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El texto ante el que nos encontramos pertenece a la obra más importante de Santo Tomás, la Suma Teleológica, donde el autor trata de demostrar la existencia de Dios y su evidencia. La primera pregunta que se hace Santo Tomás en dicha obra es la evidencia de la existencia de Dios, ya que si este es evidente sería una verdad, y por ende algo innegable; y en caso contrario requeriría una demostración. El filósofo da dos respuestas a su pregunta, concluyendo que para Dios mismo sí es evidente pero no para nosotros. Es esta última conclusión la que lo lleva a exponer los dos métodos posibles para demostrar la existencia del ser supremo: los argumentos a priori, apoyados por San Anselmo y los argumentos a posteriori, que será con los que el autor va a estar de acuerdo. El primer tipo de demostración “propter quid” parte de la esencia de este ser supremo hasta llegar a su existencia como una de sus propiedades. Por el contrario, la segunda, que tiene un carácter empírico heredado de Aristóteles, parte de los efectos conocidos para llegar a su causa propia. Para desarrollar estos argumentos a posteriori, Santo Tomás plantea cinco vías: la del movimiento, la de la causa eficiente, que es en la que nos vamos a centrar, la de la contingencia, la de los grados de perfección y la de la finalidad del mundo. Además, todas las vías comparten el siguiente esquema: Santo Tomás comienza siempre planteando un punto de partida, que serán los sentidos, de los que se fía completamente, a continuación aplica el principio de causalidad, adaptándolo siempre a cada una de las vías, posteriormente niega la posibilidad de que exista una cadena infinita de causas eficientes, afirmando así la existencia de una causa primera como origen de todas las demás y por último presenta a Dios como dicha causa primera. En la vía de la causalidad, influida por autores como Aristóteles o Avicena, al igual que en todas las demás, podemos hacer un análisis en base a dicho esquema. Santo Tomás afirma que en el mundo de lo sensible hay un orden determinado entre las causas eficientes, esta frase correspondería a lo que observamos mediante los sentidos, es decir, con el punto de partida y por tanto, con el primer paso. Aplicando el principio de causalidad vemos qué no hay ninguna cosa que sea su propia causa, ya que en tal caso tendría que ser anterior a sí misma, lo que es imposible, llegamos así a la conclusión de que todo efecto tiene una causa distinta de ese efecto y anterior al mismo. Es ahora cuando debemos negar la existencia de una cadena causal que se pueda prolongar infinitamente; puede haber causas intermedias pero aún así se necesita la existencia de otra causa primera, de este modo el resultado, que obtenemos es la evidencia de la existencia de Dios como causa primera. Mediante este método lo que Santo Tomás pretende es llevar a cabo la racionalización de la fe defendiendo lo lógico que existe en creer o afirmar la existencia de Dios. Para llegar a la esencia divina, el autor establece otras dos vías, la negativa, frecuentemente empleada en metodologías científicas, y la de la eminencia. En la primera se dice que cualquier atributo de Dios nunca es suficiente para el mismo y por ello es más fácil negar todos aquellos que son negativos, esto es, aquellas propiedades de las criaturas incompatibles con él, para lograr así una idea aproximada de lo que este ser supremo. Esto se hace porque es más fácil decir de Dios lo que no es que lo que es. La vía de la inminencia, por su parte, consiste en elevar al grado máximo todas las cualidades positivas que descubrimos en la naturaleza y establecer entre ellas y Dios una analogía de manera que este último las posea todas ellas en el mayor grado posible.
Pero aún después de haber aplicado todo este procedimiento lo único que conseguiremos es obtener una visión imperfecta de Dios que siempre será más de lo que nosotros podemos afirmar de él. Dicho de otro modo, nunca lograremos construir una definición de Dios sino solo un acercamiento a un ser perfecto mediante conjeturas, teniendo en cuenta que definir a Dios podría ser una herejía dado que nuestro concepto de perfección no tiene por qué ser el mismo que el de este ser supremo.