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¿EXISTE EL DIALECTO ANDALUZ? EL PUNTO DE PARTIDA En un trabajo reciente, José Mondéjar se ha ocupado de «si el “andaluz” histórico es un dialecto u otra cosa que podemos llamar modalidad o variedad regional del español» !, El estudio consta de dos partes perfectamente solidarias: desenmascarar una serie de falacias y hacerlo desde unos presupuestos teóricos. Los razonamientos esgrimidos contra los sembradores de cizaña son de una implacable contundencia, y nadie que crea en eso que llamamos quehacer científico dejará de aceptarlos. En cuanto a los fundamentos teóricos de si el andaluz es o no un dialecto, he tenido que meditar un poco. Porque un problema de terminolo- gía puede significar muchas cosas, sobre todo en días en los que, bajo el uso mendaz de las palabras, se quiere desvirtuar los he- chos, Razón por la que ya debemos romper el silencio, si somos conscientes de nuestra propia responsabilidad social. Pero hay más, uno debe defender sus ideas científicas cuando se ponen en tela de juicio o cuando son combatidas silenciándolas. He de- jado pasar tiempo para escribir sin ninguna urgencia. Además, | «Naturaleza y estatus social de las hablas andaluzas», en MANUEL ALvaz (coord.), Lenguas peninsulares y proyección hispánica, Eundación Friedrich Ebert-Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid, 1986. págs. 143-149, El fragmento que aquí transcribo está en la pág, 143. lo hago desde una lejanía que da un aire pueblerino a todo lo que no es la verdad, con lo que se gana en objetividad. Y, por último, que Mondéjar sea mi arnigo entrañable no debe impedir que digamos, ambos, la que creemos sobre cuestiones de nues- tro oficio. LA OBJETIVIDAD DE LOS HECHOS Para justificar lo que van a ser sus razonamientos, parte el au- tor de dos textos míos: uno de 1964 (que le parece bien), y otro de 1961 (que no se lo parece tanto). Pongamos en orden la crono- logía: cuando escribí el artículo en el homenaje a don Alfonso Re- yes? partíamos de un conocimiento de los hechos que había faci- litado el ALEA; hoy, tantos años después, y sabiendo mucho más de la dialectología española y de la americana, las cosas siguen teniendo el mismo carácter: los rasgos andaluces son más, mucho más de los que aisladamente pueden darse en lo que se llaman hablas meridionales, lo que no es un término justo, o atlántica, que tampoco lo es3, Que un rasgo andaluz como, por ejemplo, la aspiración de la ese se dé en Salamanca, en Ávila o en Toledo*, que la neutralización de ¿ = r aparezca —por decir un solo domi- 2 «Hacia los conceptos de lengua. dialecto y hablas», MRFH, XV (1961), 54-59. Lo he recogido en La lengua como libertad, Cultura Hispánica, Ma- drid, 1982. Citaré por este libro, porque en él agrupo otros trabajos que aho- ra necesitaré usar. En la pág. 145 de su estudio, Mondéjar cita con inexacti- tud mi título; hay otros errores, como antonomasia por autonomía, que pienso deberán cargarse a la cuenta del impresor. 3 Véase GREGORIO SALVADOR. «Discordancias dialectales en el espa- ñol atlántico», en el I Simposio Internacional de Lengua Española (1978), Las Palmas, 1981, págs. 351-362. % Véase ANTONIO LLORENTE, Las hablas vivas de Zamora y Satamanca en la actualidad (en la obra que cito en la nota 1, págs. 117-118); Máximo TORREBLANCA, «Estado actual del lleísmo y de la h- aspirada en el noroeste de la provincia de Toledo», RDTB xxx (1974), 77-89. — 26 nio- en Puerto Rico* o que haya abertura de vocal en los plura- les en algún sitio del español rioplatense *, no creo que quiten fisonomía al andaluz, ni la pierda porque encontremos otros ras- gos suyos en canario o en murciano. No creo que ningún aficio- nado a la dialectología confunda a un hablante de Las Palmas o de Cartagena con otro de Málaga. Sigo creyendo en unas pala- bras mías que cita el Prof. Mondéjar: Lo que viene a crear su especial fisonomía [del andaluz] es la enorme cantidad de rasgos que aquí se han dado cita: el grado extremo a que se han llevado todos los procesos, la al- tura social que han alcanzado uno a uno y el conjunto de las manifestaciones lingúlísticas. Y esto caracteriza al andaluz dentro de las demás hablas que proceden —naturalmente— del castellano. Las caracterizacio- nes en lingúística, y fuera de ella, se hacen «por asociación» de discrepancias, ¿cómo si no? Por otra parte, Mondéjar dice: Todas las hablas meridionales conocen, en mayor o menor grado, la aspiración de la -s implosiva, la abertura de la vocal final, la aspiración de las velares sordas, la confusión de r y len final de sílaba o su pérdida en posición final absoluta, etcétera. Aquí hay reunidas cosas heterogéneas: no se puede mezclar la aspiración de la -s, que es un proceso de la «demolición» de la s implosiva del indoeuropeo ”, que afecta a muchísimas lenguas y en la nuestra tiene enorme difusión, con la abertu- ra de la vocal final, pues no se ha resuelto del mismo modo 3 Baste recordar el libro clásico de Tomás Navarro, El español en Puerto Rico, Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, 1948, págs. 76-88. $ Wasuixoron Vásquez, El fonema ¿sí en el español de Uruguay, Mon- tevideo, 1953, 7 Véase M. ALVAR, «Las hablas meridionales de España y su impor- tancia para la lingiiística comparada», RFE, XXXIX (1955), 284-313. Y ser todos los atlas, en problemas de sintaxis **, No seré yo quien niegue que esto son variedades, pero habrá que encon- trar el registro preciso para poderlas definir. Insistiré en ello. Volvamos ahora a mi opinión de 1964. El profesor Mondéjar copia un trecho en el que digo: Las hablas canarias no son un dialecto. Ni uno solo de sus rasgos fonéticos es privativamente suyo. ni su léxico se diferen- cia de los otros [...]. Pertenece a un gran complejo [...] en el que cabrían el extremeño del sur, el andaluz, el murciano [...] 5, A la tesis de mi gran amigo le conviene que el andaluz forme bloque con esas hablas meridionales en las que diluiría su ori- gimalidad, pero mis ideas son muy precisas, y lo eran hace muchos años. Nada de particular tendría cambiarlas (para bien), pero siento decir que no las he cambiado, Cuando inventé el ALEA (1952) apenas si sabíamos algo del andaluz; del canario, hasta 1959, poco más que nada. Cuando puse en marcha el ALE/Can (1964) ya había publi- cado tres tomos del ALEA *, Es decir, podíamos establecer, desde mi punto de vista, una coordinación de saberes que es- taban explícitos en la propia orientación del ALEICan, Para Mondéjar, el decir yo que el andaluz es un dialecto y el cana- rio no, supone «establecer dependencias de estatus que [...] parecen no existir» en mi pensamiento. Nada más lejos de la 14 Sobra estas dificultades, véase R. A. HUDSON, Sociolinguistics, Cambridge University Press. Cambridge, 1980, pág. 46. 1%. Las mutilaciones son más, pero no atañen a lo que voy a decir. Mi redacción no parece gustarle a mi ilustre amigo y pone el sambenito de (sic) a una referencia para mí muy clara: el antecedente es dialecto y no hablas, cues- tión de estilo, Como lo son los estilemas pleonásticos de le: «la interpretación que le di a este texto» (pág. 144), «la existencia de todos y cada uno de los rasgos [...] es lo que le resta individualidad al dialecto» (pág. 145). 16 La obra debiera haberse acabado de imprimir en 1967, de haber so- guido con el ritmo que teníamos marcado; si no se hizo fue por la estafa con que nos agracíó la piedad de un grabador. —30— realidad, y para explicarlo recurro al mucho saber de un romanista tan ¡lustre como Mondéjar '”. Cuando tratamos de ordenar, recurrimos a los rasgos comunes de unas lenguas; así decimos que el rumano, el rético, el sardo, etc., son len- guas románicas por lo que las agrupa (su base jatina), es lo que hice en mi texto de 1964; pero al decir que el francés es una lengua románica no se me ocurre pensar que no esté bien diferenciada, ni al enumerar las «hablas hispánicas meridio- nales» se me ocurre negar la fuerte diferenciación del anda- luz. Cuando tratamos de caracterizar en lingúística, io hace- mos por lo que es discrepante, original o como queramos lla- marlo, y entonces el portugués, el español o el italiano lo son por lo que no se parecen, es decir. por sus peculiaridades; o el andaluz, frente al canario, por las suyas. Pero esto que es claro, y que no debiera merecer más co- mentarios, se ha tergiversado, pienso que inconscientemente. En el arranque mismo del estudio están esas palabras de «si el andaluz histórico es un dialecto u otra cosa» (pág. 143). ¿Qué quiere decir andaluz histórico? Porque lo que en el tra- bajo se estudia es el andaluz, como mucho a partir de 1881, y siempre que se hacen referencias se hacen, tal y como la lógica impone. a situaciones actuales; es decir, se ha mezcla- do andaluz histórico (hecho de diacronía) con naturaleza y estatus social de hoy (hecho sincrónico) con lo que se han venido a enrevesar cosas que deben estar separadas. El anda- luz histórico es, lisa y llanamente, castellano '%; el andaluz de hoy no es castellano. Es decir, la «gramática histórica» del andaluz es el castellano; la del castellano, el latín. Y aquí en- tran las diferencias: el canario no es castellano trasplantado a las Islas y allí evolucionado, sino andaluz, concretamente mo- 17 Dicho brevemente: el canario es andaluz, cf. infra. 