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repaso ejercicios sintaxis oracion simple
Tipo: Apuntes
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Introducción
En el lenguaje corriente se utiliza la palabra “filosofía” para referirse a situaciones que nada tienen que ver con esta disciplina. Veamos algunos ejemplos:
“Tomarse las cosas con filosofía” significa mantener la calma, la serenidad cuando las circunstancias son adversas. Filosofía significaría una especie de sabiduría que sabe acomodarse a los acontecimientos cuando no se puede hacer nada por mejorarlos. Esto es un recuerdo muy deformado de la escuela estoica, en la época greco-latina.
El término de “filosofía” también designa los principios generales de un plan de acción, de un programa político, de una ley. (Todos hemos oído frases como: “Nuestra filosofía consiste en no dar nada por perdido, etc.”).
La “filosofía” de un grupo suele ir referida a su “visión acerca del mundo”, visión que no se expone en forma de argumentos razonados, pero de la que sus miembros sacan hábitos y creencias comunes.
Estos usos de la palabra carecen de justificación interna y de racionalidad crítica, que son, precisamente, las características del pensamiento filosófico.
Importancia de la filosofía: valor extrínseco e intrínseco
Así como la mayoría de estudiantes aprende muy pronto lo que son las matemáticas, la lengua, las ciencias naturales, suele ignorar lo que es la filosofía y a qué se dedican quienes la ejercen o la enseñan.
Mientras que todo el mundo sabe y valora lo que hacen los médicos, arquitectos, ingenieros, abogados, etc., la mayoría desconoce para qué sirve la Filosofía. Así que parece que la Filosofía no posee un valor extrínseco reconocido, aunque en realidad sea enorme.
¿Y su valor intrínseco? Un matemático puede decir que todos los avances de la ciencia y de la civilización tienen su origen en precisos cálculos matemáticos. Un científico afirmar que es el conocimiento de las leyes naturales lo decisivo, y para ese conocimiento las matemáticas son un importante instrumento, pero auxiliar. Un lingüista podría argumentar que, de nada serviría el conocimiento científico y matemático si no lo pudiéramos comunicar, enseñar a través del lenguaje.
Ahora preguntémonos: ¿desde dónde se pueden hacer estas afirmaciones? No desde la matemática, pues habría que aportar axiomas, teoremas de los que se pueda inferir de forma exacta, “matemáticamente” que la matemática es lo más importante. Lo mismo cabe
decir de la ciencia o el lenguaje: no se puede inferir de estos saberes la importancia sobre los demás. En Lógica, a este tipo de argumentos que parecen correctos pero son engañosos, se les llama falacias. La mayoría de la gente, lo sepa o no, utiliza frecuentemente falacias para convencer, imponerse, engañar. La Lógica, sin embargo, es una parte esencial de la Filosofía, así que la Filosofía sirve, por ejemplo, para que no nos engañen.
El lugar desde el que los saberes a que nos hemos referido fundamentan sus argumentos no son esos saberes mismos (matemáticas, ciencias, lenguaje, etc.) sino que ese lugar se encuentra en un nivel superior, de más amplias miras, más general, más universal: ese nivel no es otro que el de la razón humana. Los argumentos que emplea el matemático, el científico o el lingüista son racionales, lógicos, cualquiera puede entenderlos esté o no de acuerdo con ellos. Y esto es así porque lo característico y definitorio en el ser humano es su racionalidad. La lógica es la disciplina que se encarga de estudiar la corrección de los argumentos racionales. La razón, por su parte, representa varias características: una de ellas es la universalidad. Esto significa varias cosas:
a) Que los argumentos racionales, lo que la razón demuestra ser verdadero, valen sin excepción, universalmente. b) No hay asunto ajeno a la razón: todo puede ser objeto de reflexión, de estudio para la razón. Todo puede tener un enfoque filosófico. c) De estas dos características deriva la radicalidad propia de la razón: a la razón no le basta con saber esto o aquello, sino que quiere saber si lo que sabe es lo fundamental, lo más importante, el fondo último de las cosas. A la razón le gusta pensarlo todo a fondo, hasta la raíz. Eso es lo que significa radicalidad.
