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La búsqueda de Aer: Un misterio en el mundo de la Emperatriz - Prof. Jiménez Liébana, Apuntes de Derecho

Este documento cuenta la historia de bipa, una joven que se embarca en una peligrosa aventura para encontrar a su amigo aer, quien ha desaparecido en busca de la mítica emperatriz. A medida que avanza en su búsqueda, bipa descubre secretos ocultos y se enfrenta a desafíos inesperados. Este texto ofrece una narrativa interesante y misteriosa, llena de detalles que despertan la imaginación.

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 26/09/2017

cucucacacaca
cucucacacaca 🇪🇸

3.2

(9)

37 documentos

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Laura Gallego García PorDescargaDirecta.com La emperatriz de los etéreos
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A
RGUMENTO
Bipa no cree en los cuentos de hadas. No le interesa lo que pueda haber más allá de
las Cuevas donde habita su gente. Pero cuando su amigo Aer, fascinado por la leyenda
de la mítica Emperatriz, parte en un viaje hacia una muerte segura, Bipa irá a buscarlo,
arriesgando su propia vida en un mundo de hielo bañado por la luz de la estrella azul,
persiguiendo algo que puede no ser más que una quimera. ¿Existe de veras el Reino
Etéreo? ¿Existe algo más allá de la confortable seguridad de las Cuevas? ¿O, por el
contrario, no hay más que frío, muerte y oscuridad?
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¡Descarga La búsqueda de Aer: Un misterio en el mundo de la Emperatriz - Prof. Jiménez Liébana y más Apuntes en PDF de Derecho solo en Docsity!

ARGUMENTO

Bipa no cree en los cuentos de hadas. No le interesa lo que pueda haber más allá de las Cuevas donde habita su gente. Pero cuando su amigo Aer, fascinado por la leyenda de la mítica Emperatriz, parte en un viaje hacia una muerte segura, Bipa irá a buscarlo, arriesgando su propia vida en un mundo de hielo bañado por la luz de la estrella azul, persiguiendo algo que puede no ser más que una quimera. ¿Existe de veras el Reino Etéreo? ¿Existe algo más allá de la confortable seguridad de las Cuevas? ¿O, por el contrario, no hay más que frío, muerte y oscuridad?

I

LA LEYENDA DEL REINO ETÉREO

uentan que, más allá de los Montes de Hielo, más allá de la Ciudad de Cristal, habita la Emperatriz en un deslumbrante palacio, tan grande que sus torres más altas rozan las nubes, y tan delicado que parece creado con gotas de lluvia. Dicen que la Emperatriz es tan bella que nadie puede mirarla a la cara sin perder la razón; dicen también que es inmortal y que lleva miles de años viviendo en su palacio, en el Reino Etéreo, un lugar de maravilla y misterio que aguarda a todos los que son lo bastante osados como para aventurarse hasta él. Allí, en el palacio de la Emperatriz, no existe el sufrimiento, ni se pasa frío, y no es necesario comer, porque nunca se tiene hambre... Aquella fue la primera vez que Bipa oyó hablar del Reino Etéreo y su Emperatriz. Entonces tenía siete años. Esa noche, ajenos a la violenta tormenta de nieve que sacudía el hogar de Nuba, nueve niños escuchaban el cuento con atención. Fascinados, contemplaban a la mujer con la boca abierta y los ojos brillantes. Todos menos Bipa, que miraba a un lado y a otro, visiblemente incómoda. Nuba suspiró para sus adentros. Resultaba muy difícil atrapar a aquella niña en la red que tejía la magia de las palabras. —¿Qué te pasa, Bipa? —le preguntó con amabilidad—. ¿No te gusta el cuento? Bipa dudó un instante, pero finalmente confesó: —No mucho —detectó las miradas, entre extrañadas y hostiles, de los otros niños. Pero ya estaba lanzada y no se detuvo—: Es un cuento absurdo. No existe ese palacio de la Emperatriz, son todo mentiras —Bipa debería haber captado entonces el brillo de tristeza de los ojos de Nuba, debería haber prestado atención a los murmullos de los otros niños; pero siguió hablando sin ser consciente de lo crueles que podían llegar a ser sus palabras—. Nadie puede vivir para siempre, ni siquiera esa Emperatriz. ¿Y cómo va la gente a volverse loca si la mira? Por muy guapa que sea, nadie se volvería loco sólo por mirar a otra persona. Además, si pasas mucho tiempo sin comer, te mueres. Eso lo sabe todo el mundo —concluyó con un cierto tono de reproche, como echándole en cara que mintiera a los niños, o que los considerara tan estúpidos como para creerse esos disparates. Nuba no respondió. Sólo siguió mirándola, y Bipa empezó a intuir que sus palabras la habían herido, aunque no alcanzaba a comprender por qué. —Sólo es un cuento, Bipa —intervino una de las niñas mayores. —Pues es un cuento tonto, una pérdida de tiempo —replicó ella, molesta por el tono burlón y autosuficiente de la otra—. ¿De qué nos sirve que nos cuenten cuentos sobre cosas que no existen?

