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Tipo: Apuntes
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Novela histórica
Salomé Gil
Advertencia Al escribir esta novelita, ha sido mi objeto principal dar a conocer algunos personajes y ciertos acontecimientos históricos, de los cuales no tiene sino muy escasa noticia la generalidad de los lectores a quienes están destinadas estas líneas. Me he sujetado a la verdad, hasta donde lo ha permitido la necesidad de dar algún interés dramático a la novela; procurando conciliar los hechos que efectivamente tuvieron lugar, con los que he debido añadir para adornar una obra de imaginación. En nuestras antiguas crónicas apenas se encuentran delineados los caracteres de los personajes y referidos los acontecimientos más someros. Respetando unos y otros cuanto ha sido posible, he dejado correr la pluma libremente en todo aquello que no podía envolver anacronismos (que considero imperdonables, aun en obras de esta clase), y en lo que no fuese directamente opuesto a la verdad histórica. Así, los personajes que figuran en esta relación existieron todos realmente; pero el carácter y los hechos que se atribuyen a algunos de ellos, corresponden a la parte novelesca de la obra. Las fechas están citadas con la posible escrupulosidad. Por no hacer demasiado difuso el escrito, o distraer la atención del lector con notas, no he citado los pasajes de nuestras antiguas crónicas impresas o inéditas, que podrían servir para probar la exactitud de muchos de los sucesos referidos. Si estas desaliñadas páginas sirvieren para llamar la atención de los lectores hacia los documentos en que puede estudiarse con provecho la historia del país, en la época interesante que siguió a la conquista, y si ellas son aceptadas con la misma benévola indulgencia con que lo han sido otras producciones literarias del autor anteriormente publicadas, quedarán satisfechas sus aspiraciones.
Capítulo I Inusitada animación y extraordinario movimiento se advertían, al caer la tarde del día 15 de setiembre del año de gracia 1539, en la Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala. Personas de todas clases y condiciones iban y venían por calles y plazas, reuníanse en corrillos y agolpábanse, en mayor número, delante de un edificio grande, de dos pisos y de buena apariencia, que se levantaba en el extremo de la población más inmediato a la falda del Volcán de agua, a cuyo pie estaba situada la primitiva capital del Reino, en el mismo sitio en que hoy vemos el pobre y miserable villorrio llamado Ciudad-vieja. Ese edificio, cuyas ruinas se conservaban aún a fines del siglo XVII, según leemos en la obra inédita del cronista Fuentes y Guzmán, era el Palacio del Adelantado, Gobernador, Capitán General de estas provincias y fundador de la ciudad, Don Pedro de Alvarado. Abríanse las puertas y las ventanas de las habitaciones, limpiábanse tapices, alfombras y muebles; mayordomos, maestresalas y pajes daban apresuradamente la última mano al arreglo de aquella espléndida morada, que por algunos años había permanecido al cuidado poco diligente de criados subalternos. El pueblo seguía con interés y curiosidad aquellos preparativos, que confirmaban plenamente el rumor, esparcido pocos días antes de la próxima llegada del Adelantado. Y era así, en efecto. Don Pedro había anunciado al Ayuntamiento su arribo a Puerto- Caballos, en carta de 4 de abril de aquel año; participando además a los Magníficos [6] Señores del Concejo, su nuevo matrimonio. «Sabréis, dice, como vengo casado, y doña Beatriz está muy buena y trae veinte doncellas muy gentiles mujeres, hijas de caballeros y de muy buenos linajes. Bien creo que es mercadería que no me quedará en la tienda nada, pagándomelo bien, que de otra manera excusado es hablar en ello». El Adelantado había venido de España con una escolta de trescientos arcabuceros y otra mucha gente, en tres navíos grandes de su propiedad. Con todo aquel aparato de damas de honor, caballeros y soldados, se encaminaba a la ciudad que había fundado quince años antes, y que, merced al oro y la plata arrancados a los naturales, aparecía ya por aquel tiempo, si no muy abundante en población, aventajada en el lujo, hijo legítimo de la riqueza fácilmente adquirida. En sesión celebrada por el Concejo en 25 de Mayo, se había leído otra carta del Adelantado, en la que proponía fuesen a avistarse con él un Alcalde y dos Regidores para haber de mostrarles los reales despachos que traía de la corte y arreglar algunos puntos conducentes al buen gobierno de la tierra. El Cabildo, dividido en dos bandos, favorable el uno y contrario el otro a don Pedro, decidió no acceder a aquella indicación, contestando al Adelantado no estar en obligación de salir al recibimiento; pero que manifestándose las reales provisiones, se conformaría con todo aquello que Su Majestad mandase. Los principales promotores de esa discordia eran el Veedor Gonzalo Ronquillo, el Tesorero Francisco de Castellanos, el Comendador Francisco de Zorrilla, Gonzalo de Ovalle y otros caballeros, que, a fuerza de intrigas, habían logrado crear cierta emulación y mala voluntad contra don Pedro, infundiendo en el ánimo pacífico y naturalmente bueno del Juez de residencia, Alonso de Maldonado, aspiraciones que no debían verse satisfechas. Los partidarios del Adelantado y el pueblo, que lo amaba por su denuedo, munificencia y porte noble y caballeresco, recibieron con júbilo la noticia inesperada de su aproximación a la capital, con el ostentoso séquito que antes hemos mencionado. Preparábanse, pues, a recibirlo con el honor y aplauso que merecía quien había sido recientemente colmado por el Rey, por su secretario Cobos y otros personajes de la corte, de favores y distinciones, justa recompensa de sus grandes y señalados servicios. Pregoneros de los favores dispensados a su señor, de la gentileza de su esposa, del garbo de las damas que la acompañaban y del aparato con que se acercaba el Adelantado,
