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DISCERNIMIENTO RELIGIÓN, Resúmenes de Religión

RELIGIÓN. TIPOS DE DISCERNIMIENTOS.

Tipo: Resúmenes

2025/2026

Subido el 25/01/2026

CecemM
CecemM 🇪🇸

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Una catequesis
del Papa Francisco
Discernimiento
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Una catequesis

del Papa Francisco

Discernimiento

Durante las audiencias generales

de septiembre de 2022 a enero de

2023, el papa Francisco ha

desarrollado una catequesis

sobre el discernimiento.

A la luz de estos ejemplos, el discernimiento se presenta como un ejercicio de inteligencia , y también de habilidad y también de voluntad , para aprovechar el momento favorable: son condiciones para hacer una buena elección. Es necesario inteligencia, habilidad y también voluntad para hacer una buena elección. Y también hay un coste necesario para que el discernimiento sea operativo. Para desempeñar su oficio lo mejor posible, el pescador tiene en cuenta la fatiga, las largas noches en el mar y el descarte de una parte de las capturas, aceptando una pérdida de ganancias por el bien de los destinatarios. El comerciante de perlas no duda en gastar todo para comprar esa perla; y lo mismo hace el hombre que ha tropezado con un tesoro. Situaciones inesperadas e imprevistas en las que es imprescindible reconocer la importancia y la urgencia de una decisión que hay que tomar. Cada uno debe tomar sus decisiones; no hay nadie que las tome por nosotros. En un momento determinado los adultos, libres, pueden pedir consejo, pensar, pero la decisión es propia; no se puede decir: “He perdido esto, porque lo ha decidido mi marido, mi mujer, mi hermano”: ¡no! Tienes que decidir tú, todo el mundo tiene que decidir, y por eso es importante saber discernir : para decidir bien, hay que saber discernir.

Hoy comenzamos un nuevo ciclo de catequesis: hemos terminado
la catequesis sobre la vejez, ahora iniciamos un nuevo ciclo sobre
el tema del discernimiento. El discernimiento es un acto
importante que concierne a todos, porque las elecciones son una
parte esencial de la vida. Discernir las decisiones. Uno elige la
comida, la ropa, un curso de estudio, un trabajo, una relación. En
todos ellos se realiza un proyecto de vida, y también se concreta
nuestra relación con Dios.
En el Evangelio, Jesús habla del discernimiento con imágenes tomadas
de la vida ordinaria ; por ejemplo, describe al pescador que
selecciona los peces buenos y descarta los malos; o al mercader
que sabe identificar, entre muchas perlas, la de mayor valor. O el
que, arando un campo, encuentra algo que resulta ser un tesoro
(cf. Mt 13,44-48).

¿Qué significa discernir? EL EVANGELIO SUGIERE OTRO ASPECTO IMPORTANTE DEL DISCERNIMIENTO: IMPLICA LOS AFECTOS

En el Juicio Final, Dios obrará el discernimiento —el gran discernimiento—hacia nosotros. Las imágenes del agricultor, el pescador y el mercader son ejemplos de lo que ocurre en el Reino de los Cielos, un Reino que se manifiesta en las acciones ordinarias de la vida, que nos exigen tomar posición. Por eso es tan importante saber discernir: las grandes elecciones pueden surgir de circunstancias que a primera vista parecen secundarias, pero que resultan ser decisivas. Por ejemplo, pensemos en el primer encuentro de Andrés y Juan con Jesús, un encuentro que nace de una simple pregunta: "Rabí, ¿dónde vives?" — "Venid y veréis" (cf. Jn 1,38-39), dice Jesús. Un intercambio muy breve, pero es el comienzo de un cambio que, paso a paso, marcará toda una vida. Años después, el evangelista seguirá recordando aquel encuentro que le cambió para siempre, también recordará la hora: "Eran como las cuatro de la tarde" (v. 39). Es la hora en que el tiempo y lo eterno se encontraron en su vida. Y en una decisión buena, correcta, se encuentra la voluntad de Dios con nuestra voluntad; se encuentra el camino presente con el eterno. Tomar una decisión correcta, después de un camino de discernimiento, es hacer este encuentro: el tiempo con lo eterno. Por lo tanto: el conocimiento, la experiencia, el afecto, la voluntad: son algunos elementos indispensables del discernimiento. A lo largo de estas catequesis veremos otras, igualmente importantes. El discernimiento —como he dicho— implica un esfuerzo. Según la Biblia, no encontramos ante nosotros, ya empaquetada, la vida que hemos de vivir: ¡No! Tenemos que decidirlo todo el tiempo, según las realidades que se presenten. Dios nos invita a evaluar y elegir: nos ha creado libres y quiere que ejerzamos nuestra libertad. Por lo tanto, discernir es arduo. El Evangelio sugiere otro aspecto importante del discernimiento: implica los afectos. El que ha encontrado el tesoro no siente ninguna dificultad en venderlo todo, tan grande es su alegría (cf. Mt 13,44). El término utilizado por el evangelista Mateo indica una alegría muy especial, que ninguna realidad humana puede dar; y de hecho vuelve a aparecer en muy pocos otros pasajes del Evangelio, todos ellos referidos al encuentro con Dios. Es la alegría de los Magos cuando, tras un largo y penoso viaje, vuelven a ver la estrella (cf. Mt 2,10); es la alegría de las mujeres que regresan del sepulcro vacío tras escuchar el anuncio de la resurrección por parte del ángel (cf. Mt 28,8). Es la alegría de los que han encontrado al Señor. Tomar una bella decisión, una decisión correcta, siempre te lleva a esa alegría final; quizás en el camino tengas que sufrir un poco de incertidumbre, pensar, buscar, pero al final la decisión correcta te beneficia con la alegría. ¿Qué significa discernir?

