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Asignatura: Historia del Islam medieval, Profesor: , Carrera: Historia, Universidad: UMA
Tipo: Apuntes
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A Andreé
Prólogo
Prólogo
Bagdad, agosto de 1099
Sin turbante, con la cabeza afeitada en señal de luto, el venerable cadí Abu‐Saad al‐ Harawi entra gritando en el espacioso diván del califa al‐Mustazhir‐billah. Lo acompaña una muchedumbre de acólitos, jóvenes y viejos. Éstos aprueban ruidosamente cada una de sus palabras y ofrecen, igual que él, el provocador espectáculo de una abundante barba bajo un cráneo rasurado. Algunos dignatarios de la corte intentan calmarlo, pero, apartándolos con gesto desdeñoso, avanza resueltamente hacia el centro de la sala y, a continuación, con la vehemente elocuencia de un predicador desde lo alto del púlpito, sermonea a todos los presentes, sin hacer distinción de rango: —¿Osáis dormitar a la sombra de una placentera seguridad, en medio de una vida frívola como la flor del jardín, mientras que vuestros hermanos de Siria no tienen más morada que las sillas de los camellos o las entrañas de los buitres? ¡Cuánta sangre vertida! ¡Cuántas hermosas doncellas por vergüenza, han tenido que ocultar su dulce rostro entre las manos! ¿Acaso los valerosos árabes se resignan a la ofensa y los ardidos persas aceptan el deshonor? «Era un discurso que hacía llorar los ojos y conmovía los corazones», dirán los cronistas árabes. Toda la concurrencia se estremece entre gemidos y lamentaciones. Pero al‐Harawi no desea sus sollozos. —La peor arma del hombre —grita— es verter lágrimas cuando las espadas están atizando el fuego de la guerra. Si ha hecho el viaje desde Damasco hasta Bagdad, tres largas semanas de verano bajo el implacable sol del desierto sirio, no ha sido para mendigar lástima sino para avisar a las más altas autoridades del Islam de la calamidad que acaba de abatirse sobre los creyentes y para decirles que intervengan sin dilación para detener la matanza. «Nunca se han visto los musulmanes humillados de esta manera —repite al‐ Harawi—, nunca, antes de ahora, han visto sus territorios tan salvajemente asolados.» Los hombres que lo acompañan han huido de las ciudades saqueadas por el invasor; algunos de ellos cuentan entre los escasos supervivientes de Jerusalén. Los ha traído consigo para que puedan contar, con su propia voz, el drama que han vivido un mes antes. En efecto, el viernes 22 de shabán del año 492 de la hégira, el 15 de julio de 1099, los frany se han apoderado de la ciudad santa tras un asedio de cuarenta días. Los exiliados aún tiemblan cada vez que lo refieren, y la mirada se les queda fija, como si todavía tuvieran ante la vista a esos guerreros rubios cubiertos de armaduras que se dispersan por las calles, con las espadas desenvainadas, degollando a hombres, mujeres y niños, pillando las casas y saqueando las mezquitas.
Prólogo Cuando, dos días después, cesó la matanza, ya no quedaba ni un solo musulmán dentro de las murallas. Algunos aprovecharon la confusión para escabullirse a través de las puertas, que los asaltantes habían echado abajo. Los demás yacían a miles en medio de charcos de sangre en el umbral de sus casas o en las proximidades de las mezquitas. Había entre ellos gran número de imanes, de ulemas y de ascetas sufíes que habían abandonado sus países para ir a vivir un piadoso retiro en esos lugares santos. A los últimos supervivientes los obligaron a llevar a cabo la peor de las tareas: llevar a cuestas los cadáveres de los suyos, amontonarlos sin sepultar en terrenos baldíos y quemarlos a continuación antes de que los mataran a ellos también o los vendieran como esclavos. La suerte que corrieron los judíos de Jerusalén fue igualmente atroz. En las primeras horas de la batalla, muchos de ellos participaron en la defensa de su barrio, la judería, situado al norte de la ciudad. Pero cuando se desplomó el lienzo de muralla que dominaba sus casas y los caballeros rubios empezaron a invadir las calles, los judíos enloquecieron. La comunidad