el oportuno golpe de lanza con que atravesasteis por los pechos a aquel perro cacique Ros Vatit, yo no estaría hoy aquí, como lo estoy, pronto a serviros. -No lo digo por tanto, don Gonzalo, replicó Portocarrero. Cualquiera habría hecho lo que yo hice en aquella jornada; únicamente he querido advertiros que el que ha huido cobardemente delante del enemigo, no es el mejor juez de los hechos militares de un capitán como Alvarado. -No olvidaré la lección, don Pedro, contestó Ronquillo, y será un favor más que pondré en la cuenta que os llevo desde lo de Quezaltenango; y dio la vuelta lanzando una mirada amenazadora al caballero, que permaneció imperturbable y sereno. -¡Miserable envidioso! dijo uno de los presentes; y, dirigiéndose a Portocarrero, agregó: guardaos, don Pedro de su saña. Ese hombre es implacable; su odio ha causado ya graves disgustos al Adelantado, por las relaciones que mantiene con Gonzalo Mexía, sujeto poderoso en la corte. -El que ni teme ni espera, contestó Portocarrero con cierta firmeza en la que había algo de profundamente melancólico, no tiene por qué guardarse. Cumplo mi deber, como cristiano y como caballero, defendiendo al compañero de armas y al amigo ausente; sigo el recto sendero y no curo de las serpientes que pueden atravesarse en mi camino. En aquel momento cuatro indios tamemes salieron del Palacio, conduciendo una litera pintada exteriormente y cuya parte interior se veía ricamente tapizada, con tafetán de la China. -Una litera, dijo uno de los presentes, ¿si será para la señora Adelantada? -No, contestó el viejo Rodríguez, debe ser para doña Leonor, que viene mala. Portocarrero se inmutó al oír aquella respuesta, pero dominando su emoción cuanto le fue posible, preguntó con fingida indiferencia: -¿Y es grave, por ventura, la enfermedad de doña Leonor? -Creo que no, dijo el viejo; calenturas de la costa, fatiga del camino y una poca de melancolía. -Cosas que pasarán, replicó un caballero, tan luego como la noble hija de la princesa Jicotencal se aviste con su prometido, el Licenciado don Francisco de la Cueva, hermano político de su padre. -¿Pero es cierto que se casan? dijo otro. -¡Toma! Tan cierto como que se lo he oído al Alcalde Juan Pérez Dardon; sujeto, como sabéis, caballeros, tan verídico como el que más. -Así es, dijo el otro; pero ¿qué tenéis don Pedro?, añadió, volviéndose a Portocarrero; estáis pálido como la muerte. ¿Os sentís malo? -Sí, contestó Portocarrero, procurando recobrar su serenidad; sabéis que desde la última expedición que hicimos en tierras de guerra, mi salud ha quedado alterada. El sol se ha puesto ya y tal vez el viento frío, que comienza a soplar me haya causado algún ligero pasmo. Buenas noches. Diciendo esto, se retiró con la cabeza inclinada sobre el pecho, como quien se halla dominado por alguna grave preocupación. -¡Cómo ha cambiado! dijo uno de los del grupo, cuando hubo desaparecido Portocarrero. Ya no es aquel gallardo y altivo mancebo, tan pronto para los juegos y para el galanteo como para la batalla. -Es que, no olvida a Agustina, dijo otro, que lo tiene como hechizado. -Os engañáis; la ha olvidado mucho tiempo ha, aunque según se dice, ella lo ama cada día más y lo persigue con sus exigentes solicitudes. -Así me persiguiera a mí, que por cierto no fuera yo de mármol a sus ruegos, dijo otro. Agustina Córdova es una moza hechicera.
-¿En qué sentido lo decís? preguntó uno de tantos. Eso de hechicerías tratándose de Agustina, admite dos interpretaciones. Hay quien pretende haberla visto cabalgar por los aires montada en un mango de escoba. -¡Ave María purísima! Interrumpió Rodríguez, santiguándose. Si es así, bien pudiera tomar cartas en ello la santa Inquisición de México. Yo creía que sólo los indios paganos de estas tierras eran dados a hechicerías y sortilegios. -Aun los indios que han recibido las aguas del santo bautismo, dijo uno de los caballeros, suelen mantener relaciones con el espíritu maligno; y algunos españoles, contaminados con el trato de estos malos cristianos, tienen comercio con el demonio. Si no, oíd lo que yo mismo vi, trece años hace, cuando combatíamos a los sublevados de Sacatepequez. -Decid, decid, que ya os escuchamos. -Una noche, estábamos acampados frente a unos peñoles en que se habían hecho fuertes los indios rebeldes. Andaba yo de ronda, y habiéndome acercado a uno de los puestos avanzados más próximos al enemigo, en cuyo [11] punto estaba un centinela, fui a reconocer al soldado que montaba la guardia. Media hora antes había sido colocado en aquel puesto un Juan Gómez, de la compañía del capitán Luis Marín, a quien sus compañeros acusaban de tener trato con el demonio. A la luz de las fogatas encendidas en el real, vi por mis propios ojos al supuesto centinela, cuyo rostro tenía un no sé qué de horroroso y siniestro, que no acertaré a describiros. Dirigile la palabra y guardó silencio; puse mano a la espada y permaneció inmóvil. Enderecé la punta del acero hacia su pecho y lo atravesé con él de parte a parte, sin encontrar resistencia, como si fuese una fantasma impalpable. Entonces, eché mano disimuladamente a la cruz de mi rosario, y mostrándola de improviso al fingido soldado, se oyó un espantoso bramido; una densa oscuridad nos envolvió instantáneamente, y cuando la tiniebla fue disipándose y haciéndose lugar de nuevo el tenue resplandor de las hogueras, encontramos a nuestros pies un arcabuz y una armadura, cuyo desagradable olor a azufre, manifestaba claramente haber servido de aquellos arreos al común enemigo de las almas. Esa misma noche, casi a la propia hora, otros de nuestros soldados aseguraron haber visto atravesar el real, en un punto muy distante, a Juan Gómez, acompañado de una mala mujer, a quien solía visitar. Al siguiente día fue puesto en estrecha prisión, en que permaneció dos meses, sin querer confesar su delito. Una noche, ayudado sin duda del espíritu familiar que lo asistía, quebró la prisión y se huyó, sin que se haya vuelto a saber de él. Con atención, aunque sin asombro, oyeron las demás personas que formaban el corrillo la extraña aventura del soldado que encargó al diablo le hiciese el cuarto de centinela; y como advirtiesen que la noche se les había entrado ya, embebidos en aquellas pláticas, se despidieron unos de otros, apalabrándose para el siguiente día, con el objeto de presenciar la entrada del Adelantado y de su ilustre comitiva. La luna, en su cuarto creciente, alumbraba débilmente la ciudad, entregada al reposo y al silencio, y el volcán se alzaba majestuoso, escondiendo su descarnada cúspide bajo un cendal de espesas y blanquizcas nubes, más imponente aún a la dudosa claridad del astro de la noche, que cuando se ostenta en toda su grandeza bañado por los rayos del sol del mediodía.
Capítulo II Sereno y despejado amaneció el siguiente día, 16 de setiembre, como si el tiempo quisiese contribuir por su parte a hacer más regocijada y festiva la recepción del Adelantado y de su séquito. Súpose desde muy temprano que se hallaba en las inmediaciones de la ciudad y muchos de los caballeros salieron a su encuentro. El
del jubón, y sombrero adornado con plumas blancas, entró en la sala capitular y tomó asiento a la derecha del juez de residencia, Alonso de Maldonado. Larga y acalorada fue la discusión sobre la inteligencia de la Real Cédula de 9 de Agosto de 1538, que presentó don Pedro. El juez, apoyado con tesón por el tesorero Castellanos, el Veedor Ronquillo, el Comendador Zorrilla, el Regidor Ovalle y otros, insistía en que, con arreglo al texto de la provisión, no se debía dar posesión del gobierno al Adelantado, en tanto estuviese pendiente la residencia de su anterior gobierno; y en efecto debe convenirse en que a los que esto sostenían, no les faltaba razón, visto el contenido del despacho real. El astuto don Pedro prolongó intencionadamente la discusión, para que sus enemigos se declarasen y poderlos conocer mejor. Así dio todo el rencor y miserable emulación que se encerraba en aquellos corazones, y logrado su objeto, sacó un pliego, que guardaba en el seno, cerrado y sellado con las armas reales. Era una sobrecédula, expedida en 22 de octubre de 1538, en la que el Rey prevenía a Maldonado pusiese inmediatamente en posesión del gobierno a don Pedro. Un rayo habría hecho menos efecto que la lectura de aquella carta, que pasó de mano en mano de unos a otros de los presentes, que examinaron el sello real, la firma de Su Majestad y la del Secretario, Juan de Samano. Cediendo a la evidencia de la voluntad soberana, Maldonado recibió juramento a don Pedro y puso en sus manos la vara mayor, símbolo de la autoridad. Numeroso concurso de pueblo, agolpado en las galerías del edificio y en la plaza, aguardaba impaciente el resultado de la sesión. Proclamose por el pregonero de Cabildo y la multitud rompió en aclamaciones entusiastas. Los cañones, situados en la plaza, y los arcabuceros de Alvarado, hicieron repetidas salvas y las campanas de las tres o cuatro iglesias que tenía la ciudad, saludaron con estrepitosos repiques el plausible suceso. Los enemigos del Gobernador, corridos y amilanados, procuraban ocultar su vergüenza, manteniéndose aparte, en un extremo del salón, en tanto que un lucido concurso de caballeros [15] rodeaba y felicitaba al Capitán General. Las miradas del Adelantado se dirigieron al grupo de los descontentos, y después de haberse fijado en ellos un momento, acercóseles con grave y digno continente, y dijo: -Vuesas Mercedes han cumplido como buenos y leales vasallos, interpretando conforme a su conciencia y obedeciendo con pronta prestación las Órdenes de Su Majestad. Depositario de la confianza de mi Rey para gobernar estos pueblos en justicia, procuraré, como antes, proveer al bien común y recompensar en nombre de nuestra augusto César los servicios de todos y principalmente los de aquellos que, como Vuesas Mercedes, han derramado su sangre en la alta empresa de ganar estos reinos. Dichas estas palabras, el Adelantado, abrió los brazos a sus enemigos y estrechó uno en pos de otro a Maldonado, Castellanos, Ovalle, Zorrilla y aun al envidioso e implacable Ronquillo. Resonó el salón con las más entusiastas aclamaciones, y don Pedro se retiró a su Palacio, llevando consigo el amor y la admiración de nobles y plebeyos. La ciudad se ocupó desde aquel momento, en disponer los festejos con que debía celebrar el plausible acontecimiento, encargando de preparar las fiestas al Alcalde Dardon y a uno de los regidores. Previniéronse diversos regocijos públicos; cañas, encamisada, fuegos artificiales, estafermo, saraos y un torneo para el último día. Mientras, tenía lugar aquella escena en las casas del Ayuntamiento, doña Beatriz, rodeada de sus damas, recibía en su Palacio los homenajes de las señoras principales de la ciudad, con atención cortesana, aunque con semblante visiblemente inquieto y alterado. Próxima a la Gobernadora, estaba una joven, como de diez y ocho años, de mediana estatura, y en cuyas facciones se combinaban los rasgos distintivos de las dos razas que por aquellos tiempos se encontraban en pugna en estos países: la española y la indígena. Su rostro era moreno y su cabello poblado y negro. Había en aquella frente
serena, aunque no espaciosa, en aquellos ojos grandes y animados, en la nariz exactamente modelada, en la boca pequeña y ligeramente desdeñosa, en el conjunto todo de las facciones, un sello de majestad tranquila y un tanto melancólica, que arrebataba y al mismo tiempo imponía cierto respeto a cuantos la miraban. Tenía el perfil de aquella joven algo del tipo correcto y severo [16] y de las antiguas estatuas griegas, unido al ideal y sobrehumano de la virgen con que algunos años después, debía asombrar al mundo Bartolomé Murillo. Tal era doña Leonor de Alvarado, hija de don Pedro y de doña Luisa Jicotencal Tecubalsin, hija del Rey de Tlaxcala y Zempoala . Ojerosa y pálida, doña Leonor, que parecía sufrir física y moralmente, se apoyaba en el hombro de su fiel amiga, doña Juana de Artiaga. Las otras damas que habían venido en compañía de doña Beatriz, conversaban en corrillos alegremente, comunicándose las observaciones que les ocurrían sobre la ciudad que acababan de atravesar. Aprovechando la oportunidad que les ofrecía la conversación de las otras señoras, doña Leonor y doña Juana hablaban de manera que sus palabras no pudiesen ser escuchadas por las personas que se hallaban en el salón. -¿Y pudiste verlo? preguntaba doña