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Índice Portada Sinopsis Portadilla Un ideario para el siglo XXI Esta edición Pórtico I. La vida, el cuerpo, el espíritu Carta 2: Los viajes y las lecturas Carta 5: La ansiedad por el futuro nos perturba Carta 11: La sabiduría no corrige nuestros defectos naturales Carta 13: Evitar los males imaginarios Carta 14: Debemos cuidar el cuerpo sin ser esclavos de él Carta 15: Ejercicios del cuerpo y cultivo del espíritu Carta 16: La filosofía se apoya en las obras, no en las palabras Carta 17: Debemos buscar primero la sabiduría antes que la riqueza Carta 21: La gloria depende de la sabiduría y no de la fortuna Carta 25: Séneca reflexiona sobre cómo ayudar a dos amigos de distintas edades Carta 27: La virtud se logra mediante el esfuerzo personal Carta 28: Los viajes y la salud del espíritu Carta 32: Consejos para llegar a la vida perfecta Carta 45: No importa leer muchos libros, sino buenos libros Carta 49: Aprovechemos la breve duración de la vida Carta 50: Reconozcamos nuestros defectos y procuremos corregirlos Carta 59: Diferencia entre el placer y la alegría Carta 60: Combatir los deseos inmoderados Carta 66: Las virtudes y los bienes son iguales en distintas circunstancias Carta 71: Lo honesto es el bien supremo Carta 83: Jornada habitual en la vida del viejo Séneca Carta 91: El incendio de Lyon y los avatares de la fortuna Carta 93: El valor de la vida Carta 96: La vida es una lucha continua Carta 104: Los viajes no curan los males del espíritu Carta 110: No debemos alimentar los vicios con los bienes materiales Carta 116: Es preciso suprimir enteramente las pasiones Carta 122: Contra los trasnochadores y los que invierten el orden natural Carta 123: Elogio de la vida frugal Carta 124: La razón es la facultad que percibe el bien supremo II. La amistad, los amigos Carta 3: La elección de los amigos Carta 6: La verdadera amistad Carta 9: La amistad del sabio Carta 35: La amistad basada en la sabiduría es perdurable Carta 48: Comunidad de intereses en la amistad
SINOPSIS
Este es uno de los libros más celebrados de Séneca sus sabios consejos tienen una validez que traspasa las fronteras del tiempo. Sin duda alguna, muchas de las observaciones y conclusiones que contienen estas cartas podrían aplicarse a las inquietudes del mundo actual, tan perturbado por espinosos problemas y trágicas discordias. Lucio Anneo Séneca escribió las más bellas máximas de pureza de la vida; en estas epístolas se aunaban todas las sublimidades del pensamiento humano, la elevación del espíritu y el entusiasmo por la virtud. Las Cartas a Lucilio recogen el fruto de una larga experiencia y contienen las reflexiones más profundas sobre las contradicciones de la condición humana.
Descarga aquí los esquemas de Cartas a Lucilio
Más aún, conforme a la moral de su filosofía estoica, fue mucho más allá: sus gestos y su preocupación constante por los esclavos y los desfavorecidos bastan para colocarlo entre los más grandes benefactores de la humanidad. Durante los cinco años en que fue ministro de Nerón y los ocho en que fue su asesor político, en coordinación con Sexto Afranio Burro (el inteligente y honesto prefecto de la guardia pretoriana), no dejó de favorecer a los sectores más necesitados y de pedir un trato humano para los esclavos, así como de influir para que a los gladiadores vencidos en el circo se les perdonara la vida. Se opuso siempre a la injusticia, al abuso del poder y de los poderosos y a la desigualdad entre los hombres, aunque sentía desprecio por los bárbaros, por los no grecorromanos. Tuvo una visión crítica de los más grandes dirigentes y conquistadores de la historia, como Alejandro Magno y Julio César, a quienes fustigó por su afán de acumular tierras y poder, en vez de buscar la sabiduría y la equidad, y, aunque no siempre lo pudo decir o escribir de forma abierta, abominó de Tiberio y de Calígula, y finalmente de Claudio y de Nerón, los cuatro emperadores bajo cuyos reinados transcurrieron sus cincuenta años de estudiante, de filósofo y escritor, de desterrado en Córcega y de hombre público en Roma. Su más alta cumbre y su mayor caída empezaron el mismo día que los hados lo colocaron al lado del entonces sensato y obediente príncipe Lucio Domicio, el hijo de Agripina y futuro emperador Nerón. De esta vasta y compleja experiencia humana, política y moral, de sus muchas y eruditas lecturas en diferentes campos, y, sobre todo, de su esmerado sentido de la amistad, de su humanidad siempre alerta (su máxima favorita era el verso de Terencio: «Soy un hombre, y