entera, repitiendo un gesto ancestral, se reunió en la principal sinagoga para orar. Los frany bloquearon las salidas y, a continuación, apilando haces de leña todo alrededor, le prendieron fuego. A los que intentaban salir los mataban en las callejas próximas. Los demás se quemaban vivos. Unos días después del drama, llegaron a Damasco los primeros refugiados de Palestina, llevando con infinitas precauciones el Corán de Othman, uno de los ejemplares más antiguos del libro sagrado. A continuación, fueron acercándose a su vez a la metrópoli siria los supervivientes de Jerusalén. Al divisar a lo lejos la silueta de los tres minaretes de la mezquita omeya, que se recortan por encima de las murallas cuadradas, desplegaron las alfombras de oración y se prosternaron para dar gracias al Todopoderoso por haberles alargado así la vida, cuyo fin creían llegado. En su calidad de gran cadí de Damasco, Abu Saad al‐Harawi recibió bondadosamente a los refugiados. Este magistrado de origen afgano es la personalidad más respetada de la ciudad; prodigó consejos y reconfortó a los palestinos. Según él, un musulmán no tiene que avergonzarse por haber tenido que huir de su tierra. ¿No fue el primer refugiado del Islam el mismísimo profeta Mahoma, que tuvo que abandonar su ciudad natal,^ La Meca, cuya población le era hostil, para buscar refugio en Medina, donde la nueva religión tenía mejor acogida? ¿Y no fue acaso desde su ciudad de exilio desde donde lanzó la guerra santa, el yihad, para liberar a su patria de la idolatría? Los refugiados, por tanto, deben ser muy conscientes de que son los combatientes de la guerra santa, los muyahidin por excelencia, tan venerados en el Islam que la emigración del Profeta, la hégira, se eligió como punto de partida de la era musulmana. Para muchos creyentes, el exilio es incluso un deber imperativo en caso de ocupación. El gran viajero Ibn Yubayr, un árabe de España que visitará Palestina casi un siglo después del comienzo de la invasión franca, se escandalizará al ver que algunos musulmanes, «subyugados por el amor al suelo natal», se resignan a vivir en territorio ocupado. «No hay —dirá—, para un musulmán, excusa alguna ante Dios para vivir en una ciudad incrédula, salvo que sólo esté de paso. En tierras del Islam, está al abrigo de las tribulaciones y los males a los que se ve sometido en los países de
Primera parte La invasión (1096‐1100)
¡Mirad a los frany! Ved con qué encarnizamiento se baten por su religión, mientras que nosotros, los musulmanes, no mostramos ningún ardor por hacer la guerra santa. SALADINO
Capítulo 1
Llegan los frany
Aquel año empezaron a llegar, una tras otra, informaciones sobre la aparición de tropas de frany procedentes del mar de Mármara en una multitud innumerable. La gente se asustó. El rey Kiliy Arslan, cuyo territorio era el que más cerca estaba de esos frany, confirmó tales informaciones. «El rey Kiliy Arslan» de quien habla aquí Ibn al‐Qalanisi no ha cumplido aún los diecisiete años cuando llegan los invasores. Este joven sultán turco de ojos ligeramente rasgados es el primer dirigente musulmán en tener noticia de su llegada y será a un tiempo el primero que les inflija una derrota y el primero que se deje derrotar por sus temibles caballeros. Ya en julio de 1096, Kiliy Arslan se entera de que una inmensa multitud de frany está en camino hacia Constantinopla. De entrada, se teme lo peor; naturalmente no tiene idea alguna de los fines reales que persiguen esas gentes, pero, en su opinión, su llegada a Oriente no presagia nada bueno. El sultanato que gobierna se extiende sobre una gran parte de Asia Menor, un territorio recién arrebatado por los turcos a los griegos. De hecho, el padre de Kiliy Arslan, Suleimán, ha sido el primer turco que se ha apoderado de esa tierra que, muchos siglos después, iba a llamarse Turquía. En Nicea, la capital de ese joven Estado musulmán, las iglesias bizantinas siguen abundando más que las mezquitas. Si bien la guarnición de la ciudad la forman jinetes turcos, la mayoría de la población es griega y Kiliy