Leonor. -Perfectamente, contestó doña Juana. Pedí a un caballero que cabalgaba junto a mí, que me lo mostrase; venía al lado del Gobernador tu padre y pude conocerlo. Es apuesto y bizarro como su primo el Conde de Medellín. Parece gozar de toda la confianza y amistad del Adelantado. -Y nadie más acreedor que él a esa distinción, amiga mía, dijo doña Leonor. Pocos, si acaso alguno, le igualarán en lo ilustre del linaje, en lo despejado del ingenio, en el valor y en los servicios hechos al Rey. -Con esas prendas que todos lo reconocen, no sé por qué tu padre, que te quiere bien, habría de rehusar... -No, Juana, interrumpió doña Leonor; jamas saldrá de mis labios una palabra que pueda desagradar a doña Beatriz, que protege decididamente las pretensiones de su hermano don Francisco. He dicho ya a mi padre que mi único anhelo es volver a España y encerrarme para siempre en el retiro de mi claustro. Una lágrima rodó por la descolorida mejilla de la joven hija de la princesa Jicotencal; y cuando doña Juana [17] se preparaba a dirigirle algunas palabras de consuelo, llegó a sus oídos el estampido de los cañones y el eco de las aclamaciones del pueblo, que saludaba con entusiasmo la proclamación hecha por el pregonero del Cabildo en la galería superior de las Casas consistoriales que daba a la plaza. Inmediatamente entró en el salón un caballero que representaba unos cincuenta años, de noble y distinguido corte, vestido de terciopelo negro, y acercándose a doña Beatriz, estrechola en sus brazos, diciéndole: -Albricias, hermana mía, albricias. Todo ha concluido felizmente. El Adelantado, tu esposo, ha vuelto a tomar la vara de la gobernación, quedando confundidos sus envidiosos adversarios. -Supongo, don Francisco, contestó la orgullosa señora, que don Pedro pondrá, una vez por todas, coto a los desmanes de sus enemigos, que un severo castigo caerá sobre los que han querido dar tan pernicioso ejemplo de desobediencia a la augusta voluntad del Soberano. No, doña Beatriz, dijo don Francisco de la Cueva, el Adelantado ha perdonado como cristiano y se ha vengado cual cumple a un caballero. En presencia de todos, ha tendido la mano a sus émulos y estrechado entre sus brazos a los mismos que un momento antes pretendían afrentarlo.
seis lacayos, con lujosas libreas, los cuales conducían gruesas hachas de cuatro pábilos. Los caballos y [20] sus jaeces correspondían al rico atavío de los amos. Precedía la brillante cabalgada multitud de indios vestidos con lujo, con cajas, clarines, atabales, trompetas, marimbas y otros instrumentos del país, y cerraban la marcha los mosqueteros y arcabuceros, con los cañones, o tiros como los llamaban entonces. Don Francisco de la Cueva vestía a la húngara, con peto dorado, mangas y calzón de encajes finos de celeste y plata sobre lama de oro, manto imperial de rengue verde con ramazón de oro sobre raso blanco y las vueltas de armiño con puntas volantes de plata. Montaba un magnífico overo de raza árabe, y la silla estaba bordada de oro sobre terciopelo carmesí. Pero el que entre todos los caballeros llamaba particularmente la atención, más por su gallarda figura que por lo brillante del traje, era don Pedro de Portocarrero, que vestía de lama de plata y llevaba un sombrero de castor con penacho blanco y presilla de diamantes. Montaba un fogoso bridón azulejo y se hacía acompañar por ocho lacayos lujosamente ataviados. La plaza estaba iluminada con teas, a cuya luz representó la Encamisada un coloquio de circunstancias, dispuesto por el canónigo Rodríguez, hombre de letras y de ingenio. El Adelantado, su esposa, su hija y las otras damas con el Obispo Marroquín, el juez Maldonado y los individuos del Ayuntamiento, vieron la representación desde la galería de las Casas consistoriales, en donde se había levantado un dosel de terciopelo carmesí con franjas de oro, ostentándose en la balaustrada el escudo de armas de la Ciudad, en medio de los del Adelantado y de su esposa. Los fuegos artificiales que se exhibieron en una de las noches, se componían de árboles, castillos y sierpes de pólvora. Diremos ahora lo que era el juego del Estafermo, que tuvo lugar en una de las tardes destinadas a las fiestas. Llamábase Estafermo una figura de bastidor, representando un caballero armado, que llevaba en el brazo izquierdo un broquel y en el derecho, levantado y extendido, unas correas largas, cuyas puntas remataban en bolas de madera. La figura estaba colocada en un mástil, de modo que pudiese girar en torno. Los caballeros corrían y daban en el broquel con la lanza, lo cual hacía girar al Estafermo y sacudir las correas, que caían sobre el jinete, azotándolo con las bolas, si no excusaba [21] el golpe con la presteza de sus movimientos. Luciéronse muchos de los caballeros en aquel entretenimiento, escapando ilesos de los golpes que sacudía el Estafermo. Portocarrero, entre otros, dio tan tremenda lanzada en el broquel de la figura, que a ser menos firme, habría dado con ella en tierra. El Estafermo sacudió sus disciplinas; mas cuando cayeron, ya el ligero don Pedro había evitado que su caballo apresurase la carrera. La multitud aplaudió el lance con gritos y palmadas, y el galante caballero saludó cortésmente, dirigiendo una mirada llena de expresión al balcón de las Casas consistoriales. Después de la buena suerte ejecutada por tan diestro jinete, nadie se atrevía a correr un nuevo lance; cuando se desprendió del grupo de caballeros un hombre pequeño de cuerpo, agobiado con el peso de las armas. Era nuestro antiguo conocido el Veedor Gonzalo Ronquillo, que tuvo la desgraciada idea de rivalizar aquella tarde con Portocarrero. Enristró la lanza, afianzose bien en los estribos, y aguijando su tordo rodado, desde un extremo de la plaza, partió a todo escape, y llegando delante del Estafermo, hirió fuertemente el escudo con la lanza. La figura giró sobre su eje con velocidad, dando mil vueltas, las correas silbaron en el aire; Ronquillo quiso hacer volver ancas a su caballo con presteza; pero estuvo a punto de perder los estribos, y por afianzarse en el arzón, retardó su movimiento y sufrió una fuerte y repetida tunda de latigazos. Resonó la plaza con los silbidos, y el Veedor, bramando de coraje, saliose del
