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Asignatura: ., Profesor: Begoña (practicas de descriptiva), Carrera: Psicología, Universidad: USAL
Tipo: Apuntes
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Todo sistema vivo, y los grupos pueden ser considerados como tales, posee una estructura más o menos persistente definida por sus elementos y un conjunto de procesos que con su movimiento dinámico mantienen, desarrollan o cambian dicha estructura. Tanto la estructura como los procesos deben ser considerados como los dos ejes básicos e inseparables a partir de los cuales se organiza y desarrolla la vida del grupo. El tema de la estructura, clásico en cualquier manual de grupos, ha visto declinar su interés en los últimos años, aunque algunos autores son más radicales y afirman que ha caído en el olvido. Este desinterés se debe en gran medida al auge de la teoría de la identidad social y la teoría de la autocategorización. Como ya vimos en su momento, las críticas más recientes a estas teorías se focalizan en la no consideración del grupo como un todo relacional, sino sólo en su faceta intergrupal. Estas críticas justifican más que suficiente el análisis de la estructura de grupo. Para poder abordar este tema, tan importante como genérico, desarrollaremos en primer lugar el concepto de estructura y a continuación describiremos los principales componentes que la configuran y que hemos concretado en estatus, roles, normas y cultura grupal.
La estructura del grupo se puede definir en base a tres características fundamentales: a) el orden y distribución de los elementos (sujetos, tareas, roles, etc.) que lo componen; b) la consistencia y estabilidad en la disposición de esos elementos o «piezas», y c) producida por unos patrones o modelos de relación entre ellos. La estructura del grupo cumple, pues, una función estabilizadora del mismo, de sus relaciones y de sus metas comunes y hace referencia a las «interrelaciones entre los miembros del grupo y las directrices de su comportamiento que le hacen funcionar de una manera ordenada y predecible». A los conceptos clave de red interdependiente y regularidades pautadas hemos de añadir el de reciprocidad e interacción. La estructura grupal es originada por la interacción. De las tres acepciones del término interacción que señala Turner (1994): la interacción como relación causa-efecto, la interacción como afiliación y la interacción como unidad psicosocial, resulta pertinente para la comprensión de la estructura grupal la tercera de las acepciones. Sin menoscabo de los efectos directos de un sujeto sobre el otro (relación causa-efecto) ni de la mayor incidencia de las normas grupales en las situaciones cara a cara (afiliación), destacamos la interacción como unidad psicosocial. En palabras de,Turner, «la interacción no es la suma de las partes, sino integradora y creadora de nuevas pautas de comportamiento..., pautas de acción que van más allá del efecto directo de un sujeto sobre otro y que dependen del sistema que engloba esas interacciones». Una de las funciones básicas de la estructura es la de regular y controlar las relaciones entre los miembros y así evitar o moderar posibles tensiones y enfrentamientos.
Entre las características distintivas de la estructura se encuentran las siguientes:
a) Todos los grupos la poseen por rudimentaria que sea.
b) Una vez consolidada no cambia con facilidad.
c) Incrementa la fluidez de la interacción y, en consecuencia, la comunicación y eficacia de los grupos. Es decir, el realizar acciones que llevan a la consecución de las metas sólo es posible en la medida que la conducta de los otros es predecible, en la medida que el patrón de interacción grupal al que llamamos estructura existe y posee estabilidad.
Diferentes autores han tratado de concretar los elementos de este entramado que denominamos estructura grupal.
Roda (1999) ha tratado de resumir las aportaciones conceptuales y los elementos que configuran la estructura de forma secuencial para así «apreciar las complejas relaciones que existen entre los procesos y la estructura del grupo». Esta síntesis nos parece sumamente interesante si no la contemplamos desde una relación causa-efecto, sino desde la circularidad que ha de presidir toda relación grupal: la interacción repetida de los miembros genera diferencias de posición ( estatus ) en el grupo, prescripciones de comportamiento ( normas ) que dan lugar a funciones diferenciales ( roles ) que cristalizan en una estructura de poder en cuyo vértice está el líder y a un acceso diferencial a los canales de comunicación. En suma, para este autor, estatus, roles, normas, liderazgo y comunicación son los principales elementos que configuran la estructura del grupo, a los que nosotros añadimos uno más si cabe, la cultura, que se configura en el propio grupo.
