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Guerra de los 30 años, Apuntes de Historia

Asignatura: historia del siglo XVII, Profesor: Pablo Fernandez Albaladejo, Carrera: Historia, Universidad: UAM

Tipo: Apuntes

2014/2015

Subido el 13/11/2015

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Tema III: La Guerra de los Treinta Años
A la hora de ponernos a estudiar la Guerra de los Treinta Años, tenemos que tener en cuenta la extremada complejidad
del asunto y todos los factores que intervinieron en el conflicto además del trasfondo histórico anterior que en algunos
casos, viene desde hace 60 años. En primer lugar, hay que entender que la guerra no es una guerra europea
convencional sino un conflicto en el que se recogen diferentes cuestiones que vienen de atrás como las guerras de
religión del siglo anterior, la disconformidad con el sistema de elección del emperador alemán, y demás.
Orígenes y causas
El hecho que inicia el camino tiene que ver con las tensiones inherentes a la gobernación tan complicada del Imperio
Germánico. El equilibrio de poderes en el imperio es muy complicado en estos momentos (1610-1618). Tiene
ciudades-repúblicas, ciudades episcopales, señoríos seculares, de la Iglesia, condados, ducados, etc. Todo sujetos
políticos de tipo corporativo por lo que le mapa político viene constituido por unos 2.000 cuerpos diferentes mientras
que menos de 300 tienen derecho a acudir a las dietas imperiales. Rodolfo de Augsburgo traslada la capital del
Imperio desde Viena hasta Praga en Bohemia, una región que estaba mejor protegida frente al Islam pero que no era
propiamente una zona dentro del Imperio al igual que ocurre con los Países Bajos. Ambas zonas son parte de los
Círculos del Imperio, unas zonas exteriores a los territorios más o menos tradicionales imperiales que crean los
emperadores como medida de aumentar sus poderes dentro del Imperio. Tiene diferencias con el Papado y la
Monarquía de España porque no es partícipe de las guerras contra los protestantes que ambos pretendían.
En el origen de la guerra hay una serie de disfunciones en el seno de la arquitectura política del Imperio. La principal
viene por lo difícil de que los poderes del Imperio sean capaces de mantener un poder estable en cuanto a las
decisiones religiosas (cuius regio euis religio). Esto da lugar a una serie de transacciones para determinar cuánto
pueden interferir los emperadores en las disposiciones religiosas de los príncipes vecinos. Esta tensión se agudiza
porque los conflictos no son tanto de creencias sino un conflicto planteado en torno a cómo se manejan los recursos de
cada ordenación. Se empieza a construir una Internacional Protestante y las alianzas que se producen vienen movidas
por el control de los recursos de las otras facciones y por lograr el poder imperial, aunque éste sea muy limitado y no
pueda intervenir eficientemente en los ordenamientos de las diferentes circunscripciones territoriales que forman el
Imperio debido a la Bula de Oro. La crisis en la gestión de la orientación política de la propia familia, una lucha
fraternal en el seno de la familia imperial de Austria, reflejada en las discusiones entre 1605-1618 entre el emperador,
su sobrino, y un primo sobre cómo se debe orientar políticamente el Imperio.
También encontramos problemas relacionados con el gobierno de la monarquía de España de sus territorios. El
principal problema de la monarquía hispánica era el mantenimiento del orden en unos Países Bajos con claras
tendencias rebeldes. Para lograr esto, el rey decreta una tregua con los rebeldes en 1609 y trata de calmar los
sentimientos independentistas mediante el nombramiento del archiduque Alberto y de su mujer Isabel Clara Eugenia
como gobernadores de los Países Bajos para que medien entre los rebeldes y la corona. También se decreta una suerte
de tolerancia religiosa para tratar de apaciguar a los disidentes religiosos. Este hecho, unido a la firma de una paz con
Inglaterra era una novedad en la historia: nunca antes la considerada defensora del catolicismo en el mundo había
reconocido (porque era esto lo que implicaba la tregua y la paz) el gobierno de un estado a un frente protestante o
calvinista. Este hecho debilitó los lazos entre la monarquía hispánica, el Imperio, y el Papado y dejó a Felipe II y sus
sucesores en una situación internacional bastante delicada.
En definitiva, tanto la paz de Vervins con los estados protestantes, como la tregua con los Países Bajos debilitaron la
posición de la monarquía de España con respecto a la nueva guerra que se avecinaba, a la vez que fortalecía las
posiciones de estados protestantes como Inglaterra o Suecia.
El estallido del conflicto en los estados alemanes
Pese a la evidente inestabilidad del Imperio, parecía poco probable que una revuelta protestante conllevara la guerra
total entre los grandes estados europeos. Este era el sentimiento que imperaba en el imaginario europeo cuando, en
1618 estalló una revuelta calvinista en Bohemia que resultó en la llamada “defenestración de Praga” en la que dos
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Tema III: La Guerra de los Treinta Años

A la hora de ponernos a estudiar la Guerra de los Treinta Años, tenemos que tener en cuenta la extremada complejidad del asunto y todos los factores que intervinieron en el conflicto además del trasfondo histórico anterior que en algunos casos, viene desde hace 60 años. En primer lugar, hay que entender que la guerra no es una guerra europea convencional sino un conflicto en el que se recogen diferentes cuestiones que vienen de atrás como las guerras de religión del siglo anterior, la disconformidad con el sistema de elección del emperador alemán, y demás.