Así pues la Filosofía es el ejercicio sin límites de esa racionalidad que caracteriza al ser humano. Por eso la Filosofía se ve caracterizada a su vez por la universalidad y la racionalidad propias de la razón. Los tres especialistas que defienden sus materias lo están haciendo desde la razón, y por tanto desde la Filosofía. La Filosofía es la condición que hace posible el que se pueda hablar racionalmente de cualquier cosa, así que se puede decir que todo hombre es un filósofo, lo sepa o no, pues humanidad, racionalidad y filosofía se coimplican. No hay tema que no pueda abordarse racionalmente y, por tanto, no hay tema tampoco que se escape a la consideración filosófica.
¿Qué se podría responder si nos preguntaran para qué sirve la felicidad, el amor, el arte, la música, la belleza? No hay respuesta porque son realidades deseables por sí mismas, no con vistas a otra cosa. Deseamos comprendernos a nosotros mismos, nada más. Cuando nuestra salud mental es buena, disfrutamos ejercitando la mente, por el puro deleite de saber. La filosofía, al no estar supeditada a ninguna otra cosa, es el tipo de saber que se busca por sí mismo, la ciencia más libre, en palabras de Aristóteles. Se busca por la felicidad que da comprender en lugar de someterse.
Pero además, la filosofía es un antídoto contra los prejuicios, como estudiaremos más adelante. La tradición filosófica ha insistido desde Sócrates en que no vale la pena vivir la vida si uno no la somete a examen (que significa “reflexión”). La filosofía ha identificado la reflexión crítica con la libertad. Históricamente ha promulgado la Declaración Universal de los Derechos Humanos, promoviendo una conciencia de estos derechos, etc. Sólo hay que ver en un mapamundi los países de tradición filosófica y los que no la tienen para darse cuenta de cómo piensan, cómo viven, qué derechos poseen aquellos a quienes no se les ha brindado la ocasión de plantearse ciertos interrogantes.
ese paso, pues nuestro mundo nos ofrece gran número de mitos, de explicaciones arbitrarias que quieren imponerse apelando no a la dimensión intelectual de la persona, sino a la dimensión emotiva. ¿No son relatos míticos los spots publicitarios que nos dicen qué merece la pena, qué se debe hacer, qué es lo que tiene sentido? ¿Y qué decir del mito de la opinión pública? La opinión pública se presenta como la voz del pueblo, una voz sacralizada y llena de autoridad. Pero ¿quién detecta esa opinión pública mitificada? ¿por qué se insiste tanto en ella? En esta cuestión, como en tantas otras, el paso del mito al logos consiste en descubrir que la opinión pública es la interesada opinión de aquéllos que tienen poder para hacer pública su opinión.
Como hemos visto, la actividad de aquéllos que por primera vez pasaron de las explicaciones míticas a las racionales, se ha llamado filosofía o “anhelo de saber”. Podría haberse impuesto otra palabra : aletheia que significa “des-velar”, “desenmascarar”. Unas actividades que realizaron los griegos y han realizado, en mayor o menor medida, los filósofos de todos los tiempos.
¿Por qué en Grecia?
Por qué la filosofía surgió en Grecia y no en otro lugar se debe a distintos factores:
Especificidad del saber filosófico
¿Y qué es lo específico de la filosofía? Mientras que en el resto de las ciencias (Física, Biología, Química) hay unanimidad sobre la definición y la tarea de las mismas, es decir, que el conjunto de científicos está de acuerdo en lo que respecta a problemas y soluciones planteados por estas disciplinas, en Filosofía parece a simple vista que vaya cada loco con su tema. Sin embargo, esta particularidad, esta ausencia de consenso no es un rasgo defectuoso sino, en nuestro caso, beneficioso.
Kant, uno de los filósofos más importantes del pensamiento filosófico, solía decirles a sus alumnos que “ no iba a enseñarles Filosofía, sino a filosofar”. Porque la Filosofía no puede enseñarse como el resto de las materias. Las demás materias son ciencias acabadas, lo cual quiere decir que durante un tiempo importante, todos los científicos están de acuerdo en cuáles son los problemas que plantea y resuelve, por ejemplo, la Física: y estos son precisamente los problemas y soluciones que pueden enseñársele a alguien que quiere aprender Física. En este sentido, es algo acabado, que puede enseñarse en bloque. Pero en filosofía hay que proponerse enseñar, como Kant, una actitud, una actividad: no un pensamiento, sino a pensar. Se trata de aprender a ejercer la propia razón por el afán de llegar hasta el fondo de las cosas. Para ello hay que “alimentar” el propio pensamiento con
posibilidades.