palenque corrido y humillado. Desde aquel día, los burlones, que no querían bien al Veedor, lo bautizaron con el apodo de Estafermo. Estaban tomadas las disposiciones para el torneo, con cuya función debían terminar las fiestas. Dividiéronse los justadores en dos cuadrillas, acaudillada la una por don Jorge de Alvarado, hermano del Gobernador, y la otra por don Pedro de Portocarrero. Nombráronse jueces del campo al licenciado don Francisco de la Cueva y al Tesorero real don Francisco de Castellanos. Señalose por Reina del torneo a la que por su clase y su belleza tenía derecho a aquella distinción, doña Leonor, la hija del Adelantado. Levantáronse en la espaciosa plaza tiendas de campaña, adornadas con gallardetes, para los mantenedores del campo, y conforme al uso común en esos casos, despositáronse las armas de los combatientes la noche víspera [22] de la función en la Catedral. Permítanos ahora el lector que lo conduzcamos al gabinete del Veedor Ronquillo, donde se tenía una conversación que conviene escuchar, para haber de seguir el hilo de esta historia. A eso de las nueve de la noche, dos hombres conversaban con animación, aunque en voz baja; el mismo Veedor y el Tesorero Castellanos, hombre de torcidas intenciones, enemigo acérrimo del Adelantado y de Portocarrero su favorito. -Estáis ya inscrito, como lo deseabais, dijo Castellanos, entre los caballeros que han de justar mañana en la cuadrilla de don Francisco de la Cueva. Ahora, deseo saber, don Gonzalo, en qué puedo serviros, y con qué objeto me habéis citado a esta plática reservada. -Don Francisco, respondió Ronquillo, no ignoráis el odio que tengo a ese Portocarrero, hombre que ha suscitado el espíritu de las tinieblas para tormento mío. La aparente generosidad con que me salvó la vida en lo de Quezaltenango, no ha hecho más que acrecentar mi encono contra ese miserable. He meditado una venganza tan satisfactoria para mí, como humillante para mi enemigo; pretendo justar con él mañana en el torneo, y requiero vuestra ayuda. -Justo es vuestro enojo, don Gonzalo, replicó el Tesorero, y estoy pronto a ayudaros en lo que deseareis; pero advertid que Portocarrero es hombre a quien no es fácil vencer en la lucha. Medid vuestros pasos, no sea que proporcionéis una nueva ventaja a nuestro común enemigo. El lance de la otra tarde... -¡Vive Dios! Don Francisco, interrumpió irritado el Veedor, que no me recordéis lo del condenado Estafermo, porque soy capaz de perder el juicio. Aquello fue originado únicamente por la torpeza de mi caballo, os juro que el proyecto que he meditado, acabará, si me ayudáis, con la soberbia de ese hombre. -Decid, pues, y contad conmigo. -¿No están esta misma noche las armas de los combatientes depositadas en la Catedral? dijo el Veedor, bajando la voz. -Sí, ¿y qué os importa eso? -Más de lo que imagináis. ¿No me habéis dicho otra vez que el sacristán Reynosa, os debe grandes obligaciones? -Ciertamente, como que por mi influencia fue nombrado [23] para el cargo, con el salario de sesenta pesos de oro de minas. ¿Y qué? -Siendo así, Reynosa, no podrá negaros el favor de permitirnos que visitemos esta noche las armas, dijo Ronquillo. -Probablemente no, contestó Castellanos. -Pues entonces, vamos allá, sin pérdida de tiempo, y luego sabréis todo mi plan. Tomaron ambos hidalgos capas y sombreros, y encaminándose por calles excusadas a la parte de atrás de la catedral, donde estaba situada la habitación del sacristán Reynosa, llamaron a la puerta. Salió éste e hizo entrar a los dos caballeros, que le manifestaron el deseo de ver las armas, por pura curiosidad. Pareció sencilla la solicitud al sacristán y
Yo soy, la abeja,
vos sois la flor,
rosa temprana
que se abre al sol.
La profunda pasión de Portocarrero era un secreto para todos; así es que la generalidad no comprendió el verdadero significado de la empresa. Solamente la penetrante intuición del odio alcanzó, entre sombras, el sentido oculto de aquella pintura. Así fue que momentos después de haberse presentado en la liza Portocarrero, acercose Gonzalo Ronquillo a don Francisco de la Cueva, y le dijo al oído: -Alto pica la abeja de Portocarrero. -No, contestó don Francisco, procura libar una humilde rosa del campo, don Gonzalo. -Rosa que brotó, replicó el maligno Veedor, en los jardines del Rey de Tlaxcala, bajo los poderosos rayos de Tonatiuh. Aquellas palabras fueron una revelación para don Francisco, que mudó de color al escucharlas. La alegoría del sol, sobrenombre dado a su hermano político, y la de la rosa mejicana, le parecieron tan claras y atrevidas como antes las había creído sencillas e inocentes. Mantuvose un breve rato pensativo, y después, dominando su emoción cuanto le fue posible, se ocupó en los arreglos que tenía que hacer, siendo, como hemos dicho, de los jueces del campo. Dispuesto ya todo, los heraldos publicaron el reto en nombre de los mantenedores; presentáronse muchos caballeros, y habiendo hecho señal los clarines, comenzó el combate. Al principio, la cuadrilla que acaudillaba Jorge de Alvarado llevaba la mejor parte de la pelea. El valeroso hermano del Adelantado rompió seis lanzas y había