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El canibalismo azteca, Guías, Proyectos, Investigaciones de Historia Moderna

Estudio realizado por Harris sobre el canibalismo azteca

Tipo: Guías, Proyectos, Investigaciones

2018/2019

Subido el 20/05/2019

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EL REINO CANíBAL
Como carniceras. metódicos. ybien entrenados en el campo
de batalla ycomo
CIUdadanos
de la tierra de la Inquisición
Cortés ysus hombres, que llegaron a México en 1519, es:
taban
a~ostumbrados
a las muestras de crueldad ya los de-
rramamientos de sangre. El hecho de que los aztecas saetí.
ficara~
metódicamente seres humanos no debió sorprenderles
demasíado, puesto que los españoles yotros europeos que-
braban metódicamente los huesos de las personas en el po-
tra, arrancaban brazos y piernas en luchas de la cuerda entre
caballos y se libraban de las mujeres acusadas de brujería
quemándolas en la hoguera. Pero no estaban totalmente pre-
parados para lo que encontraron en México.
En
ningún
otro. lugar del mundo se había desarrollado
una religión patrocinada por el estado cuyo arte a "
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estuvler,an tan profundamente dominados por la
VIOlenCIa,
la corrupción, la muerte y la enfermed
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los muros ylas plazas de los grandes templos
ylos palacios estaban reservados para una exhibición tan
concentrada de
.m~ndíbulas,
colmillos, manos, garras, huesos
ycráneos boquiabiertos. Los testimonios oculares de Cortés
ysu compañero ,co?quistador,
~ernal
Díaz, no dejan dudas
con respecto al
SIgnificado
eclesiástico de los espantosos
sem-
blantes representados en piedra. Los dioses aztecas devora-
ban seres humanos. Comían corazones humanos ybebían
s~ngre
humana. yla función explícita del clero azteca con-
sistía en
~uministrar
corazones ysangre humanos frescos a
fin de evitar que las implacables deidades se enfurecieran
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EL
REINO
CANiBAl
ymutilaran, enfermaran, aplastaran y quemaran a todo el
mundo.
Los españoles vieron por primera vez el interior de un
templo azteca principal como invitados de Moctezuma, el
último de los reyes aztecas. Moctezuma todavía no había
tomado una decisión con respecto a las intenciones de
Coro
tés - error que poco después le resultaría
fatal-
cuando
invitó a los españoles a subir los 114 escalones de los tem-
plos gemelos de Uitzilopochtli yTlaloc, que se encontraban
en la cumbre de la pirámide más alta de Tenochtitlán, en
el centro de lo que
hoyes
Ciudad de México. Mientras su-
bían los escalones, escribió Berna! Díaz, otros templos y
santuarios «todos de un blanco resplandeciente» aparecie-
ron ante sus ojos. En el espacio abierto de la cumbre de la
pirámide «se alzaban las grandes piedras donde colocaban
a los pobres indios escogidos para el sacrificio». Allí tam-
bién había «una voluminosa imagen como de un dragón, y
otras figuras fúnebres ymucha sangre derramada ese mismo
día». Después Moctezuma les permitió ver la imagen de
Uitzilopochtli, con su «rostro muy ancho y los ojos mons-
_trU080S
y terribles», delante del cual «quemaban los cora-
zones de tres indios que habían sido sacrificados ese día
•.
Las paredes yel suelo del templo «estaban tan salpicadas
e incrustadas de sangre que aparecían negras» y «todo el
lugar apestaba de modo detestable». En el Templo de Tlalco
también todo estaba cubierto de sangre, «tanto las paredes
como el altar, yel hedor era tal que apenas podíamos
ea-
perar el momento de salir de allí».
La principal fuente de alimento de los dioses aztecas
es-
taba constituida por los prisioneros de guerra, que ascendían
por los escalones de las pirámides hasta los templos, eran
cogidos por cuatro sacerdotes, extendidos boca arriba sobre
el altar de piedra yabiertos de un lado a otro del pecho
con un cuchillo de obsidiana esgrimido por un quinto sacer-
dote. Después, el corazón de la víctima - generalmente
d.
crito como todavía palpitante - era arrancado yquemado
como ofrenda, El cuerpo bajaba rodando los escalones de
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Harris, Marvin
1986 Caníbales y reyes. Los orígenes de la cultura.
Barcelona: Salvat.
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¡Descarga El canibalismo azteca y más Guías, Proyectos, Investigaciones en PDF de Historia Moderna solo en Docsity!