Arslan no se hace prácticamente ninguna ilusión acerca de los auténticos sentimientos de sus súbditos: para ellos, nunca dejará de ser el jefe de una tropa bárbara. El único soberano al que reconocen, aquel cuyo nombre repiten en voz baja en todas sus oraciones, es el basileus Alejo Comneno, emperador de los romanos. En realidad, Alejo sería más bien emperador de los griegos, quienes se proclaman herederos del Imperio romano, rango éste, por otra parte, que le reconocen los árabes, que —tanto en el siglo XI como en el XX— designan a los griegos con el término de rum, «romanos». El dominio conquistado por el padre de Kiliy Arslan a expensas del Imperio griego es llamado, incluso, el sultanato de los rum. En aquellos tiempos, Alejo es una de las figuras más prestigiosas de Oriente. Este quincuagenario de menguada talla, ojos chispeantes de malicia, barba cuidada, modales elegantes, siempre cubierto de oro y ricos paños azules, tiene verdaderamente fascinado a Kiliy Arslan. Reina en Constantinopla, la fabulosa Bizancio, situada a menos de tres días de marcha de Nicea. Una proximidad que provoca en el joven monarca sentimientos contradictorios. Como todos los guerreros nómadas, sueña con conquistas y pillajes. No le desagrada sentir las legendarias riquezas de Bizancio al alcance de la mano. Pero, al mismo tiempo, se siente amenazado: sabe que Alejo no ha
Civitot, un campamento que había levantado con anterioridad para otros mercenarios, a menos de un día de marcha de Nicea. El palacio del sultán es un hervidero enloquecido. Mientras los jinetes turcos están dispuestos, en todo momento, a saltar sobre sus caballos de batalla, se asiste a un continuo ir y venir de espías y de exploradores que informan de los menores movimientos de los frany. Se comenta que, todas las mañanas, estos últimos abandonan el campamento en hordas de varios miles de individuos para ir a forrajear por los alrededores, que saquean algunas casas de labranza e incendian otras antes de regresar a Civitot, donde sus clanes se disputan los frutos de la razzia. No hay nada en ello que pueda resultar realmente escandaloso para los soldados del sultán. Ni tampoco nada que pueda inquietar a su señor. Durante un mes, sigue la misma rutina. Sin embargo, un día, hacia mediados de septiembre, los frany cambian bruscamente de costumbres. Al no tener ya, sin duda, nada de que apoderarse por los alrededores, han tomado, según se dice, la dirección de Nicea, han cruzado varias aldeas, todas ellas cristianas, y han echado mano de las cosechas que se acababan de entrojar en esta época de recolección, matando despiadadamente a los campesinos que intentaban resistirse. Incluso han quemado vivos, al parecer, a niños de corta edad. Estos acontecimientos cogen desprevenido a Kiliy Arslan. Cuando le llegan las primeras noticias, los asaltantes ya están ante los muros de su capital, y cuando el sol aún no ha llegado a la línea del horizonte, los ciudadanos ven elevarse el humo de los incendios. El sultán envía al instante una patrulla de soldados de caballería que se enfrentan con los frany, quienes destrozan a los turcos, muy inferiores en número. Sólo unos cuantos supervivientes regresan a Nicea cubiertos de sangre. Kiliy Arslan considera amenazado su prestigio y querría librar la batalla en el acto, pero los emires de su ejército lo disuaden. Pronto va a caer la noche y los frany ya retroceden a toda prisa hacia su campamento. La venganza habrá de esperar. No por mucho tiempo. Enardecidos, según parece, por su éxito, los occidentales reinciden dos semanas después. Esta vez, el hijo de Suleimán, avisado a tiempo, va siguiendo paso a paso su avance. Una tropa franca, compuesta por algunos caballeros, pero sobre todo por miles de saqueadores andrajosos, toma el camino de Nicea; luego, rodeando la población, se dirige hacia el este y se apodera por sorpresa de la fortaleza de Xerigordon. El joven sultán se decide. A la cabeza de sus hombres, cabalga a toda velocidad hacia la pequeña plaza fuerte donde, para celebrar la victoria, los frany se están