desmontado ya cuatro paladines de los de Portocarrero. Muchos de los caballeros se lucieron en aquella justa, por su destreza y fuerza de su brazo. Pedro González Nájera, el valiente Capitán que años antes atravesó por enmedio de un numeroso ejército enemigo para llevar un mensaje a don Pedro, hizo aquel día prodigios con la lanza, combatiendo al lado de don Jorge. Juan de Alvarado, hermano de don Pedro, Gonzalo de Ovalle, Gaspar Arias Dávila, Antonio de Salazar, Hernando de Chaves, de quien descendía el cronista Fuentes, Sancho de Baraona, [26] Bartolomé Becerra, Gaspar de Polanco, Pedro de Cueto y otros muchos caballeros lidiaron en el torneo, ya con el uno ya con el otro de los dos caudillos. Portocarrero, que no había tomado al principio una parte muy activa en el combate, viendo a los suyos casi vencidos ya y descorazonados, adelantose enmedio de la plaza, y después de haber cambiado una mirada con doña Leonor, que no pasó desapercibida del celoso hermano de doña Beatriz, empeñose en reñido combate con los paladines del bando contrario. A poco rato, había roto seis lanzas y desmontado otros tantos campeones; con lo que ayudado de los suyos que cobraron nuevo brío, quedó al fin dueño del campo. Iba a proclamársele vencedor por los jueces, cuando se presentó un heraldo retando a singular combate a don Pedro de Portocarrero, en nombre de un caballero de la cuadrilla de don Jorge, que reservaba el dar su nombre para después de la pelea. Aceptó en el acto el buen caballero, y la atención general quedó suspensa, esperando a ver quien fuese el temerario que
desafiaba a tan temible campeón. Creció el pasmo de la concurrencia cuando se presentó en la arena un paladín de pequeña estatura con la visera calada, y encorvado bajo la armadura. -No sufrirá el primer bote de lanza de Portocarrero, decía uno. -Vamos a verlo volar como una pluma por el aire, decía otro. -A no ser que tenga pacto con el diablo, agregaba un tercero, ese hombrecillo va a caer maltrecho enmedio de la arena. Mientras tanto el desconocido paladín tomaba sus disposiciones, y recibía de manos de sus escuderos la lanza y el escudo sin empresa alguna. Los jueces midieron el campo, y dada la señal, partieron al mismo tiempo ambos jinetes, encontrándose a la mitad de la carrera. Don Pedro dirigió la punta de su lanza al peto de su rival, que vaciló sobre la silla y estuvo a punto de caer bajo tan formidable golpe. El desconocido enderezó el hierro al yelmo de don Pedro, y con el choque, hizo se desprendiese la visera, que cayó, dejando descubierto el rostro del caballero. Entonces, con un movimiento rápido como el relámpago, el desconocido arrojó su lanza con fuerza y la acerada punta hirió en la frente al noble Portocarrero, cuya sangre corrió a borbotones. [27] Un grito de dolor resonó en el balcón de las Casas consistoriales y doña Leonor cayó desmayada en brazos de su amiga doña Juana de Artiaga. Portocarrero, indignado, soltó la brida a su caballo, y tomando con ambas manos su pesado lanzón, lo levantó en el aire, y cobrando nuevas fuerzas del coraje, lo descargó sobre el casco del infame, que recibió tan tremendo golpe en la cabeza, que cayó en tierra sin sentido. -¿Qué hacéis, don Pedro? gritó don Francisco de la Cueva; no es ese el modo de combatir con un caballero. -Es el modo de castigar a un villano, contestó Portocarrero, y se retiró a su tienda ensangrentado. Los escuderos y pajes del desconocido acudieron en su auxilio, y habiendo desatado las correas del yelmo, y descubierto la cabeza de éste, apareció, pálido y demudado, el rostro del Veedor Gonzalo Ronquillo. -¡El Estafermo! gritó el pueblo, y acompañó aquella exclamación con una ruidosa salva de carcajadas. Concluyó el torneo, y los jueces del campo se retiraron a su tienda para deliberar. [28]
Capítulo IV En la mañana del siguiente día, mientras el Adelantado se hallaba en su gabinete con su Secretario, Diego de Robledo tratando varios negocios graves, la servidumbre del , reunida en la antecámara, conversaba familiarmente, recayendo la plática, como era natural, sobre las escenas de la víspera. Estaban allí el mayordomo y el camarero mayor, llamados Francisco y García de Alvarado; el caballerizo García Ortiz; el despensero Pedro González; los pajes Alarcón, Biezma, Figueroa, Osorio, Casano y Pérez, paje de cámara, cuyos nombres se han conservado en el testamento de don Pedro. -Brillante fue la función, decía el mayordomo; y a no haber sido el desgraciado lance con que terminó, por una casualidad, la corona de vencedor se habría adjudicado al valiente Portocarrero. -¿Casualidad decís? contestó el criado anciano a quien hemos conocido ya en el capítulo 1.º de esta historia; decid más bien el maleficio que se hizo al yelmo de Portocarrero.
un escribano de Cabildo, gracia que le alcanzó don Pedro con el Secretario Samano en este último viaje a la corte. -¡Oh! Robledo, dijo el mayordomo; ese es de la tetilla del amo; es el archivo de sus secretos; y como sabe tantas cosas, conviene que tenga una buena tajada en la boca para que no hable. Iba a replicar el leal Rodríguez, cuando abriéndose de par en par las puertas del gabinete, salió un hombre alto, seco, de mirada torva, vestido de negro, y que llevaba un rollo de pergaminos debajo del brazo. Era el señor Diego de Robledo, Secretario privado del Gobernador escribano de Cabildo. El corro de fámulos maldicientes tomó repentinamente una actitud respetuosa y humilde, mientras el Secretario avanzaba con el aire entre burlón y desdeñoso de un insolente favorito. -Hola Pérez, dijo, dirigiendo una sonrisa al paje de cámara. Parece que no te ha ido mal en el negocio de Reguera. Dícenme que te ha valido cincuenta pesos