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Asignatura: sociología general, Profesor: Pablo Meseguer, Carrera: Relaciones Laborales y Recursos Humanos, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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Esteve Freixa i Baqué^2 (Universidad de Picardie, Francia)
(Recibido 8 enero 2003 / Received January 8, 2003) (Aceptado 12 febrero 2003 / Accepted February 12, 2003)
RESUMEN. La definición de la Psicología como ciencia de la conducta adoptada por el Conductismo supone e implica a su vez una conceptualización clara y unívoca de dicho con- cepto. Pero tal definición se enfrenta con una serie de malentendidos tenaces que dificultan no sólo la comprensión de dicho concepto básico sino también, en consecuencia, la propia conceptualización conductista. El propósito del presente trabajo es intentar exponer algunos de estos malentendidos, entre los que destacan los errores categoriales groseros, los procesos de reificación abusiva, los razonamientos tautológicos disfrazados, la generalización impru- dente del modelo médico al ámbito de la conducta y la confusión nefasta entre un fenómeno y su conceptualización. Para ello, y con un tono más didáctico que académico, se recurre a una serie de metáforas de la vida cotidiana: la parte escondida del iceberg no es más que iceberg, las piedras no caen por su propio peso, los hombres y las mujeres no mueren porque son mor- tales, el bacilo de Koch existe y la máscara no es el rostro.
PALABRAS CLAVE. Conducta. Conductismo. Errores categoriales. Reificación. Epistemo- logía.
ABSTRACT. The definition of Psychology as behavioral science adopted by the Behaviorism supposes and implies a clear and univocal conceptualization of this concept. But such a definition encounters a series of tough misunderstandings which make difficult not only the comprehension of this essential concept but also, consequently, the proper behaviorist conceptualization. The aim of this paper is to try to expose some of these misunderstandings,
Revista Internacional de Psicología Clínica y de la Salud/ ISSN 1576- International Journal of Clinical and Health Psychology 2003, Vol. 3, Nº 3, pp. 595-
(^1) Texto aumentado y corregido de la conferencia pronunciada en la UNED (Madrid) el 17 de mayo de 2002, lo que explica su carácter coloquial y la ausencia de referencias bibliográficas. (^2) Correspondencia: Faculté de Sciences Humaines. Département de Psychologie. Chemin du Thil. 80025 Amiens cedex 1 (France). E-Mail [email protected]
among which appear the coarse categorial errors, the processes of abusive reification, the tautological reasoning disguised, the imprudent generalization of the medical model to the field of the behavior and the confusion between a phenomenon and its conceptualization. For that, and on a more didactic than academic style, a series of metaphors of the everyday life are used: the hidden part of the iceberg is also an iceberg; the stones do not fall because of their own weight; the men and the women do not die because they are mortals; the bacillus of Koch exists; the mask is not the face.
KEYWORDS. Behavior. Behaviorism. Categorial errors. Reification. Epistemology.
RESUMO. A definição da Psicologia como ciência do comportamento adoptada pelo comportamentalismo supõe e implica por sua vez uma conceptualização clara e inequívoca do dito conceito. No entanto tal definição depara com uma série de malentendidos que dificultam não só a compreensão do conceito básico mas também, em consequência, a própria conceptualização comportamentalista. O propósito do presente trabalho é tentar expor alguns destes malentendidos, entre os quais se destacam os erros categoriais grosseiros, os processos de reificação abusiva, os raciocínios tautológicos disfarçados, a generalização imprudente do modelo médico ao âmbito do comportamento e a confusão nefasta entre um fenómeno e a sua conceptualização. Para isso e com um estilo mais didáctico que académico, recorre-se a uma série de metáforas da vida quotidiana: a parte escondida do iceberg não é mais que ice- berg, as pedras não caiem pelo seu próprio peso, os homens e as mulheres não morrem por- que são mortais, o bacilo de Koch existe e a máscara não é o rosto.
PALAVRAS CHAVE. Comportamento. Comportamentalismo. Erros categoriais. Reificação. Epistemologia.