Orígenes y causas

El hecho que inicia el camino tiene que ver con las tensiones inherentes a la gobernación tan complicada del Imperio Germánico. El equilibrio de poderes en el imperio es muy complicado en estos momentos (1610-1618). Tiene ciudades-repúblicas, ciudades episcopales, señoríos seculares, de la Iglesia, condados, ducados, etc. Todo sujetos políticos de tipo corporativo por lo que le mapa político viene constituido por unos 2.000 cuerpos diferentes mientras que menos de 300 tienen derecho a acudir a las dietas imperiales. Rodolfo de Augsburgo traslada la capital del Imperio desde Viena hasta Praga en Bohemia, una región que estaba mejor protegida frente al Islam pero que no era propiamente una zona dentro del Imperio al igual que ocurre con los Países Bajos. Ambas zonas son parte de los Círculos del Imperio, unas zonas exteriores a los territorios más o menos tradicionales imperiales que crean los emperadores como medida de aumentar sus poderes dentro del Imperio. Tiene diferencias con el Papado y la Monarquía de España porque no es partícipe de las guerras contra los protestantes que ambos pretendían.

En el origen de la guerra hay una serie de disfunciones en el seno de la arquitectura política del Imperio. La principal viene por lo difícil de que los poderes del Imperio sean capaces de mantener un poder estable en cuanto a las decisiones religiosas ( cuius regio euis religio ). Esto da lugar a una serie de transacciones para determinar cuánto pueden interferir los emperadores en las disposiciones religiosas de los príncipes vecinos. Esta tensión se agudiza porque los conflictos no son tanto de creencias sino un conflicto planteado en torno a cómo se manejan los recursos de cada ordenación. Se empieza a construir una Internacional Protestante y las alianzas que se producen vienen movidas por el control de los recursos de las otras facciones y por lograr el poder imperial, aunque éste sea muy limitado y no pueda intervenir eficientemente en los ordenamientos de las diferentes circunscripciones territoriales que forman el Imperio debido a la Bula de Oro. La crisis en la gestión de la orientación política de la propia familia, una lucha fraternal en el seno de la familia imperial de Austria, reflejada en las discusiones entre 1605-1618 entre el emperador, su sobrino, y un primo sobre cómo se debe orientar políticamente el Imperio.

También encontramos problemas relacionados con el gobierno de la monarquía de España de sus territorios. El principal problema de la monarquía hispánica era el mantenimiento del orden en unos Países Bajos con claras tendencias rebeldes. Para lograr esto, el rey decreta una tregua con los rebeldes en 1609 y trata de calmar los sentimientos independentistas mediante el nombramiento del archiduque Alberto y de su mujer Isabel Clara Eugenia como gobernadores de los Países Bajos para que medien entre los rebeldes y la corona. También se decreta una suerte de tolerancia religiosa para tratar de apaciguar a los disidentes religiosos. Este hecho, unido a la firma de una paz con Inglaterra era una novedad en la historia: nunca antes la considerada defensora del catolicismo en el mundo había reconocido (porque era esto lo que implicaba la tregua y la paz) el gobierno de un estado a un frente protestante o calvinista. Este hecho debilitó los lazos entre la monarquía hispánica, el Imperio, y el Papado y dejó a Felipe II y sus sucesores en una situación internacional bastante delicada.

En definitiva, tanto la paz de Vervins con los estados protestantes, como la tregua con los Países Bajos debilitaron la posición de la monarquía de España con respecto a la nueva guerra que se avecinaba, a la vez que fortalecía las posiciones de estados protestantes como Inglaterra o Suecia.

El estallido del conflicto en los estados alemanes

Pese a la evidente inestabilidad del Imperio, parecía poco probable que una revuelta protestante conllevara la guerra total entre los grandes estados europeos. Este era el sentimiento que imperaba en el imaginario europeo cuando, en 1618 estalló una revuelta calvinista en Bohemia que resultó en la llamada “defenestración de Praga” en la que dos

consejeros y un escribano del emperador Fernando II fueron arrojados por una ventana del palacio como protesta simbólica de la agresiva política del emperador, que quería recuperar el catolicismo en el Imperio al diferencia de sus antecesores, los cuales eran bastante más tolerantes con los protestantes. La rebelión continuó mediante el establecimiento de un gobierno provisional que sustituyó al Consejo Real y nombró como rey al calvinista Federico V del Palatinado en agosto de 1619 mientras que diversas tropas protestantes ocupaban el país.

La respuesta internacional era de esperar que fuera contundente debido a los diferentes pactos y tratados que llevaban firmando entre ellos lo que las abocaba al conflicto directo. Apelando al espíritu de cooperación católica, Felipe III, el duque Maximiliano de Baviera, el rey de Polonia y toda una serie de líderes políticos católicos enviaron tropas a Alemania y las pusieron a las órdenes de Fernando II. En noviembre de 1620 el ejército católico derrotó a los protestantes en batalla y posteriormente se lanzaron a una campaña de represión por toda Bohemia ajusticiando a rebeldes, confiscando propiedades, y concediendo la amnistía a cambio de pagos de tierras. La conversión al catecismo romano era obligada para todos los considerados herejes mientras que los matrimonios protestantes eran anulados y a los reconocidos se les apartaba de los cargos públicos lo que provocó miles de exiliados. Las tierras de Federico V fueron repartidas entre Baviera y la corona hispánica mientras que el título de Elector Palatino pasaba a manos de Maximiliano de Baviera.

Mientras esto ocurría en Alemania, una vez finalizada la Tregua de los Doce Años con los rebeldes holandeses, la guerra se había reanudado entre Provincias Unidas y la monarquía hispánica, y también se había extendido a la Italia Adriática con el conflicto entre venecianos y Habsburgo españoles y austríacos quienes también entraron en guerra con Francia por el control de la región suiza de la Valtelina tras la ocupación sorpresa de la región por parte del gobernador español de Milán en 1620. Francia por su parte, tras haber acabado en 1622 con un intento de resurgimiento de la oposición hugonota, mostraba claras intenciones de intervenir en Europa. Tras una primera etapa en la que simplemente apoyaron económicamente a conde protestante von Mansfeld, entraron en la lucha contra España apoyando a las Provincias Unidas de la mano del cardenal Richelieu, que trató de poner freno al avance español por Italia y Suiza.

En Alemania la guerra no había cesado todavía. Cristian IV de Dinamarca tenía la esperanza de erigirse en paladín de la causa protestante y atrajo a las tropas imperiales hasta el Báltico dónde, con la ayuda de Gustavo Adolfo de Suecia, las derrotaron sucesivamente en batalla hasta la firma en 1628 de un tratado de paz entre el imperio y Dinamarca. Fernando II creía inconscientemente que su programa contrarreformista estaba en buen camino por lo que en marzo de 1629 promulgó un edicto de Restitución que anulaba todas las secularizaciones de los bienes eclesiásticos intervenidos en Alemania tras 1555. Mientras tanto, Gustavo Adolfo desembarcó en Pomerania con diez mil hombres y tomó la capital, Settin, tras lo cual logró reunir a los príncipes protestantes alemanes a su alrededor. En septiembre de 1631 derrotó severamente al ejército imperial en Breitenfeld, y aunque logró vencer claramente otra vez en Lutzen (noviembre de 1632) cayó herido de muerte en esa misma batalla.

Segunda fase de la guerra

Pese a haber perdido a su rey, y a tener como heredera al trono a una niña de 6 años, los suecos no se retiraron de la contienda y, apoyados por los príncipes alemanes protestantes se dirigieron a Ratisbona en el valle del Danubio y la ocuparon. Fernando II respondió lanzando a sus ejércitos que, sumados a los refuerzos españoles traídos desde Italia, derrotaron a los suecos en Nordlingen en septiembre de 1634. La causa protestante se resintió mucho ya que, además de la derrota de Suecia, la confederación de príncipes protestanes alemanes se disolvió por lo que el emeprador pudo imponer al conde Elector de Sajonia el Tratado de Praga (mayo de 1635) y la confirmación del edicto de Restitución. Muchos protestantes se habían resignado a esta durísima paz e incluso el canciller sueco Oxenstierna habría firmado la paz pero la condición que pudo el emperador de que el ejército sueco abandonara los territorios imperiales echó por tierra las negociaciones. Desde la intervención de Gustavo Adolfo en la guerra, Inglaterra había apoyado a Suecia económica y militarmente, y a esta ayuda se le sumó en 1631 la de Francia, interesada en limitar la presencia austríaca en Alemania (como también la española en Italia). Richelieu y Oxenstierna firmaron el Tratado de Compiègne en abril de 1635 con la condición de volver a la situación anterior a 1618 en Alemania. Francia también declaró la guerra a la monarquía de España.

La potencia francesa decanta la contienda