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El carreró de neruda, Transcripciones de Lengua y Literatura

Es un texto que adapta la obra del carreró de neruda

Tipo: Transcripciones

2022/2023

Subido el 12/04/2023

andreu-cilento
andreu-cilento 🇪🇸

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Antonio Skármeta
El cartero de Neruda
Prólogo de Antonio Colinas
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Antonio Skármeta

El cartero de Neruda

Prólogo de Antonio Colinas

Prólogo

Antonio Colinas

De vez en cuando -en momentos, sobre todo, de apatía o de agotamien- to intelectual; también en tiempos de superficialidad patente-, la figura del poeta emerge del vacío y de la soledad social en que se encuentra. Me refiero a que se rescata lo esencial de la misma, de su mensaje. De repente, para fortuna de todos, la figura del poeta se nos ofrece sin sus tópicos literarios; ya no es motivo de ironías ni de polémicas, o de epidér- micos enfrentamientos en la «tribu» literaria. Esto es algo que resulta evidente y que convence, incluso cuando la figu- ra del poeta que emerge es la de lo que normalmente entendemos como un poeta «comprometido». Y resurge, además, su figura en unos momentos en los que los sobresaltos y las sangres de la historia -no una historia del pasado remoto, sino de un ayer que está ahí, a la vuelta de sólo treinta años-, aún se agitan y están llenos de vivísima actualidad. Resulta también sorprendente que este rescate de la figura del poeta esencial venga, en sus más notorios casos, de la mano de los novelistas. De grandes novelistas, todo sea dicho en honor de la verdad, pues no es labor de cualquier narrador fijar en un breve espacio de tiempo y con tensa objetividad una figura tan emblemática como la del poeta. Pienso ahora, por ello, en novelas como la de Thomas Mann (Muerte en Venecia), Hermann Broch (La muerte de Virgilio), Boris Pasternak (Doctor Zivago), Vintila Horia (Dios ha nacido en el exilio), por aludir solamente a cuatro ejemplos de autores contemporáneos que nos han dejado semblanzas memorables de un anónimo poeta (quizá el propio Mann), de Virgilio, de Pasternak y de Ovidio. Broch y Horia hacen remontar su indagación a dos poetas del mundo cíásico latino, pero con maestría ponen de relieve en sus relatos valores que sentimos muy próximos a nosotros. Escribir, en el caso de estos dos autores, sobre los años o las horas finales de un gran poeta es ya, sin más y de ahí el reto de esas obras-, escribir sobre la vida de cualquier hombre, el cual siente cómo fluye por sus venas un tiempo que fue intensísimo vital- mente, pero que ahora ya está medido en sus instantes. Estas que vengo

ración, de una decantación de años. En ello quizá resida la clave del éxito de su libro, que además de una novela ya nació, desde el principio por sus ricos y amenos diálogos-, como un guión cinematográfico. He insistido en la versión cinematográfica de este libro porque -como en la versión del libro de Mann, o en la del de Pasternak-, el escritor le debe a ella (afortunada- mente) mucho del éxito de su obra. Los temas que debía tratar eran deli- cados; se precisaba un sugestivo temple para objetivar la historia y alzar sobre ella la fuerza del amor en un ejemplo inolvidable: el de la relación entre Mario Jiménez y Beatriz González. La humildad de estos dos personajes -como la de esos pescadores y tra- bajadores que, al fondo, como en un friso, destacan-, es también paradig- mática. Ellos tejen la intrahistoria y, al hacerlo precisamente por su aut- enticidad-, determinan lo mejor de la historia, y coinciden con sus viven- cias con el mensaje del poeta. Al final -como tan bien se ve en este libro-, el friso sólo lo forman seres humanos , los cuales conmueven, sin más, al lector por su autenticidad y por su verdad.