C

Nadie dijo nada. Aunque no solían hablar de ello, porque no valía la pena ni le iba a ser de utilidad a la pobre Nuba, todos, incluso los niños como Bipa, sabían que, tiempo atrás, el padre de Aer se había marchado de las Cuevas y nunca había regresado. Se suponía que había muerto en los Montes de Hielo. Ésa era otra de las cosas que Bipa sabía, porque los niños de las Cuevas las aprendían a edad muy temprana: lejos de los cálidos hogares de su gente, lejos de los túneles y de sus acogedoras lumbres, el mundo era frío y hostil. Todos aquellos que se alejaban de las Cuevas morían congelados al poco tiempo. ¿Para qué querría nadie, y menos un niño como Aer, abandonar el único lugar seguro que todos conocían? En las Cuevas había comida, abrigo y calidez. En opinión de Bipa, y de la mayor parte de la gente, ni todas las maravillas del palacio de aquella Emperatriz de leyenda podrían competir con eso. —No vale la pena pensar en ello —le dijo Bipa a Aer en voz baja—. Nada de lo que puedas encontrar ahí fuera puede ser mejor que lo que dejarías atrás. Y dirigió una mirada significativa a Nuba. Aer apretó los dientes y optó por callar. Tampoco los demás añadieron nada. Las reflexivas palabras de Bipa les habían dejado sin ganas de hablar ni de escuchar más cuentos. Una de las niñas mayores se levantó para servirle a Nuba una infusión caliente. Otro de los niños le trajo una manta. En un mundo como el suyo, una manta y una taza de una bebida caliente suponían mejor consuelo que las palabras. Pero a Nuba resultaba difícil consolarla. Nuba era frágil y melancólica y, aunque se esforzaba por mostrar el talante práctico y resuelto que caracterizaba a todas las mujeres de las Cuevas, a menudo la sorprendían mirando al horizonte con un brillo de nostalgia en la mirada. Pese a su debilidad y su tendencia a fantasear, Nuba era cálida y dulce, y todos la querían. Cuidaban de ella como si fuese un niño más, o una anciana que no pudiese valerse por sí misma. Se lo consentían todo, porque en el fondo sabían que no había ningún palacio ni existía ninguna Emperatriz, y que el padre de Aer jamás volvería. Y había sido un joven tan extraordinario que, desde el mismo instante en que sus ojos, claros y brillantes como un cristal de nieve, se habían cruzado con los de ella, años atrás, la habían condenado a no poder amar jamás a ningún otro hombre. Los niños no estaban al tanto de todo esto. Eran demasiado pequeños como para haber asistido a la breve pero intensa relación que ambos habían compartido, y de la cual ya sólo quedaban un niño extraño e inquieto y un cúmulo de recuerdos tan frágiles e inalcanzables como el palacio de cristal de aquella mítica Emperatriz. Los niños sólo tenían claro que había que cuidar a Nuba porque estaba sola; que había que mimarla porque estaba triste. Y que eso se debía a que el padre de Aer no iba a volver.