El concepto de estatus se ha asociado a dos aspectos fundamentales: a) la localización o posición dentro de una estructura, y b) el conjunto de derechos y obligaciones vinculados a dicha posición. Hablar de estatus significa, en suma, hablar de ordenamiento jerárquico, asumir que, en función de ciertas dimensiones, hay individuos que ocupan posiciones más altas que otros. El sistema de estatus es el término que empleamos para referirnos a la jerarquía de posiciones en un grupo y que refleja la distribución de poder entre sus miembros.
La teoría de los estados de expectativas defiende que los miembros del grupo forman expectativas sobre las posibles contribuciones de cada integrante para el logro de los objetivos grupales. Estas expectativas se basan en la observación de características personales (inteligencia, conocimiento, preparación para la realización de la tarea, etc.), aunque también se consideran aquellas que tienen una connotación más genérica, como la edad, el sexo y presumiblemente los atributos de clase social. Las personas cuyas características son más positivas evocan mejores expectativas y son asignadas por el grupo a los estatus más altos. Estas asignaciones pueden ser modificadas en base a las contribuciones reales que se producen conforme el grupo va avanzando hacia la meta. Ahora bien, en este proceso de reevaluación no siempre se reequilibran las aportaciones de los miembros con los estatus que reciben. Por ejemplo, Ridgeway (1982) puso de relieve que aquellas personas que obtienen un bajo estatus inicial tienen grandes dificultades para demostrar más tarde su valor a los miembros del grupo.
Desde la posición etológica o biosocial , se defiende que los miembros del grupo lo que evalúan son características físicas como vigor, estatura, expresión facial. Estas percepciones llevan a adjudicar estatus altos a los
de compromiso es un moderador importante de la conducta de los miembros del grupo. Mientras los poco comprometidos están insatisfechos con su grupo y quieren cambiar, los muy comprometidos están más dispuestos a apoyar a su grupo durante los momentos difíciles.
Otro aspecto importante a considerar en el estatus, desde la teoría de la identidad social, es la estabilidad o inestabilidad del mismo. De nuevo, esta variable parece estar moderada por el nivel de compromiso con el grupo. Así, para los miembros altamente comprometidos o identificados con su grupo, sus conductas y cogniciones dependerán en menor medida de las perspectivas futuras de su grupo. Sin embargo, los sujetos poco comprometidos o identificados son más instrumentales, en el sentido de que ellos sólo están dispuestos a expresar su afiliación al grupo cuando su estatus es probable que cambie a mejor.
Estas diferencias entre identificadores altos y bajos son más evidentes cuando se hace saliente el contexto intergrupal. Distintos autores analizaron el papel de la identificación con el grupo y el estatus del grupo sobre la autoestereotipia grupal. Encontraron que cuando el estatus del grupo es alto no existían diferencias entre los que puntuaban alto y bajo en identificación grupal. Sin embargo, cuando el estatus del grupo es bajo, los que puntuaban bajo en identificación grupal presentaron menos autoestereotipia grupal que los que puntuaban alto en identificación grupal. Es decir, los sujetos bajos en identificación grupal se distancian del estereotipo grupal, mientras que los sujetos con alta identificación grupal continúan enfatizando su similaridad grupal, aunque el estatus del grupo sea bajo.
Junto al estatus, el rol es otra pieza decisiva en la configuración estructural del grupo. Ambas son las caras de una misma moneda.
El concepto de rol
La palabra rol procede del latín rotula , término utilizado para designar una hoja de pergamino enrollada alrededor de un cilindro de madera en donde estaba escrita la parte del guión que le correspondía al actor y que éste llevaba en la mano durante la representación teatral. Según el Diccionario de Psicología Social y de la Personalidad , por «rol» hay que entender la conducta asociada con una posición particular en un sistema social. Se espera que el ocupante de una posición lleve a cabo determinados roles, papeles o funciones en el grupo.
Dos dimensiones aparecen reflejadas, de una u otra forma, en las diferentes concepciones del término: la dimensión situacional y la dimensión personal.