Kant daba tres consejos generales para guiarnos en la tarea de filosofar evitando los típicos errores:
El primer consejo pretende que, a la hora de hacer Filosofía, no nos guiemos por ninguna autoridad. Los problemas que nos planteemos serán los que decida nuestra razón argumentado lógicamente, no los que nos dicten desde fuera, los que nos impongan los “sabios” o la “tradición filosófica” apoyados en la supremacía intelectual. En Filosofía no se debe aceptar nada de forma acrítica. Todo problema o solución ha de someterse al juicio de la propia razón. No hay más autoridad cuando se filosofa.
El segundo consejo quiere evitar el riesgo de aplicar el primero de forma indiscriminada: el pensar por sí mismo y excluir toda autoridad puede eliminar un aspecto muy positivo del pensar ajeno. Y es que el pensamiento del otro sirve también para presentar alternativas, para que no nos quedemos encerrados en el propio hilo argumentativo. Pensar en el lugar del otro significa considerar a fondo otras posibilidades. En definitiva, esta regla aconseja el diálogo racional con los que han pensado antes que nosotros, pero evitando el dogmatismo, es decir el encerrarse dentro de las propias tesis o afirmaciones.
El tercer consejo, pensar en consonancia con uno mismo, significa que es necesaria la coherencia, ser consecuente, evitar las contradicciones cuando se hace Filosofía. Lo incoherente, lo contradictorio, no es sólo erróneo, sino que no tiene ni siquiera sentido, no
1) La filosofía nos aleja de la realidad, es demasiado abstracta y emplea términos raros, no sirve para nada; se puede prescindir de ella en la vida cotidiana. Expláyate en estas tres afirmaciones que hacen quienes no saben nada de filosofía. A continuación, trata de ver otros aspectos que puedan ser una respuesta a estas afirmaciones
2) Explica brevemente la diferencia entre la filosofía y otros tipos de saber. Para ello has de releer atentamente el apartado, pero no lo copies: explícalo con tus propias palabras en la medida de lo posible.
3) ¿Qué crees que significa el que la Filosofía sea laica?
4) Recorta y pega, debajo de este cuestionario un mapa de Grecia de la época del siglo VI antes de nuestra era. Que queden señaladas las colonias griegas.
5) Textos: Fragmento de UNAMUNO El sentimiento trágico de la vida
6) Lectura: ¿Queda todavía en vosotros mucho de chimpancé? (Antimanual de Filosofía MICHEL ONFRAY)
Una confianza espontánea
La conciencia ingenua confía de forma espontánea en lo que ve, en los datos sensibles. Este mundo que captamos a través de la percepción, creemos conocerlo en toda su riqueza y variedad. Semejante confianza, por la fuerza de la costumbre, acaba pareciendo evidente y nos lleva de forma natural a formular juicios erróneos sobre la realidad. El estado de “infancia”, origen de todos los prejuicios, es denunciado por Descartes como el principal obstáculo que hay que superar para pensar por sí mismo.
La conciencia sensible es el grado más bajo de conciencia y está llamada a elevarse a la conciencia de sí y a la razón. Para ello es inevitable experimentar la decepción, pues estamos acostumbrados al “saber inmediato”. ¿Qué significa esto? Pues que la conciencia experimenta el ser de las cosas de forma inmediata, pero no puede decir nada sobre ellas, porque para decir algo se necesita el lenguaje y el lenguaje ya es mediación. Experimentar algo sin poder afirmar nada sobre ello es estar encerrado en lo inefable (lo que no se puede decir). Hablar es mediatizar lo real: es pasar del universo de lo sensible y mudo propio de las cosas al universo del sentido. Pero al hacerlo se va perdiendo el ser sensible del principio. Nietzsche ha profundizado como nadie en esta cuestión: nuestra relación con el mundo está siempre mediatizada por el lenguaje; no se pueden ver las cosas “como son”, no se puede ver sin interpretar, y la interpretación es infinita.
El prejuicio
El prejuicio es una idea que uno recibe sin crítica, una opinión aceptada sin elaboración personal. Es una presunción de saber como su etimología indica pre – juicio, juzgar sin justificación racional. Kant lo define como “la tendencia a la pasividad” y esto significa:
a) Que si la razón es pasiva, puede cegarse con el error y la ilusión; el prejuicio ha de ser combatido en nombre de la verdad. b) Si la razón es pasiva, el sujeto no piensa por sí mismo y recibe su ley del exterior; el prejuicio ha de ser combatido en nombre de la libertad. Pensar libremente, ser autónomo, es ser uno mismo el sujeto del propio pensamiento.
Los prejuicios constituyen lo que Descartes llamaba la “prevención”, la supervivencia del niño en el adulto. La edad de la razón comienza cuando los malos hábitos intelectuales ya están arraigados en el hombre. El mal, para la razón, es la irracionalidad del estado de infancia. Los prejuicios son falsas evidencias que nos vienen de nuestra experiencia cotidiana. El estado de infancia es un estado inicial de dependencia biológica, afectiva e intelectual que nos lleva a recibir sin examen posible cierto número de representaciones, de opiniones fruto del contexto en el que nos hemos educado.
Supongamos que oímos decir: En esta vida siempre habrá ricos y pobres. Las guerras están en la naturaleza humana; mientras haya hombres habrá guerras. Mi hijo no tiene
El terreno de la opinión es el de la pluralidad y la diversidad. La opinión, fruto de la elaboración personal y recibida de una tradición reconocida y aceptada, es un modo de conocimiento empírico, y por eso hay que reconocerle una función práctica.
En el terreo de la geometría egipcia, la opinión era una aproximación: las fórmulas geométricas con las que los egipcios calculaban la superficie de los campos tras las crecidas del Nilo se obtenían por intuición y se legitimaban a posteriori (después de que la experiencia las hubiese confirmado). Tales fórmulas no están fundadas en una demostración racional totalmente a priori (independientes de la experiencia), como inventarán los griegos. Las técnicas humanas, antes del nacimiento de las ciencias aplicadas, constituyen un tesoro de conocimientos empíricos. Si bien ha habido sociedades sin ciencia, no ha habido sociedades sin técnica.
Del mismo modo, las opiniones políticas o morales desempeñan un papel en la vida privada y pública. En la democracia ateniense, los ciudadanos contribuían directamente en la elaboración de las leyes a través de su participación en las deliberaciones y decisiones de la asamblea del pueblo. Actualmente, la democracia es el régimen en el que la opinión es tenida en cuenta de forma indirecta a través de las elecciones, de las peticiones de los ciudadanos, de las manifestaciones, los sondeos, etc.
Si la opinión tiene esta positividad, es porque, como explica Aristóteles, no se puede exigir en todo el rigor matemático. Para lo que es sólo probable, contingente, no se puede prescindir de ella.
Si el mundo fuese totalmente transparente para la ciencia, no habría lugar alguno para la opinión, pero el mundo es objetivamente incierto y el conocimiento que se puede tener de él participa de la misma incertidumbre: esa es la naturaleza de la opinión, la de ser conocimiento de lo probable.
Insuficiencia teórica de la opinión
Pese a su utilidad, la opinión carece de fundamento racional y no puede ser considerada como un conocimiento seguro, pues es cambiante, manipulable.
En La formación del espíritu científico Bachelard afirma:
“La ciencia se opone totalmente a la opinión. Si sucede, que sobre un aspecto particular, la ciencia legitima a la opinión, es por otras razones. La opinión piensa mal , no piensa: lo que hace es traducir las necesidades a conocimientos. Al designar los objetos por su utilidad, se veta a sí misma el conocimiento de ellos. No se puede fundar nada sobre la opinión: primero hay que destruirla. Ese es el primer obstáculo con que el científico se encuentra.”
La insuficiencia de la opinión, la insatisfacción que provoca, deja clara la exigencia de verdad que anima a todo filósofo.
Platón afirma que la opinión flota entre el ser y el no ser, que es un término medio entre la ignorancia y la ciencia. En lo que respecta a su falta de fundamento racional, todas las opiniones valen lo mismo, pero hay que reconocer que las hay verdaderas y falsas. La
opinión verdadera, como no conoce sus razones, es, en este sentido, inferior a la ciencia; pero en tanto que verdadera, es tan útil como ella en sus aplicaciones.
La Filosofía, en tanto que búsqueda de verdad y de fundamento es crítica con las opiniones y con los prejuicios, pues nos imponen una precomprensión del mundo.
Prejuicio, opinión, juicio
Para recapitular, podemos clasificar estas nociones según un orden creciente de racionalidad: