenta hacer igualmente una rápida historia del concepto de inconciente, concentrándonos especial- mente en la psicología y, dentro de esta, en la psicología del procesa- miento de la información.

En este artículo se proponen, de la misma manera que en el artículo anterior, unos ejes para el análisis y la organización de los debates y las perspectivas

que han ofrecido alguna reflexión sobre los procesos no-concientes del ser humano. Los ejes propuestos son el par positivo-negativo, la oposición pasi- vo-activo y el tercer eje que gira sobre la comprensión de la subjetividad.

Después de enumerar una serie de propuestas que se centran en algunos de estos ejes en la historia inicial de la psicología, el texto se concentra en exponer las investigaciones en la psicología cognitivo-computacional. A pesar de que los ejes propuestos los consideramos con un alto valor heurístico para organizar las diferentes concepciones sobre el problema, decidimos concentrarnos en uno de estos, debido al mayor nivel de ex- perticia sobre el particular y porque consideramos este empeño un primer escalón de un trabajo de largo aliento.

Dentro de la exposición sobre el inconciente en las perspectivas com- putacionales, abordamos algunas investigaciones sobre los procesos de percepción, la memoria y el pensamiento. Debe quedar claro que las pers- pectivas abordadas son las que tematizan de manera explícita el problema del inconciente, y las que lo proponen como un mecanismo fundamental en la explicación del comportamiento humano y en la determinación de la mayoría de sus conductas.

El siguiente artículo lleva por título: La meditación, correlatos fisiológi- cos y manifestaciones psicológicas. Los autores de este texto son Andrés Mauricio Sánchez Solarte y Jaime Yáñez Canal. En este artículo se abor- da el fenómeno de la meditación y cierto estado especial que alcanzan los maestros o las personas que han dedicado muchos años a esta práctica particular. En la exposición de este fenómeno se exponen algunos detalles de tipo fisiológico e igualmente se adelantan algunas reflexiones sobre las funciones que podría tener la conciencia.

El último artículo debe leerse como un complemento, o mejor como un docu-mento de contraste con el anterior. Este último artículo se titula: Corriente de conciencia y unidad del sí-mismo: fenomenología de los estados alternados de conciencia. Sus autores son Daniel Eduardo Cha- ves Peña y Jaime Yáñez-Canal. En este artículo de presentan casos extra- ños de conciencia, como los sueños lúcidos, la hipnosis, las experiencias

Al volver sobre la historia de la conciencia podemos distinguir tres ma- neras de entenderla, tres amplias categorías que constituyen los focos de discusión en torno a sus posibles descripciones y explicaciones, presen- tes en los diferentes momentos de su abordaje, no sólo en la psicología sino también en disciplinas afines como la filosofía y demás ciencias cognitivas. La primera categoría asocia la conciencia con las activi- dades y procesos de conocimiento. La segunda la vincula con la idea de identidad y sensación de sí mismo. Mientras que la tercera niega su existencia, función y estudio.

Conforme se ha mencionado, el presente trabajo se desarrolla en función de estas tres categorías, que permiten presentar autores y perspectivas sig- nificativas que han abordado el problema de la conciencia y la asumen en alguna de estas formas.

Para esto se ha seccionado el artículo en tres grandes apartados. En el primero ubicamos las primeras discusiones presentes en la filosofía que antecedió y fue contemporánea a la formación de la psicología, lo cual hace referencia a las formulaciones de la Grecia antigua y a los plantea- mientos surgidos en las primeras décadas del siglo XX. En este lapso de tiempo se formulan por primera vez, y de manera separada, las tres maneras de entender la conciencia, cuyas explicaciones varían según las preocupaciones de los autores, entre los que destacamos a Platón, Sócra- tes, Aristóteles y los helenistas en la filosofía antigua; San Agustín en la medieval; Descartes, Locke y Hume en la filosofía del Renacimiento; y a Kant y a Husserl en la historia más reciente.

Seguimos con el segundo apartado referido a los pioneros de la psicología, quienes establecieron las bases iniciales para el desarrollo de una disci- plina interesada por el estudio empírico de lo mental. Wundt, James, la psicología de la Gestalt, la escuela de Würzburg, Watson, Piaget, Freud y algunos teóricos de la psicología marxista, motivados por la compren- sión de la conciencia, abordan este fenómeno de forma independiente y proporcionan concepciones que no son más que una reedición de algunas posturas anteriores, manteniendo la dinámica de las tres categorías o ejes de caracterización del fenómeno. La postura de James es una explicación de la

subjetividad y el sí-mismo. La psicología de la Gestalt, y con ella Piaget y otros psicólogos europeos de inicios del siglo XX, la entienden en relación estrecha con procesos de conocimiento. Los planteamientos de la escuela de Würzburg en torno a la conciencia nos recuerdan algunas anotaciones de la filosofía cartesiana sobre la importancia de la certeza subjetiva en los procesos de conocimiento, y a Wundt, quien expone diversas características de la conciencia ya presentes en varias posiciones filosóficas que le antece- dieron, trayendo como novedad el interés en estudiar la estructura y compo- nentes de la conciencia haciendo uso de la experimentación controlada.

Pero en oposición a estas perspectivas, que proponían a la conciencia como foco de estudio central de la psicología y como eje fundamental de expli- cación de los procesos humanos, se alzaron dos nuevas visiones que pro- ponían el alejamiento de la conciencia en las explicaciones y en el estudio de la complejidad humana. Una de éstas fue el epifenomenalismo que pro- ponía estudiar el comportamiento humano haciendo alusión a los procesos del sistema nervioso. Otro enfoque fue el conductismo que asumió una explicación del ser humano considerándolo dependiente de la estimulación ambiental, la que condicionaría su disposición a actuar.

Las diversas perspectivas de estos pioneros determinaron el rumbo de la psicología y la manera de tratar los fenómenos y procesos psicológicos en la actualidad. Las nuevas perspectivas y discusiones surgidas a partir de la revolución cognitiva son presentadas en el tercer apartado, que da cuenta de la psicología contemporánea.

Cuando hablamos de la psicología contemporánea nos referimos a aquellas conceptualizaciones que se originaron a partir de la revolución cognitiva y de la búsqueda de nuevos modelos para entender las maneras como los seres humanos procesan la información y actúan de manera adaptativa.

No obstante, retomar el estudio de lo mental no significó regresar al es- tudio de la conciencia, pues ésta ya no se consideraba la característica fundamental para el esclarecimiento de la mente. La historia de las pers- pectivas cognitivas recientes empezó con un desconocimiento de aspectos relacionadas con la conciencia, debido a que su preocupación central era

establecer modelos generales sobre el operar cognitivo, sin que en éstos se presentara alguna forma relacionada con el monitoreo, las sensaciones o cualquier aspecto con los que anteriormente se hubiera entendido el fe- nómeno de la conciencia. La preocupación inicial era establecer formas generales que pudieran dar cuenta del actuar inteligente, tanto de hombres como de máquinas. Dentro de este actuar, las preocupaciones iniciales se referían a la capacidad de resolver problemas, el razonamiento, la toma de decisiones y otras tareas que demandaban modelos algorítmicos que opera- ban de manera automática, sin ninguna afectación de las sensaciones y con una participación nula de la conciencia.

La conciencia, en el mejor de los casos, era entendida como la energía atencional que acompañaba todo proceso cognitivo sin determinarlo. Por ejemplo, el que atienda a expresiones lingüísticas es apenas una condición necesaria para que actúe mi sistema de procesamiento del lenguaje, pero obviamente no lo determina, ya que éste demanda procesos particulares que deben ser descritos de manera específica. De la misma manera, si es- tudiamos los procesos de percepción, la atención es simplemente la condi- ción para establecer si el sujeto está discriminando determinados estímulos, pero no da cuenta de cómo opera este específico proceso psicológico.

De esta manera, la crítica del homúnculo a las perspectivas cognitivas se hizo muy patente en las referencias a los procesos atencionales, ya que quedaba fuera de los modelos formales el establecimiento de los procesos de selección y valoración que los sujetos hacían de la información. En otras palabras, no se establecía en estos modelos cómo y por qué el sujeto aten- día a cierto evento, o cómo seleccionaba cierto procedimiento para abordar determinada problemática. Este tipo de dificultades condujeron a que en la Ciencia Cognitiva el problema de la conciencia volviera a ocupar el lugar privilegiado que tuvo en los inicios de la disciplina psicológica.

Con la reaparición del tema de la conciencia en el "foco atencional" de la investigación cognitiva se reinstauró un campo donde se revivieron, en algunos casos, antiguas batallas conceptuales. Por un lado, algunas posturas de manera perseverante intentaron resolver muchas dificulta- des de los modelos del procesamiento de información, añadiendo algu-

nas funciones a algún proceso particular. Estas perspectivas computa- cionales incorporaron funciones como la reflexión y la metacognición para caracterizar y delimitar las tareas de la conciencia. Todas funciones que se inscriben en lo que en unos de nuestros ejes de análisis hemos llamado “las funciones del conocimiento”. La conciencia, como un pro- ceso cognitivo simplemente participa en las maneras como conocemos al mundo o a nosotros mismos.