Prólogo

A Matilde Urrutia, inspiradora de Neruda, y a través de él, de sus humildes plagiarios.

las tardes iba a escribir la crónica sobre Neruda y por las noches, oyendo el rumor del mar, avanzaría mi novela hasta terminarla. Más aún, me pro- puse algo que concluyó en obsesión, y que me permitió además sentir una gran afinidad con Mario Jiménez, mi héroe. conseguir que Pablo Neruda prologara mi texto. Con ese valioso trofeo golpearía las puertas de Editorial Nascimento y conseguiría ipso facto la publicación de mi libro dolorosa- mente postergado. Para no hacer este prólogo eterno y evitar falsas expectativas en mis remotos lectores, concluyo aclarando desde ya algunos puntos. Primero, la novela que el lector tiene en su mano no es la que quise escribir en isla Negra ni ninguna otra que hubiera comenzado en aquella época, sino un producto lateral de mi fracasado asalto periodístico a Neruda. Segundo, a pesar de que varios escritores chilenos siguieron libando en la copa del éxito (entre otras cosas porfiases como éstas, me dijo un editor) yo per- manecí -y permanezco- rigurosamente inédito. En tanto otros son maestros del relato lírico en primera persona, de la novela dentro de la novela, del metalenguaje, de la distorsión de tiempos y espacios, yo seguí adscrito a metaforones trajinados en el periodismo, lugares comunes cosechados de los criollistas, adjetivos chillantes malentendidos en Borges, y sobre todo aferrado a lo que un profesor de literatura designó con asco: un narrador omnisciente. Tercero y último, el sabroso reportaje a Neruda que con toda seguridad el lector preferiría tener en sus manos en vez de la inminente novela que lo acosa desde la próxima página y que acaso me hubiera sacado en otro rubro de mi anonimato, no fue viable debido a principios del vate y no a mi falta de impertinencia. Con una amabilidad que no merecía la bajeza de mis propósitos me dijo que su gran amor era su esposa actual Matilde Urrutia, y que no sentía ni entusiasmo ni interés por revolver ese «pálido pasado», y con una ironía que sí merecía mi audacia de pedirle un prólogo para un libro que aún no existía, me dijo poniéndome de patitas en la puerta: «con todo gusto, cuando lo escriba». En la esperanza de hacerlo, me quedé largo tiempo en isla Negra, y para apoyar la pereza que me invadía todas las noches, tardes y mañanas frente a la página en blanco, decidí merodear la casa del poeta y de paso merodeara los que la merodeaban. Así fine como conocía los personajes de esta novela. Sé que más de un lector impaciente se estará preguntando cómo un flojo rematado como yo pudo terminar este libro, por pequeño que sea. Una explicación plausible es que tardé catorce años en escribirlo. Si se piensa que en ese lapso, Vargas Llosa, por ejemplo, publicó Conversación en la catedral, La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras y La guerra del fin del mundo, es francamente un récord del cual no me enorgullezco. Pero también hay una explicación complementaria de índole sentimen-

El cartero de Neruda

tal. Beatriz González, con quien almorcé varias veces durante sus visitas a los tribunales de Santiago, quiso que yo contara para ella la historia de Mario, «no importa cuánto tardase ni cuánto inventara». Así de excusado por ella, incurrí en ambos defectos.

Antonio Skármeta

Mario Jiménez jamás había usado corbata, pero antes de entrar se arregló el cuello de la camisa como si llevara una y trató, con algún éxito, de abreviar con dos golpes de peineta su melena heredada de fotos de los Beatles. -Vengo por el aviso -declamó al funcionario, con una sonrisa que emu- laba la de Burt Lancaster. -¿Tiene bicicleta? -preguntó aburrido el funcionario. Su corazón y sus labios dijeron al unísono. -S í. -Bueno -dijo el oficinista, limpiándose los lentes-, se trata de un puesto de cartero para isla Negra. -Qué casualidad -dijo Mario-. Yo vivo al lado, en la caleta. -Eso está muy bien. Pero lo que está mal es que hay un solo cliente. -¿Uno nada más? -Sí, pues. En la caleta todos son analfabetos. No pueden leer ni las cuentas. -¿Y quién es el cliente? -Pablo Neruda. Mario Jiménez tragó lo que le pareció un litro de saliva. -Pero eso es formidable. —¿Formidable? Recibe kilos de correspondencia diariamente. Pedalear con la bolsa sobre tu lomo es igual que cargar un elefante sobre los hom- bros. El cartero que lo atendía se jubiló jorobado como un camello. -Pero yo tengo sólo diecisiete años. -¿Y estás sano? -¿Yo? Soy de fierro. ¡Ni un resfrío en mi vida! El funcionario deslizó los lentes sobre el tabique de la nariz y lo miró por encima del marco. -El sueldo es una mierda. Los otros carteros se las arreglan con las propinas. Pero con un cliente, apenas te alcanzará para el cine una vez por semana. -Quiero el puesto. -Está bien. Me llamo Cosme. -Cosme. -Me debes decir «don Cosme». -Sí, don Cosme. -Soy tu jefe. -Sí, jefe. El hombre levantó un bolígrafo azul, le sopló su aliento para entibiar la tinta, y preguntó sin mirarlo: -¿Nombre? -Mario Jiménez -respondió Mario Jiménez solemnemente. Y en cuanto terminó de emitir ese vital comunicado, fue hasta la ven- tana, desprendió el aviso, y lo hizo recalar en lo más profundo del bolsil-

Antonio Skármeta

lo trasero de su pantalón.

El cartero de Neruda

lum, se consideró merecedor de una migaja de la atención del vate, y una mañana de sol invernal, le filtró el libro junto con las cartas, con una frase que había ensayado frente a múltiples vitrinas: -Póngame la millonaria, maestro. Complacerlo fue para el poeta un trámite de rutina, pero una vez cumplido con ese breve deber, se despidió con la cortante cortesía que lo caracterizaba. Mario comenzó por analizar el autógrafo y llegó a la con- clusión que con un «Cordialmente, Pablo Neruda» su anonimato no perdía gran cosa. Se propuso trabar algún tipo de relación con el poeta, que le permitiera algún día ser alhajado con una dedicatoria en que por lo menos constara con la mera tinta verde del vate su nombre y apellido: Mario Jiménez S. Aunque óptimo le hubiera parecido un texto del tenor de «A mi entrañable amigo Mario Jiménez, Pablo Neruda». Le planteó sus anhelos a Cosme el telegrafista, quien, tras recordarle que Correos de Chile prohibía a sus mensajeros fastidiar con requisitorias atípicas a su clientela, le hizo saber que un mismo libro no podía ser dedicado dos veces. Es decir, que en ningún caso sería noble proponerle al poeta -por comunista que fuera- que tarjara sus palabras para reemplazarlas por otras. Mario Jiménez tuvo por atinada la observación, y cuando recibió el segundo sueldo en un sobre fiscal, adquirió, con un gesto que le pareció consecuente, Nuevas odas elementales, edición Losada. Alguna pesad- umbre lo alentó al renunciar a su soñada excursión a Santiago, y luego el temor, cuando el astuto librero le dijo: «Y para el mes próximo le tengo el tercer libro de las Odas ». Pero ninguno de ambos libros llegó a ser autografiado por el poeta. Otra mañana con sol de invierno, muy parecida a otra tampoco descrita en detalle antes, relegó la dedicatoria al olvido. Mas no así la poesía.

El cartero de Neruda

Crecido entre pescadores, nunca sospechó el joven Mario Jiménez que en el correo de aquel día habría un anzuelo con que atraparía al poeta. No bien le había entregado el bulto, el poeta había discernido con pre- cisión meridiana una carta que procedió a rasgar ante sus, propios ojos. Esta conducta inédita, incompatible con la serenidad y discreción del vate, alentó en el cartero el inicio de un interrogatorio, y por qué no decir- lo, de una amistad. -¿Por qué abre esa carta antes que las otras? -Porque es de Suecia. -¿Y qué tiene de especial Suecia, aparte de las suecas? Aunque Pablo Neruda poseía un par de párpados inconmovibles, parpadeó. -El Premio Nobel de Literatura, mijo. -Se lo van a dar. -Si me lo dan, no lo voy a rechazar. -¿Y cuánta plata es? El poeta, que ya había llegado al meollo de la misiva, dijo sin énfasis: -Ciento cincuenta mil doscientos cincuenta dólares. Mario pensó la siguiente broma: «Y cincuenta centavos», mas su instin- to reprimió su contumaz impertinencia, y en cambio preguntó de la man- era más pulida: -¿Y? -¿Hmm? -¿Le dan el Premio Nobel? -Puede ser, pero este año hay candidatos con más chance. -¿Por qué? -Porque han escrito grandes obras. -¿Y las otras cartas? -Las leeré después -suspiró el vate. -¡Ah! Mario, que presentía el fin del diálogo, se dejó consumir por una ausencia semejante a la de su predilecto y único cliente, pero tan radi- cal, que obligó al poeta a preguntarle: -¿Qué te quedaste pensando? -En lo que dirán las otras cartas. ¿Serán de amor? El robusto vate tosió. -¡Hombre, yo estoy casado! ¡Que no te oiga Matilde! -Perdón, don Pablo.

