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EL PODER COMO PROPIEDAD DISPOSICIONAL, Resúmenes de Derecho Penal

TAREA PARA LA MATERIA DE DERECHO PENAL Y LA EXPLICACIÓN DEL CONCEPTO DE PODER EN EL ÁMBITO

Tipo: Resúmenes

2018/2019

Subido el 31/12/2019

Serena077
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“EL PODER COMO PROPIEDAD DISPOSICIONAL”
Para comenzar dicho tema, es necesario definir con claridad y antes que toda una distinción que
explique la complejidad del concepto de poder. Es bien sabido que en la rama de derecho se
conoce dicho termino tanto en inglés y en alemán como: “Power” y “Macht” respectivamente, (los
cuales designa dos diferentes conceptos: la capacidad de hacer algo y el ejercicio efectivo de esa
capacidad). En francés y español, sin embargo, existen dos términos diferentes para cada uno de
esos conceptos: “puissance” y “potencia” que designan la capacidad y “pouvoir” que significa
“poder” el cual representa su ejercicio real.
Esta distinción entre capacidad y ejercicio es decisiva por varios motivos.
Primero , porque el poder muchas veces es funcional como simple potencia.
Es decir, sin ejercicio real, de tal modo que los involucrados o sometidos a él
obedecen ante las consecuencias negativas y por supuesto previsibles de no
hacerlo.
En segundo lugar , podemos añadir que, bajo un análisis adecuado, este debe permitir dar
cuenta del poder de los individuos que se encuentran involucrados sin tener la necesidad
de observarlos en el acto como tal, pues el poder no es un acontecimiento sino una
posesión. Podemos resumir que el problema en si pudiera residir en que no nos
percatamos con claridad que el poder es una propiedad potencial, y de que el hecho de
que se ejerza o no, depende de la presencia de ciertas circunstancias.
por ejemplo: Las situaciones que tengan que ver con los recursos materiales, morales,
personales y organizativos que proveen de mayor o menor capacidad de acción a las
personas.
Como tercer lugar , esta distinción entre potencia y poder, permite analizar otra distinción
entre el poder como autoridad legítima, En el plano colectivo, el poder es la capacidad
que tiene una persona para coordinar muchas voluntades en pos de algo que él considera
que es bueno. Por lo común, ocurre en contextos institucionales, por ejemplo: como la
familia, la empresa, el Estado, el club, la congregación, la universidad. Las cualidades del
poderoso, en estos casos, se despliegan según su aptitud para ejercer una función, o,
como se dice habitual y acertadamente para honrar el cargo.
En el plano individual, una persona poderosa es la que con su presencia y con sus
acciones propicia situaciones de placer, de nobleza, de justicia, de lucidez, de belleza, de
servicio, de comprensión empática, de buen humor, de crecimiento, de paz. Y lo hace con
una percepción muy fina de la circunstancia y de la necesidad de aquellos con quienes
interactúa. Lo que tienen en común una buena maestra, jueza, amiga, abuela, médica,
artista o anfitriona es que el encuentro en situación con ellas nos hace sentir ricos,
seguros, a gusto. Son un oasis de felicidad.
En este sentido, es razonable sentir que un liderazgo vigoroso, decente y amoroso es una
especie de milagro, una bendición que nos compromete a no (volver a) dejar pasar la
oportunidad de legar una sociedad mejor, o al menos, no peor que la que hemos recibido.
Pero la mención del poder también despierta, con razón, resonancias negativas, densas y
oscuras. Son las que se asocian con situaciones en las que lo que prevalece no es la
cooperación y la riqueza, sino la competencia, la desconfianza y, en última instancia, la
violencia. En esta segunda acepción, el poderoso es una persona más bien temida que
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“EL PODER COMO PROPIEDAD DISPOSICIONAL”

Para comenzar dicho tema, es necesario definir con claridad y antes que toda una distinción que explique la complejidad del concepto de poder. Es bien sabido que en la rama de derecho se conoce dicho termino tanto en inglés y en alemán como: “Power” y “Macht” respectivamente, (los cuales designa dos diferentes conceptos: la capacidad de hacer algo y el ejercicio efectivo de esa capacidad). En francés y español, sin embargo, existen dos términos diferentes para cada uno de esos conceptos: “puissance” y “potencia” que designan la capacidad y “pouvoir” que significa “poder” el cual representa su ejercicio real. Esta distinción entre capacidad y ejercicio es decisiva por varios motivos.  Primero, porque el poder muchas veces es funcional como simple potencia. Es decir, sin ejercicio real, de tal modo que los involucrados o sometidos a él obedecen ante las consecuencias negativas y por supuesto previsibles de no hacerlo.  En segundo lugar , podemos añadir que, bajo un análisis adecuado, este debe permitir dar cuenta del poder de los individuos que se encuentran involucrados sin tener la necesidad de observarlos en el acto como tal, pues el poder no es un acontecimiento sino una posesión. Podemos resumir que el problema en si pudiera residir en que no nos percatamos con claridad que el poder es una propiedad potencial, y de que el hecho de que se ejerza o no, depende de la presencia de ciertas circunstancias. por ejemplo: Las situaciones que tengan que ver con los recursos materiales, morales, personales y organizativos que proveen de mayor o menor capacidad de acción a las personas.  Como tercer lugar , esta distinción entre potencia y poder, permite analizar otra distinción entre el poder como autoridad legítima, En el plano colectivo, el poder es la capacidad que tiene una persona para coordinar muchas voluntades en pos de algo que él considera que es bueno. Por lo común, ocurre en contextos institucionales, por ejemplo: como la familia, la empresa, el Estado, el club, la congregación, la universidad. Las cualidades del poderoso, en estos casos, se despliegan según su aptitud para ejercer una función, o, como se dice habitual y acertadamente para honrar el cargo. En el plano individual, una persona poderosa es la que con su presencia y con sus acciones propicia situaciones de placer, de nobleza, de justicia, de lucidez, de belleza, de servicio, de comprensión empática, de buen humor, de crecimiento, de paz. Y lo hace con una percepción muy fina de la circunstancia y de la necesidad de aquellos con quienes interactúa. Lo que tienen en común una buena maestra, jueza, amiga, abuela, médica, artista o anfitriona es que el encuentro en situación con ellas nos hace sentir ricos, seguros, a gusto. Son un oasis de felicidad. En este sentido, es razonable sentir que un liderazgo vigoroso, decente y amoroso es una especie de milagro, una bendición que nos compromete a no (volver a) dejar pasar la oportunidad de legar una sociedad mejor, o al menos, no peor que la que hemos recibido. Pero la mención del poder también despierta, con razón, resonancias negativas, densas y oscuras. Son las que se asocian con situaciones en las que lo que prevalece no es la cooperación y la riqueza, sino la competencia, la desconfianza y, en última instancia, la violencia. En esta segunda acepción, el poderoso es una persona más bien temida que

respetada. Dispone, sí, de una variedad de recursos físicos, económicos, políticos o ideológicos, con los que consigue impulsar y consolidar intereses personales o sectoriales Pero los efectos y los procedimientos de su accionar son hostiles, no construyen. Hacia afuera, se caracteriza por su capacidad para presionar, obstruir, vetar, dominar, explotar, dañar, y, en el límite, destruir. Y, hacia adentro, se trata de un estilo de conducción tenso, cerrado al aporte creativo, receloso, incapaz de preparar (y, peor aún, de querer preparar) una sucesión saludable y ordenada.