Docsity
Docsity

Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity


Consigue puntos base para descargar
Consigue puntos base para descargar

Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium


Orientación Universidad
Orientación Universidad


escala de funcionamiento parental, Ejercicios de Psicología Familiar

es una escala que valora el funcionamiento parental desde el punto de vista del hijo o hija

Tipo: Ejercicios

2011/2012

Subido el 30/03/2023

adriana-salais
adriana-salais 🇲🇽

1 documento

1 / 36

Toggle sidebar

Esta página no es visible en la vista previa

¡No te pierdas las partes importantes!

bg1
Validación de un instrumento de medida para padres que sufren
Violencia Filio-Parental en sus familias.
pf3
pf4
pf5
pf8
pf9
pfa
pfd
pfe
pff
pf12
pf13
pf14
pf15
pf16
pf17
pf18
pf19
pf1a
pf1b
pf1c
pf1d
pf1e
pf1f
pf20
pf21
pf22
pf23
pf24

Vista previa parcial del texto

¡Descarga escala de funcionamiento parental y más Ejercicios en PDF de Psicología Familiar solo en Docsity!

Validación de un instrumento de medida para padres que sufren

Violencia Filio-Parental en sus familias.

La violencia filio-parental (a partir de ahora VFP), o violencia ascendente de hijos a padres, hace referencia al conjunto de conductas reiteradas de agresiones físicas, verbales o no verbales, dirigida a los padres o a los adultos que ocupan su lugar (Pereira, 2006). Cotrell (2001) define este fenómeno como las acciones realizadas por los hijos con el fin de obtener poder y control sobre los padres generando miedo en ellos, siendo su principal objetivo causar daño físico, psicológico o financiero a estos.

Fueron Harbin y Madden (1979) los primeros que identificaron este tipo de violencia familiar, a la que denominaron “síndrome de los padres maltratados”. Desde entonces, se han empleado numerosos términos para describir este fenómeno, tales como abuso de padres, violencia ascendente, de hijos a padres, hasta llegar al más utilizado actualmente, violencia filio-parental.

Tradicionalmente se asociaban los casos de violencia de los hijos hacia padres como agresiones ocasionales, de episodio único y sin antecedentes previos, como es el caso del parricidio. También se asociaban a casos en que el agresor se encontraba en un importante estado de disminución de la conciencia, como el autismo, el retraso mental o durante el curso de intoxicaciones. Se incluyen, además, otros trastornos mentales orgánicos o trastornos mentales graves con alta afectación del pensamiento (Pereira, 2011). Este autor, también considera la llamada “retaliación” en estos casos. Esto es, hijos que sufrieron maltrato o abuso en la infancia o fueron objeto de negligencia grave o abandono, que devuelven el maltrato cuando se invierten los papeles y son ellos los que cuidan de sus padres. En resumen, tradicionalmente se entendía la VFP como un problema que aparecía añadido a otro mayor, ya sea un trastorno psicopatológico grave o bien, la respuesta a una conducta de abandono o violencia previa.

En la actualidad parece existir un nuevo perfil en lo que se refiere a las agresiones ejercidas por los hijos, lo que Pereira y su equipo (2011) llaman la Nueva VFP. En estos casos, la violencia es entendida como el núcleo central del problema, y las agresiones son ejercidas con un niño, adolescente o joven aparentemente normalizado, que proceden de cualquier estrato social, con una conducta violenta extendida al ámbito familiar y que ocurre con alta frecuencia.

Recogiendo los datos expuestos anteriormente, la Asociación Altea-España (2008) elabora una definición que a día de hoy es la más completa y ajustada a la problemática actual. La VFP queda reflejada como “(…) todo acto realizado por los hijos contra sus padres, tutores o guardadores, con la finalidad de utilizarlos o tiranizarlos. Con esta actuación los hijos buscan causar daño y/o molestia permanente, utilizando la incomprensión como axioma; amenazan o agreden para dar respuesta a un hedonismo y nihilismo creciente; muestran conductas de desapego, transmitiendo a los padres que no los quieren. Se trata, en cualquier caso, de conductas reiteradas de violencia física (agresiones, golpes, empujones…), verbal (insultos repetidos, amenazas…) o no

verbal (gestos amenazadores, ruptura de objetos apreciados,…), dirigidas a los padres o tutores, por lo que debemos diferenciarla de los casos de violencia aislada (un único episodio), de la vinculada a trastornos mentales graves, al consumo de tóxicos y al parricidio” (p. 15).

