






























Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Asignatura: arqueologia, Profesor: Andrés María Adroher Auroux, Carrera: Historia, Universidad: UGR
Tipo: Apuntes
1 / 38
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!































Rediscovering Granada in Late Antiquity. Eliberri between the fourth to eight centuries AD
RESUMEN Pretendemos exponer la existencia de determinadas evidencias materiales que demuestran la ocupación de la colina albaicinera durante los siglos IV al VIII d.C. Para ello, señalaremos los restos muebles e inmuebles aparecidos en el Albaicín y los conjugaremos con las referencias de las fuentes escritas, lo cual, a nuestro entender, no deja lugar a dudas acerca del hábitat continuado en dicho barrio granadino, quizás sin perder su carácter de ciudad, no sólo hasta la invasión musulmana, sino hasta la fundación de la nueva capital zirí en el s. XI. Palabras clave: Granada, Ciudad, Antigüedad Tardía, Arqueología.
ABSTRACT Material culture that evidences the occupation of the Albaicin hill from IV to VIII centuries are presented; besides archaeological remains, written sources will be used in order to corroborate the occupation of this neighborhood, probably as a town, not only until Muslim conquest but also until the foundation of the ziri capital in the XI century. Key words: Granada, Town, Late Antiquity, Archaeology.
Desde hace unos años, varios investigadores vienen trabajando en los periodos tardoantiguo y altomedieval en el entorno de la Vega de Granada (Román, 2004; 2005; Román y Martín, 2014; Román y Carvajal, en prensa; Carvajal, 2008; 2009; 2012; 2013; Carvajal y Day, 2013; Carvajal et al ., en prensa; Jiménez, 2002; 2008; 2012a; 2012b; Jiménez y Carvajal, 2007; 2011; en prensa; Jiménez et al ., 2009). Por nuestra parte, en este tiempo hemos intentado afrontar varios tópicos historiográficos que habían ido lastrando el análisis histórico de dichas etapas, entre ellos, el supuesto despoblamiento de la ciudad de Granada en favor de la ciudad de Castilia / Castella , embrión de la futura
JULIO MIGUEL ROMÁN PUNZÓN
Medina Elvira, en torno al s. VI d.C. (Adroher y López, 2001; Ramos, 2003; Malpica, 2011a). Si bien en el año 2005 ya tuvimos la ocasión de publicar un trabajo que preten- día demostrar la debilidad de dicha propuesta y destacar las evidencias arqueológicas que permitían postular la continuidad de la ciudad de Iliberri hasta la llegada de los musulmanes a la Península (Román, 2005) 1 , siempre se ha mantenido una duda razona- ble al respecto del carácter del asentamiento que existió sobre el solar albaicinero, toda vez que el volumen de esas evidencias era ciertamente limitado (Malpica, 2011b:33). La revisión de la información de antiguas intervenciones, no siempre publicadas, el recono- cimiento que hoy día tenemos de las producciones cerámicas locales/regionales típicas de estos siglos, así como el aumento considerable del volumen de información arqueológica que ha generado la Arqueología de gestión en estos últimos años, nos permiten realizar una nueva reflexión histórica al respecto de la Eliberri tardoantigua y proponer, a modo de hipótesis de trabajo y con la intención de reavivar el debate científico al respecto, que pudo existir una continuidad a todos los niveles entre la ciudad romana, que mantuvo su carácter de urbe, y la refundación zirí de ésta en el s. XI; es más, pareciera como si la Eliberri tardoantigua aumentase su importancia como ciudad precisamente entre finales del siglo VI y el siglo VII con respecto a la modesta Iliberri romano imperial, convirtiéndose en estos momentos en una de las ciudades más importantes del sur peninsular y, por tanto, viviendo su verdadero floruit en esta etapa (fig. 1). Para ello es importante determinar, en primer lugar, qué entendemos por ciudad y cómo debió ser ésta en la etapa que nos ocupa. Desde el siglo III, las ciudades clásicas hispanas comienzan a sufrir un proceso de transformaciones que suponen la desestructu- ración de los modelos de ciudad reticular que caracterizaban al poblamiento romano y la adopción de un concepto muy distinto de entender y configurar el espacio ciudadano; lo que J. M. Gurt definió como “ la ciudad del espacio discontinuo ” (2000-2001:444). Es decir, asistimos a un proceso que tendrá como resultado una nueva imagen de las ciuda- des, muy alejada de la que se reconoce habitualmente para las ciudades altoimperiales. Esta circunstancia es de vital importancia para contextualizar adecuadamente las con- clusiones que mostraremos en las próximas páginas. De modo muy breve, señalaremos las transformaciones más importantes que se producen en las urbes tardías, como son la alteración de los perímetros urbanos; la reutilización y cambio de funcionalidad de espacios públicos; el abandono de amplias áreas urbanas, que se convierten en huertos, vertederos o áreas vacías; desatención al mantenimiento de infraestructuras públicas bási- cas, que producirá el colapso y desaparición de la mayoría de ellas; aparición de nuevas formas de habitación, generalmente con ámbitos polivalentes, construidos con materiales pobres; la creación de nuevas zonas de producción, no siempre disociadas de los ámbitos domésticos; reestructuración de las áreas funerarias, que en ocasiones ocuparán antiguos espacios habitados, incluso áreas de carácter público; y el papel central que tendrán las jerarquías eclesiásticas en la transformación física y administrativa de dichas ciudades (Gurt, 2000-2001; Sánchez, 2010).
JULIO MIGUEL ROMÁN PUNZÓN
de un concilio cristiano en la Península Ibérica, el conocido como Concilio de Elvira, celebrado en nuestra ciudad en los primeros años del siglo IV (Sotomayor, 1994; 2000; Sotomayor y Fernández, 2005). En primer lugar, debemos abogar desde aquí por volver a retomar su nombre original para evitar confusiones con la Elvira atarfeña, y comen- zar a denominarlo correctamente, como Concilio de Eliberri , pues así es mencionado, como Concilium Eliberritanum, en la Collectio Hispana. En segundo lugar, no vamos a entrar en el estéril debate acerca de la pertenencia íntegra de los cánones eliberritanos a la reunión granadina, ya que hasta sus detractores aceptan la probable celebración del mentado concilio en Eliberri^2. Lo más interesante para nuestra reflexión es manifestar la enorme relevancia de esta reunión eclesiástica para la caracterización de Eliberri , ya que evidencia la existencia de una comunidad cristiana con un peso específico dentro del panorama peninsular, que le permite convocar y organizar una asamblea de este calibre, al que acudieron representantes de 37 comunidades cristianas procedentes de las cinco provincias peninsulares, y que, además, necesitaron de un lugar adecuado para la celebración de dicho evento y para hospedar convenientemente a tanto visitante ilustre. Supone, por otro lado, la existencia de una temprana sede episcopal, que mantendrá su relevancia y dinamismo durante toda la Antigüedad Tardía, tal y como constata la alta participación de religiosos de la diócesis granadina en los concilios hispanos y visigo- dos (acudiendo a 14 de ellos) y el amplio marco cronológico en que se enmarca (desde inicios del s. IV, en que se celebra el Concilio de Elvira, hasta el año 693, el del XVI Concilio de Toledo). Debemos recordar a este respecto que Eliberri tiene el privilegio, compartido únicamente con Sevilla y Toledo, las dos grandes metrópolis hispanas tardo- antiguas, de contar con un antiguo episcopologio recopilado, entre los años 962 y 992, en el que figuran los nombres de los obispos que ocuparon su sede desde sus orígenes (Sotomayor, 2000). Este hecho sitúa a Granada en un lugar preeminente entre las sedes episcopales hispanas tardoantiguas. Aún cabría añadir un dato más al destacado papel que representó la sede episcopal granadina en el contexto religioso hispano, y es la presencia en su cátedra de Gregorio de Iliberri , o Gregorio Bético como también es conocido, obispo iliberritano de la segunda mitad del s. IV considerado hoy como uno de los primeros cultivadores occidentales del género homilético, además de ferviente defensor de la ortodoxia cristiana frente a la herejía arriana. Por otro lado, también de la lectura de los cánones conciliares eliberritanos se des- prende otro dato que constata la actividad económica de la ciudad, y es la existencia de una nutrida población judía, cuya presencia, tal y como han defendido multitud de inves- tigadores, es sinónimo de actividades comerciales y, consecuentemente, de una economía dinámica y fructífera (García Moreno, 1993:78-80). Así, cuatro de los cánones están dedicados a regular las relaciones entre ambas comunidades, judía y cristiana, lo cual se complementa con dos homilías del ya mencionado Gregorio Bético, que versan sobre costumbres judías y en las que se trataba de atajar ciertas prácticas judaizantes entre los
REDESCUBRIENDO LA GRANADA TARDOANTIGUA. ELIBERRI ENTRE LOS SIGLOS IV AL VIII D.C.
cristianos de Eliberri (Ayaso, 2002:195) 3. Queda clara, por tanto, su presencia entre la población granadina ya para el siglo IV (Lomas, 1991:326; García Moreno, 1993:63). A este respecto, ha existido una tendencia historiográfica, en el contexto de la reivindicación de la antigüedad y excelencia de la ciudad a finales del siglo XVI, de suponer la existen- cia de un barrio judío a las afueras del recinto amurallado, entre los actuales barrios del Realejo y San Matías, trasponiendo de una manera automática y extemporánea, sin ninguna base documental, ni escrita ni mucho menos arqueológica, la ubicación de la judería de época nazarí que las fuentes escritas sitúan en este mismo espacio (Ayaso, 2002:200); y de la cual, por cierto, tampoco tenemos, por ahora, constatación arqueológica. Se trataba así de justificar la existencia del topónimo Garnatha , con el que se conocerá a la ciudad, al menos, desde el siglo VIII ( Garnatha al-yahud , la “Granada de los judíos”, tal y como la menciona Al-Razi ), tras la ocupación islámica de Eliberri , como un enclave distinto de la antigua ciudad clásica. Al respecto de cómo y por qué razones se produjo ese cambio de topónimo, volveremos más adelante.
Como hemos tenido ocasión de comprobar, durante el siglo IV, Eliberri es una ciu- dad con una economía dinámica, una sociedad muy variada, donde conviven paganos, cristianos y judíos, pero con una relevante comunidad cristiana que le permite organizar una sede episcopal que muestra cierta preeminencia entre las ciudades del sur peninsular, no sólo por su elección como lugar de celebración de una asamblea cristiana de carácter nacional, sino por la altura intelectual de sus obispos, caso de Gregorio Bético. Además, no debemos olvidar que dentro de este ambiente cultural destaca también la figura de Juvenco, poeta que en los códices de la Catedral de León se menciona como iliberritano (Jiménez Jiménez, 1999:160). Toda esta información debe ser contrastada con los datos que proporciona la arqueo- logía para determinar si el panorama que advertimos con las fuentes escritas se puede confirmar con los restos materiales recuperados en la colina albaicinera. Por tanto, hare- mos un repaso a aquellas evidencias arqueológicas que permiten reconstruir la imagen de la ciudad eliberritana (fig. 2).
La cerámica de los siglos IV al VIII
No pretendemos volver a repetir en este trabajo lo analizado en otros artículos ya publicados, y que mostraban de manera evidente multitud de intervenciones arqueológicas desarrolladas en el Albaicín con materiales cerámicos que demostraban la ocupación de
REDESCUBRIENDO LA GRANADA TARDOANTIGUA. ELIBERRI ENTRE LOS SIGLOS IV AL VIII D.C.
una producción doméstica y de fábricas semi-profesionales, frecuentemente realizadas a mano o torneta. La dificultad de identificación de este tipo de materiales, que protago- nizan el registro material de los siglos VI al IX, que habitualmente han sido clasificados como altomedievales o tardíos de manera genérica, ha lastrado en gran medida la correcta determinación y la precisión de la secuencia estratigráfica tardoantigua. Gracias a los recientes trabajos de algunos investigadores cuyos intereses científicos se han centrado en estos siglos, referidos al inicio, estamos hoy en posición de “reexcavar” y reinter- pretar muchas de esas secuencias erróneamente traducidas. Una demostración de ese necesario ejercicio de revisión de antiguas excavaciones se ejemplifica en el llevado a cabo por J. C. Carvajal con los materiales cerámicos del Callejón del Gallo (Adroher y López, 2001), que ha mostrado que ciertas formas de producciones de carácter grosero que habían sido incluidas en una fase del s. VI, se pueden llevar hasta el s. VIII (Carva- jal, 2013:145-146:nota45). Esta circunstancia ha sido especialmente interesante para el tema que nos ocupa, ya que sus excavadores defendían, sobre la base de dicha secuencia estratigráfica, la inexistencia de poblamiento en esta zona del Albaicín entre los siglos VI y XI (Adroher y López, 2001:218). Otra muestra del interés científico que reúne este tipo de revisiones de materiales podría encontrarse en la intervención que en 1993 se llevase a cabo en el Callejón de los Negros (Pérez y Castillo, 2001). En ésta se identificó una fase estratigráfica fechada en época altomedieval (ss. VIII-XII) a partir de producciones cerámicas realizadas a torneta, materiales que hoy día sabemos que pueden retrotraerse hasta los s. VI y VII. De este modo, además, se podría solventar el hiato que parece existir entre esta fase tardoantigua y la precedente, la que denominan “Fase Tardorromana”, datada entre los ss. III y V, sobre la base de la aparición de vajilla africana, cocina de la misma procedencia así como abundante TSHTM, que como bien sabemos por las últimas investigaciones, llega sin problemas hasta el siglo VI, e incluso, las primeras décadas del s. VII (Orfila, 2008:406-407; Espinosa y Lara, 2005:91-92). En cuanto a las intervenciones arqueológicas realizadas en los últimos años que han aportado valiosa información acerca del periodo que nos ocupa, nos encontramos con el hándicap de que la mayoría de las que se han practicado en el Albaicín, o bien no han sido aún publicadas o cuando lo han hecho, ha sido de manera muy parcial. Serían los casos de las excavaciones preventivas llevadas a cabo en María la Miel 2-4 (De la Torre, 2011) y Álamo del Marqués/Palacio del Almirante (inédita). En ambas se pudo documentar alguna fase de época tardía que alcanzaba, como mínimo, el s. VI. En la pri- mera destaca una secuencia estratigráfica ininterrumpida desde el siglo I al VIII (incluso con perduración en los ss. IX-X), con estructuras murarias, pavimentos, derrumbes y un abundante contexto material, en el que se incluyen producciones cerámicas tanto de importación como de manufactura local/regional. Si el panorama cerámico es bastante clarificador al respecto de la existencia de poblamiento tardoantiguo en el solar de Eliberri , lo es aún más cuando atendemos a su ager , al territorio adscrito a la ciudad (fig. 3). En este caso, la Arqueología de Gestión ha sido mucho más pródiga en hallazgos durante estos últimos años, pudiendo añadir, sólo en el actual casco urbano de Granada, siete nuevas instalaciones rurales que encontrarían en Eliberri su mercado receptor de productos agropecuarios. Se trataría de las villae de Los Escolapios (Rodríguez y Ruiz, 2002), Los Mondragones (Rodríguez et al ., 2013-
JULIO MIGUEL ROMÁN PUNZÓN
2014), Camino de Ronda, esquina C/ Recogidas (inédita, dirigida por Ángel Rodríguez Aguilera), Antigua Estación de Autobuses (Navas et al ., 2009; 2011; 2012), Camino de Ronda/Plaza Einstein (inédita, dirigida por Sebastià Munar, Reyes Ávila e Inmaculada Rodríguez), Paseíllos universitarios (inédita, dirigida por Sebastià Munar, Reyes Ávila e Inmaculada Rodríguez) y el hábitat rural de la Facultad de Empresariales (Román y Carvajal, en prensa). Si exceptuamos el caso de la Facultad de Empresariales, en todos los restantes se ha documentado el origen del asentamiento en una explotación agrope- cuaria, con fases de ocupación de época tardorromana y/o tardoantigua. Así, la villa de
Fig. 3.—Mapa de relieve, con la ubicación de las villae tardías del entorno de Eliberri.
JULIO MIGUEL ROMÁN PUNZÓN
existente en esas fechas en la villa, reutilizando y reestructurando algunas de las estan- cias de la misma, se asociaría, una vez más, a una interesante necrópolis de los ss. IV al VII, de la que tendremos ocasión de escribir más adelante. La importancia de la cerámica como ítem arqueológico no radica únicamente en su valor fundamental como elemento de datación, sino en que su propia presencia deter- mina de manera clara, al menos, dos cuestiones de gran interés para la existencia de poblamiento en cualquier yacimiento. Por un lado, que éste se encuentra inmerso en los circuitos comerciales mediterráneos de larga distancia, llegando a ese lugar, entre otras, las vajillas africanas y orientales que inundan el mercado en estos momentos. Y por otro, que esto es así porque existe un mercado que consume dichos productos, es decir, una población que demanda y usa esos recipientes cerámicos. Aunque es evidente que la existencia de cerámicas en un yacimiento no implica el carácter urbano del mismo, sí que constata la existencia de poblamiento tardío en el solar de la antigua ciudad de Iliberri. Y no sólo en esta, sino en su muy poblado territorio circundante, como hemos tenido ocasión de comprobar, el cual está directamente relacionado con aquella, que justifica su existencia y desarrollo y constituye el mercado principal de consumo de los productos agropecuarios que produciría.
El recinto amurallado
Uno de los elementos constructivos que mejor definen históricamente la existencia de una ciudad es la constatación de su recinto amurallado, la materialización del pomerium sagrado que la delimita. En el caso de Granada, la arqueología ha constatado sin ningún género de dudas tramos de dicha muralla fechados desde el s. VII a.C. (Adroher y López, 2001:195), y asumiendo por la mayoría de los investigadores que dicho perímetro defen- sivo original se mantendría en uso, con diversas ampliaciones y modificaciones, hasta la etapa romana altoimperial (Orfila, 2011:28,122). Sin embargo, para la etapa tardía, ese consenso no es tan generalizado. De este modo, a pesar de que la historiografía ha considerado a Eliberri como una de las fortissimae civitatis del sur peninsular (Salvador, 1988:346; 2002:449), lo cierto es que la confirmación de esa condición sigue siendo una de las “cuentas pendientes” del registro arqueológico. Y eso no es tanto porque no se hayan documentado lienzos de factura tardía en algunas intervenciones realizadas en el Albaicín, como ya se ha publicado en numerosas ocasiones, sino porque dichas publicaciones no han sido lo suficientemente nítidas con respecto a la documentación que aportaban para afirmar esa perduración de la cerca hasta fecha tardoantiguas. Así lo expresaban los investigadores de las excavaciones del Carmen de la Muralla y de San José Alta, con alusiones poco concretas a la factura tardía de ciertas reformas identificadas en los tramos de muralla conservados en dichos solares, o, si bien en este caso es más contundente, el equipo que intervino en el conocido como “Solar de la Mezquita”, en la C/Espaldas de San Nicolás, que afirman la pervivencia del lienzo de muralla allí exhumado hasta el siglo XI (Casado et al ., 1998:141). Esta circunstancia, la pervivencia del recinto murario de época romana durante toda la etapa tardoantigua, es un fenómeno bastante habitual, no sólo en la Bética, como se
REDESCUBRIENDO LA GRANADA TARDOANTIGUA. ELIBERRI ENTRE LOS SIGLOS IV AL VIII D.C.
observa en Astigi , Baelo Claudia , Carteia , Carmo , Corduba , Hispalis , Italica y Muni- gua , sino también en otras áreas extrapeninsulares, como la Gallia Meridional (Sánchez, 2010:246). Por otro lado, Basilio Pavón, gran conocedor del desarrollo del recinto murario gra- nadino, defiende la existencia de murallas preislámicas sobre las que monta la islámica (Pavón, 1994:659). De este modo, el hisn Garnata , que se edificaría en el s. VIII, coincidiría exactamente con el perímetro de la ciudad romano-visigoda. Esta reforma temprana ya fue apuntada en las excavaciones del Carmen de la Muralla (Sotomayor et al ., 1984:46- 47), en donde se determinó la existencia de una torre que podía fecharse a mediados de esa centuria. Otro gran experto sobre la cerca granadina, J. A. García Granados, indica que esta afirmación no se sustenta en datos arqueológicos, sino acomodaticios con las propuestas de otros investigadores precedentes, como Gómez-Moreno o Seco de Lucena, que a su vez, se apoyan en las fuentes escritas 7 , que señalan que en el año 765 se configuró una fortaleza bajo el mandato del walí de Elvira Al-Saybani (García Granados, 1996:122). A pesar de ello, dicho investigador sí que reconoce que, por motivos estratigráficos, se podría distinguir una fase preislámica en la secuencia constructiva, correspondiente a un pequeño fragmento de lienzo que, no obstante, no permite conclusiones generalizadoras (García Granados, 1996:127). A pesar de esta última matización, no es menos cierto que la existencia de esa secuencia constructiva, admitida como posible, permitiría confirmar, cuando menos, ese reducido tramo de un recinto amurallado preislámico. Esta posibilidad que, ciertamente, atendiendo a las dificultades bajo las que se desarrolló la intervención del Carmen de la Muralla, no puede sostener por sí sola una propuesta de mantenimiento del recinto amurallado desde época romana, constituye un importante indicio de su existencia, el cual, se vio posteriormente reforzado por la categórica afirmación de pervivencia de la muralla ibérica y romana hasta el siglo XI de los investigadores del Solar de la Mezquita. A este respecto, es interesante señalar que las propias fuentes escritas árabes pos- teriores a la conquista mencionan continuamente la existencia de un asentamiento for- tificado desde los primeros momentos de aquella. La fiabilidad e integridad de estos textos puede ser discutible, atendiendo a que todos ellos son de autores que, partiendo de fuentes de transmisión oral, escriben sus textos entre los siglos X y XI. Además, en muchos casos, sólo contamos con traducciones de aquellos posteriores en el tiempo, en las que las interpolaciones y otros añadidos no originales son posibles. Pero entiendo que, asumiendo estas dificultades, es interesante tenerlas en cuenta a la hora de analizar el posible mantenimiento del recinto amurallado en época tardoantigua, sin que supongan, por supuesto, el fundamento de nuestras consideraciones, sino sólo un apunte a consi- derar, y con la pretensión de señalar una de las necesidades imperiosas que reclama la historia altomedieval de Granada, un buen análisis de estas fuentes escritas tempranas al objeto de sancionar su integridad y fidelidad históricas.
REDESCUBRIENDO LA GRANADA TARDOANTIGUA. ELIBERRI ENTRE LOS SIGLOS IV AL VIII D.C.
obra de Ibn Hayyan , se recoge una cita de gran interés para este trabajo, cuando indica que “…sin pérdida de tiempo [Sawwãr] los llevó al castillo de Granada, que se hallaba en ruinas. De inmediato ordenó la reconstrucción de la parte más vulnerable, tomándolo por base de sus acciones bélicas” (Carvajal, 2007:422). Parece revelar que Sawwãr y sus seguidores llegan a Granada, donde existe ya un castillo que está en ruinas (y eso no implica que esté deshabitado), y que reconstruyen la parte más vulnerable, lo cual parece indicar que debía estar parcialmente aún en pie y que sólo reconstruyeron una parte, aquella más vulnerable, la que debía encontrarse en estado más ruinoso. Esta misma cita es destacada por R. Pocklington en un trabajo acerca del origen del topónimo Garnata/Granada (1988:398), el cual además añade que el enfrentamiento entre los árabes de Sawwar , encerrados en el lugar que era su base de operaciones, Granada, y los muladíes y mozárabes que los hostigaban, se conoce como Waq’at al-Madina , la “Batalla de la Ciudad” 10 , lo cual hace referencia, obviamente, a Granada. En este caso, al lugar fortificado añadiríamos su carácter de ciudad, al menos, a partir de finales del siglo IX, momento en el cual se produce dicha batalla. Por otro lado, señala que Granata o Garnata es un topónimo no árabe, observación que ya había sido señalada siglos antes en la Ihata de Ibn al-Jatib^11. Tras un riguroso estudio, propone que el término Garnata debió significar La Roja , ya que algunas fuentes árabes se refieren a la ciudad de Granada mediante el epíteto al-Hamrá (la roja), lo cual, o bien se trata de la interpretación del nombre autóctono Garnata /Granada, con dicho significado “de color rojo”, o bien que el color rojo de sus muros les inspiró a los árabes esa deno- minación, lo que a su vez revelaría el motivo de que Iliberris recibiera el sobrenombre de Garnata (la roja) por parte de sus habitantes antes de la llegada de los musulmanes (Pocklington, 1988:397). Nos resulta de gran interés esta última propuesta, ya que unos años después, con la excavación realizada en el conocido como Solar de la Mezquita, la aparición de un tramo de la muralla iberorromana de la ciudad, para la cual sus excavadores defienden con argumentos arqueológicos estratigráficos que estuvo en uso hasta el siglo XI (Casado et al ., 1998:141), como anteriormente tuvimos ocasión de señalar, permitió comprobar que su alzado estuvo enfoscado con una arcilla de color rojo que debió darle un imponente aspecto exterior rojizo (Casado et al ., 1998:140y142). ¿Sería esta imagen exterior de la fortaleza de Granada, que se mantendría en pie a la llegada de los árabes, por lo menos por este lado oriental de la ciudad como demostró dicha excavación, la que llevaría a estos a darle el sobrenombre de Garnata (La Roja)? Me parece una sugerente hipótesis que justificaría, con una evidencia material, los argumentos expuestos por R. Pocklington 10 años antes de la exhumación de este tramo murario. Parece obvio, por tanto, que si las fuentes escritas inciden en el carácter fortificado y de ciudad de un lugar con topónimo Granada desde el mismo año de su conquista militar por los musulmanes, en el año 713, y que dicho topónimo se refiere al hábitat que se ubicaba en el Albaicín, ese carácter lo debía poseer necesariamente en época his- panovisigoda, hacia lo que apuntan, además, los restos arqueológicos documentados en
JULIO MIGUEL ROMÁN PUNZÓN
las intervenciones anteriormente descritas. Ciertamente, es este otro aspecto de la ciudad tardoantigua donde habrá que centrar la atención de futuras intervenciones arqueológi- cas, tal y como ya han señalado otros investigadores granadinos que plantean sus dudas acerca de la naturaleza del poblamiento de Granada antes del s. XI y al que califican como “ tema pendiente de la arqueología granadina ” (Carvajal, 2007:423).
Infraestructuras básicas de una ciudad. El Acueducto
Otro de los elementos que parecen configurarse como fundamentales a la hora de establecer la existencia de cualquier asentamiento humano es el acceso al agua. Roma destacará entre las sociedades del mundo antiguo en la construcción de impresionantes obras de ingeniería para asegurar ese necesario suministro hidráulico a sus ciudades. Así, son numerosos los ejemplos de dichos sistemas de abastecimiento de agua a lo largo y ancho de todo el territorio dominado por los romanos. En el caso de la ciudad de Iliberris se trata, como no, de otro problema controver- tido ya que las evidencias arqueológicas que sugieren la existencia de un acueducto que suministrase agua a la ciudad romana son escasísimas. No obstante, el abastecimiento principal del líquido elemento, sobre todo para el caso de estructuras de carácter domés- tico y privado, sería mediante cisternas que almacenarían el agua de lluvia, similares a la documentada en la excavaciones arqueológicas de la C/Álamo del Marqués, de origen ibérico y pervivencia hasta el s. II a.C. (Lozano et al ., 2008), o la gran cisterna identifi- cada en las cercanías de esta otra, de la cual se debate su cronología ibérica o altoimperial (Orfila y Sánchez, 2014:156). El caso es que la aparición de sendos tramos de canaliza- ciones hidráulicas, que deben ser identificados como canales de distribución al interior de la ciudad del acueducto que abastecería de agua a la Iliberris romana, ha reverdecido el debate acerca de la certera existencia de dicha obra de ingeniería en nuestra ciudad. Se trataría del tramo de 11 m de longitud por unos 90 cm de anchura localizado en las excavaciones del solar de la C/Espaldas de San Nicolás, s/n, en el conocido como Solar de la Mezquita (lám. I), así como el tramo de 9 metros de longitud del solar de C/Álamo del Marqués-C/San José (Orfila y Sánchez, 2014:157). No vamos a entrar aquí en las discusiones acerca de las dificultades orográficas que tendría el traslado del agua hasta esta cota de la ciudad o sus posibles lugares de captación, que han sido ya tratados en otros trabajos más específicos (Orfila, 2011:115-116; Orfila y Sánchez, 2014; Orihuela y García, 2008:143). Lo más interesante para nuestra reflexión sobre la etapa tardoantigua es la constatación por parte de sus excavadores, en ambos casos, del uso continuado de dicha infraestructura hasta época medieval, siendo el primero de ellos algo más concreto al puntualizar que la evidencia de este hecho venía marcada por la construcción del canal apoyado sobre la parte alta de la muralla romana y tardoantigua, sobre la cual, de manera directa y sin mediar sustrato arqueológico alguno entre ambas, cimentará el lienzo de la posterior muralla zirí del siglo XI, clausurando de este modo la mentada canalización que, por tanto, habría estado en uso hasta dicha fecha (Orfila, 2011:115). De confirmarse este supuesto, tendríamos un argumento fundamental a la hora de calificar como ciudad el asentamiento tardoantiguo del Albaicín, pues debemos recordar que este tipo de grandes infraestructuras se realizaban para abastecer principalmente las
JULIO MIGUEL ROMÁN PUNZÓN
sólo las ubicadas en los centros urbanos importantes, con funciones administrativas y económicas. Se pasará, por tanto, de las 94 cecas conocidas a sólo 30, de las cuales, 22 emitirán moneda con más de un monarca. Pues bien, en esa situación, Eliberri acuñará moneda bajo otros tres monarcas, Ervigio (680-687), Egica (687-702) y Egica - Witiza (700-702), existiendo por encima de ella sólo 13 ciudades que emitirán moneda en mayor número de ocasiones, entre las que se encuentran las capitales de provincia Toleto , Eme- rita , Hispalis , Tarracona , Bracara y Narbona , además de Corduba , Tude /Tuy, Egitania / Idanha-a-Velha, Elvora /Évora, Salmantica , Caesaraugusta y Gerunda. Este alto número de acuñaciones conlleva unas importantes consecuencias que refuer- zan el argumento de la existencia de la ciudad tardoantigua, como el hecho de que la ciudad albergase una ceca fija, la cual, sólo se habilitaba en ciudades de importancia desde el punto de vista político y administrativo, la mayor parte de ellas sedes episco- pales, como es nuestro caso, que no sólo requiere de un espacio físico, un taller, para la labra de moneda, sino la existencia de funcionarios públicos encargados de dichas acuñaciones (Pliego, 2008:123-125). Pero es que, además, supone la lógica centralización de los recursos económicos de la región, acumulando la materia prima, el oro, para la manufactura de las monedas, y almacenándolo tras su labra, lo cual implica, evidente- mente, su correcta custodia, que debió ser ejecutada por tropas acantonadas en la ciudad ( comitatenses o stratiotas). Por otro lado, la circulación de moneda de oro formaba parte de una economía de prestigio, limitada a las clases dirigentes y que utilizó el tremis como uno más de los objetos prestigiosos de intercambio entre la monarquía y la nobleza (Pliego, 2008:134). Este hecho, unido al alto número de emisiones de moneda áurea de Eliberri antes men- cionado, implica la existencia de miembros de la nobleza hispanovisigoda, al menos, durante todo el periodo de tiempo que cubren dichas emisiones, aportando otro dato interesante de la estructura social eliberritana de época visigoda.
Las manifestaciones funerarias
La documentación del fenómeno funerario de la ciudad de Granada en época anti- gua es ciertamente muy parco, con lo cual la reconstrucción de su paisaje funerario se muestra todavía demasiado difuso (Vaquerizo, 2008:137). Esta situación es extensible a la etapa tardoantigua, si bien es algo menos opaca que los periodos anteriores. De este modo, podemos ir apuntando algunas evidencias, cada vez más numerosas, que permiten ir aclarando dicho panorama y adecuarlo a la imagen cada vez más nítida que percibimos del sitio de Eliberri. Por otro lado, no pretendemos volver a repetir las áreas funerarias que ya fueron analizadas en un anterior trabajo sobre la Granada tardoantigua (Román, 2005:166-167), sino complementar aquella información con la aparecida estos últimos años, aumentando el corpus de evidencias arqueológicas que ilustran el mundo funerario eliberritano durante la Antigüedad Tardía. En este caso, el mayor caudal de nuevos testimonios lo ha proporcionado el territo- rio de Eliberri , y más concretamente, un buen número de villae y asentamientos rurales que circundarían a la ciudad y que hoy se encuentran en pleno casco urbano de Gra- nada. No obstante, queremos empezar por la reinterpretación de una necrópolis urbana
REDESCUBRIENDO LA GRANADA TARDOANTIGUA. ELIBERRI ENTRE LOS SIGLOS IV AL VIII D.C.
ya conocida, la de C/Panaderos, que a la luz de los datos aportados por los análisis de C-14 a los que fueron sometidos algunos de los restos humanos exhumados, permiten sugerentes reflexiones. La necrópolis de C/Panaderos ha sido tradicionalmente considerada un área de ente- rramiento que se origina en la etapa tardorromana (s. IV), ubicada tal y como exige la norma, junto a una de las vías de salida de la ciudad (Burgos y Moreno, 1991:195), y que perdura hasta el s. VII, con una segunda fase, ya de fecha islámica, que se ha datado entre los siglos XI y XII (Bonet, 2006:20) 12. Las sepulturas fechadas en la fase tardía presentan una orientación Noroeste-Sureste y están excavadas en la tierra, con cubiertas y estructuras internas donde predominan los materiales de construcción latericios, básica- mente ladrillos y tégulas, abundando aquellas con cubierta a doble vertiente. En cuanto a los inhumados, se enterraron en posición de decúbito supino, y presentan una ausencia total de depósito funerario (ni ajuar ritual ni objetos de adorno personal). Dichas caracte- rísticas permiten afinar su datación y situarla entre los siglos III al V, tomando para ello la pauta observada en las necrópolis rurales de época tardoantigua en la provincia de Granada (Román, 2004). Sin embargo, los análisis radiocarbónicos realizados a tres individuos, dos de supuesta cronología tardorromana y otro islámica, de los exhumados en el solar que nos ocupa ofreció unas dataciones calibradas, para el caso de los tardorromanos, que los situaban entre los años 527-648 (CEF-1) y 642-977 (CEF-64). Es decir, que contamos con dos dataciones que nos permiten afirmar la existencia de una necrópolis vinculada a la ciudad tardía donde se están enterrando individuos, que obviamente vivían en ella, entre los siglos VI y el X. No sólo eso, sino que el hecho de haberse hallado uno de estos inhu- mados, en concreto CEF-1, en una sepultura que tanto desde el punto de vista tipológico como formal debería de fecharse en tiempos bajoimperiales-tardorromanos, entre los siglos IV y V, permite poner en solfa las dataciones de toda una serie de necrópolis que, a falta de otras evidencias materiales para su calificación cronológica, han sido fechadas a partir de esos mismos criterios de datación relativa, y que, a la luz de estas analíticas, podrían pertenecer a una fase más moderna de lo que hasta ahora se ha propuesto, llegando como mínimo hasta la primera mitad del s. VI. Quizás, el hecho de que estas sepulturas asociadas a la ciudad no cumplan de una manera tan fidedigna con el patrón que ya establecimos para las necrópolis rurales de esas mismas fechas (Román, 2004) pueda ser explicada mediante un mayor conservadurismo de las antiguas tradiciones funerarias en los ámbitos asociados a las ciudades, donde además, el abastecimiento de material de construcción tradicional ( tegulae , ladrillos) sería más fácil que en los ambientes rurales. En todo caso, se hace evidente de nuevo, la necesidad de realizar ese ejercicio de reinterpretación y relectura de antiguas excavaciones que antes defendíamos, que ampa- rado en los recientes conocimientos nos permitan elaborar hipótesis explicativas más completas y próximas a la realidad histórica.
REDESCUBRIENDO LA GRANADA TARDOANTIGUA. ELIBERRI ENTRE LOS SIGLOS IV AL VIII D.C.
Fig. 4.—Planta de la necrópolis de la villa romana de la Antigua Estación de Autobuses de Granada (autor: Elena Navas Guerrero).
JULIO MIGUEL ROMÁN PUNZÓN
Fig. 5.—Planta de la necrópolis de la villa romana de los Paseillos universitarios (autores: Sebastià Munar Llabrès y Francisca Cardona López)