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discurso valores, Apuntes de Historia

Asignatura: Habilidades y Valores, Profesor: , Carrera: Historia, Universidad: UNICAN

Tipo: Apuntes

2015/2016

Subido el 04/05/2016

soraya1234-1
soraya1234-1 🇪🇸

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Discurso fúnebre de Pericles
Fuente: Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, libro
11,
34-46. Trad. De
Francisco Rodriguez Adrados (Madrid, Hernando, 1987).
34. En el mismo invierno los atenienses, siguiendo la costumbre tradicional,
hicieron las ceremonias fúnebres en honor de los que primero habían muerto en
esta guerra, procediendo del modo siguiente: Exponen durante tres días los
huesos de los muertos, y cada uno lleva al suyo la ofrenda que quiere; y cuando
tiene lugar el entierro, diez carros transportan las cajas, que son de ciprés, cada
una de una tribu (las diez tribus de Clístenes); los huesos de cada uno de los
muertos están en la caja de la tribu a que pertenece. Ades, se lleva un féretro
vacío y cubierto en honor de los desaparecidos que no hayan sido hallados y
recogidos. Acompañan al entierro los que
lo
desean de los ciudadanos y
extranjeros, y las mujeres de la familia se hallan junto a la tumba Ilorando. Los
entierran en el sepulcro público, que esen el más hermoso barrio de la ciudad
(el Cerámico), donde siempre entierran a los que mueren en la guerra, excepto a
los de Maratón, pues considerando excepcional su valor, los enterraron en el
mismo campo de batalla. Y una vez que los cubren de tierra, un ciudadano
elegido por la ciudad, pronuncia en su honor el elogio apropiado; y después de
esto, se retiran. Así lIevan a cabo el entierro; y a
lo
largo de toda la guerra, cuando
se presentaba la ocasión, seguían esta costumbre. En honor de estos primeros
muertos fue elegido para hablar Pericles, el hijo de Jantipo, y una vez que IIegó el
momento oportuno, avanzando desde el sepulcro a la tribuna que se había hecho
muy elevada para que pudiera ser oído por la multitud a la mayor distancia
posible, habló así:
35. "La mayoría de los que han pronunciado discursos en este lugar elogian al
que añadió a la costumbre tradicional esta oración fúnebre, por ser hermoso que
fuera pronunciada en honor de los soldados muertos en la guerra que reciben
sepultura. A mí, en cambio, me parecería suficiente que ya que han sido de hecho
unos valientes, les honráramos también de hecho, de la manera que veis ahora
mismo en esta ceremonia fúnebre celebrada públicamente; y que la aceptación
del heroísmo de muchos no dependiera peligrosamente de un solo hombre, que
puede hablar bien o menos bien. Pues es dicil expresarse con justeza en
circunstancias en que la creencia en la verdad queda apenas asegurada. Y es que
el oyente que ha sido testigo de los hechos y lIeva buena voluntad, quiza crea
que aquel heroísmo es expuesto como inferior a
lo
que quiere y sabe, mientras
que el que los desconoce puede creer por envidia, al oír algo superior a su
natural, que se exagera. Porque los'elogios de otro son soportables en la medida
en que cada uno cree que es capaz de hacer algo de
lo
que oyó; pero los hombres,
por envidia de
lo
que está por encima de ellos, no lo
creen. Mas ya que los
antiguos juzgaron que este discurso era oportuno, es preciso cumplir la ley e
intentar satisfacer en todo
lo
posible el deseo y la expectacion de cada cual.
36. Comenza por nuestros antepasados, pues es justo y hermoso al mismo
tiempo que en esta ocasion se les ofrezca el honor del recuerdo. Porque fueron
ellos quienes, habitando siempre este país hasta hoy día mediante la sucesión de
las generaciones, nos lo entregaron Iibre gracias a su valor. Son merecedores de
encomio y aun mas
lo
son nuestros padres, puesto que se adueñaron, no sin
trabajo, del imperio que tenemos, a más de
lo
que habían heredado, y nos
lo
dejaron a nosotros los hombres de hoy juntamente con aquello. Y el imperio, en
su mayor parte,
lo
hemos engrandecido nosotros mismos, los que vivimos todavía,
y sobre todo los de edad madura; y hemos hecho la ciudad muy poderosa en la
guerra y en la paz en todos los aspectos. Mas de entre estas cosas dejaré a un lado
las empresas guerreras con que adquirimos cada una de nuestras posesiones e
igualmente el que hayamos rechazado valerosamente a enemigos bárbaros y
griegos, pues no quiero extenderme sobre ello ante gentes que ya
lo
conocen; y
mostraré en cambio,
lo
primero, la política mediante la cua Ilegamos a adquirirlas,
y el sistema de gobierno y la manera de ser por los cuales crecieron, y pasaré
después al elogio de nuestros muertos, pues creo que en la ocasión presente no
es inadecuado que estas cosas sean expuestas , y es conveniente que todo este
concurso de ciudadanos y extranjeros las escuche.
37. Tenemos un regimen de gobierno que no envidia las leyes de otras ciudades,
sino que más bien somos ejemplo para otros que imitadores de los demás. Su
nombre es democracia, por no depender el gobierno de pocos, sino de un número
mayor; de acuerdo con nuestras leyes, cada cual está en situación de igualdad de
derechos en las disensiones privadas, mientras que según el renombre que cada
uno, a juicio de la estimación pública, tiene en algún respecto, es honrado en la
cosa pública; y no tanto por la clase social a que pertenece como por su mérito, ni
tampoco, en caso de pobreza, si uno puede hacer cualquier beneficio a la ciudad,
se Ie impide por la oscuridad de su fama. Y nos regimos liberalmente no solo en
lo
relativo a los negocios públicos, sino tambien en
lo
que se refiere a las sospechas
recíprocas sobre la vida diaria, no tomando a mal al prójimo que obre segun su
gusto, ni poniendo rostros Ilenos de reproche, que no son un castigo, pero
penosos de ver. Y al tiempo que no nos estorbamos en las relaciones privadas, no
infringimos la ley en los asunto públicos, más que nada por un temor respetuoso,
ya que obedecemos a los que en cada ocasión desempeñan las magistraturas y a
las leyes, y de entre ellas, sobre todo a las que están legisladas en beneficio de los
que sufren la injusticia, y a las que por su calidad de leyes no escritas, traen una
vergüenza manifiesta al que las
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Discurso fúnebre de Pericles Fuente: Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, libro 11, 34-46. Trad. De Francisco Rodriguez Adrados (Madrid, Hernando, 1987).

  1. En el mismo invierno los atenienses, siguiendo la costumbre tradicional, hicieron las ceremonias fúnebres en honor de los que primero habían muerto en esta guerra, procediendo del modo siguiente: Exponen durante tres días los huesos de los muertos, y cada uno lleva al suyo la ofrenda que quiere; y cuando tiene lugar el entierro, diez carros transportan las cajas, que son de ciprés, cada una de una tribu (las diez tribus de Clístenes); los huesos de cada uno de los muertos están en la caja de la tribu a que pertenece. Además, se lleva un féretro vacío y cubierto en honor de los desaparecidos que no hayan sido hallados y recogidos. Acompañan al entierro los que lo desean de los ciudadanos y extranjeros, y las mujeres de la familia se hallan junto a la tumba Ilorando. Los entierran en el sepulcro público, que está en el más hermoso barrio de la ciudad (el Cerámico), donde siempre entierran a los que mueren en la guerra, excepto a los de Maratón, pues considerando excepcional su valor, los enterraron en el mismo campo de batalla. Y una vez que los cubren de tierra, un ciudadano elegido por la ciudad, pronuncia en su honor el elogio apropiado; y después de esto, se retiran. Así lIevan a cabo el entierro; y a lo largo de toda la guerra, cuando se presentaba la ocasión, seguían esta costumbre. En honor de estos primeros muertos fue elegido para hablar Pericles, el hijo de Jantipo, y una vez que IIegó el momento oportuno, avanzando desde el sepulcro a la tribuna que se había hecho muy elevada para que pudiera ser oído por la multitud a la mayor distancia posible, habló así:
  2. "La mayoría de los que han pronunciado discursos en este lugar elogian al que añadió a la costumbre tradicional esta oración fúnebre, por ser hermoso que fuera pronunciada en honor de los soldados muertos en la guerra que reciben sepultura. A mí, en cambio, me parecería suficiente que ya que han sido de hecho unos valientes, les honráramos también de hecho, de la manera que veis ahora mismo en esta ceremonia fúnebre celebrada públicamente; y que la aceptación del heroísmo de muchos no dependiera peligrosamente de un solo hombre, que puede hablar bien o menos bien. Pues es difícil expresarse con justeza en circunstancias en que la creencia en la verdad queda apenas asegurada. Y es que el oyente que ha sido testigo de los hechos y lIeva buena voluntad, quiza crea que aquel heroísmo es expuesto como inferior a lo que quiere y sabe, mientras que el que los desconoce puede creer por envidia, al oír algo superior a su natural, que se exagera. Porque los'elogios de otro son soportables en la medida en que cada uno cree que es capaz de hacer algo de lo que oyó; pero los hombres, por envidia de lo que está por encima de ellos, no lo creen. Mas ya que los

antiguos juzgaron que este discurso era oportuno, es preciso cumplir la ley e intentar satisfacer en todo lo posible el deseo y la expectacion de cada cual.

  1. Comenzaré por nuestros antepasados, pues es justo y hermoso al mismo tiempo que en esta ocasion se les ofrezca el honor del recuerdo. Porque fueron ellos quienes, habitando siempre este país hasta hoy día mediante la sucesión de las generaciones, nos lo entregaron Iibre gracias a su valor. Son merecedores de encomio y aun mas lo son nuestros padres, puesto que se adueñaron, no sin trabajo, del imperio que tenemos, a más de lo que habían heredado, y nos lo dejaron a nosotros los hombres de hoy juntamente con aquello. Y el imperio, en su mayor parte, lo hemos engrandecido nosotros mismos, los que vivimos todavía, y sobre todo los de edad madura; y hemos hecho la ciudad muy poderosa en la guerra y en la paz en todos los aspectos. Mas de entre estas cosas dejaré a un lado las empresas guerreras con que adquirimos cada una de nuestras posesiones e igualmente el que hayamos rechazado valerosamente a enemigos bárbaros y griegos, pues no quiero extenderme sobre ello ante gentes que ya lo conocen; y mostraré en cambio, lo primero, la política mediante la cua Ilegamos a adquirirlas, y el sistema de gobierno y la manera de ser por los cuales crecieron, y pasaré después al elogio de nuestros muertos, pues creo que en la ocasión presente no es inadecuado que estas cosas sean expuestas, y es conveniente que todo este concurso de ciudadanos y extranjeros las escuche.
  2. Tenemos un regimen de gobierno que no envidia las leyes de otras ciudades, sino que más bien somos ejemplo para otros que imitadores de los demás. Su nombre es democracia, por no depender el gobierno de pocos, sino de un número mayor; de acuerdo con nuestras leyes, cada cual está en situación de igualdad de derechos en las disensiones privadas, mientras que según el renombre que cada uno, a juicio de la estimación pública, tiene en algún respecto, es honrado en la cosa pública; y no tanto por la clase social a que pertenece como por su mérito, ni tampoco, en caso de pobreza, si uno puede hacer cualquier beneficio a la ciudad, se Ie impide por la oscuridad de su fama. Y nos regimos liberalmente no solo en lo relativo a los negocios públicos, sino tambien en lo que se refiere a las sospechas recíprocas sobre la vida diaria, no tomando a mal al prójimo que obre segun su gusto, ni poniendo rostros Ilenos de reproche, que no son un castigo, pero sí penosos de ver. Y al tiempo que no nos estorbamos en las relaciones privadas, no infringimos la ley en los asunto públicos, más que nada por un temor respetuoso, ya que obedecemos a los que en cada ocasión desempeñan las magistraturas y a las leyes, y de entre ellas, sobre todo a las que están legisladas en beneficio de los que sufren la injusticia, y a las que por su calidad de leyes no escritas, traen una vergüenza manifiesta al que las

incumple. Y además nos hemos procurado muchos recreos del espíritu, pues tenemos juegos y sacrificios anuales y hermosas casas particulares, cosas cuyo disfrute diario aleja las preocupaciones; y a causa del gran número de habitantes de la ciudad, entran en ella las riquezas de toda la tierra, y así sucede que la utilidad que obtenemos de los bienes que se producen en nuestro país no es menos real de la que obtenemos de los demás pueblos.

  1. En lo relativo a la guerra diferimos de nuestros enemigos en lo siguiente: tenemos la ciudad abierta a todos y nunca impedimos a nadie, expulsando a los extranjeros, que la visite o contemple -a no ser tratándose de alguna cosa secreta de que pudiera sacar provecho el enemigo al verla-, pues confiamos no tanto en los preparativos y estratagemas como en el vigor de alma en la acción; y en lo referente a la educación, hay quienes desde niños buscan el valor con un fatigoso entrenamiento, mientras que nosotros, aunque vivimos plácidamente, no por eso nos lanzamos menos a aquellos peligros que estén en relación con nuestra fuerza. He aquí una prueba: Los lacedemonios no organizan expediciones por si solos contra nuestro territorio, sino en unión de todos sus aliados, mientras que nosotros, cuando avanzamos contra otros las más de las veces los vencemos con facilidad en la batalla, aunque son gentes que se defienden luchando por sus bienes; y con nuestras fuerzas reunidas jamas ha entablado combate ningun enemigo, a causa tanto de la importancia que damos a la. marina, como de que algunos de los nuestros son enviados con varias finalidades a diversos puntos del imperio; pero si nuestros enemigos luchan en algún sitio con una parte de nuestras fuerzas, en caso de victoria sobre algunos de nosotros, se jactan de que todos hemos sido rechazados, y en el de derrota, de que han sido vencidos por la totalidad. Y a pesar de todo, si queremos correr peligros con tranquilidad de espíritu y no con el ejercicio de trabajos penosos, y no con leyes, sino con costumbres de valentía, queda a nuestro favor que no sufrimos con antelacion por las contrariedades futuras, que cuando vamos a su encuentro nos encontramos no inferiores en audacia a los que viven continuamente con dureza, y que por estos motivos y otros más aun nuestra ciudad es digna de admiracion.
  2. Pues amamos la belleza con poco gasto y la sabiduria sin relajacion; y utilizamos la riqueza como medio para la accion mas que como motivo de jactancia, y no es vergonzoso entre nosotros confesar la pobreza, sino que lo es más el no huirla de hecho. Por otra parte nos preocupamos a la vez de los asuntos privados y de los públicos, y gentes de diferentes oficios conocen suficientemente la cosa pública; pues somos los únicos que consideramos no hombre pacifico, sino inútil, al que nada participa en ella, y además, o nos formamos un juicio propio o al menos estudiamos con exactitud los negocios publicos, no considerando las palabras dañoo para la acción, sino mayor dando el no enterarse previamente mediante la palabra antes

de poner en obra lo que es preciso. Pues tenemos también en alto grado esta peculiaridad: ser los más audaces y reflexionar además sobre lo que emprendemos; mientras que a otros la ignorancia les da osadía, y la reflexion, demora. Será justo, por tanto, considerar como los de ánimo más esforzado a aquéllos que mejor conocen las cosas terribles y las agradables, y que no por ello rehuyen los peligros. Y en cuanto a la nobleza de conducta, diferimos de la mayoría en que no adquirimos amigos recibiendo beneficios, sino haciéndolos; pues el que ha hecho el favor está en situación más firme para mantenerlo vivo por la amistad que le debe aquél a quien se lo h izo, mientras que el que lo debe tiene menos, ya que sabe que ha de devolver el buen comportamiento no como haciendo un beneficio, sino como pagando una deuda. Y somos los únicos que sin poner reparos hacemos beneficios no tanto por cálculo de la conveniencia como por la confianza que da la libertad.

  1. En resumen, afirmo que la ciudad entera es la maestra de Grecia, y creo que cualquier ateniense puede lograr una personalidad completa en los más distintos aspectos y dotada de la mayor flexibilidad, y al mismo tiempo el encanto personal. Y que esto no es una'exageración retórica, sino la realidad, lo demuestra el poderío mismo de la ciudad, que hemos adquirido con ese carácter; pues es Atenas la única de las ciudades de hoy que va a la prueba con un poderío superior a la fama que tiene, y la única que ni despierta en el enemigo que la ataca una indignacion producida por la manera de ser de la ciudad que le causa daños, ni provoca en los súbditos el reproche de que no son gobernados por hombres dignos de ello. Y como hacemos gala con pruebas decisivas de una fuerza que no carece de testigos, seremos admirados por los hombres de hoy y del tiempo venidero sin necesitar para nada como panegiristas a Homero ni a ningún otro que con sus epopeyas produzca placer de momento, pero cuya exposición de los hechos desmienta la verdad, sino teniendo suficiente con obligar a todos los mares y tierras a ser accesibles a nuestra audacia, y con fundar en todas partes testimonios inmortales de nuestras desgracias y venturas. Fue por una ciudad así por la que murieron estos, considerando justo, con toda nobleza, que no les fuera arrebatada, y por la que todos los que quedamos es natural que estemos dispuestos a sufrir penalidades".
  2. Por estas razones me he extendido en lo relativo a la ciudad, mostrándoos que no luchamos por una cosa igual a nosotros y los que no poseen a su vez nada de esto, y he demostrado con pruebas la verdad del elogio de aquéllos -en cuyo honor hablo ahora. He expuesto ya la parte más importante de él; pues mis encomios en honor de la ciudad son aquellos de los cuales la han hecho digna los méritos de éstos y de otros hombres semejantes, y no hay muchos griegos cuyo elogio, como el de éstos,