de oro. Aquí va ya despachada la concesión del repartimiento de indios. Cincuenta naborias ¡Cáspita! Pues no es mal bocado. Si quieres ser portador de tan buena nueva, acude a mi casa por los títulos, y nos entenderemos, dijo recalcando con intención en las últimas palabras. [31] -Y tú, Francisco, añadió volviéndose al mayordomo; puedes contar ya conque tu ahijado Becerra obtendrá su solicitud en lo del solar; ¿cuánto te ha dado? -Una bicoca, dijo el descarado mayordomo, diez vacas y seis caballos, y una mala cadena de oro. -Y sesenta pesos, concluyó Robledo. Ya ves que no es malo. Y como estos negocillos ocurren a menudo, podrás dotar bien a tu sobrina, la bella Melchora Suárez, camarera de la señora doña Leonor. A propósito, escúchame, Francisco; y llevando aparte al mayordomo, le habló el Secretario de modo que no pudo ser escuchado por lo demás de la servidumbre.- Necesito, dijo, hablar esta noche a tu sobrina. Iré a tu habitación a eso de las siete. -Como mandareis, don Diego, contestó el mayordomo; pero dígoos que toda porfía es excusada. Melchora ha instado en vano y nada, absolutamente nada ha podido obtener. Ha recibido la prohibición más absoluta de hablar del caso. -Dime, Alvarado, contestó el Secretario con trisca, ¿has leído la Mitología? -Un poco, ¿y qué queréis decir? -Quiero decir que recordarás que Júpiter, para introducirse en una torre en que estaba guardada la hermosa Dánae, recurrió al ingenioso arbitrio de convertirse en lluvia de oro. -¿Y bien? -¿Y bien? que si hay en el mundo verdaderas Dánaes, como aquella fingida de los paganos, hay también lluvias de oro que allanen las resistencias. -Dicho esto, el Secretario volvió la espalda al mayordomo y se salió de la antecámara, sin mirar siquiera a la servidumbre, que le abrió paso respetuosamente. -¡Redomado bribón!, dijo uno cuando Robledo hubo desaparecido. -¡Sanguijuela insaciable!, exclamó otro. -¿Sabéis, preguntó el caballerizo, que está vendido al Licenciado de la Cueva, y ha abrazado su partido con alma, vida y corazón? -¿Y qué pretende don Francisco de ese hombre? -¡Toma! ¿No veis que su influencia con el Adelantado y con el Ayuntamiento es grande, y habrá pronto que nombrar Teniente de Gobernador, cuando parta don Pedro a la expedición en busca de las condenadas islas de la Especería? [32]
-Además, dijo el paje de cámara, dándose aires de poseedor de secretos que los otros ignoraban; hay otro negocio en que Robledo ayuda a don Francisco, aunque hasta ahora parece que el astuto Secretario ha majado en hierro frío. -Al decir estas palabras, entró en la antecámara don Francisco de la Cueva, y sin hacerse anunciar, pasó al gabinete del Adelantado, por entre el grupo de familiares, que se inclinaron hasta el suelo. -Buenos días, don Pedro, dijo don Francisco. -Guárdeos Dios, don Francisco, contestó don Pedro, tendiendo la mano a su cuñado. Dícenme que vuestra consulta sobre lo del torneo ha sido larga; tan larga, como si hubieseis estado tomando residencia a un buen Gobernador, pues lo que es a los malos, ya se sabe que se les despacha pronto y bien. -Por más que os chanceéis, don Pedro, el negocio ha sido grave y merecía un serio examen. -¡Bah! Una nueva fechoría de Ronquillo no es cosa que deba asombrar a nadie. -La fechoría, don Pedro, dijo en tono grave el Licenciado, es más bien de vuestro amigo, que faltando a las leyes y costumbres de las justas, ha convertido su lanza en un garrote y ha usado de él contra un caballero igual suyo en linaje, tratándolo como a un villano. -¿Y qué os parece, señor protector de truhanes, contestó el Gobernador, del desmán cometido por ese a quien vos llamáis caballero, hiriendo a un paladín a quien se había caído la visera? -¡Oh! replicó don Francisco, muy mal hecho, si hubiese sido intencionadamente; pero eso no puede atribuirse sino a una casualidad. -Llamadlo como queráis, hermano mío. Entre Portocarrero y ese hombre, nadie podrá dudar. Así espero que habréis condenado a Ronquillo, por haber infringido las leyes de la caballería. -No, don Pedro, os engañáis; el Tesorero y yo hemos decidido, de entero acuerdo, que Portocarrero debe dar una satisfacción pública a Ronquillo. El Adelantado se puso pálido al oír aquellas palabras; el asombro y el coraje se pintaron en su semblante. Sus ojos centellantes se fijaron en don Francisco, y con voz entrecortada por la cólera dijo: -¡Por el alma de mi padre que eso no puede ser y [33] no será! Vive Dios que os engañáis en la mitad de la cuenta, Señor Licenciado, si creéis que yo habré de consentir en la humillación del primero de nuestros capitanes. No puede ser, os digo, y no será. Llevaré el asunto y si necesario fuere, ante el Consejo, apelaré al Rey mismo como soberano y como caballero, y no habrá uno solo que se atreva a hacer que se ejecute esa inicua sentencia. -Lo habrá, don Pedro, dijo a la sazón, abriendo la puerta del gabinete y entrando, con paso grave y semblante tranquilo, el mismo Portocarrero, que había podido escuchar las últimas palabras del Adelantado. Lo habrá, y soy yo, que agradeciéndoos en mi alma vuestra hidalga resolución, sé a lo que me obligan las leyes de la caballería y estoy pronto a cumplirlas. Don Francisco, dijo, tendiendo la mano al Licenciado, que la tomó, no sin ruborizarse; creo que habéis juzgado conforme a vuestra conciencia, y conozco mi deber. Una lágrima rodó lentamente por la mejilla de Alvarado, quien después de una corta pausa, abrió los brazos a su amigo, y lo estrechó con efusión contra su pecho. -Habéis vencido, noble Portocarrero, dijo don Pedro; os he admirado grande frente al enemigo, y os admiro más grande aún, cuando vuestro corazón derrama esos tesoros de olvido y de perdón.