Pero al igual que en la historia anterior, las perspectivas que reclaman el estudio de la identidad personal y la unidad del sí-mismo también tuvie- ron su lugar en esta contienda conceptual. La sensación que acompaña las experiencias, la perspectiva de primera persona, la continuidad y estabilidad de las vivencias subjetivas reclamaron un lugar protagónico en la investigación cognitiva. Con estas perspectivas no solamente se posibilitaron nuevas conceptualizaciones de lo mental, sino que a su vez se reintrodujeron dentro del estudio psicológico temáticas como los trastornos y alteraciones de la conciencia y fenómenos que usualmen- te habían estado al margen de la investigación científica. La sensación del sí-mismo, la unidad de las experiencias y todas las formas como se ha caracterizado la subjetividad desde perspectivas fenomenológicas, permitió el estudio de la hipnosis, los sueños, las experiencias místicas, los fenómenos de amnesia y un sinnúmero de casos que evidenciaban la enorme complejidad de la mente humana.

Obviamente, como en toda la historia de la psicología, las posturas escép- ticas y las que abogan por desterrar los conceptos mentalistas también tu- vieron su lugar. Tanto en perspectivas neurocientíficas, como en posturas psicológicas y filosóficas aparecieron autores y propuestas que negaron cualquier papel causal a la conciencia, e incluso negaron su valor teórico en el esclarecimiento del comportamiento humano.

Esta manera como presentamos la historia y las diferentes conceptuali- zaciones sobre la conciencia, puede parecer algo esquemática, bastante estrecha y en muchos casos demasiado injusta con algunas teorizacio- nes. Limitaciones que reconocemos y de las que estamos dispuestos a responsabilizarnos por una serie de razones. La primera, es que nuestro

Esta idea, que es característica de la filosofía griega, inició el camino de la comprensión de la conciencia, por lo que resulta conveniente explorar los autores más representativos de esta época: Platón, Sócrates y Aristóteles.

En primer lugar, en la filosofía de Platón (siglo V a.C.) se encuentra una men- te concebida como ente sustancial, inmortal e indivisible, residente temporal- mente en un cuerpo, caracterizada especialmente por saber lo que acontece. En específico, Platón (2003) distinguía la actividad mental racional como el fundamento de las funciones básicas del hombre, ya que consideraba que ésta permitía el acceso conciente a todo conocimiento de la realidad tanto externa como interna. De esta manera Platón atribuía a los acontecimientos mentales, la cualidad de la conciencia y la capacidad de acceder a todo conocimiento adquirido por el sujeto (Daros, 2006; Gardner, 1988, 1996).

Sócrates, igualmente concibe la conciencia como la cualidad fundamental de la mente (Gardner, 1988, 1996; Müller, 1980, 1984). La conciencia sería aquella facultad que nos permite acceder a los estados mentales. Esta idea de conciencia como elemento central de conocimiento de los estados men- tales es explicada por Sócrates por medio de la metáfora del espejo, según la cual, nuestra conciencia es como un espejo en el que se reflejan cada uno de nuestros procesos mentales. Esta metáfora resalta una capacidad de ver los conocimientos que hemos adquirido y un control en el acceso a ellos.

En Platón, el conocimiento se constituye cuando el alma o la mente, al recibir las impresiones de los sentidos, relacionan esas impresiones con una idea que preexiste a lo sensible, ya que abarca la multiplicidad de lo sensible en su forma esencial. Es el cuerpo el que posibilita acceder a la información del mundo, pero es el alma quien verdaderamente “conoce” al recordar las esencias.

Por su parte, Aristóteles (2005) proporcionó una idea distinta. En su intento de distanciarse de las concepciones anteriores, definió la men- te como la entelequia, impulso de la vida que unifica al ser. Con esto proporcionó una visión integradora del ser humano, donde se con- templaban las demandas sociales, contextuales y biológicas en las que éste se desenvuelve.

Lo interesante de esta visión es que el ser humano es definido no como un ser dual sino como un todo unificado, proporcionando los primeros elementos sobre la idea de unidad como aspecto central de la identidad del hombre. Aunque Aristóteles asumía la mente como el impulso de la vida y aquello que hace posible que sintamos y percibamos, adjudicaba a ésta igualmente una cualidad intelectiva la cual -al igual que lo formulaban sus predecesores- posibilitaba el conocimiento de la verdad y la formación de juicios complejos. A pesar de que Aristóteles resaltaba la idea de unidad, mantenía la concepción de la conciencia como facultad psíquica que posi- bilita el conocimiento.

Este interés por la explicación de la conciencia y de relacionarla con lo material se vio truncado temporalmente con el advenimiento del pe- riodo Helenístico, distinguido por una fuerte orientación naturalística (Gardner, 1988. 1996). Los pensadores de este periodo se concentraron en el estudio y conocimiento del cuerpo, especialmente del sistema nervioso. Conocimiento que en Herófilo y Erasistrato permitió identi- ficar los nervios sensoriales y motores (Gardner, 1988, 1996; Müller, 1980, 1984).

Conforme a este interés por lo palpable, lo objetivo y lo material, no se promovió el desarrollo del estudio de la conciencia, pues se considera- ba que la mente no estaba sujeta a exploración. Ésta se concebía como un objeto no natural, no sometido a leyes, inobservable y totalmente diferente a los objetos del mundo natural. Estas formulaciones pueden considerarse como las primeras que proponen separar del campo inves- tigativo a la conciencia, ya que el ser humano puede ser explicado a partir del estudio de otros procesos diferentes a lo mental.

Estos primeros planteamientos pueden diferenciarse de manera gruesa en tres ejes, o criterios centrales. El primer eje puede incluir las con- cepciones que entienden la conciencia como sinónimo de lo mental y que atribuyen a ésta la función de conocimiento. En este primer eje incluimos básicamente las formulaciones de Sócrates y Platón. El se- gundo eje de nuestro análisis contiene las referencias a la sensación de unidad y a una subjetividad que garantiza la estabilidad y coherencia

de las experiencias. Obviamente la obra de Aristóteles puede ser con- siderada como un primer esbozo de esta idea, que sólo más adelante va a ser formulada de manera explícita. El tercer y último eje contiene las formulaciones que condenan atribuirle algún papel a la conciencia en la orientación o determinación del comportamiento humano. Esta condena a las visiones mentalistas empezó a formularse desde épocas bien antiguas de nuestra historia cultural, como quedó ilustrado en las cortas notas sobre el período helenístico.

Estas primeras formulaciones de la conciencia determinaron la discu- sión posterior sobre la misma en la historia occidental. Los siguientes momentos de la discusión filosófica y, por supuesto, de la investiga- ción psicológica reeditaron con formas más o menos semejantes estas primeras formulaciones. Por ahora sigamos con algo más de historia.

1.2. Anotaciones sobre la conciencia en la Edad Media

Los pensadores de la Edad Media, a diferencia de los del periodo he- lenístico, contribuyeron al desarrollo del estudio de la psicología tras rescatar la noción de conciencia en el estudio filosófico. Un represen- tante de esta línea es Plotino (s. III d.C.), quién retoma la filosofía Platónica y Socrática para restablecer una ciencia de la experiencia ba- sada en la introspección, sin referencia a procesos fisiológicos. Plotino reconoce explícitamente la habilidad de conocer de la conciencia. Pero no se trata de un conocimiento exclusivamente del mundo objetivo, sino de un conocimiento del acontecer interior de cada persona, del conocimiento de sí-mismo. De manera que la conciencia contempla la auto-reflexión de los pensamientos de la persona. Con esto, se instaura la noción explicita de conciencia en tanto autoconciencia o conciencia de sí. (Daros, 2006; Müller, 1980, 1984; Klein, 1989).

Partidario de esta noción es San Agustín de Hipona, quién, influencia- do por las ideas de Plotino, tiene el interés de descubrir la conciencia propia a través de la introspección. Este autor considera y apoya la idea de que el ser humano debe mirar hacia adentro porque en su interior encontrará la verdad y luz de las cosas (Daros, 2006; Gardner, 1988,

1996; Müller, 1980, 1984). En este sentido, la conciencia es auto-lu- minosa y proporciona el conocimiento certero del hombre, de Dios y del mundo.

San Agustín consideraba que, por el acto de conciencia, el hombre guía su actuar y se descubre a sí mismo en su interioridad. A través de la conciencia se encuentra de manera directa la sustancia presente y tras- cendente, que posibilita que el hombre siga siendo él mismo a pesar de los cambios dados en el tiempo (Daros, 2006). En este sentido, la esencia del hombre es su conciencia.

En los planteamientos de estos dos autores se encuentra un primer in- tento de integración de las dos primeras formas de entender la con- ciencia que fueron dadas en la época griega. Amplían la concepción de conciencia en tanto conocimiento, vinculándola con el problema de la reflexión del sí-mismo. Pero este sí-mismo se expresa de dos maneras diferentes. El primero referido a la idea de la identidad o búsqueda de la verdad dentro del sujeto mismo. El segundo relacionado con la idea de la responsabilidad moral, concebida como la función de la concien- cia para dirigir y regular nuestras acciones según el contexto en que nos encontremos. Con esta integración de concepciones, la conciencia se viene a entender bajo la idea de auto-reflexión que posibilita el co- nocimiento y guía los actos de los seres humanos.

El pensamiento medieval propone además, que la conciencia es aque- lla entidad mental superior que no requiere de algún órgano sensorial para acceder a la información. La conciencia goza de una especie de auto-iluminación que le permite observar los eventos del conocimiento (Ryle. 2005; Scheler, 2003). De esta manera, el ser humano, además de la observación objetiva de las cosas externas, es capaz de la obser- vación interior de los estados mentales. Gracias a la capacidad de ser conciente, el sujeto puede conocer sus estados internos, y por ende, conocerse a sí mismo (Ryle, 2005).

Así, la característica de lo mental sigue siendo la de ser conciente en tanto capacidad de conocimiento, pero, con un componente de reflexión

sensorial, o de otras ideas que a su vez provienen de la experiencia. A con- tinuación expondremos dos de los pensamientos empiristas más significati- vos para el esclarecimiento del problema de la conciencia: Locke y Hume.

1.3.2. Conciencia, elemento central para la idea de identidad o del sí-mismo. Aproximación de Locke

Las investigaciones de Locke se centraron alrededor del conocimiento humano y de la noción de identidad, al considerar que la experiencia sensible y la conciencia son los ejes fundamentales de toda forma de conocer.

Las ideas de Locke constituyen una fuerte oposición al pensamiento cartesiano. Su empirismo viene a cuestionar la idea de un yo perdura- ble, planteando una nueva forma de entender el conocimiento a partir de la consideración de la concepción de identidad. El yo es para Locke (1996) producto de los mecanismos de asociación y reflexión humana. De lo cual se desprende la idea de que el conocimiento de los objetos y de sí mismo no es una cuestión intrínseca de las cosas, sino de las formas de conocerlas (Daros, 2006).

Esta idea es expresada por Locke de la siguiente manera:

La conciencia de identidad que tenemos de las cosas no surge de la unidad y permanencia real de un ente en sí mismo, sino que aparece de la compara- ción y asociación de un ente en un tiempo y lugar determinado, con la idea

“Cuando vemos una cosa en un lugar dado, durante un instante de tiempo, tenemos la certeza de que es la misma cosa que vemos, y no otra que al mismo tiempo exista en otro lugar, por más semejante e indistingui- ble que pueda ser en todos los otros aspectos. Y en esto consiste la identidad, es decir, en que las ideas que les atribuimos no varían en nada de lo que eran en el momento en que consideramos su existencia pre- via, y con las cuales comparamos la presente (Locke,

  1. Cap. 27. p. 206).

que tenemos del mismo en otro tiempo (Locke, 1996). Pero al hacer dicha operación se adjudica identidad a aquellas cosas existentes en un tiempo y lugar particular, que no existen en otro espacio al mismo tiempo.

El invariable fundamento de identidad desde esta perspectiva es la idea con la que se atribuye cualidades permanentes a un ente y, dicha atribución se realiza mediante reflexión en torno a un evento o acontecimiento que perci- bimos en diversos tiempos. La identidad y conocimiento de las cosas se sus- tenta en la idea de sustancia permanente. Al no ser algo perceptible, esta idea sólo se puede atribuir mediante la reflexión. Así, el conocimiento no existe en sí mismo, ni es innato, sino que es una invención o creación de nosotros.

En cuanto a la conciencia de nosotros como los mismos sujetos en el tiempo, se interpreta de forma similar a como sucedió con la identidad de los objetos. Locke creía que poseemos un conocimiento de sí por intuición. De modo que conocemos nuestro propio ser no mediante un razonamiento, como lo suponía Descartes, sino en forma directa, pues nada puede ser más evidente que nuestra propia existencia (Locke 1964, 1996; Tipton, 1981).

Para Locke, cuando una persona intuye su existencia tiene conciencia de sí gracias a la reflexión que posibilita elaborar un concepto abstracto de identi- dad. “El hombre, comparando dos o más intuiciones de sí, y abstrayéndolas luego del tiempo y lugar, se queda con una idea general o abstracta de sí mismo” (Daros, 2006. p. 29). De este modo, la identidad de uno mismo es producto de la vinculación de una intuición de existencia pasada con la per- cepción actual del sí-mismo. Vinculación que requiere de una comparación que muestre que el contenido es igual, para así generar la idea de identidad.

En este orden de ideas, la conciencia se definiría como el elemento funda- mental de la reflexión, que a su vez permite captar el propio pensamiento de aquel que piensa. En otras palabras, para este filósofo la identidad es posible sólo por la conciencia, ya que es el elemento de conocimiento que hace posible el reconocimiento y creación de las ideas relativas a la permanencia del sí-mismo.

Esta idea de reflexión nos recuerda el pensamiento de Sócrates, San Agustín

y Plotino, pero esta vez asociada explícitamente con la idea subjetiva del yo. A la conciencia como un proceso asociado al conocimiento se le asocia una nueva función, la de captar la continuidad y la estabilidad del sí-mismo.

1.3.3. Conciencia: creación humana de una ilusión. Aproximación de Hume

Una idea empirista más radical sobre la conciencia, se encuentra en el pen- samiento de David Hume, quien llega a la conclusión que el yo , como acto de conciencia, es una ilusión. Hume advertía que había dificultades para probar la idea del yo , porque ésta no constituye una impresión misma. Para este filosofo, una idea tiene valor siempre y cuando cuente con una impre- sión sensorial que le dé fundamento (Hume, 1984). En caso de que existiera una impresión originaria del yo , entonces, ésta debería ser idéntica durante toda la vida de la persona. Pero Hume no cree que exista tal cosa, pues los dolores y placeres cambian sin permanencia. Por tanto, dado que la idea del yo no procede ni de una impresión particular que la fundamente, entonces, no existe realmente un yo (Hume, 1984); su idea es sólo una ilusión (Daros, 2006). Contrario a la creencia de un yo unificado y continuo como carac- terística del ser humano, Hume (1984) define al ser humano como “un haz o colección de percepciones diferentes, que se suceden entre sí con mucha rapidez y están en constante flujo y movimiento” (p. 252).

No obstante, al decir que los objetos consisten en partes relacionadas y vinculadas, y que las percepciones son diferentes entre sí, su explicación de la vinculación resultaba problemática, pues reconocía que el entendi- miento no es capaz de descubrir dichos enlaces (Daros, 2006). Con esto llegó a afirmar que aquello que sentimos es tan solo una transitividad de pensamientos, uno tras otro.

En conformidad con esto, Hume (1987) consideraba que dado que la identi- dad personal no cuenta con un evento, o sensación, que la fundamente, enton- ces ésta ha de ser una ficción. Ficción generada por la memoria y la imagina- ción, ya que estas facultades posibilitan la reiteración de las impresiones y la construcción de ideas sin fundamento y sin relación con la realidad. De esta manera la identidad, o la conciencia de sí mismo, es una invención resultado

de conectar dos ideas por la imaginación (Daros, 2006; Noxon, 1997).

Con esto Hume generó un escepticismo respecto a la propia conciencia como garante de la existencia del sí-mismo y puso en duda la veracidad y función de la misma respecto al conocer certero. Nuevamente este tipo de planteamientos tienen su paralelo en el mundo antiguo como lo mostramos en el apartado inicial de este texto. Pero en esta nueva versión la duda de la conciencia se da sobre aspectos novedosos, ya que lo que se agrega en este cuestionamiento es la crítica a la idea de identidad y la sensación de conti- nuidad a través del tiempo.

Este escepticismo se pondrá a prueba y será superado por otros filósofos interesados en esta temática. Tal es el caso de Kant quien, buscando una solución a dicho escepticismo, presentará una nueva manera de entender la conciencia, generando nuevos debates sobre la misma.

1.4. Trascendencia y subjetividad en la caracterización de la conciencia

1.4.1. La trascendencia de la conciencia en Kant

Kant al ser conocedor de los planteamientos tanto de Descartes como de Hume, intentó superar el racionalismo y el empirismo, teniendo como ob- jetivo la reconstitución del yo conciente como eje fundamental de conoci- miento. Formulación que significó una reconsideración de las ideas anterio- res de conciencia pero, de una manera diferente. La propuesta kantiana no rechaza tajantemente los planteamientos empiristas, sino que los recupera al establecer que la experiencia funciona como un límite en el conocimiento. De la misma manera, mantiene algunas tesis del racionalismo al afirmar que no todos los principios que intervienen en el conocimiento se originan en la experiencia, sino en la Razón (Daros, 2006; Gardner, 1988. 1996; Château, J; Gratiot-Alphadéry; Doron & Cazayus, 1979).

Kant (1983) advirtió que no sólo se requería de los sentidos para el conoci- miento sino que se necesitaban formas, categorías que trascendieran la ex- periencia sensible como condición de existencia del conocimiento. A estos los denominó principios a priori , diferentes a los dados por los sentidos.

Con esta idea se hace evidente una conciencia subjetiva que implica una per- tenencia en primera persona que permite que cada uno de nosotros sintamos las experiencias como propias, no pertenecientes a otra persona. También se resalta la temporalidad como una de las características de la conciencia, por presentar un yo que se experimenta igual a través de las vivencias (3).

No obstante, esta definición generó reacciones en aquellos que demandaban la consideración de la perspectiva de tercera persona, propia de las aproxi- maciones científicas. Reacción que nos retrotrae a las dificultades señaladas por Descartes entre el mundo subjetivo y el espacio físico susceptible de investigación empírica.

A manera de síntesis preliminar

En esta primera parte hemos hecho un recorrido rápido por algunas formu- laciones de conciencia dadas en la disciplina filosófica. Esta presentación histórica tuvo el ánimo de establecer algunos vínculos entre algunas concep- ciones y de diferenciar algunas caracterizaciones iniciales sobre el concepto de conciencia.

Los ejes de nuestro análisis, que aunque reconocemos como poco finos, nos permiten establecer tendencias, puntos de encuentro y aquellas di- ferencias irreconciliables que al parecer han perdurado en nuestra larga historia cultural. Nuestros tres ejes de análisis nos permitieron establecer:

  1. Una primera tendencia en la historia filosófica que entendía la con- ciencia como aquella capacidad que garantiza tanto el conocimiento del mundo, como de sí mismo. En muchas de estas formulaciones el concepto de conciencia era asociado directamente al de mente, sin que en su ca- racterización se hicieran esfuerzos claros para diferenciarlos. 2) Una se- gunda tendencia proponía el concepto de conciencia como elemento fun- damental para la formación de la identidad y subjetividad del sí-mismo; (3)En esta corta presentación es irrelevante establecer una diferencia en la conceptualiza- ción de Husserl sobre la conciencia. Simplemente basta diferenciar la preocupación inicial de Husserl por la intencionalidad y su vinculación estrecha con la conciencia, de aquella reflexión posterior de la experiencia fenomenológica del tiempo. Estas diferencias en la con- cepción de conciencia en Husserl posiblemente permitan distinguir los diferentes intentos de naturalización de la fenomenología, o del rescate de las ideas husserlianas en la Ciencia Cognitiva. Pero esta problemática no es un tema que nos ocupe en este texto.

  2. y por último una tercera tendencia que ha estado presente en todos los momentos en que la filosofía ha dedicado sus esfuerzos a entender la mente humana, postura que ha negado, o propuesto la eliminación del concepto de conciencia, o que al menos que ha cuestionado que ésta tenga alguna funcionalidad en las actividades humanas.

Obviamente, como en todo intento de análisis histórico, las tendencias pre- senta-das no se han dado de manera tan claramente diferenciada, ni los vín- culos entre ellas han sido tan estrictamente demarcados. De igual forma no todos los ejes se pueden rastrear de manera clara en todas las épocas. Como en toda estrategia histórica el análisis sólo pretende rastrear, con categorías que sólo se visibilizan de manera diferenciada en momentos cercanos al presente, cómo se fueron desarrollando sus facetas particulares. De manera más clara, los ejes presentados pueden ser más notorios para diferenciar las discusiones recientes sobre el problema de la conciencia, pero los esta- blecimos para ilustrar cómo el desarrollo de la discusión fue dándose en la diferenciación de aspectos que en otras épocas se presentaban de manera mezclada y poco delimitada. La subjetividad y la referencia a las viven- cias de primera persona pueden ser parte de una reflexión más reciente, pero tuvieron su origen en las primeras formulaciones sobre el papel de la mente en el conocimiento del mundo y en los llamados a considerar la vida humana de manera integral. El yo como unidad de todas las experiencias también puede ser parte de una reflexión reciente, pero sus raíces pueden remontarse hasta las consideraciones de la responsabilidad y del papel de la conciencia en el conocimiento del sí-mismo. Repitamos algunos aspectos de esta historia que creemos deben ser resaltados.