13 Porque cuanto sabemos del andaluz como tal no está en los viejos textos que tan pobres son en las manifestaciones dialectales, —31— dalidad lingtiística sevillana llevada desde Sevilla (y Jerez y Cádiz) '? y evolucionada allí como evolucionó en Andalucía. Es decir, el canario es históricamente andaluz (una modali- dad del andaluz) y el andaluz es históricamente castellano. Si Mondéjar no piensa así, estaremos hablando desde galaxias heterogéneas, pero no lo creo: ha tenido un desliz al ínvolu- crar la historia, Y, en la historia, estamos totalmente de acuer- do. Nos separa un problema de sincronía. Pienso que ni si- quiera esto: una pequeña cuestión de nomenclatura que —lo diré mil veces- mi entrañable y muy querido amigo ha roza- do para llevar mis ascuas a sus sardinas, cuando en la reali- dad tiene toda la razón; en la ciencia, plena autoridad y en la dialéctica, la fuerza de la mandarría blandida por el herrero de Goya. En el manoseado artículo de 1961 (Mondéjar lo ceracteri- za como «muy conocido») intenté piantearme la cuestión de qué era lengua, qué dialecto, qué hablas. Dije entonces cuán imprecisa era una terminología que no es lingúíísiica, sino paralingúística %. ¿Por qué un sistema se llama lengua y otro dialecto? Para mí, hoy, sencillamente por razones de prestigio. Ahora bien, a lo largo del tiempo los fingilistas han ido expo- niendo sus criterios con la pretensión de aclarar las cosas: así historicista y estructuralistas, así idealistas y positivistas, así geógrafo-lingilistas o sociólogos ?!, Para todos, sin excepción, 19 Para no extenderme en referencias bibliográficas, véase el cap. 3 «Sevilla y Las Palmas» en mi libro Niveles socioculturales en el habla de Las Palmas de Gran Canaria, Cabildo Insular de Gran Canaria, Las Palmas, 1972, págs. 51-57, 20. Por eso hacía muy bien Hugo Schuchardt para no animar ni desani- mar a sus amigos de Sevilla. Los problemas son muchos y enrevesados. Y si se quiere aducir la suprema autoridad. copiaría un texto: «il est difficile de dire en quoi consiste la différence entre une langue et un dialecto» (FERDINAND DE SAUSSURE, Cours de linguistique générale, €d. crítique préparée par Tullio de Mauro, Payot, París, 1972, pág. 278). 21 Cf. «La dialectología» (1968), incluida en La lengua como libertad. Y dialecto es una diferenciación % y ha habido lingíiistas que ven la diferencia sólo cuando la lengua originaria ha desaparecido y quedan, únicamente, sus herencias. Otros (entre los que me encuentro) juzgan que no es necesario esperar la muerte de una lengua para que podamos ir viendo sus muchas diferencias. Y entonces surge el problema de la nomenclatura. Después de no poco especular y ver lo que los demás habían dicho, llegué a la conclusión de que dialecto es «un sistema de signos desga- jado de una lengua común, viva o desaparecida; normalmente con una concreta limitación geográfica, pero sin una fuerte di- ferenciación frente a otras de origen común» (pág. 62). Para mí, y acabaré ya de referirme a ese artículo tan antiguo, todos estos rasgos se dan en el andaluz. Decir que es un hecho indis- cutible que «las hablas andaluzas, respecto del español, no di- fieren sustancialmente de la lengua histórica, encarnada en cada región con variantes» me parece cerrar los oídos a la realidad. Porque ¿qué es el españot?, ¿qué es la lengua histórica? ¿El españo! es lengua histórica? Creo que así. en montón, las co- sas no se entienden. Intentaré decir lo que pienso: Español es el suprasistema abarcador de todas las reali- zaciones de nuestra lengua. O dicho técnicamente: la lengua abstracta que todos aceptamos. que tiene virtualidad en la len- gua literaria escrita y que ninguno habla, Es el sistema con- siderado fuera del individuo, Pero esta abstracción se realiza en millones de actos comunicativos (la parole) que están tra- bados por dos órdenes de fuerzas, las geográficas y las socia- les, De ahí las variedades geográficas (o dialectos tradiciona- les) y las verticales (o sociolectos). ¿A qué lengua histórica se refiere el andaluz? ¿Al espa- ñol que se aduce? Si esto es así la formulación es faisa, por- 2 Véase el cap. 8 de J. B. Pribe, The social meaning of language, Oxford University Press. London, págs. 60-69, donde se analizan las dife- rencias entre las lenguas y los dialectos. 3 ACERCA DE UN TEXTO TEÓRICO Precisamente, la referencia última que he hecho al traba- jo de Mondéjar encierra en el original un hoy subrayado para indicar qué se considera científico y qué no por estas calendas, y el autor aduce el mucho peso que científicamente posee el Prof. Coseriu?5. Pero aducir una autoridad puede tener sus riesgos, como nuestro autor señalaba al comenzar su trabajo. Por eso hemos de aumentar nuestra cautela si buscamos el amparo del sabio cuyo magisterio reconocemos, y para mí, resulta sorprendente la utilización de tal estudio. Justamente porque dice todo lo contrario de lo que se pretende. Como es lógico, Eugenio Coseriu señala la dificultad de separar los conceptos de lengua y dialecto, pero intentando aclarar las cosas me limitaré a copiar unos cuantos párrafos del artículo mencionado: 1. «Entre dialecto y lengua no hay diferencia de concepto o “sustancial” (pág. 5), según hemos dicho cuando nos ocupamos del tema, 2, «El término dialecto -contrariamente a una opinión muy difundida— no significa otra cosa que el término lengua. Pero, si todo “dialecto” es una lengua, no toda “lengua” es un dialecto» (pág. 5). No me extiendo: es lo que para mí resulta claro desde hace muchos años, El castellano es una lengua y tiene sus dialec- tos; éstos —evidentemente— no son lenguas. 3. «Un “dialecto”, sin dejar de ser intrínsecamente una “lengua”, se considera como subordinado a otra “len- gua” de orden superior» (pág. 6). En mis análisis Ha- mo a esta superioridad prestigio, 2 E, Cosertu, «Los conceptos de “dialecto”, “nivel” y “estilo de len- gua” y el sentido propio de la dialectología», LEA, 11 (1981), 1-32. —H— 4. «El término dialecto, en cuanto opuesto a lengua, de- signa una lengua menor distinguida dentro de (o in- cluida en) una lengua mayor, que es, justamente, una lengua histórica» (pág. 6). Argumento evidente: el castellano es dialecto del latín; las «variantes» del cas- tellano son sus dialectos. 5. «Una lengua histórica -salvo casos especiales- no es un modo de hablar único, sino una “familia” históri- ca de modos de hablar afines e interdependientes, y los dialectos son miembros de esta familia o consti- tuyen familias menores, pero dentro de la familia ma- yor» (1d.). Claro que si las diferencias fueran tan gran- des habrían nacido otras lenguas bien diferenciadas (francés, italiano, portugués frente al latín), lo que no ocurre con lo que llamamos dialecto, ni mucho me- nos, con las hablas locales, 6. «Así, el español de América es, fundamentalmente un dialecto [.. ] de la lengua española común (es decir, del castellano en cuanto lengua común); y lo mismo cabe decir del andaluz, del canario y hasta del judeo- español» (pág. 14), Acepto y preciso: el canario no es sino andaluz, con ciertos componentes léxicos (muchos portugueses y pocos prehispánicos); el judeo-español es una koiné con diversos integrantes en cada asenta- miento de la diáspora. Justamente a estas situaciones se llega también por otros caminos; lo que es lógico, si las formulaciones son exactas. Coseriu sin embargo, ¿cómo iba a creerlo?- no dice qué al- tura debe alcanzar el termómetro para decir esto es variante y aquello dialecto, No puede decirlo porque se mueve en un plano teórico en el que —bien lo sabemos todos— no hay dife- rencias entre lengua y dialecto; el nudo de la realidad prácti- ca es el que ahora nos afecta y entonces resulta que dialecto es «un modo de hablar subordinado a una lengua histórica, —3— delimitado en el espacio» ”. Retomo la cuestión: castellano, lengua histórica con respecto al andaluz, pues esa lengua está «por encima de la variedad dialectal». Nadie ha negado que dialecto y variedad sean términos válidos; lo que ocurre es que establecemos una jerarquización que parece evidente: el andaluz es un dialecto del castellano y en ese dialecto hay multitud de variedades (sevillanas, cordobesas, almerienses y, también, canarias) 0, SOBRE SOCIOLINGUÍSTICA En 1979 publiqué el artículo «Lengua, dialecto y otras cuestiones conexas» 31, Traté de hacer ver cuán inoperantes eran en Rusia las cosas que como marxistas se nos querían servir por estos andurriales. Hoy las cosas me parecen más claras todavía: los poderosos exportan a los débiles los pro- ductos tarados que no les sirven en casa*?, mientras ellos tra- tan de fortalecerse, también en lingiiística. Por ejemplo: The Russification polices of the Tsars were deliberate atempts to use the Russian language as the «cement of empire». Although there were a few who called for the use 2 Según ibid, pág. 12, nota 13. 30 Valga para acabar otro texto de Cosertu: «El andaluz de Sevilla, si se considera absolutamente [...] será “la lengua popular de Sevilla”. Y si se considera desde el punto de vista de su estatus histórico será: “el dialecto de Sevilla”, si se deslinda directamente dentro de la lengua histórica española; “el dialecto de Sevilla”, si se deslinda dentro del “dialecto andaluz”; y “el subdialecto de Sevilla”, si se deslinda dentro del andaluz y éste se conside- ra. a su vez, en relación con el “dialecto castellano”, como "subdialecto” del mismo» (op. ciz, pág. 1D). 3 LEA, 1(1979), 5-29, ahora en La lengua como libertad. Véase tam- bién «La norma lingúística» en ¿bid, 32 Trato de esto en «Planificaciones y manipulaciones fingiiísticas». en el libro colectivo Lengua y sociedad (en prensa). — 38 d 1 of other national languages, in school, no real change occurred until after the Revolution Y. Como el trabajo de Mondéjar coincide con el mío en no pocas afirmaciones, e incluso referencias, por haber ido am- bos a las fuentes de primera mano, no voy a hacer sino sus- cribir lo que él dice. Me gustaría apoyarle en algún punto: el cormplejo de inferioridad de los andaluces lo tienen también los aragoneses, los canarios, los puertorriqueños (¿quiénes son?) pero no por ser lo que son, sino por ser incultos 3, Si se les diera la educación a que tienen derecho, el complejo de inferioridad desaparecería, porque la tal inferioridad no existe. Yo quisiera ampararme en juicios ajenos no para tener más razón, sino para que la mía esté amparada por quien ni de lejos ha saludado nuestros problemas. Hablar de una ma- nera, si detrás de ella está la conciencia del saber, no le pare- ce vituperable a quien la utiliza. Mondéjar lo ha dicho y bien; por mi parte añadiría que los sociolingilistas han llegado a la conclusión de que el dialecto viene a ser el conjunto de «va- riedades según el usuario» y dentro de él están los registros, que son las «variedades según el uso» 3, con lo que resulta que el dialecto muestra lo que uno es y el registro lo que hace. Por tanto, el dialecto andaluz (de ahora en adelante le llama- rá dialecto) presenta todas esas variedades que hemos seña- lado y la «complejidad» de los andaluces está en la inade- 33 Con muchísimas referencias bibliográficas que apoyan el aserto, en JOHN EDWARDS, Language, society and identity, Oxford, 1985, pág, 180. 3% Véase «Actitud del hablante y sociolingúística» [1977] en mi libro Hombre, etnia, estado, Madrid, 1986. y las muchas referencias que a la cues» tión se pueden entresacar en el índice de la obra (s. w. español). 35 Hay no poca bibliografía recogida por R. A. FIUDSON, op. cit., págs. 48-49. Claro que hay mucho que hablar sobre ello, véase el trabajo de Coseriu que he comentado y las páginas de José Joaquín MONTES, «Dialectología y sociolingiiística: algunas ideas sobre sus interrelaciones», LEA, vu (1986), 133-141. — Ak flaperros arriba, otra, a la que despectivamente dicen el Nor- te. Pero no nos dejemos ganar por los exabruptos: aquí aca- ban las cosas y la lingúística tiene muy otras exigencias. CONCLUSIÓN «Nosotros no tenemos más que una lengua que es la espa- ñola», las variedades orales pueden mostrar diferencias geográ- ficas o sociales. Aquéllas adoptan diversos registros de lengua; éstas se borran con la educación (no con la zapa demagógica) de las clases menos instruidas. No hacer esto es volver a posi- ciones retrógradas Y y a la folidorización cultural *. > Véase Jonx EDWARDS, op. cit., págs. 101-107. 4 Cf. Planificaciones y manipulaciones lingúlísticas (en prensa). 4