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Asignatura: Apreciacion Cinematografica, Profesor: Tomás Albaladejo, Carrera: Lenguas Modernas, Cultura y Comunicación, Universidad: UAM
Tipo: Apuntes
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Obra reproducida sin responsabilidad editorial
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acontecimientos reales. Así pues, me he esfor- zado por mantener la veracidad de los elemen- tales principios de la naturaleza humana, a la par que no he sentido escrúpulos a la hora de hacer innovaciones en cuanto a su combinación. La Ilíada, el poema trágico de Grecia; Shakes- peare en La tempestad y El sueño de una noche de verano; y sobre todo Milton en El paraíso perdido se ajustan a esta regla. Así pues, el más humilde novelista que intente proporcionar o recibir algún deleite con sus esfuerzos puede, sin pre- sunción, emplear en su narrativa una licencia, o, mejor dicho, una regla, de cuya adopción tantas exquisitas combinaciones de sentimien- tos humanos han dado como fruto los mejores ejemplos de poesía. La circunstancia en la cual se basa mi relato me fue sugerida en una conversación trivial. Lo comencé en parte como diversión y en parte como pretexto para ejercitar cualquier recurso de mi mente que aún tuviera intacto. A medida que avanzaba la obra, otros motivos se fueron
añadiendo a éstos. En modo alguno me siento indiferente ante cómo puedan afectar al lector los principios morales que existan en los senti- mientos o caracteres que contiene la obra. Sin embargo, mi principal preocupación en este punto se ha centrado en la eliminación de los efectos enervantes de las novelas de hoy en día, y en exponer la bondad del amor familiar, así como la excelencia de la virtud universal. Las opiniones que lógicamente surgen del carácter y situación del héroe en modo alguno deben considerarse siempre como convicciones mías; ni se debe extraer de las páginas que siguen conclusión alguna que prejuicie ninguna doc- trina filosófica del tipo que fuera. Es además de gran interés para la autora el hecho de que esta historia se comenzara en la majestuosa región donde se desarrolla la obra principalmente, y rodeada de personas cuya ausencia no cesa de lamentar. Pasé el verano de 1816 en los alrededores de Ginebra. La tempo- rada era fría y lluviosa, y por las noches nos
A la señora SAVILLE, Inglaterra
San Petersburgo, 11 de diciembre de 17...
Te alegrarás de saber que ningún percance ha acompañado el comienzo de la empresa que tú con- templabas con tan malos presagios. Llegué aquí ayer, y mi primera obligación es tranquilizar a mi querida hermana sobre mi bienestar y comunicarle mi cre- ciente confianza en el éxito de mi empresa. Me encuentro ya muy al norte de Londres, y an- dando por las calles de Petersburgo noto en las meji- llas una fría brisa norteña que azuza mis nervios j me llena de alegría. ¿Entiendes este sentimiento? Esta brisa, que viene de aquellas regiones hacia las que yo me dirijo, me anticipa sus climas helados. Animado por este viento prometedor, mis esperanzas se hacen más fervientes y reales. Intento en vano convencerme de que el Polo es la morada del hielo y la desolación. Sigo imaginándomelo como la región de la hermosura y el deleite. Allí, Margaret, se ve
siempre el sol, su amplio círculo rozando justo el horizonte y difundiendo un perpetuo resplandor. Allí pues con tu permiso, hermana mía, concederé un margen de confíanza a anteriores navegantes, allí, no existen ni la nieve ni el hielo y navegando por un mar sereno se puede arribar a una tierra que supera, en maravillas y hermosura, cualquier región descubierta hasta el momento en el mundo habitado. Puede que sus productos y paisaje no tengan prece- dente, como sin duda sucede con los fenómenos de los cuerpos celestes de esas soledades inexploradas. ¿Hay algo que pueda sorprender en un país donde la luz es eterna? Puede que allí encuentre la maravillo- sa fuerza que mueve la brújula; podría incluso llegar a comprobar mil observaciones celestes que requieren sólo este viaje para deshacer para siempre sus apa- rentes contradicciones. Saciaré mi ardiente curiosi- dad viendo una parte del mundo jamás hasta ahora visitada y pisaré una tierra donde nunca antes ha dejado su huella el hombre. Estos son mis señuelos, y son suficientes para vencer todo temor al peligro o a la muerte e inducirme a emprender este laborioso viaje con el placer que siente un niño cuando se em-
cación estuvo un poco descuidada, pero fui un lector empedernido. Estudiaba estos volúmenes día y noche y, al familiarizarme con ellos, aumentaba el pesar que sentí cuando, de niño, supe que la última volun- tad de mi padre en su lecho de muerte prohibía a mi tío que me permitiera seguir la vida de marino. Aquellas visiones se desvanecieron cuando entré en contacto por primera vez con aquellos poetas cu- yos versos llenaron mi alma y la elevaron al cielo. Me convertí en poeta también y viví durante un año en un paraíso de mi propia creación; me imaginé que yo también podría obtener un lugar allí donde se veneran los nombres de Homero y Shakespeare. Tú estás bien al corriente de mi fracaso y de cuán amar- go fue para mí este desengaño. Pero justo entonces heredé la fortuna de mi primo, y,^ mis pensamientos retornaron a su antiguo cauce. Han pasado seis años desde que decidí llevar a cabo la presente empresa. Incluso ahora puedo recordar el momento preciso en el que decidí dedicarme a esta gran labor. Empecé por acostumbrar mi cuerpo a la privación. Acompañé a los balleneros en varias ex- pediciones al mar del Norte y voluntariamente sufrí
frío, hambre, sed y sueño. A menudo trabajé más durante el día que cualquier marinero, mientras dedicaba las noches al estudio de las matemáticas, la teoría de la Medicina y aquellas ramas de las cien- cias físicas que pensé serían de mayor utilidad prác- tica para un aventurero del mar. En dos ocasiones me enrolé como segundo de a bordo en un ballenero de Groenlandia y ambas veces salí con éxito. Debo reconocer que me sentí orgulloso cuando el capitán me ofreció el puesto de piloto en el barco y me pidió reiteradamente que me quedara ya que tanto apre- ciaba mis servicios. Y ahora, querida Margaret, ¿no merezco llevar a cabo alguna gran empresa? Podía haber pasado mi vida rodeado de lujo y comodidad, pero he preferido la gloria a cualquiera de los placeres que me pudiera proporcionar la riqueza. ¡Si tan sólo una voz, alen- tadora me respondiera afirmativamente! Mi valor y mi resolución son firmes, pero mis esperanzas fluc- túan y mi ánimo se deprime con frecuencia. Estoy a punto de emprender un largo y difícil viaje, cuyas vicisitudes exigirán de mí todo mi valor. Se me pide
volvamos a encontrar. Si fracaso, me verás o muy pronto, o nunca. Hasta la vista, mi querida y excelente Margaret. Que el cielo te envíe todas las bendiciones y a mí me proteja para que pueda atestiguarte una y otra vez mi gratitud por todo tu amor y tu bondad. Tu afectuoso hermano, ROBERT WALTON.