Quien mejor lo entendía era, precisamente, Bipa. También su familia se componía únicamente de dos miembros. Su madre había fallecido al darla a luz a ella, y su padre, aunque vivía en apariencia tranquilo y satisfecho consigo mismo y con su vida, mostraba a veces, cuando creía que Bipa no se daba cuenta, aquel brillo nostálgico en la mirada que tan a menudo alumbraba los ojos cansados de Nuba. Por todo ello, Bipa era extraordinariamente madura para su edad. Los niños de las Cuevas eran, en realidad, sensatos y responsables a edades muy tempranas —con la probable excepción de Aer—. Pero en cuanto a pragmatismo y sentido común, sin duda Bipa los ganaba a todos. Quizá porque debía hacer de madre a la vez que de hija, o simplemente porque su padre siempre la había tratado como a una persona mayor. Lo que sí quedaba claro era que aquella madurez prematura todavía no le había enseñado a tener tacto o un mínimo de empatia: decía las cosas tal y como las pensaba sin detenerse a considerar las consecuencias. —Ya está, ya está —sonrió Nuba, envolviéndose en la manta y echando un vistazo a las nueve caritas preocupadas—. Ha sido sólo un desahogo. Olvidémonos del cuento, ¿de acuerdo? Podemos hacer otra cosa —añadió, mirando de reojo a Aer. El niño había desviado la vista, sombrío. Podría haber tomado las historias de su madre como lo hacían el resto de personas de las Cuevas: cuentos infantiles para entretener a los niños, bellos y emocionantes, pero sin ninguna base real. Pero no lo hacía, en primer lugar, porque su madre sí creía en la Emperatriz y en su palacio, y en un reino legendario más allá de los Montes de Hielo. En segundo lugar, porque aquellas historias se las había enseñado su padre. Y en tercer lugar, porque aceptar que no había nada más allá suponía darlo por muerto. Y, dado que su madre no lo hacía, a Aer le resultaba imposible dejar de creer que un día podría regresar, o, incluso, que los estaba esperando en el palacio de la Emperatriz. Pero su madre nunca tendría valor para abandonar las Cuevas. ¿Sería capaz él de partir y dejarla atrás? «Nada de lo que puedas encontrar ahí fuera...» De pronto sonaron unos golpes en la puerta. Los niños, que habían estado ordenando la habitación y armando un revuelo considerable, en un intento de ayudar a Nuba, callaron y prestaron atención. Se oyó una voz desde fuera: —¿Nuba? ¿Niños? —¡Es mi padre! —exclamó alguien. —La tormenta debe de haber amainado ya —dijo Nuba, con un suspiro—. Es hora de que volváis a casa. Uno por uno, los padres llegaron al hogar de Nuba para recoger a sus hijos. El último fue Topo, el padre de Bipa. Siempre era el último en llegar. Los niños no eran aún lo bastante perspicaces como para captar que lo hacía para poder pasar un rato a solas con Nuba, pero Aer sí se

a la cama sin cenar si no pide perdón. La mano de Topo aferró el brazo de Bipa con tanta fuerza que le hizo daño. —Mis disculpas a los dos en nombre de mi hija —dijo con voz grave—. Por su mal comportamiento estará castigada esta noche sin cenar. Espero que eso le haga reflexionar y mañana venga ella misma a pediros perdón. —Topo, no es necesario... —empezó Nuba, pero no terminó la frase: la mirada del hombre no admitía réplica. Bipa fue llevada a rastras de la casa de Nuba a la suya propia. Antes de salir, cruzó una última mirada con Aer, y a los dos se les escapó un bufido de indignación. Y a pesar de que, como de costumbre, el paisaje estaba nevado y hacía muchísimo frío, Bipa se sentía acalorada y llena de energía. Se preguntaba cómo era posible que una mujer tan dulce como Nuba tuviese por hijo a semejante alcornoque. Y aquella noche, mientras trataba de dormir a pesar del vacío de su estómago, su antipatía hacia Aer creció todavía más. «Ese niño y yo nunca nos llevaremos bien», se dijo. Lo cual era una lástima, porque discutir constantemente con alguien acababa enseguida con las fuerzas de uno, y además no servía para nada. Al día siguiente, Bipa fue a disculparse. Pero aprovechó un momento en que sabía que Nuba estaba sola, para no tener que pasar el trago de pedir perdón a Aer también. «No —pensó, mientras se alejaba del hogar de Nuba y se internaba en otro de los túneles, en dirección a los huertos, donde tenía que ayudar aquella mañana—, Aer y yo nunca nos llevaremos bien.» A pesar de todo, la hostilidad entre ambos niños nunca llegó a ser un enfrentamiento abierto. En los años siguientes se ignoraron el uno al otro, sacándose la lengua como mucho, cuando se cruzaban, o dirigiéndose alguna pulla que no llegaba a cristalizar en una verdadera discusión. El tiempo se deslizó perezosamente por las vidas de los habitantes de las Cuevas. Dado que siempre era invierno allí, la mejor manera que tenían de medir el transcurso de los años era viendo crecer a sus hijos. Bipa se convirtió en una muchacha seria, responsable y trabajadora. Pero también era pragmática hasta la exasperación y solía hablar con una descarnada franqueza que a veces resultaba avasalladora. La temeridad y la despreocupación propias de la adolescencia no la habían afectado a ella. En apariencia, Bipa se había saltado aquella fase y, cuando las curvas femeninas apenas empezaban a redondear su cuerpo, fuerte y robusto, ella se comportaba ya con la gravedad de una mujer adulta. Las otras chicas estaban en la edad de coquetear y mirar disimuladamente a los chicos, y de sonrojarse y reír si ellos les devolvían la mirada. Estaban en la edad de soñar despiertas y de imaginar cómo sería su futuro; de contemplarse en las heladas aguas del arroyo y verse ya más mujeres que niñas, como mariposas emergiendo de la crisálida. Bipa no tenía tiempo para esas cosas. Trabajaba mucho, al igual que su padre, y siempre encontraba tareas que llevar a cabo, cosas prácticas que ayudaban a hacer su

