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Orientación Universidad
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freud, Apuntes de Historia del Pensamiento Político

Asignatura: Història del Pensament Contemporani, Profesor: , Carrera: Publicitat i Relacions Públiques, Universidad: URL

Tipo: Apuntes

2015/2016

Subido el 27/10/2016

celiasilvosa
celiasilvosa 🇪🇸

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Edición bilingue español - guaraní
en homenaje al 150 aniversario del natalicio
del creador del psicoanálisis, Sigmund Freud
(6 de mayo de 1856 - 23 de septiembre de 1939).
Sobre la guerra y la muerte.
Temas de actualidad. (1915)
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¡Descarga freud y más Apuntes en PDF de Historia del Pensamiento Político solo en Docsity!

Edición bilingue español - guaraní

en homenaje al 150 aniversario del natalicio

del creador del psicoanálisis, Sigmund Freud

(6 de mayo de 1856 - 23 de septiembre de 1939).

Sobre la guerra y la muerte.

Temas de actualidad. (1915)

Ficha Técnica del Documento

La publicación en guaraní del artículo: Sobre la guerra y la muerte. Temas de actualidad. (1915) Sigmund Freud , ha sido realizada por la Asociación Ágape Psicoanalítico Paraguayo, y el Ateneo Cultural “José Asunción Flores”, instituciones sin fines de lucro que han emprendido esta iniciativa con el objetivo de conmemorar el 150 aniversario del nacimiento de Freud

El traductor al guaraní ha sido el Sr. Félix de Guarania (GIMENEZ GOMEZ, Félix) Paraguarí, 1924. Poeta, profesor de guaraní y profundo conocedor de la lengua y cultura guaraní, este prolífico poeta bilingüe es uno de los poetas sociales más conocidos del Paraguay actual. Traductor oficial al guaraní de la Constitución Nacional y co-fundador del Instituto de Lingüística del Paraguay y del Centro Paraguayo de Investigaciones Lingüísticas (CEPAIL), Félix Giménez Gómez, más conocido como Félix de Guarania (su seudónimo literario), es autor de una veintena de obras entre las que figuran los poemarios Poemas de Noche y Alba (1954), Penas Brujulares (1963), ¡Despierten las palabras! (1986), Tojevy Kuarahy (1990) y A Tiempos de Nostalgia (1942, 1992), para mencionar sólo algunos. Su obra creativa como también su incansable labor en defensa de los indígenas y en pro de la cultura guaraní le han ganado dos premios importantes: la Plaqueta Homenaje de la Poesía Local (XX Edición del Festival de Ypacaraí) y el Plato "Los 12 del Año" otorgado por Radio 1o. de Marzo, distinciones recibidas ambas en 1992.

El documento es propiedad de la Asociación Ágape Psicoanalítico Paraguayo y del Ateneo Cultural “José Asunción Flores”, se autoriza la utilización de la versión traducida al guaraní citando la fuente.

Para contactar con: Asociación Ágape Psicoanalítico Paraguayo, escriba a: [email protected] Ateneo Cultural “José Asunción Flores”, llame a: Teléfono: (595-21) 204 094 Setiembre, 2006 – Asunción, Paraguay

Imagen de Tapa: Retrato de Freud con inscripción de la mano de Freud: "There is no medicine against death, and against error no rule has been found". "No hay ninguna medicina contra la muerte, y contra el error ninguna regla ha sido encontrada” Fuente: http://www.loc.gov/exhibits/freud/ Diagramación: Francis Galeano • [email protected]

Ojekuaaha’va Ko’ágã Rupi Ñorairõ Ha Ñemano Rehegua

Dedicatoria:

A todos los trabajadores de la cultura, en particular a los promotores del uso de nuestra bella lengua guaraní.

De Guerra y Muerte. Temas De Actualidad. (1915)

Ágape Psicoanalítico Paraguayo

Es una sociedad civil sin fines de lucro, cuyo objetivo prioritario es la

enseñanza, transmisión, divulgación, investigación y aplicación del

psicoanálisis desde sus fundamentos freudianos y lacanianos. Según

los principios declaratorios:... Ágape nombra una intención, un deseo

causado desde el psicoanálisis y apunta a una producción,

sustentación y transmisión de una práctica sobre el saber del

inconsciente y sus interacciones con la cultura, como espacio

institucional promoverá el método de la conversación para tratar temas

cruciales de la existencia y de la cultura contemporánea.

Ateneo Cultural “José Asunción Flores”

Es una entidad civil sin fines de lucro de carácter exclusivamente

cultural cuyos propósitos fundamentales consisten en la promoción, la

difusión permanente del género musical creado por el Maestro Flores,

la Guarania, tanto en su versión popular como sinfónica, a nivell

nacional como universal.

Asismismo, dar a conocer la personalidad multifacética del creador de

la Guarania, especialmente su trayectoria y su condición de insigne

artista que ha elevado a nuestro país en el concierto de las naciones

como cuna de un género musical reconocido por su originalidad, su

raingambre popular y su inserción en la corriente de las grandes e

imperecederas creaciones universales en el campo de la música y

sobre todo, como expresión de nuestra identidad nacional.

De Guerra y Muerte. Temas De Actualidad. (1915)

PROLOGO: Psicología colectiva de la guerra y de la muerte

a edición bilingüe, castellano y guaraní de Sobre la guerra y la muerte ( Zeitgemässes über Krieg und Tod) (1915) cumple un compromiso de Ágape Psicoanalítico Paraguayo con la lengua más hablada en el Paraguay. Basta ya de apologías románticas, a veces sospechosas, sobre la ‘bella lengua autóctona’: – Usémosla y punto. Pensemos psicoanalíticamente en guaraní.

El ensayo publicado tiene su importancia y fue seleccionado por varias razones. En primer lugar tiene una importancia histórica. Durante el curso de aquella primera guerra mundial, Freud testimonió su cordura. No fue el único, pero si uno de los más célebres pacifistas. Hoy nadie piensa que esa guerra mundial fue otra cosa que una fatalidad, y, lo peor, el prólogo y la causa de la siguiente guerra mundial que demolió a Europa, se abatió sobre el mundo y denigró a toda la humanidad. Este texto tiene en segundo lugar una importancia humanitaria. Freud no hace acá un panfleto. Mira al estallido y a la orgía del dolor y de la muerte, pensando en aliviar al sufrimiento, particularmente al de los no combatientes. Vinculada a esta intención, está el tercer aspecto de importancia, el aspecto teórico. Limítrofe entre la psicología individual y la social, este ensayo constituye una antropología de la muerte, esto es, de las representaciones, de la cultura, las actitudes y los conceptos con los cuales los seres humanos enfrentamos o eludimos la muerte.

El texto freudiano, junto a las correspondencias con Einstein (1933[1932]) constituye un testimonio del pacifismo de Freud. Combate al horror de toda guerra en sí misma, en especial a la guerra entre pueblos que comparten la misma cultura e historia; y, todavía más enérgicamente, combate a este tipo de guerra que hoy llamaríamos guerra “sucia”, también se la llamará la guerra “total”, basada en el exterminio de los no combatientes, en la fanatización y la mentira como sus constituyentes primordiales. Formas que, entre paréntesis, serán aun más desarrolladas, hasta llegar al delirio del Holocausto y el de la bomba Atómica, con los cuales, la guerra total se independiza del combate entre ejércitos, se transforma en guerra de exterminio del ser humano, sin la mínima restricción, en donde la pulsión de muerte actúa en forma autónoma y demoníaca. Esa condena alude a lo que hoy ocurre: A Irak, por ejemplo, donde se ensucian a los gobiernos de las democracias más antiguas de occidente y a sus dirigentes como a George Bush

y a Tony Blair. Ellos son las contrapartes indignas del terrorista Bin Laden.

Expresión de conflictos de intereses, de poder y de dinero, estos “excesos” de la guerra, como Freud lo señala, expresan en primer lugar un aspecto endógeno que se aloja en el corazón del ser humano. No podría ser que la persona de pronto se vuelva tan cruel y tan dañina, si no hubiera sombras en su interior, sombras que la conforman. El psicoanálisis se dedica a estudiar esas sombras, primordialmente cuando estas sombras no son conscientes, sino que, estando presentes, ellas son inconcientes y, por eso mismo, más incontrolables. Para superarlas es necesario un minucioso y valeroso trabajo interior que es heredero de la antigua máxima socrática: “conócete a ti mismo”.

Auto-conocerse incluye una reflexión sobre la propia muerte y sobre las pulsiones agresivas, que son pulsiones de muerte. Si los romanos decían que para mantener la paz había que preparar la guerra. Freud termina diciendo que para conservar la vida, es necesario prepararse para la muerte. Si vis vitam, para mortem.

El tema humanitario acá está superpuesto, sobredeterminado al tema teórico. El psicoanálisis es una teoría que heredó al juramento de Hipócrates, y, por eso, como ciencia de la cura, ha sido confundido (y se ha buscado confundirlo) con la medicina biológica. Aunque, como saber acerca del ser humano, forme parte de las ciencias humanas. El objeto ‘práctico’ del análisis no puede ser sino aliviar al sufrimiento evitable, restituir la capacidad de amar y de trabajar. Su objeto ‘teórico’ es hacer conciente a lo inconciente; hacer que la persona llegue a reconocerse como Yo ahí donde era Ello, así como, hacer al sujeto agente responsable de su historia ahí donde se localizaba como un mero paciente, víctima de sus circunstancias.

Acá se conecta la reflexión freudiana con el tema de la auto-determinación – libertad y veracidad– individual y colectiva, así como a la crítica sobre la cultura. En ese emprendimiento, Freud enfrenta al “amo absoluto” que nos contorna y que resulta insuperable: a la muerte. (En alemán se dice “El muerte”, Der Tod, de ahí que se la asocie al Señor, al Amo). Nos adelantamos acá a lo que después Heidegger desarrollaría como el ser- para-la-muerte (Sein-zum-Tode), esto es, a la experiencia de madurez que adquiere el sujeto

L

Ojekuaaha’va Ko’ágã Rupi Ñorairõ Ha Ñemano Rehegua

cuando, en lugar de eludir, asume su destino mortal.

Con el objeto de comprender al concepto de la muerte, Freud trabajó dos escenarios, uno es el escenario de la conciencia, otro es el del inconciente. El primer escenario es el de la vida corriente del ser humano occidental de su tiempo al que se dirige Freud en la obra: el escenario de sus lectores. Para dar una imagen del segundo escenario, el fundador del psicoanálisis construyó un concepto intermedio, al que recurrirá muchas veces, el del hombre primitivo, el Urmenchen.

No es necesario que este hombre primitivo, acá descrito, haya tenido una existencia histórica empírica. Posiblemente ese hombre no haya existido nunca. No tenemos evidencia prehistórica ni etnográfica de su existencia, porque, cada vez que nos asomamos al fenómeno humano, lo encontramos completo. El hombre primitivo es una entidad lógica más que histórica. Es el ‘eslabón perdido’ entre el animal que éramos antes del proceso de humanización y el ser biológico y cultural que hoy somos, después que este proceso se haya llevado a cabo. Proceso que siempre permite hacer una comparación entre la evolución de la ontogenia , el desarrollo del individuo; y, la evolución de la filogenia , el desarrollo de la especie. Lo que importa acá es ese hombre primitivo que si tiene lugar hoy, ahora y siempre dentro de cada uno de nosotros.

Es el aspecto primitivo de nosotros mismos que se encuentra solo parcialmente superado, controlado,

compensado y sublimado. Un aspecto perturbador, siempre latente y presente, que genera al delirio, que se hace patente en la forma inocua de los sueños, en la forma letal e individual de la locura y en el delirio colectivo de la guerra.

A través del tema de la muerte, tópico fundamental de todo código deontológico, en la formula del “no matarás”, Freud expone aspectos vinculados: La muerte propia impensable y negada, la muerte del desconocido que nos deja parcialmente indiferentes, la muerte del ser amado que nos enfrenta a la imagen y al dolor de la muerte. La ética individual y la colectiva. La ética de sublimación realmente ocurrida o simplemente la ética de miedo al castigo, causada por el control social, y por la acumulación de mandamientos. La pérdida de la herencia moral durante las guerras, y, todo el tema de la eticidad del sujeto.

Acá tiene lugar un vuelco del pensamiento freudiano, un tránsito del monismo del deseo hacia el dualismo que desembocó en una modernización de la fórmula del pensador griego antiguo, Empédocles: Eros (el amor) se enfrenta a Tánatos (la muerte). Estos dos impulsos biológicos se representan también en la vida anímica, como amor y como odio o como afirmación y como negación. Estos son los principios más generales del suceder psíquico con los cuales Freud sintetizó a sus teorías, esto es, pudo escribirse la metapsicología del pensamiento psicoanalítico.