Este nuevo fenómeno se ha incrementado de manera alarmante en la última década. Según los datos estadísticos ofrecidos por la Fiscalía General del Estado en su memoria del año 2014, se informa que las denuncias se han duplicado en los últimos años, pasando de 2.638 en el año 2007 a más 5.000 en el año 2011. En los años posteriores se observa un número descendiente de denuncias, llegando a 4.659 en el año 2013. Sin embargo, aunque los datos muestren un ligero descenso en la cantidad de denuncias anuales, desde el año 2011 los casos de violencia filio- parental empiezan a contabilizarse de forma aislada a los de otro tipo de violencia intrafamiliar. Por lo tanto, los datos muestran un constante ascenso. No obstante, se desconoce la prevalencia real existente en los casos de violencia filio-parental en nuestro país. Como se refleja en el estudio de Ibabe (2007), existen muchos casos ocultos que no llegan a las administraciones públicas. Las propias características del problema derivan en el secreto y ocultación del mismo, ya que cuestionan a los propios progenitores en su rol de padres, generando sentimientos de culpa y vergüenza (Pereira y Bertino, 2009).

Los primeros estudios realizados sobre esta temática intentaron argumentar la VFP recurriendo a variables explicativas tradicionales de violencia intrafamiliar, encontrando que los factores asociados a otro tipo de violencia, como la descendiente o de género, no se asocian de igual modo que cuando se aplican al campo de la violencia de hijos a padres (Cornell y Gelles, 1982; Harbin y Madden, 1979; Peek, Fischer y Kidwell, 1985). De hecho, las variables tradicionales únicamente han logrado explicar el 8,6% de la varianza (Peek et al., 1985). Como consecuencia, se considera fundamental ir más allá de los modelos tradicionales de violencia familiar y centrarse en modelos explicativos específicos de éste fenómeno en cuestión.

Existen numerosos modelos explicativos de la VFP en la literatura científica actual. Uno de los más aceptados es el modelo ecológico anidado que proponen Cotrell y Monk (2004). Estos autores, tomando como referencia el modelo ecológico de Bronfenbrenner, explican la violencia ascendente definiéndola como un fenómeno relacional en la que convergen variables de distinto orden de repercusión. Según estos autores, existen varios niveles de influencia implicados en la

VFP: microsistema, mesosistema, exosistema, macrosistema, y ontogénesis (Aroca, Lorenzo y

Miró, 2014; Castañeda, Garrido-Fernández y Lanzarote, 2014; González, 2012).

El microsistema se conforma por los contextos más cercanos a la persona, como la familia o la escuela. Incluye las variables referentes a comportamientos concretos de los miembros de un sistema en particular y las características de su composición (Agnew y Huguley, 1989; Harbin y

realizado por la Asociación Altea-España (2008) afirma que no existe relación entre la estructura familiar y la violencia ascendente, por lo tanto ésta no puede ser considerada como un factor de riesgo predisponente a una futura agresión.

Esta contradicción en cuanto a los resultados, la encontramos también en los estudios referentes al nivel socioeconómico de las familias. Algunos estudios sugieren que la VFP es más frecuente en familias de bajo nivel socioeconómico (Cotrell y Monk, 2004; Ibabe et al., 2007), sin embargo otros encuentran que se da en todos los estratos sociales (Peek et al., 1990). El grueso de los estudios encuadra el fenómeno dentro de una clase social media-alta (Agnew y Huguley, 1989; Gallagher, 2004; Nock y Kazdin, 2002; Pereira, 2006).

La experiencia previa de violencia en la familia como forma de resolución de conflictos es otro factor relevante (Gallagher, 2004; Garrido, 2005; Pereira y Bertino, 2009; Urra, 2006). Tomando como punto de apoyo la teoría del aprendizaje social de Bandura (1977), los hijos pueden aprender que la violencia puede ser un recurso resolutivo (Pereira y Bertino, 2009).

La VFP también parece correlacionar positivamente con los estilos educativos que no facilitan el ajuste emocional y social de los hijos necesarios para su correcto desarrollo (Aroca et al., 2014). Los estilos educativos, prácticas de crianza o estrategias de socialización, son las tácticas que usan los padres con sus hijos para educarles y orientarles en su desarrollo personal y en su integración social (Aroca et al., 2012; Torío, Peña y Rodriguez, 2008). Autores como Coloma (1993) los definen como esquemas de prácticas educativas paternas que se pueden reducir a unas pocas dimensiones, que cruzadas entre sí en diferentes combinaciones dan lugar a diversos tipos de educación familiar (Como se citó en Aroca et al., 2012). Estas dimensiones son: el control y la implicación afectiva ente entre los miembros de la familia (Torío et al., 2008). De la interrelación de estas variables que se producen en las prácticas educativas parentales surgen los diferentes estilos educativos.

Diana Baumrind (1968) fue la primera autora que se dedicó a investigar acerca de los estilos parentales y los efectos de la socialización familiar sobre la competencia de los niños y adolescentes (Como se citó en Oliva, Parra y Arranz, 2008). Más adelante, MacCoby y Martin (1983) enriquecieron la propuesta inicial de Baumrind estableciendo una tipología de 4 estilos parentales: autoritario, democrático o autoritativo, permisivo y negligente o indiferente (Aroca et al., 2012; Musitu y García, 2004; Oliva et al., 2008; Torío et al., 2008). Los tres primeros estilos ya fueron propuestos por Baumrind en sus estudios de socialización familiar. Siendo el estilo negligente propuesto por MacCoby y Martin (1983). Estos cuatro estilos descritos son el producto de combinar dos dimensiones fundamentales ya mencionadas anteriormente: el afecto y el control.

El afecto parental se refiere a la cantidad y calidad de dedicación de los progenitores para con sus hijos. Encuentra su fundamento teórico en trabajos que apoyan la idea de que la falta de atención, la poca ayuda parental y el bajo sentimiento de pertenencia familiar se vinculan con conductas antisociales o delictivas en sus hijos (Henggeler, 1989, como se citó en Aroca y Cánovas, 2012).

El control parental se refiere a las estrategias utilizadas por los progenitores para fijar normas y límites con los que construir tanto las demandas como el control del comportamiento del hijo (Aroca y Cánovas, 2012). Numerosos estudios concluyen que los progenitores de jóvenes antisociales habitualmente utilizaban estrategias de disciplina que no conseguían controlar las conductas de sus hijos por su ineficacia, a causa de una supervisión inadecuada.

Por lo tanto, a partir de las anteriores dimensiones en interacción se llega a los siguientes estilos parentales. El estilo democrático tendría puntuaciones altas tanto en control como en afecto, el estilo autoritario puntuaría alto en control y bajo en afecto. Siguiendo en esta línea, el estilo permisivo puntuaría alto en afecto, pero bajo en control, y ya por último el estilo negligente o indiferente puntuaría bajo en ambas dimensiones (Aroca y Cánovas, 2012; Torío et al., 2008).

Existen estudios que diferencian dos factores diferentes en la dimensión de control. Uno es el control de la conducta y otro el control psicológico. El primero, hace referencia a la conducta del progenitor hacia su hijo con el objeto de dirigir la acción de éste de una manera deseable. A través de la guía y del control que ejercen los otros aprendemos a regular y controlar nuestra conducta de manera autónoma (Aroca y Cánovas, 2012). El control psicológico se refiere a estrategias intrusivas y manipuladoras, como la inducción de culpa o la retirada de afecto, utilizadas por los padres cuando el adolescente muestra un comportamiento que ellos no aprueban. Se trata de prácticas que violan claramente la individualidad del menor impidiendo el desarrollo de su autonomía e identidad personal (Oliva et al., 2008).

En función a esta tipología, los estilos educativos que más probable hacen la aparición de violencia ascendente son el autoritario, permisivo y negligente (Cotrell y Monk, 2004), siendo el estilo democrático el que se considera más ventajoso (Urra, 2006).

Tradicionalmente se ha vinculado la VFP a familias muy autoritarias, que ejercen un gran control sobre los menores e incluso hacen uso frecuente del castigo físico corporal como estrategia de disciplina (Gallagher, 2004: Garrido, 2005). En la actualidad, aunque no se pueda establecer ninguna relación causa-efecto, la mayoría de los autores apuntan hacia la excesiva permisividad, la sobreprotección y la negligencia como patrones educativos (Laurent y Derry, 1999; Pérez y Pereira, 2006; Urra, 2006).

controladores en exceso, ya que hace aumentar las tensiones y conflictos cuando los hijos empiezan a demandar una mayor autonomía. Hace referencia a lo que previamente habíamos descrito como control psicológico , esto es, estrategias intrusivas y manipuladoras que, en cierta medida, violan la individualidad del menor. En esta línea, se consideran que estos padres serían excesivamente controladores e intrusivos en las vidas de sus hijos, dispuestos a satisfacer todos sus deseos toman las decisiones por ellos y no les enseñan a ser autónomos por miedo a que se equivoquen o perderlos (Pereira y Bertino, 2009; Pereira 2011; Urra, 2006). En las primeras etapas evolutivas, este estilo se ve reforzado. Sin embargo, el nivel de conflicto iría en aumento a medida que los menores demanden mayor autonomía. La conducta violenta aparecería como forma de obtener control sobre sus vidas (Cotrell y Monk, 2004).

Cuando el estilo de crianza se caracteriza por una excesiva ausencia de disciplina y fracaso en el rendimiento parental, los padres pueden llegar al extremo de la negligencia (Laurent y Derry, 1999). Cuando los padres no son capaces de cumplir su papel como padres adultos, en ocasiones los adolescentes son los que se ven obligados a asumir este rol. Esta carga puede ser abrumadora para algunos, recurriendo así a la conducta violenta como medio para rechazar el papel de adultos (Laurent y Derry, 2009).

También, se destaca la no congruencia en el estilo educativo en la pareja o incluso en el mismo progenitor como factor de riesgo relevante (Agnew y Huguley, 1989; Aroca et al., 2014; Cotrell y Monk, 2004; Ibabe et al., 2007). Excesiva contradicción puede llevar a que el menor no encuentre las situaciones predecibles generando frustración, rabia e impotencia llegando al uso de la conducta agresiva como medio para imponer su propio criterio.

Un concepto que emerge del estudio de la familia, y que está vinculado a esta concepción, es el de coparentalidad. Consiste en la colaboración de dos figuras parentales en la educación de los hijos (Feinberg, 2003). Según este autor, la coparentalidad solo se circunscribe a los aspectos de la relación entre dos figuras parentales respecto a la tarea educativa hacia el menor, sin implicar que los roles en cuanto a la autoridad y responsabilidad sean equitativos para ambos adultos (como se citó en Rivadeneira, 2013). McHale, Kuersten y Rao (2004) lo definen en función del grado de coordinación entre la pareja en sus roles parentales, e implica compartir la responsabilidad de criar a un hijo.

Este término parte de la concepción sistémica de la figura de los padres como subsistema cuya misión es regular las interacciones familiares. Se distingue de la relación de pareja entre los padres y los estilos educativos en el sentido que, mientras los estilos parentales describen prácticas de crianzas de ambos progenitores en sus interacciones individuales con su hijo, la coparentalidad se refiere a la interacción de ambos padres, como equipo ante su hijo.

En la literatura, el término coparentalidad se ha conceptualizado de diversas formas, aunque la mayoría de los modelos proponen la comprensión de este constructo de modo multidimensional (Feinberg, 2003; Marsanic y Kusmic, 2013; McHale et al., 2004). Tampoco existe un claro acuerdo en las dimensiones incluidas en este concepto, aunque la mayoría de los estudios aluden a las que se mencionan a continuación: cooperación, acuerdo en la educación, conflicto y triangulación.

Según los anteriores autores mencionados, la cooperación se refiere al grado de intercambio de información de los padres respecto a su hijo, el apoyo y respeto mutuo como padres, así como la transmisión de un clima de acuerdo y lealtad. El acuerdo en la educación está relacionado con el grado en que las figuras parentales están de acuerdo o desacuerdo con aspectos educativos que incluyen expectativas conductuales, las necesidades emocionales y la interacción con los pares. El conflicto se define como el grado de peleas o disputas que mantienen los padres sobre la educación de os hijos, así como el debilitamiento del criterio del otro padre a través de la crítica, el menosprecio o la culpa. Por último, la triangulación incluye la formación de coaliciones entre el hijo y uno de los progenitores, así como la participación del menor en los conflictos parentales.

Otros autores, como Pereira (2011), proponen el conflicto parental como uno de los factores familiares que favorecen la aparición de la VFP. En los casos en los que exista una relación excesivamente conflictiva entre ambos progenitores, que incluso lleguen a atacarse delante de sus hijos, puede llevar a una triangulación en la que se utiliza al menor para atacar al cónyuge, buscando su alianza. Normalmente este tipo de situaciones conducen a la inconsistencia y el desacuerdo sobre cómo educar a los hijos.

Como ya se ha expuesto anteriormente, la VFP está también estrechamente ligada a la vinculación afectiva de los progenitores con su hijo. No solamente es relevante para explicar y comprender los distintos estilos educativos, sino que ha sido frecuentemente estudiada como un factor independiente en el surgimiento de este fenómeno. Los resultados arrojados por los estudios revisados han mostrado ser contradictorios. Existen estudios que correlacionan la baja expresión afectiva, con la consecuente privación emocional que conlleva, como factor determinante de riesgo en la manifestación de la agresividad (Gámez-Guadix, Jaureguizar, Almendros y Carrobles, 2012). El mismo estudio considera niveles de afecto elevados como un factor de protección frente a la agresión física de hijos a padres.

Sin embargo, existe mucha bibliografía que defiende resultados opuestos, vinculando las relaciones extremadamente afectivas y fusionadas como factor de riesgo en el desarrollo de la VFP. La conducta agresiva se explica como un intento primitivo de alejamiento en una relación en

La finalidad de este instrumento es la evaluación de habilidades de funcionamiento de estos padres, identificando sus puntos fuertes y débiles en su labor como progenitores. Entendiendo las habilidades disfuncionales o puntos débiles como un factor contribuyente a la aparición del comportamiento violento de sus hijos. Esto ayudaría a un mejor diseño de una estrategia de intervención eficaz y personalizada para cada familia.

Después de todo lo revisado y expuesto anteriormente, consideramos de gran importancia incluir en nuestro instrumento ítems relacionados con las dimensiones de vinculación afectiva, control conductual , control psicológico y coparentalidad, dada la gran implicación que tienen cuando se presentan a un nivel disfuncional en los padres en el surgimiento de la VFP. A pesar de que las dimensiones de vinculación afectiva y control conductual combinadas entre sí dan lugar a los estilos educativos o de socialización revisados en la literatura, nuestra intención es evaluar de forma independiente estas dos dimensiones.

MÉTODO

Participantes

Para la realización de este estudio se ha contado con una muestra de padres y madres, con hijos adolescentes de entre 13 y 18 años (Media= 15,78; Desviación Típica= 1,07), que sufren violencia filio-parental (VFP) en sus familias. Todos ellos son usuarios del programa recURRA- GINSO, específico de VFP, en el que están actualmente en tratamiento. A pesar de que la sede de este programa se encuentra en la Comunidad de Madrid, las familias participantes pertenecen a distintas provincias españolas, siendo en este sentido, la muestra bastante heterogénea.

La Escala de Funcionamiento Parental (EFP) se administró a un total de 105 padres y madres, acompañada de un cuestionario de recogida de datos sociodemográficos. Se seleccionaron sólo aquellos cuestionarios que se habían completado adecuadamente, siendo estos un total de 103. De ellos, 45 eran hombres y 58 mujeres. La edad de los padres osciló entre los 37 y 60 años (Media= 50,11; Desviación Típica= 4,62) y la de las madres entre los 37 y los 61 años (Media= 49,30; Desviación Típica= 4,93).

Con relación al estado civil, 76 de los participantes (73,8 %) están casados o conviven en pareja en situación análoga al matrimonio, 23 de ellos (21,4 %) están divorciados o separados, 3 (2,9 %) están solteros y solo 2 (1,9 %) están viudos. De todos ellos, 96 (94,2%) comparten la crianza de los hijos con su pareja o con el progenitor de sus hijos en el caso en el que estén separados o divorciados, siendo únicamente 6 participantes (5,8%) los que no comparten la

responsabilidad del menor con otro adulto, dedicándose a esta labor en exclusividad un único progenitor. La mayoría de los participantes de esta muestra tienen un nivel socioeducativo medio- alto, medido en función al nivel de estudios (78 de los 103 padres tiene estudios superiores; lo que corresponde con un 75,7%) y los ingresos anuales medios de la familia (74 tiene ingresos superiores a 30.000 € anuales, es decir, un 70,8%).

El tiempo total en el que llevan participando en el programa es recogido en función al número de meses. Según los datos ofrecidos por el programa recURRA-GINSO, el tiempo medio de tratamiento hasta recibir el alta es de 9,5 meses aproximadamente. La muestra de padres que participan en este estudio oscilan entre 1 y 13 meses (Media= 5,91; Desviación Típica= 3,19), estando la mayoría en el ecuador del tratamiento.

Proceso de elaboración de la escala

Para la elaboración de los ítems de la escala se procedió a realizar un estudio cualitativo de los factores parentales influyentes en la conducta violenta de estos jóvenes, realizado en un taller para padres participantes del programa recURRA-GINSO en Marzo del 2014. De ahí se recogió un listado de conductas específicas propuestas por los padres que transformadas a ítems resultaron un total de 120. También se llevó a cabo una revisión de instrumentos psicométricos elaborados en la literatura para la medición de las principales dimensiones que queremos recoger en este instrumento: PSPI (Paulson, 1996, como se citó en Touliatos et al., 2001), PSDQ (Robinson et al., 1995, como se citó en Touliatos et al., 2001) o EA-P/ENE-P (Bersabé et al., 2001). Se contó también con la opinión de expertos en la materia, así como con la observación en clínica de los mismos.

El resultado de este proceso de elaboración de la escala se corresponde con la obtención de los 55 ítems que forman parte de la versión original de la EFP. El conjunto de ítems obtenido se agrupó de forma teórica en un total de 10 factores englobando las cuatro dimensiones que originalmente se tenía previsto medir. La dimensión de vinculación afectiva quedó constituida por tres factores, incluyendo 5 ítems para medir el “ afecto físico ”, 5 para evaluar el “ apoyo- contención ” y 4 para la “ comunicación-interacción ”. La denominación de los factores se hizo en base al contenido de los ítems. A pesar de que todos están relacionados con la vinculación afectiva , se consideró que englobaban distintos aspectos concernientes a dicha dimensión. El control conductual quedó compuesto por otros tres factores, tomando como fundamento el modelo clásico de Baumrind (1968), incluyendo 4 ítems para evaluar “ control rígido o autoritario ”, 8 ítems para “ control democrático o autoritativo ” y 4 ítems para medir “ control indulgente o permisivo ”. El control psicológico se dividió en 2 factores, 6 ítems componen el factor “ intrusividad- manipulación ” y 9 miden “ sobreprotección ”. Por último, la última dimensión, la coparentalidad ,

A los padres no asistentes a la sesión grupal, se les envió una versión online del cuestionario de forma privada por sus terapeutas en la que podían participar de forma voluntaria. La mayoría de los participantes de este estudio, 89 padres (86,4%), contestaron de forma presencial, siendo una minoría, 14 padres (13,6%), los que se prestaron a responder al cuestionario de forma online.

Análisis de datos

Para el análisis estadístico se ha empleado la aplicación IBM SPSS Statistics 22. Las herramientas y técnicas utilizadas se explican a continuación. Uso de análisis descriptivos de las variables sociodemográficas usando media y desviación típica en las variables cuantitativas y tablas de frecuencia y porcentajes en las variables cualitativas. El índice de validez de contenido (IVC) de Lawshe de cada ítem e índice de validez aparente (IVA), también llamado índice de concordancia simple (IC), para analizar la validez de contenido del test. Para la validación de la escala se realizó un Análisis Factorial Exploratorio, usando la técnica de Componentes Principales y rotación Varimax. La consistencia interna del test se calculó a partir del coeficiente de fiabilidad “alfa” de Cronbach. Además, también se hallaron otras medidas estadísticas, como el uso de la prueba de diferencias de medias “t” de Student y su alternativa no paramétrica Mann-Whitney para el análisis de la validez discriminante del test y una correlación de Pearson para relacionar cada una de las dimensiones con la variable “ tiempo de tratamiento ”.

RESULTADOS

El primer análisis realizado fue el de la validez de contenido del instrumento. Como ya se ha expuesto anteriormente en este trabajo se encomendó a 3 jueces expertos en VFP la realización de dos tareas. La primera referente a la valoración de la utilidad del ítem para formar parte del instrumento. Siguiendo los criterios de esencialidad habituales (Media > 2,50; Índice de validez de contenido (IVC) de Lawshe >= 0,67; Índice de concordancia simple (IC >= 1) se eliminaron aquellos ítems que no los cumplían. Quedando así descartados 12 ítems en total para el resto de los análisis.

Un total de 28 ítems tuvieron un IVC igual a la unidad, puesto que todos los jueces expertos estuvieron de acuerdo en calificarlos con la máxima puntuación de utilidad, es decir, con un 3.

Se encontraron 15 ítems que aunque sus índices descriptivos eran algo menores al criterio establecido, al menos fueron clasificados por 2 de los 3 jueces como esenciales. Por lo tanto,

optamos por mantenerlos en el estudio para analizar su comportamiento en el resto del proceso de análisis.

La segunda tarea acordada a los jueces fue clasificar los ítems en la dimensión a la que consideraban que pertenecían. El grado de concordancia entre los jueces y la autora fue muy elevado, por lo tanto, no se retiró ningún ítem después de este proceso.

En conclusión, se construyó una primera versión provisional de la escala compuesta por 43 ítems. Esta es la que se aplicó posteriormente a la muestra de participantes del estudio, y sobre la que se realizó el estudio de la validez de constructo que se presenta a continuación.

Para el análisis factorial del instrumento, se decidió dividir la escala en dos partes. El hecho de que la dimensión de Coparentalidad solamente pudiese ser respondida en función a la pareja, los padres divorciados, solteros o viudos que no comparten la crianza de los hijos con otro progenitor o pareja no pudieron contestar a estos ítems. Por lo tanto, con la finalidad de no perder a estos participantes se decidió realizar este análisis de forma independiente al resto de los ítems. Por un lado, se analizaron los ítems que pueden ser respondidos por cualquier participante (36 ítems), y por otro, los que no pueden ser respondidos por las familias monoparentales (7 ítems).

En esta primera parte se pudo comprobar que los participantes no respondieron a la totalidad de los ítems a pesar de que se les había solicitado que no dejasen respuestas en blanco. Se sospecha que es debido a un olvido o despiste y no relacionado con la comprensión de los enunciados, ya que en ninguna ocasión se repitió ningún número de ítem en blanco. Sólo se dispuso del 100% de las respuestas de estos 36 ítems en 92 de los participantes (89,3%). Para evitar la pérdida de datos, aunque fuese minoritaria (10,7%), se optó por realizar una imputación de los datos faltantes mediante el método de regresión lineal múltiple que implementa SPSS-22. En consecuencia, el análisis que se presenta a continuación se realizó con la matriz de datos completa (N= 103 para todos los ítems).

El primer paso del análisis de validación, fue el uso del Análisis Factorial Exploratorio (AF) que nos permitió descubrir qué ítems son válidos y cuál es la estructura factorial que subyace a los mismos. Para el proceso de extracción de factores, se decidió emplear el método de Componentes Principales. Para la rotación de factores, se utilizó el método Varimax, suponiendo independencia entre los mismos. Se fijó como criterio de validez de un ítem presentar una carga factorial de al menos 0,400. Así mismo, se estableció para la definición de un factor, contener un mínimo de 3 ítems.

Previo al análisis, se realizaron pruebas para comprobar la adecuación de la muestra y del uso de la técnica al conjunto de ítems.

Tras la revisión del enunciado de los ítems que saturan en cada una de las dimensiones encontradas, se concluye que:

El primer factor que explica casi un 18% de la varianza y está formado por 5 ítems (42, 33,41, 31 y 23) es la dimensión “ Comunicación-Interacción ”.

El segundo factor, que explica un 12,39% de la varianza empírica mediante 4 ítems (26, 17, 36 y la inversión del ítem 43), se corresponde con la dimensión teórica “ Control conductual indulgente ”.

Tabla 2 Análisis Factorial Exploratorio. Escala de Funcionamiento parental. N=103. Componentes Principales con rotación Varimax (KMO=0,748; Bartlett: P<,000) Saturaciones (peso factorial) > 0, 400 Ítem Enunciado Fac. 1 Fac. 2 Fac. 3 Fac. 4 Fac. 5 42 Facilito la expresión de sentimientos en mi hijo/a, tanto positivos como negativos.

, 795 33 Muestro interés y motivación por la vida de mi hijo/a. , 793 41 Percibo y tengo en cuenta las necesidades de mi hijo/a. , 770 31 Sacrifico parte de mi descanso o aficiones para compartir tiempo con mi hijo/a y atender sus demandas afectivas.

, 740 23 Animo a mi hijo/a a que hable conmigo de los temas que le preocupan o interesan.

, 722 26 A pesar de que intento marcar límites, el afecto que tengo hacia mi hijo/a hace que ceda a sus demandas. , 821 17 Le digo que sí a todo lo que me pide. , 709 36 Evito decirle nada a mi hijo/a cuando incumple las normas con tal de no discutir.

, 677 43 - R Me mantengo firme en los acuerdos que alcanzo con mi hijo/a. , 671 39 Agobio a mi hijo/a porque siempre estoy pendiente de él/ella. , 785 10 Doy espacio a mi hijo/a para que cumpla con los acuerdos alcanzados sin hipervigilar ni transmitir que desconfío en que los cumpla.

, 760 19 Intento controlar la vida de mi hijo/a en todo momento. , 683 29 Me preocupo y desconfío de mi hijo/a cada vez que sale a la calle. , 588 24 Considero que los padres siempre llevan la razón. , 741 34 En mi casa se siguen mis normas, sin dar lugar a la negociación. , 675 14 Impongo normas a mi hijo/a, y las argumento con frases del tipo: “Esto se hace porque yo lo digo”.

, 668 4 Impongo castigos muy duros a mi hijo para que aprenda y nunca más vuelva a desobedecer.

, 542 12 Muestro comprensión cuando mi hijo/a está dolido/a, frustrado/a o decepcionado/a.

, 700 1 Expreso afecto con abrazos, besos y caricias a mi hijo/a. , 662 40 Alimento el sentimiento de que estar con mi hijo/a es disfrutar de él/ella. , 607 % de Varianza total explicada 17, 96 12, 39 11, 36 10, 51 8, 89 % Acumulado de Varianza 17, 96 30, 35 41, 71 52, 22 61, 11

El tercer factor que explica un 11,36% de la variabilidad total y que está formado por 4 indicadores (39, 10, 19 y 29) corresponde a la dimensión “ Control psicológico – Sobreprotección ”.

El cuarto, con un 10,51% de la variabilidad explicada a través de otros 4 indicadores (24, 34, 14 y 4) define la dimensión “ Control conductual rígido ”.

El quinto y último factor, que añade un 8,89% de la varianza explicada, está formado por 3 ítems (12, 1 y 40) y corresponde a la dimensión teórica “ Vínculo afectivo ”.

Posteriormente a este análisis, se procedió a realizar el Análisis Factorial de los ítems que únicamente podían ser respondidos por los padres que compartían la crianza con sus hijos con su pareja o progenitor del menor. De la muestra inicial de 103 participantes, solamente 89 respondieron a esta parte. A pesar de que en la encuesta de datos sociodemográficos 97 padres (94,2%) afirmaron compartir la crianza de los hijos con otro adulto.

Como ya ocurrió en el análisis anterior, no todos los participantes respondieron a la totalidad de los ítems, dejando en blanco alguno de ellos. Se dispuso del total de respuestas en 84 sujetos (94,4%). Ante esta situación, se procedió de la misma manera que en el paso anterior, realizando una imputación mediante SPSS-22 con el método de regresión lineal múltiple que rellena los valores faltantes (5,6%). Por lo tanto, los análisis posteriores se realizaron con la totalidad de respuestas en los 89 sujetos.

También se comprobó en este paso la adecuación muestral KMO, resultando un valor de 0,822 que garantizó que la muestra era adecuada. La ratio sujeto/ítem fue muy superior a la necesaria. El determinante de la matriz de correlaciones entre ítems fue próximo a 0 (0,009) indicando la existencia de suficientes correlaciones significativas entre los mismos. Por su parte, el

test de esfericidad de Bartlett obtuvo un valor χ^2 (134,19; 6 gl) altamente significativo (P<0,000)

que rechaza la hipótesis de esfericidad y confirma la existencia de correlaciones entre los ítems que permite la extracción de dimensiones teóricas subyacentes.

Tabla 3 Análisis Factorial Exploratorio. Escala de Funcionamiento Parental. Subescala de Coparentalidad. N=89. Componentes Principales (KMO=0,822; Bartlett: P<,000). Saturaciones (peso factorial) > 0, 400 Ítem Enunciado Fac. 1 R- 52 Soy incapaz de alcanzar una línea y criterio con (mi pareja)_ transmitiendo consistencia, coherencia y complicidad ante nuestro hijo/a.

, 756 53 (mi pareja)_ y yo solemos estar de acuerdo ante las normas, límites y castigos que ponemos a nuestro hijo/a.

, 730 R- 47 (mi pareja)_ y yo tenemos ideas y criterios diferentes sobre cómo educar a nuestro hijo/a , 690 49 Estoy de acuerdo con (mi pareja)_ sobre los valores que queremos transmitir a nuestro hijo/a.

, 451 % de Varianza total explicada 65, 69