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El normal caos del amor, Apuntes de Relaciones Laborales y Recursos Humanos

Asignatura: sociología general, Profesor: Meseguer Meseguer, Carrera: Relaciones Laborales y Recursos Humanos, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 03/07/2017

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Cuerpos sexuados
La política de género y la
construcción de la sexualidad
Anne Fausto-Sterling
traducción de ambrosio garcía leal
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Cuerpos sexuados

La política de género y la

construcción de la sexualidad

Anne Fausto-Sterling

traducción de ambrosio garcía leal

Duelo a los dualismos

¿Macho o hembra?

Con las prisas y la emoción de la partida hacia los juegos olímpicos de 1988, María Patiño, la mejor vallista española, olvidó el preceptivo cer- tificado médico que debía dejar constancia, para seguridad de las auto- ridades olímpicas, de lo que parecía más que obvio para cualquiera que la viese: que era una mujer. Pero el Comité Olímpico Internacional (coi) había previsto la posibilidad de que algunas atletas olvidaran su certificado de feminidad. Patiño sólo tenía que informar al «centro de control de feminidad»,^1 raspar unas cuantas células de la cara interna de su mejilla, y todo estaría en orden... o así lo creía. Unas horas después del raspado recibió una llamada. Algo había ido mal. Pasó un segundo examen, pero los médicos no soltaron prenda. Cuando se dirigía al estadio olímpico para su primera carrera, los jueces de pista le dieron la noticia: no había pasado el control de sexo. Puede que pareciera una mujer, que tuviera la fuerza de una mujer, y que nun- ca hubiera tenido ninguna razón para sospechar que no lo fuera, pero los exámenes revelaron que las células de Patiño tenían un cromosoma y, y que sus labios vulvares ocultaban unos testículos. Es más, no tenía ni ovarios ni útero.^2 De acuerdo con la definición del coi, Patiño no era una mujer. En consecuencia, se le prohibió competir con el equipo olímpico femenino español. Las autoridades deportivas españolas le propusieron simular una le- sión y retirarse sin hacer pública aquella embarazosa situación. Al rehu- sar ella esta componenda, el asunto llegó a oídos de la prensa europea y el secreto se aireó. A los pocos meses de su regreso a España, la vida de Patiño se arruinó. La despojaron de sus títulos y de su licencia federati- va para competir. Su novio la dejó. La echaron de la residencia atlética

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gran ventaja: aunque se clasificó para la ronda final, quedó en cuarto lu- gar, por detrás de tres mujeres. Aunque el coi no requirió el examen cromosómico en interés de la política internacional hasta 1968, hacía tiempo que inspeccionaba el sexo de los atletas olímpicos en un intento de apaciguar a quienes soste- nían que la participación de las mujeres en las competiciones deportivas amenazaba con convertirlas en criaturas virilizadas. En 1912, Pierre de Coubertin, fundador de las olimpíadas modernas (inicialmente vedadas a las mujeres), sentenció que «el deporte femenino es contrario a las le- yes de la naturaleza». 6 Y si las mujeres, por su propia naturaleza , no eran aptas para la competición olímpica, ¿qué había que hacer con las depor- tistas que irrumpían en la escena olímpica? Las autoridades olímpicas se apresuraron a certificar la feminidad de las mujeres que dejaban pasar, porque el mismo acto de competir parecía implicar que no podían ser mujeres de verdad. 7 En el contexto de la política de género, el control de sexo tenía mucho sentido.^8

¿Sexo o género?

Hasta 1968, a menudo se exigió a las competidoras olímpicas que se desnudaran delante de un tribunal examinador. Tener pechos y vagina era todo lo que se necesitaba para acreditar la propia feminidad. Pero muchas mujeres encontraban degradante este procedimiento. En parte por la acumulación de quejas, el coi decidió recurrir al test cromosómi- co, más moderno y «científico». El problema es que ni este test ni el más sofisticado que emplea el coi en la actualidad (la reacción de la po- limerasa para detectar secuencias de adn implicadas en el desarrollo tes- ticular) pueden ofrecer lo que se espera de ellos. Simplemente, el sexo de un cuerpo es un asunto demasiado complejo. No hay blanco o negro, sino grados de diferencia. En los capítulos 2-4 hablaré del tratamiento que han dado (o deberían dar) los científicos, los médicos y el gran pú- blico a los cuerpos cuya apariencia no es ni enteramente masculina ni enteramente femenina. Una de las tesis principales de este libro es que etiquetar a alguien como varón o mujer es una decisión social. El cono- cimiento científico puede asistirnos en esta decisión, pero sólo nuestra concepción del género, y no la ciencia, puede definir nuestro sexo. Es más, nuestra concepción del género afecta al conocimiento sobre el sexo producido por los científicos en primera instancia. En las últimas décadas, la relación entre la expresión social de la mas-

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culinidad y la feminidad y su fundamento físico ha sido objeto de acalora- do debate en los terrenos científico y social. En 1972, los sexólogos John Money y Anke Ehrhardt popularizaron la idea de que sexo y género son categorías separadas. El sexo , argumentaron, se refiere a los atributos fí- sicos, y viene determinado por la anatomía y la fisiología, mientras que el género es una transformación psicológica del yo, la convicción interna de que uno es macho o hembra (identidad de género) y las expresiones conductuales de dicha convicción. 9 Las feministas de la segunda ola de los setenta, por su parte, también argumentaron que el sexo es distinto del género (que las instituciones sociales, diseñadas para perpetuar la desigualdad de género, producen la mayoría de las diferencias entre varones y mujeres).^10 Estas feministas sostenían que, aunque los cuerpos masculinos y femeninos cumplen funciones reproductivas distintas, pocas diferencias más vienen dadas por la biología y no por las vicisitudes de la vida. Si las chicas tenían más dificultades con las matemáticas que los chicos, el problema no residía en sus cerebros, sino en las diferentes expectativas y oportunidades de unas y otros. Tener un pene en vez de una vagina es una diferencia de sexo. Que los chicos saquen mejores notas en matemáticas que las chicas es una diferencia de género. Presumiblemente, la segunda podía corregirse aunque la primera fuera ineludible. Money, Ehrhardt y las feministas de los setenta establecieron los tér- minos del debate: el sexo representaba la anatomía y la fisiología, y el gé- nero representaba las fuerzas sociales que moldeaban la conducta.^11 Las feministas no cuestionaban la componente física del sexo; eran los sig- nificados psicológico y cultural de las diferencias entre varones y muje- res —el género— lo que estaba en cuestión. Pero las definiciones femi- nistas de sexo y género dejaban abierta la posibilidad de que las diferencias cognitivas y de comportamiento^12 pudieran derivarse de dife- rencias sexuales. Así, en ciertos círculos la cuestión de la relación entre sexo y género se convirtió en un debate sobre la «circuitería» cerebral innata de la inteligencia y una variedad de conductas, 13 mientras que para otros no parecía haber más elección que ignorar muchos de los des- cubrimientos de la neurobiología contemporánea. Al ceder el territorio del sexo físico, las feministas dejaron un flanco abierto al ataque de sus posiciones sobre la base de las diferencias bioló- gicas. 14 En efecto, el feminismo ha encontrado una resistencia masiva desde los dominios de la biología, la medicina y ámbitos significativos de las ciencias sociales. A pesar de los muchos cambios sociales positivos desde los setenta, la expectativa optimista de que las mujeres consegui-

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minarlo, son decisiones sociales para las que los científicos no pueden ofrecer guías absolutas.

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