Introducción El título de este artículo es a la vez simple y complejo. Simple, porque no puede ser mas escueto y directo. Compárese sino con “Propuesta de definición epistemológica del concepto de conducta a través del paradigma conductista radical: implicaciones ontológicas y metodológicas con base a un análisis del lenguaje ordinario dentro del marco del positivismo lógico”, o aún “Errores categoriales subyacentes a la conceptualización mentalista de la conducta en la psicología contemporánea y su refutación en base al conductismo skinneriano: la contribución de la filosofía anglosajona del lenguaje y del Círculo de Viena al debate sobre el estatus epistemológico de la conducta”. Ambos títu- los traducen más o menos en efecto el propósito de este artículo. Complejo, porque para responder correctamente a tal pregunta implicaría probablemente escribir un libro. Va- mos pues a intentar una solución de compromiso que, como todo compromiso, será cri- ticable, pero que nos permita, aunque sea modestamente, elaborar una reflexión crítica de lo que entendemos por conducta. Permítanme, para ello, que empiece hablando de Astronomía. Si pidiésemos a la primera persona que nos encontramos que nos descri- biese lo que se puede ver en el cielo, probablemente nos respondiera: “el sol, la luna y
ra puede constatar fácilmente que antes de dar la respuesta ha necesitado un cierto tiempo durante el cual ha realizado este cálculo “mental”, tiempo proporcional a la dificultad de la operación), o bien meter dichos procesos entre paréntesis afirmando que, puesto que se sitúan en el interior del organismo, puesto que no constituyen fenómenos públi- cos, accesibles a varios observadores, no pueden ser abordados por el método experi- mental, es decir, no pueden ser estudiados científicamente. De ahí la necesidad de con- cebir al organismo como una “caja negra”, opaca, que no deja ver lo que se desarrolla en su interior y concentrarse en consecuencia sobre los únicos fenómenos observables: los estímulos y las respuestas. Tal es, brevemente resumida, la concepción que la gente se hace del enfoque conductista. Es necesario sin embargo reconocer, en honor a la verdad, que ciertas formas de conductismo, el conductismo metodológico y el conductismo fi- losófico, directamente derivados de (o asimilables a) las corrientes operacionalistas (que postulan que no se puede abordar un objeto de estudio más que si ha sido correctamente operacionalizado, es decir, traducido a una serie de operaciones públicas y observables) no está muy alejado de esta concepción. Si tal fuese el caso, habría que reconocer que la posición conductista sería absurda, puesto que por un lado, reconocería que lo impor- tante no es tanto la conducta (último eslabón) como los procesos que permiten elaborar- la; pero, puesto que éstos son inaccesibles a un observador externo, no habría más re- medio, so pena de caer de nuevo en la introspección (la vieja introspección en reacción a la cual el conductismo se había constituido), que contentarse con la conducta; esta conducta que, aunque sin gran interés en sí, tiene el mérito de ser pública y susceptible eventualmente de proporcionarnos algunas informaciones sobre los procesos “mentales” que le han dado nacimiento. Así es como los psicólogos cognitivistas conciben la con- ducta: poco (¡o nada!) interesante en sí misma, pero constituyendo la única vía de acce- so aceptable (ellos también son científicos; por lo tanto, rehusan la introspección) para intentar comprender los mecanismos del aparato (nótese la espléndida metáfora mecanicista) psíquico, “mental”, cognitivo. Pero todo lo anteriormente expuesto está basado en la aceptación, como algo evidente, de la definición de conducta como movimiento muscular visible, público y, de manera complementaria, del carácter “mental” de los procesos internos, privados, que actúan en presencia del estímulo a fin de elaborar la respuesta adecuada. Y, precisamente, lo que vamos a intentar poner en evidencia es que esta dicotomía, “mental”- conducta, es incorrecta ya que deriva de un enorme error categorial.
La parte escondida del iceberg no es más que iceberg Después de haber echado mano de la Astronomía, y antes de pedir prestados algu- nos ejemplos de la Física, permítasenos, para agravar nuestro caso, apoyarnos sobre la gramática. En efecto, la gramática nos enseña que los verbos describen acciones, es decir, comportamientos, conductas. Hemos tomado, hace un momento, saltar una valla, pre- sionar sobre un botón o conducir un coche como ejemplos de conducta, en contraste con el cálculo mental, actividad que no es considerada como tal en la visión tradicional de las cosas. Sin embargo, calcular es un verbo de la misma forma que lo es saltar, presio- nar o conducir. Así pues, lógicamente, si se trata de un verbo, éste denota una acción, es
decir, una conducta. Calcular es, por consiguiente, una conducta pura y simple. Llega- dos a este punto, creemos adivinar la reacción, escéptica, del lector: “se trata de un so- fisma, de un juego de palabras, de una demostración puramente verbal, declarativa, sin ninguna relación con la realidad, con la veracidad de las cosas”. En efecto, no tenemos intención de contentarnos con esta demostración lógica basada sobre definiciones gra- maticales para defender nuestro punto de vista, aunque vamos a utilizar de nuevo un argumento lingüístico, concretamente etimológico. Pero antes, quisiéramos pararnos sobre algunos aspectos más evidentes relacionados con el cálculo; no con el cálculo “mental” sino, de momento, simplemente con el cálculo manual. ¿Cómo resuelve un niño, que está aprendiendo a contar, el problema: ¿“cuánto suman 3 y 2 ?”. Sencillamente, se ayuda con sus dedos para levantar primero tres dedos, después otros dos, contarlos y, final- mente, enunciar el resultado: “5”. En efecto, los dedos son las primeras “muletas” que se utilizan en el aprendizaje del cálculo. Y esta es la razón por la cual nuestro sistema de numeración es el sistema decimal, compuesto por diez elementos básicos diferentes (0,1, 2... 9) que corresponde a lo que se llama contar en base 10. ¿Por qué la base 10 más bien que la base 2 (como los ordenadores), la 7 o la 13, por ejemplo? La respuesta es evidente: porque no tenemos 2, 7 ó 13 dedos, sino 10. ¿Una prueba suplementaria? ¿Cómo hacen los franceses para decir 80? Dicen “ quatre-vingts ” (cuatro-veintes) en vez de “octante” o “huitante” que sería la forma normal si siguiesen el sistema decimal. ¿Saben ustedes por qué? Porque sus antepasados los galos (como los Mayas, y otras civiliza- ciones antiguas) contaban en base 20 ¿Y por qué 20? Porque, además de dos manos, ¡tenemos 2 pies! La base 20 ofrece, en efecto, el doble de posibilidades que la base 10. Y aunque el sistema decimal fue introducido en Francia hace siglos y siglos, aún que- dan algunas huellas de esta antigua base 20, que mezclan con la base 10 sin que ello les cause el menor problema (los únicos a quienes causa problemas es a los extranjeros, como ustedes y yo, cuando intentamos aprender su idioma). Todo esto para ilustrar un fenómeno bien conocido: cuando se está en fase de aprendizaje del cálculo, uno se ayu- da (por eso hablábamos de “muletas”) de los elementos externos que tiene a mano (y perdón por el juego de palabras), elementos que pueden ser contados y manipulados a voluntad (en manipular hay mani , del latín manus-mani : mano). Calcular es pues, al principio, una conducta manual, manifiesta, motora y pública, de contar, con la mano, con los dedos (de la mano y/o del pié, etc.). Nadie puede negar que tal actividad cons- tituye una conducta, con todas las de la letra. Pero, pronto, los 10 o los 20 dedos resul- tan insuficientes para realizar cálculos que necesitan más de 10 o de 20 elementos. Así pues, los dedos se sustituyen por pequeños objetos fácilmente manipulables, tales como los huesecitos, las bolas (que han generado los famosos ábacos, utilizados aún en cier- tas civilizaciones orientales), los guijarros... y ahí queríamos llegar: ¿Cómo se decía un guijarro, una piedrecita, en latín? Sencillamente: cálculo (que ha llegado hasta nosotros en la expresión: cálculo renal o cálculo en la vesícula biliar). Etimológicamente, calcu- lar viene pues del latín calculare y significa: “manipular guijarros, en el sentido de con- tarlos”. Calcular es pues realmente una conducta, y no solamente en virtud de un simple razonamiento lógico, de lo que antes podía parecer un mero sofisma (es un verbo, luego es una conducta), sino también en virtud de su propia etimología, como antes lo había- mos anunciado.