AGAPE PSICOANALITICO PARAGUAYO

Asunción Paraguay, 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud.

Ojekuaaha’va Ko’ágã Rupi Ñorairõ Ha Ñemano Rehegua

upéicha aveí toikuaá ha´e ojapoha hekopoaty (su historia), ndaha´ei oma´ẽreínte vaerãha, toiko oikóva ha to´a ho´áva hi´ári.

Ko´ápe ojoaju Freud jepy´amongeta ku nde aé ndé - tekosã´ỹ ha añetegua peteĩrekópe ha hetarekópe (individual y colectiva), ha upeicha aveí pe arandukuaá resa´ỹijo ha ñembohovai. Upe tembiapópe, Freud ohenonde´a pe mburuvicha pavẽ, ojeréva ñanderehe ha ikatu´ỹva jajoko: mano, DERTOD, mba´e ha´epáva, oje´eháicha. Upégui oñehenoi KARAI, JÁRA pavẽ ramo. Ñañemotenonde ko´ápe pe mba´e upéi Heidegger omongakuaave vaerãme, MANOREKÓ ramo (Sein-sun-Tode), he´ise, opa jehukue omoguahẽva yvypórape ikakuaaguãme, mamo ombopuku rangue mano ára, oha´arõ uveí.

Oikuaapyhy porã haguã pe mano, Freud omba´apo mokõi hendápe: peteĩva pe mba´eandu aje (conciencia), ha ambuéva: pemba´eandu je´ỹ. Pe tenondeguáva: yvypóra kuarahy resẽvogua (occidental) rekove tapiagua, umi ohecha ha oikuaaopohýva iñe´ẽkuatiá. Pe mokõiha ohechuka haguã ñandéve katu, Freud omohenda mba´eandu mbyte, ohesa´ỹijo py´ỹiva, pe yvypóra ymangue reheguáva, oñehenóiva URMENCHEN.

Natekotevẽi upe yvypóra ymangue ñane mandu´aka ko´ápe, ohasa ra´e peteĩ tekove chaé, oikuaa´ỹhápe mba´épa ha´e. Ikatu voí, upe yvypóra upéva ndoikoi raka´e araka´eve. Ndojererekoi voí mba´eve ohechukáva oiko hague, tekopoaty jekuaá mboyve árape, ha ndojejuhui voí ave hapykuere. Jahecha vove chupe ñane akãme jajuhu ha´ete ha ha´epá ramo. Yvypóra ymangue niko jahechánte voí ñane akãpýpe, ndajajuhui tekoasa pukukuápe. Ha´eté vaicha yvypóra ñaimo´ãnteva "yvypóra kañyngue" (eslabón perdido) nañandéiva gueteri, ñandeháicha ko´ágã jaguata puku rire ára

ndipapahávei javeve, ikatúva ñambojoja pe ONTOGENIA he´iháre (yvypóra kakuaá peteĩrekópe ha pe oñehenóiva FILOGENIA (yvypóra kakuaá pavẽ rekópe). Pe mba´e ijajevoíva (lo que importa) ko´ágã niko, pe yvypóra ymangue hendáva ñande pype ko´agã ha opa ára. Péva ha´e pe yvypóra ymangue jarúva ñanendive, oiko akói ñande pype ha ikatu´ỹva ágã peve jareko ñande pópe térã jaipe´a ñande jehegui, mba´e ñane mokorasõ pereréva, oikóva ñande pohéi, ñane mbotarováva ha oipyaháva mba´evérõguáicha ñande kepegua, ñande mbotavyraíva peteĩ teĩme ha ñande reraháva opavavépe keravaí peguáicha ñorairõ guasúpe. Ñemano reheguápe, tenondete oĩ ojejapo vaerã apytépe, pe "ndereporojukai vaerãme" ("No matarás") Freud ohesa´ỹijo heta mba´e ojoajúva hese: pe ñane mano ñaha´arõ´ỹva ha ndajahechakuaaséiva, pe jaikuaa´ỹva mano haimetéva nañandepy´apýi, pe jahayhúva mano ñane moĩva ñembyasy ha mano renondépe. Máva peteĩ ha opavave rekombo´eporã; Tekoporã añetehápe oikóva, térã pe tekoporãkuaá ñane mongyhyjéva, yvypóra aty ñande jopy rupi ha ijaty hetágui ijapopyrã; pe tekoporãmbo´e ñamboguéva ñorairõhápe ha opaite mba´e yvypóra rekoporãmbo´e.

Ápe jahecha oñembopyahuha Freud ñemo´ãnga, peteĩ mba´e jepotágui ojehasa mokõihá gotyo, oguahẽva Empédocles he´i vaekue yma ñembopyahúpe: Eros (mborayhu) ohenonde´a Tánatos-pe (mano). Ko´ã mokõi mba´eandu, ojererekóva aveí mborayhú ramo ha ñero´yrõ ramo, térã ñemoneĩva a oñeahániriva ramo. Ko´ãva ha´e umi mba´e ñepyrũha ojekuaavéva mba´eandu kuéra rekópe, Freud ombyapu´a hague imba´ekuaá ojapo haguape META PSICOLOGIA, Freud ñemo´anga rehegua.

APY´AKUAÁ PARAGUAI ATYHA
AGAPE PSICOANALITICO PARAGUAYO

Paraguay, Paraguai 150 Ro´y Sigmund Freud ojereroikove hague.

De Guerra y Muerte. Temas De Actualidad. (1915)

De guerra y muerte. Temas de actualidad. (1915) ()*

Nota Introductoria «Zeitgemässes über Krieg und Tod»

Ediciones en alemán

1915 Imago, 4, nº 1, págs. 1-21. 1918 SKSN, 4, págs. 486-520. (1922, 21 ed.) 1924 GS, 10, págs. 315-46. 1924 Leipzig, Viena y Zurich: Internationaler.Psychoanalytischer Verlag, 35 págs. 1946 GW, 10, págs. 324-55. 1974 SA, 9, págs. 33-60.

Traducciones en castellano

1943 «Sobre la guerra y la muerte». EA, 18, págs. 277- 312. Traducción de Ludovico Rosenthal. 1948 «Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte». BN (2 vols.), 2, págs. 1002-16. Traducción de Luis López-Ballesteros. 1954 «Sobre la guerra y la muerte». SR, 18, págs. 219-44. Traducción de Ludovico Rosenthal. 1968 «Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte». BN (3 vols.), 2, págs. 1094-108. Traducción de Luis López-Ballesteros. 1972 Igual título. BN (9 vols.), 6, págs. 2101-17. El mismo traductor.