emborrachando, incapaces de imaginar que su destino ya está sellado, ya que Xerigordon encierra una trampa que los soldados de Kiliy Arslan conocen muy bien, pero que estos extranjeros sin experiencia no han sabido descubrir: su aprovisionamiento de agua se halla en el exterior, bastante lejos de las murallas, y los turcos se han apresurado a cortar el acceso. Les basta con tomar posiciones en torno a la fortaleza y no moverse. La sed combate en lugar de ellos. Para los sitiados comienza un suplicio atroz: llegan a beber la sangre de sus cabalgaduras y su propia orina. Se los ve, en estos primeros días de octubre, mirando
desesperadamente el cielo, acechando unas cuantas gotas de lluvia, en vano. Al cabo de una semana, el jefe de la expedición, un caballero llamado Reinaldo, accede a capitular si se le perdona la vida. Kiliy Arslan, que ha exigido que los frany renuncien públicamente a su religión, se sorprende un tanto cuando Reinaldo se dice dispuesto no sólo a convertirse al Islam sino también a luchar junto a los turcos contra sus propios compañeros. A varios de sus amigos, que se han prestado a las mismas exigencias, los envían en cautividad hacia las ciudades de Siria o al Asia Central. A los demás los pasan a cuchillo. El joven sultán está orgulloso de su hazaña, pero conserva la cabeza fría. Tras haber concedido a sus hombres una pausa para el tradicional reparto del botín, los vuelve a llamar al orden al día siguiente. Es cierto que los frany han perdido cerca de seis milhombres, pero los que quedan son seis veces más, y es una ocasión inmejorable para librarse de ellos. Para lograr sus fines, decide utilizar la astucia: envía a dos espías, unos griegos, al campamento de Civitot, para anunciar que los hombres de Reinaldo están en excelentes condiciones, que han conseguido apoderarse de la propia Nicea, cuyas riquezas están firmemente decididos a no dejarse disputar por sus correligionarios. Mientras tanto, el ejército turco preparará una gigantesca emboscada. De hecho, los rumores, cuidadosamente propalados, suscitan en el campamento de Civitot el revuelo previsto. Todos se arremolinan, insultan a Reinaldo y a sus hombres; ya han decidido ponerse en camino sin dilación para participar en el saqueo de Nicea. No obstante, de repente, sin que se sepa muy bien cómo, llega un superviviente de la expedición de Xerigordon y desvela la verdad sobre la suerte de sus compañeros. Los espías de Kiliy Arslan piensan que han fracasado en su misión, puesto que los frany más prudentes recomiendan calma. Pero, una vez pasado el primer momento de consternación, vuelve la agitación. La muchedumbre bulle y vocifera: quiere salir en el acto, no ya para participar en el pillaje sino para «vengar a los mártires». A quienes vacilan los tildan de cobardes. Por fin, los más fanáticos se salen con la suya y se fija la salida para el día siguiente. Han ganado la partida los espías del sultán, cuya treta ha quedado descubierta pero que han logrado sus fines. Mandan decir a su señor que se prepare para el combate. El 21 de octubre de 1096, al alba, los occidentales salen de su campamento. Kiliy Arslan no está lejos, ha pasado la noche en las colinas próximas a Civitot y sus hombres se mantienen bien ocultos. Desde donde está, puede ver personalmente a lo lejos la columna de los frany que va levantando una nube de polvo. Varios cientos de caballeros, la mayoría sin armadura, avanzan en cabeza, seguidos de una multitud de soldados de infantería en desorden. Llevan caminando menos de una hora cuando el sultán oye acercarse su clamor. El sol, despuntando a su espalda, les da de lleno en el rostro. Conteniendo la respiración, hace señas a sus emires de que estén preparados. Llega el instante fatídico, un gesto apenas perceptible, unas cuantas órdenes cuchicheadas aquí y allá, y ya están los arqueros tensando lentamente los arcos. Bruscamente, surgen en un único y prolongado silbido mil flechas. La mayoría de los caballeros se desploman en los primeros minutos. Luego quedan, a su vez, diezmados los soldados de infantería.