escondidas a las que podemos llamar “mentales”, pero ambas son conductas con todas las de la ley; no considerarlas así a causa de su diferencia de accesibilidad, suponer que sólo son conductas las primeras, creando así una categoría diferente para las segundas, añadiendo, para postre, una relación causal entre ambas, constituye, ni más ni menos, un magnífico error de categorización. La analogía siguiente debería acabar de poner en evidencia nuestra posición. Se trata de la analogía con los icebergs. Un iceberg es una masa de hielo a la deriva sobre el océano que presenta, en virtud de las leyes de la Fí- sica, una parte visible y una parte escondida (la parte visible y la parte escondida del iceberg, como se dice normalmente). A nadie se le ocurriría considerar que el iceberg es solamente su parte visible, que su parte escondida pertenece a otra categoría de fenó- menos y, todavía menos, considerar que la parte oculta constituye “la causa” de la parte visible. El iceberg es el conjunto, la suma de la parte visible y de la parte escondida; el hecho de que esté dividido en dos partes por la frontera de la línea de flotación no tiene el poder de generar dos fenómenos diferentes. Del mismo modo, la conducta es el con- junto, la suma de la parte manifiesta y de la parte “mental”, y el hecho de que esté di- vidida en dos por la frontera de la piel no tiene el poder de generar dos fenómenos di- ferentes. Así, las llamadas funciones “mentales” o procesos cognitivos^3 , lejos de ser las causas de la conducta, son conductas en sí mismas, conductas que antes de haber sido interiorizadas, transformadas en “mentales”, eran auténticas conductas motoras, públi- cas, manifiestas, externas. En otras palabras, los procesos “mentales” no forman parte de la explicación, sino de lo que debe ser explicado. Es ahí donde la visión tradicional, tanto de la gente de la calle, como de los psicólogos cognitivistas, se revela incorrecta. En efecto, al interrumpir la cadena explicativa de la conducta en el eslabón de lo “men- tal” se tiene la impresión de haber dado una explicación, cuando lo que se hace no es más que retrasar la solución del problema. Decir que el alumno ha podido responder correctamente a la pregunta que se le hizo porque ha efectuado un cálculo mental co- rrecto no supone avanzar en lo más mínimo, pues aún hay que explicar por qué ha rea- lizado un cálculo mental correcto. La explicación cognitiva, abortando con una respues- ta que parece satisfactoria la búsqueda de la explicación, interrumpe la cadena causal en un eslabón intermedio (interviniente, pero intermedio) e impide proseguir en el ca- mino del establecimiento de la causa primera, la que realmente nos interesa. Esto se parece mucho al razonamiento de los niños que responden a la pregunta: “¿De dónde vienen los pollos?” diciendo: “del supermercado”; y que cuando nos oyen quejarnos de que no tenemos suficiente dinero para terminar el mes nos dicen que vayamos a buscarlo al cajero
(^3) Ahí está también comprendido pensar , considerado sin embargo como lo contrario de actuar, que deriva etimológicamente de una conducta: pesar (evaluar). Del mismo modo que idea , prototipo del concepto abs- tracto, “mental”, que deriva del griego idea (ver), más explícito en la palabra latina videre (ver). Mejor aún: teoría , considerada como la abstracción total, puesto que designa una sucesión ordenada de elementos abs- tractos, proveniente del griego teoría : “procesión ordenada de individuos enviados a una celebración religiosa o un oráculo”, donde se encuentra el aspecto de sucesión de elementos organizados y que se emplea todavía en nuestros días, en su primer sentido, en una frase (un poco en desuso, cierto) como: “una teoría de cardina- les se avanza lentamente hacia el Papa”.