En principio, dentro de la filosofía platónica y socrática la conciencia se identificaba con la mente, caracterizada por la capacidad de ser conciente tanto de sus propios acontecimientos como de los sucesos del mundo exte- rior. También se presentaron los primeros pasos para resaltar el carácter de identidad y unidad de la conciencia con Aristóteles y asimismo se dieron los primeros intentos de alejamiento de este fenómeno del campo investi- gativo con los helenísticos.

Algunas de estas ideas de la conciencia tuvieron su primer intento de inte-

gración con los planteamientos de Plotino y San Agustín en la Edad Media. Estos autores caracterizaron la conciencia como conocimiento reflexivo que incluía el conocimiento del sí-mismo. Con ellos, la conciencia toma un giro particular y se viene a considerar como autoconciencia, como el saber que cada uno tiene de sus propios actos y pensamientos, saber de sí mismo y de nuestra existencia en el mundo. Este conocimiento obra como guía de nuestro actuar en el mundo.

Luego, con Descartes se da un giro distinto en la caracterización de la con- ciencia, al considerar otros criterios para su comprensión. La conciencia, manteniéndose como facultad de conocimiento que posibilita y garantiza discernir entre lo real y lo engañoso, se fundamenta en la certeza subjetiva de un yo cognoscente. Con Descartes, es la primera vez que se hace alusión explicita a un yo responsable de los pensamientos, al estilo de un ojo que vigila y monitorea nuestros pensamientos y acciones mediante la atención dirigida a nuestra interioridad.

Esta posición es debatida por los empiristas Locke y Hume al intentar ca- racterizar al yo como centro de conciencia. Desde la perspectiva de Locke la conciencia se comprende a la luz del problema de la identidad, tanto de los objetos como de nosotros mismos. Identidad que implica una idea de sí mismo proporcionada por nosotros, debido a un proceso de asociación de ideas y reflexión sobre las mismas. Hume, a diferencia de Locke, ni siquiera contempla la existencia de la conciencia. Plantea que la idea de un yo conciente o una idea de identidad de sí mismo es una ilusión producto de nuestra imaginación y memoria.

Como reacción a dicho planteamiento presentamos a Kant, quien postuló una conciencia entendida como un principio trascendental responsable del conocimiento y de la unidad de sus variadas percepciones, pensamientos y experiencias.

Por último resaltamos a Husserl quien propuso una manera distinta de entender el problema, al resaltar una conciencia pura, netamente subjeti- va y unificada en el tiempo, que no va más allá de la unidad de nuestras experiencias.

En esta recapitulación observamos que la discusión en función de nues- tras gruesas categorías se reformula tras las reflexiones dadas en Descartes, Kant, Husserl y los empiristas, las cuales permitieron incluir otros aspectos a considerar en la caracterización de la conciencia como lo fue la idea del yo, la subjetividad, la unidad y la continuidad no presentes de manera clara en las reflexiones que las antecedieron.

A pesar de que sostenemos que los ejes de nuestro análisis se han reedi- tado en los diferentes momentos del debate conceptual trabajados en este texto, tenemos que dejar en claro que esto no significa que esta discusión los autores se hayan limitado a repetir lo planteado por sus antecesores. Cuando señalamos tres ejes o criterios de manera general, lo hacemos para resaltar algunas preocupaciones que permiten establecer la dirección de las reflexiones de los autores. Obviamente el problema de la identidad, o de la subjetividad, entendida como esa dimensión que garantiza la unidad y la estabilidad de nuestros conocimientos, es un logro de la historia y una elaboración reciente en la reflexión filosófica.

La historia, como fue contada, claramente muestra un sesgo particular en donde el final se presenta como la síntesis obvia de una serie de ideas pre- decesoras. La idea de la identidad y la subjetividad entendida como la es- tabilidad a través del tiempo, en la historia contada, se presenta como una complejización de las preliminares reflexiones que no lograban desprender- se de las ideas de la conciencia asociadas al conocimiento.

Reconociendo este sesgo particular en nuestra aproximación, creemos que esta historia parece se reeditara de formas algo similares. Obviamente los argumentos no son los mismos e igualmente la historia reciente en la filo- sofía ha determinado una especial delimitación de los aspectos que deben ser incluidos dentro del concepto de conciencia.

Nuestros ejes, o criterios de análisis simplemente son guías generales para señalar cómo en la historia reciente, al igual que lo mostramos en otros momentos históricos, la conceptualización de la conciencia ha girado en su caracterización como forma de conocimiento, como dimensión de la subje- tividad y como concepto innecesario para el avance investigativo. Refirá-