A la señora SAVILLE, Inglaterra
Arkángel, 28 de marzo de 17.. ¡Qué despacio pasa aquí el tiempo, rodeado como estoy de nieve y hielo!. Sin embargo, he dado ya un segundo paso hacia la realización de mi empresa. He fletado un barco y estoy ocupado en reunir la tripu- lación; los que ya he contratado parecen hombres en quienes puedo confiar e indudablemente están dota- dos de invencible valor. Tengo, empero, un deseo aún por satisfacer y este vacío me acucia ahora de manera terrible. No tengo amigo alguno, Margaret; cuando arda con el entu- siasmo del éxito, no habrá nadie que comparta mi alegría; si soy víctima del desaliento, nadie se esfor- zará por disipar mi desánimo. Podré plasmar mis pensamientos en el papel, cierto, pero es un pobre medio para comunicar los sentimientos. Añoro la compañía de un hombre que pudiera compenetrarse conmigo, cuya mirada respondiera a la mía. Me pue- des tachar de romántico, querida hermana, pero echo
estimara lo bastante como para intentar ordenar mi mente. Bien, son éstas lamentaciones vanas; sé que no en- contraré amigo alguno en el vasto océano, ni siquiera aquí, en Arkángel, entre mercaderes y hombres de mar. Sin embargo, incluso en estos rudos corazones laten algunos sentimientos, extraños a la escoria de la naturaleza humana. Mi lugarteniente, por ejem- plo, es un hombre de enorme valor e iniciativa, em- pecinado en su afán de gloria. Es inglés, y, aunque lleno de prejuicios nacionales y profesionales, jamás limados por la educación, retiene algunas de las más preciosas cualidades humanas. Lo conocí a bordo de un ballenero, y, al saber que se encontraba en esta ciudad sin trabajo, no tuve ninguna dificultad para persuadirlo de que me ayudara en mi aventura. El capitán es una persona de excelente disposición y muy querido en el barco por su amabilidad y flexi- bilidad en la disciplina. Tanta es la bondad de su naturaleza, que no quiere calar (deporte favorito aquí) casi la única diversión, porque no soporta de- rramar sangre. Es además de una heroica generosi- dad. Hace algunos años se enamoró de una joven
rusa de familia relativamente acomodada; tras hacer- se con una considerable fortuna por la captura de navíos enemigos, el padre de la joven dio su consen- timiento al matrimonio. Él vio a su prometida una vez antes de la ceremonia. Bañada en lágrimas, se le arrojó a los pies, y le suplicó la perdonara, a la vez que le confesaba su amor por otro hombre con el cual su padre nunca consentiría que se casara, ya que carecía de fortuna. Mi desprendido amigo tranquili- zó a la suplicante muchacha y, en cuanto supo el nombre de su amado, abandonó al instante su galan- teo. Había ya comprado con su dinero una granja, en la cual pensaba pasar el resto de su vida, pero se la cedió a su rival, junto con el resto de su fortuna, para que pudiera comprar algunas reses. El mismo solicitó del padre de la joven el consentimiento para la boda, mas el anciano se negó considerándose en deuda de honor con mi amigo, el cual, al ver al padre en actitud tan inflexible, abandonó el país para no regresar hasta saber que su antigua novia se había casado con el hombre a quien amaba. «¡Qué persona tan noble!», exclamarás sin duda, y así es, pero des- graciadamente ha pasado toda su vida a bordo de un
¿Te encontraré de nuevo, tras cruzar inmensos mares y rodear los cabos de Africa o América? ,No me atrevo a esperar tal éxito, y no obstante no puedo soportar la idea del fracaso. Continúa aprovechando toda oportunidad de es- cribirme; puede que reciba tus cartas (si bien hay pocas esperanzas) cuando más las necesite para ani- marme. Te quiero mucho. Recuérdame con afecto si no vuelves a saber de mí. Tu afectuoso hermano, ROBERT WALTON CARTA 3
A la señora SAVILLE, Inglaterra
7 de julio de 17... Mi querida hermana: Te escribo con premura unas líneas para decirte que estoy bien y que mi viaje está muy avanzado. Te llegará esta carta por un buque mercante que regresa a casa desde Ankángel; es más afortunado que yo, que puede que no vea mi patria en muchos años. Sin embargo, estoy animado; mis hombres son valerosos
y parecen tener una firme voluntad. No les desani- man ni siquiera las capas de hielo que constantemen- te flotan a nuestro lado, presagio de los peligros que alberga la región hacia la cual nos dirigimos. Ya hemos alcanzado una latitud muy alta, pero estamos en pleno verano, y, aunque la temperatura es menos alta que en Inglaterra, los vientos del sur, que nos empujan velozmente hacia las costas que ansío ver, traen consigo un alentador grado de calor que no había esperado. Hasta el momento no nos ha acaecido ningún inci- dente que merezca la pena contar. Un par de ventis- cas fuertes y la ruptura de un mástil son accidentes que navegantes avezados apenas si recordarían. Yo me encontraré satisfecho si nada peor nos acontece durante el viaje. Adiós, querida Margaret. Estáte tranquila, pues tanto por mi bien como por el tuyo no afrontaré peli- gros innecesariamente. Permaneceré sereno, perseve- rante y prudente. Mis saludos a mis amigos ingleses. Tuyo afectísimo, ROBERT WALTON