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Orientación Universidad
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Estetica medieval, Apuntes de Traducción

Asignatura: Tradición clásica, Profesor: , Carrera: Filología Clásica, Universidad: USAL

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 05/10/2014

dido13
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LA MUJER EN EL BESTIARIO MEDIEVAL: La virtualidad de las sirenas
Ricardo Piñero Moral
I.Arte, representación y realidad
Tal vez, una de las mayores losas que han recaído, desde un punto de vista teórico,
en la denición del arte sea aquella que le condena a ser representación de la
realidad. Este presupuesto de realismo teórico-teorético ha contribuido a hacer del
arte o bien una mera copia de lo existente, o bien un instrumento comprometido
hasta la extenuación con un criterio de verosimilitud, en el que la mímesis ha de
estar siempre dominando, constriñendo, la poíesis.
Ser representación de la realidad comporta una imposibilidad, algo así como una
contracondición trascendental: es imposible representar aquello que no sea real; o
dicho de otra manera, es ajeno a las posibilidades del arte habérselas con aquello
que no sea. El compromiso ontológico de la denición alcanza, además, un carácter
normativo, pues no sólo se le concede al arte de la posibilidad de presentar de nuevo
aquello que es, sino que se le obliga a que sólo pueda hacer exactamente eso.
Más allá de cualquier recorrido histórico a través de las deniciones del arte, es
conveniente considerar que esta acción tan peculiar del ser humano, antes de ser
considerada como un bien de protección estética, ha estado siempre vinculada tanto
a aspectos metafísicos como morales, a planteamientos tanto epistemológicos como
normativos. Tal vez es justamente el concepto de realidad donde todos esos
horizontes convergen de una manera u otra en un único plano, como su punto de
encuentro. El arte ha ayudado a los metafísicos a delimitar las fronteras de lo
existente, a los moralistas a marcar el ámbito de la acción y a los teóricos del
conocimiento a ampliar su profundidad de análisis.
Parece que hoy es común considerar el binomio real-virtual como un par de
conceptos enfrentados, como un oxímoron conceptual, mientras que en otros
momentos de historia del pensamiento fueron asumidos como conceptos
complementarios, es más, como conceptos relacionados en virtud de una evolución
tanto ontológica como epistemológica: baste pensar, more aristotélico, en la realidad
como un desarrollo cumplido de la virtualidad, algo así como el transcurso metafísico
que va de la potencia al acto. Sin embargo, actualmente, lo real se considera
enfrentado a lo virtual como su opuesto: erróneamente se señala que lo real es
aquello que es, mientras que lo virtual es aquello que carece de existencia, aunque
parece que la tiene. Si nos detuviéramos nimamente en esta relación tan
particular podríamos constatar cómo las disquisiciones escolásticas, en ocasiones,
siguen aún hoy tan vivas como hace siete u ocho siglos. No obstante, la diferencia
entre lo real y lo virtual no está ni en su capacidad efectiva ni en su condición de
existente, sino en el modo de esa existencia... La reexión sobre arte puede iluminar
algunos aspectos fundamentales de este binomio.
El arte medieval está cargado, en su denición, de aspiraciones metafísicas, de
componentes normativos, tanto o más que de aspectos estrictamente estéticos1. Su
compromiso con la realidad es innegable, pero la realidad que se quiere presentar
artísticamente, es decir, la realidad que el arte medieval puede representar es tan
compleja, tan amplia, tan suculenta que por momentos hace que se difuminen los
límites que separan lo que es de lo que no es, lo que creemos y lo que sabemos, lo
que somos y lo que soñamos ser… El ars medieval es algo más que un conjunto de
normas que han de ser seguidas para obtener un producto cuyo resultado es digno
de ser llamado obra de arte; el ars medieval es perfecto reconocimiento de aquello
que ha de ser hecho, es un compromiso de realización de lo ideal… y lo ideal no es
siempre lo real, por esta razón el arte del medievo se libera del encadenamiento que
supone estar atado a aquello que es. Recordemos que ningún tratadista hasta
Cennino Cennini reconoce al artista la posibilidad de crear cose non vedutte2 Hasta