vida un poquito menos incómoda: cubrir la cara interior de la puerta con una nueva capa de pieles para que no se colase el frío por las grietas; buscar hongos comestibles en las galerías subterráneas; confeccionar zapatos que aislaran los pies adecuadamente a la hora de caminar por la nieve; asegurarse de que nunca faltara carbón para el fuego; cuidar de la pequeña parcela de huerto subterráneo que les correspondía; y, por supuesto, vigilar el rebaño. Aquélla era la tarea que los adultos de las Cuevas le habían encomendado al crecer. No era un trabajo muy complicado. Las reses, animales cavernarios, pequeños y lanudos, que nada tenían que ver con las vacas y las ovejas de los tiempos antiguos, eran estúpidas y rara vez se alejaban de las grutas adonde Bipa las conducía todos los días. Aquellos animales eran ciegos, y sólo su olfato y su instinto les indicaban la ubicación de los lechos de musgo. Todo lo que Bipa tenía que hacer era asegurarse de que tuviesen agua y alimento a su disposición, y de no descender demasiado por los túneles, ya que en las galerías inferiores era más fácil que el rebaño fuese atacado por algún depredador de las profundidades. La mayor parte de los jóvenes de su edad encontraban aquel trabajo monótono y aburrido; pero a Bipa le gustaba. La seguridad de las Cuevas le hacía sentirse cómoda. Prefería que hubiese un techo sobre su cabeza y calentarse al abrigo de un buen fuego a quedarse al aire libre, a merced del frío y de la nieve. Y los días de buen tiempo le gustaban todavía menos. Porque, cuando la capa de nubes se hacía menos pesada, menos oscura, la luz que se filtraba desde arriba, fría, distante y de una cierta tonalidad azul, le hacía estremecerse. Tampoco echaba de menos a los chicos de su edad. Era cierto que a veces le pesaba la soledad, pero tenía a su padre, que siempre estaba ahí si lo necesitaba, y además, cada vez sentía menos interés por las cosas que hacían las otras chicas. Se llevaba bien con ellas, no las despreciaba ni las evitaba. Era, simplemente, que ya no las comprendía. Por ejemplo, por más que lo había intentado, no entendía qué podían ver en Aer. El niño descarado y delgaducho se había convertido en un joven de cabello y ojos marrón claros que contrastaban con el pelo bruno y los ojos oscuros de la gente de las Cuevas. Eso hacía, tal vez, que su figura llamara la atención —también era alto y esbelto, a diferencia del resto de los hombres, por lo general más robustos, de la comunidad— y que las muchachas se fijaran en él solo porque era diferente. Pero ahí se acababa todo. Porque Aer seguía siendo el mismo chiquillo rebelde e independiente, desapareciendo y reapareciendo donde uno menos se lo esperaba, concentrado en ideas extravagantes y proyectos irrealizables que lo hacían descuidar sus tareas cotidianas, y a menudo constituía un verdadero dolor de cabeza para la gente de la comunidad. Cuando sus amigas suspiraban por Aer, Bipa movía la cabeza y trataba de hacerles comprender que ninguna chica con dos dedos de frente podría ser feliz junto a aquel botarate. Ellas la miraban, incrédulas, preguntándose tal vez si Bipa era una mujer de

No se preguntó qué clase de animales serían. Era cierto que todas las criaturas que conocía, seres cavernarios en su mayoría, eran muy diferentes de los animales representados en la pared. Pero también daba por hecho que los túneles se hundían muy profundamente en la tierra y que nadie sabía qué podía ocultarse allí. Y, dado que ella no pensaba bajar para averiguarlo y dudaba mucho de que las criaturas de las profundidades se molestaran en subir a la superficie, no sentía tampoco el menor interés por investigar más. Pero sí le llamó la atención un círculo rojo que pendía sobre las cabezas de las figuras. Por alguna razón le recordó al fuego de su hogar, y la reconfortó, aunque no dejó de preguntarse, esta vez sí, qué representaría y por qué aparecía suspendido en el aire en el dibujo. La sobresaltó un sonido a su espalda y se dio la vuelta, con el corazón latiéndole con fuerza. Había una luz que se acercaba, procedente de los corredores, y se oía un ruido chirriante, como si arrastrasen algo muy pesado por el suelo. Alzó la lámpara y exclamó: —¿Quién va? No obtuvo respuesta, pero oyó la respiración trabajosa de la persona que se aproximaba. Inquieta, la joven aguardó hasta que el visitante entró en la cueva.

II

«EL DÍA QUE DECIDA MARCHARSE...»

na figura larguirucha, una melena despeinada de cabello castaño claro...Bipa resopló para sus adentros. Aer era inconfundible. —¿Qué estás haciendo aquí? ¡Me has asustado! Entonces fue él quien se sobresaltó. Había entrado en la cueva de espaldas porque venía arrastrando una enorme lámina de un material de color lechoso. Se había envuelto las manos con trapos para no cortarse con los bordes afilados de aquella cosa, lo cual le dificultaba el transporte todavía más. Se volvió al oír la voz de Bipa, con cierta expresión culpable. —Cuando he pasado antes por aquí no había nadie —fue lo primero que dijo. —¿Y no se te ha ocurrido pensar que si había luz es porque ahora sí hay alguien? — respondió ella, perdiendo la paciencia—. ¡Aparta a los animales de ahí! Se van a hacer daño. Las reses se habían acercado a olisquear a Aer y lo que traía consigo, y el joven retiró con suavidad a un macho cuyo hocico estaba peligrosamente cerca de los bordes afilados. Después, se apoyó contra la pared para descansar. Bipa no dijo nada. Le dedicó un gruñido desdeñoso y se inclinó para tomar en brazos a uno de los animales, que se restregaba contra su pierna, señal de que se encontraba mal o le dolía algo. La muchacha se puso a examinarlo concienzudamente, ignorando a Aer. El chico la contempló unos instantes. —¿No quieres saber qué es esto, ni para qué sirve? —la tanteó. —¿Para cortarte un dedo si no andas con ojo, tal vez? —replicó ella, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo. Sus manos, de dedos cortos pero ágiles, repasaban el lanoso pelaje del animal, en busca del origen de la molestia. Aer se volvió para mirar la lámina, pensativo. —Tendré que limar los bordes. Pero eso no será ningún problema. Lo verdaderamente importante es esto, mira. Sin previo aviso, cogió la lámpara y se la llevó consigo, dejando a Bipa sin luz suficiente. —¡Eh! —protestó la joven. Aer hizo caso omiso y rodeó la lámina hasta quedar oculto tras ella. El material, translúcido, dejaba pasar parte de la luz, e incluso se adivinaba la U

—Mejor será que me lo lleve a trozos —dijo Aer, agachándose para recogerlos—. Seguro que les encontraré alguna utilidad. Bipa le respondió con un gruñido desdeñoso. —Llévatelos todos —le ordenó—. Voy a venir aquí con mi rebaño hasta que se termine el pasto, y no quiero que haya que lamentar ningún accidente. Aer no respondió, pero guardó todos los pedazos en su bolsa. Bipa dejó de prestarle atención y se concentró de nuevo en el animal. Descubrió entonces dónde estaba el problema: la criatura debía de haberse raspado contra algún saliente rocoso, porque un profundo arañazo marcaba su costado, por debajo del espeso pelaje. Debía de escocerle, seguro. Rebuscó en su morral hasta encontrar un pequeño bote que contenía una cataplasma que haría cicatrizar la herida y reduciría la inflamación. Se aplicó a ello, mientras apuntaba mentalmente que debía visitar a Maga para pedirle que le rellenase el bote. —¿Has visto esto? —oyó de pronto la voz de Aer muy cerca de ella, sobresaltándola. Bipa se giró hacia él, molesta. Aprovechando su distracción, el animal se le había escapado antes de que pudiera terminar de curarlo. —¿Y ahora, qué? —protestó. Aer volvió a tomar el farol y lo alzó en alto. —¿Has visto esto? —repitió. Ella le echó un vistazo rápido. —Ah, sí, los dibujos. —¿Qué serán esos animales? ¿Y ese círculo rojo? ¿Quién pintaría esto? ¿Y para qué? Pero Bipa ya no lo escuchaba. Había vuelto a atrapar al animal y trataba de reanudar lo que había dejado a mitad. Aer la miró de reojo. —¿Es que no hay nada que pueda llamar tu atención? ¿Nunca te haces preguntas? ¿No sientes curiosidad por nada? —Las personas que pintaron esos dibujos debieron de morir hace mucho tiempo — replicó ella—. Nunca podrás encontrar a nadie que pueda explicarte en qué pensaban cuando los hicieron. Así que no sirve de nada hacerse preguntas al respecto. En esta ocasión le tocó a Aer resoplar, exasperado. —Siempre hablas como si lo supieras todo, y en realidad lo único que conoces son las Cuevas y un pedazo de túnel. Como si no hubiera nada más. —Es que no hay nada más, Aer. Y aunque lo hubiera, no voy a llegar a conocerlo nunca, porque aquí estoy bien y no quiero arriesgarme a morir de frío sólo para ver qué hay más allá; así que no pienso perder el tiempo con cosas que no van a afectarme lo más mínimo. —Eres tan ciega y obstinada como los animales de tu rebaño —acusó Aer—; siempre ocultándose en los rincones oscuros, siempre apretujándose unos contra otros... —Las reses son ciegas porque no necesitan ojos, puesto que viven en la oscuridad. ¿Y sabes por qué? Porque no hay nada ahí fuera que pueda interesarles. Porque si salen de los túneles morirán de hambre y de frío. Porque en el pasado los animales que

salían, atraídos por la luz, jamás regresaban, y al final los que quedaron vivos fueron aquellos que no necesitaban ver, aquellos que sabían apretujarse unos contra otros para mantener el calor. Prefiero ser una res ciega viva que un idiota muerto —concluyó, ceñuda. Aer la contempló un instante, atónito. Después, para desconcierto de ella, se echó a reír. —¡Pasas demasiado tiempo aquí dentro, Bipa! Hay muchas cosas en el exterior que no conoces. Como, por ejemplo, esto —añadió, señalando el círculo rojo que, mucho tiempo atrás, alguien había pintado en la pared. —¿Sabes qué es eso? —quiso asegurarse Bipa, incrédula; Aer asintió—. ¡Me acabas de decir que no lo sabías! —Y tú, que no te interesaba —contraatacó él—. Bien, no estoy seguro, pero he visto algo parecido. Algún día te lo mostraré. Bipa se encogió de hombros. —Puedes ahorrarte la molestia. —Y algún día —prosiguió Aer, sin escucharla, perdido en sus ensoñaciones— puede que descubra que aquellas reses que se fueron siguiendo la luz en realidad no están perdidas, sino que encontraron un lugar mejor. —Sin duda, cuando uno está muerto se debe de sentir estupendamente bien— cortó ella, con sarcasmo—. Ya no pasas frío, ni hambre, ni tienes que preocuparte por nada. Como en el palacio de la Emperatriz, ¿no? —concluyó con intención. Aer enrojeció y le lanzó una mirada furibunda. —¿Está mal que crea que mi padre sigue vivo? —Sí, está mal —respondió Bipa, categórica—. Porque tu madre pasará la vida esperándole y perderá las pocas oportunidades que le quedan de ser razonablemente feliz. Y porque, como se descuide, tú seguirás el mismo camino que tu padre, y ella se quedará sola y sufrirá todavía más. Así que olvídate de todas esas historias absurdas de una vez —concluyó levantándose con energía— y dedícate a cuidar de tu madre y a llevarle algo bueno para comer de vez en cuando, para variar. Toma —añadió, depositando en sus manos una cesta de hongos—, llévaselos de mi parte. Y devuélveme la cesta después, que no tengo otra. —No es necesario... —empezó Aer, pero Bipa le cortó: —Hazlo, antes de que cambie de idea. La pobre Nuba no tiene la culpa de tener un hijo tan inútil como tú. Aer entornó los ojos. Bipa sabía que le había herido, pero ella era así; no podía evitar decir lo que pensaba. Aguardó una réplica por parte del muchacho, una protesta airada; para todo ello estaba preparada. Pero Aer alzó la barbilla y la miró con una misteriosa media sonrisa. —Le diré que van de tu parte —dijo, sin más—. Gracias, y adiós. Bipa se quedó tan sorprendida que no acertó a responder. Lo vio perderse por la galería, con sus pasos largos y des garbados, llevando consigo el morral lleno de

—Espero que no, padre —replicó ella—, porque si cada día hace más frío que el anterior, llegará un momento en que todos moriremos congelados. Topo rompió a reír como solía hacer siempre que Bipa respondía algo así. Se despojó del abrigo de piel que llevaba y, cuando por fin se pareció más a un hombre barbudo y orondo, y menos a una bestia bípeda blanca y peluda, abrazó a su hija y le mostró los dos pálidos peces que había traído, y que pendían del extremo de una cuerda que llevaba colgada sobre el hombro. Mientras ella procedía a limpiar los pescados, Topo husmeó en la cazuela. —¿No has traído hongos? —preguntó, decepcionado. —Se los he dado a Nuba —respondió ella. —Bien —asintió Topo. Le encantaban los hongos, pero nunca objetaba nada cuando se trataba de hacer regalos a Nuba. La pobre mujer apenas salía de casa y su hijo, que parecía tener una inteligencia brillante para cosas absolutamente superfluas, era, en cambio, un desastre en la vida diaria. Bipa lo miró de reojo. Topo y Nuba parecían estar hechos el uno para el otro. Y, aunque no fuera así, el sentido común decía que sería mejor para ambas familias formar una sola, pasar a una cueva más grande y reunir esfuerzos y trabajo. Pero Topo nunca se lo había propuesto a Nuba, y Bipa sabía por qué: había una razón poderosa, más poderosa aún que el recuerdo del hombre ausente, una razón que tanto Nuba como Aer parecían ignorar. «Es mejor que Nuba siga sin saberlo —se dijo Bipa—. Pero alguien debería tener una pequeña charla con Aer al respecto.» Comieron en silencio, y después cada cual volvió a sus quehaceres. Bipa llevaba ya un rato remendando sus zapatos de pieles cuando llamaron a la puerta exterior. Bipa y Topo cruzaron una mirada. El hombre fue a abrir; ambos se llevaron una buena sorpresa al ver aparecer a Aer, sacudiendo la cabeza para quitarse la nieve del pelo. —¿Otra vez tú? —fue lo primero que se le ocurrió a Bipa. Pero Aer se rió, inmune a su antipatía. —He venido a devolveros la cesta —anunció, depositándola en manos de Topo—. Y a traerte otra cosa —añadió. En dos zancadas se había colocado junto a Bipa y le mostraba un colgante hecho con un material de color blanco pálido, que ella reconoció inmediatamente. —¿No es eso tu cuarto? —«Cuarzo» —corrigió él—. Sí, es un pedazo del cuarzo que de momento no sirve para nada. Por eso, como agradecimiento por hacérmelo ver, he hecho este colgante para ti. Toma. Bipa tuvo que sacar la mano del gastado zapato que estaba arreglando para recogerlo antes de que cayera sobre su regazo. —Y si no sirve para nada, ¿por qué me lo das? —Aer ladeó la cabeza y le dedicó una

sonrisa fugaz. —Porque es bonito. Bipa lo levantó para verlo mejor a la luz del fuego. Sí, era bonito, pero seguía sin verle la utilidad. Con todo, era perfectamente capaz de captar la buena intención del regalo. —Si tú lo dices... —murmuró, dudosa—. Gracias. La sonrisa de Aer se hizo más amplia. Se despidió con un guiño y, sin una sola palabra más, salió de la cueva. Topo cerró la puerta tras de sí. —Mira que es raro —refunfuñó Bipa, aún perpleja. No sabiendo qué hacer con el regalo, lo guardó en una cajita donde solía meter las cosas pequeñas que no quería perder. —Es un bonito detalle —comentó Topo. Bipa se giró hacia él. —Sé lo que estás pensando. Y en primer lugar, te equivocas; y en segundo lugar, no es una buena idea. Topo se encogió de hombros. —Todo lo que necesita es una chica sensata que le haga poner los pies en el suelo... —... para que luego la deje triste y sola, abandonándola por perseguir un sueño estúpido, como hizo su padre. Topo hizo una pausa antes de contestar: —Aer no es como su padre. —Siempre dices que se parece mucho a él. —Sí; comparado con nosotros, son evidentes las diferencias y por eso, al verle, todos recordamos al Extraño, al Que Vino de Lejos. Pero Aer lleva también la sangre de Nuba. Es mucho más cálido que su padre, más abierto. Bipa lo miró de reojo. —¿Lo conocías mucho? —Nadie tuvo ocasión de conocerlo bien, salvo Nuba. Se quedó muy poco tiempo entre nosotros. Bipa sacudió la cabeza. —Hay que ser muy miserable para abandonar a una mujer embarazada. —Por extraño que te parezca, él la quería de veras. Pero no pertenecía a este lugar. Su hogar... estuviera donde estuviese... tiraba de él, lo llamaba. Es el mismo sentimiento de añoranza que a veces veo en el rostro de Aer. —Padre, no puedes creer en serio que existe esa Emperatriz... —No necesariamente. Pero el Que Vino de Lejos tuvo que venir de Algún Sitio. Algún Sitio... quizá más lejos de lo que ninguno de nosotros ha llegado jamás. Y si fue capaz de llegar hasta aquí, también pudo ser capaz de regresar. —Me contaron que Nuba lo encontró medio muerto de frío ante su puerta —señaló Bipa—. Por lo visto, lo de llegar hasta aquí fue sólo cuestión de suerte. —Pero vino de Algún Sitio, pese a todo, y por eso no es extraño que Aer se haga preguntas.