disgusto, cuando éste, en respuesta a aquella brusca interpelación, le declaró, en tono comedido, pero resuelto, su profunda pasión a doña Leonor! Tenía que decidir entre su palabra empeñada solemnemente, y poderosas consideraciones de familia por una parte, y el afecto casi de hermano que profesaba a Portocarrero, por otra. Para un hombre del carácter de Alvarado, que anteponía a todo las ideas de engrandecimiento personal, y que había sacrificado su inclinación a Cecilia Vázquez, la prima de Hernán Cortés, para casarse con la sobrina del duque de Alburquerque, para dar gusto al Secretario del Rey, no era de esperar quisiese desagradar a su esposa y a su cuñado, por afecto a un amigo. Así recibió la declaración de Portocarrero con visible disgusto y le dijo: -Debéis, considerar, don Pedro, cuanta pena me causa lo que por desgracia viene a revelárseme demasiado tarde. Bien sabéis que mi palabra está empeñada, y no ignoráis las consideraciones que debo guardar al hermano de mi esposa. Doña Leonor obedecerá a mi voluntad, y a vos, amigo mío, el tiempo y las grandes empresas a que os llaman aun el servicio de Dios y del Rey, os harán olvidar ese afecto, al cual, en la situación en que se hallan las cosas, no debéis ya dar pábulo. -Don Pedro, contestó Portocarrero; yo nada os pido, me habéis hecho una pregunta y os he respondido como lo acostumbro, con sinceridad. Si vuestra hija ha de ser esposa de don Francisco de la Cueva, no será en un imposible olvido en donde busque mi alma un lenitivo a su dolor. Vos, haced lo que creáis justo; exigidlo todo de mí; tenéis derecho a ello; todo os lo sacrificaré, menos [36] un amor que nada pretende, a nada aspira y que perdurable en el fondo de mi corazón, jamás saldrá de él para servir de obstáculo al cumplimiento de vuestras promesas y a vuestras consideraciones de familia. Dicho esto, Portocarrero estrechó la mano al Adelantado, y visiblemente conmovido, se salió del gabinete, dejando al Gobernador en la mayor confusión. Después de haber paseado un momento por el gabinete, entregado a sus cavilaciones, don Pedro sacudió con fuerza una campanilla de plata con incrustaciones de oro, que estaba sobre la mesa; presentose el paje de servicio y el Adelantado le provino llamase a Robledo, que trabajaba en otro gabinete. Acudió inmediatamente el Secretario, no con el aire altanero con que lo hemos visto aparecer ante la servidumbre del Gobernador, sino aparentemente humilde y esforzándose por dar a su semblante, habitualmente desagradable y torvo, cierta expresión de franqueza expansiva y de respetuosa jovialidad. Don Pedro, que parecía agitado por violentas emociones, se sentó junto a la mesa, y apoyando en ella los codos, hizo descansar la cabeza sobre sus dos manos. [37]
Capítulo V Mientras el Gobernador repasaba en su imaginación los sucesos de aquellos días y maduraba los vastos proyectos que su espíritu audaz había concebido, y cuya realización aumentaría aún los inmensos dominios del monarca español y la gloria del que llevase a término tan alta empresa, otra escena de muy diferente carácter, aunque no extraña a los acontecimientos que hemos referido en los últimos capítulos, pasaba en otra pieza del Palacio del Adelantado. Doña Leonor, más triste y abatida aun que de ordinario, estaba sentada en un sillón, tapizado de tafetán carmesí, como los demás muebles de la habitación, tan ricamente adornada casi, como podía haberlo estado la de cualquiera noble señora europea. Varios objetos de oro y plata y mosaicos de plumas traídos de México, como también diferentes adornos venidos de Castilla, decoraban el dormitorio de la joven, a quien su padre amaba con idolatría. Alvarado, como la generalidad de los conquistadores
españoles, se mostraba, es verdad, ávido de riquezas; pero, como casi todos ellos también, era generoso y espléndido hasta la prodigalidad. Cierto que sus inmediatos servidores no recibían sus salarios, como se lo hemos oído a ellos mismos y lo atestigua el testamento que otorgó, dos años después y muerto ya don Pedro, su fiel amigo y escrupuloso fideicomisario el señor obispo Marroquín, de veneranda memoria; pero aquel descuido en hombres de la clase de Alvarado, era harto común en aquellos tiempos y aun lo ha sido en épocas más recientes, sin que deba considerarse como prueba de ánimo mezquino y de un corazón apocado. Así, don Pedro que no pagaba su servidumbre, derramaba [38] el oro entre sus deudos y entre sus mismos criados; proporcionando a aquellos todas las superfluidades de lujo y a estos cuanto puede tender a que muestre la magnificencia del servidor, la grandeza del amo. Nada faltaba, pues, a la hija de la princesa Jicontecal, de cuanto podía haber satisfecho los caprichos de una joven de diez y ocho años; nada, sino lo que no se compra con el oro, ni puede proporcionar el más afectuoso de los padres: la tranquilidad del corazón. Las seis indias que servían inmediatamente a doña Leonor, esclavas a pesar de las prohibiciones reales, y sus otras criadas españolas, aguardaban en una pieza inmediata las órdenes de señora, que vestida con un ligero traje de muselina blanca, concluía su minucioso tocado, auxiliada del celo inteligente de su camarera Melchora Suárez, la sobrina del mayordomo Francisco de Alvarado. -Te lo he dicho ya, y es inútil repetirlo, decía doña Leonor; por más halagüeña que sea para mí la elección de un caballero como don Francisco, mi resolución es irrevocable. -Pero Señora, contestó respetuosamente la camarera, no podéis persistir en semejante idea. Encerraros en un claustro, a los diez y ocho años, y renunciar al lisonjero porvenir que os aguarda, no puede hacerse sino por motivos muy graves. Reflexionad bien antes de decidiros; pensad, sobre todo, en la pena que eso causaría a vuestro ilustre padre... -Melchora, interrumpió doña Leonor, sabes que amo y respeto a mi padre más que a nadie en este mundo, y no querría, por nada de esta vida, ocasionarle la más ligera desazón. Pero no puedo, no debo dar la mano a un hombre a quien no amo. Mi único anhelo es ser esposa de Jesucristo; y desde el retiro a que me habré consagrado con la plenitud de mi voluntad, rogaré a Dios por el Adelantado y le pediré día y noche favorezca sus empresas y que le haga olvidar a su desventurada hija. -Señora, replicó la camareta, estáis aún muy joven, permitidme os lo diga, para tomar semejante partido; y debierais oír los consejos de vuestra familia, de vuestro padre que tanto os ama y de doña Beatriz, en quien habéis encontrado una segunda madre. La hija del Adelantado guardó un profundo silencio, visto lo cual, prosiguió así la camarera: -Entre los señores que podrían aspirar a vuestra [39] mano, nadie más digno que el hermano político de vuestro padre. Emparentado con una de las más ilustres familias de Castilla, animoso en la guerra y sabio en el consejo, don Francisco de la Cueva está llamado a los más altos empleos en servicio del Rey. Desde luego, se le designa ya como la persona a quién el Adelantado mi señor encomendará el gobierno del reino, cuando se verifique la expedición proyectada. Don Francisco ha desempeñado ya estas funciones a satisfacción de todos. -Sí, dijo doña Leonor; en unión de otro caballero que tiene tantos derechos como él a esa distinción; de don Pedro de Portocarrero. -Verdad es, contestó Melchora; pero ser cierto el rumor que hoy circula en Palacio, el señor de Portocarrero tiene que pasar ahora por una dura prueba, que acaso lo inhabilitará, humillando algún tanto su justa arrogancia. El orgullo y el amor herido acabaron de traicionar el mal guardado secreto de la joven. Con la altivez de una reina, se levantó de su asiento y con voz balbuciente dijo: