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Dossier sobre Polibio, Apuntes de Historia de la Roma Antigua

Dossier orientativo sobre el autor en lengua latina Polibio.

Tipo: Apuntes

2018/2019

Subido el 07/02/2019

fuentenatural
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3.8

(4)

37 documentos

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HISTORIA DE LOS REINOS HELENÍSTICOS Y EL MUNDO
ROMANO
(GRUPOS REDUCIDOS)
Curso Curso académico
2015-2016
POLIBIO
1
Datos biográficos
En el año 146 a.C. la ciudad griega de Corinto era tomada por los romanos, que sometían
Grecia entera a su poder. Ese mismo año, Escipión Emiliano asedió y destruyó Cartago, asegurando así
la hegemonía de Roma en el Mediterráneo. A ambos sucesos asistió Polibio de Megalópolis, el último
gran historiador griego. Adoptó la historiografía tucidídea a la nueva situación, escribiendo una
historia del mundo contemporáneo sobre la base de su propia experiencia política y militar, de una
escrupulosa atención por la verdad de los hechos y de una rigorosa metodología. Puede decirse que
Polibio nadó a contracorriente de las principales tendencias historiográficas del helenismo y restituyó a
la historiografía la dignidad científica que le había dado Tucídides.
Polibio (205-120 a.C.) nació en la ciudad arcadia de Megalópolis. En 169 a.C. fue nombrado
hiparco, comandante de la caballería, de la Liga Aquea, una alianza de ciudades de la península del
Peloponeso que tuvo su gran momento político y militar en la primera mitad del siglo II a.C. Participó
activamente en el conflicto entre Roma y Macedonia, las dos potencias que se disputaban la
hegemonía de Grecia. Tras la batalla de Pidna, en el año 168 a.C., Polibio fue uno de los mil aqueos
que marcharon prisioneros a Roma, hecho que cambió el rumbo existencial de nuestro autor y le hizo
adquirir una nueva perspectiva cultural. Allí trabó amistad con Publio Cornelio Escipión Emiliano, lo
cual le permitió tener acceso a los círculos intelectuales y gozar de una amplia libertad de
movimientos, a pesar de haber mantenido su condición de prisionero hasta el año 150 a.C. Ello explica
los grandes conocimientos que adquirió de la política romana y los frecuentes viajes que realizó
(Hispania y norte de África).
Cuando obtiene la libertad oficial, en el año 150 a.C., nuestro historiador regresa a Grecia, pero
su posición política ha cambiado. Se siente agradecido a Roma y sabe que dicha entidad política se ha
convertido en la directora del acontecer histórico. De todas formas, Polibio desaprobó la destrucción
de Corinto por parte de los romanos, aunque también le reprochó a los griegos su vano orgullo. El
Senado romano le encargó que actuara como mediador entre los romanos vencedores y los griegos
derrotados, que debían habituarse al nuevo orden. Así pues, Polibio empezó siendo un hombre de
acción de la Liga Aquea y acabó, después de su estancia en Roma, dedicándose a la reflexión sobre el
acontecer histórico que Roma había protagonizado.
La historiografía pragmática: características y pensamiento de Polibio
A Polibio lo que realmente le interesa es llegar a comprender las motivaciones y principios que
hacen que los acontecimientos sucedan y conocer cuáles fueron las causas profundas que hicieron que
Roma, y no los atenienses, tebanos o macedonios, dominara todo el mundo conocido y se convirtiera
en la primera potencia del Mediterráneo. Su historia es pragmática y política, totalmente opuesta a la
historiografía dramática, a la retórica, a las historias locales. La mayoría de los autores, para atraer el
interés de gentes de todas las condiciones, echa mano de todas las clases de historias y mezclan
fundaciones de ciudades y genealogías con hechos de pueblos, ciudades y monarcas, pero Polibio
declara que él ha decidido, a sabiendas de que sus Historias van a resultar poco atractivas, escribir una
historia pragmatiké y sólo de hechos. La historia pragmática se basa en el examen minucioso de las
fuentes documentales, en el conocimiento de los lugares donde discurren los acontecimientos y en la
experiencia en la actividad política.
La historia universal
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HISTORIA DE LOS REINOS HELENÍSTICOS Y EL MUNDO