Desde la dimensión situacional, el rol es considerado como un conjunto de expectativas vinculadas a una determinada posición. Es decir, las expectativas son independientes de la persona que desempeña el rol, o de otra forma, la existencia de las expectativas es anterior al individuo. El componente «conducta esperada» es, por tanto, clave en la definición de rol. Como vemos, ésta es una concepción del rol pasiva, ya que en ella se concibe que la representación de los roles se estructura a partir de las expectativas de los demás.
Esta concepción del rol se remonta a la idea clásica de la representación dramática. «las personas son como actores en un teatro, en una situación estructurada por las expectativas del director, los otros y el público».
La otra dimensión del rol es la dimensión personal. Desde esta dimensión se subrayan las características personales en el desempeño del rol. Frente a las expectativas sobre la conducta de los demás, algunos autores destacan la importancia de la dimensión personal en el concepto de rol. Aquí los roles quedarían subsumidos en
las actitudes si éstas son consideradas como «predisposiciones permanentes para actuar de determinada manera frente a los demás dentro de un grupo restringido».
Considerar esta doble dimensión del rol (dimensión situacional y dimensión personal) es considerar que la reciprocidad e interdependencia entre la dimensión situacional y personal es el elemento clave en la concepción de rol. Es decir, el desempeño de los distintos roles en el grupo estará en función de las expectativas de los miembros (objetivos y necesidades grupales) y de las características personales (aptitudes, valores, etc.) de cada uno de ellos.
Diferenciación de roles
En la diferenciación de roles hay que considerar el proceso de asignación de los mismos, quién desempeña qué roles. Este proceso se inicia con la aparición de ciertas necesidades (la más frecuente es la de liderazgo o dirección) que conducen a expectativas sobre ese tipo de conducta, de forma tal que si alguien exhibe la conducta en cuestión es recompensado por los miembros del grupo, por lo que aumenta la probabilidad de que esa pauta de conducta se reitere. Las expectativas de conducta no tienen un carácter personal, sino que son abstractas, están referidas a las exigencias propias de una posición o estatus, independientemente de su ocupante. En el supuesto de que nadie en el grupo exhiba el tipo de conducta requerido podría ser importando de otros grupos que cumplen una función de modelo.
Este proceso plantea, no obstante, algunos problemas:
— Falta de conocimientos, capacidad o motivación para desempeñar el rol adjudicado.
— Falta de consistencia entre el nuevo rol y el que se desempeñaba anteriormente.
— Falta de consenso respecto a cómo debería desempeñarse un rol y quién es el miembro más apropiado para hacerlo.
— Dificultades que plantea la transición de rol.
Pero si, como hemos dicho, la asignación de roles plantea dificultades no le va a la zaga su desempeño o ejecución. Es verdad que las expectativas que genera el rol sirven de guía cognitiva de la conducta, por lo que bastaría con conocer y aceptar esas guías para que el rol fuese correctamente desempeñado. Sin embargo, este proceso no es tan simple como a primera vista nos parece, ya que surgen incomodidades, inquietudes que los individuos experimentan cuando tratan de cumplir con las expectativas de rol. Estas dificultades pueden tener su origen en incompatibilidades (entre capacidades o características de personalidad y expectativas de rol), características del propio sistema (que conducen a que la persona se encuentre sometida a expectativas conflictivas o en competencia), exigencias (por ejemplo, al cambiar de una posición a otra cuyas demandas son opuestas a la anterior) y/o en recompensas inadecuadas en el desempeño del rol.
Entre los problemas que presenta la ejecución del rol, podemos destacar:
— Ambigüedad de rol. Que surge por la discrepancia entre la información de que dispone el ocupante de una posición y la información necesaria para un adecuado desempeño del rol. Hay que diferenciar aquí entre ambigüedad de tarea , falta de información respecto a la definición del trabajo, sus metas y los medios con que se cuenta para realizarla, y ambigüedad emocional , relacionada con preocupaciones por los demás y por las consecuencias de sus acciones en el logro de las metas personales.
fenómenos del mundo que nos rodea. Desde aquí se constata que la norma no tiene por qué ser impuesta en el grupo por una autoridad externa o un líder grupal, sino que en muchos casos la norma emerge a través de la influencia recíproca de los miembros del grupo.