las puertas del renacimiento la libertad del artista estaba encadenada a la
producción de realidad. No obstante, basta un simple recorrido visual por cientos de
capiteles, de fachadas, de frescos, de vidrieras, de manuscritos miniados, para
constatar que los creadores se anticiparon al decreto de Cennini, abriendo en cada
piedra, en cada muro, en cada pergamino la puerta a la fantasía, que es tanto como
decir a sus fantasmas, a las imágenes de su imaginación.
Las sirenas son las riquezas del mundo; la mar representa este mundo; la nave, las
gentes que hay en él; el alma es el marinero, y la nave, el cuerpo que debe navegar.
Sabed que muchas veces las riquezas del mundo hacen pecar al alma y al cuerpo, es
decir, a la nave y al marinero; hacen que el alma se duerma en el pecado, y además
perezca. Las riquezas del mundo producen grandes prodigios: hablan y vuelan, agarran
de los pies y ahogan. Por eso representamos así a las sirenas… (vv. 1361 y ss.).
13 Dijo Isaías: "Que las sirenas construyan su morada, que los demonios brinquen;
que den luz a los puercoespines”.
El moralista enseña que las sirenas son crueles; que viven en el mar, que los acentos de
sus voces son melodiosos y que los viajeros quedan prendados de ellas hasta el punto
de precipitarse en el mar, donde se pierden. El cuerpo de estas encantadoras es el de
una mujer, hasta los senos; el resto recuerda al pájaro, al asno o al toro.
Semejantes son aquellos que tienen dos modos de actuar, los inconstantes. Hay gentes
que frecuentan las iglesias sin alejarse del pecado. Tienen la apariencia de la rectitud,
pero están muy lejos de lo que parecen ser. Cuando entran en la iglesia, parecen
cantantes; después, mezclados con la multitud, se parecen a brutos. Esta especie de
gentes participan de las naturalezas del dragón y de la sirena; tienen el poder seductor
de los heresiarcas, que arrebatan el corazón de los inocentes y de los débiles. Dijo
Isaías: "las palabras peligrosas dañan a la naturaleza débil” (Phys. armenio, 126-127).
14 Existen en Arabia serpientes aladas llamadas sirenas, que corren más que los
caballos y, según se dice, también vuelan. Su veneno es tan fuerte que la muerte
sobreviene antes de que se sienta la mordedura (De bestiis, 244).
15 Lo cierto es que las sirenas fueron tres meretrices que engañaban a todos los que se
cruzaban en su camino y los arruinaban. Y dice la historia que tenían alas y garras en
representación de Amor, que vuela y hiere; y que vivían en el agua, porque la lujuria
está hecha de humedad (131-132).
16 Las sirenas, dice el Fisiólogo, son unas criaturas mortíferas constituidas como seres
humanos desde la cabeza hasta el ombligo, mientras que su parte inferior, hasta los
pies, es alada. Melodiosamente, interpretan cantos que resultan deliciosos; así,
encantan los oídos de los marinos, y los atraen. Excitan el oído de estos pobres diablos
merced a la prodigiosa dulzura de su ritmo, y hacen que se duerman. Por último,
cuando ven en que los marinos están profundamente dormidos, se arrojan sobre ellos y
los despedazan.
Así, los seres humanos ignorantes e incautos se ven engañados por las hermosas voces,
cuando los encantan las faltas de delicadeza, los rasgos de ostentación o los placeres,
o cuando se vuelven licenciosos debido a comedias, tragedias y cancioncillas diversas.
Pierden todo su vigor mental, como si estuviesen sumidos en profundo sueño, y, de
pronto, el ataque arrebatador del Enemigo cae sobre ellos (134-135).
17 La sirena, que canta tan bien que embruja a los hombres con su voz, da ejemplo para que se
enmienden aquellos que han de navegar por este mundo. Nosotros, que cruzamos este mundo,
somos engañados por un canto similar: por la gloria, por los placeres de este mundo, que nos
dan la muerte, cuando amamos el placer: la lujuria, el bienestar del cuerpo, la gula y la
embriaguez, el deleite del lecho y la riqueza, los palafrenes, los hermosos caballos y la
hermosura de los tejidos suntuosos. Siempre tendemos hacia ellos, nos corre prisa alcanzarlos.
Tanto nos demoramos en los placeres que por fuerza nos dormimos. Entonces nos mata la
sirena: es el Demonio, que nos lleva al mal, que nos hace sumergirnos tan hondo en los vicios
que nos encierra en sus redes (vv. 1053 y ss.).
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LA MUJER EN EL BESTIARIO MEDIEVAL: La virtualidad de las sirenas

Ricardo Piñero Moral I.Arte, representación y realidad Tal vez, una de las mayores losas que han recaído, desde un punto de vista teórico, en la definición del arte sea aquella que le condena a ser representación de la realidad. Este presupuesto de realismo teórico-teorético ha contribuido a hacer del arte o bien una mera copia de lo existente, o bien un instrumento comprometido hasta la extenuación con un criterio de verosimilitud, en el que la mímesis ha de estar siempre dominando, constriñendo, la poíesis.

Ser representación de la realidad comporta una imposibilidad, algo así como una contracondición trascendental: es imposible representar aquello que no sea real; o dicho de otra manera, es ajeno a las posibilidades del arte habérselas con aquello que no sea. El compromiso ontológico de la definición alcanza, además, un carácter normativo, pues no sólo se le concede al arte de la posibilidad de presentar de nuevo aquello que es, sino que se le obliga a que sólo pueda hacer exactamente eso.

Más allá de cualquier recorrido histórico a través de las definiciones del arte, es conveniente considerar que esta acción tan peculiar del ser humano, antes de ser considerada como un bien de protección estética, ha estado siempre vinculada tanto a aspectos metafísicos como morales, a planteamientos tanto epistemológicos como normativos. Tal vez es justamente el concepto de realidad donde todos esos horizontes convergen de una manera u otra en un único plano, como su punto de encuentro. El arte ha ayudado a los metafísicos a delimitar las fronteras de lo existente, a los moralistas a marcar el ámbito de la acción y a los teóricos del conocimiento a ampliar su profundidad de análisis.

Parece que hoy es común considerar el binomio real-virtual como un par de conceptos enfrentados, como un oxímoron conceptual, mientras que en otros momentos de historia del pensamiento fueron asumidos como conceptos complementarios, es más, como conceptos relacionados en virtud de una evolución tanto ontológica como epistemológica: baste pensar, more aristotélico , en la realidad como un desarrollo cumplido de la virtualidad, algo así como el transcurso metafísico que va de la potencia al acto. Sin embargo, actualmente, lo real se considera enfrentado a lo virtual como su opuesto: erróneamente se señala que lo real es aquello que es, mientras que lo virtual es aquello que carece de existencia, aunque parece que la tiene. Si nos detuviéramos mínimamente en esta relación tan particular podríamos constatar cómo las disquisiciones escolásticas, en ocasiones, siguen aún hoy tan vivas como hace siete u ocho siglos. No obstante, la diferencia entre lo real y lo virtual no está ni en su capacidad efectiva ni en su condición de existente , sino en el modo de esa existencia... La reflexión sobre arte puede iluminar algunos aspectos fundamentales de este binomio.

El arte medieval está cargado, en su definición, de aspiraciones metafísicas, de

componentes normativos, tanto o más que de aspectos estrictamente estéticos 1. Su

compromiso con la realidad es innegable, pero la realidad que se quiere presentar artísticamente, es decir, la realidad que el arte medieval puede representar es tan compleja, tan amplia, tan suculenta que por momentos hace que se difuminen los límites que separan lo que es de lo que no es, lo que creemos y lo que sabemos, lo que somos y lo que soñamos ser… El ars medieval es algo más que un conjunto de normas que han de ser seguidas para obtener un producto cuyo resultado es digno de ser llamado obra de arte; el ars medieval es perfecto reconocimiento de aquello que ha de ser hecho, es un compromiso de realización de lo ideal… y lo ideal no es siempre lo real, por esta razón el arte del medievo se libera del encadenamiento que supone estar atado a aquello que es. Recordemos que ningún tratadista hasta

Cennino Cennini reconoce al artista la posibilidad de crear cose non vedutte … 2 Hasta

las puertas del renacimiento la libertad del artista estaba encadenada a la producción de realidad. No obstante, basta un simple recorrido visual por cientos de capiteles, de fachadas, de frescos, de vidrieras, de manuscritos miniados, para constatar que los creadores se anticiparon al decreto de Cennini, abriendo en cada piedra, en cada muro, en cada pergamino la puerta a la fantasía, que es tanto como decir a sus fantasmas, a las imágenes de su imaginación.

Las sirenas son las riquezas del mundo; la mar representa este mundo; la nave, las

gentes que hay en él; el alma es el marinero, y la nave, el cuerpo que debe navegar.

Sabed que muchas veces las riquezas del mundo hacen pecar al alma y al cuerpo, es

decir, a la nave y al marinero; hacen que el alma se duerma en el pecado, y además

perezca. Las riquezas del mundo producen grandes prodigios: hablan y vuelan, agarran

de los pies y ahogan. Por eso representamos así a las sirenas… (vv. 1361 y ss.).

13 Dijo Isaías: "Que las sirenas construyan su morada, que los demonios brinquen;

que den luz a los puercoespines”.

El moralista enseña que las sirenas son crueles; que viven en el mar, que los acentos de

sus voces son melodiosos y que los viajeros quedan prendados de ellas hasta el punto

de precipitarse en el mar, donde se pierden. El cuerpo de estas encantadoras es el de

una mujer, hasta los senos; el resto recuerda al pájaro, al asno o al toro.

Semejantes son aquellos que tienen dos modos de actuar, los inconstantes. Hay gentes

que frecuentan las iglesias sin alejarse del pecado. Tienen la apariencia de la rectitud,

pero están muy lejos de lo que parecen ser. Cuando entran en la iglesia, parecen

cantantes; después, mezclados con la multitud, se parecen a brutos. Esta especie de

gentes participan de las naturalezas del dragón y de la sirena; tienen el poder seductor

de los heresiarcas, que arrebatan el corazón de los inocentes y de los débiles. Dijo

Isaías: "las palabras peligrosas dañan a la naturaleza débil” ( Phys. armenio, 126-127).

14 Existen en Arabia serpientes aladas llamadas sirenas, que corren más que los

caballos y, según se dice, también vuelan. Su veneno es tan fuerte que la muerte

sobreviene antes de que se sienta la mordedura ( De bestiis , 244).

15 Lo cierto es que las sirenas fueron tres meretrices que engañaban a todos los que se

cruzaban en su camino y los arruinaban. Y dice la historia que tenían alas y garras en

representación de Amor, que vuela y hiere; y que vivían en el agua, porque la lujuria

está hecha de humedad (131-132).

16 Las sirenas, dice el Fisiólogo, son unas criaturas mortíferas constituidas como seres

humanos desde la cabeza hasta el ombligo, mientras que su parte inferior, hasta los

pies, es alada. Melodiosamente, interpretan cantos que resultan deliciosos; así,

encantan los oídos de los marinos, y los atraen. Excitan el oído de estos pobres diablos

merced a la prodigiosa dulzura de su ritmo, y hacen que se duerman. Por último,

cuando ven en que los marinos están profundamente dormidos, se arrojan sobre ellos y

los despedazan.

Así, los seres humanos ignorantes e incautos se ven engañados por las hermosas voces,

cuando los encantan las faltas de delicadeza, los rasgos de ostentación o los placeres,

o cuando se vuelven licenciosos debido a comedias, tragedias y cancioncillas diversas.

Pierden todo su vigor mental, como si estuviesen sumidos en profundo sueño, y, de

pronto, el ataque arrebatador del Enemigo cae sobre ellos (134-135).

17 La sirena, que canta tan bien que embruja a los hombres con su voz, da ejemplo para que se

enmienden aquellos que han de navegar por este mundo. Nosotros, que cruzamos este mundo,

somos engañados por un canto similar: por la gloria, por los placeres de este mundo, que nos

dan la muerte, cuando amamos el placer: la lujuria, el bienestar del cuerpo, la gula y la

embriaguez, el deleite del lecho y la riqueza, los palafrenes, los hermosos caballos y la

hermosura de los tejidos suntuosos. Siempre tendemos hacia ellos, nos corre prisa alcanzarlos.

Tanto nos demoramos en los placeres que por fuerza nos dormimos. Entonces nos mata la

sirena: es el Demonio, que nos lleva al mal, que nos hace sumergirnos tan hondo en los vicios

que nos encierra en sus redes (vv. 1053 y ss.).

La Edad Media, tan despreciada a veces, y tan criticada en ocasiones por su falta de

originalidad, es el lugar natural de los seres imaginarios 3 ; un lugar tan natural como

el de la propia mitología griega, sólo que en esta época europea de hegemonía cristiana, esos seres de extraordinaria virtualidad y de incuestionable realidad gozaron de una implantación "mediática” incomparable. En piedra, en vidrio, en temple, en tinta los medievales tuvieron ante sus ojos, entre sus manos, unicornios, mantícoras, centauros, leucrotas, grifos, aves-fénix, dragones, hydras, basiliscos, mirmicoleones, sirenas… seres todos ellos realísimos, de indudable realidad y, a un tiempo, de infinita virtualidad. Con la misma rotundidad con la que hoy nuestros astrofísicos hablan de agujeros negros, desde Homero hasta Alberto Magno (por cierto, patrón de nuestros hombres de ciencia) la literatura científica está plagada de explicaciones –digo ‘explicaciones’ no ‘suposiciones’- sobre estos seres, con una severidad que sólo poseen los tratados sobre la naturaleza cierta de las cosas. Me detendré sólo –por razones de economía- en un tipo de obra medieval que nuestra

petulancia califica hoy de pseudo-ciencia: los bestiarios 4 y pondré sólo un ejemplo

de ser fantásticamente real, o realmente fantástico: las sirenas 5 …

II. El bestiario: de la ciencia natural a la literatura fantástica

Por supuesto no es mi intención confundir un bestiario medieval con un tratado de zoología, sino más bien mostrar cómo en este género del arte medieval determinados seres fantásticos son un modelo para llegar a la comprensión y a la explicación de la realidad, en el que se entremezclan aspectos físicos, metafísicos,

antropológicos, morales, religiosos y, por supuesto, estéticos 6. Un bestiario es como

una cosmogonía, como un intento de descripción y análisis de la génesis de la realidad. Más allá de ser un inventario fantasioso o estrictamente literario, el bestiario es un paradigma de comprensión de lo real, en el que se dan cita la observación, la experiencia, la interpretación, la creencia, el interés didáctico y la perspectiva simbólica.

Un bestiario es una revisión de la condición humana partiendo de la condición animal, es un texto pictórico en el que se persigue dar con la naturaleza del hombre a partir de la naturaleza de los animales. Pero no se basa en una simple transposición etológica, sino en el análisis y en la síntesis, en el estudio de los niveles no-humanos para llegar a la construcción de la propia condición humana. En él se articulan la física y la metafísica, la condición natural y la sobrenatural, por eso muchos de ellos comienzan por mostrar, desde la perspectiva cristiana, el hecho mismo de la creación: el génesis. En este comienzo genético se van sucediendo la aparición de las criaturas, y se cierra, justamente, con la creación del ser humano, como si de un evolucionismo metafísico se tratara.

Un aspecto clave del bestiario, en el que reside su magnífica virtualidad como obra de arte, es su condición anfibia. En efecto, los bestiarios poseen dos modos de vida real: la literalidad y la iconicidad, la letra y la imagen, ambas condiciones necesarias, pero sólo cuando ambas se dan a un tiempo transmiten al bestiario virtualidad suficiente. La realidad de los seres fantásticos del bestiario se cumple en la unión de ambas vías: la letra, por sí sola, no pasa de ser un relato más o menos aceptable, por muy científico que se pretenda; la imagen, por sí sola, no acaba de ser más que un fantasma. Pero cuando letra e icono se funden el ser adquiere una realidad indudable, adquiere una entidad incuestionable: nadie en la Edad Media pone en duda la existencia del unicornio o de la serra o de la sirena, nadie lo pone en duda porque ha visto su imagen y porque ha podido leer o escuchar dónde vive, cuáles son sus hábitos, cómo se comporta, si es fiero, amable o terrible, y sabe qué partes de su cuerpo poseen poderes curativos, y que su velocidad es inigualable, o que su canto es tan dulce que ha seducido a cientos de marinos… Analicemos el caso de las sirenas: sus referencias son tan duraderas que las encontramos ininterrumpidamente desde la literatura arcaica griega hasta la filmografía de Walt Disney, sin olvidar el relato de Andersen, o en obras tan actuales como las de Christian Ferrantello o Harald Eberhart. Las sirenas servirán como exemplum –de tan buen uso en la estética y en la filosofía medieval- privilegiado para pensar la tensionalidad real-virtual.

de pájaro. Los bestiarios catalanes nos hablan de otras maneras de la sirena: una mitad pez y mitad hembra, otra mitad caballo y mitad hembra.

IV. La virtualidad del imaginario…

De esta variada tipología sólo podemos concluir dos cosas: la naturaleza híbrida de estos seres y su condición de indudable realidad. Tal vez la diversidad de aspectos se deba a un intento de dar forma natural, cercana o verosímil a un universo de creencias, de miedos, de inquietudes… La diversidad formal de las sirenas, desde luego, no está fundada en observación directa de estos seres considerados reales, sino en el intento de explicación de determinados fenómenos cuya condición abstracta necesita del apoyo material en una forma que, aún siendo extraña, no es imposible. ¿Qué forma tiene la tentación, el pavor, la coquetería, el deseo sexual, el engaño, la seducción, la falsedad, el placer, la lujuria, el mal…? Todas esas cosas tienen forma, entre otras, de sirena…

Los autores de bestiarios nos dan la letra y la forma de los múltiples registros que constituyen la condición humana: Richard de Fournival nos presenta a las sirenas como la imagen del que muere de amor; Pierre de Beauvais las compara con quienes, por embelesarse con las riquezas y los placeres de este mundo, son devorados por el demonio; el Bestiario de Cambridge como la figura de aquellos que

se dejan seducir por la ostentación o el placer 16 ; el de Oxford como la imagen del

hombre que vive sólo para la pompa y la voluptuosidad terminando corrompido; Guillaume le Clerc ve en ellas la lujuria y los placeres de este mundo, símbolo de la

acción demoníaca sobre el hombre 17 … Siempre el punto final de todos estos

propósitos -a un tiempo didácticos, simbólicos y religiosos- es el hombre… un hombre que intenta desvelar el misterio de la realidad en la que vive, y que hace del arte un instrumento de comprensión de su entorno y de su interno…


*Parte de una conferencia -apoyada por abundante material gráfico- pronunciada el 9 de febrero de 2008, en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Salamanca.

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