automático de nuestro banco. Ignoran que los pollos (¡por suerte!) no son producidos por los supermercados y que el dinero (¡por desgracia!) no aterriza en el banco si antes uno no lo ha ganado con su trabajo. El supermercado y el banco son variables interme- diarias, no variables independientes (causas). Interrumpir la explicación de la conducta manifiesta en la acción de la conducta no observable equivale a explicar la parte visible del iceberg por su parte sumergida, olvi- dando que las dos deben ser explicadas en términos de temperatura, densidad, etc. que son las verdaderas causas del fenómeno que nosotros llamamos iceberg. Decir que la bombilla se enciende porque se ha manipulado el interruptor no es falso, pero es muy incompleto puesto que esto no explica por qué manipulando el interruptor la bombilla se enciende. La explicación completa (y, por lo tanto, correcta)^4 nos remite a la noción de electricidad, de conducción, de flujo interrumpido o no de electrones, etc. y es en este punto donde la escuela conductista se opone a la cognitiva: en su negativa a conce- der un papel primordial al eslabón intermedio, interno, “mental”, no porque esté escon- dido y por lo tanto resulte inaccesible (caja negra), sino porque no constituye más que una conducta, como la conducta manifiesta que se supone debe explicar, y que, en con- secuencia, no forma parte de la explicación sino de lo que debe ser explicado. Lejos de contentarse pues con estas pseudo-explicaciones de medio recorrido (pre- ñadas, por ende, de errores categoriales), el conductismo se vuelve hacia el ambiente, fuente última (o primera; depende de cómo se consideren las cosas) de las conductas, tanto públicas como privadas, según una relación de interacción que no tiene nada que ver con el célebre esquema (unidireccional, mecanicista y reduccionista) estímulo-res- puesta, en el que sus detractores han querido siempre encerrar al conductismo para po- der criticarlo mejor. Pero esto sería otra historia... Llegados a este nivel de nuestro discurso, hemos de confesar, en aras de la ver- dad, que, para desenmascarar lo más eficazmente posible el error categorial de lo que hemos llamado “la parte oculta del iceberg”, hemos utilizado expresiones y conceptos que implican y conllevan otro error categorial, muy corriente también y no menos peli- groso, que vamos a intentar corregir a continuación. Pero nos parece mas “pedagógico” ir por partes, ocuparnos de un sólo error a la vez y enfrentarnos luego con el siguiente, más bien que intentar denunciarlos todos al mismo tiempo corriendo el riesgo de crear confusión y dificultar, al fin y al cabo, la comprensión de nuestra argumentación. ¿Cuál es ese segundo error categorial al que acabamos de referirnos? Sencillamente, el error de situar la conducta en el organismo. Efectivamente, líneas arriba hemos escritos fra- ses como “La conducta puede entonces interiorizarse... Una vez que nos hemos conver- tido en expertos en el cálculo, podemos efectuarlo interiormente... conductas que antes de haber sido interiorizadas...” y otras por el estilo. Pero la ubicación de la conducta, ya sea en el interior del organismo o en otro lugar, conlleva graves problemas; entre otros, el suponer que la conducta, puesto que puede ser situada en algún sitio, tiene caracterís- ticas, propiedades, atributos espaciales, es decir, posee extensión en el espacio ( res ex-
(^4) Véase los diferentes tipos de causalidad (formal, eficiente, etc.) que Aristóteles distingue.
cepción equivocada del asunto: la piedra no “posee” un peso, y no se trata, por lo tanto, de “su” peso; la piedra, sencillamente, pesa. Y ya estamos donde queríamos llegar: pe- sar es un verbo, una acción, una propiedad relacional y no una propiedad esencial, pro- pia, interna al objeto. Así pues, los objetos (y los sujetos), por definición y por pura lógica, no poseen la interacción ni en su interior ni en ninguna parte, sencillamente, interactúan, que es muy diferente. La analogía nos parece ahora suficientemente clara: los verbos expresan conductas y las conductas, que son interacciones, no se sitúan en el interior del organismo. La conducta no es pues una propiedad esencial del sujeto sino una propiedad relacional. Considerar la conducta como algo que reside en el sujeto equivale a confundir el peso con la masa. Ubicar la conducta en el interior del sujeto no tiene más sentido que situar el peso en el interior del objeto. La interacción, ya sea peso o conducta, no se ubica en ningún sitio por la sencilla razón de que no posee atributo de extensión ( res extensa , como diría Aristóteles). Tan poco sentido tiene decir que se sitúa en el interior del orga- nismo (versión tradicional) como decir que reside en el ambiente (cosa que nadie de- fendería). Al ver un organismo que se comporta (que “emite” una conducta, como deci- mos a veces en nuestra jerga) tendemos a considerar que exterioriza una conducta que poseía en su interior, de la misma manera que cuando vemos una piedra (o un proyectil, para volver al caso de nuestro sargento) caer atribuimos su conducta (de caer) a una propiedad interna del objeto: su peso. Cometemos el mismo error que si, después de frotar una cerilla en el rascador de su caja y ver aparecer la llama en la punta del fósforo, afirmáramos que la llama se hallaba en el interior de la cerilla. A la pregunta: “¿dónde se hallaba la llama antes de frotar el fósforo contra el rascador, en la cerilla o en el ras- cador?” la respuesta correcta es: “ni en la una ni en el otro”. La llama no se encontraba en el interior de la cerilla ni en el interior del rascador; la llama es la resultante de la interacción entre ambos. Asimismo, la conducta no es una propiedad esencial del orga- nismo, sino una propiedad relacional; y es por ello que se expresa mediante un verbo, que designa acción, y no mediante un sustantivo (de sustancia, esencia) que designa un objeto con res extensa. Una piedra no tiene peso (sustantivo), pesa (verbo). Un enamo- rado no tiene amor (y que todos los “Romeos” del mundo me perdonen), ama. Un de- lincuente no tiene agresividad, agrede. Y este deslizamiento gramatical que cometemos desde el verbo (la acción, la conducta) hacia el sustantivo (la cosa) corresponde ni más ni menos al proceso de cosificación, sustantivación, reificación (tomando la raíz latina res-rei ), proceso tan corriente y habitual que ni siquiera somos conscientes del abuso que cometemos de él. Sin embargo, la reificación constituye otro error categorial clási- co (confundir verbos con sustantivos) en la explicación tradicional de la conducta, error que, añadido a los dos que acabamos de denunciar, configura la visión intuitiva del com- portamiento adoptada implícita o explícitamente por nuestros conciudadanos y frente a la cual el análisis conductista, claramente anti-intuitivo, encuentra graves dificultades para cuajar. Intentemos pues desenmascarar este nuevo tipo de error categorial.
Los hombres y las mujeres no mueren porque son mortales Viajemos por un instante a través del tiempo hasta la época prehistórica y observe- mos la vida cotidiana de una tribu de trogloditas. Una mañana, nuestro protagonista (lla-
mémosle Uhr) sale de su cueva para ir a cazar un mamut y alimentar así a su familia. Al salir observa que el suelo presenta hoy un aspecto diferente de lo acostumbrado: hay como un manto transparente que lo recubre todo (la noche precedente ha helado). Es la primera vez que Uhr se halla confrontado con este fenómeno, que desconoce por com- pleto. Aparte de constatarlo, no le otorga mayor importancia y se lanza corriendo, como de costumbre, en búsqueda de su presa. Evidentemente, ni corto ni perezoso, resbala estrepitosamente y se encuentra en el suelo con la rótula izquierda partida en dos. Mo- raleja: dos meses sin poder sustentar a su familia. La próxima vez que nuestro héroe, ya repuesto de su herida, constata al salir de caza que el suelo presenta esas características peculiares (estímulo discriminativo) que le condujeron al accidente (consecuencia aversiva), modifica su manera de desplazarse a fin de evitar la caída (conducta de evitación), y por aproximaciones sucesivas (moldeamiento) acaba desplazándose de forma adecuada sobre suelos resbaladizos. Cuando se plantea denominar esta nueva forma de desplazar- se respecto a la forma habitual, acuña un nuevo término: prudentemente, de manera prudente. Se trata de un adverbio o de un adjetivo (no de un verbo ni aún menos de un sustantivo), es decir, de un término que califica una conducta. En vez de detallar, ele- mento tras elemento, la nueva manera de desplazarse (“pon el pié derecho bien plano sobre el suelo; desplaza tu centro de gravedad sobre él antes de levantar el pie izquier- do; avánzalo lentamente y luego... etc.”), una vez puestos de acuerdo sobre el catálogo de conductas que se halla resumido bajo el vocablo “prudentemente”, dicho vocablo fun- ciona como una etiqueta que resume y condensa en una sola palabra dicho repertorio conductual. Desplazarse de manera prudente (o prudentemente) no es más que la mane- ra resumida, económica de decir: “desplazarse poniendo el pie derecho bien plano...etc.”). Así, cuando el estímulo discriminativo lo requiere, aparece la conducta adaptada a fin de evitar las consecuencias aversivas, y un simple aviso verbal basta para solicitar tal conducta: “¡familia! hoy, cuando salgáis, debéis desplazaros de manera prudente.” Se trata de un tipo de conducta particular, sin más. Veamos el paso siguiente. En otra oca- sión, nuestro hombre, persiguiendo su presa, se encuentra frente a un barranco sobre el que yace un tronco de árbol caído. Para atravesarlo sin caerse, debe desplazarse de una manera que no es ni la habitual ni la que ahora llamamos prudente (no es lo mismo andar sobre el hielo que desplazarse sobre un tronco caído). ¿Deberá acuñar un nuevo término para designar esta nueva forma de desplazarse? Ello sería una solución. Pero puesto que hay varios elementos comunes entre esta nueva forma y la forma llamada prudente (sólo deben emitirse en circunstancias particulares; ambas evitan desgracias, etc.), otra solu- ción consiste en extender, ampliar (generalizar) el sentido de la palabra “prudentemen- te” a otras circunstancias que aquellas que primitivamente sirvieron para generar el tér- mino. Diremos pues que en ambos casos hay que comportarse de manera prudente aun- que la cadena de conductas concretas que hay detrás no sea idéntica. Franqueemos aho- ra una etapa más en este proceso de generalización. No utilicemos este vocablo sola- mente para las formas de desplazarse, sino también para otras actividades, incluso so- ciales, en las que de manera quizás algo metafórica puede hablarse de “prudentemente”. Imaginemos, por ejemplo, que un buen día, en el momento de servir el guisado de ma- mut, Uhr se da cuenta de que se le ha acabado la sal. Se le ocurre pedirle un poco a su vecino, pero supone que si lo aborda con su rudeza habitual, va a tener que comer sin
hemos sacado del sombrero de copa, en el que habíamos introducido sólo un adjetivo y un adverbio, un magnífico sustantivo que, por designar, como es lo propio de todo sus- tantivo, un objeto, una cosa (de ahí lo de “cosificación”), posee atributos de extensión, de res extensa (de ahí lo de “reificación”). Una prueba adicional de que la prudencia posee ahora atributos espaciales viene dada por el hecho de que hablamos de “poca” o “mucha” prudencia, de una “gran capacidad de”, etc. Y lógicamente, puesto que ocupa espacio, debe situarse en algún sitio. ¿Y qué mejor sitio que en el interior del organis- mo que se comporta “con” prudencia, como decimos coloquialmente? La prudencia es ahora una cualidad propia, esencial del sujeto y no una propiedad relacional. Y es por esto que este apartado se halla íntimamente relacionado con el precedente. Por tanto, nos hallamos frente a afirmaciones como: “los hombres mueren porque son mortales”, “el carbón es negro porque posee la negrura” o, como lo decía ya iróni- camente Moliere en sus comedias burlándose de los médicos de su época (y yo diría, de los psicólogos de la nuestra), “el opio adormece porque posee virtudes adormecedoras.” Dichas afirmaciones no son más que tautologías apenas disfrazadas, puesto que “ser mortal” no constituye en absoluto la causa de la muerte de los hombres, sino la simple consta- tación de que todos los hombre mueren. Sencillamente, llamamos “mortales” a los seres que mueren, y en ningún caso la simple denominación de un fenómeno puede ser trans- formada en su causa. Si substituimos en la frase “los hombres mueren porque son mor- tales” la palabra “mortales” por su definición, obtenemos la perogrullada siguiente: “los hombres mueren porque son seres que mueren”. Y frente a esta tautología ahora desen- mascarada, ni siquiera un niño de 4 años, en plena fase de: “papá, ¿por qué los pájaros vuelan?”; “papá, ¿por qué los peces no se ahogan?” etc. se contentaría con dicha “ex- plicación”. Pero basta con camuflarla un poco y parece una docta sentencia: “Pedro ayuda a su prójimo porque posee una gran bondad”, “Pablo martiriza a los animales porque posee un elevado grado de sadismo”. La bondad y el sadismo, al igual que la prudencia de nuestro ejemplo o la agresividad del ejemplo de Los Horcones, no constituyen las causas de la conducta observada, no son más que la substantivación de la descripción condensada de una conducta habitual, sustantivización erigida al rango de causa en vir- tud de un grosero proceso tautológico disfrazado. Ser bondadoso, ser sádico, no es más que la manera rápida de decir que tal persona se comporta habitualmente de una manera que hemos convenido en llamar bondadosa o sádica (y que consiste, entre otros elemen- tos, en ayudar a su prójimo y a martirizar a los animales indefensos respectivamente), pero en modo alguno puede ello ser la causa de dichas conductas, so pena de tautología flagrante. La pregunta pertinente sería: “¿por qué Uhr se comporta habitualmente de esta manera llamada prudente y, por consiguiente, le llamamos prudente?” Formulada así la pregunta, resulta evidente que la respuesta: “porque es prudente” aparece como inequí- vocamente tautológica y la rechazamos por insatisfactoria, buscando entonces las ver- daderas causas: “porque de no hacerlo así, su familia se moriría de hambre”. Y tal res- puesta, poniendo el acento en las consecuencias de la conducta, desplaza el factor cau- sal desde el interior del sujeto hacia el entorno o, mejor dicho, pone el acento sobre la interacción entre el sujeto y el entorno. Se trata de un notable cambio de perspectiva, ¿no?
Pues bien, por extraño que nos parezca, es a través de este mismo proceso de reificación abusiva que han sido generados todos los términos tradicionales explicati- vos de la conducta humana: la generosidad, la impulsividad, agresividad, introversión/ extroversión, tenacidad, bondad, sadismo (que tomaremos como ejemplo en el apartado siguiente), simpatía y los centenares de vocablos del mismo estilo de los que usamos (y abusamos) cotidianamente. Apareados a un razonamiento tautológico disfrazado, pro- porcionan el sistema explicativo de la conducta tanto del hombre y la mujer de la calle como de, con un poco más de sofisticación, evidentemente, de los psicólogos tradicio- nales. Es precisamente porque la psicología tradicional comete los mismos errores categoriales que la gente de la calle que ésta se reconoce perfectamente (es por eso que hablamos de “concepción intuitiva”) y acepta sin chistar la jerga pseudo-científica de los “profesionales” del asunto, como en la época de Moliere ocurría con la Medicina. ¡Y así estamos! Puesto que hablamos de Medicina no estaría de más que nos parásemos un instante para denunciar otro error de razonamiento, perfectamente enraizado en los anteriores y que contribuye, lógicamente, a mantenerlos: la transposición del modelo médico a los asuntos de la conducta. Una de las críticas más recurrentes dirigidas contra el conductismo consiste en afirmar que éste sólo se ocupa de las conductas (los síntomas) sin preocuparse de los conflictos internos que las ocasionan (las causas). El lector que ha tenido la bondad de seguirnos hasta aquí podría ya objetar tal afirmación de que las conductas no sólo son lo que se observa desde el exterior (iceberg, caja negra, etc.) y que el término “interno” conlleva graves problemas (peso y masa). Pero ello no bastaría para convencer a su interlocutor de que, en el fondo, él tiene razón cuando considera que el conductismo actúa como una aspirina: suprime (temporalmente) la fiebre pero no cura la infección (el paralelo con el modelo médico aparece aquí con toda su esplendor). Intentemos pues convencer con otros argumentos a nuestro contradictor, analizando con cierto detalle la analogía implícita de su razonamiento.
¡El bacilo de Koch existe! Cuando un psicólogo tradicional o un psicoanalista explica la conducta de una per- sona que disfruta infligiendo sufrimientos a su prójimo, martirizando animales indefen- sos o azotando a su pareja sexual, aduce la existencia del sadismo (sustantivo) en el interior del sujeto. Si alguien les pregunta por qué se comporta dicho individuo de esta forma, la respuesta no se hará esperar: porque es un sádico. La conducta sádica que presenta es la consecuencia, el síntoma de un trastorno psicológico: el sadismo. Tenemos pues una explicación en dos términos: los síntomas (la conducta sádica) y la causa (el sadismo). Si un terapeuta conductista consigue exitosamente modificar la conducta de tal indivi- duo hasta la supresión total de cualquier manifestación sádica, el psicoanalista aducirá que sólo los síntomas han sido suprimidos (igual que un analgésico disimula el dolor), pero que, como no se ha tratado la causa profunda, el síntoma aparecerá de nuevo bajo una forma u otra (lo que ellos llaman “el desplazamiento del síntoma”). Es evidente que si las cosas fuesen efectivamente tal y como ellos las consideran, las terapias conductistas serían un “engañabobos” que sólo producirían efectos pasajeros sin solucionar en abso- luto la raíz del problema. Si las cosas fuesen así, serían los psicoanalistas quienes ten-
evidentemente; puesto que, en caso contrario, todos ustedes, como yo, podemos ser diag- nosticados como sádicos latentes, masoquistas latentes, asesinos latentes, etc. En la rea- lidad cotidiana, nadie considera como sádico a alguien que no presenta ni ha presentado nunca la más mínima conducta sádica. El sadismo no existe con independencia de la conducta sádica; y es por eso que, si se elimina dicho tipo de conducta, se ha eliminado, de hecho, el sadismo, que no era más que la etiqueta para designar tal conducta y que había sido postulado a partir de ella misma. Queda claro pues que en un caso estamos en presencia de una explicación que comporta sólo dos términos mientras que en el otro disponemos de tres. La analogía entre ambas situaciones es, por lo tanto, ilegítima, fal- sa y abusiva; es decir, puro sofisma. El modelo médico no puede ser así, alegremente, transpuesto a los asuntos de la conducta, asuntos que se ajustan mucho más a un modelo educacional, de aprendizaje, que al modelo médico. Criticar las terapias conductistas con argumentos relativos al modelo médico no es más que el reflejo de una conceptualización errónea de los fenómenos abordados, a pesar de su aparente pertinencia. Pero, me dirán ustedes, ¿cómo explicar entonces el desplazamiento, el resurgimiento del síntoma, constatado a veces después que una terapia conductista lo haya erradicado? Este argumento, clásicamente esgrimi- do por los psicoanalistas, demuestra que, en efecto, poseen una buena capacidad de observación; desgraciadamente (y contrariamente a lo que ellos piensan), es su capaci- dad de explicacion, de conceptualización la que no está a la altura. En lugar de postular –porque se trata de un simple postulado- que, habiendo eliminado el síntoma sin pre- ocuparse de resolver su causa profunda, el síntoma aparece bajo otra forma, puede pro- ponerse otra explicación a dicho fenómeno utilizando conceptos puramente conductuales. En efecto, en el ámbito médico, la noción de “beneficio secundario de la enfermedad” es ampliamente conocido. Cuando alguien recibe la etiqueta de enfermo por parte de un profesional de la salud al que la sociedad ha otorgado dicha función y potestad, obtiene (como compensación, en cierto modo, de la desgracia de haber enfermado) un cierto número de privilegios secundarios: se le dispensa de trabajar, se le permite quedarse en la cama aún y cuando su estado no lo justifique plenamente, se le toleran ciertos capri- chos, la gente a su alrededor se muestra más tolerante y menos exigente, etc. Privilegios que desaparecen bruscamente cuando se le da de alta, lo que explica la existencia de ciertos enfermos “funcionales”, bien conocidos del cuerpo médico y hospitalario, que perpetúan sus dolencias -ahora imaginarias- para prolongar dichos beneficios secunda- rios. De la misma manera, un sujeto que padece fobia a los ascensores, pongamos por caso, recibe un trato “preferente” por parte de su entorno familiar. Si un día ha decidido cenar junto con los Rodríguez, que viven en el noveno piso de un edificio con ascensor, invitará más bien a los Rodríguez a venir a casa en vez de ir a la casa de ellos, evitará alquilar una habitación situada en los últimos pisos de un hotel cuando se salga de va- caciones, reservando una situada en las plantas inferiores, etc.; es decir, se prestará una atención especial al sujeto, se organizarán siempre las cosas en función de su “proble- ma”. Si un terapeuta eficaz le soluciona su problema y le permite (al cabo de unas po- cas sesiones de tratamiento y no después de años -¡y aún!- de diván) tomar tranquila- mente el ascensor, se encuentra entonces privado súbitamente del beneficio secundario que su transtorno le proporcionaba (refuerzo social) y es muy probable que presente una
nueva fóbia (emita una operante de la misma clase) a fin de recuperar los beneficios secundarios que le producía la anterior (a fin de obtener de nuevo el refuerzo que le había sido retirado). Una terapia conductista correcta no se centrará pues únicamente en el cliente (como diría Rogers) sino que informará a su entorno familiar de los riesgos que incurren si dejan de prestar atención súbitamente al ex-fóbico, y les instruirá sobre la manera de hacerlo paulatinamente (programa); es más, les exhortará a desplazar la atención que antes prestaban a su fobia a otros aspectos de su conducta a fin de que no se encuentre privado de algo que antes obtenía mediante su antigua fobia y evitar así que lo busque a través de una nueva fobia. Los estudios de efectividad de las terapias, tanto a medio como a largo plazo, muestran inequívocamente que, cuando el terapeuta incluye dichos aspectos en su tratamiento, no hay ningún desplazamiento ni resurgimiento del “síntoma”. Llegados a este punto del discurso, uno puede legítimamente preguntarse cómo es que si la conceptualización conductista, una vez expuesta con detalle, aparece como mucho más pertinente que sus rivales, no consigue destronarlas e imponerse como ocurre nor- malmente con toda teoría que supera, en potencia explicativa y en parsimonia, a las otras teorías en boga. Varios factores nos parecen poder explicar esta situación anómala. Pero quisiéramos, como epílogo a esta ya quizás demasiado larga reflexión, exponer por lo menos uno de ellos que, a nuestro modo de ver, constituye un obstáculo relevante a tal cambio de paradigma. Para ello, vamos a echar mano, una vez más, del viejo recurso de la metáfora.
La máscara no es el rostro En las antiguas tragedias griegas los actores cubrían su rostro con una máscara, triste o sonriente, según el personaje que debían interpretar. Sólo con ver la máscara se podía predecir el papel que iba a interpretar el actor, puesto que su conducta sobre la escena dependía de la máscara que llevaba^8. Evidentemente, a nadie se le ocurriría confundir la máscara (visible) con el rostro (invisible). Aunque el espectador no podía ver el ros- tro a causa de la máscara que lo cubría, sabía perfectamente que el actor tenía un rostro propio y que la máscara era, por decirlo de alguna manera, de “quita y pon”, y que un día podía llevar una máscara triste y otro una alegre, pero que ninguna de las dos eran su verdadero rostro. No había por tanto confusión posible entre el rostro y la máscara. Imaginemos ahora que, por una razón dada, un actor conserva siempre, día y noche, durante años y años, una misma máscara sobre su rostro, hasta el punto que se le pega a la cara como una segunda piel y que, al final, la gente olvida por completo que lo que percibe no es el verdadero rostro del sujeto sino una simple máscara^9 , máscara que no corres-
(^8) Este es, etimológicamente, el origen del vocablo “personalidad”. En efecto, la conducta del actor era fun- ción de su máscara, al igual que la psicología tradicional pretende que la conducta de un ser humano es fun- ción de su personalidad. Y es que el vocablo griego para máscara era “persona”. (^9) Algo parecido ocurre con el lenguaje. En efecto, existe una figura de estilo llamada “catacresis” que consis- te precisamente en utilizar una metáfora tan vieja y familiar que ya nadie se da cuenta, al usarla, de que es una metáfora (por ejemplo, el pie de la mesa, la antena de televisión, el brazo de la butaca, la hoja de papel).
(^10) El concepto de “cielo”, por ejemplo, recubre cosas muy distintas para un astrónomo, un creyente o un pin- tor. Si el primero afirmase que no existe, el creyente se indignaria y el pintor lo trataría de loco o mentiroso; si el creyente afirmase que la Virgen María subió al Cielo en cuerpo y alma, el astrónomo tendría sus dudas… Sencillamente, utilizan la misma palabra para designar conceptos distintos, y sus conversaciones se transfor- man en un verdadero diálogo de locos.
puesto que se hallan íntimamente confundidos^10. Por tomar un ejemplo, el conductismo cuando discute el concepto de imagen mental no discute el fenómeno que los cognitivistas han explicado con el concepto de imagen mental, sino la conceptualización cognitiva de dicho fenómeno en términos de imagen mental. Para darse cuenta de ello es necesa- rio ser consciente de la diferencia entre ambos (el término y su conceptualización); no se trata de un simple matiz, se trata de una diferencia tan fundamental como la que existe entre un rostro y una máscara. Por tanto, no es de extrañar que se prefiera una teoría que parece corresponder perfectamente a un ámbito dado, puesto que es a través de las gafas de esta teoría que se contempla el ámbito; además se llevan estas gafas desde hace tanto tiempo que uno se ha olvidado ya de que las lleva, y como son verdes se ven las cosas de color verde y se acaba por creer que las cosas son verdes. Cuando llega el jo- ven conductismo y propone unas gafas de color marrón, la gente dice que las gafas marrón son malas porque con ellas el mundo se vería marrón, y todos sabemos que el mundo no es marrón sino verde. Y no vale decir a la gente que se quite las gafas verdes y verá que el mundo no es verde (ni quizás marrón, pero que se acerca más al marrón que al verde, por lo que las gafas marrón son, hasta nueva orden, más adaptadas), porque le van a contestar: “¿Pero de qué gafas verdes me habla usted?, si yo no llevo gafas...”, “¿qué mascara?, pero si no lleva máscara...” Hemos empezado hablando de conducta y nos hemos sin duda apartado un poco del hilo central a costa de divagaciones más o menos (yo creo, sin embargo, que menos) “colaterales”. Pero una cosa nos ha llevado a otra y hemos preferido no auto-censurar- nos. Volvamos pues a nuestra pregunta inicial. A título de conclusión se nos antoja que no sería un mal resumen parafrasear los célebres versos del último de nuestros grandes poetas románticos (romántico rezagado, como nos enseñaban los manuales de literatu- ra), Gustavo Adolfo Bécquer: ¿Qué es conducta? Dices mientras clavas en mi pupila Tu pupila azul. ¿Qué es conducta? ¿Y tú me lo preguntas? Conducta... eres tú.