En suma, las dos primeras acepciones están más relacionadas con la conformidad, la dependencia, las restricciones, el control social, la pérdida de la individualidad. Pero junto a estos aspectos —que podemos interpretar como negativos— las normas presentan otras funciones.
En primer lugar, las normas cumplen una función cognitiva: servir como marco de referencia a través del cual el mundo es interpretado. Esta función es especialmente relevante cuando los sujetos están ante situaciones novedosas o ambiguas, como es el caso del experimento de Sherif. En segundo lugar, cuando se trata del funcionamiento eficaz del grupo, las normas son necesarias para la coordinación de las actividades de cada uno de los miembros, lo cual comporta una distribución económica de fuerzas. En tercer lugar, las normas desempeñan un papel importante en la emocionalidad del grupo. Reducen la inseguridad en el comportamiento, el miedo de los miembros, tienen un carácter atenuante de los conflictos a la vez que regulan el comportamiento de unos miembros con respecto a otros. Por último, las normas pueden servir para asegurar la distintividad social, ayudan a demarcar miembros del endogrupo de los que no son, definiendo así la identidad social más nítidamente (ropas, pelo, dialectos).
Las normas en la explicación de la conducta
Las diferentes acepciones del concepto de norma parten de la base de la importancia que ésta tiene en la determinación de la conducta. Fishbein y Ajzen (1975), en su modelo de «acción razonada», especifican que la conducta viene determinada directamente por la intención conductual e indirectamente, y a través de la intención conductual, por la actitud y por la norma subjetiva. Ésta es definida como «un juicio probabilístico acerca de lo que la mayoría de las personas importantes para el sujeto, es decir, sus otros significativos, piensan de la realización de una conducta determinada». Para establecer el peso de la norma subjetiva es necesario que la persona: a) identifique los referentes cuyas opiniones toma en consideración; b) describa las expectativas de tales referentes, y c) establezca su disposición a someterse a tales expectativas que tienen un sentido normativo.
La importancia de las normas queda incluso más revalorizada cuando se tiene en cuenta, como hacen Fishbein y Ajzen, que las normas grupales también desempeñan un papel importante en la configuración de las actitudes. Así, de este modo, las normas influyen directamente en la intención de conducta e indirectamente a través de las actitudes.
Darley y Latané (1970) señalan que dentro de un mismo grupo es frecuente que coexistan simultáneamente normas incompatibles, por lo que cualquier tipo de conducta puede ser atribuida a la acción de cualquiera de las normas. En esta situación, cuando un concepto puede explicar cualquier forma de conducta después del hecho, nos da pie a sospechar que es demasiado vago como para poder tener la capacidad de explicar algo. Para Darley y Latané, la conducta de la mayoría sólo a veces concuerda con las normas sociales dominantes. Cabe preguntarnos entonces si las mismas normas están presentes tanto cuando la conducta es consistente como cuando es inconsistente con la norma. ¿Por qué deberíamos creer que las normas median en la conducta? La respuesta la encontramos en Cialdini y colaboradores (1991), quienes consideran que la influencia de una norma u otra en un conducta depende del grado en que la persona implicada focalice su atención en esa norma.
El grupo es, en este sentido, el campo propicio para que se dé esta focalización y, por tanto, para que el comportamiento sea más predecible a partir de las normas. Y es que en el grupo la influencia de las normas sobre el individuo es más nítida y contundente. Newcomb (1965) se planteó analizar cuál tenía más peso: el entorno social-grupal en el cual el sujeto viviría durante una cierta temporada o todo su bagaje personal y familiar. Para ello estudió el Bennington College, una pequeña universidad privada con fuertes principios liberales, pero con un alumnado procedente de familias conservadoras de clase media alta. Constató que el efecto de las normas liberales sobre los alumnos quedó perfectamente evidenciado cuando, con motivo de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, los estudiantes que ya llevaban tres y cuatro años y habían votado al candidato conservador representaban menos del 20 por 100 de los estudiantes, mientras que los que sólo llevaban tres o cuatro meses y votaron al candidato conservador eran más del 60 por 100, lo que era consistente con su procedencia familiar conservadora. Consideraciones aparte sobre algunos problemas metodológicos que presenta, no deja de ser una buena ilustración del impacto de las normas sobre las actitudes.
Años atrás, Sherif (1936) y Asch (1952) también pusieron de manifiesto el fuerte impacto del grupo sobre el comportamiento del individuo. Diversos autores nos han proporcionado algunas razones a la hora de explicar este poder normativo del grupo en el individuo.
Una primera razón se refiere a la dependencia informativa de los sujetos. Festinger (1950), en su Teoría de la comunicación informal, defiende que todas nuestras creencias sobre la realidad actúan como «miniteorías» que guían nuestras acciones y nos ayudan a interpretar los acontecimientos sociales, es decir, estamos lejos de tener las cosas claras. Sus hipótesis fundamentales son:
a) existe en los organismos humanos un impulso tendente a evaluar las propias opiniones y capacidades;
b) cuando no existan medios objetivos y no sociales disponibles, las personas evaluarán sus opiniones y capacidades comparándolas, respectivamente, con las opiniones y capacidades de otros;
c) la tendencia a compararse con una persona específica decrece a medida que aumenta la diferencia entre su opinión y capacidad y las propias del sujeto; ello implica que tenderá a elegir como término de comparación a alguien próximo en términos de opinión o capacidad.
La segunda razón toma en consideración el objetivo grupal. Festinger (1950) hipotetiza que cuando un grupo ha definido un importante objetivo grupal, éste induce uniformidad de acción entre los miembros del grupo, especialmente cuando la consecución del objetivo depende de la suma de sus esfuerzos.
Una razón añadida es la anticipación de las consecuencias positivas o negativas del «conformarse». Deutsch y Gerard (1955) diferenciaron entre «influencia informativa» e «influencia normativa». El primer tipo de influencia estaría relacionado con la hipótesis de validación social de Festinger antes mencionada y supone aceptar la conducta de la mayoría como fuente de información para interpretar la realidad. El segundo tipo supone conformarse a las normas grupales para agradar al grupo y sentirse integrado en él o por miedo a las consecuencias negativas que supondría el no conformarse con las normas del grupo (sanciones, ostracismo, etc.).
Terry y Hogg (1996) sugieren que bajo la conformidad laten procesos de identidad social. Para estos autores, «cuando la identidad social es saliente, las personas construimos una norma grupal específica del contexto a partir de información de naturaleza comparativo-social». Esta norma se representa como un prototipo grupal que describe y prescribe las creencias, las actitudes, los sentimientos y los comportamientos que óptimamente minimizan las diferencias endogrupales y maximizan las diferencias intergrupales (principio de metacontraste).
Las normas comienzan a concebirse así como marcos de referencia para las conductas y percepciones y se constata que la norma no tiene por qué ser impuesta en el grupo por una autoridad externa o un líder grupal, sino que en muchos casos la norma es fruto de la influencia recíproca de los miembros del grupo. En esta línea, Feldman (1984) sostiene que las pautas de conducta de un grupo cristalizan con rapidez en normas grupales. Las normas grupales también pueden ser importadas del contexto social, determinadas por el líder grupal o creadas en respuesta a eventos críticos en la historia grupal. Por su parte, Opp (1982) distingue tres tipos de normas correspondientes a otros tantos procesos: las normas institucionales vienen establecidas por el líder grupal o por autoridades externas; las normas voluntarias, negociadas entre los miembros del grupo en respuesta a un conflicto, y las normas evolutivas, aquellas que emergen gradualmente en el grupo. Estas normas, según Opp, emergen cuando las conductas que satisfacen a una persona son aprendidas por otras determinando que se extiendan a lo largo del grupo. La forma de comportamiento resultante genera expectativas al comienzo sobre la forma con que la gente se comportará con mayor probabilidad y después sobre cómo la gente debe comportarse.
Bettenhausen y Murnighan (1985) sostienen que las normas emergen a través de procesos cognitivos. Las personas llevamos al grupo guiones o esquemas que especifican la conducta más apropiada para diferentes situaciones. Estos esquemas son activados cuando alguien clasifica una nueva situación como similar a otras situaciones con que se ha encontrado. La rapidez con que las normas se desarrollan y la cantidad de negociación que requieren dependen del grado con que los miembros grupales comparten las situaciones clasificadas de la misma forma.
La desviación respecto a las normas
La investigación respecto a cómo las normas afectan a los grupos y a sus miembros se ha centrado, normalmente, en la conformidad y desviación de las mismas. Brown (2000) nos indica que «las normas generales y las normas que se refieren a aspectos periféricos de la vida del grupo tendrán una amplia tolerancia, mientras que en cuestiones que son centrales para la existencia del grupo o que tienen que ver con la lealtad al grupo los márgenes de conductas aceptables serán bastante restrictivos».
Schachter (1951) trata de responder a la pregunta cómo reacciona el grupo ante la desviación con respecto a la norma partiendo de la hipótesis de la teoría de Festinger (1950), que postulaba que los miembros del grupo dirigirían sus comunicaciones al miembro del grupo que se desviaba de la opinión del resto. Si el esfuerzo de la mayoría por ejercer influencia en el desviado resultara infructuoso, en la mayoría de los miembros aparecerían sentimientos de rechazo hacia el desviado. Los resultados corroboraron las predicciones de Festinger: los desviados atrajeron la mayor parte de la atención de la mayoría que intentaba cambiarles de opinión y aquellos desviados que mantuvieron su punto de vista contrario a la mayoría durante toda la sesión gustaron mucho menos que el resto de los miembros del grupo.
En conjunto, este y otros muchos estudios ponen de manifiesto que las personas rechazan a los miembros que no demuestran solidaridad normativa con el grupo, bien en términos de normas o en términos de logro grupal. Las explicaciones que se han propuesto para explicar quién se desvía y a quién se le permite desviarse de las normas del grupo son diversas. Nosotros las hemos agrupado en tres. Las dos primeras (modelo de cálculo social y modelo de sistema de créditos) son propias de la perspectiva del pequeño grupo, una perspectiva que tiende a enfatizar el papel interdependiente de los miembros del grupo, y la tercera se ubica en la perspectiva de la identidad social.
El modelo de cálculo social de Homans (1961) establece que los individuos que gozan de un estatus social elevado se sienten libres de dar respuestas diferentes de las de la mayoría y de no tener en cuenta a ésta cuando obran porque, aunque incurran en error, no serán penalizados. El «cálculo social» que hacen es que una pequeña pérdida de prestigio no es importante, mientras que si su desviación resulta ser una opción correcta su prestigio se verá reforzado y su elevado estatus confirmado. Por el contrario, los sujetos de estatus inferior el «cálculo» que realizan es otro. Como están en la parte inferior de la escala no tienen mucho que perder, ya sea siguiendo al grupo o escogiendo una línea de conducta independiente. Si sigue al grupo, no llama la atención, gana menos. En cambio, si adopta una línea de conducta independiente y resulta que su respuesta es la acertada tiene la oportunidad de que sea reconocido por el grupo y ganar en prestigio.
El modelo de «sistema de créditos» de Hollander (1958) defiende que cada sujeto en un grupo posee un cierto «crédito», una acumulación de disposiciones favorables de los demás hacia él. Cuanto mayor es su crédito, mayor es la confianza que le otorgan sus semejantes y en mejores condiciones se encontrará para desviarse y obrar sin tener en cuenta la mayoría para actuar, en suma, de modo no conformista.
Un nutrido grupo de autores opinan que estas explicaciones encuentran dificultad para explicar los procesos a gran escala donde la interdependencia interpersonal es menos saliente. En este sentido, la perspectiva de la identidad social, que trata a los grupos como categorías sociales, se centra en los denominados grupos de identidad común , esto es, grupos en los que el objetivo principal para los miembros es reforzar una identidad social positiva y diferenciada. En base a los principios propuestos por esta perspectiva (por ejemplo, autoestereotipia, metacontraste), los miembros del endogrupo que se conforman al prototipo endogrupal validan la identidad social y así atraen reacciones positivas de los otros miembros. Por el contrario, la conducta de los desviados pone en peligro la confianza de las personas del endogrupo respecto a las características y diferencias con el exogrupo, por lo que estos desviados experimentan reacciones negativas. La «eliminación» de estos desviados es funcional para el grupo, se refuerza la identidad social positiva imponiendo la solidaridad normativa.