se apoderaron en unos cuantos años de toda la región que se extiende desde el Afganistán hasta el Mediterráneo. A partir de 1055, el califa de Bagdad, sucesor del Profeta y heredero del prestigioso imperio abasida, no es más que una dócil marioneta entre sus manos. Desde Ispahán hasta Damasco, desde Nicea hasta Jerusalén, sus emires dictan la ley. Por primera vez desde hace tres siglos, todo el Oriente musulmán se halla reunido bajo la autoridad de una dinastía única que proclama su voluntad de devolverle al Islam su pasada gloria. Los rum, aplastados por los selyúcidas en 1071, jamás volvieron a levantar cabeza. Asia Menor, la mayor de sus provincias, está invadida; su propia capital ya no goza de seguridad; sus emperadores, y entre ellos el propio Alejo, no dejan de mandar delegaciones al papa de Roma, jefe supremo de Occidente, suplicándole que haga un llamamiento a la guerra santa contra este resurgir del Islam. Kiliy Arslan está muy orgulloso de pertenecer a una familia tan prestigiosa, pero tampoco se hace ilusiones sobre la aparente unidad del imperio turco. Entre primos selyúcidas no existe solidaridad alguna: hay que matar para sobrevivir. Su padre conquistó Asia Menor, la extensa Anatolia, sin ayuda de sus hermanos, y lo mató uno de sus primos por pretender extenderse hacia el sur, hacia Siria. Y mientras retenían por la fuerza en Ispahán a Kiliy Arslan, despedazaban el dominio paterno. Cuando, a finales de 1092, quedó en libertad el adolescente gracias a una desavenencia entre sus carceleros, apenas tenía autoridad fuera de las murallas de Nicea. Sólo contaba trece años. Más adelante, fue gracias a los consejos de los emires del ejército como pudo, mediante la guerra, el crimen o la astucia, recuperar una parte de la herencia paterna. Hoy puede vanagloriarse de haber pasado más tiempo en la silla de su caballo que en su palacio. Sin embargo, cuando llegan los frany, aún no hay nada decidido. En Asia Menor, sus rivales siguen siendo poderosos, aun cuando, afortunadamente para él, sus primos selyúcidas de Siria y de Persia están inmersos en sus propias disputas. Especialmente en el este, en las desoladas elevaciones de la meseta de Anatolia, reina en estos tiempos de incertidumbre un extraño personaje al que llaman Danishmend, «el Sabio», un aventurero de origen oscuro que, al contrario de los demás emires turcos, en su mayoría analfabetos, conoce las ciencias más diversas. Pronto va a convertirse en el héroe de una célebre epopeya, titulada precisamente La gesta del rey Danishmend , que describe la conquista de Malatya, una ciudad armenia situada al sureste de Ankara, y cuya caída consideran los autores del relato como el giro decisivo de la islamización de la futura Turquía. En los primeros meses de 1097, cuando le anuncian a Kiliy Arslan la llegada a Constantinopla de una nueva expedición franca, ya ha comenzado la batalla de Malatya. Danishmend pone sitio a la ciudad, y el joven sultán rechaza la idea de que este rival, que aprovechó la muerte de su padre para ocupar todo el nordeste de Anatolia, pueda conseguir una victoria tan prestigiosa. Decidido a impedírselo, se dirige, a la cabeza de su ejército, hacia las inmediaciones de Malatya e instala su campamento en las proximidades del de Danishmend para intimidarlo. Aumenta la tensión y se multiplican las escaramuzas, cada vez más sangrientas.
En abril de 1097, el enfrentamiento parece inevitable. Kiliy Arslan se prepara para éste. La mayor parte de su ejército se halla concentrado frente a los muros de Malatya cuando llega ante su tienda un jinete extenuado. Transmite, sin aliento, su mensaje: han llegado los frany; han vuelto a cruzar el Bosforo, en mayor número que el año anterior. Kiliy Arslan no se inmuta. Nada justifica tanta inquietud. Ya ha tratado con los frany, sabe a qué atenerse. Por fin, y sólo para tranquilizar a los habitantes de Nicea, y en particular a su esposa, la joven sultana, que pronto ha de dar a luz, pide a unos cuantos destacamentos de caballería que vayan a reforzar la guarnición de la capital. Él regresará en cuanto haya acabado con Danishmend. Kiliy Arslan está de nuevo metido en cuerpo y alma en la batalla de Malatya cuando, en los primeros días de mayo, llega un nuevo mensajero temblando de cansancio y de miedo. Sus palabras siembran el pánico en el campamento del sultán. Los frany están a las puertas de Nicea, a la que están empezando a sitiar. No son ya, como en el verano, partidas de saqueadores andrajosos, sino auténticos ejércitos de miles de caballeros fuertemente pertrechados; y, esta vez, los acompañan los soldados del basileus. Kiliy Arslan intenta calmar a sus hombres, pero también a él lo tortura la angustia. ¿Debe abandonar Malatya a su rival para volver a Nicea? ¿Está seguro de poder salvar aún su capital? ¿No va a perder acaso en los dos frentes? Tras haber consultado largamente a sus más fieles emires, se les ocurre una solución, una especie de pacto: ir a ver a Danishmend, que es hombre de honor, ponerlo al corriente de la tentativa de conquista emprendida por los rum y sus mercenarios, así