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Asignatura: TECNICAS ARTISTICAS T1, Profesor: , Carrera: Historia + Historia del Arte, Universidad: UNILEON
Tipo: Apuntes
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Estimando según cierto sistema esas dos clases de actividad mental denominadas razón e imaginación, puede definirse la primera como el espíritu que contempla las relaciones que existen entre un pensamiento y otro, ya se produzcan de una manera u otra, y la segunda como el espíritu que obra sobre los pensamientos, coloreándolos con su luz propia, y que compone con ellos, tomándolos a modo de elementos, otros pensamientos, cada uno de los cuales contiene en sí mismo el principio de su propia integridad. Una es el τò ποιειν, o principio sintético, y se dirige a aquellas formas comunes a la naturaleza universal y a la existencia misma; la otra es el τò λογιζειν, o principio analítico, referido a las relaciones de las cosas, consideradas exclusivamente como relaciones; tomando los pensamientos no en su integridad unitaria, sino como representaciones algebraicas que conducen a ciertos resultados generales. Razón es la enumeración de cantidades ya conocidas; imaginación es la percepción del valor de aquellas cantidades, tanto separadamente como en su conjunto. La razón se refiere a las diferencias, y la imaginación a las semejanzas de las cosas. La razón es a la imaginación lo que el instrumento al agente, lo que el cuerpo al espíritu, lo que la sombra a la substancia. La Poesía, en sentido general, puede definirse como “la expresión de la imaginación” y es congénita al espíritu del hombre. El hombre es un instrumento sobre el cual inciden una serie de impresiones externas e internas, de forma semejante al azar de un viento variable sobre un arpa eólica, suscitando a cada nuevo movimiento melodías nuevas. Pero existe un principio dentro del ser humano, y acaso dentro de todos los seres capaces de sentir, que obra de modo distinto a la mera receptividad del arpa, y que produce no sólo melodía, sino armonía, por interno ajustamiento de los sonidos o movimientos excitados, a las impresiones excitadoras. Es como si el arpa pudiese acomodar sus cuerdas a los movimientos de aquello que la conmueve en determinada proporción de sonido: así como el músico puede acomodar su voz al sonido del arpa. Un niño que está jugando expresará por sí mismo su placer con su voz y sus movimientos; y cada inflexión de tono, cada gesto, guardará exacta relación con un cierto tipo de expresión correspondiente a las expresiones placenteras que lo despertaron; será la imagen reflejada de aquella impresión; y así como el arpa tiembla y resuena cuando ya pasó el viento, así el niño trata, prolongando en su voz y en sus movimientos la duración del efecto, de prolongar también la consciencia de la causa. En relación con los objetos que pueden deleitar a un niño, son estas demostraciones lo que la Poesía es respecto a objetos más elevados. El salvaje (pues el salvaje es a las edades, lo que el niño es a los años) expresa las emociones producidas en él por los objetos que le rodean, de un modo semejante; lenguaje y gestos, junto con imitaciones plásticas o pictóricas, vienen a ser la imagen de los efectos combinados de aquellos objetos y de la percepción de los mismos. El hombre en sociedad, junto con todas sus pasiones y sus placeres, vienen luego a ser a su vez objeto de las pasiones y los placeres del hombre; y una nueva clase de emociones produce un acrecentado tesoro de modos de expresión; y el lenguaje, el gesto y las artes imitativas, vienen a ser al mismo tiempo la representación y el instrumento, el pincel y el cuadro, el cincel y la estatua, la nota y la armonía. Las simpatías sociales
presente como la planta en la semilla; y la igualdad, la diversidad, la unidad, el contraste, la dependencia mutua, vienen a ser los únicos principios capaces de proporcionar la fuerza motriz que impulsa la voluntad de un ser social, como ser social que es, a la acción; y conforma el placer en la sensación, la virtud en el sentimiento, la belleza en el arte, la verdad en el razonamiento y el amor en la relación con los semejantes. Por ello los hombres, aun en la infancia de la sociedad, observan en sus palabras y acciones cierto orden distinto del orden de los objetos y de las impresiones representadas en ellas; y cualquier expresión está supeditada a las leyes de aquella actividad social de la que procede. Desestimemos, sin embargo, aquellas consideraciones más generales que pudieran implicar una indagación acerca de los principios de la sociedad misma, y ciñamos nuestra perspectiva a los modos con que la imaginación es expresada en sus diversas formas. En la juventud del mundo, los hombres bailan, cantan e imitan objetos naturales, observando en estas acciones, como en todas las demás, cierto ritmo u orden; y, si bien todos siguen uno similar, no todos guardan el mismo orden en los movimientos del baile, en la melodía de la canción, en las combinaciones del lenguaje, en la serie de sus imitaciones de objetos naturales. Por lo tanto, existe cierto orden o ritmo perteneciente a cada una de esas clases de representaciones imitativas por el cual el oyente y el espectador reciben un placer más intenso y más puro que mediante cualquier otro: la facultad de aproximarse a este orden ha sido denominada por