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Orientación Universidad
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genial hdfkjdd, Apuntes de Historia de los Estados Unidos

Asignatura: AMERICA II, Profesor: fff fff, Carrera: Historia, Universidad: UGR

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 15/06/2017

woodskilian
woodskilian 🇪🇸

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EL PRÓXIMO ORIENTE ANTIGUO I. INTRODUCCIÓN GENERAL, SUMERIOS Y
ACADIOS
(Materiales para alumnos de Historia del Arte. Curso 2016-2017)
HISTORIA E HISTORIA ANTIGUA. REFLEXIONES PRELIMINARES
“No es enteramente desdichado el que puede contarse a sí mismo su propia historia” (María Zambrano, El
hombre y lo divino, Madrid 1991, 25).
«Desde hace cincuenta años nuestros historiadores han sido hombres de partido. Por muy sinceros que
fuesen, por muy imparciales que creyeran ser, obedecían a unas u otras de las opiniones públicas que nos
dividían. Ardientes investigadores, pensadores potentes, escritores hábiles, ponían su ardor y su talento al
servicio de una causa. Nuestra historia se parecía a nuestros parlamentos legislativos, distinguiéndose una
derecha, una izquierda, unos centros. Era un campo cerrado donde las opiniones combatían. Escribir la
historia de Francia era una manera de trabajar por un partido y de combatir al adversario. De este modo, la
historia se convirtió entre nosotros en una especie de guerra civil permanente. Lo que nos ha enseñado ha
sido, sobre todo, a odiarnos los unos a los otros» (N. D. Fustel de Coulanges, Questions contemporaines,
París, Hachette, 1919, 3ª ed., pág. 7. Original de 1872).
- "Suele haber mucha más humanidad en la guerra que no en la paz... La guerra es escuela de fraternidad y
lazo de amor; es la guerra la que por el choque y la agresión mutua ha puesto en contacto a los pueblos y los
ha hecho conocerse y quererse. El más puro y más fecundo abrazo de amor que se den entre sí los hombres,
es el que sobre el campo de batalla se dan el vencedor y el vencido. Y aun el odio depurado que surge de la
guerra es fecundo. La guerra es, en su más estricto sentido, la santificación del homicidio. Caín se redime
como general de ejércitos. Y si Caín no hubiese matado a su hermano Abel, habría acaso muerto a manos de
este. Dios se reveló sobre todo en la guerra; empezó siendo el dios de los ejércitos, y uno de los mayores
servicios de la cruz es el de defender en la espada la mano que esgrime esta" (Unamuno, Sobre el
sentimiento trágico de la vida,.1912).
- "Mi teoría es que una vez que las autoridades temporales y espirituales han decidido que las vidas de ciertas
personas carecen de valor, nada es tan natural en el hombre como matar. Tan pronto como los hombres saben
que pueden matar sin temor a represalias, empiezan a matar, o al menos, animan a los asesinos con sonrisas
de aprobación" (Simone Weil, Carta a George Berrnanos).
- "Toda historia da cabida a la ficción, del mismo modo que yo doy en mis novelas y cuentos cabida a la
historia. Todas las novelas, las buenas novelas, son históricas. Es imposible reconstruir la realidad objetiva e
imparcialmente porque todos la vemos e interpretamos de manera distinta. Un historiador es siempre un
novelista... " (Max Aub, en una entrevista de 1963).
“La escritura académica es capaz de abordarlo todo y de quitarle sentido a todo” (Juan Carlos Rodríguez, De
qué hablamos cuando hablamos de Marxismo, Madrid 2013, 133).
A) La Historia como A) patria del hombre (Ortega y Gasset) o memoria popular, sin o con
escritura (García Calvo), B) lucha de clases (Marx) y C) discurso del poder (Foucault), escrito,
cambiante y manipulable: testimonios al respecto de las culturas mesopotámicas, egipcia y
grecorromana. El peligro de la “sobreinterpretación” en Historia (Veyne).
La historia como relato popular: el paradigma bíblico y evangélico.
B) Nacimiento y desarrollo de la historiografía. Los valores clasistas, políticos y
patrióticos de la historiografía grecorromana. Las historias nacionales de los pueblos limítrofes
con (y dominados por) el mundo clásico: Beroso, Manetón y los escritos apocalípticos judíos. Las
innovaciones de la historiografía cristiana.
El declive de la historiografía clásica durante la Antigüedad Tardía. Crónicas y
hagiografías. La reacción burguesa de la época renacentista e ilustrada. La revolución romántica y
nacionalista: la historia de los pueblos.
Historia Antigua e Historia Universal. El imperialismo occidental y el descubrimiento de
las civilizaciones orientales. Crisis de las interpretaciones teológicas y de la Biblia como manual
de historia. El clasicismo europeo y el menosprecio de Oriente (Frazer, Ortega…).
C) Periodización y ámbitos geográficos de la Historia Antigua (cf. en mapa final, p. 34).
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EL PRÓXIMO ORIENTE ANTIGUO I. INTRODUCCIÓN GENERAL, SUMERIOS Y

ACADIOS

(Materiales para alumnos de Historia del Arte. Curso 2016-2017)

HISTORIA E HISTORIA ANTIGUA. REFLEXIONES PRELIMINARES “No es enteramente desdichado el que puede contarse a sí mismo su propia historia” (María Zambrano, El hombre y lo divino , Madrid 1991, 25).

«Desde hace cincuenta años nuestros historiadores han sido hombres de partido. Por muy sinceros que fuesen, por muy imparciales que creyeran ser, obedecían a unas u otras de las opiniones públicas que nos dividían. Ardientes investigadores, pensadores potentes, escritores hábiles, ponían su ardor y su talento al servicio de una causa. Nuestra historia se parecía a nuestros parlamentos legislativos, distinguiéndose una derecha, una izquierda, unos centros. Era un campo cerrado donde las opiniones combatían. Escribir la historia de Francia era una manera de trabajar por un partido y de combatir al adversario. De este modo, la historia se convirtió entre nosotros en una especie de guerra civil permanente. Lo que nos ha enseñado ha sido, sobre todo, a odiarnos los unos a los otros» (N. D. Fustel de Coulanges, Questions contemporaines, París, Hachette, 1919, 3ª ed., pág. 7. Original de 1872).

  • "Suele haber mucha más humanidad en la guerra que no en la paz... La guerra es escuela de fraternidad y lazo de amor; es la guerra la que por el choque y la agresión mutua ha puesto en contacto a los pueblos y los ha hecho conocerse y quererse. El más puro y más fecundo abrazo de amor que se den entre sí los hombres, es el que sobre el campo de batalla se dan el vencedor y el vencido. Y aun el odio depurado que surge de la guerra es fecundo. La guerra es, en su más estricto sentido, la santificación del homicidio. Caín se redime como general de ejércitos. Y si Caín no hubiese matado a su hermano Abel, habría acaso muerto a manos de este. Dios se reveló sobre todo en la guerra; empezó siendo el dios de los ejércitos, y uno de los mayores servicios de la cruz es el de defender en la espada la mano que esgrime esta" (Unamuno, Sobre el sentimiento trágico de la vida ,.1912).
  • "Mi teoría es que una vez que las autoridades temporales y espirituales han decidido que las vidas de ciertas personas carecen de valor, nada es tan natural en el hombre como matar. Tan pronto como los hombres saben que pueden matar sin temor a represalias, empiezan a matar, o al menos, animan a los asesinos con sonrisas de aprobación" (Simone Weil, Carta a George Berrnanos).
  • "Toda historia da cabida a la ficción, del mismo modo que yo doy en mis novelas y cuentos cabida a la historia. Todas las novelas, las buenas novelas, son históricas. Es imposible reconstruir la realidad objetiva e imparcialmente porque todos la vemos e interpretamos de manera distinta. Un historiador es siempre un novelista... " (Max Aub, en una entrevista de 1963).

“La escritura académica es capaz de abordarlo todo y de quitarle sentido a todo” (Juan Carlos Rodríguez, De qué hablamos cuando hablamos de Marxismo , Madrid 2013, 133).

A) La Historia como A ) patria del hombre (Ortega y Gasset) o memoria popular, sin o con escritura (García Calvo), B ) lucha de clases (Marx) y C ) discurso del poder (Foucault), escrito, cambiante y manipulable: testimonios al respecto de las culturas mesopotámicas, egipcia y grecorromana. El peligro de la “sobreinterpretación” en Historia (Veyne). La historia como relato popular: el paradigma bíblico y evangélico. B) Nacimiento y desarrollo de la historiografía. Los valores clasistas, políticos y patrióticos de la historiografía grecorromana. Las historias nacionales de los pueblos limítrofes con (y dominados por) el mundo clásico: Beroso, Manetón y los escritos apocalípticos judíos. Las innovaciones de la historiografía cristiana. El declive de la historiografía clásica durante la Antigüedad Tardía. Crónicas y hagiografías. La reacción burguesa de la época renacentista e ilustrada. La revolución romántica y nacionalista: la historia de los pueblos. Historia Antigua e Historia Universal. El imperialismo occidental y el descubrimiento de las civilizaciones orientales. Crisis de las interpretaciones teológicas y de la Biblia como manual de historia. El clasicismo europeo y el menosprecio de Oriente (Frazer, Ortega…). C) Periodización y ámbitos geográficos de la Historia Antigua (cf. en mapa final, p. 34).

1. GENERALIDADES SOBRE LA HISTORIA DEL PRÓXIMO ORIENTE

1.1. Limitaciones documentales y cronológicas Derivan de la diversidad de pueblos, culturas y escrituras, algunas no descifradas y en todas con infinidad de textos sin traducir ni publicar. Limitaciones de tal calado hacen que la historia del Próximo Oriente sea todavía hoy (y lo seguirá siendo durante mucho tiempo) una historia en construcción y renovación constante, como lo era la historia de Grecia o de Roma en el siglo XV y XVI. Baste recordar la situación de abandono y olvido de innumerables monumentos de la zona (afortunadamente, preservados muchos bajo tierra ), el expolio de gran parte de las excavaciones realizadas en siglos pasados o las dificultades para descifrar las múltiples escrituras de estas regiones y el estado incipiente de su edición y difusión. No por casualidad, hasta épocas recientes era la Biblia el relato guía para interpretar estas culturas (lo que explica la atención privilegiada

otorgada a los pueblos mencionados en ella, en particular a egipcios, asirios y babilonios) y para no pocos historiadores el objetivo principal era ratificar los daos contenidos en ella. En suma, nos topamos con problemas, carencias y limitaciones básicas para el estudio de estas culturas, y todavía hoy la cronología sigue siendo sumamente imprecisa, sobre todo en los primeros milenios de su historia. No es, por tanto, superfluo precisar conceptos tan aparentemente obvios como:

  • MESOPOTAMIA. Es el término con el que los griegos designaban a la zona situada entre los ríos Tigris y Éufrates. Téngase en cuenta que es una región muy amplia, diversa cultural, política y lingüísticamente, y que nunca conformó un Estado. Incluso geológicamente era una región en cambio continuo, sobre todo en la zona del Golfo Pérsico donde entonces

calendario, que un mes lunar abarca, aproximadamente, 29 días, 12 horas y 44’; y un año 365 días, 5 horas, 48’ y 46’’), descubrimientos de trascendentales consecuencias históricas.

  • Las grandes obras públicas, religiosas y de propaganda: aparición y consolidación del Estado y de las clases sociales.
  • En palabras de Liverani (2012, 159), “si la ‘revolución neolítica’ había creado una religiosidad centrada en la importante cuestión de la fertilidad y la reproducción de la vida animal y vegetal, y la ‘revolución urbana’ había creado el panteón politeísta con divinidades ‘especializadas’ en los distintos ámbitos de la vida económica y social, la consolidación y el desarrollo de los estados crea la necesidad de una ’fundación’ ideológica del poder”.
  • Los primeros códigos. La formación del patriarcado y el sometimiento de la mujer.

Escritura cuneiforme (Mesopotamia) y jeroglífica (Egipto)

1.4. Las aportaciones culturales de las civilizaciones del Próximo Oriente Antiguo, expresiones preclaras de la Revolución urbana, son, como queda dicho, inmensas (escritura, matemáticas, astrología, calendario, mitos, instituciones...). La suya fue una experiencia humana de incalculable valor, una aventura intelectual sin parangón posible por su originalidad y por las condiciones en que se llevó a término. Es cierto, sin embargo, que el pensamiento filosófico no llegó a tomar cuerpo, ni podía hacerlo debido a los presupuestos epistemológicos de carácter mítico que dominaron en esas civilizaciones. Pero pusieron las bases para que este salto se diera, de modo que podemos hablar de continuidad y de evolución entre Oriente Próximo por una parte y Grecia, Etruria y Roma por otra (Snell, 139 ss.). A fin de cuentas fue un griego (Pseudo Platón, Epinomia , 987 d) quien afirmó: "Lo que nosotros los griegos tomamos a los extranjeros lo transformamos para hacer algo más bello". En eso precisamente consistió "el milagro griego". Y cabe recordar, además, que las últimas tablillas cuneiformes se fechan en el siglo I de nuestra era, mientras que la escritura copta (caracteres griegos suplementados con otros para reproducir los sonidos de la lengua egipcia) aparece alrededor del año 400 d.C., lo que indica que al menos hasta entonces (y sin duda hasta más tarde en casos aislados) los jeroglíficos eran legibles para algunos sectores sociales.

1.5. Durante más de tres mil años, en todas las culturas del Próximo Oriente, la religión domina y contamina todos los aspectos de la vida, y lo hará con una intensidad superior a las de otras civilizaciones antiguas, como la grecorromana. Como apunta Moscati (1963, 338), hay que esperar a la Edad Media para encontrar algo similar. Debe tenerse en cuenta, no obstante, que casi toda la información se refiere a las clases dirigentes, por lo que, en rigor, es poco lo que podemos asegurar sobre el pueblo, es decir, sobre la mayoría de la población. Con estas reservas (y con otras, como el hecho de que estas culturas orientales no tengan una palabra para religión), podríamos subrayar que A) Se trata, en esencia, de religiones naturalistas, basadas en el culto a las fuerzas cósmicas, si bien los dioses se conciben a imagen del hombre (con pasiones, matrimonios,

hijos...), del que suelen diferenciarse solamente por su inmortalidad (que no eternidad, pues todos fueron creados), según vemos en sus diversos mitos y representaciones plásticas. Naturalismo, politeísmo, antropomorfismo y sincretismo suelen señalarse como rasgos propios de estas primeras religiones. B) Los rituales y festividades suelen adaptarse al ciclo estacional, cuyos cambios conmemoran bajo la dirección de un clero especializado a cuya cabeza suele figurar el propio rey (en Mesopotamia, un rey humano, en Egipto un faraón divinizado). El objetivo principal era asegurar la fertilidad y la renovación de la vida, ante la cual el hombre mesopotámico parece un asunto menor, mientras que en Egipto la vida de los hombres y la naturaleza parecen integradas. C) En esta mentalidad se comprende la importancia singular de la magia y de la adivinación, para curar o prevenir males. D) El monoteísmo israelita (¿y el egipcio y persa?), a pesar de sus limitaciones, supuso una revolución espiritual. El mundo divino y el humano se separaron y el vínculo de la religión con el Estado se debilitó, en tanto que un dios único debe ser universal, sin restricciones étnicas o políticas. De ahí que este proceso no fuera impulsado por los Estados, sino que, por el contrario, llevó a un conflicto de la religión con el Poder, cuyo mejor ejemplo, aunque tardío, sería el Cristianismo. E) Consecuentemente, debe darse por infundada la hipótesis de un monoteísmo original en todas las culturas antiguas, y, menos aún, en los inicios mismos de la historia humana. Ni siquiera en Egipto, en cuya historiografía ha pervivido más tiempo esta teoría, puede negarse la existencia de un pensamiento politeísta, como se verá en el tema correspondiente. F) Cabe destacar, en fin, la importancia del pensamiento mitológico: los acontecimientos terrenales se interpretan a la luz de los mitos y éstos se proyectan sobre la historia y la experiencia humana. El cosmos se concibe como un todo ordenado, al que se subordinan los hombres, y en él destacan los dioses (que se cuentan por miles), en cuyo conjunto o asamblea reside la soberanía, si bien algunos parecen ocupar un lugar superior y se dan muchos fenómenos de asimilación o sincretismo. Por ejemplo, algunos investigadores piensan que An representa la auctoritas , Enlil (asimilado a veces a Marduk o a Assur) la coacción y Ki y Enki la producción. La realidad es, sin embargo, que en las listas de dioses que nos han llegado no se observa esta jerarquía y en cabeza aparecen a veces dioses de los que nada sabemos (De Liagre Böhl, 435-6). En esta mentalidad, lógicamente, el hombre ocupa un lugar secundario y subordinado. La sociedad humana se considera parte del cosmos, pues el orden político sólo tenía realidad en cuanto participa o refleja el orden cósmico. Existe, pues, una homología entre ambos órdenes, o mejor, varias homologías o correspondencias: A) la fundación de una comunidad y del poder político es un acontecimiento cósmico (en particular la creación de la realeza). B) a cada zona de la tierra le corresponde otra en el cielo. De ahí la importancia de la situación de las ciudades, en especial de la capital política, a la que se consideraba el punto de unión del espacio celestial y terrestre, el ombligo del mundo. Así pues, las relaciones sociales y políticas eran una proyección del mundo de los dioses. Un pueblo era, ante todo, el pueblo de un dios determinado, de modo que la sucesión de imperios o hegemonías equivalía a una sucesión de dioses victoriosos. Por supuesto, la victoria o derrota era imputable a los dioses. G) Consecuentemente, la literatura y el arte están en su mayor parte al servicio de la religión y del poder. De ahí su carácter anónimo y su aparente inmutabilidad. También explica esto la antedicha importancia y abundancia de relatos míticos (como justificación última de la realidad social y política) o la preocupación por la muerte (el único cambio que, por innegable, requería una explicación ideológica), y el protagonismo de templos, tumbas, pirámides o relieves conmemorativos de hechos o personajes supuestamente extraordinarios. Sólo en Egipto encontramos representaciones de simples (pero siempre insignes) particulares, de modo que aquí, excepcionalmente, la escultura o la pintura, además de narrativas, son representativas, en cuanto no sólo pretenden describir una acción sino también aislar un estado.

Años después, el rey babilonio Nabonido afirmaba: “Sin y Ningal decidieron que gobernara cuando aún estaba en el seno de mi madre”. E incluso el persa Ciro pudo decir: “Marduk revisó la totalidad de las tierras y, después de haberlas visto, buscó un rey justo, un rey de acuerdo con su corazón, al que poder guiar de la mano. Pronunció su nombre, Ciro de Anshan, y dio a entender con su nombre el poder real sobre todas las cosas” (Frankfort, Reyes y dioses , 261-2). Y Darío dice en la inscripción de Behistun: "Ahuramazda me concedió la realeza".

Esta mentalidad permitía la designación como rey provisional de algún desconocido (“rey sustituto”) sobre el cual, como chivo expiatorio, recaían las responsabilidades de cualquier desgracia y era ejecutado como expiación. Pero esto también permitía justificar cualquier usurpación, como las de Sargón o Ciro. En consecuencia, la sucesión nunca estaba asegurada y un rey, al menos teóricamente, podía ser depuesto si se entendía que no había cumplido debidamente su papel de representante del pueblo ante la divinidad o no había sabido llevar a cabo la voluntad divina (cosa que solía manifestarse en las derrotas o desastres naturales). En todo caso, la designación la realizaba, normalmente, el dios principal de la ciudad, de acuerdo con la asamblea de los dioses, reflejo sin duda de lo que ocurría en la realidad terrenal, y de este modo los conflictos entre ciudades venían a ser conflictos entre sus divinidades. Uno de los deberes principales del rey era construir templos a las divinidades. En este aspecto son significativas las diferencias con Egipto: el faraón construye o repara templos por decisión propia, como diría Hatsepsut, “de acuerdo con el designio de mi corazón”. En Mesopotamia, sin embargo, la construcción o reparación implicaba una grave responsabilidad para los reyes, pues no sabían si interpretaban correctamente la voluntad divina. Por ello, previamente se verificaban oráculos y se intentaba consultar a los dioses, respetando en todo caso la tradición, sobre todo porque era posible que el propio dios hubiera diseñado los planos y los detalles más nimios del templo anterior (cf., más adelante, relieve del rey Ur-Nanshe de Lagash).

No debe olvidarse, en fin, las diferencias entre Mesopotamia y Egipto, de las que se hablarán más adelante y que tienen su mejor expresión en los bajorrelieves y representaciones pictóricas de sus respectivas culturas.

1.7. Diferencias políticas e ideológicas generales entre las culturas de Mesopotamia y Egipto. Explicadas a veces como consecuencia casi automática de las diferencias orográficas (la orografía de Mesopotamia es más variada y proporciona menos protección y autosuficiencia que la egipcia), podríamos precisarlas, junto a las ya señaladas, en las siguientes:

- Las estructuras políticas de los Estados mesopotámicos fueron, por lo general, menos estables y unitarias (idea generalizada, pero discutible en mi opinión), y con más importancia de la ciudad. Pero no es menos verdad que el Alto y el Bajo Egipto conocieron a veces diferencias similares a las que se aprecian entre el norte y el sur de Mesopotamia (por ejemplo, entre Asiria y Babilonia). Y que ciudades egipcias como Heracleópolis o Tebas tuvieron en ocasiones un protagonismo no inferior al de las más importantes ciudades mesopotámicas.

  • La ideología y creencias religiosas de las culturas mesopotámicas fueron posiblemente más tensas, dinámicas, humanas y “modernas”. Pero también esto es discutible, tanto más cuanto mejor se conoce la historia de las mentalidades en Egipto.
  • La diferencia más llamativa y trascendente en el ámbito político y cultural fue la desigual concepción de la realeza. Para los egipcios, el faraón es Horus y, por tanto, los derechos a la realeza, cuyo poder era ilimitado, proceden de la herencia o, más concretamente, de Osiris (dios muerto, padre de Horus). Es imprescindible, por consiguiente, la implicación de dos generaciones, como pone de manifiesto la Teología menfita (“Geb puso a Horus como rey del Bajo Egipto, en el lugar donde se ahogó su padre…”), los textos de las pirámides (“Tú estás en el trono de Osiris…”) y múltiples inscripciones faraónicas (Frankfort, 68). Por el contrario, en Mesopotamia prácticamente todas las civilizaciones aceptaron que sus reyes no eran sino “grandes hombres”. Sólo el cargo (la realeza) era divino, no su titular. Los derechos al trono derivaban de una elección divina, que se justificaba normalmente por razones de justicia (Frankfort, 260). La sucesión era, por tanto, algo problemático y no faltan leyendas que aluden al origen humilde o desconocido del rey. Como veremos, un caso singular era el israelita, pues el “elegido” no era el rey, sino el pueblo.

1.8. Dada la diversidad de pueblos y culturas conocidas en MESOPOTAMIA durante los más de tres milenios anteriores a nuestra era, es prácticamente imposible, si no improcedente, hacer un estudio detallado de cada una de ellas o, por el contrario, tratar de agruparlas ignorando sus peculiaridades individuales, temporales o locales. Moscati (1963) propone distinguir entre: A) "Los elementos" o civilizaciones fundamentales del Próximo Oriente (aquí se incluirían las culturas de sumerios, acadios, babilonios, asirios, y egipcios). B) "Los catalizadores" o civilizaciones que asumen aspectos de las civilizaciones anteriores y le dan un sello personal (hititas, hurritas, cananeos, arameos e Israel), y C) "La síntesis" que protagonizaron y encarnaron los persas. Al menos a efectos pedagógicos es una propuesta razonable que debe tenerse en cuenta.

Los textos literarios de todas estas culturas mesopotámicas nos han llegado en miles de tablillas de arcilla y, en menos medida en otros objetos (sellos, obeliscos, metales…). A pesar de las peculiaridades culturales y de la milenaria evolución histórica, estos testimonios escritos presentan, al menos, tres características comunes: A) La mayoría de los textos tienen un origen sumerio, aunque quizá sea equívoco afirmar que “los semitas, que suceden en el tiempo y en el espacio mesopotámico a los sumerios, no demostraron ningún espíritu innovador en sus producciones literarias, sino que se contentaron con traducir los textos sumerios a su propia lengua (la acadia) o a combinar, todo lo más, varias obras literarias para obtener otras nuevas” (Lara Peinado, 1981, 10). Por el contrario, como veremos enseguida, lo más llamativo de

miles de tablillas de arcilla con escritura cuneiforme y otros testimonios valiosos de su cultura: esculturas, relieves, sellos, objetos metálicos, taracea, cerámicas... Durante el Dinástico primitivo se documentan frecuentes luchas entre estas ciudades, debidas en su mayoría a disputas territoriales. Al calor de estos enfrentamientos alcanzaron fama singular algunos de sus reyes, como el mítico Gilgamés de Uruk ( Textos en Kramer, 66-73, 80), Eannatum, debelador de Umma (h. 2454-2415), conflicto representado y narrado en la célebre "Estela de los buitres", o el revolucionario Urukagina, último monarca de la dinastía de Lagash ( circa 2355 a.C.), protector, según su propaganda, de los sectores más desfavorecidos, huérfanos y

Fragmentos de la Estela de los buitres (Eannatum, ensi de Lagash). Louvre

viudas ( Texto en Schmökel, 87-88), y finalmente derrotado por Lugalzagesi de Umma. Estas guerras debilitaron a muchas de estas ciudades, y hacia 2350 a.C. todas acabaron integrándose, como la citada Umma de Lugalzagesi, en el primer gran imperio conocido, el del semita Sargón de Acad, con el que se consolidó la idea de “monarquía universal” (se proclamó “rey de las cuatro partes”) frente a la ya inoperante poliarquía urbana sumeria.

2.1.1. Aspectos económicos, sociales y políticos: la realeza sumeria

  • Predominio de la agricultura, frente a los demás sectores productivos, lo que no impidió una intensa actividad comercial y un desarrollo notable de la artesanía y el arte. No se documentan esclavos a la manera del mundo grecorromano, pero la mayoría de la población (¿semilibres?) estaba obligada a trabajar en proyectos del templo y del palacio. Los abusos e injusticias debieron ser cada vez más frecuentes, como prueban las reformas del citado Urukagina en favor de los sectores marginados (Molina, 67-77).
  • Aunque originariamente las ciudades parecen gobernadas por asambleas populares y por consejos de ancianos, lo más destacable es la centralización en templos y palacios, cuyos jefes acaparaban singular poder y prestigio. Las riquezas de los templos han permitido hablar de ciudades-templos y de régimen “estatal social-religioso”, encabezado por un dinasta local que en Uruk se denomina en, en Lagash ensi , y en Ur y Kish lugal. Según Liverani (2012, 156), no son términos equivalentes ni política ni ideológicamente. En (= “[gran] sacerdote”) subraya que el poder real procede del ámbito del templo, donde tuvo su primera formulación. Ensi (= “artífice del dios”) presenta al rey como dependiente y administrador fiduciario del dios ciudadano. Lugal (= “hombre grande”), término que aparece con posterioridad a los otros dos, destaca las dotes propiamente humanas (físicas y sociales) del dinasta. Por eso, dado que el término ensi podía implicar dependencia humana, los reyes más poderosos, en particular los que dominan a otros, suelen darse el título de lugal. Paolo Scarpi señala que, al margen del debate acerca del origen y la prioridad de la ciudad sobre el templo o viceversa, “la gestión de la vida religiosa y económica se llevaba a cabo a través del santuario, propietario de los terrenos cultivables, que se ocupaba de organizar las actividades productivas, tal vez bajo la jurisdicción de un “señor”, en , probablemente jefe político y religioso

a la vez. No obstante, “en” era también el epíteto con el que se designaba al ser extrahumano, señor y titular del templo, que se ha conservado en algunos teónimos, como En-ki o En-lil, el “señor tierra” y el “señor cielo meteórico”, respectivamente. Es poco probable que estas figuras, desde el momento de su aparición, se configuraran como divinidades, pero sin duda hay que relacionarlas con la formación de la noción de dios, que debió de surgir aproximadamente a comienzos del III milenio” (en Filoramo y otros, 2012, 23) Lugal , por otra parte, es un término paralelo a é-gal (= “casa grande”), esto es, palacio donde reside el rey o lugal. El palacio, que históricamente aparece con posterioridad a los templos, tenía, pues, una función similar, pero nunca se puso en discusión el lugar preponderante de los templos no sólo por su carácter religioso sino también como centros de almacenaje y redistribución de productos. Era una situación muy compleja, como lo es toda incipiente separación entre el culto y la política o la mera conformación de una realeza “laica”. La razón estriba en que si bien siempre era fundamental la legitimación divina de la realeza (y la consiguiente subordinación del rey al dios y la presentación de sus obras como expresión de la voluntad divina), en la realidad era necesario subordinar los templos a la administración estatal unificada. Y el hecho fue que el templo dejó de ser el centro para convertirse en una célula u organismo del estado palaciego. Así pues, la realeza se fue imponiendo poco a poco, dialécticamente, a la vieja y anónima clase dirigente del templo (del que sigue emanando su legitimidad divina), ejerciendo funciones variadas (militares, religiosas, jurídicas), orientadas todas a mantener la armonía con la naturaleza y el cosmos, es decir, asegurar el bienestar de la ciudad (fenómeno propio y capital de los Estados antiguos, incluso del Imperio cristiano). En este sentido, el Lugal acabó por asumir rango similar al de un vicario de la divinidad, superior, por tanto, al de simple sacerdote. Por eso, los conflictos internos, entre sacerdotes y reyes, fueron tan inevitables como los conflictos externos con otras ciudades.

  • Salvo excepciones de época tardía, los reyes sumerios (al igual que los de otras culturas mesopotámicas posteriores) no llegaron a divinizarse, ni a legitimar un poder dinástico, y de ahí sus diferencias con la realeza egipcia, su inestabilidad intrínseca y los frecuentes problemas sucesorios. No obstante, al ser representantes del dios protector de la ciudad e incluso sacerdotes del mismo, su mandato tenía una fuerte impronta teocrática. Como algunos historiadores han observado (cf. ref. en König, 54-55), el Estado y la Iglesia en las sociedades antiguas estaban tan estrechamente unidos, que el primero debe ser considerado como teocracia y la segunda como institución política. Por eso, luchar contra la religión equivalía a luchar contra las instituciones. En realidad, si ya con el cristianismo se observa cierta tensión entre religión y Estado, sólo en la Edad Moderna se intentó establecer una separación entre la esfera religiosa y la profana, lo que permite a muchos hombres de hoy contemplar una iglesia como si fuera un museo de religiones muertas,

de culto, por lo que cabe concluir que las interminables listas de dioses no eran sino elaboraciones eruditas que no reflejaban la realidad vivida por la gente común. La voluntad de estos dioses era impredecible (“Desconozco la ofensa contra el dios, desconozco la transgresión contra la diosa”, se dice en una tablilla), lo que explica la importancia de la adivinación y de la magia (siempre en manos del sacerdote), y que se diera por supuesto que la ira divina provocaba el desorden social y el de la naturaleza, desorden que el rey y los sacerdotes debían subsanar. Exigen sumisión, pero no siempre garantizan la justicia (de ahí el tópico del sufrimiento del justo, preludio del Job bíblico), posible reflejo de lo que ocurría en la vida real. Las divinidades ciudadanas, a menudo asimiladas a potencias cósmicas o de la naturaleza (lo que a veces implica una imprecisa jerarquía), desempañaban un papel tan relevante que incluso los conflictos entre ciudades se contemplan como conflictos entre sus respectivos dioses. Ejemplo prototípico, y muy bien documentado, es la larga guerra entre la ciudad de Lagash (cuyo dios principal era Ninguirsu) y la ciudad de Umma, protegida por el dios Shara. El enfrentamiento se describe como una lucha entre ambos dioses, una especie de guerra de religión avant la lettre. Pero el triunfo final de Umma y de su dios Shara no supuso, por lo que sabemos, un descrédito irrecuperable para Ninguirsu, ni cambio alguno en la jerarquía de los panteones de ambas ciudades (Snell 33). Apenas se han conservado estatuas monumentales, pero los relieves e inscripciones representan a estos dioses con caracteres humanos: varones o hembras, con familia, movidos por el odio o la pasión... un poco a la manera homérica. Los textos no traslucen ni el más mínimo atisbo de una concepción trascendente de la divinidad. Lo único que en ella hay de sobrehumano es que no envejecen (los hijos de dioses son siempre hijos) y poseen una fuerza sobrehumana (pero limitada). Como señala Schneider (413), el mundo no debe su existencia a la voluntad de los dioses existentes. Sólo en época tardía se buscó una solución a este problema cosmogónico; sin embargo, en el mundo existente se supone la presencia de seres sobrehumanos allí donde las fuerzas humanas parecen impotentes. No se piensa que los dioses hayan creado estas fuerzas cósmicas, sino sólo que las dominan y, en cierto modo, las determinan. Esta idea la subraya el libro bíblico de la Sabiduría. Normalmente, un dios aislado no tiene fuerza suficiente para proteger al hombre o al país, y por eso necesita la colaboración de otras divinidades. Y aunque exigen sumisión, no siempre garantizan la justicia (de ahí el tópico del sufrimiento del justo, preludio del Job bíblico), lo que podría reflejar bien la realidad terrenal. Tampoco faltan alusiones y representaciones de seres sobrenaturales de carácter demoníaco, como los siete Udug (perseguidores inmisericordes y devoradores insaciables) y Lilit (a veces identificada con la Eva bíblica), súcubo o ramera que acechaba a los hombres y que, una vez en su poder, ni los soltaba ni los satisfacía sexualmente. Gilgamés la haría huir al desierto a petición de Inanna (cf. Schmökel, 190), prueba de la importancia que se daba al mal y al malo (Satán, démones, Caín...), y que ya entonces cabía identificar a éste con alguna divinidad. Amuletos y sacerdotes protegían de ellos, de los malos espíritus y de los espíritus de los muertos. Otro tanto hacían las prácticas mágicas y los conjuros, a los que recurrían incluso los propios dioses, como ilustra el Enuma elis. Esto hace pensar en la creencia en un poder temible y descontrolado, superior al de los dioses. No es necesario recordar que magia y religión son mundos inextricablemente unidos, sobre todo en estas sociedades antiguas. No es, en fin, exagerado afirmar que los principios fundamentales de la religión sumeria conservaron plena vigencia en los siglos y milenios siguientes, entre los acadios, asirios y babilonios, de modo tal que la religión de éstos no es otra cosa que el desarrollo orgánico de las creencias y prácticas de los primeros pobladores de Mesopotamia (Schneider, 370). Por eso, las religiones de todos estos pueblos comparten los siguientes rasgos esenciales: politeísmo , sincretismo , naturalismo y antropomorfismo. Pero ello no quiere decir que todo fuera idéntico y, en consecuencia, no es admisible estudiar conjuntamente, como si fueran una sola, las religiones de estas diferentes culturas y exponerlas como un totum revolutum. En realidad, cuanto más

avanza la investigación más se pone de relieve esta diversidad así como la evolución material y espiritual, sensim sine sensum , dentro de cada civilización. En el periodo sumerio-acadio nunca se llegó a atribuir a un dios el rango de dios nacional, ni existió deidad alguna que fuera venerada en fiestas fijas por la totalidad de la población en un santuario nacional monumental. Para ello hubiera sido necesaria la existencia de un reino unido con un poder y una capital central, cosa que apenas si acaeció efímeramente. Ya se ha dicho que ninguna relación de divinidades es sistemática ni conocemos ningún panteón jerárquico. Es probable que la sistematización divina no se hiciera notar antes de las épocas acadia y babilónica y que entonces fuera llevada a cabo por los sacerdotes de Nippur y Babilonia. Schneider propone dar mayor importancia a los dioses que fueron objeto de especial culto por los reyes de la época neosumeria (unos 20 por cada rey). Aunque este método ratifica la inexistencia de una jerarquía estricta (pues varía de un rey a otro) y queda patente que ninguna deidad es todopoderosa (pues siempre debe solicitarse simultáneamente la ayuda de varias de ellas), entre estos dioses principales cabría destacar A) la paredra Inanna-Dumuzi (fecundidad y reproducción), B) la tríada cósmica o celestial formada por An, Enlil y Enki (= Ea), a la que algunos suman la tríada astral integrada por Nanna (Luna) Utu (Sol) e Inana (Venus), y C) los dioses ciudadanos, entre los que merece mención especial Ningirsu de Lagash. Esta clasificación es arbitraria, como lo es encuadrar a un dios entre las “divinidades cósmicas” o “astrales” o “guerreras” o “ciudadanas”, dado que esos atributos nunca agotan la esfera de influencia del dios aludido. Por otra parte, los enlaces y filiaciones familiares apenas llegaron a esbozar un panteón (casi siempre caótico) que se iría consolidando en los siglos y culturas posteriores (cf. en este sentido las propuestas de Bottéro y Kramer, 73 ss.). Veamos algunos detalles de estas divinidades:

INANNA (Ishtar en acadio; Astaté fenicia-cananea), “hieródula de los dioses” y “señora del cielo”, fue la divinidad más famosa del amor (y de la guerra entre babilonios y asirios). Como diosa de la fecundidad continúa una antiquísima tradición de culto al toro y a la diosa madre. Era dueña de los rebaños sagrados, a los que cuida su pastor y amante Dumuzi. Eanna (=”casa del cielo”) es su templo en Uruk, y el planeta Venus la simboliza. Precisamente como Venus formaba una tríada junto a la Luna (Nanna) y al Sol (Utu). Como protectora de Uruk, embriagó a Enki y le arrebató las leyes divinas que presiden el futuro del hombre y de su civilización (Texto en Kramer, 160 ss.). Esta diosa es protagonista de diversos mitos o leyendas, cuyo significado (religioso o no) se nos escapa. Uno de ellos narra cómo el labrador Sukaletuda copuló con la diosa mientras ella dormía, y cuando al despertar se percató de su violación se vengó mandando terribles castigos a

que pocas ciudades sumerias le dedicaran especial atención, cosa que sí sucedió en época babilónica. Según Jacobsen, An es “el origen y el principio activo de toda autoridad”, divina y humana. Nada sabemos de su origen ni de la forma en que engendró a sus hijos divinos. (ENLIL Y NINLIL, RELIEVE DE SUSA) ENLIL (=”Señor del viento tempestuoso”), dios del aire y señor de la tierra, es dios creador, regidor de los destinos humanos y especie de jefe ejecutivo de los dioses, a los que suele convocar en asamblea. Temible y despiadado. Dios de la tempestad y de las montañas, responsable del diluvio. Su santuario en Nippur era el Ekur (“casa de la montaña”), su “templo amado”, del que nos constan varias reconstrucciones y ampliaciones patrocinadas por diversos reyes. En este templo se encontraban capillas y estatuas de otras deidades, así como un trono de Enlil, su emblema. Numerosos documentos aluden a los sacrificios y ofrendas hechos a Enlil y en ocasiones también a su esposa NINLIL. La posesión o control de Nippur, capital religiosa de Mesopotamia, solía legitimar el dominio sobre el país. Es el dios más importante de Súmer, el más conocido y venerado, el que, casi siempre, “pronuncia el nombre”, “da el cetro”, “elige en su corazón”, “mira con ojos benévolos”… al rey. Algunos reyes sumerios llaman a Enlil “rey de cielos y tierra”, “rey de los países” o “rey por el que descansa el mundo”. Entemena, rey de Lagash, incluso le da el título de “Padre de los dioses”, lo cual nos coloca ante uno de los muchos enigmas y contradicciones de la religión sumeria. Quizá la explicación resida en que los términos “padre” o “rey”, aplicados a los dioses, no tenían un significado literal, pero, incluso así, nos topamos con divinidades diversas que ostentan los mismos títulos encomiásticos. En el mismo sentido se podría entender que el rey Lugalzaggesi se proclame “ patesi de Enlil”, cosa que también hace el dios Nusku , de modo que un monarca y un dios guardan con Enlil la misma relación de vasallaje. Si An representaba la autoridad, Enlil (su hijo) representa la fuerza y el poder coactivo (algo esencial para un Estado), por lo que muchos reyes sumerios piden que la maldición de Enlil (y de otras divinidades) caiga sobre sus enemigos. Como divinidad bienhechora, era responsable de la ordenación del cosmos, de la creación, del día, del crecimiento de la vegetación. Fuente de la abundancia e inventor del azadón y del arado. Kramer (textos en pp. 150 ss. y en Bottéro y Kramer, 120 ss.) considera este aspecto bienhechor como exclusivo, descartando interpretaciones anteriores (maléficas). Schneider (385) hace esta precisión: “Lo mismo que no se creía que An hubiera creado el cielo estrellado, tampoco se pensaba que Enlil hubiera creado el viento tempestuoso, sino que este fenómeno natural preexistente, ya que escapaba al poder del hombre, estaba habitado por un ser superior”. A veces se le llama “Señor de los destinos”, porque guardaba las “tablillas de los destinos”, lo que ellos llamaban los Me, término que viene a significar “suerte” o “necesidad” (en el sentido estoico). Por ejemplo, el ser vivo que ha recibido los me no puede regresar de ultratumba. Para liberar al mundo divino o humano del Me , los dioses emiten decretos que determinan la suerte definitiva de cada ser, lo cual permitió a Inanna salir viva del inframundo.

ENKI (= EA), dios y señor de la tierra y de las aguas dulces, en particular del océano de agua dulce profundo y primordial (APSU), portador y fertilizador de la tierra. Su ciudad era Eridu, que sería abandonada hacia el 2000 a.C y que, como Nippur, carecía de importancia política. Maestro de las artes, Enki puso orden en la tierra y enseñó a los hombres la agricultura, la artesanía, las labores femeninas (hilado, tejido...) y la arquitectura. De él dependía, como vemos

en el poema "Enki y la ordenación del mundo" (Eliade, IV, 34-36), la fecundidad del campo y del ganado y el buen funcionamiento del Tigris y del Eufrates, a los que llenaba de peces. Dirigía a los Anunnaki, a los que designó límites y moradas, y, con Enlil, "decretaba los destinos", de personas y ciudades. Dormilón por excelencia, eso no le impidió advertir a Ziusudra del diluvio (lo que enfadó sobremanera a Enlil) y ayudar al desolado Gilgamés para ver en el inframundo a su amigo Enkidú. Por todo ello se le tuvo por un dios de la sabiduría, de la astucia y de la bondad. Protector de los ritos y de los sacerdotes, en el Enuma elis (cosmogonía mesopotámica) se dice que dio muerte a Apsu (el caos) cuando éste se proponía matar a los dioses, y también aparece en este poema como padre de Marduk, dios de Babilonia, en quien delega para enfrentarse a Tiamat (el otro elemento del caos primigenio). Enki llevará después el nombre de EA (“casa del agua”), lo que implica que se considera a la tierra fuente constante de agua vital para la agricultura. Cf. Texto en Kramer, 154-56. Esta tríada cósmica (An, Enlil, Enki) sugiere que el cosmos era considerado como un Estado, con una organización democrática.

NINGIRSU, dios guerrero, tutelar y propietario de Lagash, donde era objeto de una auténtica monolatría, según el asiriólogo W. G. Lambert. Una prueba más de que la importancia de los dioses urbanos no debe subestimarse. En esta ciudad era Ningirsu “el que concede la realeza” y su rey gustaba llamarse “pastor elegido por Ningirsu”. El rey Gudea lo llama “el hijo amado de Enlil”, título que el rey Urnammu de Ur atribuye al dios NANNAR: una muestra más de las incoherencias del panteón sumerio. Otros reyes sumerios se dirigen a Ningirsu como “el poderoso guerrero de Enlil”. A veces Ningirsu parece identificado con Ninurta, otro dios de la guerra y de la fertilidad (Bottéro y Kramer, 352). Ningirsu, que a veces aparece rodeado de una corte de dioses, era además “insondable”, “brillante como el sol, “infatigable”… Gobernaba los destinos de los monarcas y en su templo había un lugar del destino, un lugar del juicio y otro en el que anunciaba sus sentencias. Gracias a las grandes inscripciones de Gudea (cilindros sellos A y B), conocemos los pormenores de la construcción y decoración de su templo en Lagash, tarea que también realizaron monarcas anteriores y posteriores. La construcción fue ordenada por el propio Ningirsu y en ella participó él mismo y otras divinidades: Enki, por ejemplo, dibujó el plano y los anunnaki colaboraron “día y noche”. También señalan las fuentes que muchos materiales de construcción (maderas y mármoles) se importaron del extranjero, de donde también llegaron numerosos artesanos especializados (orfebres, canteros, herreros…). De este modo, con la colaboración de hombres y dioses, se dio término a esta obra colosal de la que Gudea no se cansa de gloriarse (cf. Schneider, 389-390). En no pocos aspectos, todo esto recuerda la posterior construcción del Templo de Salomón. Gudea da además otros detalles sobre elementos constructivos y sobre las partes que componían el complejo cultual: pórticos, ekur o recinto sagrado del dios, harén, casa de los banquetes, viviendas, casas de animales diversos, etc. Como lugar de culto el templo era ante todo casa de oración y de ofrendas al dios (bebidas, grano, alimentos, animales…) por el bienestar del rey. Oraciones y sacrificios iban acompañados de música y cantos. Gudea describe también la entrada del dios en su templo y las solemnidades de la consagración, y termina el llamado cilindro B con estas palabras: “El templo, que, como la gran montaña, se alza hacia el cielo; el templo, cuyo pavoroso resplandor cae sobre la tierra; el templo, en que An y Enlil gobiernan el destino de Lagash, el que hace

En Mesopotamia las grandes diosas solían serlo o bien de los partos y de la maternidad (cosa lógica en una sociedad con altas tasas de mortalidad infantil. Por eso solían representarse con grandes pechos y vulvas) o bien del amor y de la guerra. Estas DIVINIDADES FEMENINAS eran las grandes protagonistas del ritual nupcial de las fiestas de año nuevo, como NINKI (esposa de Enki) o NINLIL (esposa de Enlil). Su papel era determinante, pues a fin de cuentas toda la vida procede de una diosa, es decir, el concepto de concepción domina sobre el de creación. Lo contrario se observa en Egipto, donde la creación suele ser obra de dioses masculinos. En Mesopotamia, en cambio, dominó la idea de que la Madre Tierra era la fuente de toda vida. Ella era, además, la que sufría la pérdida de sus hijos y a veces estos se convierten en dioses agonizantes (quizá reflejo del declive de las estaciones). Incluso se ha pensado que las Nupcias Sagradas, rito central de la festividad de Año Nuevo, representaban el matrimonio de la Diosa- Madre con un dios que a la vez era su hijo, y quizá por eso era la diosa la que dominaba estos rituales.

2.1.3. Lugares de culto Los sumerios entendían que, al igual que los hombres, también los dioses, con sus séquitos y familiares (y a veces con otros dioses), habitaban en casas propias, a las que, una vez acabadas, reparadas o ampliadas se trasladaban con solemnes ceremonias para recibir allí el culto de los fieles (Schneider, 403-6).

UR-NANSHE, REY DE LAGASH (H. 2500), CONSTRUCTOR DE TEMPLOS

Naturalmente, la única y no pequeña diferencia era que esas casas divinas superaban en amplitud y majestuosidad a las de los mortales, incluso a las de los monarcas. Por eso, no sorprende que en algunos lugares los únicos restos conservados son los de esas residencias divinas. Sólo en Lagash el rey Gudea construyó templos para una quincena de divinidades diferentes. De lo que no puede hablarse es de un santuario nacional ni de un culto unitario. Construir templos a los dioses quedaba reservado a los reyes, no a los sacerdotes ni a ninguna otra institución. Era lógico, por cuanto se creía que sólo al rey incumbía el fomento del bienestar común y, además, no se conocía entonces un doble código (civil y eclesiástico) como en algunas sociedades posteriores. Los reyes se sentían tan honrados de esta misión que, para asegurarse el recuerdo en la posteridad, solían empotrar un documento fundacional en los cimientos y colocar inscripciones diversas en distintas partes del edificio. Sirva de ejemplo la siguiente: "Urnanshe, rey de Lagash, ha construido el templo de Ningirsu, ha construido el templo de Nanshe...". En otras inscripciones solemnes también se vanaglorian en primer lugar, entre sus hechos memorables, de los templos construidos. Teóricamente al menos, también el pueblo debía mostrar su ánimo piadoso colaborando económicamente o con su trabajo en este tipo de construcciones, pues a fin de cuentas incluso los dioses, como queda dicho, participaban en esa labor. El elemento constructivo principal era el ladrillo y el mortero (fabricados in situ), pero en

las partes más nobles se empleaban maderas, mármoles y metales preciosos importados del extranjero. Ya se ha señalado que los templos integraban partes muy diversas: almacenes, viviendas, establos, etc. Con toda probabilidad, también incluía escuelas donde se formaban los sacerdotes y ecónomos y aprendían el complicado arte de la escritura, imprescindible para la redacción y lectura de los numerosos documentos que recogían todos los pormenores de las actividades sociales y económicas. Sobre estas escuelas tenemos una rica información, especialmente del periodo neosumerio. Según De Liagre Böhl (466, n.18), la relación de estas escuelas con el cuerpo sacerdotal y con la ciencia sacra no es tan estrecha como se ha supuesto, si bien debe distinguirse entre escuelas y archivos del templo (la palabra para designarlos era la misma: é-dub-ba o “casa de las tabletas de arcilla”). La advertencia ocasional de no revelar el contenido a los no iniciados indica que la fijación por escrito y la conservación de la literatura sagrada estaba encomendada a los sacerdotes. Así pues, el templo, en particular el de la divinidad principal de la ciudad, no era solamente el santuario de la divinidad, sino que incluía al palacio, sala de justicia, y dependencias administrativas. Téngase presente que el templo era el centro de la organización social y económica, por lo que a veces se ha hablado, como ya se ha dicho, de ciudades-templo, de estatismo social-religioso, de socialismo teocrático y expresiones similares. En realidad, todo – personas y cosas- pertenecían al dios y en su nombre actuaban sacerdotes y reyes y los escribas detallaban ingresos y gastos. El más importante de los anexos del templo era un edificio singular en forma de torre escalonada, rematada en un pequeño templo, a la que los acadios llamaban zigurat o ziqqurat. Uno de los mejores conservados es el de Ur, que tenía 60 m de largo, 45 de ancho y unos 21 de alto. Lo construyó el rey Urnanmmu sobre los restos de un zigurat anterior. Al parecer, la parte inferior estaba pintada de negro, la superior de rojo y el templo superior de azul. Pero se discute la función de estas extrañas construcciones, aunque las hipótesis son variadas: simulaciones de montañas sagradas, residencias divinas, observatorios de astrólogos... El templo superior pudo servir para celebrar las nupcias sagradas.

2.1.4. Protagonistas del culto: reyes y sacerdotes Al servicio de los templos y de sus propiedades, como se ha visto, vivían numerosas personas (quizá la mayoría de la población) con categorías variopintas, donde es difícil establecer la línea que separa lo laico de los sagrado. A la cabeza, en todos los ámbitos, estaba el rey, que patrocinaba la construcción o reforma de los templos y nombraba responsable máximo de cada uno a un funcionario llamado sangu. Éste, con sus subordinados, se ocupaba, sobre todo, de los bienes temporales, y de su gestión daba cuenta al rey por escrito. Eso incluía el registro de los diverso cargos (en torno a una docena de categorías) y de sus emolumentos. Las ceremonias cultuales tenían sus propios cargos, aunque ignoramos sus atribuciones concretas. A la cabeza se hallaba el e n o “señor de los sacerdotes”, cuya designación, según