ROMANO (GRUPOS REDUCIDOS) Curso Curso académico 1º 2015- POLIBIO Datos biográficos En el año 146 a.C. la ciudad griega de Corinto era tomada por los romanos, que sometían Grecia entera a su poder. Ese mismo año, Escipión Emiliano asedió y destruyó Cartago, asegurando así la hegemonía de Roma en el Mediterráneo. A ambos sucesos asistió Polibio de Megalópolis, el último gran historiador griego. Adoptó la historiografía tucidídea a la nueva situación, escribiendo una historia del mundo contemporáneo sobre la base de su propia experiencia política y militar, de una escrupulosa atención por la verdad de los hechos y de una rigorosa metodología. Puede decirse que Polibio nadó a contracorriente de las principales tendencias historiográficas del helenismo y restituyó a la historiografía la dignidad científica que le había dado Tucídides. Polibio (205-120 a.C.) nació en la ciudad arcadia de Megalópolis. En 169 a.C. fue nombrado hiparco, comandante de la caballería, de la Liga Aquea, una alianza de ciudades de la península del Peloponeso que tuvo su gran momento político y militar en la primera mitad del siglo II a.C. Participó activamente en el conflicto entre Roma y Macedonia, las dos potencias que se disputaban la hegemonía de Grecia. Tras la batalla de Pidna, en el año 168 a.C., Polibio fue uno de los mil aqueos que marcharon prisioneros a Roma, hecho que cambió el rumbo existencial de nuestro autor y le hizo adquirir una nueva perspectiva cultural. Allí trabó amistad con Publio Cornelio Escipión Emiliano, lo cual le permitió tener acceso a los círculos intelectuales y gozar de una amplia libertad de movimientos, a pesar de haber mantenido su condición de prisionero hasta el año 150 a.C. Ello explica los grandes conocimientos que adquirió de la política romana y los frecuentes viajes que realizó (Hispania y norte de África). Cuando obtiene la libertad oficial, en el año 150 a.C., nuestro historiador regresa a Grecia, pero su posición política ha cambiado. Se siente agradecido a Roma y sabe que dicha entidad política se ha convertido en la directora del acontecer histórico. De todas formas, Polibio desaprobó la destrucción de Corinto por parte de los romanos, aunque también le reprochó a los griegos su vano orgullo. El Senado romano le encargó que actuara como mediador entre los romanos vencedores y los griegos derrotados, que debían habituarse al nuevo orden. Así pues, Polibio empezó siendo un hombre de acción de la Liga Aquea y acabó, después de su estancia en Roma, dedicándose a la reflexión sobre el acontecer histórico que Roma había protagonizado. La historiografía pragmática: características y pensamiento de Polibio A Polibio lo que realmente le interesa es llegar a comprender las motivaciones y principios que hacen que los acontecimientos sucedan y conocer cuáles fueron las causas profundas que hicieron que Roma, y no los atenienses, tebanos o macedonios, dominara todo el mundo conocido y se convirtiera en la primera potencia del Mediterráneo. Su historia es pragmática y política, totalmente opuesta a la historiografía dramática, a la retórica, a las historias locales. La mayoría de los autores, para atraer el interés de gentes de todas las condiciones, echa mano de todas las clases de historias y mezclan fundaciones de ciudades y genealogías con hechos de pueblos, ciudades y monarcas, pero Polibio declara que él ha decidido, a sabiendas de que sus Historias van a resultar poco atractivas, escribir una historia pragmatiké y sólo de hechos. La historia pragmática se basa en el examen minucioso de las fuentes documentales, en el conocimiento de los lugares donde discurren los acontecimientos y en la experiencia en la actividad política. La historia universal

Polibio relaciona los hechos globalmente y entrelaza el devenir histórico de las distintas regiones del mundo conocido. Nuestro autor escribe una historia universal, para lo cual investiga “la estructura general y total de los hechos ocurridos, cuándo y de dónde se originaron y cómo alcanzaron su culminación” (I.4.3). La obra de Polibio abarca por primera vez, aunque algo ya puede verse en Timeo, todo el conjunto del mundo conocido. No obstante, nuestro historiador se percata, al explicar todos los acontecimientos del mundo en paralelo, de que los hechos que ocurren en todas partes confluyen en un mismo resultado: dominio indiscutible de Roma sobre los demás pueblos. Hasta la aparición de Roma en el Mediterráneo, los hechos que tenían lugar en las distintas regiones del orbe no tenían relación entre sí, pero desde entonces todo gira en torno a Roma (el mar Mediterráneo es lo que da universalidad a las Historias de Polibio). El mejor régimen de gobierno Desde el s. IV a.C. era frecuente encontrar en los círculos intelectuales y políticos un debate acerca de cuál era el verdadero modelo ideal de constitución y el mejor régimen de gobierno, cuyo trasfondo ideológico no era otro que el intentar saber o justificar por qué los griegos no habían conseguido la unidad que les hubiera llevado a dominar todo el mundo. Puede decirse que Polibio escribe para dar a los griegos una respuesta sobre su fracaso y, a la vez, elogiar la constitución de los romanos, quienes sí han logrado la tan ansiada paz y unidad. Para el historiador de Megalópolis existe una relación directa entre los regímenes políticos de los pueblos y sus actuaciones; la constitución romana es la causa última del ascenso de Roma a la hegemonía mundial. Sin embargo, Polibio cree que la historia de los pueblos no es ajena a la propia dinámica de la naturaleza, por lo que todo tiene a cambiar y a destruirse. Polibio cree que la sucesión cíclica de las diversas formas de gobierno es un proceso que se repite constantemente a lo largo de los años (VI.5-10). Los pueblos pasan ineludiblemente, como los seres vivos, por sucesivas etapas de crecimiento y decadencia, algo que Roma también experimentará. Para algunos estudiosos Polibio escribe sus Historias como reflexión de su propio fracaso como heleno. De cualquier forma, al igual que habían existido oligarcas a favor de los macedonios, en Grecia también existían oligarquías filorromanas, que preferían renunciar a su libertad y autonomía para conseguir paz y seguridad (este debate estaba presente en la sociedad griega desde los tiempos de Filipo II de Macedonia). El propio Polibio veía a Roma como una apuesta estratégica, puesto que había conseguido vencer a los macedonios y destruir su imperio hegemónico. De hecho, la obra de Polibio está dirigida a la clase dirigente de Grecia, que no conocía la constitución romana, la cual había llevado a Roma a convertirse en una potencia mundial. Hablamos de constitución de carácter mixto, en la que se contrabalanceaban a la perfección, según Polibio, los poderes de la monarquía, la aristocracia y la democracia. Nuestro autor postula que ante el fracaso de Grecia, los griegos deberían acogerse a la protección que los romanos les brinda, puesto que ellos sí han conseguido la unidad y la hegemonía. Polibio admiraba grandemente a Aníbal, a quien consideraba un modelo válido de comportamiento político y militar. Le reconoce en muchos sucesos una conducta y habilidad excepcionales. La misma opinión y concepción política-militar tenía del general romano Publio Cornelio Escipión el Africano. Nuestro autor se plantea entonces la siguiente pregunta: ¿por qué fue derrotada Cartago si sus generales y los romanos tenían el mismo número de tropas y las mismas capacidades? Para Polibio la victoria romana se debe a la superioridad aplastante de su modelo político, ya que la potencia africana se encontraba sumida en la decadencia política y sufría muchas tensiones internas, como por ejemplo la rebelión de los mercenarios tras la Primera Guerra Púnica. Es esta una concepción histórica bastante aristotélica, pues Polibio utiliza elementos políticos para explicar las diferencias entre Roma y Cartago. Según Polibio, la grandeza y poder de Roma reside en su perfecta constitución y en el equilibrio existente entre cónsules, Senado y asambleas de ciudadanos. Los cónsules tenían el máximo poder militar, pero eran los senadores quienes les otorgaban las tropas. El control de la ciudad y la

es de carácter político-militar, razón por la cual no hay excursos que distraigan al lector (influencia tucididea). La Historia debe ser útil para la actividad política. La misión del historiador es mostrarle al político el pasado para aprender de los errores. Esta es la razón por la cual nuestro autor dice que el historiador debe tener experiencia como político y conocimientos militares: “El que carece de experiencia bélica no puede describir bien lo que ocurre en la guerra, ni puede tratar de política el que no ha intervenido en sus avatares y sus cambios. La obra redactada por eruditos librescos sin experiencia, que no han vivido su temática, es inútil para los lectores” (XII.25.1-2). Un hombre con propia experiencia es capaz de justipreciar los hechos, de valorar adecuadamente a sus protagonistas y de comprender mejor los móviles del devenir histórico sin necesidad de acudir a fuerzas extrañas o maravillosas. Desde luego, Polibio contaba con esa experiencia y con mucha frecuencia da detalles sobre el movimiento de los soldados en las batallas, explica los sistemas de comunicación a distancia mediante señales y define los conocimientos que debe tener un buen jefe militar. El buen historiador también debe ser testigo ocular de los hechos que narra o recabar información de quienes lo hayan sido (autopsia). Igualmente, para evitar errores y comprender mejor el desarrollo de los acontecimientos el historiador tiene que tener un conocimiento directo de los parajes donde éstos han tenido lugar. Se debe compaginar la teoría y la práctica, la investigación y la experiencia. Es decir, para Polibio el historiador puede dedicarse al estudio de las fuentes y de otras obras históricas fiables, útiles para el conocimiento de las épocas antiguas y de los sucesos no vividos por él mismo. Las Historias de Polibio Es una extensa obra que contiene una historia universal, con Roma y su creciente poderío de trasfondo, que inicialmente abarcaba desde el año 220 hasta 168 a.C., cuando se produce la batalla de Pidna. Sin embargo, al verse obligado a buscar las verdaderas causas del conflicto entre Cartago y Roma retrotrae hasta la Primera Guerra Púnica, que tuvo lugar entre el año 264 y 241 a.C., lo cual, finalmente, también le llevaría a extender sus Historias hasta la caída definitiva de Cartago y Corinto, en 146 a.C. El tema central de la obra es el surgimiento y consolidación de la hegemonía romana. Parecer ser que la obra estaba dedicada, según el propio Polibio, al público griego desconocedor de Roma y de sus instituciones. El historiador griego escribió esta obra entre 168 a.C. año en que comienza su cautiverio en Roma, y 134 a.C., deduciéndose pues que durante todo ese tiempo va readaptando las informaciones que tiene y rescribiendo su obra, añadiendo y suprimiendo contenidos conforme iba adquiriendo perspectiva histórica con el paso de los años. Puede decirse que Historias es un escrito acumulativo que Polibio modifica constantemente en función de los nuevos datos que va teniendo (v. gr. tiene información sobre Galicia porque posiblemente conocía la expedición que Bruto Calaico hizo a dicha región en 138-136 a.C.). Estructura En las Historias de Polibio hay un núcleo central básico, compuesto por los libros que van desde el libro III al libro XXX los cuales, según el propósito inicial de nuestro autor, exponen los hechos transcurridos entre 220 y 168 a.C. En esos cincuenta y tres años Roma se había adueñado del mundo. A todo ello el historiador de Megalópolis le añadió dos libros iniciales y diez libros más por el final, siendo su propósito explicar las causas y las consecuencias de la hegemonía romana. El orden de la narración sigue un criterio espacial: los libros, que abarcan cada uno más o menos dos años, comienzan con los sucesos ocurridos en Italia y continúa con los de Sicilia, Iberia, África, Grecia, Asia y Egipto. Esto supone un corte en el hilo de la narración y Polibio es muy consciente de este problema y de la crítica que le puede acarrear, pero él lo prefiere así por coherencia metodológica y en beneficio

de la variedad dentro del orden. Esa misma coherencia metodológica le lleva a concentrar sus grandes digresiones en libros concretos; por ejemplo, el libro VI lo dedica al régimen político de los romanos y el libro XII a la crítica historiográfica. Historiografía Helenístico-romana: Polibio. Textos Elogio de la historia como ciencia (I, 1-4) [1] Si los autores que me han precedido hubieran omitido el elogio de la historia en sí, sin duda sería necesario que yo urgiera a todos la elección y transmisión de tratados de este tipo, ya que para los hombres no existe enseñanza más clara que el conocimiento de los hechos pretéritos. Pero no sólo algunos, ni de vez en cuando, sino que prácticamente todos los autores, al principio y al final, nos proponen tal apología; aseguran que del aprendizaje de la historia resultan la formación y la preparación para una actividad política; afirman también que la rememoración de las peripecias ajenas es la más clarividente y la única maestra que nos capacita para soportar con entereza los cambios de fortuna. Es obvio, por consiguiente, que nadie, y mucho menos nosotros, quedaría bien si repitiera lo que muchos han expuesto ya bellamente. Porque la propia originalidad de los hechos acerca de los cuales nos hemos propuestos escribir se basta por sí misma para atraer y estimular a cualquiera, joven y anciano, a la lectura de nuestra obra. En efecto, ¿puede haber algún hombre tan necio y negligente que no se interese en conocer cómo y por qué género de constitución política fue derrotado casi todo el universo en cincuenta y tres años no cumplidos, y cayó bajo el imperio indisputado de los romanos? Se puede comprobar que antes esto no había ocurrido nunca. ¿Quién habrá, por otra parte, tan apasionado por otros espectáculos o enseñanzas que pueda considerarlos más provechosos que este conocimiento? [2] La originalidad, la grandeza del argumento objeto de nuestra consideración pueden comprenderse con claridad insuperable, si comparamos y parangonamos los reinos antiguos más importantes, sobre los que los historiadores han compuesto la mayoría de sus obras, con el imperio romano. He aquí los reinos que merecen esta comparación y parangón: en cierta época los persas consiguieron un gran reino, un gran imperio, pero siempre que se arriesgaron a cruzar los límites de Asia pusieron en peligro no sólo ese imperio, sino sus propias vidas. Los lacedemonios pugnaron largo tiempo para hacerse con la hegemonía sobre [todos] los griegos, y cuando, al fin, la consiguieron, lograron conservarla indiscutidamente doce años escasos. Los macedonios dominaron Europa desde las orillas del Adriático hasta el río Danubio, lo que, en su totalidad, parecería una pequeña parte del territorio aludido. Pero, posteriormente, aniquilaron el poderío persa y se anexionaron el imperio de Asia. Sin embargo, aunque dieron la impresión de que se habían apoderado de muchas más regiones y estados, dejaron la mayor parte del universo en poder de otros, porque no se lanzaron nunca a disputar el dominio de Sicilia, ni el de Cerdeña, ni el de África, y en cuanto a los pueblos occidentales de Europa, belicosísimos, digámoslo escuetamente: ni tan siquiera los conocieron. En cambio, los romanos sometieron a su obediencia no algunas partes del mundo, sino a éste prácticamente íntegro. Así establecieron la supremacía de un imperio envidiable para los contemporáneos e insuperable para los hombres del futuro. Por descontado: estos temas se entenderán mejor, en su mayor parte, por medio de esta obra mía, la cual hará ver también más claramente, por su propia naturaleza, hasta qué punto las características de la historia política ayudan a los estudiosos. [3] En cuanto a la cronología, el inicio de nuestro trabajo lo constituirá la olimpiada ciento cuarenta. Los hechos históricos comenzarán, entre los griegos, por la llamada Guerra Social, la primera que Filipo, hijo de Demetrio y padre de Perseo, emprendió contra los etolios, apoyado por los aqueos; entre los habitantes del Asia, por la guerra de Celesiria, que se hicieron mutuamente Antíoco y Ptolomeo Filópator. En lo tocante a los países de Italia y África [el principio de este estudio], lo formará la guerra que estalló entre romanos y cartagineses, llamada por la mayoría guerra Anibálica. Estos hechos son continuación de los últimos que se narran en el tratado de Arato de Sición. En las épocas anteriores a ésta los acontecimientos del mundo estaban como dispersos, porque cada una de las empresas estaba separada en la iniciativa de conquista, en los resultados que de ellas nacían y en

¿Puede haber algún hombre tan necio y negligente que no se interese en conocer cómo y por qué género de organización política fue derrotado casi todo el mundo habitado en cincuenta y tres años no completos y bajo el poder indiscutible de los romanos? Se puede comprobar que esto no había ocurrido nunca (I 1, 5). Voy a señalar, de manera breve y resumida, los hechos que comprenderá esta introducción. Los primeros, por orden, serán los ocurridos entre romanos y cartagineses en la guerra de Sicilia. Conectada con ella estará la guerra de África, y enlazada con esta última la de Amílcar en lberia; seguirá la que hicieron Asdrúbal y sus cartagineses. Por el mismo tiempo que éstas fue la primera expedición de los romanos hacia Iliria y estas partes de Europa. Además de las mencionadas, pertenecen a esta época las campañas de los romanos contra los celtas de Italia. Paralelamente a todo ello se producía en Grecia la llamada guerra de Cleómenes, con la que pondremos fin al conjunto de la introducción y al libro segundo (I 13, 1-5). Si alguien mantiene que la destrucción de Sagunto fue la causa de la guerra, hay que concederle que los cartagineses la provocaron injustamente en virtud del pacto firmado con Lutacio, según el cual los aliados respectivos debían darse seguridad recíproca, y en virtud también del firmado con Asdrúbal, según el cual los cartagineses no debían atravesar el río Ebro con fines bélicos. Pero si como causa de esta guerra se aduce la pérdida de Cerdeña por parte de los cartagineses y el dinero que conllevó esa pérdida, se debe sin duda reconocer que los cartagineses hicieron con buenas razones la guerra de Anibal. Ciertamente, inducidos por esa circunstancia, se vengaban de quienes les habían causado daño aprovechándose de otra circunstancia (III 30, 3-4). Puesto que nos hemos propuesto lo sucedido en el mundo entero […] es preciso que pongamos el máximo cuidado en su tratamiento y distribución, con el fin de que la ordenación de la obra resulte clara tanro en sus panes como en el conjunto (V 31, 6-7). Las diversas constituciones [3] De aquellos estados griegos que con frecuencia han llegado a ser grandes y, con frecuencia también, han experimentado un cambio (metabolé) total en dirección opuestas, resulta fácil la interpretación del pasado y la predicción de su futuro. En efecto: describir lo que ya se sabe no ofrece dificultades, y predecir el futuro no es nada intrincado si nos guiamos por lo que ya ha sucedido. Pero en el caso concreto de los romanos no es nada sencillo ni comentar la situación actual, debido a la complejidad de su constitución, ni predecir el futuro, porque ignoramos sus instituciones pretéritas, tanto las públicas como las privadas. Se precisa, pues, una atención no vulgar en la investigación si se pretende alcanzar una sinopsis nítida de las cualidades distintivas del régimen romano. La mayoría de los que quieren instruirnos acerca del tema de las constituciones, casi todos sostienen la existencia de tres tipos de ellas: llaman a una "realeza", a otra "aristocracia" yo la tercera "democracia". Pero creo que sería muy indicado preguntarles si nos proponen estas constituciones como las únicas posibles, o bien, ¡por Zeus!, solamente como las mejores. Me parece que en ambos casos yerran. En efecto, es evidente que debemos considerar óptima la constitución que se integre de las tres características citadas. De ella hemos encontrado una experiencia no teórica, sino práctica cuando Licurgo estructuró la primera constitución de los espartanos, que presentaba estas peculiaridades. Sin embargo, tampoco se puede admitir que sólo existen estas tres variedades: hemos visto constituciones monárquicas y tiránicas que, aunque difieran grandemente de la realeza, parece que tengan cierta afinidad con ella: de ahí que todos los monarcas mientan y usen del nombre "realeza" mientras les es posible. Han existido también muchas constituciones oligárquicas que parecen tener alguna semejanza con las aristocracias, cuando, por así decir, distan mucho de ellas. y la misma afirmación es válida para la democracia.

[4] La verdad de lo dicho se demuestra por lo siguiente: no todo gobierno de una sola persona ha de ser clasificado inmediatamente como realeza, sino sólo aquel que es aceptado libremente y ejercido más por la razón que por el miedo o la violencia. Tampoco debemos creer que es aristocracia cualquier oligarquía; sólo lo es la presidida por hombres muy justos y prudentes, designados por elección. Paralelamente, no demos declarar que hay democracia allí donde la turba sea dueña de hacer y decretar lo que le venga en gana. Sólo la hay allí donde es costumbre y tradición ancestral venerar a los dioses, honrar a los padres, reverenciar a los ancianos y obedecer las leyes; estos sistemas, cuando se impone la opinión mayoritaria, deben ser llamados democracias. Hay que afirmar, pues, que existen seis variedades de constituciones: las tres repetidas por todo el mundo, que acabamos de mencionar, y tres que les son afines por naturaleza: la monarquía, la oligarquía y la demagogia. La primera que se forma por un proceso espontáneo y natural es la monarquía, y de ella deriva, por una preparación y una enmienda, la realeza. Pero se deteriora y cae en un mal que les es congénito, me refiero a la tiranía, de cuya disolución nace la aristocracia. Cuando ésta, por su naturaleza, vira hacia la oligarquía, si las turbas se indignan por las injusticias de sus jefes, nace la democracia. A su vez, la soberbia y el desprecio de las leyes desembocan, con el tiempo, en la demagogia. Se puede constatar clarísimamente la verdad de mis afirmaciones, si nos paramos a pensar en los principios naturales, la génesis y las transformaciones de cada constitución, porque sólo quien considera cómo nace cada una de ellas podrá entender también su desarrollo, su culminación, sus transformaciones, su final y cómo, cuándo y de qué manera acontecen. He creído que esta es la manera más adecuada a mi exposición, principalmente en lo que atañe a la constitución romana, porque explica naturalmente, a partir del principio, su estructura y su crecimiento. (Polibio, Historias, VI, 3-4, traducción de M. Balasch Recort). La plenitud de la República romana (VI, 11) (VI, 18) [11] Así, pues, estas tres clases de gobierno que he citado dominaban la constitución y las tres estaban ordenadas, se administraban y repartían tan equitativamente, con tanto acierto, que nunca nadie, ni tan siquiera los nativos, hubieran podido afirmar con seguridad si el régimen era totalmente aristocrático, o democrático, o monárquico. Cosa muy natural, pues si nos fijáramos en la potestad de los cónsules, nos parecería una constitución perfectamente monárquica y real, si atendiéramos a la del senado, aristocrática, y si consideráramos el poder del pueblo, nos daría la impresión de encontrarnos, sin ambages, ante una democracia. Los tipos de competencia que cada parte entonces obtuvo y que, con leves modificaciones, posee todavía en la constitución romana se exponen a continuación... (Polibio, Historias, VI, 11, 11-13, traducción de M. Balasch Recort). [18] Éste es el poder de cada uno de los elementos del sistema en lo que se refiere a favorecerse o a perjudicarse mutuamente. En cualquier situación esta estructura se mantiene debidamente equilibrada, tanto, que resulta imposible encontrar una constitución superior a ésta. Siempre que una amenaza exterior común obliga a estos tres estamentos a ponerse de acuerdo, la fuerza de esta constitución es tan importante, surte tales efectos, que no solamente no se retrasa nada de los imprescindible, sino que todo el mundo delibera sobre el aprieto y lo que se decide se realiza al instante, porque los ciudadanos, sin excepción, en público y en privado, ayudan al cumplimiento de los decretos promulgados. De ahí que llegue a ser increíble la fuerza de esta constitución para llevar siempre a buen término lo que se haya acordado. Sin embargo, cuando los romanos se ven libres de amenazas exteriores y viven en el placer de la abundancia conseguida por sus victorias, disfrutando de gran felicidad y, vencidos por la adulación y la molicie, se tornan insolentes y soberbios, cosa que suele ocurrir, es cuando se comprende mejor la ayuda que por sí misma les presta su constitución. En efecto, cuando una parte empieza a engreírse, a promover altercados y se irroga un poder superior al que le corresponde, es notorio que, al no ser los tres brazos independientes, como ya se ha explicado,

