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Traducción de Laura Paredes
Para mis compañeros de pesca:
Ann, Meter, Phil y Leslie.
Una vez más permaneció callado y dejó que la pregunta flotara por encima de la cabeza del paciente. Zimmerman resopló con fuerza.
Zimmerman se volvió con brusquedad y cruzó furibundo la pequeña consulta para salir por una puerta sin mirar atrás.
Permaneció un instante en el sillón escuchando el tenue sonido de los pasos del hombre enfadado que se alejaban por el pasillo exterior. Después se levantó, resintiéndose un poco de la edad, que le había anquilosado las articulaciones y tensado los músculos durante la larga y sedentaria tarde tras el diván, y se dirigió a la entrada, una segunda puerta que daba a su modesta sala de espera. En ciertos aspectos, esa habitación con su diseño improbable y curioso, donde había montado su consulta hacía décadas, era singular, y había sido la única razón por la que había alquilado el piso al año siguiente de haber terminado el período de residencia y el motivo de haber seguido en él más de un cuarto de siglo.
La consulta tenía tres puertas: una que daba al recibidor, reconvertido en una pequeña sala de espera; una segunda que daba directamente al pasillo del edificio, y una tercera que llevaba a la cocina, el salón y el dormitorio del resto del piso. Su consulta era una especie de isla personal con portales a esos otros mundos. Solía considerarla un espacio secundario, un puente entre realidades distintas. Eso le gustaba, porque creía que la separación de la consulta del exterior contribuía a que su trabajo le resultara más sencillo.
No tenía ni idea de a cuál de sus pacientes se le habría ocurrido volver. Así, de pronto, no recordaba un solo caso en que alguno lo hubiera hecho en todos sus años de ejercicio.
Tampoco era capaz de imaginar qué paciente sufriría una crisis tal que lo llevara a introducir un cambio tan inesperado en la relación entre analista y analizado. Él se basaba en la rutina; en ella y en la longevidad, con las que el peso de las palabras pronunciadas en la inviolabilidad artificial pero absoluta de la consulta se abriera finalmente paso hacia la vía de la comprensión. En eso Zimmerman tenía razón. Cambiar iba en contra de todo. Así que cruzó la habitación con brío, con el impulso que genera la expectativa, un poco inquieto ante la idea de que algo urgente se hubiese colado en una vida que con frecuencia temía que se hubiese vuelto demasiado imperturbable y totalmente previsible.
Abrió la puerta y observó la sala de espera. Estaba vacía. Eso lo desconcertó un instante, y pensó que a lo mejor había imaginado el sonido del timbre, pero Zimmerman también lo había oído, y él, además, había reconocido el ruido inconfundible de alguien en la sala de espera.
Se acercó y recogió el sobre. Tenía su nombre mecanografiado.
Abrió el sobre y extrajo dos hojas mecanografiadas. Leyó sólo la primera línea:
Feliz 53.° cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte.
Inspiró hondo. El aire cargado del piso parecía mareado, y apoyó la mano contra la pared para no perder el equilibrio.
El doctor Frederick Starks, un hombre dedicado profesionalmente a la introspección, vivía solo, perseguido por los recuerdos de otras personas.
Se dirigió a su pequeño escritorio de arce, una antigüedad que su esposa le había regalado hacía quince años. Ella había muerto hacía tres años, y cuando se sentó tras la mesa le pareció que todavía podía oír su voz. Extendió las dos hojas de la carta delante de él, en el cartapacio. Pensó que había pasado una década desde la última vez que se había asustado, y en aquella ocasión se había tratado del diagnóstico que el oncólogo hizo a su mujer. Ahora, el renovado sabor seco y ácido en su boca era tan desagradable como la aceleración de su corazón, que sentía desbocado en el pecho.
Dedicó unos segundos a intentar sosegar sus rápidos latidos y esperó con paciencia hasta notar que recuperaba su ritmo habitual. Era muy consciente de su soledad en ese momento, y detestó la vulnerabilidad que esa soledad le provocaba.
Ricky Starks – no solía dejar que nadie supiera cuánto prefería el sonido afable y amistoso de la abreviación informal al más sonoro Frederick– era un hombre rutinario y ordenado. Su minuciosidad y formalidad rozaban sin duda la obsesión; creía que imponer tanta disciplina a su vida cotidiana era la única forma segura de intentar interpretar el desconcierto y el caos que sus pacientes le acercaban a diario. No era espectacular físicamente: no llegaba al metro ochenta, con un cuerpo delgado y ascético al que contribuía una caminata diaria a la hora del almuerzo y una negativa férrea a darse el gusto de tomar los dulces y los helados que en secreto le encantaban.
Llevaba gafas, algo habitual en un hombre de su edad, aunque se enorgullecía de que su graduación siguiera siendo mínima. También se sentía orgulloso de que el cabello, aunque menos abundante, todavía le cubriese la cabeza como trigo en una pradera. Ya no fumaba, y tomaba sólo un ocasional vaso de vino, alguna que otra noche para conciliar mejor el sueño. Era un hombre acostumbrado a su soledad, y no lo desanimaba comer solo en un restaurante ni ir a un espectáculo de Broadway o al cine sin compañía. Consideraba que tanto su cuerpo como su mente estaban en excelentes condiciones. La mayor parte de los días se sentía mucho más joven de lo que era. Pero no se le escapaba que el año que acababa de empezar era el mismo que su padre no había logrado superar, y a pesar de la falta de lógica de esta observación pensaba que él tampoco sobreviviría a los cincuenta y tres, como si tal cosa fuera injusta o, de algún modo, inadecuada. Sin embargo, en contradicción consigo mismo, mientras contemplaba de nuevo las primeras palabras de la carta, pensó que todavía no estaba preparado para morir. Entonces siguió leyendo, despacio, deteniéndose en cada frase, dejando que el terror y la inquietud arraigaran en él.
Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo, por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya.
Ricky Starks inspiró hondo otra vez. Vivía en un mundo donde las amenazas y las promesas falsas eran corrientes, pero aquellas palabras sonaban muy distintas de las divagaciones atroces que estaba acostumbrado a oír a diario.
Al principio pensé que debería matarlo para ajustarle las cuentas, sencillamente. Pero me di cuenta de que eso era demasiado sencillo. Es un objetivo patéticamente fácil, doctor. De día, no cierra las puertas con llave. Da siempre el mismo paseo por la misma ruta de lunes a viernes. Los fines de semana sigue siendo de lo más predecible, hasta la salida del domingo por la mañana para comprar el Times y tomar un bollo y un café con dos terrones de azúcar y sin leche en el moderno bar situado dos calles más abajo de su casa.
Demasiado fácil. Acecharlo y matarlo no habría supuesto ningún desafío. Y, dada la facilidad de ese asesinato, no estaba seguro de que me proporcionara la satisfacción necesaria. He decidido que prefiero que se suicide.
Ricky Starks se movió incómodo en el asiento. Podía notar el calor que desprendían las palabras, como el fuego de una estufa de leña que le acariciara la frente y las mejillas. Tenía los labios secos y se los humedeció en vano con la lengua.
Suicídese, doctor.
embargaba. Oyó el aullido agudo de una sirena de policía y la cacofonía regular de los cláxones, que es como el ruido uniforme de Manhattan. Respiró hondo dos o tres veces antes de cerrar la ventana y dejar fuera todos los sonidos de la vida urbana normal.
Volvió a la carta. «Tengo un problema», pensó. Pero todavía no estaba seguro de lo grave que era. Era consciente de que habla recibido una amenaza terrible, pero los parámetros de la misma seguían sin estar claros. Una parte de él le decía que no prestara atención a la carta, que se negara a participar en algo que no se parecía en nada a un juego. Resopló una vez y dejó que este pensamiento aflorara. Toda su formación y experiencia sugería que lo más razonable era no hacer nada. Después de todo, el analista suele encontrarse con que guardar silencio y no contestar al comportamiento provocador y escandaloso de un paciente es la forma más inteligente de llegar a la verdad psicológica de esos actos. Se levantó y rodeó dos veces la mesa, como un perro que husmea un olor inusual.
A la segunda, se detuvo y observó de nuevo la carta. Sacudió la cabeza. Comprendió que eso no resultaría. Sintió una fugaz admiración por la sutileza del autor. Con un desapego cercano al aburrimiento, Ricky pensó que seguramente había recibido una amenaza de muerte. Después de todo, había vivido mucho y bastante bien, así que una amenaza de esa índole no significaba gran cosa. Pero no se enfrentaba sólo a eso. La amenaza era más indirecta. Estaba previsto que otra persona sufriera si él no hacía nada. Alguien inocente, y seguramente joven, porque los jóvenes son mucho más vulnerables.
Ricky tragó saliva. Se culparía a sí mismo y el resto de sus días se convertirían en una verdadera agonía.
En eso el autor tenía toda la razón. O si no, el suicidio. Notó un amargor repentino en la boca. El suicidio era la antítesis de todo aquello con lo que siempre se había identificado. Sospechaba que la persona que firmaba como Rumplestiltskin lo sabía.
De golpe se sintió como si estuviera en el banquillo de los acusados. Empezó de nuevo a pasearse mientras evaluaba la carta. La voz interior insistía en restarle importancia, hacer caso omiso de todo el mensaje y considerarlo una exageración y una fantasía sin ninguna base real, pero era incapaz de hacerlo.
«Que algo te incomode no significa que debas ignorarlo», se reprendió. Pero no tenía la menor idea de cómo reaccionar. Dejó de caminar y regresó a su asiento. «Locura – pensó–. Pero una locura con un inconfundible toque de inteligencia, porque provocará que me sume a ella.»
Tenía la lengua y los labios secos. De repente sintió mucha sed, pero no quería abandonar la inviolabilidad de su consulta para ir por un vaso de agua a la cocina.
Sabía que, como muchos profesionales, tenía la arrogancia de pensar que su rinconcito del mundo se había beneficiado del conocimiento y la aceptación de su existencia. La idea de haber provocado en alguien un odio monstruoso le producía un profundo desasosiego.
Empezó a repasar precipitadamente la retahíla de pacientes, remontándose décadas atrás, pero se detuvo. Sabía que tendría que hacer eso, pero de manera sistemática, disciplinada y tenaz, y aún no estaba preparado para dar ese paso.
No se consideraba demasiado cualificado para hacer las veces de policía. Pero sacudió la cabeza al percatarse de que, en cierto modo, eso no era cierto. Durante años había sido una especie de detective. La diferencia radicaba en la naturaleza de los delitos investigados y las técnicas utilizadas. Reconfortado por este pensamiento, Ricky Starks volvió a sentarse tras su escritorio, buscó en el cajón superior derecho y sacó una vieja libreta de direcciones sujeta con una goma elástica.
«Para empezar – se dijo–, puedes averiguar con qué familiar se ha puesto en contacto. Debe de ser un antiguo paciente, alguien que interrumpió el psicoanálisis y se sumió en una depresión. Alguien que ha albergado una fijación casi psicótica durante varios años.»
Sospechó que, con un poco de suerte y quizás uno o dos empujoncitos en la dirección adecuada a partir del familiar con quien se hubiera puesto en contacto, podría identificar al ex paciente contrariado. Trató de convencerse, empáticamente, de que Rumplestiltskin en realidad le estaba pidiendo ayuda. Luego, casi con la misma rapidez, descartó este pensamiento inconsistente. Con la libreta de direcciones en la mano, pensó en el personaje del cuento de hadas cuyo nombre utilizaba el autor de la carta. Cruel, pensó. Un enano mágico con el corazón tenebroso que no es superado en inteligencia, sino que pierde su contienda por pura mala suerte. Esta observación no lo hizo sentir mejor.
La carta parecía brillar en la mesa, delante de él. Asintió lentamente. «Te dice mucho – pensó–. Mezcla las palabras de la carta con lo que su autor ya ha hecho y probablemente estarás a medio camino de averiguar quién es.»
Así que abrió la libreta de direcciones para buscar el número del primer familiar de los cincuenta y dos de la lista. Hizo una mueca y empezó a marcar los números del teléfono. En la última década había tenido poco contacto con sus familiares y sospechaba que ninguno de ellos tendría demasiadas ganas de tener noticias suyas. En especial, dado el cariz de la llamada.
Ricky Starks se mostró muy poco apto para sonsacar información a familiares que se sorprendían al oír su voz. Estaba acostumbrado a interiorizar todo lo que oía a los pacientes en la consulta y a conservar el control de todas las observaciones e interpretaciones. Pero al marcar un número tras otro, se encontró en territorio desconocido e incómodo, incapaz de concebir un guión verbal que pudiera seguir, algún saludo estereotipado seguido de una breve explicación del motivo de su llamada. En lugar de eso, sólo oía vacilación e indecisión en su voz cuando se atascaba con saludos trillados e intentaba obtener una respuesta a la pregunta más idiota: « ¿Te ha ocurrido algo extraño?»
Por consiguiente, aquel atardecer estuvo lleno de conversaciones telefónicas de lo más irritantes. Sus parientes se llevaban una sorpresa desagradable al oírlo, sentían curiosidad y pesadumbre por el hecho de que llamara después de tanto tiempo, estaban ocupados en alguna actividad que él interrumpía o, sencillamente, se mostraban maleducados. Cada contacto poseía cierta brusquedad, y más de una vez se lo quitaron de encima con rudeza. Hubo varios lacónicos: «¿De qué diablos va todo esto?» a los que mentía asegurando que un antiguo paciente había logrado obtener de algún modo una lista con los nombres de sus familiares y le preocupaba que pudiera importunarlos. No mencionaba que alguien pudiera estar enfrentándose a una amenaza, lo que quizás era la mayor mentira de todas.
Ya casi eran las diez de la noche, la hora en que se acostaba, y todavía le quedaban más de dos docenas de nombres en la lista. Hasta entonces no había conseguido detectar nada lo bastante fuera de lo corriente como para que mereciera investigar más. Pero, a la vez, dudaba de su habilidad para preguntar. La extraña vaguedad de la carta de Rumplestiltskin le hacía temer que la conexión se le hubiera pasado por alto. Y también era posible que, en cualquiera de las breves conversaciones que había mantenido esa tarde, la persona con que el autor de la carta se había puesto en contacto no hubiera contado la verdad a Ricky. Por lo demás, había habido unas cuantas llamadas frustrantes sin contestar, y en tres ocasiones tuvo que dejar un mensaje forzado y críptico en un contestador automático.
Se negaba a creer que la carta recibida ese día fuese una mera broma pesada, aunque eso habría estado bien. La espalda se le había entumecido. No había comido y estaba hambriento. Tenía dolor de cabeza. Se mesó el cabello y se frotó los ojos antes de marcar el número siguiente, sintiendo una especie
Enseguida recogieron el auricular y Ricky oyó una voz que sonaba como la del adolescente, sólo que con mayor cansancio. Al mismo tiempo, contenía una urgencia agobiada, como si su dueño estuviera presionado o lo hubieran pillado en un momento de indecisión. A Ricky le gustaba considerarse un experto en voces, en la inflexión y el tono, en la elección de palabras y el ritmo, todas señales reveladoras de lo que se ocultaba en ellas. El padre del adolescente habló sin preámbulos.
Se produjo un silencio frío y sepulcral que duró casi un minuto.
El repentino arranque de cólera sorprendió a Ricky. Parecía absolutamente impropio de un profesor de historia de un instituto privado, exclusivo y conservador. Ricky esperó, al principio un poco inseguro de cómo contestar.
Ricky se puso tenso en su asiento. Algo le estalló de repente en la cabeza, como una revelación. Debería haber visto la conexión de inmediato. De todos sus parientes, uno cumplía años, por pura coincidencia, el mismo día que él. La niña cuya cara le costaba tanto recordar y a la que sólo había visto una vez, en un entierro.
«Ésta debería haber sido tu primera llamada», se recriminó. Pero no permitió que nada de eso le asomara a la voz.
Ricky se movió incómodo en el asiento. « Rumplestiltskin », pensó, y preguntó:
Se preguntó si su sobrino percibiría la mentira en su voz. Lo dudaba. Estaba furioso, nervioso e indignado, y no era probable que fuera capaz de discernir con claridad durante cierto tiempo.
Ricky no dijo nada, y su sobrino prosiguió tras tomar aliento.
y si de repente iba a convertirse en su Habitación 101 de ficción. El lugar donde guardaban lo peor del mundo.
Ya era medianoche y se sentía estúpido y completamente solo. Su consulta estaba llena de carpetas, montones de cuadernos de taquigrafía, montañas de papeles y un anticuado minicasete que llevaba una década obsoleto bajo una pequeña pila de cintas. Todo ello contenía la desordenada documentación que había acumulado sobre sus pacientes a lo largo de los años. Había notas sobre sueños y entradas anotadas que enumeraban asociaciones críticas hechas por los pacientes o que se le habían ocurrido a él durante el tratamiento: palabras, frases, recuerdos reveladores. Si hubiera alguna escultura concebida para expresar la creencia de que el análisis era tanto arte como medicina, no podría ser mejor que el desorden que lo rodeaba. Había formularios nada metódicos donde constaban estaturas, pesos, razas, religiones y lugares de origen. Tenía documentos sin orden alfabético que definían tensiones arteriales, temperaturas, pulsaciones y cantidades de orina. Ni siquiera contaba con tablas organizadas y accesibles donde figurasen listas de nombres, direcciones, parientes más cercanos y diagnósticos de los pacientes.
Ricky Starks no era internista, cardiólogo o patólogo, especialistas que visitan a cada paciente buscando una respuesta claramente definida a una dolencia y que conservan notas detalladas sobre el tratamiento y la evolución. La especialidad que había elegido desafiaba la ciencia que ocupaba a las demás ramas de la medicina. Eso era lo que convertía al analista en una especie de intruso dentro de la medicina y lo que atraía a la mayoría de quienes se dedicaban a esta profesión.
Pero en ese momento, Ricky estaba en medio de un revoltijo creciente y se sentía como un hombre que sale de un refugio subterráneo después de haber pasado un tornado. Se le ocurrió que había ignorado el caos que era en realidad su vida hasta que algo grande y perjudicial había irrumpido en ella desestabilizando los cuidadosos equilibrios que él le había impuesto. Seguramente sería inútil intentar revisar décadas de pacientes y centenares de terapias diarias.
Porque ya sospechaba que Rumplestiltskin no estaba ahí. Por lo menos, no de una manera fácil de identificar.
Estaba convencido de que, si la persona que había escrito la carta hubiera honrado alguna vez su diván durante cierto tiempo para recibir tratamiento, lo habría reconocido. El tono. El estilo de la escritura. Todos los estados evidentes de cólera, rabia y furia. Para él, estos elementos habrían sido tan distintivos e inconfundibles como las huellas dactilares para un detective. Pistas reveladoras a las que habría estado atento.
Sabía que esta suposición contenía bastante arrogancia. Y pensó que no debería subestimar a Rumplestiltskin hasta que supiera mucho más sobre él. Pero estaba seguro de que ningún paciente al que hubiera psicoanalizado con normalidad volvería años más tarde resentido y enfurecido, tan cambiado como para ocultarle su identidad. Podía regresar, todavía con las cicatrices internas que lo habían impulsado a acudir a él en principio. O regresar frustrado y enfurecido porque el análisis no es como un antibiótico para el alma; no erradica la desesperación infecciosa que incapacita a algunas personas. O regresar enfadado, con la sensación de haber desperdiciado años hablando sin que nada hubiera cambiado demasiado para él. Eran posibilidades, aunque en las casi tres décadas de Ricky como analista, había habido pocos fracasos así. Por lo menos, que él supiera. Pero no era tan engreído como para creer que cualquier tratamiento, por largo que fuera, conseguía invariablemente un éxito total. Siempre habría terapias con peores resultados que otras.
Tenía que haber pacientes a los que no hubiera ayudado. O a los que hubiera ayudado menos. O que hubieran retrocedido de las percepciones que proporciona el análisis hacia algún estado anterior. Incapacitados de nuevo. Desesperados de nuevo.
Pero Rumplestiltskin presentaba un retrato muy distinto. El tono de la carta y el mensaje transmitido a la hija de catorce años de su sobrino mostraban a una persona calculadora, agresiva y, contra toda lógica, segura de sí misma.
«Un psicópata», pensó Ricky asignando un término clínico a alguien todavía confuso en su mente. Eso no significaba que tal vez una o dos veces a lo largo de las décadas de su carrera profesional no hubiera tratado a individuos con tendencias psicopáticas. Pero nadie había mostrado nunca el grado de odio y obsesión de Rumplestiltskin. Aun así, el autor de la carta era alguien relacionado con un paciente al que había tratado sin éxito.
El secreto estaba en determinar quiénes eran esos ex pacientes y en seguirles el rastro hasta Rumplestiltskin. Porque, ahora que lo había meditado varias horas, no le quedaba duda de que ahí estaba la relación. La persona que quería que se suicidara era el hijo, el cónyuge o el amante de alguien. Así pues, la primera tarea consistía en determinar qué paciente había dejado el tratamiento en malas circunstancias.
A partir de ahí podría empezar a retroceder. Se abrió paso por entre el revoltijo que había organizado hacia la mesa y tomó la carta de Rumplestiltskin. « Pertenezco a algún momento de su pasado .» Ricky observó fijamente las palabras y luego echó un vistazo a los montones de notas esparcidos por la consulta.
«De acuerdo – se dijo–. La primera tarea es organizar mi historial profesional. Encontrar la partes que puedan eliminarse.»
Soltó un profundo suspiro. ¿Había cometido algún error como interno en el hospital hacía más de veinticinco años que volviera ahora para perseguido? ¿Podría recordar siquiera a esos primeros pacientes? Cuando efectuaba su formación psicoanalítica, había participado en un estudio de esquizofrénicos paranoides ingresados en la sala psiquiátrica del hospital Bellevue. El objeto del estudio era determinar los factores previsibles de los crímenes violentos, pero no había sido un éxito clínico. Sin embargo, había conocido y participado en el tratamiento de hombres que cometieron delitos graves. Era lo más cerca que había estado nunca de la psiquiatría forense, y no le había gustado demasiado. En cuanto su trabajo en el estudio hubo terminado, se retiró de nuevo al mundo más seguro y físicamente menos exigente de Freud y sus seguidores.
Ricky sintió una sed repentina, como si tuviera la garganta reseca. Se percató de que no sabía casi nada sobre el crimen y los criminales. No tenía ninguna experiencia especial en violencia. Lo cierto era que le interesaba poco ese campo. No creía conocer siquiera a ningún psiquiatra forense. Ninguno figuraba en el reducidísimo círculo de amigos y conocidos profesionales con que se mantenía de vez en cuando en contacto.
Miró los libros que ocupaban los estantes. Ahí estaba Krafft–Ebing, con su influyente obra sobre psicopatología sexual. Pero eso era todo, y dudaba mucho que Rumplestiltskin fuera un psicópata sexual, a pesar del mensaje pornográfico enviado a la hija de su sobrino.
Agotado y en absoluto seguro de haber logrado nada, Ricky salió de la consulta y se dirigió a su habitación. Era un dormitorio sencillo y austero, con una mesilla de noche, una cómoda, un modesto armario y una cama individual. Antes, había habido una cama de matrimonio con una cabecera elaborada y cuadros de colores muy vistosos en las paredes pero, tras la muerte de su esposa, se había desprendido de la cama y elegido algo más simple y estrecho. Los adornos y obras de arte alegres con que su mujer había decorado la habitación también habían desaparecido en su mayoría. Había dado su ropa a la beneficencia y enviado sus joyas y objetos personales a las tres hijas de su cuñada. En la cómoda conservaba una fotografía de los dos tomada quince años atrás delante de su casa de verano de Wellfleet una mañana clara y azul de verano. Pero desde su muerte había borrado de modo sistemático la mayoría de signos externos de su anterior presencia. Una muerte lenta y dolorosa seguida de tres años de borradura. Se quitó la ropa, entreteniéndose en doblar con cuidado los pantalones y en colgar la chaqueta azul. La camisa fue a parar a la cesta de la ropa sucia. Dejó la corbata en la superficie de la cómoda. Luego, se dejó caer en el borde de la cama en ropa interior, pensando que le gustaría tener más energía. En el cajón de la mesilla tenía un frasco de somníferos que rara vez tomaba. Habían superado con creces su fecha de caducidad, pero supuso que todavía le harían efecto esa noche. Se tragó uno y un pedacito de otro con la esperanza de que lo sumieran pronto en un sueño profundo e insensibilizante.
Se sentó un instante, pasó la mano por las ásperas sábanas de algodón y pensó que era una extraña paradoja que un analista se enfrentase a la noche deseando desesperadamente que los sueños no perturbaran su descanso. Los sueños eran acertijos inconscientes e importantes que reflejaban el alma. Lo sabía, y solían ser vías que le gustaba recorrer. Pero esa noche se sentía abrumado y se acostó mareado, con el pulso aún acelerado, y ansioso de que la medicación lo sumiera en la oscuridad. Del todo agotado por el Impacto de aquella carta amenazadora, en ese momento se sintió mucho más viejo que los cincuenta y tres años que había cumplido.
por qué le resultaba tan importante ser tan preciso. Pero no lo había hecho. En lugar de eso, abría la puerta a las cinco en punto todos los días laborables para que ese hombre enojado entrara como una exhalación en la consulta, se echara en el diván y se pusiera de inmediato a contar con sarcasmo y con furia todas las injusticias que esa jornada le había deparado. Ricky inspiró hondo y puso su mejor cara de póquer. Tanto si Ricky sentía que tenía en la mano un full como una mano perdedora, Zimmerman recibía todos los días la misma expresión imperturbable; Abrió la puerta y empezó su saludo habitual:
Y, dicho eso, pasó junto al sorprendido médico y entró en la consulta.
Se acercó a la pared de color crema donde colgaban los diplomas y algunos cuadros de pequeñas dimensiones, junto con un retrato enmarcado en roble del Gran Hombre en persona. Freud sostenía en la foto su omnipresente puro y lucía una mirada triste con sus ojos hundidos. Una barba blanca le cubría la mandíbula precancerosa que iba a resultarle tan dolorosa en sus últimos años. La joven dio unos golpecitos al cristal del retrato con uno de sus largos dedos, en los que lucía uñas pintadas de rojo.
Ricky Starks agarró en silencio una silla y la situó frente a su escritorio. Luego lo rodeó e indicó a la joven que tomara asiento.
El psicoanalista negó con la cabeza.
La joven encendió el cigarrillo, dio una larga calada y dejó escapar parsimoniosamente el humo.
Ricky asintió.
De nuevo, él permaneció callado unos segundos, contemplando a la joven con la intención de desconcertarla. Pero parecía extrañamente fría y serena, y el silencio, que sabía que a menudo es el sonido más inquietante de todos, no parecía afectarla. Por fin, habló en voz baja.
La joven volvió a sonreír. Nada nerviosa.
Él alargó la mano hacia el teléfono.
Ricky pensó que ésa era una idea fascinante. Pero el interés de la observación se vio superado por la creciente irritación que le despertaba la actitud de la joven. Sólo mostraba arrogancia y seguridad. Puso la mano en el auricular. No sabía qué otra cosa hacer.
Virgil sonrió de nuevo y se desabrochó despacio los botones delanteros y el cinturón. Después, con un movimiento brusco, dejó caer la prenda al suelo.
No llevaba nada debajo. Se puso una mano en la cadera y ladeó el cuerpo provocativamente en su dirección. Se volvió y le dio la espalda un momento, para girar de nuevo y mirarlo de frente. Ricky asimiló la totalidad de su figura con una sola mirada. Sus ojos actuaron como una cámara fotográfica para captar los senos, el sexo y las largas piernas, y regresar, por fin, a los ojos de Virgil , que brillaban expectantes.
Siguió mirándolo, como segura de que podía adivinar la dirección que seguiría la mirada de él.
Él no contestó. Hacía años que no estaba en presencia de una mujer desnuda, y eso parecía generar una convulsión en su interior. Le retumbaban los oídos con cada palabra de Virgil , y era consciente de que se sentía acalorado, como si la elevada temperatura exterior hubiese irrumpido en la consulta.
Virgil siguió sonriéndole. Se dio la vuelta una segunda vez para exhibirse de nuevo. Posó, primero en una posición y luego en otra, como la modelo de un artista que trata de encontrar la postura correcta. Cada movimiento de su cuerpo parecía aumentar la temperatura de la habitación unos grados más. Finalmente, se agachó despacio para recoger la gabardina negra del suelo. La sostuvo un segundo, como si le costara volver a ponérsela. Pero enseguida, con un movimiento rápido, metió los brazos por las mangas y empezó a abrochársela. Cuando su figura desnuda desapareció, Ricky se sintió arrancado de algún tipo de trance hipnótico o, por lo menos, como creía que debía sentirse un paciente al despertar de una anestesia. Empezó a hablar, pero Virgil levantó una mano.
Se dirigió con rapidez a la puerta.
Escuchó un momento el taconeo de sus zapatos en el pasillo. Luego, se levantó de un brinco y corrió hacia la puerta. La abrió, pero Virgil ya no estaba en el pasillo. Se quedó ahí un instante y volvió a entrar en la consulta. Se acercó a la ventana y miró fuera, justo a tiempo de ver cómo la joven salía por el portal del edificio. Una limusina negra se acercó a la entrada y Virgil subió en ella. El coche se alejó calle abajo, de forma demasiado repentina para que Ricky pudiese haber visto la matrícula o cualquier otra característica de haber sido lo bastante organizado e inteligente como para pensar en ello.
A veces, frente a las playas de Cape Cod, en Wellfleet, cerca de su casa de veraneo, se forman unas fuertes corrientes de retorno superficial que pueden ser peligrosas y, en ocasiones, mortales. Se crean debido a la fuerza del océano al golpear la costa, que acaba por excavar una especie de surco bajo las olas en la restinga que protege la playa.
Cuando el espacio se abre, el agua entrante encuentra de repente un nuevo lugar para regresar al mar y circula por este canal subacuático. Entonces, en la superficie se produce la corriente de retorno. Cuando alguien queda atrapado en esta corriente, hay un par de cosas que debe hacer y que convierten la experiencia en algo perturbador, quizás aterrador y sin duda agotador, pero más que nada molesto. Si no las hace, lo más probable es que muera. Como la corriente de retorno superficial es estrecha, no hay que luchar nunca contra ella. Hay que limitarse a nadar paralelo a la costa, y en unos segundos el tirón violento de la corriente se suaviza y lo deja a uno a poca distancia de la playa. De hecho, las corrientes de retorno
superficial suelen ser también cortas, de modo que uno se puede dejar llevar por ellas y cuando el tirón disminuye situarse en el lugar adecuado y nadar de vuelta a la playa. Ricky sabía que se trataba de unas instrucciones sencillísimas que, comentadas en un cóctel en tierra firme, o incluso en la arena caliente a la orilla del mar, hacen que salir de una corriente de retorno superficial no parezca más difícil que sacudirse una pulga de mar de la piel.
La realidad, por supuesto, es mucho más complicada. Ser arrastrado inexorablemente hacia el océano, lejos de la seguridad de la playa, provoca pánico al instante. Estar atrapado por una fuerza muy superior es aterrador. El miedo y el mar son una combinación letal. El terror y el agotamiento ganan al bañista. Ricky recordaba haber leído en el Cape Cod Times por lo menos un caso cada verano de alguien ahogado, a escasos metros de la costa y la seguridad.
Intentó controlar sus emociones, porque se sentía atrapado en una corriente de retorno superficial. Inspiró hondo y luchó contra la sensación de que lo arrastraban hacia un lugar oscuro y peligroso. En cuanto la limusina que llevaba a Virgil hubo desaparecido de su vista, encontró el teléfono de Zimmerman en la primera página de su agenda, donde lo había anotado y después olvidado, ya que nunca se había visto obligado a llamado. Marcó el número pero no obtuvo respuesta. Ni Zimmerman. Ni su madre sobreprotectora. Ni un contestador ni servicio automático. Sólo un tono de llamada reiterado y frustrante.
En ese momento de confusión decidió que debía hablar directamente con Zimmerman. Aunque Rumplestiltskin lo hubiera sobornado de algún modo para que abandonara el tratamiento, quizá lograse arrojar algo de luz sobre la identidad de su torturador. Zimmerman era un hombre amargado pero incapaz de callarse nada. Ricky colgó con brusquedad el auricular y agarró la chaqueta. En unos segundos estaba fuera.
Las calles de la ciudad seguían llenas de luz diurna, aunque ya era el atardecer. El resto del tráfico de la hora punta atascaba aún la calzada, aunque la multitud de peatones que saturaba las aceras se había reducido un poco. Nueva York, como toda gran ciudad, aunque presumiera de veinticuatro horas de vida al día, seguía los mismos ritmos que cualquier otro sitio: energía por la mañana, determinación a mediodía, apetito por la noche. No prestó atención a los restaurantes abarrotados, aunque más de una vez percibió un olor apetitoso al pasar por delante de alguno. Pero en ese momento el apetito de Ricky Starks era de otro tipo.
Hizo algo que no hacía casi nunca. En lugar de tomar un taxi, se dispuso a cruzar Central Park a pie. Pensó que el tiempo y el ejercicio le ayudarían a dominar sus emociones, a controlar lo que le estaba pasando. Pero, a pesar de su formación y de sus cacareados poderes de concentración, le costaba recordar lo que Virgil le había dicho, aunque no tenía dificultad en evocar hasta el último matiz de su cuerpo, desde su sonrisa juguetona hasta la curva de sus senos o la forma de su sexo.
El calor del día se había prolongado al anochecer. Al cabo de pocos metros, notó que el sudor se le acumulaba en el cuello y las axilas. Se aflojó la corbata, se quitó la chaqueta y se la echó al hombro, lo que le daba un aspecto desenvuelto que contradecía lo que sentía. El parque todavía estaba lleno de gente que hacía ejercicio y más de una vez se hizo a un lado para dejar pasar a un grupo de corredores. Vio gente disciplinada que paseaba al perro en las zonas habilitadas para ello y pasó junto a varios partidos de béisbol en campos dispuestos de tal modo que los perímetros se tocaban. A menudo, un jugador exterior derecho estaba más o menos junto al exterior izquierdo de otro partido. Parecía existir una extraña etiqueta urbana para este espacio compartido, de modo que cada jugador concentraba la atención en su propio partido sin inmiscuirse en el otro. De vez en cuando, una pelota bateada invadía el terreno del otro campo, y los jugadores encajaban diligentemente esa interrupción antes de seguir con el suyo. Ricky pensó que la vida rara vez era tan sencilla y tan armoniosa.
«Normalmente, nos estorbamos los unos a los otros», pensó. Tardó otro cuarto de hora de paseo a buen ritmo en llegar a la manzana de la casa de Zimmerman. Para entonces estaba sudado de verdad, y deseaba llevar unas zapatillas de deporte viejas en lugar de aquellos mocasines de piel que parecían irle pequeños y amenazaban con provocarle llagas. Tenía empapada la camiseta y manchada la camisa azul, el cabello apelmazado y pegado a la frente. Se detuvo frente al escaparate de una tienda para comprobar su aspecto y, en lugar del médico disciplinado y sereno que saludaba a sus pacientes con el rostro inexpresivo a la puerta de su consulta, vio a un hombre desaliñado y ansioso, perdido en un mar de indecisión. Parecía agobiado y acaso un poco asustado. Dedicó unos instantes a recobrar la compostura.
Nunca antes, en sus casi tres décadas de profesión, había roto la relación rígida y formal entre paciente y analista. Jamás había imaginado que iría a casa de un paciente a ver cómo estaba. Por muy desesperado que pudiese sentirse el paciente, era éste quien se desplazaba con su depresión hacia la consulta. Él quien se acercaba a Ricky. Si estaba angustiado y abrumado, lo llamaba y pedía hora. Eso formaba parte del proceso de mejora. Por difícil que les resultara a algunas personas, por mucho que sus emociones las incapacitaran, el mero acto físico de ir a su consulta era un paso fundamental. Verse fuera de