La investigación sobre el denominado «efecto oveja negra» es consistente con esta perspectiva. Las personas diferencian entre miembros semejantes y diferentes del endogrupo de cara a mantener una identidad social positiva. En este sentido, los miembros semejantes del endogrupo son juzgados más favorablemente que los miembros del exogrupo. Pero lo inverso también es cierto. Los miembros que difieren del endogrupo son juzgados más desfavorablemente que los miembros del exogrupo (semejantes o diferentes). En suma, el efecto oveja negra nos pone de manifiesto que los miembros que se desvían son fuertemente rechazados cuando se desvían de las normas que definen la distintividad endogrupal positiva.
Más recientemente, se ha examinado el efecto que la conciencia de las normas tiene sobre las evaluaciones de los desviados intragrupales. Los resultados ponen de relieve que los participantes juzgan al endogrupo como un todo más favorablemente que al exogrupo. En condiciones no normativas, los miembros normativos y desviados del endogrupo son siempre juzgados más favorablemente que los miembros del exogrupo. No obstante, cuando a los sujetos se les hace consciente de la existencia de una norma prescriptiva favorecen a los miembros del endogrupo y del exogrupo que están más próximos a la norma endogrupal. Este patrón se muestra diferente cuando se hace que las personas sean responsables ante los otros. La responsabilidad, o el dar cuenta a los otros, aumenta la autoatención. En este sentido, los sujetos evaluaron el endogrupo como un todo más favorable que el exogrupo. Este efecto fue más fuerte en la condición de responsabilidad endogrupal que en la condición de responsabilidad
Las normas, en suma, se presentan como fuertes mecanismos para mejorar la productividad. Las normas, con su capacidad para mejorar la productividad y reducir el absentismo, también dan lugar a la uniformidad, pero esta uniformidad —como veremos más adelante— es la que obstaculiza la calidad de la toma de decisiones y que se encuentren menos soluciones, dificultando así la flexibilidad, adaptabilidad al cambio y predisposición a tomar riesgos que son los rasgos deseables de cualquier compañía del nuevo siglo. Ésta es, en definitiva, la cara y la cruz de las normas.
Respecto al tema de la cultura grupal, los psicólogos han analizado ésta a nivel social o a nivel de grandes corporaciones u organizaciones, pero también los grupos pueden desarrollar «culturas». La evidencia para tales culturas se puede encontrar en la investigación sobre familias, equipos deportivos o equipos de trabajo. El análisis cultural de los equipos de trabajo ha sido especialmente popular. La cultura de los grupos puede definirse como un sistema general de normas que gobierna los significados en los grupos. Como tal, la cultura de un grupo llega a ser un esquema interpretativo, históricamente desarrollado y socialmente mantenido, aunque no necesariamente compartido, que los sujetos utilizan para dar sentido y estructurar sus propias acciones y las de los otros. La cultura de un grupo viene definida por la comprensión de las personas del sistema social al que pertenecen. Incluye aspectos y prácticas de la vida diaria de un grupo de personas que definen y ayudan a mantener lo que ellos consideran normal y que dan soporte a aquellas cosas (por ejemplo, producción de objetos, conocimiento, actividades) que ellos piensan son necesarias o valiosas. Es un campo simbólico constituido por los procesos de interpretación que proporcionan el contexto para el significado y la comprensión del grupo y de la realidad que éste ocupa. Ha existido —y existe— mucho debate sobre cómo medir esta cultura grupal. De la concepción de cultura desarrollada anteriormente se desprenden dos componentes relacionados, a saber: el conocimiento socialmente compartido y un conjunto de costumbres en el que se incluyen rutinas, jergas, rituales y símbolos. Un modo de analizar este conocimiento es considerar una serie de interrogantes, como, por ejemplo: grado de desempeño del grupo, grado de empatía o antipatía entre los miembros del grupo, por qué están realizando determinadas actividades, etc. La respuesta a este tipo de preguntas lleva implícitos procesos sociales/cognitivos complejos.