(Polibio, Historias, XII 24, trad. de M. Balasch Recort, Gredos). Causas de los defectos de Timeo: el historiador ideal Pero la parte política de la historia de Timeo adolece de los mismos defectos, la mayor parte de los cuales hemos tratado ya. Ahora aduciremos su causa. Quizás a la mayoría de los hombres no le parezca apropiada, mas se verá que es la más fundada de las acusaciones que se puedan formular contra Timeo. Creo que éste está dotado de una habilidad práctica cuando se enfrenta con los temas y que ha redactado su historia con verdadero método. Sin embargo, en ciertos puntos no hay escritor famoso que evidencia más inexperiencia y descuido. Lo cual será evidente por lo que sigue. La naturaleza nos ha provisto de dos instrumentos, mediante los cuales sabemos muchas cosas y podemos averiguar otras, me refiero a la vista yola audición; la vista es mucho más fidedigna, según el dicho de Heráclito: los ojos son testigos más exactos que el oído. Pues bien: de estos dos caminos, Timeo escogió el más agradable, aunque menos válido, de cara a la investigación. Prescindió totalmente del testimonio ocular y lo sustituyó por el oído. E, incluso, dentro de éste se pueden discernir dos ramas, la que a través de los libros *** trastornó descuidadamente la investigación oral, como ya hemos reseñado en partes anteriores. No es difícil adivinar la causa que le decidió a esta elección: el contenido de los libros puede ser investigado sin fatiga ni riesgo. Basta la precaución de buscar una ciudad que posea documentación abundante o que tenga una biblioteca en las cercanías. Después uno puede tumbarse, recopilar así la materia investigada y comparar, sin molestia de ninguna clase, las tesis de los autores precedentes. La investigación personal, en cambio, exige muchos gastos y fatigas, pero es de gran valor y una parte principal de la historia. Los propios investigadores lo dicen sin ambages. Éforo manifiesta que si pudiéramos ser testigos oculares de todo lo dicho, esta experiencia sería muy distinta de las otras. Teopompo declara que el mejor expositor de temas bélicos es el que se ha encontrado en más batallas; y el más hábil en componer discurso, el que ha participado en más debates políticos. Algo así ocurre en el arte de la medicina y en el de la navegación. El mismo Homero lo dijo, incluso con más énfasis que éstos. Cuando nos quiere hacer ver cómo es el hombre práctico, nos propone la figura de Ulises; habla más o menos como sigue: Nómbrame, Musa, aquel hombre de tanto ingenio, que mucho erró... Y más adelante: vio las ciudades de muchos pueblos, su espíritu supo y por el mar padeció dolores enormes en su alma, contra hombres luchó, y contra el dañino oleaje. Tengo para mí que la dignidad de la historia reclama a un hombre como éste. Platón declara que la sociedad marchará bien cuando los filósofos reinen o cuando los reyes filosofen. Yo, por mi parte, añadiría que la historia funcionará bien cuando la escriban los políticos y su dedicación a ella no les sea algo marginal, como ahora. Deben convencerse de que esto es una tarea de las más necesarias y bellas, y exclusivamente *** se entreguen a esta dedicación durante su vida, o bien cuando los futuros historiadores piensen que la experiencia política es algo indispensable en la historia. Si no se llega a esto, los errores de los historiadores continuarán. Timeo no previó en absoluto nada de esto. Durante toda su vida residió en un único sitio. Como si lo hiciera ex profeso, rehusó intervenir en hechos bélicos o políticos yola experiencia personal que dan viajes y visitas. No me explico cómo ha alcanzado la fama y el prestigio de historiador. (Polibio, Historias, XII 27a-28, 1-6, traducción de M. Balasch Recort). (l) La historia de la época descrita por Arato la han tratado también otros, entre los que goza de crédito Filarco, quien con frecuencia contradice al primero y sostiene opiniones opuestas. (2) Nosotros hemos preferido a Arato en la exposición de la guerra de Cleómenes, de modo que es útil y necesario

explicar nuestra elección, y no permitir que la mentira goce de la misma fuerza que la verdad en los escritos históricos. (3) En el conjunto de su obra Filarco ha dicho muchas cosas a la ligera y según le parecía. (4) Ahora quizá no sea necesario tratar con detalle ni reprocharle otros puntos, pero en lo concerniente a la época que aquí nos ocupa, es la guerra cleoménica, es forzoso proceder con criterio. (5) Y ello bastará para ver su método general y el valor de su historia. (6) En efecto: pretende poner a la vista de todos la crueldad de Antígono y de los macedonios, y al propio tiempo la de Arato y de los aqueos. Y para ello afirma que cuando los de Mantinea fueron sometidos padecieron grandes calamidades, y que la ciudad mayor y más antigua de Arcadia se debatió entre desgracias tales que causó conmoción y lágrimas entre todos los griegos, (7) Filarco quiere provocar la compasión de sus lectores y hacerles sintonizar con su relato, de modo que describe teatralmente mujeres que se abrazan; sus cabelleras flotan y sus pechos están al descubierto. Nos habla de llantos y alaridos de hombres y mujeres a los que se llevan, revueltos con sus hijos y sus padres. (8) Éste es el procedimiento habitual de su historia, tendente siempre a poner horrores a la vista de todos, (9) Pero dejemos lo pedestre y mujeril que resulta esta propensión suya, y examinemos mejor lo que en la historia es natural y útil. (10) Conviene que el historiador con su obra no intente fascinar y maravillar al primero que encuentre. Conviene que no invente discursos en cualquier oportunidad, y que no describa las consecuencias marginales de lo sucedido. Esto corresponde a los autores trágicos; el historiador debe limitarse a recordar lo que en verdad se dijo y se hizo, por vulgar que sea. (11) Pues la finalidad de la historia y la de la tragedia no coinciden, al contrario, se oponen polarmente: esta última debe usar las palabras más persuasivas, en cualquier circunstancia mover y hacerse suyos a los espectadores; el historiador, en cambio, debe intentar siempre enseñar y convencer a los estudiosos; su palabra y su obra deben responder a la verdad. (12) En la tragedia guía lo convincente, aunque sea falso, y ello mintiendo a los espectadores; la guía de la historia es la verdad: la historia persigue el provecho de sus cultivadores. (13) Además, Filarco nos narra la mayoría de episodios sin indicar su causa ni cómo ocurrieron. Y sin saberlo la piedad no es razonable, y la indignación está fuera de lugar ante cualquier acontecimiento. (Polibio, Historias II 56, 1-13, trad. de Manuel Balasch) Conviene que el historiador con su obra no intente fascinar y maravillar al primero que encuentre. Conviene que no invente discursos en cualquier oportunidad y que no describa las consecuencias marginales de lo sucedido. Esto corresponde a los autores de tragedias; el historiador debe limitarse a recordar lo que en verdad se dijo y se hizo, por vulgar que sea (II 56, 10). (4) Hemos elegido la historia de hechos, primero porque la materia se renueva de forma constante y precisa de una exposición también nueva, pues a los antiguos les era imposible contamos los hechos entonces por venir; (5) y, en segundo lugar, porque este tipo de historia ha sido la más útil de rodas en los tiempos pasados, y ahora lo es especialmente, pues, en mi opinión, el conocimiento científico y las artes han conseguido un progreso tan grande que los que desean aprender pueden tratar cualquier tipo de hecho que ocurra con el método más adecuado. (6) Por eso no nos hemos dejado llevar tanto por el goce que vayan a obtener nuestros lectores futuros como por el provecho de quienes nos lean atentamente (IX 2, 4-6). Creo que la prestancia de la historia demanda un hombre como éste. Platón, como sabemos, afirma que los asuntos humanos marcharán bien los filósofos o cuando los reyes filosofen. Yo, por parte, diría que la historia irá bien cuando las historias se pongan a escribirlas los hombres de acción y su dedicación a ellas no sea, como ahora, algo accesorio […] o cuando los historiadores piensen que la experiencia en los asuntos políticos y militares es indispensable para su obra de historia (XII 28, 1-5).