-Bueno, ése es justamente el problema. Que como no soy poeta, no puedo decirlo. El vate se apretó las cejas sobre el tabique de la nariz. -¿Mario? -¿Don Pablo? -Voy a despedirme y a cerrar la puerta. -Sí, don Pablo. -Hasta mañana. -Hasta mañana. Neruda detuvo la mirada sobre el resto de las cartas, y luego entreabrió el portón. El cartero estudiaba las nubes con los brazos cruzados sobre el pecho. Vino hasta su lado y le picoteó el hombro con un dedo. Sin deshacer su postura, el muchacho se lo quedó mirando. Volví a abrir, porque sospechaba que seguías aquí. -Es que me quedé pensando. Neruda apretó los dedos en el codo del cartero, y lo fue conduciendo con firmeza hacia el farol donde había estacionado la bicicleta. -¿Y para pensar te quedas sentado? Si quieres ser poeta, comienza por pensar caminando. ¿O eres como John Wayne, que no podía caminar y mascar chiclets al mismo tiempo? Ahora te vas a la caleta por la playa y, mientras observas el movimiento del mar, puedes ir inventando metá- foras. -¡Deme un ejemplo! -Mira este poema: «Aquí en la Isla, el mar, y cuánto mar. Se sale de sí mismo a cada rato. Dice que sí, que no, que no. Dice que sí, en azul, en espuma, en galope. Dice que no, que no. No puede estarse quieto. Me llamo mar, repite pegando en una piedra sin lograr convencerla. Entonces con siete lenguas verdes, de siete tigres verdes, de siete perros verdes, de siete mares verdes, la recorre, la besa, la humedece, y se gol- pea el pecho repitiendo su nombre». -Hizo una pausa satisfecho-. ¿Qué te parece? -Raro. -«Raro.» ¡Qué crítico más severo que eres! -No, don Pablo. Raro no lo es el poema. Raro es como yo me sentía cuando usted recitaba el poema. -Querido Mario, a ver si te desenredas un poco, porque no puedo pasar toda la mañana disfrutando de tu charla. -¿Cómo se lo explicara? Cuando usted decía el poema, las palabras iban de acá pa’llá. -¡Como el mar, pues! -Sí, pues, se movían igual que el mar. -Eso es el ritmo. -Y me sentí raro, porque con tanto movimiento me marié.

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-Te mareaste. -¡Claro! Yo iba como un barco temblando en sus palabras. Los párpados del poeta se despegaron lentamente. -«Como un barco temblando en mis palabras.» -¡Claro! -¿Sabes lo que has hecho, Mario? -¿Qué? -Una metáfora. -Pero no vale, porque me salió de pura casualidad, no más. -No hay imagen que no sea casual, hijo. Mario se llevó la mano al corazón, y quiso controlar un aleteo desafora- do que le había subido hasta la lengua y que pugnaba por estallar entre sus dientes. Detuvo la caminata, y con un dedo impertinente manipula- do a centímetros de la nariz de su emérito cliente, dijo: -Usted cree que todo el mundo, quiero decir todo el mundo, con el vien- to, los mares, los árboles, las montañas, el fuego, los animales, las casas, los desiertos, las lluvias... -... ahora ya puedes decir «etcétera». -... ¡los etcéteras! ¿Usted cree que el mundo entero es la metáfora de algo? Neruda abrió la boca, y su robusta barbilla pareció desprendérsele del rostro. -¿Es una huevada lo que le pregunté, don Pablo? -No, hombre, no. -Es que se le puso una cara tan rara. -No, lo que sucede es que me quedé pensando. Espantó de un manotazo un humo imaginario, se levantó los desfalle- cientes pantalones y, punzando con el índice el pecho del joven, dijo: -Mira, Mario. Vamos a hacer un trato. Yo ahora me voy a la cocina, me preparo una omelette de aspirinas para meditar tu pregunta, y mañana te doy mi opinión. -¿En serio, don Pablo? -Sí, hombre, sí. Hasta mañana. Volvió a su casa y, una vez junto al portón, se recostó en su madera y cruzó pacientemente los brazos. -¿No se va a entrar? -le gritó Mario. -Ah, no. Esta vez espero a que te vayas. El cartero apartó la bicicleta del farol, hizo sonar jubiloso su cam- panilla, y, con una sonrisa tan amplia que abarcaba poeta y contorno, dijo: -Hasta luego, don Pablo. -Hasta luego, muchacho.

El cartero de Neruda

sionarla con la destreza de sus muñecas, la muchacha levantó la pelota y se la puso entre medio de unos dientes que brillaron en ese humilde patio, sugiriéndole una lluvia de plata. Enseguida adelantó su torso ceñi- do en una blusa dos números más pequeños de lo que exigían sus per- suasivos senos, y lo invitó a que cogiera el balón de su boca. Indeciso entre la humillación y la hipnosis, el cartero alzó vacilante la mano derecha, y, cuando sus dedos estuvieron a punto de tocar el balón, la chica se apartó y la sonrisa irónica dejó su brazo suspendido en el aire, como en un ridículo brindis para festejar sin vaso y sin champagne un amor que jamás se concretaría. Luego balanceó su cuerpo camino al bar, y sus piernas parecieron ir bailando al compás de una música más sin- uosa que la ofrecida por los Ramblers. Mario no tuvo necesidad de un espejo para adivinar que su rostro estaría rojo y húmedo. La otra muchacha se ubicó en el puesto abandonado y, con un severo golpe del balón sobre el marco, quiso despertarlo de su trance. Mustio, el cartero alzó la vista desde la pelota hasta los ojos de su nuevo rival, y, aunque se había definido frente al océano Pacífico como inepto para compara- ciones y metáforas, se dijo con rabia que el juego propuesto por esa pál- ida pueblerina sería a) más fome que bailar con la hermana, b) más aburrido que domingo sin fútbol y c) tan entretenido como carrera de caracoles. Sin dedicarle ni una pestañeada de despedida, siguió el rumbo de su adorada hacia el mesón del bar, se derrumbó sobre una silla como en una butaca de cine, y durante largos minutos la contempló extasiado, mientras la chica echaba su aliento en las rústicas copas y luego las frotaba con un trapo bordado de copihues, hasta dejarlas impecables.

El cartero de Neruda

El telegrafista Cosme tenía dos principios. El socialismo, a favor del cual arengaba a sus subordinados, de modo superfluo, por lo demás, porque todos eran convencidos o activistas, y el uso de la gorra de corre- os dentro de la oficina. Podía tolerar a Mario esa enmarañada melena que superaba con raigambre proletaria el corte de los Beatles, los blue-jeans infectados por manchas de aceite del engranaje de la bicicleta, la cha- queta descolorida de peón, su hábito de investigarse la nariz con el meñique; pero la sangre le hervía cuando lo veía llegar sin el copete. De modo que cuando el cartero entró macilento hacia la mesa clasificadora de correspondencia diciéndole un exangüe «buenos días», lo frenó con un dedo en el cuello, lo condujo hasta la percha donde colgaba el sombrero, se lo calzó hasta las cejas, y sólo entonces lo incitó a que repitiera el salu- do. -Buenos días, jefe. -Buenos días -rugió. -¿Hay cartas para el poeta? -Muchas. Y también un telegrama. -¿Un telegrama? El muchacho lo levantó, intentó discernir al trasluz su contenido, y en un santiamén estuvo en la calle montado en la bicicleta. Ya iba pedale- ando, cuando Cosme le gritó desde la puerta con el resto del correo en la mano. -Se te quedan las otras cartas. -Las llevaré después -dijo alejándose. -Eres un tonto -gritó don Cosme-. Tendrás que hacer dos viajes. -No soy ningún tonto, jefe. Veré al poeta dos veces. En el portón de Neruda, se colgó de la soga que accionaba la cam- panilla más allá de toda discreción. Tres minutos de esas dosis no pro- dujeron la presencia del poeta. Puso la bicicleta contra el farol, y, con un resto de fuerzas, corrió hacia el roquerto de la playa, donde descubrió a Neruda de rodillas cavando en la arena. -Tuve suerte -gritó mientras saltaba sobre las rocas acercándosele-. ¡Telegrama! -Tuviste que madrugar, muchacho. Mario llegó hasta su lado, y le dedicó al poeta diez segundos de jadeo antes de recuperar el habla. -No me importa. Tuve mucha suerte, porque necesito hablar con usted. -Debe ser muy importante. Bufas como un caballo.