EL REINO CANíBAL

Como carniceras. metódicos. y bien entrenados en el campo

de batalla y como CIUdadanos de la tierra de la Inquisición Cortés y sus hombres, que llegaron a México en 1519, es: taban a~ostumbrados a las muestras de crueldad y a los de- rramamientos de sangre. El hecho de que los aztecas saetí.

ficara~ metódicamente seres humanos no debió sorprenderles

demasíado, puesto que los españoles y otros europeos que- braban metódicamente los huesos de las personas en el po- tra, arrancaban brazos y piernas en luchas de la cuerda entre caballos y se libraban de las mujeres acusadas de brujería quemándolas en la hoguera. Pero no estaban totalmente pre- parados para lo que encontraron en México. En ningún otro. lugar del mundo se había desarrollado una religión patrocinada por el estado cuyo arte a "

tu,ra y ~Ituaitual estuv¡ estuvler,an tan profundamente dominados por la " rqunec-

VIOlenCIa, l.. la corrupción, la muerte y la enfermed (^) a.nnm-dE'

gun otro sJt~o los muros y las plazas de los grandes templos

y los palacios estaban reservados para una exhibición tan concentrada de .m~ndíbulas, colmillos, manos, garras, huesos

y cráneos boquiabiertos. Los testimonios oculares de Cortés

y su compañero ,co?quistador, ~ernal Díaz, no dejan dudas con respecto al SIgnificado eclesiástico de los espantosos sem- blantes representados en piedra. Los dioses aztecas devora- ban seres humanos. Comían corazones humanos y bebían

s~ngre humana. y la función explícita del clero azteca con-

sistía en ~uministrar corazones y sangre humanos frescos a

fin de evitar que las implacables deidades se enfurecieran

EL REINO CANiBAl y mutilaran, enfermaran, aplastaran y quemaran a todo el

mundo.

Los españoles vieron por primera vez el interior de un templo azteca principal como invitados de Moctezuma, el último de los reyes aztecas. Moctezuma todavía no había

tomado una decisión con respecto a las intenciones de Coro

tés - error que poco después le resultaría fatal- cuando invitó a los españoles a subir los 114 escalones de los tem- plos gemelos de Uitzilopochtli y Tlaloc, que se encontraban en la cumbre de la pirámide más alta de Tenochtitlán, en el centro de lo que hoyes Ciudad de México. Mientras su-

bían los escalones, escribió Berna! Díaz, otros templos y

santuarios «todos de un blanco resplandeciente» aparecie- ron ante sus ojos. En el espacio abierto de la cumbre de la pirámide «se alzaban las grandes piedras donde colocaban a los pobres indios escogidos para el sacrificio». Allí tam-

bién había «una voluminosa imagen como de un dragón, y

otras figuras fúnebres y mucha sangre derramada ese mismo día». Después Moctezuma les permitió ver la imagen de Uitzilopochtli, con su «rostro muy ancho y los ojos mons- _trU080S y terribles», delante del cual «quemaban los cora- zones de tres indios que habían sido sacrificados ese día•. Las paredes y el suelo del templo «estaban tan salpicadas e incrustadas de sangre que aparecían negras» y «todo el lugar apestaba de modo detestable». En el Templo de Tlalco también todo estaba cubierto de sangre, «tanto las paredes

como el altar, y el hedor era tal que apenas podíamos ea-

perar el momento de salir de allí».

La principal fuente de alimento de los dioses aztecas es-

taba constituida por los prisioneros de guerra, que ascendían por los escalones de las pirámides hasta los templos, eran cogidos por cuatro sacerdotes, extendidos boca arriba sobre el altar de piedra y abiertos de un lado a otro del pecho

con un cuchillo de obsidiana esgrimido por un quinto sacer-

dote. Después, el corazón de la víctima - generalmente d. crito como todavía palpitante - era arrancado y quemado

como ofrenda, El cuerpo bajaba rodando los escalones de

CANíBALES Y REYES

la pir4midc: que se construían deliberadamente escarpados para cumplir esta función. Ocasionalmente, algunas víctimas de sacrificio _ qul • guerreros, d" .tstínguídos -^.^ gozaban del privilegio de defen-u

derse a. SI mismos u~ rato antes de que las mataran. Fray

Bernardinc de Saha?u.n. el máximo historiador y etnógrafo de los aztecas, descrlbié del modo siguiente esas batallas si- muladas:

...asesinaban a otros cautivos, luchaban con ellos... que estaban atados a la altura de la cintura con una cuerda que pasaba a través del agujero de una pie- dra redonda, como la de un molino; y [la cuerda] era .10 bastante larga para que [el cautivo] pudiera ~tnar trazando la circunferencia completa de la piedra. y le daban armas con las que podía luchar; y cuatro guerreros se lanzaban contra él can espadas y escudos y uno a uno intercambiaban golpes de es- pada hasta que lo derrotaban.

Aparentemente, en el estado azteca de dos o tres siglos antes, el monarca no estaba por encima de la tarea de des- pachar a algunas víctimas con sus propias manos. Diego Du-

r~n ha hecho un relato del sacrificio legendario de los prí-

noneros capturados entre los mixtecas:

. ~s cinco sacerdotes entraban y reclamaban al

pns.lOne ro que se encontraba en el primer lugar de la fila ... Llevaban a cada prisionero hasta el sitio en el que se encontraba el rey y. después de obligarlo a ponerse de pie sobre la piedra que era la figura y el retrato del sol, lo tumbaban boca arriba. Uno

lo cogía del brazo derecho y otro del izquierdo Uno

lo cota del pie izquierdo y otro del derecho, míen,

tras el quinto sacerdote le ataba el cuello con una cuerda y lo sostenía para que no pudiera moverse.

E! ~~ elevaba el cuchillo y luego le hacía una

gran tncísíén en el pecho. Después de abrirlo, extraía

124

EL REINO CANíBAL el corazón y lo elevaba con la mano como ofrenda al sol. Cuando el corazón se enfriaba, lo arrojaba en la concavidad circular, cogía un poco de sangre con

la mano y la rociaba en dirección al sol.

No todas las víctimas eran prisioneros de guerra. Tam- bién sacrificaron una cantidad considerable de esclavos. Ade- más, algunos jóvenes y doncellas eran elegidos para perso- nificar determinados dioses y diosas. Los trataban con gran

cuidado y ternura durante el año anterior a su ejecución.

En el Códice de Dresden, libro del siglo dieciséis escrito en náhuatl, idioma de los aztecas, aparece el siguiente relato de la muerte de una mujer que representó el papel de la dio- sa Uixtociuatl:

y sólo después de que mataron a los cautivos

apareció [la mujer que personificaba a] Uixtociuad; sólo apareció al final. Ellos llegaron hasta el fin y sólo acabaron con ella. Una vez hecho esto, la colocaron sobre la pie- dra de sacrificio. La extendieron boca arriba. Se apo-

deraron de ella; tiraron y extendieron sus brazos y

piernas, inclinaron [hacia arriba] grandemente su pe-

cha, inclinaron [hacia abajo] su espalda y estiraron

tensamente su cabeza, hacia la tierra. Y se lanzaron sobre su cuello con la boca fuertemente apretada de

un pez espada, llena de púas y espinas; espinosa por

ambos lados.

y el asesino estaba allí; se puso de pie. Después

de lo cual, le abrió el pecho. y cuando le abrió el pecho, la sangre salió a

borbotones; brotó hacia lo alto mientras se cierra-

maba, mientras hervía.

y hecho esto, él elevó el corazón como ofrenda

[a la diosa] y 10 colocó én la jarra verde, llamada

la jarra de piedra verde.

y mientras se hacía esto, las trompetas sonaron

airosamente. Y cuando concluyó, bajaron el cuerpo

CANISALES y REYES

del festín posterior. En ese momento las ancian8ll «corrlan

a beber la sangre tibia» y los niños mojaban sus maDOS en ~lJa. «Las madres untaban sus pezones con sangre para que Incluso los bebés pudieran sentir su gusto.» El cadáver era

troceado en cuartos y cocinarlo a la parrilla mientras «las

ancianas que eran las más anhelantes de carne humana» chu-

paban la grasa que caía de las varas que formaban la pa- rrilla, Aproximadamente dos siglos después y 16.000 kil6me- tros ~l norte. los misioneros jesuitas presenciaron un ritual

~emeJante entre los hurones de Canadá. La víctima era un

m:'qués que había sido capturado junto a varios compañeros tnlen!ras pesca~an en el lago Onterio. El jefe hurón a cargo

del, ntual explicó que el Sol y el dios de la Guerra estarían

satisfechos de lo que se disponían a hacer. Era importante

n~ ~a~ar a la víctima antes del amanecer, por lo que al pnncrpro sólo le quemarían las piernas. Además, durante la noche no debían tener relaciones sexuales. El prisionero,

con las manos atadas, que alternativamente chillaba de do-

lor y entonaba una canción de desafío aprendida en la in- fancia para una ocasión como ésta, fue llevado al interior. donde se enfrentó con una multitud armada con teas encen- didas. Mientras se tambaleaba de un lado a otro de la es. tanela, algunas personas cogieron sus manos, «quebrándole los huesos mediante la fuerza pura; otros le atravesaron las orejas con astillas que dejaron en ellas». Cada vez que pare- cía a punto de expirar. el jefe intervenía «y les ordenaba que dejaran de atormentarlo. diciendo que era importante que viera la luz del sol». Al amanecer, lo llevaron al exterior 1 lo obligaron a subir a una plataforma instalada sobre un and~o de madera, a fin de que toda la aldea pudiera pre-

eencrer lo que le ocurría¡ el andamio cumplía la función de

plataforma de sacrificio en ausencia de las pirámides de cima

chata erigidas con estos propósitos por los estados meeoame-

rícanoe. En ese momento, cuatro hombres asumieron la tarea

de atormentar al cautivo. Le quemaron los ojos, le aplicaron

hachas pequefial al rojo vive en 101 hombros e introdujeron

El REINO CAN1BAL teas encendidas en su garganta y en su recto. Cuando pa- recía evidente que estaba a punto de morir. uno de los ver- dugos «cortó un pie, otro una mano y casi al mi.s,mo tiempo un tercero separo la cabeza de los hombros. arrojéndola a la multitud en la que alguien la atrapó» para llevársela al jefe. que más tarde hizo «un festín con ella». Ese mism~ día, también se organizó un festín con el tronco de la víctima y durante el regreso los misioneros se encontraron con un hom- bre «que transportaba en una broqueta una de sus manos cocinada a medias». En este punto haré una pausa para analizar las interpre- taciones que atribuyen estos rituales a los impulsos huma- nos innatos. Me interesan especialmente las complejas teorías ofrecidas por la tradición freudiana que sostienen que la

tortura, el sacrificio y el canibalismo son inteligibles como

expresiones de instintos de amor y agresividad. ~or .ejemplo. Eli Sagan ha sostenido recientemente que el canlbalísmo «es la forma de agresividad humana más importante» porque supone un compromiso entre amar a la victima en la forma de comerla y matarla porque nos frustra. Significadamente, tal proceder explica por qué a veces las víctimas son trata- das con gran amabilidad antes de iniciar su tortura: los ver-

dugos. simplemente. están reconstruyendo la relación amor-

odio con sus padres. Pero este enfoque no logra aclarar que la tortura. el sacrificio y la ingestión de prisioneros de gue- rra no puede tener lugar sin prisioneros de guerra y éstos no pueden ser capturados a menos que haya guerras. Ya. he sostenido que las teorías que atribuyen la guerra a los IDS- tintos humanos universales son inútiles para explicar las va-

riaciones de intensidad y de estilo del conflicto íntergrupal

y que resultan peligrosamente engañosas pues dan a enten- der que la guerra es inevitable. Los intentos para compren- der las causas por las que los prisioneros son a veces mi- mados y luego torturados, aacrifieados ., comidos en térmi- nos de instintos universales basados en conflictos de amor

y odio. son inútiles y peligrosos por la misma raz6~. Los

prisioneros no siempre son mimadoe:, torturados. I8Crificados 129

CANíBALES y REYES

Y comidos y -toda teoría que pretenda explicar las causas de este fenómeno también debería explicar por qué no ocurre. Puesto que las actividades en cuestión forman parte del pro- ceso del conflicto armado. SU explicación ha de buscarse en

los costos y beneficios militares: en las variables que refle-

jan la importancia, el status político. la tecnología de arma- mentas y la logística de los combatientes. Por ejemplo, la

captura de prisioneros es un acto que depende de la capa-

cidad que una banda incursora tiene para evitar los contra- ataques y las emboscadas durante el regreso, al tiempo que carga con cautivos poco dispuestos a cooperar. Cuando la

banda incursora es pequeña y tiene que atravesar coneíde-

rabies distancias por regiones donde el enemigo puede ven- garse antes de que logre llegar a territorio seguro, la captura

de prisioneros puede desaparecer por completo. En esas cir-

cunstancias, sólo pueden llevar piezas del enemigo para pro-

bar el cómputo de cuerpos que les permitan reivindicar las

recompensas sociales y materiales reservadas a la excelencia y la valentía demostradas durante el combate. De aquí sur- ge la extendida costumbre de llevar cabezas, cueros cabellu- dos, dedos y otras partes del cuerpo en lugar del cautivo entero y vivo.

En cuanto el prisionero ha sido llevado de regreso a la

aldea, el tratamiento que puede esperar está determinado.

principalmente. por la capacidad de sus anfitriones para ab-

sorber y regular el trabajo servil y la diferencia primordial

radica en los sistemas polfticos pre y postestatales. Cuando los prisioneros son escasos y muy espaciados. no resulta sor- prendente que se los trate provisionalmente como invitados de honor. Cualesquiera sean las profundas ambivalencias psi- cológicas que puedan existir en las mentes de los capturada- res, el prisionero es una posesi6n valiosa por la cual sus an- fitriones han arriesgado literalmente la vida. Pero en general no hay modo de integrarlo en el grupo; puesto que no pue- den devolverlo al enemigo, deben matarlo. Y la tortura tiene su propia y horrible economía. Si, como decimos, ser tortu- rado ea morir mil muertes. torturar a un pobre cautivo sigo

El REINO CANIBAL

oifica matar a mil enemigos. La tortura también- es un espec-

táculo - un entreteaímíentoc-. que a través de todas las épocas ha demostrado contar con la aprobación del público. No tengo intención de afirmar que e~ placer que propor- ciona la contemplaci6n de personas heridas, quemadas y des- membradas forma parte de la naturaleza humana. P~ro f?rma parte de la naturaleza humana prestar una atención fija a visiones y sonidos excepcionales como la sangre que mana

de las heridas, los gritos agudos y los aullidos. (Aunque des-

pués muchos nos apartemos horroriz8:dos.>. Una vez más, la cuesti6n no radica en que disfrutamos instintivamente al ver sufrir a otra persona, sino que tene- mos la capacidad de aprender a disfrutar de ello. El desa- rrollo de esta capacidad fue importante para sociedades como la de los tupinamba y los hurones. Estas sociedades tenian que enseñar a sus j6venes a mostrarse implacablemen~e b~ tales con sus enemigos en el campo de batalla. Es mas Iécíl aprender estas lecciones cuando se comprende que el ene- migo le hará a uno lo que uno le ha hecho a él en el caso de caer en sus manos. Sumemos al valor del prisionero el de su cuerpo con vida, que para el entrenamiento de los guerreros significaba lo mismo que los cadá~eres para los estudiantes de medicina. Luego aparecen los ntuales del ase- sinato: el sacrificio para satisfacer a los dioses, los verdugos con su equipo sagrado, la abstencíén de las relaciones se- xuales. Comprender todo esto significa entender que, e? las sociedades grupales y aldeanas, la guerra es el asestneto ritual al margen de que el enemigo sea liquidado en el campo de batalla o en casa. Antes de .lanzarse a la batalla, los guerreros se pintan y se adaman, mvocan a los antepa- sados toman drogas alucin6genas para contactar a los espí-

ritus 'tutelares y fortalecen sus armas mediante hechizos mé-

glcoe. Los enemigos matados en el campo de batalla son esacrificioa» en el sentido de que s,e afirma qu~ sus muert~s satisfacen a los antepasados o a los dioses bélicos, .del mis- mo modo que se afirma que los antepasados o los dioses bé- licos se sienten satisfechos por la tortura y muerte de un 131

CANíBALES Y REYES

De su encuentro con la enorme estantería de cráneos en

el centro de Tenochtitlán, Tapia escribió:

Los postes estaban separados por algo menos de

una vara [aproximadamente un metro] y atestados

de varillas en cruz de arriba hacia abajo y en cada

varilla había cinco cráneos atravesados a la altura de

las sienes: el que escribe y un tal Gonzalo de Um-

bría contaron las varillas en cruz y al multiplicar por

cinco cabezas cada varilla de un poste a otro. como

he dicho. descubrimos que había 136 mil cabezas.

Pero eso no era todo. Tapia también describe dos altas torres erigidas exclusivamente con cráneos unidos con cal. en las que había un número incalculable de cabezas y man- díbules. Las explicaciones tradicionales de la gran escala de esta

matanza describen a los aztecas como un pueblo obsesio-

nado por la idea de que sus dioses necesitaban beber sangre humana y, en consecuencia, procedían piadosamente a prac- ticar la guerra con el propósito de cumplir con su sagrado deber. Según Iacques Soustelle:

¿De dónde surgirían más víctimas? Eran primor-

diales para suministrar a los dioses su alimento ...

¿Dónde se podría encontrar la sangre preciosa sin la cual el sol y toda la estructura del universo estaban

condenados a la aniquilaci6n? Era primordial conti-

nuar en estado de guerra... La guerra no era. sim- plemente, un instrumento político. se trataba, sobre

todo. de un rito religioso, de una guerra santa.

Pero las guerras santas entre los estados son muy ce-

munes. Los judíos. los cristianos. los musulmanes. los hin.

dúes, los griegos. los egipcios. los chinos. los romanos ... 10- dos fueron a la guerra para satisfacer a sus dioses o para cumplir la voluntad de Dios. Sólo los aztecas sintieron que

era santo ir a la guerra con el fin de practicar enormes can-

EL REINO CANíBAl

tidades de sacrificios humanos. Aunque todos los dem.ú es-

tados arcaicos. y no tan arcaicos, practicaban carnicerlu y

atrocidades masivas. ninguno de ellos lo hizo con el pretexto

de que los príncipes celestiales tenían el deseo incontrolable

de beber sangre humana. (Como veremos más adelante, no

es fortuito que los dioses de muchos -eetados del Viejo Mun-

do bebieran aguamiel o ambrosía, comieran rocío y no ex-

presaran ninguna preocupación acerca de dónde surgiría la

próxima comida.) Los aztecas estaban tan decididos a cap-

turar prisioneros para sacrificarlos que frecuentemente se abstenían de aprovechar una ventaja militar por temor a matar a demasiados contrincantes antes de que pudieran acordarse los términos de la rendición. Esta táctica les costó

cara en los combates con las tropas de Cortés. que desde

el punto de vista de los aztecas parecían irracionalmente de-

cididas a matar a todos los que aparecían ante su vista.

Sherburne Cook fue el primer antrop61ogo moderno que

rechazó un enfoque sentimental del enigma del sacrificio az-

teca: ePor muy potente que sea, ningún impulso puramente religioso puede mantenerse con éxito durante un período

considerable de tiempo en oposición a una resistencia eco-

n6mica fundamental.» Cook sostuvo que la guerra y los sa-

crificios aztecas formaban parte de un sistema para regular

el crecimiento demográfico.

Asimismo, Cook calcul6 que el efecto combinado de las

muertes por combate y los sacrificios producían un aumento

anual del 25 por ciento en la tasa de mortalidad. Puesto

que ela población alcanzaba .la máxima concordante con los

medios de subsistencia ... el efecto de la guerra y los sacri-

ficios habrían sido muy eficaces para controlar cualquier

incremento demográfico Indebidos. Esta teoría supuso un

adelanto con respecto a sus predecesoras pero. evidentemen-

te. tiene defectos en su núcleo. Los aztecas no podrían ha-

ber controlado la población del Valle de México mediante

la guerra y los sacrificios humanos. Puesto que casi todos

los muertos por combate y 181 víctimas sacrificadas eran

hombnl. el 2S por ciento de aumento en laa tasas de morta-

135

CANIBALES y REYES

lidad sólo se refiere a hombres y podría equipararse f'ciJ.

mente mediante un aumento del 25 por ciento de la tasa de natalidad. Si los aztecas hubiesen estado sistemáticamente

decididos a reducir la tasa de crecimiento demográfico, se

habrían dedicado a sacrificar doncellas en lugar de hombres adultos. Además, si la función de sus sacrificios consistía en el control demográfico, ¿por qué los aztecas no mataron a sus enemigos, simplemente, durante las batallas, como síem- pre han considerado conveniente hacer los ejércitos impe-

riales de otras partes del mundo? La explicación de Cook

no logra desentrañar la particularidad de la práctica meso- americana: explicar por qué la matanza tenía que realizarse

en la cumbre de una pirámide en lugar del campo de be-

talla. Las descripciones convencionales del ritual del sacrificio azteca concluyen cuando el cadáver de la víctima cae por la pirámide. Cegado por la imagen de un corazón todavía palpitante, mantenido en alto entre las manos del sacerdote

uno se olvida fácilmente de preguntar qué ocurría con el

cadáver cuando se detenía al final de los escalones. Michael Hamer, de la New School, ha analizado esta cuestión con más inteligencia y denuedo que el resto de los especialistas. A lo largo de este capítulo me remitiré con frecuencia a sus trabajos. Sólo Harner merece el honor de haber resuelto el enigma del sacrificio azteca. Como afirma Harner, en realidad no existe níngñn mis-- terio con respecto a lo que ocurría con los cadáveres, ya que todos los relatos de los testigos oculares coinciden en líneas generales. Todo aquel que sepa de qué modo los tupinamba los hurones y otras sociedades aldeanas se libraban de su; víctimas de sacrificios, deberían ser capaces de arribar a la ~isma conclusión: I~ víctimas eran comidas. La descrlp- cíén de fray Bemerdíno de Sahagún deja pocas dudas:

Después de haberles arrancado el corazón y ver-

tido la sangre en un recipiente de calabaza, que el amo del hombre asesinado recibía, se comenzaba a

136

B. REINO CANíBAL hacer rodar el cuerpo por los escalones de la pirámide. Terminaba por detenerse en una pequeña plaza situa- da debajo. Allí algunos ancianos, a los que llamaban Quaquacuiltin, se apoderaban de él y lo llevaban has--

ta el templo tribal, donde lo desmembraban y lo di-

vidían a fin de comerlo.

Fray Bemardino de Sahagún destaca reiteradamente las mismas cuestiones:

Después de asesinarlos y de arrancarles el cora-

zón, los apartaban suavemente y los hacían rodar es-

calones abajo. Cuando llegaban al fondo, les corta- ban la cabeza, insertaban una vara a través de ella

y trasladaban los cadáveres hasta las casas que lla-

maban calpulli, donde los dividían a fin de comerlos.

•..y extraían sus corazones y cortaban sus cabe-

zas. Más tarde dividían todo el cuerpo entre ellos '

10 comían ...

Diego Durán nos ofrece una descripción parecida:

Tan pronto como el corazón había sido arranca-

do era ofrecido al sol y se arrojaba sangre hacia la deidad solar. Imitaban el descenso del sol por el

oeste y arrojaban el cuerpo por los escalones de la

pirámide. Después del sacrificio, los guerreros cele-

braban un gran festín con muchas danzas, ceremo-

nias y canibalismo.

Estas descripciones aclaran diversas cuestiones con res-

pecto al complejo azteca de guerra-sacrificio-canibalismo. Hamer afirma que cada prisionero tenía un propietario. pro- bablemente el oficial a cargo de los soldados que realizaban

realmente la captura. Cuando el prisionero era nevado de

regreso 8 Teaechñtlén, lo albergaban en el recinto del pro-

CANíBALES Y REYES beyos - a pesar de la expansión de las chinamptU - con frecuencia se vieron obligados a comer las algas extraídas de

la superficie del lago Texcoco. Aunque el maíz y las judías

en cantidades suficientes podían suministrar todos los ami- noácidos esenciales, las reiteradas crisis de producción a lo

largo del siglo quince determinaron que las raciones proteí-

nicas quedaran reducidas con frecuencia a niveles que ha.

brfan justificado biológicamente un poderoso anhelo de car-

ne. Además, siempre había escasez de todo tipo de grasas. lEs posible que la redistribución de la carne de las víc- timas de los sacrificios haya mejorado significativamente el

contenido de proteínas y de grasas de la dieta de la naci6n

azteca? Si la población del Valle de México era de dos mi.

llones y la cantidad de prisioneros disponibles para la redis-

tribución por año sólo ascendía a quince mil, la respuesta es negativa. Pero la cuestión está mal planteada. La pregun- ta no debería plantear hasta qué punto estas redistribuciones

caníbales contribuían a la salud y la energía del ciudadano

medio, sino hasta qué punto los costos y beneficios del con-

trol político experimentaron un cambio favorable a conse-

cuencia de utilizar carne humana para recompensar a grupos selectos en períodos cruciales. Si un dedo de la mano o del pie era todo lo que uno podía esperar, probablemente el sis- tema no habría funcionado. Pero si la carne era suministra-

da a la nobleza, tos militares y sus ac6litos en paquetes con-

centrados, y si la provisión era sincronizada para compensar los déficit del ciclo agrícola, quizá la coyuntura habría sido

suficiente para que Moctezuma y la clase gobernante evitaran

la caída política. Si este análisis es correcto, debemos consi-

~erar sus implicaciones inversas, es decir, que la dísponfbí-

lidad de especies animales domesticadas jugó un papel im- portante en la prohibición del canibalismo y en el desarrollo

de religiones de amor y misericordia en los estados e impe-

rios del Viejo Mundo. Incluso es posible que el cristianismo

fuera más el don del cordero en el pesebre que el del niiio

que nació en él.

EL CORDERO DE LA MISERICORDIA

Espero no haber dado la impresión de que el sacrificio

y la ingestión de prisioneros de guerra era una especialidad

peculiar de los indoamericanos. Hace incluso cincuenta o cien años. el sacrificio de prisioneros de guerra a pequeña escala y la redístríbuícíén de su carne eran prácticas comunes en cientos de sociedades preestateles diseminadas en Arrica al sur del Sahara, en el sudeste asiático, Malasia, Indonesia y Oceanía. No obstante, tengo motivos para creer que la inges- tión de carne humana nunca fue un aspecto importante de los festines redistributivos de las culturas inmediatamente

predecesoras del surgimiento de los estados en Meeoaméríca,

Egipto, la India, China o Europa. En todas estas regiones los seres humanos eran ritualmen-

te sacrificados, pero rara vez comidos. Fuentes romanas aute:

rizadas _ César, Tácito y Plutarco - afirman que el sacrt-

ficio de prisioneros de guerra era algo común entre las lla- madas naciones «bárbaras. de los límites del mundo greco- romano. Los griegos y los romanos de la antigüedad clásica

tardía consideraban inmoral todo tipo de sacrificio humano y

les perturbaba que los soldados honestos fueron priva~os. d~

sus vidas en beneficio de los cultos de pueblos tan emcwi-

lizados» como los bretones, los galos, los celtas y los teuto-

Des. Sin embargo, en tiempo de Homero los griegos no h~

bfan sido contrarios a matar una pequeña cantidad de pn-

eloneros para influir a los dioses. Por ejemplo, durante la

batalla de Troya, el héroe. Aquiles, colocó en la pira fune-

raria de su compañero de armas, patroclo, a doce troY lUlOI