luego no lo dio a entender. Un día, él fue a buscarla. Se encontró con ella cuando regresaba del huerto, con la cesta llena de verduras y hortalizas suficientes para varios días. La acompañó a lo largo de la gran caverna, con sus pasos largos y resueltos, y le dijo a modo de saludo: —Esta noche puedo enseñártelo. —¿El qué? —Lo que te dije acerca del círculo rojo, ¿recuerdas? En la pared de la cueva. Bipa tardó unos instantes en caer en la cuenta. —¡Ah, eso! Es igual, te dije que no te molestases. —Vendré a recogerte cuando todos estén dormidos. —Ni se te ocurra —le advirtió ella; pero el muchacho hizo caso omiso de sus palabras y se alejó a paso ligero, con apenas un gesto de despedida. Bipa tuvo muchas cosas que hacer el resto del día y pronto se olvidó de Aer. Tampoco se acordó aquella noche, cuando, rendida, cayó en la cama y cerró los ojos, abandonándose a un profundo sueño. Lo recordó al día siguiente cuando fue a buscar las reses. Se preguntó si Aer había ido a recogerla la noche anterior. En el caso de que hubiera llamado a la puerta, ni ella ni Topo lo habían oído. Se encontró con él cuando regresaba con el rebaño. —Siento no haber podido pasar anoche —dijo el muchacho—. Se levantó niebla a última hora, así que pensé que no valdría la pena molestarte. Bipa no entendió lo que quería decir, pero igualmente respondió: —No pasa nada. Es mejor que no me hayas despertado. Aer sonrió. —Habrá otras ocasiones, no te preocupes. —No me preocupo —respondió ella. Se despidieron en la puerta del corral. Mientras Bipa guiaba a las reses al interior, se le acercó otra persona a saludarla, una muchacha de su edad llamada Taba. —Últimamente te he visto varias veces con Aer —comentó ella de forma casual. —Sí —respondió Bipa; era obvio. —Parece que... hum... os lleváis mejor que de costumbre —siguió tanteando Taba. Bipa se la quedó mirando. —No hay nada entre Aer y yo —aclaró—. No, no me gusta Aer, ni yo le gusto a él. No, no me ha hablado de ninguna chica en particular. Y no, no voy a hablarle de ti. Taba se quedó sin habla. —¿Qué? —se impacientó Bipa—. ¿No era eso lo que querías preguntar? —Bueno... sí. —Pues te he ahorrado la molestia de andarte con rodeos. —No hace falta ser desagradable —murmuró Taba , ofendida. —No lo soy. Sólo digo las cosas claras. Taba no fue la última en preguntarle acerca de Aer en los días que siguieron. Con todo,

como el muchacho no varió su conducta habitual, ni sus vecinos los veían juntos todos los días, pronto se acostumbraron a encontrárselos de vez en cuando hablando en alguna parte. Solían ser conversaciones muy breves, y siempre era Aer el que se acercaba a Bipa. Le enseñaba objetos que hallaba o fabricaba él mismo, le hablaba de su último descubrimiento o le comentaba la última idea extravagante que se le había ocurrido. Bipa escuchaba sin dejar de hacer lo que estuviese haciendo, y cuando Aer callaba y la miraba, expectante, la muchacha le daba su opinión, sincera y brusca en ocasiones. Pero, aunque ella dijera «Eso es una tontería», «No sirve para nada» o «No le veo sentido», Aer nunca se molestaba ni se ofendía. Sólo seguía mirándola con aquellos ojos claros, brillantes, y preguntaba: «¿Por qué?», y Bipa respondía con razones lógicas y sensatas. Aer asentía, pensativo, y decía: «Aja. No se me había ocurrido», o bien: «No es para tanto, pero hay que tenerlo en cuenta»; le daba las gracias y se marchaba corriendo. La idea de que Aer pudiera estar interesado en Bipa inquietó durante un tiempo a las muchachas que tenían los ojos puestos en él, pero con el paso de los días se fueron tranquilizando. Aer nunca acompañaba a Bipa hasta su casa ni trataba de alargar la conversación para arrancarle unos instantes más en su compañía. Tampoco le hacía regalos —el colgante de cuarzo seguía guardado en casa de la joven, y Aer nunca manifestó intención de darle ninguna otra cosa—, ni trataba de congraciarse con Topo en vistas a una futura conversación más seria. A Bipa al principio la sacaba de quicio, pero acabó por acostumbrarse. Nunca llegaba a saber si sus opiniones realmente contaban para algo en la vida de Aer, que seguía siendo un misterio para casi todo el mundo, pero tampoco sentía curiosidad por enterarse. Aer aprendió que podía contar con el consejo de Bipa siempre que no la distrajese de las cosas que ella consideraba importantes, ni le hiciese perder tiempo. Pero un día, Aer dio un paso más, cuando Bipa menos se lo esperaba.