como de la amenaza que pesa sobre todos los musulmanes de Asia Menor, y proponerle que cese en las hostilidades. Antes incluso de que Danishmend conteste, el sultán ha enviado a una parte de su ejército hacia la capital. De hecho, al cabo de unos días se pacta una tregua, y Kiliy Arslan toma sin tardar el camino del oeste, pero, cuando llega a las elevaciones próximas a Nicea, el espectáculo que contempla le hiela la sangre en las venas. La soberbia ciudad que le legó su padre está cercada por todas partes; hay una multitud de soldados atareada colocando torres móviles, catapultas y almajaneques que han de servir para el asalto final. Los emires son categóricos: ya no hay nada que hacer. Hay que replegarse hacia el interior del país antes de que sea demasiado tarde. Sin embargo, el joven sultán no consigue resignarse a abandonar así su capital. Insiste para intentar abrir una última brecha por el sur, flanco por el que los sitiadores parecen peor parapetados. La batalla comienza el 21 de mayo al alba. Kiliy Arslan se arroja con furia a la refriega, y el combate prosigue con violencia extrema hasta la caída del día. Las pérdidas son igualmente cuantiosas en ambos bandos, pero cada cual mantiene sus posiciones. El sultán no insiste, ha comprendido que ya nada le permitirá aflojar el cerco. Empeñarse en lanzar a todas sus fuerzas a una batalla que ha empezado tan mal podría prolongar el sitio unas semanas más, e incluso unos meses más, pero correría el riesgo de poner en juego la propia existencia del sultanato. Descendiente de un pueblo esencialmente nómada, Kiliy Arslan sabe que su poder procede de los varios miles de guerreros que lo obedecen, no de la posesión de una ciudad, por muy atractiva que sea. Pronto elegirá, además, como
En modo alguno desanimado, el padre de la futura sultana había reanudado resueltamente la construcción de sus navíos de guerra. Era hacia finales de 1092, en el momento en que Kiliy Arslan volvía del exilio, y Chaka se había dicho que el joven hijo de Suleimán sería un excelente aliado contra los rum. Le había ofrecido la mano de su hija, pero los cálculos del joven sultán eran muy distintos de los de su suegro. La conquista de Constantinopla le parecía un proyecto absurdo; sin embargo, ninguno de sus allegados ignoraba que aspiraba a eliminar a los emires turcos, que intentaban conseguir un feudo en Asia Menor, es decir, en primer lugar, a Danishmend y a Chaka, que resultaba demasiado ambicioso. Por tanto, el sultán no había dudado: unos meses antes de la llegada de los frany, había invitado a su suegro a un banquete y, después de emborracharlo, lo había apuñalado, según parece, con sus propias manos. Chaka tenía un hijo que sucedió a su padre en ese momento, pero que no tenía ni la inteligencia ni la ambición de éste. El hermano de la sultana se había conformado con dirigir su emirato marítimo hasta ese día del verano de 1097 en que la flota de los rum había llegado de forma inesperada a la altura de Esmirna llevando a bordo un mensajero inesperado: su propia hermana. Ésta ha tardado en comprender las razones de la solicitud del emperador hacia su persona pero, mientras la conducen hacia Esmirna, la ciudad en la que ha pasado su infancia, lo ve todo claro: tiene el cometido de explicarle a su hermano que Alejo ha tomado Nicea, que Kiliy Arslan está derrotado y que un poderoso ejército de rum y de frany va a atacar pronto Esmirna con ayuda de una gran flota. Para salvar su vida, se invita al hijo de Chaka a conducir a su hermana hasta su esposo, que se halla en algún lugar de Anatolia. Como nadie rechaza la propuesta, deja de existir el emirato de Esmirna. A partir del día siguiente de la caída de Nicea, toda la costa del mar Egeo, todas las islas, toda la parte occidental del Asia Menor quedan, pues, fuera del dominio turco; y los rum, ayudados por sus auxiliares francos, parecen decididos a ir más allá. Sin embargo, en su refugio de las montañas, Kiliy Arslan no depone las armas. Pasada la sorpresa de los primeros días, el sultán prepara activamente su respuesta. Se puso a reclutar tropas, a enrolar voluntarios y a proclamar el yihad —apunta Ibn al‐ Qalanisi—. El cronista de Damasco añade que Kiliy Arslan pidió a todos los turcos que acudieran en su auxilio, y fueron muchos los que contestaron a su llamada. De hecho, el primer objetivo del sultán es sellar una alianza con Danishmend. Ya no basta una simple tregua; ahora es imperioso que las fuerzas turcas de Asia Menor se unan, como si se tratara de un solo ejército. Kiliy Arslan está seguro de la respuesta de su rival. Tan ferviente musulmán como realista estratega, Danishmend se considera amenazado por el avance de los rum y de sus aliados francos. Prefiere enfrentarse a ellos en las tierras de su vecino antes que en las suyas y, sin más dilación, llega con miles de soldados al campamento del sultán. Allí confraternizan, se consultan, elaboran planes. Al ver tal muchedumbre de guerreros y de caballos que cubren las colinas, los jefes recuperan la confianza. Atacarán al enemigo en cuanto tengan ocasión.