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy iniciamos un nuevo ciclo de catequesis

sobre el tema del discernimiento. Jesús nos lo

presenta con imágenes de la vida ordinaria: el

hombre que trabaja en el campo, los

pescadores que seleccionan los peces. Estas

parábolas nos presentan el discernimiento

como ejercicio de la inteligencia y de la

voluntad, en el que también se involucran los

afectos. El hombre, al haber encontrado el

tesoro, se llena de alegría y, por tal motivo,

habiendo sopesado bien la situación, vende

todo lo que tiene y compra el campo.

Es muy importante aprender a discernir,

porque cada acción que realizamos,

especialmente en los momentos cruciales de

nuestra vida, tienen consecuencias

trascendentes para uno mismo, para los otros

y para el mundo. Así aprendemos a

conocernos, y a conocer y amar lo que es

bueno en cada momento. Dios quiere que

ejercitemos la libertad que Él mismo nos ha

dado, construyendo nuestra vida con cada

decisión, lo que se convierte en una tarea

exigente. Él nos sostiene en este camino, y

quiere ser amado desde la libertad, y no

imponiendo su voluntad.

Resumen

Pero Ignacio empieza también a notar las diferencias. En su autobiografía —en tercera persona— escribe así: «Cuando pensaba en aquello del mundo —y en las cosas caballerescas, se entiende— se deleitaba mucho; mas cuando después de cansado lo dejaba, hallábase seco y descontento; y cuando en ir a Jerusalem descalzo, y en no comer sino yerbas, y en hacer todos los demás rigores que vía haber hecho los santos; no solamente se consolaba cuando estaba en los tales pensamientos, mas aun después de dejando, quedaba contento y alegre» (n. 8), le dejaban un rastro de alegría. En esta experiencia podemos notar sobre todo dos aspectos. El primero es el tiempo: es decir, los pensamientos del mundo al principio son atractivos, pero después pierden brillo y dejan vacíos, descontentos, te dejan así, una cosa vacía. Los pensamientos de Dios, al contrario, suscitan al principio una cierta resistencia —“Esto aburrido de los santos no lo leeré” —, pero cuando se les acoge traen una paz desconocida, que dura mucho tiempo.

Proseguimos nuestra reflexión sobre el discernimiento —en este
tiempo hablaremos cada miércoles del discernimiento espiritual— y
para esto puede ayudarnos hacer referencia a un testimonio
concreto.
Uno de los ejemplos más instructivos nos lo ofrece san Ignacio de
Loyola, con un episodio decisivo de su vida. Ignacio se encuentra en
casa convaleciente, después de haber sido herido en batalla en una
pierna. Para liberarse del aburrimiento pide leer algo. A él le
encantaban los libros de caballería, pero lamentablemente en casa
había solo vidas de santos. Un poco a regañadientes se adapta, pero
durante la lectura comienza a descubrir otro mundo, un mundo que
lo conquista y parece competir con el de los caballeros. Se queda
fascinado por las figuras de san Francisco y de santo Domingo y
siente el deseo de imitarles. Pero también el mundo caballeresco
sigue ejerciendo su fascinación sobre él. Y así siente dentro de sí esta
alternancia de pensamientos, los caballerescos y los de los santos,
que parecen ser equivalentes.

Un ejemplo: Ignacio de Loyola

En ese famoso episodio de los dos sentimientos que tenía Ignacio, uno cuando leía las cosas de los caballeros y otro cuando leía la vida de los santos, podemos reconocer otro aspecto importante del discernimiento, que ya mencionamos la vez pasada. Hay una aparente casualidad en los acontecimientos de la vida: todo parece nacer de un banal contratiempo: no había libros de caballería, sino solo vidas de santos. Un contratiempo que, sin embargo, encierra un posible punto de inflexión. Tan solo después de algún tiempo Ignacio se dará cuenta, y en ese momento le dedicará toda su atención. Escuchad bien: Dios trabaja a través de los eventos no programables, ese por casualidad, por casualidad me ha sucedido esto, por casualidad he visto a esta persona, por casualidad he visto esta película, no estaba programado, pero Dios trabaja a través de los eventos no programables, y también en los contratiempos: “Tenía que dar un paseo y he tenido un problema en los pies, no puedo…”. Contratiempo: ¿qué te dice Dios? ¿Qué te dice la vida ahí? Lo hemos visto también en un pasaje del Evangelio de Mateo: un hombre que está arando un campo se encuentra casualmente con un tesoro enterrado. Una situación completamente inesperada. Pero lo importante es que lo reconoce como el golpe de suerte de su vida y decide en consecuencia: vende todo y compra ese campo (cf. 13,44). Os doy un consejo, estad atentos a las cosas inesperadas. Aquel que dice: “pero esto por casualidad yo no lo esperaba”. Ahí te está hablando la vida, ¿te está hablado el Señor o te está hablado el diablo? Alguien. Pero hay algo para discernir, cómo reacciono yo frente a las cosas inesperadas. Yo estaba tan tranquilo en casa y “pum, pum”, llega la suegra y ¿tú cómo reaccionas con la suegra? ¿Es amor o es otra cosa dentro? Y haces el discernimiento. Yo estaba trabajando en la oficina bien y viene un compañero a decirme que necesita dinero y ¿tú cómo has reaccionado? Ver qué sucede cuando vivimos cosas que no esperamos y ahí aprendemos a conocer nuestro corazón, cómo se mueve. El discernimiento es la ayuda para reconocer las señales con las cuales el Señor se hace encontrar en las situaciones imprevistas, incluso desagradables, como fue para Ignacio la herida en la pierna. De estas puede nacer un encuentro que cambia la vida, para siempre, como el caso de san Ignacio. Puede nacer algo que te haga mejorar en el camino o empeorar no lo sé, pero estad atentos y el hilo conductor más bonito es dado por las cosas inesperadas: “¿cómo me muevo frente a esto?”. Que el Señor nos ayude a sentir nuestro corazón y a ver cuándo es Él quien actúa y cuándo no es Él y es otra cosa. Un ejemplo: Ignacio de Loyola

EL DISCERNIMIENTO ES LA AYUDA PARA RECONOCER

LAS SEÑALES CON LAS CUALES EL SEÑOR SE HACE

ENCONTRAR EN LAS SITUACIONES IMPREVISTAS.

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos nuestra reflexión sobre el

discernimiento, y para esto puede ayudarnos el

ejemplo concreto de un santo: Ignacio de

Loyola. Cuando Ignacio estaba convaleciente,

después de haber sido herido en una pierna

durante una batalla, se dedicó a leer. Él

hubiera preferido las historias de caballería,

pero en su casa sólo había libros de santos. Sin

embargo, leyendo esos relatos, conociendo

figuras como la de san Francisco y santo

Domingo, sintió que el estilo de Dios lo atraía y

lo invitaba a cambiar de vida.

Durante ese tiempo, Ignacio fue descubriendo

que en su interior había una alternancia de

pensamientos. Cuando pensaba en las cosas

del mundo se sentía fascinado, pero después

todo eso lo dejaba vacío. En cambio, cuando

pensaba en las cosas de Dios, aunque al

principio le suscitaba cierta resistencia,

finalmente experimentaba una profunda paz y

alegría. Por eso, san Ignacio recomendaba leer

las vidas de los santos, porque nos ayudan a

ver cómo actúa Dios en nuestra propia

existencia y en nuestra historia concreta.

Resumen

La familiaridad con el Señor Los elementos del discernimiento Es significativo que el primer milagro realizado por Jesús en el Evangelio de Marcos sea un exorcismo (cf. 1,21-28). En la sinagoga de Cafarnaúm libera a un hombre del demonio, liberándolo de la falsa imagen de Dios que Satanás sugiere desde los orígenes: la de un Dios que no quiere nuestra felicidad. El endemoniado de ese pasaje del Evangelio sabe que Jesús es Dios, pero esto no le lleva a creer en Él. De hecho, dice: «¿Has venido a destruirnos?» (v. 24). Muchos, también cristianos, piensan lo mismo: que Jesús puede ser el Hijo de Dios, pero dudan que quiera nuestra felicidad; es más, algunos temen que tomarse en serio su propuesta, lo que Jesús nos propone, signifique arruinarse la vida, mortificar nuestros deseos, nuestras aspiraciones más fuertes. Estos pensamientos a veces se asoman dentro de nosotros: que Dios nos está pidiendo demasiado, tenemos miedo de que Dios nos pida demasiado, que realmente no nos ama. En cambio, en nuestro primer encuentro vimos que el signo del encuentro con el Señor es la alegría. Cuando encuentro al Señor en la oración, me pongo alegre. Cada uno de nosotros se vuelve alegre, una cosa hermosa. La tristeza, o el miedo, son sin embargo signos de lejanía con Dios: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos», dice Jesús al joven rico (Mt 19,17). Lamentablemente para ese joven, algunos obstáculos no le han consentido cumplir el deseo que tenía en el corazón, de seguir más de cerca al “maestro bueno”. Era un joven interesado, emprendedor, había tomado la iniciativa de ver a Jesús, pero estaba también muy dividido en los afectos, para él las riquezas eran demasiado importantes. Jesús no le obliga a decidirse, pero el texto señala que el joven se aleja de Jesús «triste» (v. 22). Quien se aleja del Señor nunca está contento, incluso teniendo a su disposición una gran abundancia de bienes y posibilidades. Jesús nunca obliga a seguirle, nunca. Jesús te hace saber su voluntad, con tanto corazón te hace saber las cosas, pero te deja libre. Y esto es lo más bonito de la oración con Jesús: la libertad que Él nos deja. En cambio, cuando nos alejamos del Señor permanecemos con algo triste, algo malo en el corazón. Discernir qué sucede dentro de nosotros no es fácil, porque las apariencias engañan, pero la familiaridad con Dios puede disolver suavemente dudas y temores, haciendo nuestra vida cada vez más receptiva a su «amable luz», según la bonita expresión de san John Henry Newman. Los santos brillan de luz refleja y muestran en los gestos sencillos de su jornada la presencia amorosa de Dios, que hace posible lo imposible.

Se dice que dos esposos que han vivido juntos mucho tiempo queriéndose terminan pareciéndose. Algo similar se puede decir de la oración afectiva: de forma gradual pero eficaz nos hace cada vez más capaces de reconocer lo que cuenta por connaturalidad, como algo que brota de lo más profundo de nuestro ser. Estar en oración no significa decir palabras, palabras, no; estar en oración significa abrir el corazón a Jesús, acercarse a Jesús, dejar que Jesús entre en mi corazón y nos haga sentir su presencia. Y ahí podemos discernir cuándo es Jesús y cuándo somos nosotros con nuestros pensamientos, muchas veces lejos de eso que quiere Jesús. Pidamos esta gracia: vivir una relación de amistad con el Señor, como un amigo habla al amigo (cf. S. Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, 53). Yo conocí a un anciano hermano religioso que era el portero de un colegio y él cada vez que podía se acercaba a la capilla, miraba el altar, decía: “Hola”, porque tenía cercanía con Jesús. Él no necesita decir bla, bla, bla, no: “hola, estoy cerca de ti y tú estás cerca de mí”. Esta es la relación que debemos tener en la oración: cercanía, cercanía afectiva, como hermanos, cercanía con Jesús. Una sonrisa, un gesto sencillo y no recitar palabras que no llegan al corazón. Como decía, hablar con Jesús como un amigo habla a otro amigo. Es una gracia que debemos pedir los unos por los otros: ver a Jesús como nuestro amigo, nuestro amigo más grande, nuestro amigo fiel, que no chantajea, sobre todo que no nos abandona nunca, tampoco cuando nos alejamos de Él. Él permanece en la puerta del corazón. “No, yo de ti no quiero saber nada”, decimos nosotros. Y Él se queda callado, se queda ahí cerca, cerca del corazón porque Él siempre es fiel. Vamos adelante con esta oración, digamos la oración del “hola”, la oración para saludar al Señor con el corazón, la oración del afecto, la oración de la cercanía, con pocas palabras, pero con gestos y con buenas obras. Gracias. La familiaridad con el Señor Los elementos del discernimiento

PIDAMOS ESTA GRACIA: VIVIR UNA

RELACIÓN DE AMISTAD CON EL SEÑOR,

COMO UN AMIGO HABLA AL AMIGO

En la base de dudas espirituales y crisis vocacionales suele haber un diálogo insuficiente entre la vida religiosa y nuestra dimensión humana, cognitiva y afectiva. Un autor de espiritualidad señaló que muchas dificultades en materia de discernimiento remiten a problemas de otro tipo, que deben ser reconocidos y explorados. Así escribe este autor: «He llegado a la convicción de que el obstáculo más grande al verdadero discernimiento (y a un verdadero crecimiento en la oración) no es la naturaleza intangible de Dios, sino el hecho de que no nos conocemos suficientemente a nosotros mismos, y no queremos ni siquiera conocernos por cómo somos verdaderamente. Casi todos nosotros nos escondemos detrás de una máscara, no solo frente a los otros, sino también cuando nos miramos al espejo» (Th. Green, La cizaña entre el trigo , Roma, 1992, 25). Todos tenemos la tentación de enmascararnos también delante de nosotros mismos. El olvido de la presencia de Dios en nuestra vida va a la par que la ignorancia sobre nosotros mismos —ignorar a Dios e ignorarnos a nosotros—, la ignorancia sobre las características de nuestra personalidad y sobre nuestros deseos más profundos.

Seguimos tratando el tema del discernimiento. La vez pasada
consideramos la oración como su elemento indispensable,
entendida como familiaridad y confidencia con Dios. Oración, no
como los loros, sino como familiaridad y confidencia con Dios;
oración de los hijos al Padre; oración con el corazón abierto. Esto lo
vimos en la última catequesis. Hoy quisiera, de forma casi
complementaria, subrayar que un buen discernimiento requiere
también el conocimiento de uno mismo. Conocerse a sí mismo. Y
esto no es fácil. El discernimiento de hecho involucra a nuestras
facultades humanas: la memoria, el intelecto, la voluntad, los
afectos. A menudo no sabemos discernir porque no nos conocemos
lo suficiente, y así no sabemos qué queremos realmente. Habéis
escuchado muchas veces: “Pero esa persona, ¿por qué no arregla su
vida? Nunca ha sabido lo que quiere…”. Sin llegar a ese extremo,
pero a nosotros también nos sucede que no sabemos bien qué
queremos, no nos conocemos bien.

Conocerse a sí mismo Los elementos del discernimiento

El olvido de la presencia de Dios en nuestra vida va a la par que la

ignorancia sobre nosotros mismos

Conocerse a uno mismo no es difícil, pero es fatigoso: implica un paciente trabajo de excavación interior. Requiere la capacidad de detenerse, de “apagar el piloto automático”, para adquirir conciencia sobre nuestra forma de hacer, sobre los sentimientos que nos habitan, sobre los pensamientos recurrentes que nos condicionan, y a menudo sin darnos cuenta. Requiere también distinguir entre las emociones y las facultades espirituales. “Siento” no es lo mismo que “estoy convencido”; “tengo ganas de” no es lo mismos que “quiero”. Así se llega a reconocer que la mirada que tenemos sobre nosotros mismos y sobre la realidad a veces está un poco distorsionada. ¡Darse cuenta de esto es una gracia! De hecho, muchas veces puede suceder que convicciones erróneas sobre la realidad, basadas en experiencias del pasado, nos influyen fuertemente, limitando nuestra libertad de jugárnosla por lo que realmente cuenta en nuestra vida. Viviendo en la era de la informática, sabemos lo importante que es conocer las “contraseñas” para poder entrar en los programas donde se encuentran las informaciones más personales y valiosas. Pero también la vida espiritual tiene sus “contraseñas”: hay palabras que tocan el corazón porque remiten a aquello por lo que somos más sensibles. El tentador, es decir el diablo, conoce bien estas palabras-clave, y es importante que las conozcamos también nosotros, para no encontrarnos ahí donde no quisiéramos. La tentación no sugiere necesariamente cosas malas, sino a menudo desordenadas, presentadas con una importancia excesiva. De esta manera nos hipnotiza con lo atractivo que estas cosas suscitan en nosotros, cosas bellas pero ilusorias, que no pueden mantener lo que prometen, y así nos dejan al final con un sentido de vacío y de tristeza. Ese sentido de vacío y de tristeza es una señal de que hemos tomado un camino que no era justo, que nos ha desorientado. Pueden ser, por ejemplo, el título de estudio, la carrera, las relaciones, todas cosas en sí loables, pero hacia las cuales, si no somos libres, corremos el riesgo de nutrir expectativas irreales, como por ejemplo la confirmación de nuestro valor. Tú, por ejemplo, cuando piensas en un estudio que estás haciendo, ¿lo piensas solamente para promoverte a ti mismo, por tu interés, o también para servir a la comunidad? Ahí se puede ver cuál es la intencionalidad de cada uno de nosotros. De este malentendido derivan a menudo los sufrimientos más grandes, porque ninguna de esas cosas puede ser la garantía de nuestra dignidad. Conocerse a sí mismo Los elementos del discernimiento TAMBIÉN LA VIDA ESPIRITUAL TIENE SUS “CONTRASEÑAS”: HAY PALABRAS QUE TOCAN EL CORAZÓN PORQUE REMITEN A AQUELLO POR LO QUE SOMOS MÁS SENSIBLES.

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos reflexionando sobre el tema del

discernimiento. Para discernir es importante,

además de rezar, que nos conozcamos a

nosotros mismos. Conocerse a sí mismo —

nuestra personalidad, nuestros deseos más

profundos— puede resultar fatigoso. Pero,

aunque cueste, el hecho de detenernos y

profundizar en lo que hacemos, sentimos y

pensamos nos ayuda a caer en la cuenta de

todo aquello que nos condiciona y que limita

nuestra libertad para dar la vida por Cristo y ser

así verdaderamente felices.

Un instrumento muy valioso para conocerse a

sí mismo es hacer cada día el examen de

conciencia. Ver lo que pasó por mi corazón ese

día. Esta buena costumbre consiste en releer

con calma todo lo que vivimos durante la

jornada, reconociendo lo que nos seduce y

engaña, y distinguiéndolo de aquello que es

realmente importante y bueno para nosotros.

Ese paciente trabajo interior nos ayuda a

integrar todas las dimensiones de nuestra vida

y a vivir con autenticidad en la presencia de

Dios.

Resumen

Pensemos, un deseo sincero sabe tocar en profundidad las cuerdas de nuestro ser, por eso no se apaga frente a las dificultades o a los contratiempos. Es como cuando tenemos sed: si no encontramos algo para beber, esto no significa que renunciemos, es más, la búsqueda ocupa cada vez más nuestros pensamientos y nuestras acciones, hasta que estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio para apaciguarlo, casi obsesionados. Obstáculos y fracasos no sofocan el deseo, no, al contrario, lo hacen todavía más vivo en nosotros.

En estas catequesis estamos repasando los elementos del
discernimiento. Después de la oración y el conocimiento de sí, es
decir rezar y conocerse a uno mismo, hoy quisiera hablar de otro
“ingrediente”, por así decir, indispensable: hoy quisiera hablar del
deseo. De hecho, el discernimiento es una forma de búsqueda, y la
búsqueda nace siempre de algo que nos falta pero que de alguna
manera conocemos, tenemos el olfato.
¿Este conocimiento de qué tipo es? Los maestros espirituales lo
indican con el término “deseo”, que, en la raíz, es una nostalgia de
plenitud que no encuentra nunca plena satisfacción, y es el signo de
la presencia de Dios en nosotros. El deseo no son las ganas del
momento, no. La palabra italiana viene de un término latín muy
hermoso, esto es curioso: de-sidus, literalmente “la falta de la
estrella”, deseo es una falta de la estrella, falta del punto de
referencia que orienta el camino de la vida; esta evoca un
sufrimiento, una carencia, y al mismo tiempo una tensión para
alcanzar el bien que nos falta. El deseo entonces es la brújula para
entender dónde me encuentro y dónde estoy yendo, es más, es la
brújula para entender si estoy quieto o estoy caminando, una
persona que nunca desea es una persona quieta, quizá enferma, casi
muerta. Es la brújula de si estoy caminando o si estoy quieto. ¿Y
cómo es posible reconocerlo?

El deseo Los elementos del discernimiento A diferencia de las ganas o de la emoción del momento, el deseo dura en el tiempo, un tiempo también largo, y tiende a concretarse