Estos dos ensayos se escribieron alrededor de marzo y abril de 1915, unos seis meses después del estallido de la Primera Guerra Mundial, y expresan algunas de las meditadas opiniones de Freud acerca de ella. Sus reacciones más personales se describen en el capítulo VII del segundo volumen de Ernest Jones (1955). Aquí se incluye como apéndice una carta escrita por Freud a un holandés conocido suyo, el doctor Frederik van Eeden, publicada poco antes que el presente trabajo. Hacia el final del mismo año (1915), Freud escribió otro ensayo sobre un tema análogo, «La transitoriedad», que también se hallará. Muchos años más tarde volvió sobre el tema, en su carta abierta a Einstein, ¿Por qué la guerra? (1933b). El segundo de los dos ensayos que siguen, sobre la muerte, fue al parecer leído por primera vez en una reunión del B'nai B'rith -el club judío de Viena al que Freud perteneció durante gran parte de su vida-, en abril de 1915 (cf. 1941e). Este ensayo, por supuesto, se basa en gran medida en el mismo material que la segunda sección de Tótem y tabú (1912-13).

James Strachey

(*) Extraido de: Sigmund Freud. Obras Completas. Tomo XIV “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico”, Trabajos sobre metapsicología, y otras obras (1914 – 1916). Primera Edición en castellano, 1979. Segunda Edición, 198 4 ; novena reimpresión de la segunda edición, 198 4. Amorrortu Editores.

De Guerra y Muerte. Temas De Actualidad. (1915)

su existencia a las relaciones comerciales entre los pueblos amigados. Y además, aquel a quien el apremio, de la vida no confinaba de manera permanente en un mismo lugar podía crearse, con todas las ventajas y los atractivos de los países cultos, una nueva patria, una patria mayor, dentro de la cual se paseaba libre de inhibición y de sospecha. Así gozaba del mar azul y del mar gris, de la belleza de los montes nevados y de las verdes praderas, del encanto de los bosques nórdicos y de la magnificencia de la vegetación meridional, de la armonía de los paisajes en que perduran grandiosos recuerdos históricos y de la paz de la naturaleza inhollada. Esta nueva patria era para él también un museo rebosante de todos los tesoros que los artistas de la humanidad culta habían creado y legado desde hace siglos. Y mientras recorría este museo de una sala a otra, podía reconocer con imparcialidad los tipos de perfección que la mezcla de estirpes, la historia y los dones de la Madre Tierra habían plasmado en sus compatriotas, entendidos en este sentido amplio. Aquí se había desarrollado al máximo la energía indómita y atrevida, allí el gracioso arte de embellecer la vida, y en otras partes el sentido del orden y de la ley u otras de las cualidades que han hecho del hombre el amo de la Tierra.

No olvidemos tampoco que cada uno de los ciudadanos del mundo culto se había creado un Parnaso particular y una Escuela de Atenas^1. Entre los grandes pensadores, creadores literarios, artistas de todas las naciones, había escogido a quienes creía deber lo mejor que le era deparado en goce y comprensión de la vida, y los sumó en su veneración a los inmortales de la Antigüedad así como a los maestros familiares que hablaban su misma lengua. Ninguno de esos grandes le parecía extranjero porque hubiera hablado en otra lengua: ni el insuperable explorador de las pasiones humanas, ni el visionario ebrio de belleza, ni el profeta de tremendas admoniciones, ni el fino satírico; y ello nunca lo llevó a reprocharse infidelidad hacia su propia nación ni hacia su amada lengua materna.

El disfrute de la comunidad de cultura fue turbado en ocasiones por algunas voces; ellas advertían que, a causa de diferencias heredadas de antiguo, serían inevitables todavía las guerras entre las

(^1) .[Dos de los famosos frescos de Rafael en las cámaras

papales del Vaticano. Unod de ellos representa a un grupo de grandes poetas del mundo y el otro a un grupo similar de sabios. En La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, pág.320, Freud recurre a los mismos cuadros para trazar una analogía con una de las técnicas empleadas por el trabajo

onírico.]

naciones que la integraban. No se les quiso dar crédito, pero, ¿cómo se imaginaba una guerra así, sí es que había de sobrevenir? Como una oportunidad para exhibir los progresos del sentimiento comunitario de los hombres desde aquel tiempo en que las anfictionías griegas tenían prohibido destruir a una ciudad perteneciente a la Liga, arrasar sus olivares y cortarle el agua. Como una justa caballeresca que se limitaría a establecer la superioridad de una de las partes, con la máxima evitación de crueles sufrimientos que en nada podrían contribuir a esa decisión, con total piedad por el herido, que debía ser apartado de la lucha, y por los médicos y enfermeros consagrados a su tarea. Y además, desde luego, con toda clase de miramientos por la parte de la población no combatiente, por las mujeres, que permanecen alejadas de las acciones bélicas, y por los niños, que, cuando crezcan, se brindarán -supuestamente- amistad y ayuda por encima de los bandos. También con la preservación de todas las empresas e instituciones internacionales en que ha cobrado cuerpo la comunidad de cultura de tiempos de paz.

Una guerra tal, es cierto, aún habría acarreado una considerable cuota de horror y de sufrimiento, pero no había interrumpido el desarrollo de relaciones éticas entre esos individuos rectores {Grossindividuen} de la humanidad que son los pueblos y los Estados.

La guerra, en la que no quisimos creer, ha estallado ahora y trajo consigo ... la desilusión. No sólo es más sangrienta y devastadora que cualquiera de las guerras anteriores, y ello a causa de las poderosas y perfeccionadas armas ofensivas y defensivas, sino que es por lo menos tan cruel, tan encarnizada y tan inmisericorde como ellas. Trasgrede todas las restricciones a que nos obligamos en tiempos de paz y que habían recibido el nombre de derecho internacional; no reconoce las prerrogativas del herido ni las del médico, ignora el distingo entre la población combatiente y la pacífica, así como los reclamos de la propiedad privada. Arrasa todo cuanto se interpone a su paso, con furia ciega, como si tras ella no hubiera un porvenir ni paz alguna entre los hombres. Destroza los lazos comunitarios entre los pueblos empeñados en el combate y amenaza dejar como secuela un encono que por largo tiempo impedirá restablecerlos.

Trajo a la luz también un fenómeno casi inconcebible: los pueblos cultos se conocen y se comprenden tan poco entre sí que pueden mirarse con odio y con horror. Y hasta una de las grandes

Ojekuaaha’va Ko’ágã Rupi Ñorairõ Ha Ñemano Rehegua

naciones cultas es objeto de una malquerencia tan universal que se intentó excluirla por «bárbara» de la comunidad de cultura, aunque desde hace tiempo ha demostrado su aptitud mediante las más grandiosas contribuciones^2. Alentamos la esperanza de que una historiografía imparcial habrá de demostrar que precisamente esta nación, esa en cuya lengua escribimos y por cuya victoria combaten nuestros seres queridos, ha sido la que menos infringió las leyes de la convivencia humana. Pero, ¿quién, en tales tiempos, tiene derecho a erigirse en juez de su propia causa?

Los pueblos están más o menos representados por los Estados que ellos forman; y estos Estados, por los gobiernos que los rigen. El ciudadano particular puede comprobar con horror en esta guerra algo que en ocasiones ya había creído entrever en las épocas de paz: que el Estado prohíbe al individuo recurrir a la injusticia, no porque quiera eliminarla, sino porque pretende monopolizarla como a la sal y al tabaco. El Estado beligerante se entrega a todas las injusticias y violencias que infamarían a los individuos. No sólo se vale de la astucia permitida, sino de la mentira conciente y del fraude deliberado contra el enemigo, y por cierto en una medida que parece exceder de todo cuanto fue usual en guerras anteriores. El Estado exige de sus ciudadanos la obediencia y el sacrificio más extremos, pero los «priva de su mayoridad mediante un secreto desmesurado y una censura de las comunicaciones y de la expresión de opiniones que los dejan inermes, sofocados intelectualmente frente a cualquier situación desfavorable y a cualquier rumor antojadizo. Denuncia los tratados y compromisos con que se había obligado frente a los otros Estados, y confiesa paladinamente su codicia y su afán de poderío, que después los individuos deben aplaudir por patriotismo.

Y no se objete que el Estado no puede renunciar al uso de la injusticia porque de esa manera se pondría en desventaja. También para el individuo es, por regla general, harto desventajosa la observancia de las normas éticas, la renuncia al ejercicio brutal de la violencia; y el Estado rara vez se muestra capaz de resarcir al individuo por el sacrificio que le ha exigido. Tampoco puede asombrar que el aflojamiento de las relaciones éticas entre los individuos rectores de la humanidad haya repercutido en la eticidad de los individuos, pues nuestra conciencia moral no es ese juez insobornable que dicen los maestros de la ética: en su origen, no es otra cosa que

(^2) Hay una remisión a este pasaje en la Presentación

autobiográfica (1925d), AE, 20 pag. 46.

«angustia social»^3 Toda vez que la comunidad suprime el reproche, cesa también la sofocación de los malos apetitos, y los hombres cometen actos de crueldad, de perfidia, de traición y de rudeza que se habían creído incompatibles con su nivel cultural.

Así, ese ciudadano del mundo culto que presentamos antes puede quedar desorientado y perplejo en un mundo que se le ha hecho ajeno, despedazada su patria grande, devastado el patrimonio común, desavenidos y envilecidos sus ciudadanos.

Habría que apuntar algo como crítica a su desilusión. En sentido estricto no está justificada, pues consiste en la destrucción de una ilusión. Las ilusiones se nos recomiendan porque ahorran sentimientos de displacer y, en lugar de estos, nos permiten gozar de satisfacciones. Entonces, tenemos que aceptar sin queja que alguna vez choquen con un fragmento de la realidad y se hagan pedazos.

Dos cosas en esta guerra han provocado nuestra desilusión: la ínfima eticidad demostrada hacia el exterior por los Estados que hacia el interior se habían presentado como los guardianes de las normas éticas, y la brutalidad en la conducta de individuos a quienes, por su condición de partícipes en la más elevada cultura humana, no se los había creído capaces de algo semejante.

Empecemos por el segundo punto y procuremos sintetizar en una sola frase la opinión que queremos criticar. ¿Cómo es imaginado, en verdad, el proceso por el cual un individuo humano alcanza un nivel superior de eticidad? La primera respuesta dirá, sin duda: «El es bueno y noble desde su nacimiento, desde el comienzo mismo». A esta no hemos de considerarla más aquí. Una segunda respuesta conjeturará que ha de estar en juego un proceso de desarrollo, y sin duda supondrá que este consiste en lo siguiente: las malas inclinaciones del hombre le son desarraigadas y, bajo la influencia de la educación y del medio cultural, son sustituidas por inclinaciones a hacer el bien. Siendo ese el caso, puede uno en verdad maravillarse de que en los así educados la maldad pueda volver a aflorar con tanta violencia.

Pero esta respuesta contiene justamente el enunciado que queremos refutar. En realidad, no hay «desarraigo» alguno de la maldad. La

(^3) [Freud había dado ya una concepción, menos simplificada, de la naturaleza de la conciencia moral en su artículo sobre el narcisismo(1914c), Cf, supra, pag. 92]

Ojekuaaha’va Ko’ágã Rupi Ñorairõ Ha Ñemano Rehegua

erramos juzgando a los hombres «mejores» de lo que en realidad son. En efecto, resta todavía otro factor que enturbia nuestro juicio y falsea el resultado en un sentido favorable.

Las mociones pulsionales de otro hombre escapan desde luego a nuestra percepción Las inferimos por sus acciones y su conducta, que reconducimos a motivos procedentes de su vida pulsional. Una inferencia de esa índole es por fuerza errónea en cierto número de casos. Idénticas acciones culturalmente «buenas» pueden provenir de motivos «nobles» en un caso, y en otro no. Los teóricos de la ética llaman «buenas» sólo a las acciones que son expresión de mociones pulsionales buenas, y deniegan a las otras su reconocimiento. Pero la sociedad, guiada por propósitos prácticos, hace caso omiso de ese distingo; se conforma con que un hombre oriente su conducta y sus acciones de acuerdo con los preceptos culturales, y pregunta poco por sus motivos.

Como ya sabemos, la compulsión externa (la que ejercen la educación y el medio) provoca en el hombre una reforma de su vida pulsional hacia el bien, una vuelta del egoísmo en altruismo. Pero este no es su efecto necesario ni regular. La educación y el medio no sólo tienen premios de amor por ofrecer; trabajan también con otra clase de premios de conveniencia: recompensas y castigos. Por tanto, su efecto puede ser que el sometido a su influencia se decida por la acción culturalmente buena sin haber consumado dentro de sí un ennoblecimiento pulsional, una trasposición de inclinaciones egoístas a inclinaciones sociales. El resultado será, en líneas generales, el mismo; sólo bajo particulares condiciones se revelará que un individuo actúa siempre bien porque sus inclinaciones pulsionales lo fuerzan a ello, mientras que otro sólo es bueno en la medida en que esta conducta cultural le trae ventajas para sus propósitos egoístas, y únicamente durante el tiempo en que ello ¿curte. Pero un conocimiento superficial del individuo no nos proporciona medio alguno de discernir entre esos dos casos, y sin duda nuestro optimismo nos llevará a sobrestimar en mucho el número de los hombres que se han trasformado en el sentido de la cultura.

La sociedad de cultura, que promueve la acción buena y no hace caso de su fundamento pulsional, ha conseguido así obediencia para la cultura en un gran número de hombres que en eso no obedecen a su naturaleza. Alentada por este éxito, se vio llevada a imprimir la máxima tensión posible a los requerimientos éticos, y forzó en sus miembros un distanciamiento todavía mayor

respecto de su disposición pulsional. Esta es sometida entonces a una continua sofocación, cuya tensión se da a conocer en los más extraordinarios fenómenos de reacción y de compensación. En el ámbito de la sexualidad, donde esa sofocación encuentra la máxima dificultad para realizarse, ello provoca los fenómenos reactivos de los diversos modos de contracción de neurosis. En lo demás, la presión de la cultura no hace madurar consecuencias patológicas, pero se exterioriza en las deformaciones del carácter y en la propensión de las pulsiones inhibidas a irrumpir hasta la satisfacción cuando se presenta la oportunidad adecuada. Quien se ve precisado a reaccionar constantemente en el sentido de preceptos que no son la expresión de sus inclinaciones pulsionales, vive -entendido esto en su aplicación psicológica- por encima de sus recursos, y objetivamente merece el calificativo de hipócrita, sin que importe que haya alcanzado conciencia clara de ese déficit. Es indiscutible que nuestra cultura presente favorece en extraordinaria medida la conformación de ese tipo de hipocresía. Podría aventurarse esta aseveración: está «edificada sobre esa hipocresía, y tendría que admitir profundas modificaciones en caso de que los hombres se propusieran vivir de acuerdo con la verdad psicológica. Existen, por tanto, muchísimos más hipócritas de la cultura que hombres realmente cultos. Y aun podría examinarse este punto de vista: Es posible que la aptitud para la cultura ya organizada en los hombres de hoy sea insuficiente para conservar esta, y por eso siga siendo indispensable cierto grado de hipocresía. Por otra parte, la conservación de la cultura, aun sobre una base tan precaria, ofrece la perspectiva de propender en cada generación nueva, en cuanto portadora de una cultura mejor, a una reforma más vasta de las pulsiones.

Las elucidaciones anteriores nos ofrecen hoy lo menos un consuelo: la afrenta y la dolorosa desilusión que experimentamos por la conducta inculta de nuestros conciudadanos del mundo en la presente guerra no estaban justificadas. Descansaban en una ilusión de la que éramos prisioneros. En realidad, no cayeron tan bajo como temíamos, porque nunca se habían elevado tanto como creímos. Para ellos, el hecho de que los individuos rectores de la humanidad, los pueblos y los Estados, abandonaran las restricciones éticas en sus relaciones recíprocas fue una natural incitación a sustraerse de la presión continua de la cultura y a permitirse transitoriamente la satisfacción de sus pulsiones refrenadas. Es probable que no se produjera quiebra alguna en la eticidad relativa de los individuos en el interior de su propio pueblo.

De Guerra y Muerte. Temas De Actualidad. (1915)

Pero podemos profundizar todavía más en la comprensión del cambio que la guerra ha revelado en nuestros ex compatriotas, y ello nos aleccionará para no hacerles injusticia. Los desarrollos del alma poseen una peculiaridad que no se encuentra en ningún otro proceso de desarrollo. Cuando una aldea crece hasta convertirse en ciudad o un niño se vuelve hombre, aldea y niño desaparecen en la ciudad o en el hombre. Sólo el recuerdo puede refigurar los antiguos rasgos en la imagen nueva; en realidad, los materiales o las formas antiguas se dejaron de lado y se sustituyeron por otras nuevas. En un desarrollo anímico las cosas ocurren diversamente. Aquí la situación no es comparable con aquellas, y no puede describirse sino aseverando que todo estadio evolutivo anterior se conserva junto a los más tardíos, devenidos a partir de él; la sucesión envuelve a la vez una coexistencia, y ello a pesar de que los materiales en que trascurre toda la serie de trasformaciones son los mismos. Por más que el estado anímico anterior no se haya exteriorizado durante años, tan cierto es que subsiste, que un día puede convertirse de nuevo en la forma de manifestación de las fuerzas del alma, y aun en la única forma, como si todos los desarrollos más tardíos hubieran sido anulados, hubieran involucionado. Esta plasticidad extraordinaria de los desarrollos del alma no es irrestricta en cuanto a su dirección; puede designársela como una capacidad particular para la involución -para la regresión-, pues suele ocurrir que si se abandona un estadio de desarrollo más tardío y elevado no pueda alcanzárselo de nuevo. Ahora bien, los estados primitivos pueden restablecerse siempre; lo anímico primitivo es imperecedero en el sentido más pleno.

Las llamadas enfermedades mentales tienen que despertar en el lego la impresión de que la vida mental y anímica ha sufrido una destrucción. En realidad, tal destrucción sólo alcanza a las adquisiciones y desarrollos más tardíos. La esencia de la enfermedad mental consiste en el regreso a estados anteriores de la vida afectiva y de la función. Un destacado ejemplo de la plasticidad de la vida anímica nos lo da el estado del dormir, al que todas las noches nos disponemos. Desde que nos hemos ingeniado para traducir también sueños locos y confusos, sabemos que cada vez que nos dormimos arrojamos de nosotros, como a una vestidura, esa eticidad nuestra que hemos adquirido con tanto trabajo...para volvérnosla a poner cada mañana. Este desnudamiento no es, desde luego, peligroso, pues mientras dura el estado del dormir

estamos paralizados y condenados a la inactividad.

Sólo el sueño puede dar testimonio de la regresión de nuestra vida afectiva a una de las etapas de desarrollo más tempranas. Digno de notarse es, por ejemplo, que todos nuestros sueños están gobernados por motivos puramente egoístas.^5 Uno de mis amigos ingleses sostuvo esto en una reunión científica realizada en Estados Unidos; una de las damas presentes le replicó con esta observación: muy bien podía ser válido para Austria, pero de sí misma y de sus amigos se juzgaba autorizada a aseverar que incluso en sueños tenían sentimientos altruistas. Mi amigo, no obstante pertenecer también a la raza inglesa, debió contradecirla de la manera más enérgica, basado en sus propias experiencias de análisis de sueños: La noble norteamericana era en sueños tan egoísta como la austríaca.

Y siendo así, también la reforma pulsional en que descansa nuestra aptitud para la cultura puede ser deshecha de manera permanente o temporaria por las influencias de la vida. Sin duda, los efectos de la guerra se cuentan entre los poderes capaces de producir semejante involución; por eso, no necesariamente hemos de negar aptitud para la cultura a todos los que en el presente se comportan de manera inculta, y nos es lícito esperar que su ennoblecimiento pulsional habrá de restablecerse en épocas más pacíficas.

Ahora bien, otro, síntoma exhibido por nuestros conciudadanos del mundo no nos ha sorprendido ni espantado menos, quizá, que el hundimiento, que tan dolorosamente sentimos, de su elevación ética. Aludo a la falta de penetración que se advierte en las mejores cabezas, a su tozudez, su inaccesibilidad para los argumentos más evidentes y su credulidad acrítica hacia las aseveraciones más discutibles. Esto nos ofrece un cuadro bien triste, y quiero destacar expresamente que en modo alguno, como un secuaz enceguecido, veo todos los defectos intelectuales en uno solo de los bandos. No obstante, este fenómeno es todavía más fácil de explicar y menos dudoso que el considerado antes. Conocedores del hombre y filósofos nos han enseñado desde hace mucho que caeremos en un error si concebimos nuestra inteligencia como un poder autónomo y descuidamos su dependencia

(^5) [Más tarde, Freud fomuló reservas a este punto de vista, en un agregado hecho en 1925 a una nota al píe de La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, pag. 279, donde tambíen narra la anécdota que sigue. El «amigo inglés», como allí se aclara, era Ernest Jones.]

De Guerra y Muerte. Temas De Actualidad. (1915)

II. Nuestra actitud hacia la muerte

l segundo factor por el cual, según yo infiero, nos sentimos así de ajenos en este mundo otrora tan hermoso y familiar es la perturbación en la actitud que hasta ahora habíamos adoptado hacia la muerte.

Esa actitud no era sincera. De creérsenos, estábamos desde luego dispuestos a sostener que la muerte es el desenlace necesario de toda vida, que cada uno de nosotros debía a la naturaleza una muerte^1 y tenía que estar preparado para saldar esa deuda; en suma, que la muerte era algo natural, incontrastable e inevitable. Pero en realidad solíamos comportarnos como si las cosas fueran diversas. Hemos manifestado la inequívoca tendencia a hacer a un lado la muerte, a eliminarla de la vida. Hemos intentado matarla con el silencio; y aun tenemos [en alemán] el dicho: «Creo en eso tan poco como en la muerte»^2. En la muerte propia, desde luego. La muerte propia no se puede concebir; tan pronto intentamos hacerlo podemos notar que en verdad sobrevivimos como observadores. Así pudo aventurarse en la escuela psicoanalítica esta tesis: En el fondo, nadie cree en su propia muerte, o, lo que viene a ser lo mismo, en el inconciente cada uno de nosotros está convencido de su inmortalidad.

Por lo que toca a la muerte de otro, el hombre culto evitará cuidadosamente hablar de esta posibilidad si el sentenciado puede oírlo. Sólo los niños trasgreden esta restricción; se amenazan despreocupadamente unos a otros con la posibilidad de morir, y aun llegan a decírselo en la cara a una persona amada, por ejemplo: «Mamá querida, cuando por desgracia mueras, haré esto o aquello». El adulto cultivado no imaginará la muerte de otro ni siquiera en el pensamiento sin considerarse a sí mismo desalmado o malo; a menos que, en calidad de médico, de abogado, etc., tenga que ocuparse profesionalmente de ella. Y menos todavía se permitirá pensar en la muerte del otro si con este acontecimiento se asocia una ganancia en materia de libertad, de propiedad o de posición social. Desde luego, este sentimiento tierno nuestro no impide que sobrevengan los casos de muerte; cuando ocurren, nos conmueven

(^1) [Reminiscencia de las palabras del prícipe Hal a Falstaff en

1 Henry IV (actoV, escena 1): «Thou owest God a death» {«Debes a Dios una muerte»}. Esta errónea cita era una de las favoritas de Freud. Véase, por ejemplo, La interpretación de los sueños , AE, 4, pág. 219, y una carta a Fliess del 6 de febrero de 1899(Freud, 1950a, Carta 104), donde la atribuye explícitamente a Shakespeare, ] (^2) [Es decir, pensar que algo es improbable o increíble.]

en lo profundo y es como si nos sacudieran en nuestras expectativas. Por lo general, destacamos el ocasionamiento contingente de la muerte, el accidente, la contracción de una enfermedad, la infección, la edad avanzada, y así dejamos traslucir nuestro afán de rebajar la muerte de necesidad a contingencia. Una acumulación de muertes nos parece algo terrible en extremo. Frente al muerto mismo mantenemos una conducta particular, casi de admiración, como si hubiera llevado a cabo algo muy difícil. Suspendemos toda crítica hacia él, le disculpamos cualquier desaguisado, ordenamos «De mortuis nil nisi bene», y hallamos justificado que en el discurso fúnebre o en su epitafio se lo honre con lo más favorable. Ponemos el respeto por el muerto, que a este ya no le sirve de nada, por encima de la verdad, y la mayoría de nosotros lo valora más incluso que al respeto por los vivos.

Esta actitud cultural-convencional hacia la muerte se complementa con nuestro total descalabro cuando fenece una de las personas que nos son próximas, cuando la muerte alcanza a nuestro padre, a nuestro consorte, a un hermano, un hijo o un caro amigo. Sepultamos con él nuestras esperanzas, nuestras demandas, nuestros goces; no nos dejamos consolar y nos negamos a sustituir al que perdimos. Nos portamos entonces como una suerte de Asra, de esos que mueren cuando mueren aquellos a quienes aman^3.

Ahora bien, esta actitud nuestra hacia la muerte tiene un fuerte efecto sobre nuestra vida. La vida se empobrece, pierde interés, cuando la máxima apuesta en el juego de la vida, que es la vida misma, no puede arriesgarse. Se vuelve tan insípida e insustancial como un flirt norteamericano, en que de antemano se ha establecido que nada puede suceder, a diferencia de un vínculo de amor en el Continente, donde ambas partes deben tener en cuenta permanentemente las más serias consecuencias. Nuestros vínculos afectivos, la insoportable intensidad de nuestro duelo, hacen que nos abstengamos de buscar peligros para nosotros y para los nuestros. No osamos considerar cierto número de empresas que son peligrosas pero en verdad indispensables, como los ensayos de vuelo, las expediciones a países lejanos, los experimentos con sustancias explosivas. Nos paraliza para ello este reparo: ¿Quién ha de

(^3) [Los Asra del poema de Heine («Der Asra», en Romanzero , basado en un pasaje de De l’mour, de Stendhal) eran una tribu de árabes que «mueren cuando aman».]

E

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sustituirle a la madre su hijo, a la mujer su esposo, a los hijos su padre, si es que acaece una desgracia? La inclinación a no computar la muerte en el cálculo de la vida trae por consecuencia muchas otras renuncias y exclusiones. Y no obstante, la divisa de la Hansa decía «Navigare necesse est, vivere non necesse!»: Navegar es necesario, vivir no lo es.

Por eso, no puede ocurrir de otro modo: es en el mundo de la ficción, en la literatura, en el teatro, donde tenemos que buscar el sustituto de lo que falta a la vida. Ahí todavía hallamos hombres que saben morir, y aun que perpetran la muerte de otro. Y solamente ahí se cumple la condición bajo la cual podríamos reconciliarnos con la muerte: que tras todas las vicisitudes de la vida nos reste una vida intocable. Es por cierto demasiado triste que en la vida haya de suceder lo que en el ajedrez, donde una movida en falso puede forzarnos a dar por perdida la partida; y encima con esta diferencia: no podemos iniciar una segunda partida, una revancha. En el ámbito de la ficción hallamos esa multitud de vidas de que necesitamos. Morimos identificados con un héroe, pero le sobrevivimos y estamos prontos a morir una segunda vez con otro, igualmente incólumes.

Es evidente que la guerra ha de barrer con este tratamiento convencional de la muerte. Esta ya no se deja desmentir {verleugnen}; es preciso creer en ella. Los hombres mueren realmente; y ya no individuo por individuo, sino multitudes de ellos, a menudo decenas de miles un solo día. Ya no es una contingencia. Por cierto todavía parece contingente que un determinado proyectil alcance a uno o a otro; pero al que se salvó quizá lo alcance un segundo proyectil, y la acumulación pone fin a la impresión de lo contingente. La vida de nuevo se ha vuelto interesante, ha recuperado su contenido pleno.

Aquí debería trazarse una separación en dos grupos: los que arriesgan su vida en la batalla, y los que quedaron en casa y no tienen otra cosa sino esperar que la muerte les arrebate uno de sus seres queridos por herida, enfermedad o infección. Sería muy interesante, sin lugar a dudas, estudiar las alteraciones producidas en la psicología de los combatientes, pero yo sé demasiado poco sobre eso. Tenemos que atenernos al segundo grupo, al que nosotros mismos pertenecemos. Ya dije que a mi juicio el desconcierto y la parálisis de nuestra productividad, que ahora sufrimos, están comandados esencialmente por la circunstancia de que no podemos conservar la relación que hasta ahora mantuvimos con la muerte, y todavía no hemos hallado una nueva. Quizá nos auxilie en

esto dirigir nuestra indagación psicológica a otras dos relaciones con la muerte: la que podemos atribuir al hombre primordial*, al hombre prehistórico, y la que todavía se conserva en cada uno de nosotros pero permanece oculta en estratos más profundos, invisible para nuestra conciencia.

La conducta que el hombre de la prehistoria pudo haber tenido hacia la muerte la conocemos, desde luego, sólo por inferencias retrospectivas y reconstrucciones, pero opino que estos recursos nos han proporcionado unas noticias bastante dignas de confianza.

El hombre primordial adoptaba una actitud muy extraña hacia la muerte. No era unitaria, sino, más bien, directamente contradictoria. Por una parte, la tomó en serio, la reconoció como supresión de la vida y se valió de ella en este sentido; por otra parte, empero, dio el mentís a la muerte, la redujo a nada. Esta contradicción fue posibilitada por el hecho de que frente a la muerte del otro, del extraño, del enemigo, adoptó una actitud radicalmente diversa que frente a la suya propia. La muerte del otro era para él justa, la entendía como aniquilamiento del que odiaba, y no conoció reparos para provocarla. El hombre primordial era sin duda un ser en extremo apasionado, más cruel y maligno que otros animales. Asesinaba de buena gana y como un hecho natural. No hemos de atribuirle el instinto {Instinkt} que lleva a otros animales a abstenerse de matar y devorar seres de su misma especie.

La historia primordial de la humanidad está, pues, llena de asesinatos. Todavía hoy lo que nuestros niños aprenden en la escuela como historia universal es, en lo esencial, una seguidilla de matanzas de pueblos. El oscuro sentimiento de culpa que asedia a la humanidad desde tiempos primordiales, y que en muchas religiones se ha condensado en la aceptación de una culpa primordial, un pecado original, es probablemente la expresión de una culpa de sangre que la humanidad primordial ha echado sobre sus espaldas. En mi libro Tótem y tabú (1912-13), siguiendo las indicaciones de W. Robertson Smith, Atkinson y Charles Darwin, me he empeñado en desentrañar la naturaleza de esta antigua culpa, y opino que la doctrina cristiana de nuestros días nos permite inferirla retrospectivamente. Si el Hijo de Dios debía ofrendar su vida para limpiar a la

  • (^) {«Urmensch»; tres párrafos más adelante, Freud vuelve a emplear varios terminos con el prefijo «Ur», que hemos traducido siempre por «primordial»; «Urgeschichte», «historia primordial»; «Urzeiten» «tiempos primordiales»; «Urschuld», «culpa primordial».}