Docsity
Docsity

Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity


Consigue puntos base para descargar
Consigue puntos base para descargar

Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium


Orientación Universidad
Orientación Universidad


El Gorgojo Relat de Plauto, Monografías, Ensayos de Filología Catalana

Assignatura: Llatí Literatura 1r Grau

Tipo: Monografías, Ensayos

2018/2019

Subido el 07/06/2019

amunt1919
amunt1919 🇪🇸

4.4

(25)

74 documentos

1 / 12

Toggle sidebar

Esta página no es visible en la vista previa

¡No te pierdas las partes importantes!

bg1
1
El gorgojo de Plauto
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA (Palinuro y Fédromo)
PALINURO.- Quo vadis, Domine, a estas horas de la noche, de punta en blanco y con este acompañamiento?
FÉDROMO.- Adonde Venus y Cupido mandan y amor aconseja que se vaya.
PALINURO.- ¿Eh? (Sin salir de su asombro)
FÉDROMO.- Sí, señor. Con las sombras de la noche o con las claras del día. Con el paso expedito o el enemigo en frente. Hoy es el
día señalado.
PALINURO.- Pero bueno...
FÉDROMO.- ¡Pero bueno! ¡Pero bueno! Me estás jodiendo.
PALINURO.- ¡Fédromo! No te conozco. Tú, tan distinguido, con el cirio en la mano... Tú, de paje de ti mismo.
FÉDROMO.- ¿Y por qué no puedo yo portar tan noble instrumento, resultado del laborar de las abejas, extraído junto a la dulce miel,
para mi dulcísimo amor...?
PALINURO.- Pero, ¿puede saberse a dónde vas?
FÉDROMO.- Lo quieres saber, ¿eh?... ¿Quieres saberlo?
PALINURO.- Te lo estoy preguntando.
FÉDROMO.- ¿Sí?
PALINURO.- (Hace el gesto de la evidencia)
FÉDROMO.- Pues que aquí está el templo de Esculapio.
PALINURO.- ¡Qué bárbaro! Te habrás roto la sesera.
FÉDROMO.- El que remedia los males del cuerpo... y del alma.
PALINURO.- ¡Ya! (Se miran y se miran) ¿Y qué?
FÉDROMO.- Y a su lado, esta puerta, amada como la niña de mis ojos. ¡Oh! ¿Te encuentras bien, puerta demasiado cerrada?
PALINURO.- (Obnubila) ¡Hostias! ¿??? Pero, ¿qué le pasa a éste?
FÉDROMO.- ¿Te das cuenta qué puerta? ¡La más hermosa y la más discreta puerta que he conocido! Siempre callada, sin chistar, ni
pasmar. Cuando se abre??, calla. Y cuando mi amiga sale?? de noche a mi encuentro, también calla.
PALINURO.- Ya voy entendiendo. (Le aparta a un extremo del escenario) ¿No estarás tramando algo poco recomendable para tu
posición o la de la familia? ¿O es que tratas de engañar a alguna dama decente, o que deba serlo?
FÉDROMO.- ¡Júpiter me valga! No se trata de nada de eso.
PALINURO.- Sí, sí, él te valga. Porque tienes que mirar por tu honor, tienes que hacerlo de manera que, si trasciende, no te vayas a
meter en algún lío.
FÉDROMO.- ¿Qué me quieres decir con eso?
PALINURO.- Que mires bien por dónde andas. En estos asuntos hay que caminar con pies de plomo.
FÉDROMO.- Pero si ésta es la casa de un alcahuete.
PALINURO.- ¡Ah! Entonces nadie te va a prohibir que compres la mercancía que se vende. Nadie te va a prohibir que vayas por la
calle, solamente si te metes en terreno acotado. No casadas, no viudas, no vírgenes, mucho menos jovencitas o muchachas nacidas
libres: si es así, puedes amar lo que quieres.
FÉDROMO.- Ésta es la casa de un alcahuete...
PALINURO.- ¡Maldita sea...!
FÉDROMO.- …el cual...
PALINURO.- ...por prestar servicios poco recomendables...
FÉDROMO.- ¡Me interrumpes!
PALINURO.- Está bien, está bien.
FÉDROMO.- ¿Callarás de una vez?
PALINURO.- Pero si me has mandado hablar...
FÉDROMO.- Pues ahora te lo prohíbo. Bien, como te iba diciendo, tiene él una siervecilla.
PALINURO.- ¿Quién? ¿El alcahuete?
FÉDROMO.- En efecto. Lo vas entendiendo.
PALINURO.- Menos mal, así no se me escapará nada.
FÉDROMO.- ¡Eres muy pesado! Quiere convertirla en puta, pero ella está perdidamente enamorada de mí, y yo me niego a entrar en
su sucio juego.
PALINURO.- Y eso, ¿por qué?
FÉDROMO.- Porque la amo de verdad, porque ella me ama a mí y porque es de mi propiedad.
PALINURO.- Malo, muy malo. Mala cosa es un amor clandestino. Vas derecho a la ruina.
FÉDROMO.- Sí, señor, así es.
PALINURO.- Y dime, ¿habéis hecho ya el amor?
FÉDROMO.- Por lo que a mí respecta, pura como la nieve. Una hermana para mí. A menos que... mis besos hayan hecho mella en su
pudor.
PALINURO.- Ojo con eso, que la llama sigue al humo. Con el humo solo nada se quema, pero con la llama... Quien se quiere comer
la nuez rompe la cáscara, quien se quiere acostar con mujer con los besos se abre paso.
FÉDROMO.- Ella es una muchacha decente y no se acuesta con hombres.
pf3
pf4
pf5
pf8
pf9
pfa

Vista previa parcial del texto

¡Descarga El Gorgojo Relat de Plauto y más Monografías, Ensayos en PDF de Filología Catalana solo en Docsity!

El gorgojo de Plauto

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA (Palinuro y Fédromo)

PALINURO.- Quo vadis, Domine , a estas horas de la noche, de punta en blanco y con este acompañamiento? FÉDROMO.- Adonde Venus y Cupido mandan y amor aconseja que se vaya. PALINURO.- ¿Eh? (Sin salir de su asombro) FÉDROMO.- Sí, señor. Con las sombras de la noche o con las claras del día. Con el paso expedito o el enemigo en frente. Hoy es el día señalado. PALINURO.- Pero bueno... FÉDROMO.- ¡Pero bueno! ¡Pero bueno! Me estás jodiendo. PALINURO.- ¡Fédromo! No te conozco. Tú, tan distinguido, con el cirio en la mano... Tú, de paje de ti mismo. FÉDROMO.- ¿Y por qué no puedo yo portar tan noble instrumento, resultado del laborar de las abejas, extraído junto a la dulce miel, para mi dulcísimo amor...? PALINURO.- Pero, ¿puede saberse a dónde vas? FÉDROMO.- Lo quieres saber, ¿eh?... ¿Quieres saberlo? PALINURO.- Te lo estoy preguntando. FÉDROMO.- ¿Sí? PALINURO.- (Hace el gesto de la evidencia) FÉDROMO.- Pues que aquí está el templo de Esculapio. PALINURO.- ¡Qué bárbaro! Te habrás roto la sesera. FÉDROMO.- El que remedia los males del cuerpo... y del alma. PALINURO.- ¡Ya! (Se miran y se miran) ¿Y qué? FÉDROMO.- Y a su lado, esta puerta, amada como la niña de mis ojos. ¡Oh! ¿Te encuentras bien, puerta demasiado cerrada? PALINURO.- (Obnubila) ¡Hostias! ¿??? Pero, ¿qué le pasa a éste? FÉDROMO.- ¿Te das cuenta qué puerta? ¡La más hermosa y la más discreta puerta que he conocido! Siempre callada, sin chistar, ni pasmar. Cuando se abre??, calla. Y cuando mi amiga sale?? de noche a mi encuentro, también calla. PALINURO.- Ya voy entendiendo. (Le aparta a un extremo del escenario) ¿No estarás tramando algo poco recomendable para tu posición o la de la familia? ¿O es que tratas de engañar a alguna dama decente, o que deba serlo? FÉDROMO.- ¡Júpiter me valga! No se trata de nada de eso. PALINURO.- Sí, sí, él te valga. Porque tienes que mirar por tu honor, tienes que hacerlo de manera que, si trasciende, no te vayas a meter en algún lío. FÉDROMO.- ¿Qué me quieres decir con eso? PALINURO.- Que mires bien por dónde andas. En estos asuntos hay que caminar con pies de plomo. FÉDROMO.- Pero si ésta es la casa de un alcahuete. PALINURO.- ¡Ah! Entonces nadie te va a prohibir que compres la mercancía que se vende. Nadie te va a prohibir que vayas por la calle, solamente si te metes en terreno acotado. No casadas, no viudas, no vírgenes, mucho menos jovencitas o muchachas nacidas libres: si es así, puedes amar lo que quieres. FÉDROMO.- Ésta es la casa de un alcahuete... PALINURO.- ¡Maldita sea...! FÉDROMO.- …el cual... PALINURO.- ...por prestar servicios poco recomendables... FÉDROMO.- ¡Me interrumpes! PALINURO.- Está bien, está bien. FÉDROMO.- ¿Callarás de una vez? PALINURO.- Pero si me has mandado hablar... FÉDROMO.- Pues ahora te lo prohíbo. Bien, como te iba diciendo, tiene él una siervecilla. PALINURO.- ¿Quién? ¿El alcahuete? FÉDROMO.- En efecto. Lo vas entendiendo. PALINURO.- Menos mal, así no se me escapará nada. FÉDROMO.- ¡Eres muy pesado! Quiere convertirla en puta, pero ella está perdidamente enamorada de mí, y yo me niego a entrar en su sucio juego. PALINURO.- Y eso, ¿por qué? FÉDROMO.- Porque la amo de verdad, porque ella me ama a mí y porque es de mi propiedad. PALINURO.- Malo, muy malo. Mala cosa es un amor clandestino. Vas derecho a la ruina. FÉDROMO.- Sí, señor, así es. PALINURO.- Y dime, ¿habéis hecho ya el amor? FÉDROMO.- Por lo que a mí respecta, pura como la nieve. Una hermana para mí. A menos que... mis besos hayan hecho mella en su pudor. PALINURO.- Ojo con eso, que la llama sigue al humo. Con el humo solo nada se quema, pero con la llama... Quien se quiere comer la nuez rompe la cáscara, quien se quiere acostar con mujer con los besos se abre paso. FÉDROMO.- Ella es una muchacha decente y no se acuesta con hombres.

PALINURO.- Lo creería si hubiese algún alcahuete decente. FÉDROMO.- ¿Cómo puedes decir eso? Cada vez que tiene ocasión se escapa y viene, me da un beso y se va. Así andamos a causa de ese canalla enfermo que duerme aquí, en el templo de Esculapio, y no nos deja vivir. PALINUR.- O Y eso, ¿por qué? FÉDROMO.- Unas veces me pide por ella treinta minas, otras un talento fuerte. No hay forma de ponerse de acuerdo ni de hacerle entrar en razón. PALINURO.- Estás equivocado si quieres sacar de un alcahuete lo que no tiene. FÉDROMO.- Ahora he mandando a mi parásito a Caria para pedirle dinero a un amigo. Si vuelve sin él no sabré hacia qué parte volverme. PALINURO.- Si es para saludar a los dioses, hacia la derecha. Ahí mismito tienes a Venus, delante de esta puerta. FÉDROMO.- Sí, sí. Le tengo hecho un voto, le he ofrecido un desayuno. PALINURO.- ¿Tú serás su desayuno? FÉDROMO.- Sí, yo. Y tú y todos estos que andan por aquí. (Señala a los espectadores) PALINURO.- ¿Acaso pretendes que Venus vomite? FÉDROMO (Al esclavo que lleva el vino). Muchacho, el vino. PALINURO.- ¿Qué vas a hacer? FÉDROMO.- Enseguida lo sabrás. Aquí duerme una vieja, Leena, que guarda la puerta, una gran bebedora. Jamás se llena de vino. PALINURO.- Uno de esos pozos sin fondo, un tonel para el vino de Quíos. FÉDROMO.- Total, una esponja. En cuanto rocío la puerta con vino, el olor la despierta y le anuncia mi llegada. Abrirá antes de que te des cuenta. PALINURO.- Y ese otro jarro, ¿también es para ella? FÉDROMO.- Si tú no dices otra cosa. PALINURO.- No, no, ¡por Hércules! Pero mejor sería que fuera para nosotros. FÉDROMO.- ¡Chis! ¡Chiis!... Si le sobra algo será para nosotros. PALINURO.- Despídete. No conozco ningún río que no acabe todo entero en el mar. FÉDROMO.- ¡Vamos! Sígueme hasta la puerta. Por aquí, Palinuro. Venga... PALINURO.- Voy allá. FÉDROMO.- (Rociando con vino la puerta) Anda, bebe amiga mía, hermosa puerta. Emborráchate y muéstrate propicia. ¡Ayúdame! PALINURO.- ¿Unas aceitunitas?, ¿unas alcaparras?, o ¿unas frituras? FÉDROMO.- Despiértame a tu guardiana... hazla salir... PALINURO.- ¡Qué manera de derramar el vino! Estás loco FÉDROMO.- Mira, mira cómo se abre esta alegre casa. ¿Qué, chirría? ¡Es un encanto! PALINURO.- ¿Por qué no la besas? FÉDROMO.- ¡Chiiss! Ocultemos la luz... y la voz. PALINURO.- Tú mandas. ESCENA SEGUNDA ( Palinuro, Fédromo y Leena )

LEENA.- Un perfume de vino añejo a mi nariz se ofrece con ardiente deseo, en la oscuridad me llama. ¿Dónde, dónde está? Muy cerca. Albricias, ya te tengo. Yo te saludo, alma mía, oh espíritu de Baco. Tu vejez junto a la mía deseo, ancianidad dichosa. A tu lado, la flor un hedor nauseabundo parece.Tú para mí eres mirra, rosa, azafrán y canela, cinamomo y lavanda, eres la esencia del heno. Donde tú estés derramado quiero tener mi tumba. Pero Baco, hasta aquí sólo tu olor me llega y el placer verdadero por la garganta pasa: no es el olor lo que quiero, es a ti mismo, sentirte, tragarte, tener tu licor adentro sin tardanza... Mas por aquí se fue, te sigo. FÉDROMO.- (En voz baja a Palinuro) Esta vieja tiene ser. PALINURO.- Y no poca. FÉDROMO.- Es prudente, le cabe una tinaja. PALINURO.- ¡Por Pólux! Según tú, esta tía vieja no tiene bastante ni con la vendimia de este año. Debería ser un perro por el olfato que gasta. LEENA.- Por favor, ¿de quién es esa voz que se oye tan lejos? FÉDROMO.- Me parece que tendremos que llamarla. Me acercaré. ¡Chiss! ¡Aquí!, Leena, date la vuelta. Estoy aquí. LEENA.- ¿Quién me llama? FÉDROMO.- El dueño del vino, el complaciente Baco, que trae el remedio para calmar tu sed. LEENA.- ¿Dónde estás, que no te veo? FÉDROMO.- Mira la luz. LEENA.- Acércate rápido, ven a mí, te lo suplico. FÉDROMO.- ¡Salud! LEENA.- ¿Yo salud, que me muero de sed? FÉDROMO.- Estás a punto de calmarla. LEENA.- ¡Muy tarde! ¡Vamos! FÉDROMO.- Toma, hermosa. LEENA.- ¡Salud, niña de mis ojos! PALINURO.- Échatelo rápido al coleto. Haz una buena limpieza de cloaca. FÉDROMO.- Calla. No permito que la insultes. PALINURO.- Entonces, prefieres que la zurre. LEENA.- ¡Oh Venus! Te voy a ofrendar un poquito... de lo poco que tengo... sin ganas. A ti todos los amantes te dan vino cuando

FÉDROMO.- Tú, a callar. PALINURO.- ¿A callar? ¿Es que no vamos a dormir? FÉDROMO.- ¡Yo ya duermo! No me grites. PALINURO.- ¿Cómo que duermes? FÉDROMO.- Duermo, a mi manera. Este es mi dulce sueño. PALINURO.- Escucha, señora, perjudicar así a quien nada te ha hecho no es bueno. PLANESIA.- ¿Qué dirías tú si éste te quitara la comida del plato cuando estás comiendo? PALINURO.- Nada que hacer. Los dos perdidamente enamorados. Los dos se han vuelto locos. Cómo se dan a la tarea. Y no se cansan de abrazos. ¿Queréis acabar de una vez? PLANESIA.- No hay felicidad que cien años dure. A nuestro placer le ha salido este pelmazo. PALINURO.- ¿Qué dices, desvergonzada? ¿Tú, con esos ojos de lechuza, te atreves a llamarme a mí pelmazo? ¡Cara de tórtola! FÉDROMO.- ¡Te atreves a insultar a mi Venus! Tú, un esclavo para las vergas, ¿te atreves a meterte en mis asuntos? ¡Por Hércules, que vas a saber lo que es bueno! Toma, eso por tu lengua larga, para que aprendas a medir tus palabras. PALINURO.- ¡Auxilio, Venus protectora de la noche! FÉDROMO.- ¿Aún quieres más? PLANESIA.- No te molestes en golpear una piedra, no vayas a estropearte la mano. PALINURO.- ¡Así me pagas! Con un escándalo. A puñetazos con quien bien te aconseja. Y amas a esta mujer ignorante. No esperaba de ti semejante comportamiento. FÉDROMO.- Tú sí que eres ignorante. ¿Dónde has visto tú un enamorado sensato? Tráemelo aquí y te doy su peso en oro. PALINURO.- Dadme, dioses, un amo sano de la cabeza y lo pagaré a peso de oro. PLANESIA.- Adiós, niña de mis ojos. Oigo ya el rechinar de goznes. El guardián del templo abre sus puertas. ¿Hasta cuándo?, di, ¿hasta cuándo durará este amor furtivo? FÉDROMO.- No durará nada. Hace tres días envié a mi parásito a Caria en busca de dinero. Hoy mismo estará aquí. Y en cuanto llegue... PLANESIA.- ¡Siempre dices lo mismo! FÉDROMO.- ¡Te lo juro! No consentiré que duermas tres días más en esta casa. PLANESIA.- ¡No lo olvides! Y toma un último beso antes de partir. FÉDROMO.- ¡Dioses! No lo cambiaría por un reino. ¿Cuándo volveremos a vernos? PLANESIA.- De ti depende: procura mi libertad si de verdad me amas. No vengas como mendigo. Preséntate con una buena oferta. ¡Que lo pases bien! FÉDROMO.- ¡Muerto estoy, Palinuro! ¡Me abandona! ¡Me abandona ya! PALINURO.- Yo sí que estoy muerto, de golpes y de sueño. FÉDROMO.- Andando, sígueme. ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA ( Capadocio y Palinuro )

CAPADOCIO.- Es asunto decidido. Dejaré el templo, en vista de las intenciones de Esculapio: no me hace ningún caso ni quiere curarme. Mi salud disminuye y mi mal aumenta. Al andar siento el bazo como si fuera una faja, como una cinta tirante, tirante, como si estuviera preñado de gemelos, a cada paso temo partirme en dos mitades. ¡Mísero de mí! PALINURO.- (Sale de casa) Deberías escucharme, Fédromo, y no pensar más en el asunto. Ya vendrá. Dale tiempo para que recorra el camino de Caria. Yo me inclino a pensar que traerá el dinero, porque, de lo contrario, no habría cadena suficientemente gorda como para impedir que volviera a su pesebre, en busca de su pitanza. CAPADOCIO.- ¿Quién habla por ahí? PALINURO.- ¿De quién es esa voz? CAPADOCIO.- Me parece que éste es Palinuro, el siervo de Fédromo. PALINURO.- ¿Quién es ese tío con el vientre como un bombo y los verdosos? El tipo me resulta conocido, pero el color de la cara... no adivino quién pueda ser. ¡Anda! Ahora sí lo reconozco. Es Capadocio, el alcahuete. Voy a darle un tiento. CAPADOCIO.- Salud tengas, Palinuro. PALINURO.- Salud tengas, modelo de malhechores. ¿Qué hacemos? CAPADOCIO.- Voy tirando. PALINURO.- Como tú te mereces. ¿Y qué hay de bueno? CAPADOCIO.- El bazo me martiriza, los riñones me torturan, los pulmones se me salen por la boca, el hígado me atormenta, la raíces del corazón están arrancadas, las tripas me producen retortijones... PALINURO.- Es decir, que padeces una enfermedad hepática. CAPADOCIO.- Y el bazo hinchado. PALINURO.- Para el bazo te recomiendo unos buenos paseos, es lo mejor. CAPADOCIO.- Es fácil burlarse de un infeliz. PALINURO.- Pues espera unos días a ver si enfría el tiempo mientras se te pudren las tripas, para que se salen luego bien. Si lo haces así, podrás venderlas luego a buen precio. CAPADOCIO.- Déjate de bromas. PALINURO.- Te estoy dando un buen consejo. CAPADOCIO.- Te quería preguntar una cosa. ¿Serías capaz de interpretar lo que he soñado esta noche mientras dormía? PALINURO.- ¿Qué dices? Tienes delante de ti, precisamente, al más competente en materia de adivinaciones. Hasta los profesionales

acuden a mí en busca de ayuda. Y lo que les digo yo es su guía.

ESCENA SEGUNDA ( Cocinero, Palinuro y Capadocio )

COCINERO.- Palinuro, ¿qué haces perdiendo el tiempo? Más valdría que fueras sacando de la despensa todo lo necesario para la comida del parásito, que estará a punto de llegar. PALINURO.- Un momento, si te place, lo que tardo en descifrar el sueño de este buen hombre. COCINERO.- ¿Tú de intérprete? Pero si tú acudes a mí para que yo descifre los tuyos. PALINURO.- Es cierto. COCINERO.- Anda, ve y sácame todo el pedido. PALINURO.- Está bien, entretanto cuéntale aquí a este tu sueño. Estás en buenas manos. Todo lo que yo sé a él se lo debo. CAPADOCIO.- ¿Y querrá él escucharme? PALINURO.- Ya lo creo. CAPADOCIO.- Ahí lo tienes. De lo que ya no hay. Un hombre respetuoso con su maestro. ¿Estás dispuesto para escucharme? COCINERO.- Aunque no tengo el gusto... Adelante. CAPADOCIO.- Esta noche, en mi sueño, me pareció ver a Esculapio, allí sentado, a lo lejos, y no parecía que quisiera hacerme mucho caso que digamos. COCINERO.- Lo mismo que harán los demás dioses, no lo dudes. En eso marchan todos muy de acuerdo. No me extraña que no estés mejor. Te habría tenido más cuenta haber ido a dormir al templo de Júpiter, por el que es seguro que has jurado. CAPADOCIO.- Bueno... Si todos los que han jurado en falso fueran a dormir allí, no quedaría un sitio en el Capitolio. COCINERO.- Escúchame. Tienes que pedir perdón a Esculapio, que no te ha comprendido nada. Tienes que hacerlo, si quieres remediar tu desgracia. CAPADOCIO.- ¿De verdad? Ahora mismo voy a rezarle... Gracias, muchas gracias... (Entra en el templo) COCINERO.- Mal rayo te parta, alcahuete... (Entra en casa de Fédromo)

ESCENA TERCERA ( Gorgojo, Fédromo y Palinuro )

PALINURO.- ¡Por todos los dioses! ¿Qué veo? ¿Quién es aquél que viene por allí? ¿Acaso no es el parásito de Fédromo? ¡Eh, Fédromo, sal de prisa! ¡Corre, ya está aquí! FÉDROMO.- (Saliendo) ¿Qué voces son éstas? PALINURO.- Tu parásito. Mira cómo corre. Allí al fondo de la plaza. Mírale desde aquí. FÉDROMO.- Sí. Es él. GORGOJO.- Abran paso, fuera todos, en tanto que mi deber cumplo; huid todos y apartaos de mi camino, idos, no sea que con el impulso que traigo, a alguno con la cabeza, con el pecho, con el codo, e inclus con la rodilla pudiera golpear. El negocio que traigo entre manos urge, lleva prisa y nadie en este mundo será capaz de frenarme, ni estratega, ni tirano, ni celador del ganado ni demarco, ni comarco, ni persona de altos vuelos que no caiga de rodillas en la acera o en el suelo. Incluidos esos griegos de grandes mantos cubiertos que pasean por el mundo siempre cargados de libros dispuestos a discutir de lo divino y lo humano interrumpiendo el camino, dictando siempre sentencias. A quienes siempre veréis camino de la taberna en busca de la bebida que primero les excita y luego les emborracha, les entristece y marchita. Si con ellos me tropiezo, les voy a sacar las tiras. Y esos otros, esclavos de los bufones, que en la calle juegan, dando y recibiendo, yo he de sepultarlos. Que no salgan, es mejor, si quieren estar seguros. FÉDROMO.- Cómo se explica este hombre. Habla con propiedad, como si tuviera autoridad para hacerlo. Cómo está el servicio. No se puede con ellos. GORGOJO.- ¿Hay por aquí alguien que pueda decirme dónde está Fédromo? Es preciso que lo vea. Le traigo un asunto urgente. PALINURO.- Te busca a ti. FÉDROMO.- Vamos a ver qué nos trae. ¡Hola, Gorgojo! GORGOJO.- ¿Quién llama? ¿Quién pronuncia mi nombre? FÉDROMO.- Alguien que quiere hablar contigo. GORGOJO.- Justo lo mismo que quiero yo. FÉDROMO.- ¡Al fin has venido, Gorgojo querido! Te esperaba impaciente. ¡Salud tengas! GORGOJO.- ¡Salud! FÉDROMO.- ¡Cuánto me alegra saber que has llegado con bien! Dame tu mano. Y, dime, en qué punto se hallan mis esperanzas. ¡Por Hércules! Cuéntame, te lo ruego. GORGOJO.- Y las mías, ¿dónde se hallan? Dime, te lo ruego. FÉDROMO.- ¿Qué te pasa ahora? GORGOJO.- Desfallezco. Se me doblan las piernas. Se me nubla la vista. Tengo hambre. FÉDROMO.- Eso es del cansancio. GORGOJO.- Sostenedme, sostenedme, por favor. FÉDROMO.- Se ha puesto pálido. Un asiento, rápido. Una palangana, de prisa. GORGOJO.- Estoy muy malito. PALINURO.- ¿Quieres agua? GORGOJO.- Prefiero sopa, y pronto, que me la sorberé de un trago. PALINURO.- ¡Así revientes! GORGOJO.- ¡Apresuraos! Haced que sea un buen viento el que me ha traído. PALINURO.- Eso está hecho. (Le abanican los dos) GORGOJO.- Pero, ¿qué hacéis?

LICÓN.- Sigue tu camino, soy un hombre muy ocupado. GORGOJO.- Ya te dejo. Pero antes podrías indicarme a la persona que busco. Estoy buscando a Licón, el banquero. LICÓN.- Y dime, ¿qué asunto tienes con él? ¿De parte de quién? GORGOJO.- Me envía el soldado Terapontígono Platagidoro. LICÓN.- ¡Por Pólux! Me suena ese nombre, llené cuatro tablillas para escribirlo entero. Y, ¿qué quieres de Licón? GORGOJO.- Me ha dado estas tablillas para que se las entregue. LICÓN.- Y, ¿tú quién eres? GORGOJO.- Un liberto suyo. Todos me llaman Muelleflojo. LICÓN.- Salud tengas, Muelleflojo. Y eso de Muelleflojo, ¿por qué? GORGOJO.- Porque cuando me emborracho, me duermo y mojo las sábanas. Por eso todos me llaman así. LICÓN.- Entonces será mejor que busques hospedaje en otra parte. En mi casa no hay sitio para ti. Pero el que buscas soy yo. GORGOJO.- ¡Cómo! ¿Tú eres Licón, el banquero? LICÓN.- El mismo. GORGOJO.- Terapontígono me ordena que te dé muchos recuerdos, y me ha encargado que te entregue estas tablillas. LICÓN.- ¿A mí? GORGOJO.- Sí, señor. Mira bien el sello. ¿Lo reconoces? LICÓN.- Claro que sí. Un guerrero con escudo que atraviesa, de un sablazo, un elefante. GORGOJO.- Quiere que se cumpla puntualmente lo que ahí viene escrito, si es que quieres serle grato. LICÓN.- Apártate. Voy a leer. GORGOJO.- ¡No faltaba más! Con tal que yo consiga lo que busco, haré lo que quieras. LICÓN.- (Leyendo) «Terapontígono Platagidoro, soldado, saluda con afecto a Licón, su huésped en Epidauro» GORGOJO.- (A los espectadores) Ya es mío. Se tragó el anzuelo. LICÓN.- «Te ruego encarecidamente sea entregada al portador de la presente la muchacha que compré aquí, según el trato cerrado en tu presencia y por tu mediación, junto con las ropas y las joyas. Ya conoces las condiciones: tú entregas el dinero a Capadocio y la muchacha al dador». Y él, ¿dónde está? ¿Por qué no ha venido? GORGOJO.- Yo te lo diré. Hace sólo tres días que llegamos a Caria, desde la India. Está empeñado en erigirse una estatua, toda en oro filípico, de siete pies de alto. Un monumento a sus hazañas. LICÓN.- Y, ¿con qué motivo? GORGOJO.- Te lo voy a explicar. Escucha: él solito ha derrotado a los persas, a los plafagones, a los sinopeos, a los árabes, a los carios, a los cretenses, a los sirios, a la Rodia y la Licia, la Peredia y la Perbibesia, la Centaurobatallicia y la Claudia. Unomamia, junto con toda la costa libia y todo el territorio de Conterebromia, todo en veinte días. Como ves, la mitad de las naciones. LICÓN.- ¡Oh! GORGOJO.- ¿Te extraña? LICÓN.- ¡Ya lo creo! Si todos cuantos dices hubieran estado metidos en una jaula, no les habrían podido acometer en un año. Ahora veo con claridad que eres digno esclavo de tu amo. Los dos decís las mismas tonterías. Estoy seguro de que te ha invitado él. GORGOJO.- Si tienes tiempo, aún te puedo contar más. LICÓN.- No, gracias. Despachemos pronto el asunto que te trae. Acompáñame. Más, mira por dónde, citando a Roma, por la puerta asoma. ¡Salud tengas, alcahuete! CAPADOCIO.- ¡Que los dioses te sean propicios! LICÓN.- Te buscaba para cerrar un negocio. CAPADOCIO.- Tú dirás. LICÓN.- Yo te daré el dinero y tú dejas partir a la muchacha con éste. CAPADOCIO.- Hay un juramento de por medio. LICÓN.- ¿Qué te importa a ti un juramento, si recibes el dinero? CAPADOCIO.- Eso es lo que yo llamo un buen consejo. Seguidme. GORGOJO.- Alcahuete, no te demores que llevo prisa.

ACTO CUARTO

ESCENA PRIMERA ( Narrador )

NARRADOR.- ¡Por Pólux! ¿Habéis visto qué joya ha encontrado Fédromo en este embaucador, embustero y gracioso criado? Temo que cuando acabe la función haya desaparecido hasta el vestuario. No me fío ni un pelo. Gracias a que yo nada tengo que ver con esto. Por si acaso, vigilen ustedes sus bolsillos. Aunque hoy en día las cosas van por otro lado, ya lo sé. Los pillos han cambiado su estilo y su manera de actuar. ¿O es que piensan ustedes que los banqueros de hoy son tan tontos como Licón? ¡No! ¿Verdad que no? No les voy a mentar ninguno, como haría el descarado de Aristófanes, Estamos en tiempos de la comedia latina y no de la Antigua. ¿Qué digo? Estamos en tiempos de festivales, mucho más civilizados. Ya no hay perjuros, ni embusteros, como entonces. No puedo deciros dónde hallarlos. Ni fanfarrones, ni gente que despilfarre sus caudales, o que presuman de ellos. Ni cuentistas, ni cotillas, ni siquiera putas viejas. Vivimos en el mejor de los mundos, y por eso ha decaído el teatro. Ya no hay con quién meterse, tenemos que recurrir a estas antiguallas del pasado para distraer nuestros ocios. Por no haber, ni siquiera hay cornudos, ni maridos infieles, ni jovencitos que comercien con su cuerpo, tan frecuentes en otros tiempos. Y qué decir de los dioses, aquí mutilados y enterrados para siempre, desprestigiados y desconocidos. Mirad cómo sonríe la luna contemplando el mejor de los mundos, donde los tunantes como Gorgojo no tienen cabida y los alcahuetes sobran. De modo que ahora, cuando termine el espectáculo, podréis dispersaros alegremente por las apacibles y silenciosas calles de la ciudad y llenar vuestros pechos con la pureza y la dulzura de la brisa nocturna y el frescor de la fronda, que las aguas del río fecunda. Pero me parece que escucho el rechinar de la puerta. Alguien entra. De manera que debo poner

freno a mi lengua y salir por donde vine.

ESCENA SEGUNDA ( Gorgojo, Capadocio, Licón y Planesia. Salen todos de casa de Capadocio)

GORGOJO.- Pasa adelante muchacha. Que yo te vea. No quiero perderte de vista. (A Capadocio) ¿Tienes las joyas y las ropas? Me ha dicho que son suyas. CAPADOCIO.- No te lo he negado. GORGOJO.- Por si acaso. Todo hay que decirlo. LICÓN.- (A Capadocio) Yo también quiero advertirte que si alguien la reclama como de libre condición, tú has prometido devolverme todo el dinero, treinta minas. CAPADOCIO.- De acuerdo, pero puedes estar tranquilo sobre el particular. GORGOJO.- Yo también te lo quiero recordar. CAPADOCIO.- Lo recuerdo, te la daré toda entera en propiedad. GORGOJO.- ¿Que yo reciba en propiedad algo de manos de un alcahuete? ¿Una especie que sólo tiene suyo la lengua, para negar haber recibido dinero prestado? Las personas que vendéis no son de vuestra propiedad, no son de vuestra propiedad las personas que liberáis, no son vuestras a las que mandáis. A nadie fiáis y nadie os fía. Según pienso, vuestra raza es como las moscas, las chinches y los piojos... sois la peste, una calamidad, un estorbo para todos. No dais provecho. Y cualquiera que se precie no se parará con vosotros en la plaza, y si lo hace perderá su fama, aunque nada malo haya hecho. LICÓN.- ¡Por Pólux! Según veo, bien os conoce el tuerto. GORGOJO.- Mira quien fue a hablar. Los banqueros sois de la misma calaña, o peor. Ellos, al menos, se esconden para emputecerse, mientras que vosotros os pavoneáis por el propio Foro. Vosotros hundís en la miseria a la gente con la usura, como ellos en los prostíbulos. El pueblo dicta leyes para protegerse y vosotros las burláis. Siempre encontráis escapatoria. Hacéis como con el agua hirviendo, esperáis que se enfríe. LICÓN.- (Aparte) Qué bien habría estado calladito. CAPADOCIO.- Eres tú muy listo, y sabes hablar mal. GORGOJO.- Hablar mal de quien no se lo merece, eso es hablar mal; pero si se dice de quien se lo tiene merecido, eso es hablar bien. De todos modos, no necesito tu opinión, ni la de ningún alcahuete. Licón, ¿se te ofrece algo? LICÓN.- Que te vaya bien. GORGOJO.- Igualmente. CAPADOCIO.- Oye tú. A ti te digo. GORGOJO.- ¿Qué tripa se te ha roto? CAPADOCIO.- Cuídamela, te lo ruego. Que no le falte de nada. En mi casa ha sido bien tratada y respetada. GORGOJO.- Si tanto te preocupa, suelta la mosca para que no le falte. CAPADOCIO.- ¡Mala peste! GORGOJO.- Para ti. No te vendría mal. CAPADOCIO.- ¿Por qué lloras? No tengas miedo. Te he vendido a buena gente, por tu bien. Vamos, sé buena y sigue a este señor. LICÓN.- Muelleflojo, ¿quieres algo de mí? GORGOJO.- Que te vaya bien. Y salud, ya que no has ahorrado ni esfuerzo ni dinero a un amigo. LICÓN.- Muchos recuerdos de mi parte a tu patrón. GORGOJO.- Se los daré. (Sale con Planesia) LICÓN.- ¿Quieres alguna cosa, alcahuete? CAPADOCIO.- Las diez minas, las necesito para curarme. LICÓN.- Mañana mismo se te darán. Puedes mandar por ellas. (Sale) CAPADOCIO.- Ya que el negocio se ha terminado, quiero ir al templo para dar gracias a los dioses. La muchacha la compré, cuando era niña, por diez minas. Al que me la vendió no lo he vuelto a ver nunca. Estará muerto, supongo. Y, además, ¿a mí qué me importa? Tengo el dinero. Cuando los dioses quieren todo sale a pedir de boca. No hay duda. Ahora ocupémonos del sacrificio. He decidido cuidarme como debe ser. (Entra en el templo)

ESCENA TERCERA ( Terapontígono y Licón )

TERAPONTÍGONO.- ¡Ay, cómo vengo! ¡Vengo rabioso! ¡Vengo como me pongo cuando destruyo ciudades enteras yo solo! De manera que, si no te das prisa a devolverme las treinta minas que te dejé en depósito, ya puedes despedirte de este mundo. LICÓN.- Pues yo tampoco me quedaré corto y te voy a mandar al mismo sitio adonde mando a los que no debo nada. TERAPONTÍGONO.- No te me vengas ahora haciendo el feroz, y no creas que voy a suplicarte. LICÓN.- No te serviría de nada. No me obligarás a entregarte lo que ya ha sido entregado. No estoy aquí para hacer regalos. TERAPONTÍGONO.- Ya sabía yo cuando deposité aquella suma en tu mesa que jamás me la devolverías. LICÓN.- Entonces, ¿por qué me la reclamas? TERAPONTÍGONO.- Quiero saber a quién se la has entregado. LICÓN.- Al tuerto, tu liberto. Dice llamarse Muelleflojo. Le he hecho entrega, a la vista de estas tablillas selladas, que tú me... TERAPONTÍGONO.- ¿Qué liberto tuerto, qué tablillas, de qué Muelleflojo me hablas? Yo no tengo ningún liberto. LICÓN.- Eso es mejor que lo que hacen ciertos alcahuetes, que tienen libertos y luego los abandonan. TERAPONTÍGONO.- Pero, vamos a ver, ¿se puede saber qué es lo que has hecho? LICÓN.- Lo que tú me encargaste hacer. Por consideración a tu escrito y a tu sello no mandé con viento fresco a tu mensajero. TERAPONTÍGONO.- ¿Y has dado por buenas aquellas tablillas? LICÓN.- A los instrumentos legales con los que se hacen los negocios públicos y privados, ¿no habría yo de dar crédito? Yo me

FÉDROMO.- Ciertamente, me estás cansando. GORGOJO.- Ya te he contado cómo me hice con el anillo. ¿Cuántas veces lo tengo que repetir? Se lo birlé al capitán con los dados. TERAPONTÍGONO.- (Que interrumpe de repente) Estoy salvado. ¡Aquí está lo que yo buscaba! ¿Cómo te va, galán? GORGOJO.- Ya ves. Si quieres podemos dar algún golpe más por el manto. TERAPONTÍGONO.- ¿Por qué no te ahorcas? ¡Vamos, el dinero o la muchacha! GORGOJO.- ¿Qué dinero? ¿Qué enredos te traes conmigo? ¿Qué doncella me pides? TERAPONTÍGONO.- La que te ha entregado hoy el alcahuete, granuja. GORGOJO.- No me he llevado ninguna doncella. TERAPONTÍGONO.- ¿Cómo que no? Es esa que estoy viendo. FÉDROMO.- Ésta es una doncella libre. TERAPONTÍGONO.- Yo no la he manumitido: esta sierva es mía. FÉDROMO.- ¿Quién te la ha dado? ¿Dónde la has comprado? Dímelo. TERAPONTÍGONO.- Este negocio lo he llevado con mi banquero. Y tú y el alcahuete me vais a devolver el dinero cuadruplicado. FÉDROMO.- Tú que compras muchachas robadas y libres, acude a los tribunales. TERAPONTÍGONO.- Haré lo que me dé la gana. FÉDROMO.- ¿Tienes testigos? TERAPONTÍGONO.- ¿A ti qué te importa? FÉDROMO.- ¡Que Júpiter te pierda! Desprecias los testigos, pues yo llevaré a éste. Gorgojo, ven acá. TERAPONTÍGONO.- No puede. ¿Cuándo se ha visto testificar a un esclavo? GORGOJO.- Oye, yo soy libre, para que lo sepas, de modo que ve al tribunal. TERAPONTÍGONO.- (Le zurra) Ven acá bribón... GORGOJO.- ¡Ciudadanos! ¡Ciudadanos! TERAPONTÍGONO.- ¿Por qué gritas? FÉDROMO.- Y tú, ¿por qué le pegas? TERAPONTÍGONO.- Porque me gusta. FÉDROMO.- Ven acá. Yo te lo entregaré si callas. PLANESIA.- ¡Fédromo, te lo suplico, váleme! FÉDROMO.- ¡Tanto como a mí y a mi genio protector! Vamos a ver, soldado, ¿de dónde viene este anillo que el parásito, aquí presente, te birló? PLANESIA.- A tus plantas te lo suplico, habla. TERAPONTÍGONO.- A vosotros, ¿qué os importa? Si os parece, me podéis preguntar de dónde me vienen el manto y la espada. GORGOJO.- ¡Cómo se pavonea el fanfarrón! TERAPONTÍGONO.- Suelta al bribón. Yo os lo diré. GORGOJO.- No le hagáis caso. PLANESIA.- Quiero saber la verdad. Te lo imploro. TERAPONTÍGONO.- Hablaré, pero levanta de ahí. Escuchadme con atención. Este anillo fue de mi padre, Perífanes... Antes de morir me lo dio a mí, su hijo, como es natural. PLANESIA.- ¡Oh, Júpiter! TERAPONTÍGONO.- Y me lo dejó en herencia. PLANESIA.- ¡Por piedad, no me abandones! Siempre te busqué. ¡Salud tengas, hermano mío! TERAPONTÍGONO.- ¿Cómo podré creerte? Dime, si es verdad lo que dices, ¿quién fue tu madre? PLANESIA.- Cleóbula. TERAPONTÍGONO.- ¿Y tu nodriza? PLANESIA.- Arquéstrata. Ella fue quien me llevó a las fiestas de Baco. Apenas llegamos se levantó un viento huracanado. Al poco se hundieron los asientos. Quedé aterrorizada. Entonces alguno, un desconocido, me arrebata mientras yo permanecía temblorosa y asustada, ni viva ni muerta. No podría decir cómo me llevó. TERAPONTÍGONO.- Recuerdo que se produjo aquel desastre. Pero, dime, ¿dónde se halla el que te raptó? PLANESIA.- No lo sé. Pero conservo conmigo siempre este anillo. Lo llevaba el día que me raptaron. TERAPONTÍGONO.- Déjame que lo examine. GORGOJO.- Se lo entrega. Está loca. PLANESIA.- Deja... TERAPONTÍGON.- ¡Por Júpiter! Éste es el que te di el día de tu cumpleaños. Lo conozco bien. ¡Te saludo, hermana mía! PLANESIA.- ¡Hermano mío, salud tengas! FÉDROMO.- Es pero que este asunto tenga un buen final para los dos. GORGOJO.- Pues yo que lo tenga para todos nosotros. Tú, que vienes de fuera, darás una cena en honor de tu hermana. Éste dará mañana la cena nupcial. No faltaremos, os lo prometo. FÉDROMO.- Tú a callar. GORGOJO.- No quiero callar, ahora que el asunto marcha. Tú, militar, cásala con éste. Yo daré la dote. TERAPONTÍGONO.- ¿Qué dote? GORGOJO.- Yo mismo. Que me mantenga siempre, mientras viva. TERAPONTÍGONO.- Apoyo la propuesta. Y el alcahuete que nos debe treinta minas... FÉDROMO.- ¿Por qué? TERAPONTÍGONO.- Porque así me lo prometió, de manera que si alguien declaraba formalmente que la muchacha era libre, me devolvería todo el dinero sin discusión. Vayamos a ver al alcahuete.

GORGOJO.- Lo apruebo. FÉDROMO.- Antes hay que arreglar mi caso. TERAPONTÍGONO.- ¿Qué caso? FÉDROMO.- Que me prometas a tu hermana en matrimonio. GORGOJO.- ¿Qué esperas, militar, para dársela por esposa? TERAPONTÍGONO.- Si ella quiere. PLANESIA.- Y de qué modo, hermano. TERAPONTÍGONO.- Sea. GORGOJO.- Bien hecho. FÉDROMO.- Entonces, señor soldado, ¿me das a tu hermana por esposa? TERAPONTÍGONO.- Te la doy. GORGOJO.- Yo también la acepto. TERAPONTÍGONO.- Eres muy generoso. Pero, mira, mira quién viene por allí, el mismísimo alcahuete, mi hucha.

ESCENA TERCERA ( Capadocio, Terapontígono, Fédromo, Planesia y Gorgojo )

CAPADOCIO.- Los que afirman que el dinero está mal colocado en casa de los banqueros, dicen tonterías. Yo digo que allí no está ni bien ni mal colocado, simplemente no está. Hoy mismo he tenido la experiencia. El mío, Licón, ha tenido que recorrer todos los bancos para darme diez minas. Finalmente, como aquello no acababa nunca, empecé a reclamárselo a voces y hemos acabado en el tribunal. ¡He pasado miedo pensando que no lo liquidaría delante del pretor! Menos mal que le han obligado los amigos para que me pague de su propia caja. Quiero llegar a casa rápidamente, estoy decidido... TERAPONTÍGONO.- Oye tú, alcahuete, quiero hablarte. FÉDROMO.- Yo también tengo que decirte algo. CAPADOCIO.- Pues yo no tengo nada que deciros a ninguno. TERAPONTÍGONO.- Detente, por favor. FÉDROMO.- Y suelta el dinero rápidamente. CAPADOCIO.- ¿Por casualidad tengo yo algo contigo, o contigo? TERAPONTÍGONO.- Tengo que voy a hacer contigo un dardo de catapulta y te enrollaré con la cuerda como hacen las catapultas. FÉDROMO.- Y yo te acostaré delicadamente encadenado... CAPADOCIO.- Pues yo, a mi vez, os meteré a los dos en la cárcel y os dejaré morir allí. TERAPONTÍGONO.- Sujetadle por el cuello y llevadle al tormento. FÉDROMO.- Déjale que vaya por sí solo. CAPADOCIO.- En nombre de los dioses y de los hombres. Que me atropellen así, sin juicio ni testigos. Por favor, Planesia, y tú, Fédromo, socorredme. PLANESIA.- Hermano, no condenes a este hombre sin juicio. En su casa he sido bien tratada y con respeto. TERAPONTÍGONO.- No lo ha hecho por bondad, sino porque no ha podido. Dale gracias a Esculapio que no te lo ha curado. De haber estado sano te habría enviado a hacer la calle. FÉDROMO.- Escuchadme, a ver si puedo yo arreglar este negocio. Soltadle. Acércate, alcahuete, que voy a decir lo que pienso. TERAPONTÍGONO.- Yo lo dejo en tus manos. CAPADOCIO.- Y yo, si es que no sentencias que alguien toque mi dinero. TERAPONTÍGONO.- ¿El que me prometiste? CAPADOCIO.- ¿Se puede saber qué prometí yo? FÉDROMO.- Con tu propia lengua. CAPADOCIO.- Pues con esta misma lengua ahora digo que no. la lengua la tengo para hablar y no para arruinarme. TERAPONTÍGONO.- Es inútil. Apriétale otra vez el cuello. CAPADOCIO.- Quieto, haré lo que mandes. TERAPONTÍGONO.- Y ahora que te has vuelto razonable, responde a mi pregunta. CAPADOCIO.- Pregunta cuanto te plazca. TERAPONTÍGONO.- ¿Prometiste que si alguien declaraba que esta muchacha era libre, devolverías el dinero? CAPADOCIO.- No recuerdo haber dicho tal cosa. TERAPONTÍGONO.- ¿Cómo, lo niegas? CAPADOCIO.- Pues claro que lo niego, ¡por Hércules! ¿En presencia de quién? ¿Dónde? TERAPONTÍGONO.- En mi presencia y la del banquero Licón. FÉDROMO.- Me basta con tu palabra. Bien, Capadocio, te diré mi sentencia: esta doncella es libre. Éste es su hermano y ella es su hermana. Ella se casará conmigo y tú devolverás el dinero al soldado. Ese es mi juicio. CAPADOCIO.- Has dictado una sentencia parcial , Fédromo, te arrepentirás. Y tú, guerrero, sígueme y que los dioses te destruyan. TERAPONTÍGONO.- ¿Adónde debo acompañarte? CAPADOCIO.- A casa de mi banquero y del pretor. Allí es donde liquido mis cuentas. TERAPONTÍGONO.- Aquí mismo las vamos a liquidar, y ahora, si no quieres ir al potro. CAPADOCIO.- ¡Mal rayo te parta! TERAPONTÍGONO.- ¿De verdad? CAPADOCIO.- De verdad, ¡por Hércules! TERAPONTÍGONO.- ¡Que me conozco, Capadocio, que me conozco! CAPADOCIO.- ¿Y qué?