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Asignatura: tendencias historiograficas, Profesor: , Carrera: Historia, Universidad: US
Tipo: Apuntes
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Tendencias historiográficas II. Historia Moderna LA ESCUELA DE ANNALES. TEXTOS
1. La Historia que atacan los fundadores de Annales****. 1.1. C. V. LANGLOIS y C. SEIGNOBOS (1897), Introducción a los estudios históricos , Madrid, 1913, 335-338. “No es la historia otra cosa que el aprovechamiento de los documentos. Ahora bien, depende de accidentes fortuitos que los documentos se hayan conservado o se hayan perdido. De donde, en la constitución de la historia el papel predominante del azar. La cantidad de los documentos que existen, ya que no de los documentos conocidos, es limitada. El tiempo, a despecho de todas las precauciones que se han adoptado en nuestros días, la disminuye sin cesar y no aumentará jamás. La historia dispone de cierta cantidad fija de documentos, y esta misma circunstancia limita los progresos de la ciencia histórica. Cuando todos ellos sean conocidos y hayan pasado por las operaciones que los hacen utilizables, la obra de la erudición habrá terminado. Para algunos períodos antiguos, en que los documentos son escasos, se prevé ya que en el espacio de una o dos generaciones a lo sumo habrá que detenerse. Los historiadores se verán entonces obligados a replegarse cada vez más en los períodos modernos. La historia no realizará, por tanto, el ensueño que en el siglo XIX ha inspirado a los románticos tanto entusiasmo por los estudios históricos, no descubrirá el misterio de los orígenes de las sociedades, y, por falta de documentos, permanecerá siempre oscuro el origen de la evolución de la humanidad. No recoge el historiador personalmente los materiales necesarios para la historia, mediante la observación, como se hace en las demás ciencias, sino que trabaja sobre hechos transmitidos por observadores que le precedieron. El conocimiento no se obtiene en historia por procedimientos directos, como en las demás ciencias, es indirecto. La historia no es, como se ha dicho. ciencia de observación, sino de razonamiento. Par utilizar estos hechos observados en condiciones desconocidas, hay que hacerlos pasar por el tamiz de la crítica, y la crítica consiste en una serie de razonamientos por analogía. Los hechos que da permanecen aislados, dispersos. Para organizarlos en construcción, hay que representárselos y agruparlos conforme a su semejanza con hechos actuales, operación que se realiza también por medio del razonamiento por analogía. Este necesidades impone a la historia un método excepcional. Para hacer sus razonamientos por analogía, le es necesario combinar siempre el conocimiento particular de las condiciones en que tuvieron lugar los hechos pasados y la inteligencia general de las condiciones en que se producen los hechos humanos. Procede haciendo repertorios particulares de los hechos de una época pasada y, aplicándolos cuestionarios generales fundados en el estudio del presente. Las operaciones que se está obligado a hacer para terminar, partiendo de la inspección de los documentos, en el conocimiento de los hechos y de las evoluciones del pasado, son muy numerosas. De donde la necesidad de división y de organización del trabajo en historia. Es precios que los que se ocupan especialmente de la investigación, de la restauración y de la clasificación provisional de los documentos coordinen su esfuerzos, para que se acabe lo más pronto posible, en las mejores
condiciones de seguridad y de economía, la obra preparatoria de la erudición. Es preciso, por otra parte, que los autores de síntesis parciales (monografías), que está destinadas a servir de materiales para síntesis más vastas, se pongan de acuerdo para trabajar según el mismo método, de suerte que los resultados de cada uno puedan ser, sin investigaciones previas, utilizadas por los demás. Es preciso, finalmente, que investigadores experimentados, renunciando a fines personales, consagren todo su tiempo a estudiar síntesis parciales, a fin de combinarlas de una manera científica en construcciones generales. Y si de estos trabajos resultasen con evidencia conclusiones acerca de la naturaleza y las causas de la evolución de las sociedades, se habría constituido una «filosofía de la historia» verdaderamente científica, que los historiadores podrían reconocer como legítimo remate de la ciencia histórica. Puede pensarse que llegará un día en que, gracias a la organización del trabajo, todos los documentos habrán sido descubiertos, depurados y puestos en orden, y establecidos todos los hechos cuya huella no se haya borrado. Ese día estará constituida la historia, pero no estará fijada, sino que seguirá modificándose a medida que el estudio directo de las sociedades actuales, haciéndose más científico, haga comprender mejor los fenómenos sociales y su evolución. Porque las ideas nuevas que se adquirirán sin duda de la naturaleza, de las causas, de la importancia relativa de los hechos sociales, seguirán transformando la imagen que nos formamos de las sociedades y de los acontecimientos del pasado.” 1.2. E. DURKHEIM, C. SEIGNOBOS, y otros, «Debate sobre la explicación en historia y en sociología» (1908), en E. DURKHEIM, Las reglas del método sociológico y otros escritos sobre filosofía de las ciencias sociales , Madrid, Alianza Editorial, 1988, 294 - 296. “SEIGNOBOS.- No hablamos de los mismo hechos, yo hablo sencillamente de los acontecimientos, de los hechos históricos que sólo se han producido una vez. DURKHEIM.- ¿Pero qué diremos de un biólogo que no considerase su ciencia más que como un relato de los acontecimientos del cuerpo humano, sin estudiar las funciones de este organismo? Y, por otra parte, usted mismo ha hablado de las religiones, de las costumbres y de las instituciones. SEIGNOBOS.- He hablado de ellos como de la segunda hilera de fenómenos que estudia el historiador, y respecto de la cual se siente más incómodo. DURKHEIM.- Pero usted no puede comprender nada de los acontecimientos propiamente dichos, de los hechos, de las alteraciones y de los cambios, no puede estudiarlo lo que denomina la primera hilera si no conoce antes todo, las religiones y las instituciones que son la osamenta de la sociedad. SEIGNOBOS.- Es un interrogante. DURKHEIM.- ¿Reconoce al menos que en lo que concierne a las instituciones, las creencias o las costumbres, los móviles conscientes de los agentes ya no gozan del privilegio que les atribuía en lo concerniente a los acontecimientos? SEIGNOBOS.- No digo que en este caso carezcan de valor las hipótesis de los agentes, lo que digo es que precisa una crítica más vigilante antes de admitir esos motivos, pues también en este caso es a los motivos conscientes a lo que llegamos en primer lugar.
Ceremonial de los Godefroy los documentos relacionados con la consagración de los reyes de Francia. Estaba lejos de imaginar en ese momento la verdadera extensión de la tarea que emprendía; la amplitud y la complejidad de las investigaciones a que me vi llevado, sobrepasaron en mucho mis previsiones. ¿Tuve razón en perseverar, a pesar de todo? Me temo que las personas a las que les confié mis intenciones, debieron considerarme más de una vez víctima de una curiosidad algo extravagante, y en definitiva bastante vana. ¿En qué camino oblicuo me había metido? «This curious by- path of yours», me decía un amable inglés. Sin embargo, pensé que este camino torcido merecía ser seguido y creí advertir, por experiencia, que llevaría bastante lejos. Consideré que podría hacerse historia con lo que hasta entonces no era más que una anécdota. Estaría fuera de lugar que en esta Introducción justificara en detalle mi proyecto. Un libro debe llevar en sí su apología. Simplemente quería indicar aquí, muy brevemente, cómo concebí mi trabajo y cuáles fueron las ideas directrices que me orientaron en él. No era cosa de estudiar los ritos de curación aisladamente, separados de todo ese conjunto de supersticiones y leyendas que constituye lo «maravilloso» monárquico. Habría sido condenarse de antemano a no ver en ellos más que una ridícula anomalía, sin vinculación alguna con las tendencias generales de la conciencia colectiva. Por eso me serví de ellos como de un hilo conductor que permitiera estudiar el carácter sobrenatural que se le atribuyó por largo tiempo al poder real, sobre todo en Francia y en Inglaterra, lo que se podría denominar la realeza «mística», utilizando un término que los sociólogos han desviado ligeramente de su significación primera. ¡La realeza! Su historia domina toda la evolución de las instituciones europeas. Casi todos los pueblos de la Europa occidental han sido gobernados por reyes hasta nuestros días. El desarrollo político de las sociedades humanas en nuestros países se ha resumido casi únicamente, y durante un prolongado período, en las vicisitudes del poder de las grandes dinastías. Mas para comprender lo que fueron las monarquías de antaño, para explicar sobre todo su vasto ascendiente sobre los hombres, no basta con aclarar hasta el último detalle el mecanismo de la organización administrativa, judicial, financiera, que ellas les impusieron a sus súbditos. Tampoco basta con analizar en abstracto, o tratando de deducirlos de algunos grandes teóricos, los conceptos de absolutismo o de derecho divino. Es preciso también penetrar en las creencias y hasta en las fábulas que florecían en torno de las casas reinantes. En muchos aspectos, todo este folklore nos dice más que cualquier tratado doctrinario. (...) Por supuesto, Claude d’Albon no creía que esas «virtudes y poderes divinos» fueran la única razón de ser del poder real. Y no es necesario declarar que yo tampoco lo pienso. Con el pretexto de que los reyes del pasado, incluidos los más grandes - un San Luis, un Eduardo I, un Luis XIV-, de manera semejante a los curanderos de nuestros campos, pretendían curar las enfermedades por simple tacto, nada sería más ridículo que no ver ellos sino unos hechiceros. Fueron jefes de Estado, jueces, comandantes en las guerras. Mediante la institución monárquica, las sociedades antiguas satisfacían un cierto número de necesidades eternas, perfectamente concretas y de esencia absolutamente humana, que las sociedades actuales sienten de modo parecido y que siempre procuran satisfacerlas, generalmente, por otros medios. Pero, después de todo, un rey era algo muy distinto de un simple alto funcionario a los ojos de sus pueblos fieles. Lo rodeaba una «veneración», que no tenía su origen únicamente en los servicios prestados. ¿Cómo podríamos comprender este sentimiento de lealtad, que ciertas épocas de la historia alcanzó una tal fuerza y un acento tan particular, si nos
negásemos, de propósito, a ver una aureola sobrenatural alrededor de las testas coronadas? No examinaremos aquí esta concepción de la realeza «mística» en su origen y en sus comienzos. Sus fuentes se le escapan al historiador de la Europa medieval y moderna; se le escapan, en rigor, a la historia a secas. Únicamente la etnografía comparada parecería poder arrojar alguna luz sobre el tema. Las civilizaciones de las que surgió inmediatamente la nuestra recibieron esta herencia de civilizaciones más antiguas todavía, perdidas en las sombras de la prehistoria. ¿Quiere esto decir que sólo encontraremos aquí, como objeto de nuestro estudio, lo que suele llamarse un poco desdeñosamente una «supervivencia»? (...) No la explicaremos, pues, en sus orígenes, puesto que para hacerlo tendríamos que salirnos del campo de nuestro estudio; pero la explicaremos en su perduración y en su evolución, lo que es también una parte, y muy importante, de la explicación total. En biología, explicar la existencia de un organismo no es sólo investigar su padre y su madre; es también determinar los caracteres del ambiente que le permite vivir, a la vez que le obliga a modificarse. Ocurre lo mismo - mutatis mutandis - con los hechos sociales. En suma, lo que he querido dar aquí es fundamentalmente una contribución a la historia política de Europa en sentido amplio, en el verdadero significado de esta palabra. Por la fuerza misma de las cosas, este ensayo de historia política debió adoptar la forma de un estudio de historia comparada; pues Francia e Inglaterra por igual contaron con reyes médicos, y en cuanto a la realeza maravillosa sagrada, ella fue común a toda la Europa occidental: circunstancia feliz si, como creo, la evolución de las civilizaciones de las que somos herederos, sólo se nos presentará más clara el día que sepamos considerarlas fuera del marco demasiado estrecho de las tradiciones nacionales.” 2.2. Lucien FEBVRE, «De 1892 a 1933. Examen de conciencia de una historia y de un historiador», en Combates por la historia , Barcelona, 4ª edición, Ed. Ariel, 1975, 20 - 23. “Pero hay que preguntarse: ¿se alcanzaban los hechos a través de los textos? Todo el mundo lo decía; la historia era establecer los hechos y después operar con ellos. Cosa que era verdad y estaba clara, en líneas generales y, sobre todo, si se consideraba que la historia se componía únicamente, o casi, de acontecimientos. Si tal rey determinado había nacido en tal lugar, tal año, y en determinada región había conseguido una victoria decisiva sobre sus vecinos, se trataba de investigar todos los textos que mencionaban ese nacimiento o esa batalla decisiva; elegir entre ellos los únicos dignos de credibilidad y, con los mejores componer un relato exacto y preciso. ¿No tenían dificultades todas esas operaciones? Pero ¿qué decir de la depreciación progresiva, a través de los siglos, de la libra de Tours? ¿y cuándo los salarios han bajado o han subido el costo de la vida a lo largo de una serie de años? Sin duda, son hechos históricos y, en nuestra opinión, más importantes que la muerte de un soberano o la conclusión de un tratado efímero. Esos hechos ¿se advierten de una manera directa? Está claro que no: los fabrican trabajadores pacientes, relevándose, sucediéndose, de forma lenta, penosa, apoyándose en miles de
Son estas verdades que con demasiada frecuencia escapaban a demasiados historiadores. Educaban a sus discípulos en el santo temor a la hipótesis, considerada (por hombres que, por otra parte, tenían siempre en la boca las grandes palabras «método» y «verdad» científica) como el peor de los pecados contra lo que ellos llamaban Ciencia. En el frontón de su historia grababan con letras de fuego un perentorio hypotheses non fingo. Y para la clasificación de los hechos, una máxima única: seguir rigurosamente el orden cronológico... ¿Rigurosamente? Michelet decía «sutilmente». Pero todo el mundo sabía a la perfección que Michelet y la historia no tenían nada en común. ¿No era una engañifa el orden cronológico? La historia que se nos explicaba (y si utilizo el imperfecto de los verbos no es por un excesivo candor), la historia que se nos enseñaba a hacer no era, en realidad, más que una deificación del presente, con ayuda del pasado. Pero rehusaba verlo - y decirlo-”. 2.3. Lucien FEBVRE, «Vivir la historia. Palabras de iniciación» (1941), en Combates por la historia , Barcelona, 4ª edición, Ed. Ariel, 1975, 38-40. “¿Historia sin más?, me preguntaréis. No, ya que anunciáis charlas sobre historia «económica y social». Precisamente por eso lo primero que debo deciros es que, hablando con propiedad, no hay historia económica y social, Y no únicamente porque la relación entre lo económico y social no es un privilegio - una exclusividad, como diría un director de cine- en el sentido de que no hay razón alguna para decir económica y social en vez de política y social, literaria y social, religiosa y social o incluso filosófica y social. No fueron razones razonadas las que nos habituaron a relacionar de forma natural y sin mayores reflexiones los dos epítetos de económico y social. Fueron razones históricas muy fáciles de determinar - , en definitiva, la fórmula que nos ocupa no es más que un residuo o una herencia de las largas discusiones a que dio lugar desde hace un siglo lo que se denomina el problema del materialismo histórico-. Por tanto, cuando utilizo esa fórmula corriente, cuando hablo de historia económica y social, no debe creerse que yo albergue alguna duda sobre su valor real. Cuando Marc Bloch y yo hicimos imprimir esas dos palabras tradicionales en la portada de los Annales , sabíamos perfectamente que los «social», en particular, es uno de aquellos adjetivos a los que se ha dado tantas significaciones en el transcurso del tiempo, que al final, no quieren decir nada. Pero lo recogimos precisamente por eso. Y lo hicimos tan bien que por razones puramente contingentes hoy figura sólo en la portada e los propios Annales , que pasaron a ser de económicos y sociales, pro una nueva desgracia, a sólo Sociales. Una desgracia que aceptamos con la sonrisa en los labios. Porque estábamos de acuerdo en pensar que, precisamente, una palabra tan vaga como «social» parecía haber sido creada y traída al mundo por un decreto nominal de la Providencia histórica, para servir de bandera a una revista que no pretendía rodearse de murallas, sino hacer irradiar sobre todos los jardines del vecindario, ampliamente, libremente, indiscretamente incluso, un espíritu, su espíritu. Quiero decir un espíritu de libre crítica y de iniciativa en todos los sentidos. Repito, por tanto: no hay historia económica y social. Hay la historia sin más, en su unidad. La historia que es, pro definición, absolutamente social. En mi opinión, la historia es el estudio científicamente elaborado de la diversas actividades y de las diversas creaciones de los hombres de otros tiempos, captadas en su fecha, en el marco de sociedades extremadamente variadas y, sin embargo, comparables unas a otras (el postulado es de la sociología); actividades y creaciones con las que cubrieron la
superficie de la tierra y la sucesión de las edades. La definición es un poco larga, pero yo desconfío de las definiciones demasiado breves, demasiado milagrosamente breves. Y además en sus mismo términos descarta, me parece, muchos pseudoproblemas.” 2.4. Lucien FEBVRE (1942), El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais , México, U.T.H.E.A., 1959. De la «Introducción general», 4-5. “Que no vaya a ocurrírsenos exclamar: ¡Ah, si los textos fueran más numerosos y ricos, si los testigos resultaran más locuaces y si las confesiones aparecieran con mayor detalle!; no se nos vaya ocurrir porque, ¿no tenemos, actualmente todo, en apariencia, para conocer a nuestros contemporáneos: para sus confidencias, basta oír los discos grabados; para sus rasgos y movimientos fisonómicos, están las fotografías...? ¿Y qué pasa pese a esto? Pues que al juzgar al mismo hombre unos lo tienen por un bribón, otros por un apóstol... Es verdad, la monografía extravía lo que sólo es retrato en busto, sin segundo plano ni decorado. No hay pensamiento religioso (ni pensamiento, si más), por puro y desinteresado que sea, que no coloree en su masa la atmósfera de una época - o, si se prefiere, la acción secreta de las condiciones de vida de una misma época fundada en todos los convencionalismos y en todas las manifestaciones de las que es lugar común-. Y tampoco lo hay que deje de imprimir la marca de un estilo que aún no se vio, y que no se volverá a ver ya. Y con esto, el problema se precisa y, al mismo tiempo, se deslinda. No se trata (para el historiador, bien entendido) de captar a un hombre, a un escritor del siglo XVI, aislado, desligado de sus contemporáneos y, con el pretexto de que un determinado pasaje de su obra se inscribe en el rumbo de una de nuestras maneras particulares de sentir, alinearla por propia autoridad bajo uno de los tejuelos que actualmente usamos para catalogar a los que piensan o no como nosotros en materia de religión. Tratándose de hombres y de ideas del siglo XVI, tratándose de maneras de querer, de sentir, de pensar y de creer armoyées , como dice Calvino, con las armas del siglo XVI, el problema consiste en determinar con exactitud la serie de precauciones que deben tomarse y la de prescripciones a que uno debe someterse para evitar el pecado mayor de todos los pecados, el más irremisible de todos: el anacronismo. ¿Qué tonalidad tienen actualmente en nuestros oídos, oídos de hombres del siglo XX, algunos libros redactados entre 1530 y 1550, por un Rabelais, un Dolet, una Margarita de Navarra? El problema no está ahí, sino que consiste en saber de qué manera entendieron, pudieron entender y comprender, los hombres del 1532 el Pantagruel y el Cymbalum Mundi ; pero invirtamos la frase: consiste mucho más aún en saber cómo los mismos hombres no pudieron, seguramente, ni entenderlos ni comprenderlos. Detrás de estos textos colocamos de manera instintiva nuestras ideas, nuestros sentimientos, el fruto de nuestras investigaciones científicas, de nuestras experiencias políticas y de nuestras realizaciones sociales. Pero aquellos que los hojearon por primera vez como una novedad, debajo del toldo o del cobertizo del librero, en Lyon, en la calle Mercière, o en París, en la calle Saint-Jacques, ¿qué fue lo que leyeron entre las apretadas líneas tipografiadas? Y porque su manera de encadenar ideas confiera a tales textos, al menos para nosotros, una especie de eternidad en la certeza, ¿podemos sacar la conclusión de que en todas las épocas son igualmente
estuviera sentado en el sitio de éste, se vería transportado a un mundo extraño, al que le faltaría una dimensión; a un mundo poblado, sin duda, de vivas pasiones: a un mundo ciego, como todo mundo vivo, como el nuestro, despreocupado de las historias de profundidad, de esas aguas vivas sobre las cuales boga nuestra barca, como un navío borracho, sin brújula. Un mundo peligroso, diríamos nosotros, pero cuyos sortilegios y cuyos maleficios hubiéramos conjurado de antemano, al fijar aquellas grandes corrientes subterráneas y a menudo silenciosas cuyo sentido sólo se nos revela cuando abrazamos con la mirada grandes períodos de tiempo. Los acontecimientos resonantes no son, con frecuencia, más que instantes fugaces, en los que se manifiestan estos grandes destinos y que sólo pueden explicarse gracias a ellos. Hemos llegado así, a una descomposición de la historia por pisos. O, si se quiere, a la distinción, dentro del tiempo de la historia, de un tiempo social y de un tiempo individual. O, si se prefiere esta otra fórmula, a la descomposición del hombre en un cortejo de personajes. Tal vez sea esto lo que menos se me perdonará, aunque afirme, defendiéndome de antemano, que también los recortes tradicionales fraccionan la historia viva y sustancialmente una; aunque sostenga, en contra de Ranke o de Karl Brandi, que la historia-relato no es un método, o no es el método objetivo por excelencia, sino también una filosofía de la historia; aunque asevere, y demuestre más adelante, que estos planos superpuestos no pretender ser otra cosa que medios de exposición y no me abstenga, ni mucho menos, de pasar de uno al otro, sobre la marcha... Pero, ¿para qué alegar? Si alguien me reprocha que no he sabido ensamblar los elementos de este libro, espero que encontrará en él, por lo menos, piedras convenientemente cortadas, conforme a las reglas de nuestras canteras. Espero, también, que nadie me echara en cara mis excesivas ambiciones, el deseo y la necesidad que he sentido de ver las cosas en grande. No creo que la historia esté condenada a no estudiar más que los huertos sólidamente cercados. Si así lo hiciera, ¿no faltaría a uno de sus deberes actuales, que es también el de contestar a los angustiosos problemas de la hora, el de mantenerse en contacto con las ciencias, tan jóvenes, pero tan imperialistas también, del hombre? ¿Puede existir, en este año de 1946, un humanismo actual, sin historia ambiciosa, consciente de sus deberes y de sus inmensos poderes? «Es el miedo a la gran historia el que ha matado la gran historia», escribía Edmond Farel, en 1942. ¡Ojalá pueda vivir!.” 3.2. Fernand BRAUDEL, «Histoire et sciences sociales: la longue durée», Annales E.S.C., 4, oct.-dic. 1958, Débats et Combats , 725-753, en La Historia y las Ciencias Sociales , Madrid, 4ª ed., Alianza Editorial, 1979, cap. 3: «La larga duración», 60 - 106. “Las demás ciencias sociales están bastante mal informadas de la crisis que nuestra disciplina ha atravesado en el curso de los veinte o treinta últimos años y tienen tendencia a desconocer, al mismo tiempo que los trabajos de los historiadores, un aspecto de la realidad social del que la historia es, si no hábil vendedora, al menos si buena servidora: la duración social, esos tiempos múltiples y contradictorios de la vida de los hombres que no son únicamente la sustancia del pasado, sino también la materia de la vida social actual. Razón de más para subrayar con fuerza, en el debate que se inicia entre todas las ciencias del hombre, la importancia y la utilidad de la historia o,
mejor dicho, en la dialéctica de la duración, tal y como se desprende del oficio y de la reiterada observación del historiador; para nosotros, nada hay más importante en el centro de la realidad social que esta viva e íntima oposición, infinitamente repetida, entre el instante y el tiempo lento en transcurrir. Tanto si se trata del pasado como si se trata de la actualidad, una consciencia neta de esta pluralidad del tiempo social resulta indispensable para una metodología común de las ciencias del hombre.” (62-63) “Todo trabajo histórico descompone al tiempo pasado y escoge entre sus realidades cronológicas según preferencias y exclusivas más o menos conscientes. La historia tradicional, atenta al tiempo breve, al individuo y al acontecimiento, desde hace largo tiempo nos ha habituado a su relato precipitado, dramático, de corto aliento. La nueva historia económica y social coloca en primer plano de su investigación la oscilación cíclica y apuesta por su duración: se ha dejado embaucar por el espejismo - también por la realidad- de las alzas y caídas cíclicas de precios. De esta forma, existe hoy, junto al relato (o al «recitativo») tradicional, un recitativo de la coyuntura que para estudiar al pasado lo divide en amplias secciones: decenas, veintenas o cincuentenas de años. Muy por encima de este segundo recitativo se sitúa una historia de aliento mucho más sostenido todavía, y en este caso de amplitud secular: se trata de la historia de larga, incluso de muy larga, duración. La fórmula buena o mala, me es familiar para designar lo contrario de aquello que François Simiand, uno de los primeros después de Paul Lacombe, bautizó con el nombre de historia de los acontecimientos o episódica ( évenementielle ). Poco importan las fórmulas; pero nuestra discusión se dirigirá de una a otra, de un polo a otro del tiempo, de los instantáneo a la larga duración. No quiere esto decir que ambos términos sean de una seguridad absoluta. Así, por ejemplo, el término acontecimiento. Por lo que a mí se refiere, me gustaría encerrarlo, aprisionarlo, en la corta duración: el acontecimiento es explosivo, tonante. Echa tanto humo que llena la conciencia de los contemporáneos; pero apenas dura, apenas se advierte su llama. Los filósofos dirían, sin duda, que afirmar esto equivale a vaciar el concepto de una gran parte de su sentido. Un acontecimiento puede, en rigor, cargarse de una serie de significaciones y de relaciones. Testimonia a veces sobre movimientos muy profundos; y por el mecanismo, facticio o no, de las «causas» y de los «efectos», a los que tan aficionados eran los historiadores de ayer, se anexiona un tiempo muy superior a su propia duración Extensible hasta el infinito, se une, libremente o no, a toda una cadena de sucesos, de realidades subyacentes, inseparables aparentemente, a partir de entonces, unos de otros. (...) (...) El pasado está, pues, constituido, en una primera aprehensión, por esta masa de hechos menudos, los unos resplandecientes, los otros oscuros e indefinidamente repetidos; precisamente aquellos hechos con los que la microsociología o la sociometría forman en la actualidad su botín cotidiano (también existe una microhistoria). Pero esta masa no constituye toda la realidad, todo el espesor de la historia, sobre el que la reflexión científica puede trabajar a sus anchas. La ciencia social casi tiene horror del acontecimiento. no sin razón: el tiempo corto es la más caprichosa, la más engañosa de las duraciones. Éste es el motivo de que exista entre nosotros los historiadores, una fuerte desconfianza hacia una historia tradicional, llamada historia de los acontecimientos;
miles de fragmentaciones del tiempo de la historia, se comprenden a partir de esta profundidad, de esta semiinmovilidad; todo gravita en torno a ella.” (74) “Este desacuerdo es más profundo de lo que parece: el tiempo de los sociólogos no puede ser el nuestro; la estructura profunda de nuestro oficio lo rechaza. Nuestro tiempo, como el de los economistas, es medida. cuando un sociólogo nos dice que una estructura no cesa de destruirse más que para reconstituirse, aceptamos de buena gana la explicación, confirmada por lo demás por la observación histórica. Pero en la trayectoria de nuestras habituales exigencias aspiraríamos a conocer la duración precisa de estos movimientos, positivos o negativos. Los ciclos económicos, flujo y reflujo de la vida material, son mensurables. De la misma manera, a una crisis estructural social se le deben señalar puntos de referencia en el tiempo, a través del tiempo, y se la debe localizar con exactitud en sí misma y más aún con relación a los movimientos de las estructuras concomitantes. Lo que le interesa apasionadamente a un historiador es la manera en que se entrecruzan estos movimientos, su integración y sus puntos de ruptura: cosas todas ellas que sólo se pueden registrar con relación al tiempo uniforme de los historiadores, medida general de estos fenómenos, y no con relación al tiempo social multiforme, medida particular de cada uno de ellos.” (100) 3.3. Pierre GOUBERT (1956), Beauvais et le Beauvaisis de 1600 a 1730. Contribution à l’histoire sociale de la France du XVIIe siècle , Paris, Éditions Jean Toruzot, 1982, 2 vols. De la «Introducción». “La historia social a la que pretende contribuir este estudio regional es mucho más un proyecto y una manera de ver que una ciencia sólidamente constituida, con sus objetivos, sus métodos o, incluso, su vocabulario. Tras otros muchos, yo solamente he sentido el deseo y casi la necesidad de interesarme por todos los hombres y no únicamente por aquellos que brillaron por su nacimiento, su estado, su función, su riqueza o su inteligencia. En una Francia sobre todo campesina, he intentado conocer a los campesinos. En ciudades en que dominan las «artes mecánicas» y el «vil populacho», no he querido limitar mi investigación a los grandes mercaderes y a los officiers , minoría frecuentemente determinante, minoría en sentido estricto. No estoy del todo seguro de haberles dado a las «orugas», a los «abejorros», a los «insectos humanos» (según la expresión de F. Braudel) toda la atención que merecen, todo el lugar al que tienen derecho. Esta investigación regional se inscribe en un cuadro cronológico muy extenso: 130 años, a los que se ha tenido el atrevimiento de llamar el «siglo XVII». En realidad, es el mismo siglo XVII lo que ha constituido el objeto, el corazón, de la investigación. Es en los límites voluntariamente vastos de un largo periodo donde se han buscado las medidas, las características, los rasgos dominantes, sobre todo económicos y sociales; el modo en que su originalidad - si es que la tuvo- fue sentida por las generaciones humanas que vivieron y murieron entre la Liga y el «Sistema». En esta búsqueda a tientas, disciplinas bien establecidas como la demografía y la historia de las fluctuaciones económicas, han aportado un gran auxilio; se ha tratado también de integrar lo que había en la documentación de más «comprensivo», más homogéneo y de mayor continuidad, de proponer otras formas, otros medios de investigación. La fecha inicial de la misma, este «1600» que es una fecha «redonda», expresa solamente una
negativa a volver sobre el periodo tan problemático que había sido cerrado política y religiosamente después de 1598, que se había de terminar, desde el punto de vista de la historia monetaria y de la historia de los precios, en 1601 y 1602. La fecha final de 1730 es también una fecha «redonda». La mañana del 1 de septiembre de 1715, cuyo significado político es manifiesto, no acaba nada en los dominios que nos ocupan; su significado económico es casi nulo, su significación monetaria lo es absolutamente. Fue en 1726 cuando fueron resueltos - y con talento- los problemas económicos, financieros, y principalmente monetarios, que la Francia de Luis XIV había legado al Regente. Fue en 1733 cuando comenzó la gran ascensión conquistadora de un «siglo XVIII económico» del que falta sobre todo conocer los detalles. Parece que fue un poco más tarde aún, después de 1740, que aparecieron con una cierta nitidez los primeros rasgos de una estructura demográfica nueva. Extensa cronológicamente, esta investigación es muy reducida geográficamente: un «país», un centro en el que los azares administrativos me habían instalado; un «país» demasiado pequeño a la escala de un mundo vasto. Por consiguiente, una provincia apasionante, con sus paisajes contratados, soldados y unificados por una vieja ciudad aún poderosa; una provincia que ofrece como una síntesis de la Francia entre el Somme y el Loira, con sus campiñas cerealistas, sus horizontes boscosos, sus viñedos, sus importantes manufacturas textiles. Este rincón de Francia de doscientas parroquias ha suscitado tantas cuestiones que me pregunto al acabar - para no «perderme deliciosamente», como dice Braudel, en sus tentaciones- esta rendición de cuentas de la exploración, si esta Bailía y esta Elección no ha constituido un campo de investigación excesivamente grande. Excesivamente grande por esta primera razón: ¿ No son demasiadas doscientas parroquias, quizá cien mil bovesinos, para quien pretende interesarse por todos los tipos, por todos los grupos de hombres, con todas las cuestiones, hasta todos los problemas, que plantea su sola existencia? Favorecido por risueños archivos, ¿no hubiesen sido preferibles algunas monografía urbanas? ¿No hubiera podido ocupar más útilmente estos años de investigación en un estudio puramente urbano profundizado hasta la intimidad familiar? Sin duda, si la ciudad hubiese podido ser comprendida sin la campiña de la que vivía, si se pudiese comprender y conocer la campiña sin la ciudad a la que daba tanto y de la que recibía tan poco... Algunas parroquias del Beauvaisis sin Beauvais, ¡Cuán insuficiente! El Beauvais sin su llano país, sin su cortejo de cosechas, pastos, cepas, monte bajo, lienzos y sargas rurales, sin sus censitarios, sus pecheros, sus deudores, sus tejedores, sus jornaleros, ¡Qué carencia! Demasiado grande, el Beauvaisis, por una segunda razón, de orden metodológico, que expresa también la historia de estas investigaciones. Con un entusiasmo de neófito, he querido en principio encontrar el reflejo, el testimonio de un siglo XVII «total» en una modesta provincia. Todos los problemas han sido entonces planteados en conjunto: institucionales, militares, religiosos, jurídicos, y tantos otros. Y cada problema requería un examen «a fondo», una lectura enorme, un esfuerzo comparativo, un conjunto de competencias raramente reunidos en un historiador y menos todavía en un principiante. Así ha parecido razonable, considerando la desigual conservación de las fuentes, el desigual avance de los diversos sectores del conocimiento histórico, y también las preferencias personales, eliminar del centro de la investigación un cierto número de estos sectores. Primero el institucional, a lo que autoriza la destrucción de los archivos comunales, la desaparición de los archivos de la subdelegación y de la intendencia, el magma incoherente de los fondos de las jurisdicciones locales. Después, pese a la
en su evolución; el de las rentas hipotecaria y constituida, acrecentado con el apasionante problema de la medida del endeudamiento social. Los difíciles y largos caminos, en definitiva, de la demografía histórica, a la que un malicioso destino tiende a consagrarme ...”