los escritores modernos “gusto”. Cada hombre en la infancia del arte respeta un orden que se aproxima más o menos a aquél del cual resulta el placer más elevado; pero la diversidad no está suficientemente señalada como para que esas gradaciones puedan hacerse sensibles, excepto en aquellos casos en que el predominio de esta facultad de aproximación a lo bello (permítasenos denominar así la relación entre este placer más elevado y su origen) es mayor. Aquéllos en quienes ésta se manifiesta en exceso son los poetas, en el sentido más universal de la palabra; y el placer que resulta de la manera en que éstos expresan la influencia de la sociedad o de la naturaleza sobre sus propias mentes, les pone en comunicación con otros y recoge de la comunidad una especie de reduplicación. Su lenguaje es vitalmente metafórico; esto es, señala las relaciones antes no percibidas de las cosas y perpetúa su percepción, hasta que las palabras que las representan llegan a ser, andando los tiempos, signos de fragmentos o de clases de pensamientos, en lugar de imágenes, de pensamientos esenciales; y entonces, si no surgen nuevos poetas para crear de nuevo las asociaciones que han sido de este modo desorganizadas, el lenguaje morirá para todos los más nobles propósitos de las relaciones humanas. Aquellas semejanzas o relaciones fueron certeramente definidas por Bacon como "las huellas mismas de la naturaleza, impresas sobre los varios aspectos del mundo" [ De Augment. Scient. , cap. I, lib. III] – y él considera la facultad que las percibe como el almacén de axiomas común en todo conocimiento. En la infancia de la sociedad, todo autor es necesariamente poeta, porque el lenguaje mismo es poesía; y ser poeta es percibir la verdad y la belleza, en una palabra, el bien que existe en la relación subsistente, primero entre la existencia y la percepción, y después entre la percepción y la expresión. Todo idioma original próximo a su origen es en sí mismo el caos de un poema cíclico; la abundancia de lexicografía y las distinciones gramaticales son obra de edades más avanzadas, y son simplemente el catálogo y el modelo de las creaciones poéticas. Pero los poetas, o sea aquellos que imaginan y expresan este orden indestructible, no son únicamente los autores del idioma y de la música, de la danza y de la arquitectura, de la escultura y de la pintura; son también los promulgadores de las leyes y los fundadores de la sociedad civil, los inventores de las artes de vida y los maestros, quienes desvelan, en cierta proximidad con lo bello y lo verdadero, esa percepción parcial de los agentes del mundo invisible al que se llama religión. Por eso todas las religiones originales son alegóricas o propensas a la alegoría y, como Jano, tienen una doble cara de mentira y de verdad. Los poetas, de acuerdo con las circunstancias del momento y nación en que han aparecido, fueron denominados en las primeras edades del mundo legisladores o profetas; un poeta comprende y une esencialmente esos dos caracteres, pues no sólo observa intensamente el presente tal como es y descubre aquellas leyes conforme las que deben ser ordenadas las cosas presentes, sino que, además, percibe lo futuro en el presente, y sus
composiciones que contienen mucha acción; pero todo gran poeta inevitablemente han de innovar sobre ejemplo de sus predecesores, en la exacta estructura de su peculiar versificación. La distinción entre poetas y prosistas es un error vulgar. La distinción entre filósofos y poetas ha sido prematura. Platón fue esencialmente un poeta – la verdad y el esplendor de sus imágenes, junto a la melodía de su estilo, son de lo más intenso que pueda concebirse. Rechazó la armonía de las formas épicas, dramáticas y líricas porque intentó encender en los pensamientos una armonía desnuda de forma y de acción, y se abstuvo de inventar cualquier plan regular de ritmo que incluyera, bajo determinadas formas, las diversas pausas de su estilo. Cicerón intentó, con escaso éxito, imitar la cadencia de sus períodos. Lord Bacon fue un poeta [véase sobre todo el Filum Labyrintbi y el «Ensayo sobre la muerte»]. Su lenguaje tiene un ritmo dulce y majestuoso que satisface a los sentidos, no menos que la casi sobrehumana sabiduría de su filosofía satisface a la inteligencia; es una vena que primero dilata, y después hace estallar el esquema mental del lector, al tiempo que lo arrastra con él hacia el elemento universal con el que perpetuamente sintoniza. Todos los autores de revoluciones en la opinión son necesariamente poetas, no sólo porque son inventores, ni tampoco porque sus palabras, a través de imágenes que participan de la vida de la verdad, descubran la permanente analogía de las cosas; sino también porque sus períodos son armoniosos y rítmicos, y contienen en sí mismos los elementos del verso, que es el eco de la música eterna. No son aquellos supremos poetas que han empleado las formas tradicionales del ritmo para tramar la forma y la acción de sus poemas menos capaces de percibir y enseñar la verdad de las cosas que aquellos otros que las han omitido. Shakespeare, Dante y Milton (por ceñirnos a los escritores modernos) son filósofos de altísimo poder. A Defence of Poetry , 1821. Publicado en Essays, Letters from Abroad, Translations and Fragments, 1840. Traducción de José Vicente Selma, Barcelona, Ediciones Península / Edicions 62, 1986.