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Orientación Universidad
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ensayo final ferreira sociología industrial, Apuntes de Sociología Aplicada

Para el ensayo final que manda Ferreira en Sociología industrial, este artículo escrito por él mismo viene de fábula.

Tipo: Apuntes

2019/2020

Subido el 22/04/2020

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La Uni en la calle
Sábado, 9 de marzo de 2013
Neoliberalismo y Globalización: fabricando el Cuarto Mundo
Miguel A. V. Ferreira (UCM)
Alumnos/as de curso, de la asignatura “Sociología de la Empresa y de los
Recursos Humanos” de la Licenciatura de Sociología (UCM)
Trataremos, aquí, de exponer el sentido y la relación de tres conceptos,
Neoli-
beralismo
,
Globalización
y
Cuarto Mundo
, desde una perspectiva sociológica.
Recalquemos, de antemano, la importancia, y la particularidad, de la “perspec-
tiva”: tales conceptos pueden ser objeto de tratamiento y análisis desde diver-
sas ópticas; al ser la nuestra sociológica, adquieren un determinado sentido,
que probablemente no coincida con el que se derivaría de su tratamiento desde
una perspectiva distinta.
En particular, queremos dejar bien claro que nuestra posición se distancia de
aquellas que avalan a fecha actual las medidas que se están tomando ante la
situación económica que vivimos. Nos declaramos abiertamente disconformes
con dichas medidas y con este análisis pretendemos evidenciar la arbitrariedad
de las mismas, condicionadas por un determinado marco de referencia ideológi-
co que pretende hacernos creer que las mismas son irremediables, lo cual es
falso. Y no sólo no son irremediables, sino que son erróneas, de modo que con
ellas se está agravando la situación y deteriorando progresivamente nuestra
ciudadanía.
¿Cómo explicar, sociológicamente, que hayamos llegado a dónde lo hemos
hecho? Trataremos de hacerlo a partir de los dos primeros conceptos propues-
tos, Neoliberalismo y Globalización. Su conjunción, como factores de una diná-
mica político-económica que comienza su andadura, aproximadamente, en los
años 70, conducirá a un escenario, dramático, que viene retratado por el terce-
ro de los conceptos, Cuarto Mundo.
Por Neoliberalismo entendemos una determinada manera de definir qué es la
economía y cómo funciona, así como el papel que ha de cumplir el poder políti-
co en relación con dicho funcionamiento. Estamos hablando, por lo tanto, de
una
Ideología
, esto es, de un conjunto sistemático de ideas coherentemente
organizadas que pretende dar sentido al mundo, en este caso, al mundo eco-
nómico y al mundo político. Fruto de esa ideología, se derivan una serie de me-
didas prácticas que tienen por objetivo hacer que ese mundo económico-
político sea como debe ser.
Es muy importante hacer énfasis en el prefijo “neo”, que indica que se trata de
una nueva versión, modificada, del liberalismo clásico, que entendemos, igual-
mente y en los mismo términos, como una ideología. Para entender esa com-
ponente “neo”, por lo tanto, hay que considerar brevemente dicho liberalismo
clásico, cuyo fundador fue Adam Smith.
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La Uni en la calle Sábado, 9 de marzo de 2013

Neoliberalismo y Globalización: fabricando el Cuarto Mundo

Miguel A. V. Ferreira (UCM)

Alumnos/as de 5º curso, de la asignatura “Sociología de la Empresa y de los Recursos Humanos” de la Licenciatura de Sociología (UCM)

Trataremos, aquí, de exponer el sentido y la relación de tres conceptos, Neoli-

beralismo, Globalización y Cuarto Mundo, desde una perspectiva sociológica.

Recalquemos, de antemano, la importancia, y la particularidad, de la “perspec- tiva”: tales conceptos pueden ser objeto de tratamiento y análisis desde diver- sas ópticas; al ser la nuestra sociológica, adquieren un determinado sentido, que probablemente no coincida con el que se derivaría de su tratamiento desde una perspectiva distinta.

En particular, queremos dejar bien claro que nuestra posición se distancia de aquellas que avalan a fecha actual las medidas que se están tomando ante la situación económica que vivimos. Nos declaramos abiertamente disconformes con dichas medidas y con este análisis pretendemos evidenciar la arbitrariedad de las mismas, condicionadas por un determinado marco de referencia ideológi- co que pretende hacernos creer que las mismas son irremediables, lo cual es falso. Y no sólo no son irremediables, sino que son erróneas, de modo que con ellas se está agravando la situación y deteriorando progresivamente nuestra ciudadanía.

¿Cómo explicar, sociológicamente, que hayamos llegado a dónde lo hemos hecho? Trataremos de hacerlo a partir de los dos primeros conceptos propues- tos, Neoliberalismo y Globalización. Su conjunción, como factores de una diná- mica político-económica que comienza su andadura, aproximadamente, en los años 70, conducirá a un escenario, dramático, que viene retratado por el terce- ro de los conceptos, Cuarto Mundo.

Por Neoliberalismo entendemos una determinada manera de definir qué es la economía y cómo funciona, así como el papel que ha de cumplir el poder políti- co en relación con dicho funcionamiento. Estamos hablando, por lo tanto, de

una Ideología, esto es, de un conjunto sistemático de ideas coherentemente

organizadas que pretende dar sentido al mundo, en este caso, al mundo eco- nómico y al mundo político. Fruto de esa ideología, se derivan una serie de me- didas prácticas que tienen por objetivo hacer que ese mundo económico- político sea como debe ser.

Es muy importante hacer énfasis en el prefijo “neo”, que indica que se trata de una nueva versión, modificada, del liberalismo clásico, que entendemos, igual- mente y en los mismo términos, como una ideología. Para entender esa com- ponente “neo”, por lo tanto, hay que considerar brevemente dicho liberalismo clásico, cuyo fundador fue Adam Smith.

Para el liberalismo clásico, la economía se fundamenta en la libertad de merca- do. Ese mercado es un mercado de intercambio, de compra-venta, y a él deben acceder sin traba de ningún tipo, tanto compradores como vendedores. Se en- tiende, además, que dicha concurrencia está motivada por un interés egoísta, calculador, que trata de optimizar en el mercado sus recursos: todo el mundo busca obtener el máximo beneficio posible (quien compra, pagando menos; quien vende, cobrando más).

Se ha de dejar que el mercado funcione de manera autónoma porque esa libre concurrencia, propiciada por intereses egoístas particulares, genera, como efec- to, un incremento de la riqueza colectiva (de la competencia egoísta entre inte- reses particulares surge un beneficio colectivo); a esto, Adam Smith lo llamaba “la mano invisible”. De lo que no hablaba el liberalismo clásico es de la desigual distribución de tal riqueza colectiva: la mayor parte de ella se la quedaban unos pocos, mientras que la mayoría se tenían que repartir lo que quedaba.

De este modo, el liberalismo clásico entiende que el poder político no debe in- tervenir en cuestiones económicas: cualquier medida política que perturbe el funcionamiento autónomo del mercado (políticas de control de precios, o de protecciones laborales, por ejemplo), que altere la ley de la oferta y la deman- da, hará que ese incremento del (desigualmente repartido) beneficio colectivo pueda no producirse.

Bien. Frente a este planteamiento, el neoliberalismo va a realizar algunas “ope-

raciones de reajuste”. Tomamos como referencia la obra Nacimiento de la bio-

política, de Michael Foucault, para dar una sucinta cuenta de las mismas.

En primer lugar, el mercado ya no se entenderá como un mercado de inter-

cambio, sino como uno de competencia. El matiz puede parecer sutil, pero sus

consecuencias son de enorme magnitud. En un mercado de intercambio, quie- nes acuden a él lo hacen en condición de “iguales”: los precios determinan esa equitatividad de partida, pues el vendedor obtiene lo que el comprador paga; si lo vendido es muy caro para la demanda existente, los precios tendrán que ba- jar porque nadie comprará; si lo vendido es muy barato, habrá menos oferta que demanda, de modo que (suponiendo que la capacidad del vendedor para ampliar el número de cosas o servicios que vende es limitada) los precios sub- irán porque quien vende está perdiendo dinero.

En un mercado de competencia, el que más tiene de partida, más oportunida- des tiene de beneficiarse: no todo el mundo dispone de los mismos recursos para competir. Quien tiene más recursos, tiene más capacidad de maniobra (y de resistencia). De tal modo que, en un mercado de competencia, el vendedor manda y los compradores acatan. Si nos dejamos de eufemismos, el vendedor es, en términos académicos clásicos, un capitalista, y en términos que circulan más en “la calle”, un empresario; y el comprador somos todos/as.

De esta manera, un mercado que se entiende regulado, no por el intercambio, la compra-venta, sino por la competencia, la desigualdad de recursos de quie- nes concurren a él, es un mercado de empresarios.

Siendo ello así, para un buen funcionamiento de ese mercado, es necesario que el empresario, el que, por sus recursos, puede hacer que funcione, esté dis-

porque estratégicamente está optimizando la rentabilidad de ese capital huma- no.

A quien esto le resulte absurdo, que haga un ejercicio de reflexión personal: ¿cuántas cosas puede que hayamos hecho, sin darnos cuenta, porque, en el fondo, nos sentimos empresarios/as?

Y claro, si vivimos en una sociedad del beneficio empresarial (para todos/as) y no de la supervivencia económica (para la gran mayoría, la que no forma parte, objetivamente, de la clase empresarial) pues nos parecerá “natural” que las cosas sean como son...

El neoliberalismo implica, como ideología, una empresarialización generaliza del tejido social. Su puesta en práctica ha supuesto unas políticas económicas que han facilitado dicha empresarialización; para los empresarios “de verdad”: pre- carización de los mercados laborales, parcialización y temporalidad de los con- tratos, pérdidas de garantías y de coberturas sociales para los/as trabajado- res/as, facilitación de las condiciones de despido, laxitud fiscal con las empre- sas, permisividad legal con los/as empresarios/as, y etc. y etc. y etc.

Si el neoliberalismo es la ideología que impulsa el mundo que se ha ido confor- mando desde los 70, la globalización es el “modus operandi” que dicha ideolo- gía ha encontrado como mecanismo de funcionamiento.

Pero… ¿y qué es la globalización?

El concepto remite al término “globe”, que, en inglés, indica lo que en castella- no llamamos planeta (o sea, deberíamos hablar de “planetarización”). Si nos lo traemos a nuestro idioma, un globo es algo que se infla; si lo inflas demasiado, explota. Creo que como metáfora es pertinente decir que la situación actual indica que el “globo” de la globalización ha explotado (aunque muchos/as no se hayan dado cuenta todavía…).

Globalización es algo que abarca, pues, al planeta en su conjunto. Ahh... pensa- rá alguien, entonces globalización es Internet. Error: entonces, en la mayor par- te de África no hay globalización. Bueno... dirá otro/a, globalización es que cualquier persona puede acceder a la cultura, arte, conocimiento de cualquier lugar del mundo. Error: aquí África sigue perdiendo, pero hemos de sumar cul- turas no occidentales que, por buenas o malas razones, no ven cine Hollywood (ni NBA, ni Champions League). Respecto a la errónea concepción que, en ge- neral, tenemos de lo que es la globalización nos remitimos al libro de Alessan-

dro Baricco, (Next) sobre la globalización y el mundo que viene.

No. La globalización tiene una entidad más dura y más consistente que la circu- lación de información, arte o cultura. La globalización tiene una naturaleza es- trictamente económica. Implica la capacidad de mover volúmenes enormes de capital (léase antes lo que es capital) en mercados financieros en los que ese dinero no acaba produciendo nada (bienes o servicios) que le resulte útil a la gente. Un volumen que, según lo que indica Javier Estefanía en su artículo de la

revista Clío, “Globalización ¿una nueva era histórica?” (febrero de 2002), alcan-

zaba los 2 Billones, con “B”, de dólares al día. A fecha actual, ese volumen de inversión se ha multiplicado por diez (con “B”, de billones de dólares), según

indica Anthony Giddens en Desigualdad global (2010).

Lo único que se mueve de manera planetaria, y en tiempo real, es dinero inver- tido en especulación financiera. Si hablamos de algo financiero, hablamos de algo que tiene que ver con inversiones en bolsa. Pero lo crucial es su condición “especulativa”. Esta condición hay que considerarla con un poco de detenimien- to.

Tras la II Guerra Mundial se inició un proceso de reconstrucción en el mundo occidental implicado en dicha guerra que se basó en una ideología distinta a la liberal clásica, y más distinta aún que la neoliberal. El promotor de esa ideología fue John Maynard Keynes, y el motor económico que puso en marcha fue el sistema de producción y organización empresarial Fordista.

Keynesianismo: ideología político-económica según la cual la economía va bien si se procura tener una amplia demanda solvente para lo que produzcan las empresas. La mayor parte de consumidores/as son trabajadores/as, por lo cual hay que procurar que tengan ingresos, y estabilidad, suficientes para que ten- gan capacidad de ahorro y de consumo. El Estado debe, en consecuencia, pro- curar que la condición de trabajador/a implique, además de la remuneración salarial, toda una serie de garantías asociadas: estabilidad laboral, servicios pú- blicos (fundamentalmente, educativos y sanitarios), coberturas frente al riesgo. El Estado debía financiar todas estas medidas y, además, promover la creación de empleo público. Así habría muchos/as trabajadores/as con dinero para com- prar lo que produjeran las empresas.

Fordismo: el modelo empresarial fundamental sería el de la gran empresa de producción en serie, basada en la cadena de montaje y la división técnica del trabajo (es decir: tareas complejas se subdividen en otras mucho más sencillas, cada una de las cuales es encargada a un único trabajador), así como en una organización jerárquica (quién manda y quién obedece) en la que quienes deci- den y quienes hacen lo que se decide están separados: el que “piensa” lo que hacer no sabe cómo se hace lo que ha pensado, el que “hace” lo que se piensa no sabe cómo se ha pensado lo que se hace.

Bajo este modelo, Keynesiano-Fordista, que en lo político se tradujo en el así llamado Estado del Bienestar (un Estado protector de los trabajadores frente a las inclemencias puramente económicas: si te ibas al paro no había problema, tendrías para comer), se vivió una época de crecimiento económico que duró hasta la crisis de los años 70.

Esa crisis fue el resultado del agotamiento del modelo puesto en marcha: la gran empresa de producción en serie “saturó” los mercados, ya no había dónde vender lo que se producía. Además, ya no todo el mundo quería tener exacta- mente lo mismo que el vecino, quería algo un poco distinto: la estandarización de la producción entró en crisis. Había que fabricar, no la misma cosa en masa, sino muchas cosas distintas al mismo tiempo.

Llegados a esta crisis, de demanda, el caso es que durante el proceso de auge los empresarios (los “grandes” empresarios, vinculados directamente como ca- pitalistas al modelo Fordista), habían ganado mucho dinero; dinero que acos- tumbraban a reinvertir en su negocio. Pero ahora esa inversión ya no era ren- table… y querían seguir ganando tanto dinero como hasta el momento.

Ya no importa la evolución “real” de la empresa para determinar el valor de las acciones, ni tampoco la del Estado nación para establecer los interese de su deuda: acciones y deuda quedarán condicionadas a las apuestas de riesgo de los mercados secundarios; la evolución económica real, de empresas y Estados, va a depender de la especulación financiera.

(Y así, el empresario de la zapatilla mantendrá su empresa incluso aunque ge- nere pérdidas siempre que sus beneficios especulativos sean suficientes; si las apuestas de riesgo le van mal, la empresa cerrará).

Y eso es la globalización: grandes capitales (pocos en cuanto a titularidad) acumulados en la época precedente que decidieron inventar un nuevo espacio económico: el de la especulación financiera, basada en apuestas de riesgo so- bre lo que nos pasará, económicamente, a las personas normales.

Esa especulación financiera opera, gracias a las tecnologías de la información, en tiempo real, con inversiones que circulan entre las grandes bolsas del plane- ta, desde Tokio a Wall Street (y nunca deja de circular, pues según el planeta va girando, unas bolsas cierran y otras abren, pero siempre hay bolsas activas).

Y esas operaciones, además, se han sustraido a todo tipo de control, pues im- plican capitales sin nacionalidad; los grandes inversores pertenecen a mons- truos corporativos de difusa titularidad que evaden todo tipo de responsabilidad fiscal. La globalización implica, pues, también, que los Estados han dejado de tener capacidad de control y de gestión sobre la economía financiera: están supeditados a sus apuestas especulativas y no obtienen de ella absolutamente ningún recurso fiscal con el que poder financiar su funcionamiento. La globali- zación ha propiciado que la política (nacional) se haya puesto al servicio de la especulación financiera (transnacional y apartida).

¿Qué ha producido la combinación de la ideología neoliberal, y las medidas prácticas asociadas a ella en cuanto a políticas económicas, con la dinámica de la globalización?

Pues ha producido un mundo en el que las desigualdades han alcanzado cotas insospechables y en el que la pobreza se ha extendido indefinidamente. Manuel

Castells, en La era de la información, ha acuñado el concepto de Cuarto Mundo

para definir los efectos de la combinación de neoliberalismo y globalización.

No sólo se ha incrementado la desigualdad (la apropiación desigual de la rique-

za producida), sino que ha conducido a la polarización, es decir, se han agudi-

zado las diferencias entre los segmentos extremos de las poblaciones: los más ricos lo son mucho más que antes y los más pobres lo son también mucho más que antes. Además, los más ricos son cada vez menos en número mientras ca- da vez hay más gente que cae en la pobreza.

Lo que se ha generado es un incremento desconocido hasta la fecha de “exlu- sión social”, entendida ésta como un proceso según el cual se impide sistemáti- camente a las personas o a los grupos el acceso a una posición que les permiti- ría una subsistencia independiente.

Si antes de los años 70 el principal factor de exclusión social era no disponer de una actividad laboral remunerada, ahora, cada vez hay más trabajadores/as

que no obtienen de su trabajo recursos suficientes para subsistir de manera independiente.

Los datos que ofrece la ONU son más que indicativos: EL 1% de los hogares más acomodados del mundo acumula el 40% del total de recursos económicos globales, en tanto que el 10% de los hogares más desfavorecidos se reparte el 1% de la riqueza global. El 20% de la población más rica pasó, en el último tercio del siglo XX, de acumular el 70% del total de la riqueza a disponer del 85% de la misma; en tanto que el 20% más pobre pasó de tener el 2’3% de dicha riqueza a quedarse en el 1’4%; es decir, la desproporción entre los más ricos y los más pobres se duplicó, pasando de 30:1 a 60:1. Finalmente, a finales del siglo XX, 358 personas, las más ricas del mundo, acumulaban, sólo ellas, tanto dinero como aquel del que disponía el 45% de la población del planeta que habita en las zonas más desfavorecidas (más de 3000 millones de perso- nas).

Este desigual reparto de la riqueza hace que, en 2001, 830 millones de perso- nas pasen hambre cada día y de ellas, 200 millones son niños de menos de 5 años. Cada año mueren en el mundo de hambre 12 millones de niños (es decir, en lo que dure esta clase habrán muerto más de 1300 niños; a lo largo del día de hoy serán más de 30 mil). Lo aterrador, según Anthony Giddens es que:

“Sin embargo, más de tres cuartas partes de los niños malnutridos [de] menos de 5 años de los países de rentas de renta media y baja viven en lugares que, en realidad, producen un superávit de alimentos”.

Es terrible lo que pasa con los niños en el mundo. No sólo mueren millones de hambre, también lo hacen como niños soldado en guerras que se llevan a cabo con armas que los países desarrollados venden a los subdesarrollados. Son también millones los que se ven sometidos a la explotación laboral, pornográfi- ca o sexual. Lo cual indica lo absurdo de la situación a la que hemos llegado; en palabras de Manuel Castells:

“La sociedad (…) se devora a sí misma, a medida que consume/destruye un número suficientes de sus propios niños como para perder el sentido de la con- tinuidad de la vida a través de las generaciones, negando de este modo el futu- ro de los seres humanos como especie humana”

Ése es el mundo que “fabrica” la globalización neoliberal.

Ahora bien, el cuarto mundo, además de abarcar extensas zonas geográficas en las que se encuentran los países desfavorecidos, también se instala en el inter- ior de los países más desarrollados. El ejemplo paradigmático es EEUU, la ma- yor potencia económica nacional del planeta.

Sin embargo, dicha superioridad económica se sustenta, precisamente, en el incremento de la desigualdad, la polarización y la exclusión a nivel interno. Los sueldos de los altos directivos eran, en los 70, cerca de 50 veces el sueldo me- dio, pasando en los 90 a ser más de 170 veces superiores. Los salarios reales, excepto los más altos, han descendido en el último tercio del s. XX. A finales de ese siglo, 38 millones de estadounidenses eran pobres (casi el equivalente a la población total española).