nada humano me es ajeno») y del genio de su mirada, se nutriría gran parte de su obra filosófica y literaria, especialmente estas Cartas a Lucilio , «la parte más hermosa de sus escritos y la más provechosa», en palabras de su admirador y discípulo Michel de Montaigne. Aunque le permitieron estudiar historia natural, meditar y escribir (tres Consolaciones y dos Diálogos ), Séneca llevó muy mal los años de destierro que padeció entre el 41 y el 49 en la escarpada isla de Córcega, sobre todo por los ahogos del asma crónica que padecía desde niño. De modo que hizo lo posible para que Claudio le perdonara un ostracismo tan severo como injusto, mostrándose adulador con el césar en su Consolación a Polibio , un liberto de Claudio que había tenido gran influencia sobre el emperador. Sin embargo, el filósofo no pudo ni imaginar que sería la misma Agripina, la segunda esposa
de Claudio, su valedora para que el emperador lo indultara y lo nombraran después pretor en Roma, a la vez que la propia Agripina le pedía, o le exigía, que se encargara de la educación y conducción de su hijo Domicio. Estos halagos del poder imperial iban a constituir una trampa diabólica de la cual no saldría Séneca durante el resto de su vida, pero le iban a conceder una savia única a sus meditaciones epistolares. En cambio, le fue dado salir airoso del destierro, una trampa también mortal (inicialmente la pena era de muerte, y el emperador se la conmutó por el destierro) que le habían tendido las conjuras palaciegas, cuando la intrigante Mesalina, la primera esposa de Claudio, lo acusó de adulterio con Julia Livila, hermana menor de Calígula y Agripina. Y ahora, ocho años después, venía a salvarlo la segunda esposa del mismo emperador, su sobrina Agripina, quien, al año del asesinato de Mesalina, acababa de contraer matrimonio con su tío. Para ella el matrimonio fue el primer y bien calculado paso de sus ambiciones desmedidas de poder. Según Tácito, Agripina logró el perdón del exilio y la pretura romana para Séneca pensando en limpiar su mala imagen, mientras buscaba a la vez que el famoso pensador, escritor y hombre público fuera el maestro y tutor de Domicio, de modo que, al tenerlo en familia, se convirtiera también en el instrumento intelectual y político de las ambiciones imperiales de la madre y del hijo. Séneca tuvo en gran aprecio el gesto de Agripina, y le dio continuas muestras de gratitud y lealtad, mientras que se mantuvo distante de Claudio por el injusto destierro que le impuso. Cuando Claudio fue envenenado por la misma Agripina en octubre del 54, su hijo Nerón fue proclamado emperador con apenas diecisiete años, y Séneca se convirtió en su ministro y en su asesor político con Sexto Afranio Burro, que había sido prefecto del pretorio desde el reinado de Claudio. Ambos eran los dos hombres más ilustres, honestos y eficientes del entorno del joven emperador, los que planificaban la política del imperio y contenían los desmanes de la ambiciosa y cruel Agripina. Los dos gobernaron de facto el Imperio romano durante los ocho años que estuvieron al servicio de Nerón, consolidando la paz y la equidad, de tal manera que hasta el mismo Trajano diría que dicho período destacó por ser uno de los momentos de «mejor y más justo gobierno de toda la época imperial». A pesar de que conocía las limitaciones y los desvaríos de su discípulo, Séneca tenía la esperanza de que Nerón, al haber sido formado por él y al estar bajo su tutela ética y política, tal vez sería el gobernante que pondría término
viajes con Paulina por la Campania y el sur de Italia. Y es en este dramático contexto histórico, político y personal cuando empezó a escribir las hermosas y útiles Cartas a Lucilio , que entonces ejercía de procurador romano en Sicilia. El cuerpo de las 124 cartas (parece que fueron más, pero sólo se conserva una del supuesto libro 22), organizado en veinte libros, fue redactado entre el comienzo del verano del 62 y finales de noviembre del 64. Algunos estudiosos de la vida y la obra de Séneca han creído que Lucilio fue tal vez un personaje inventado, el pretexto que necesitaba el pensador para darle forma a sus variadas meditaciones en un cuerpo epistolar que, más allá de su amigo, llegara a una mayoría de lectores y trascendiera a la posteridad. Pero los estudiosos senequistas modernos coinciden en que Lucilio fue no sólo un personaje de la vida real, sino uno de los amigos que más quiso Séneca. Mientras se sabe con certeza el año de la muerte del filósofo y se especula sobre el año aproximado de su nacimiento (4 o 1 a. C.-65 d. C.), se ignoran por completo los años que encerraron la vida de Lucilio. Según los datos que deja traslucir el propio Séneca en algunas cartas, Lucilio, que era unos diez años más joven que él, nació en Pompeya, donde alguna vez se encontraron y vivieron juntos durante un tiempo breve. De linaje humilde, alcanzó la categoría de caballero por sus cualidades y su empeño. Ocupó varios cargos públicos en las provincias de los Alpes, en Macedonia y en Cirenaica antes de que Nerón lo nombrara procurador en Sicilia, acaso por mediación del mismo Séneca. Era un buen funcionario público y un ciudadano ejemplar, un excelente padre y esposo, que llevaba una vida frugal y familiar con sus esclavos en su casa de Siracusa, lo que complacía a su maestro. Aparte de la vida sencilla, los unía el ejercicio de la filosofía y de la literatura, los tratados filosóficos y los poemas que componía Lucilio, objeto de comentarios frecuentes entre los dos corresponsales. El pompeyano se inició en la escuela de Epicuro, y progresivamente fue derivando hacia el estoicismo de la mano de Séneca, como se puede apreciar a lo largo del epistolario. Consciente de estar edificando un monumento literario, filosófico y moral de primer orden, Séneca le promete a Lucilio en la carta 21, al modo de Epicuro respecto de su discípulo Idomeneo de Lámpsaco, que él alcanzará el favor de la posteridad, e inmortalizará el nombre de los dos junto al de otras
personas. Fue un pronóstico certero, inspirado no en la vanidad personal sino en la clarividencia altruista de lo que se proponía con una obra postrera llena de belleza y de luces para los hombres de los siglos venideros. Es frecuente que, al referirse a la correspondencia entre Séneca y Lucilio, se hable de epístolas o de cartas, indistintamente, pero en aquella época existía una diferencia de forma y de contenido en los dos términos. Las cartas se inscribían en una relación interpersonal de contenidos privados para ser conservados en privado, y su forma era coloquial, en la que prevalecía un lenguaje familiar y cotidiano. Las epístolas, aunque se dirigían a una sola persona, estaban destinadas a ir más allá del corresponsal que las motivaba, y tenían como objetivo llegar a un amplio número de lectores. Son un género literario que se encarna en estructuras y formas artísticas acabadas. Así, se dice, por ejemplo, que, mientras la correspondencia de Cicerón está conformada sólo de cartas (que eran para él «conversaciones entre amigos ausentes»), las epístolas de Séneca constituyen un auténtico género literario, como las de sus predecesores latinos Lucilio y Horacio. De modo que, a media distancia entre la carta privada y el tratado doctrinal, el filósofo escogió la epístola, el género que más se acomodaba en su tiempo para dar cuerpo a sus meditaciones existenciales, filosóficas y morales, lo que incluye a Séneca entre los grandes escritores latinos y lo convierte en el pionero del ensayo, género que, como es sabido, fue consolidado y encumbrado por su discípulo Montaigne. Hoy los términos de epístola y carta son prácticamente equivalentes, hasta el punto de que el concepto moderno de «carta abierta» cumple la misma función que tuvo la epístola en sus orígenes. El objetivo de las cartas es conducir a Lucilio (y a los futuros lectores) a la sabiduría y a la vida virtuosa partiendo de la vida real, de los hombres y de sus comportamientos reales, para devolverlo con su propia luz interior a la misma vida real, que debe ser mejorada y vivida plenamente. En su altruista y minuciosa misión, a través de unas cartas que, como era su deseo, «no tengan nada de rebuscado ni de fingido», Séneca echa mano de una corriente de pensamiento ecléctico que se nutre de la escuela estoica, en primer lugar, y de otras doctrinas, como la socrática y la platónica, la epicúrea y la aristotélica. Pero el filósofo hispanorromano no se limita a entresacar principios y sentencias de una y otra escuela para conformar una amalgama de pensamientos, sino que los moderniza y revitaliza a la luz de su tiempo, de las vastas, contradictorias y dramáticas vicisitudes de los hombres del Imperio
y se expresa, sobre la vida interior que anhela y crea; ellas nos orientan sobre cómo llevar una vida sana y honesta, qué es lícito y qué no lo es, lo que es bueno y lo que es malo sin caer en el maniqueísmo, lo que nos enriquece y nos empobrece, sobre la importancia y el cultivo de la amistad, en fin, sobre cómo aprender a vivir, a amar y a morir, que son las tres grandes fuerzas que mueven nuestra existencia desde la cuna hasta la sepultura. Como nos recuerda Marguerite Yourcenar, Flaubert vio con acierto que, entre los siglos I a. C. y el II d. C., cuando los dioses conocieron su ocaso y aún no se había implantado el reinado de Cristo, hubo un largo período de la historia en que sólo estuvieron los hombres. De ahí que Georg Lukács afirmara después que «la novela es la epopeya de un mundo abandonado por los dioses». En este caso, El asno de oro sería el primer caso paradigmático. Pero no hay que olvidar que un siglo antes de la novela de Apuleyo ya existía un libro escrito en un mundo sin dioses para hombres sin dioses, y ése es sin duda las Cartas a Lucilio. La condición humana es poco dada a las mudanzas. Cambian sus escenarios, sus modos de expresión, sus actores, pero la corriente subterránea que la nutre permanece casi idéntica a través de los siglos. Por eso Edward Gibbon, después de haber dedicado media vida a investigar y a narrar la historia de la decadencia y ruina del Imperio romano a lo largo de catorce siglos, dijo que «la historia es poco más que el registro de los crímenes, las locuras e infortunios de la humanidad». Hoy nos puede parecer un juicio excesivamente pesimista de este colosal historiador, sobre todo si pensamos en la cantidad de belleza que simultáneamente nos ha obsequiado la creatividad del hombre, en la longevidad y en la comodidad que nos han brindado la ciencia y la tecnología, así como en la solidaridad cada vez más extendida entre los hombres, pero la verdad es que esas locuras, esos crímenes y esos infortunios de los hombres de hace mil o dos mil años persisten esencialmente sin apenas cambios en sus expresiones modernas. De modo que, como en el siglo de Séneca, los hombres siguen zozobrando en una carencia de valores y de principios que los alienten, los iluminen y los hermanen en el azaroso y zigzagueante camino de la historia. Y ésta es la razón profunda de que, como ha ocurrido en otros momentos de la marcha de los siglos, Séneca esté también hoy necesariamente entre nosotros, brindándonos con sus Cartas , lo mismo que a Lucilio y a sus contemporáneos, uno de los mejores idearios posibles para este imprevisible siglo XXI.
Esta primera carta se considera el pórtico o prólogo de todo el cuerpo epistolar senequiano. Séneca plantea los temas fundamentales de su larga conversación a distancia, durante dos años y medio, con su amigo Lucilio: el tiempo, su valor y su uso; la vida y la muerte, los vaivenes entre la riqueza y la pobreza. En ella Séneca retoma las preocupaciones centrales de su diálogo Sobre la brevedad de la vida.
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Créeme, Lucilio, resérvate para ti mismo, y el tiempo que hasta hoy te han estado tomando, te han estado robando o que te ha huido, recógelo y aprovéchalo. Persuádete que es tal como te lo estoy escribiendo: unas horas nos han sido tomadas, otras nos han sido robadas, otras nos han huido. La pérdida más vergonzosa es, sin duda, la que acontece por negligencia. Y si te fijas bien, la mayor parte de la vida la pasamos entregados al mal; otra parte, y no menguada, sin hacer nada, y toda la vida haciendo lo que no debiéramos hacer. ¿Quién podrías mencionarme que valorara el tiempo en alguna cosa, que supiese cuánto vale un día, que entendiera que cada día el hombre muere un poco? Puesto que al considerar que la muerte es algo del futuro, nos engañamos a causa de que gran parte de ella es ya cosa del pasado. Toda la porción de nuestra vida que queda tras nosotros pertenece al dominio de la muerte. Sigue haciendo, pues, Lucilio, aquello que me escribes que haces: no pierdas hora alguna, recógelas todas. Asegura bien el contenido del día de hoy, y así será como dependerás menos del mañana. Mientras aplazamos las cosas, la vida transcurre. Todas las cosas, Lucilio, en realidad nos son ajenas, sólo el tiempo es bien nuestro: la naturaleza nos puso en posesión de esta única cosa, fugaz, resbaladiza, de la cual todo aquel que se lo propone puede desposeernos. Y es tanta la necedad de los mortales, que todos nos creemos obligados al agradecimiento por aquellas cosas pequeñas y despreciables, de cuya pérdida nos podemos recuperar, pero no nos creemos en deuda por haber recibido el tiempo que es la única que, ni agradeciéndola, podríamos ganar de nuevo. Tal vez podrías preguntarme qué hago yo que ando repartiendo consejos. Te confieso francamente que, a guisa de hombre fastuoso, pero ordenado, llevo exacta cuenta de las pérdidas. No cabe decir que no pierdo nada, y bien te diría lo que pierdo, y por qué y de qué manera, y harto te expondría las