Kiliy Arslan acecha su presa. Los informadores que tienen infiltrados entre los rum le han hecho llegar valiosas informaciones. Los frany proclaman a voz en cuello que están decididos a proseguir su camino más allá de Nicea y quieren llegar hasta Palestina. Hasta se conoce su itinerario: bajar hacia el sureste, en dirección a Konya, la única ciudad importante que aún está en manos del sultán. A todo lo largo de esta zona montañosa, que van a tener que cruzar, el flanco de las tropas occidentales será, pues, vulnerable a los ataques. Lo que hay que hacer es elegir el lugar de la emboscada. Los emires, que conocen bien la región, no vacilan. Cerca de la ciudad de Dorilea, a cuatro días de marcha de Nicea, hay un lugar en que el camino discurre por un valle poco profundo. Si los guerreros turcos se concentran detrás de las colinas, no tendrán más que esperar. En los últimos días de junio de 1097, cuando Kiliy Arslan se entera de que los occidentales, acompañados de una pequeña tropa de rum, han salido de Nicea, el dispositivo de la emboscada ya está dispuesto. El 1 de julio al alba, se avista a los frany en el horizonte. Caballería e infantería avanzan tranquilamente, y no parece que sospechen en absoluto lo que les espera. El sultán temía que los exploradores enemigos descubrieran su estratagema, pero no parece que sea así. Otro motivo de satisfacción para el monarca selyúcida: los frany son menos numerosos de lo que se había anunciado. ¿Se habrá quedado una parte en Nicea? Lo ignora. En cualquier caso, a primera vista, cuenta con superioridad numérica. Si a ello se añade la ventaja de la sorpresa, el día debería serle propicio. Kiliy Arslan está nervioso pero no pierde la confianza; tampoco la pierde el sabio Danishmend, que tiene veinte años más de experiencia que él. Cuando apenas acaba de despuntar el sol tras las colinas, se da la orden de ataque. La táctica de los guerreros turcos se ha experimentado en numerosas ocasiones. Lleva medio siglo garantizándoles la supremacía militar en Oriente. Su ejército lo constituyen casi por completo jinetes ligeros que manejan admirablemente el arco. Éstos se acercan, lanzan sobre sus enemigos una lluvia de flechas mortíferas, luego se alejan a toda velocidad para dejar el sitio a una nueva fila de asaltantes. Por lo general, unas cuantas oleadas sucesivas hacen agonizar a su presa. Entonces^ es^ cuando entablan la definitiva lucha cuerpo a cuerpo. Pero, el día de esta batalla de Dorilea, el sultán, instalado con su estado mayor en lo alto de un promontorio, comprueba con preocupación que los viejos métodos turcos han perdido su eficacia habitual. Es cierto que los frany no tienen agilidad alguna y no parecen impacientes por responder a los repetidos ataques, pero dominan a la perfección el arte de defenderse. La fuerza principal de su ejército reside en esas pesadas armaduras con las que los caballeros se cubren enteramente el cuerpo, e incluso a veces el de sus cabalgaduras. Avanzan lenta y torpemente, pero los hombres están magníficamente protegidos de las flechas. Aunque aquel día, tras varias horas de combate, los arqueros turcos se han cobrado numerosas víctimas, sobre todo entre los soldados de infantería, el grueso del ejército franco permanece intacto. ¿Hay que entablar la lucha cuerpo a cuerpo? Parece arriesgado: durante las numerosas escaramuzas que se han librado en torno al campo de batalla, los jinetes de las estepas