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La Institución Libre de Enseñanza y Cataluña: Un Legado Profundo - Prof. Pique, Apuntes de Estadística

Este documento explora la presencia y impacto de la institución libre de enseñanza en cataluña a partir de la visita de don francisco giner de los ríos a barcelona en 1897 y 1906. El texto detalla cómo los jóvenes catalanes, especialmente josep pijoan y luis de zulueta, se convirtieron en discípulos de giner, abriendo un camino entre barcelona y madrid. Además, se discute la importancia de la institución en la formación de una generación intelectual catalana que propició los estudios en la capital y los viajes de estudios al extranjero. El documento también menciona la presencia de personajes catalanes en la institución y la consolidación de vínculos entre madrid y barcelona. Finalmente, se destacan los momentos clave en la presencia de la institución en cataluña, desde la generación de 1914 hasta la generación republicana.

Tipo: Apuntes

2014/2015

Subido el 13/01/2015

juliasanandres
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Cataluña y la Institución Libre de Enseñanza
«Porque don Francisco era amado en Cataluña como ningún
otro hombre en España, y era amado precisamente porque los
catalanes sabían que el buen viejo los amaba con toda su
alma, hasta por sus propios defectos» [Josep Pijoan, Mi Don
Francisco Giner (1906-1910)]
Conrad Vilanou Torrano
Universidad de Barcelona
Pocos son quienes nieguen a estas alturas la presencia de la Institución Libre de Enseñanza
en Cataluña. Es verdad que determinados sectores nacionalistas mantuvieron –y una
minoría persiste lamentablemente todavía hoy en esta posición– una actitud de recelo ante
la influencia institucionista por considerarla que respondía a una intromisión centralista
contraria a los intereses de Cataluña. Si bien en algún momento los vientos institucionistas
–sobre todo en la época de entresiglos, término acuñado por don Vicente Cacho Viu–
pudieron parecer ajenos a la tradición cultural catalana, lo cierto es que estas prevenciones
fueron desapareciendo hasta el punto que las relaciones se hicieron constantes y fluidas. Y
ello en especial a partir de las visitas en 1897 y 1906 de don Francisco Giner de los Ríos a
Barcelona, donde fue acogido por el poeta Joan Maragall que vio en el fundador de la
Institución un espíritu casi gemelo con el que compartir anhelos y desvelos y, sobre todo, su
amor por España.
De hecho, los jóvenes que formaban parte del círculo de Maragall –y aquí cabe citar a
Josep Pijoan y Luis de Zulueta, e incluso a Eugenio d’Ors– pronto pasaron a ser discípulos
de don Francisco, abriendo un camino de ida y vuelta entre Barcelona y Madrid. No el
balde el despacho del poeta Joan Maragall –como también sucedería con el de Xenius–
estaba presidido por una fotografía de Francisco Giner de los Ríos que se convirtió en una
especie de «abuelo» –así lo llamaba cariñosamente Pijoan–, mientras que Cossío sería el
«hijo» que hizo posible que la impronta institucionista dejase su huella en la Cataluña
republicana (1931-1936), promoviendo múltiples iniciativas educativas y empresas
culturales. En realidad, las concomitancias entre Cataluña y el espíritu institucionista no
han de extrañar si tenemos en cuenta que el nacionalismo catalán se presentó a comienzos
del siglo XX como un proyecto regeneracionista para toda España a través de un
autonomismo federalista que coincidía con la filosofía krausista de la «unidad en la
variedad». Por tanto, los institucionistas catalanes pretendían armonizar el ideal de
humanidad que había de afectar a todo el género humano con la vocación nacionalista en
una fórmula –que Roura-Parella sintetizó– al señalar que «la humanidad sin nacionalidad es
vacía», mientras que la «nacionalidad sin Humanidad es ciega».
El proyecto institucionista se inscribe perfectamente en el ideal universalista de Comenio
que apuntaba, desde la pequeña unidad de los hermanos moravos, a la gran unidad de la
Humanidad. Pijoan recuerda que don Francisco despertaba «la conciencia de la variedad y
unidad del mundo», a la vez que alertaba «cómo cada arte depende de todos los demás».1
1 Josep Pijoan, Mi Don Francisco Giner (1906-1910), introducción de Octavio Ruiz-
Manjón, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002, p. 91.
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Cataluña y la Institución Libre de Enseñanza

«Porque don Francisco era amado en Cataluña como ningún otro hombre en España, y era amado precisamente porque los catalanes sabían que el buen viejo los amaba con toda su alma, hasta por sus propios defectos» [Josep Pijoan, Mi Don Francisco Giner (1906-1910) ]

Conrad Vilanou Torrano Universidad de Barcelona

Pocos son quienes nieguen a estas alturas la presencia de la Institución Libre de Enseñanza en Cataluña. Es verdad que determinados sectores nacionalistas mantuvieron –y una minoría persiste lamentablemente todavía hoy en esta posición– una actitud de recelo ante la influencia institucionista por considerarla que respondía a una intromisión centralista contraria a los intereses de Cataluña. Si bien en algún momento los vientos institucionistas –sobre todo en la época de entresiglos, término acuñado por don Vicente Cacho Viu– pudieron parecer ajenos a la tradición cultural catalana, lo cierto es que estas prevenciones fueron desapareciendo hasta el punto que las relaciones se hicieron constantes y fluidas. Y ello en especial a partir de las visitas en 1897 y 1906 de don Francisco Giner de los Ríos a Barcelona, donde fue acogido por el poeta Joan Maragall que vio en el fundador de la Institución un espíritu casi gemelo con el que compartir anhelos y desvelos y, sobre todo, su amor por España.

De hecho, los jóvenes que formaban parte del círculo de Maragall –y aquí cabe citar a Josep Pijoan y Luis de Zulueta, e incluso a Eugenio d’Ors– pronto pasaron a ser discípulos de don Francisco, abriendo un camino de ida y vuelta entre Barcelona y Madrid. No el balde el despacho del poeta Joan Maragall –como también sucedería con el de Xenius– estaba presidido por una fotografía de Francisco Giner de los Ríos que se convirtió en una especie de «abuelo» –así lo llamaba cariñosamente Pijoan–, mientras que Cossío sería el «hijo» que hizo posible que la impronta institucionista dejase su huella en la Cataluña republicana (1931-1936), promoviendo múltiples iniciativas educativas y empresas culturales. En realidad, las concomitancias entre Cataluña y el espíritu institucionista no han de extrañar si tenemos en cuenta que el nacionalismo catalán se presentó a comienzos del siglo XX como un proyecto regeneracionista para toda España a través de un autonomismo federalista que coincidía con la filosofía krausista de la «unidad en la variedad». Por tanto, los institucionistas catalanes pretendían armonizar el ideal de humanidad que había de afectar a todo el género humano con la vocación nacionalista en una fórmula –que Roura-Parella sintetizó– al señalar que «la humanidad sin nacionalidad es vacía», mientras que la «nacionalidad sin Humanidad es ciega».

El proyecto institucionista se inscribe perfectamente en el ideal universalista de Comenio que apuntaba, desde la pequeña unidad de los hermanos moravos, a la gran unidad de la Humanidad. Pijoan recuerda que don Francisco despertaba «la conciencia de la variedad y unidad del mundo», a la vez que alertaba «cómo cada arte depende de todos los demás». 1

(^1) Josep Pijoan, Mi Don Francisco Giner (1906-1910), introducción de Octavio Ruiz-

Manjón, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002, p. 91.

De acuerdo con esta filosofía orgánica y armónica, Roura-Parella estableció la siguiente concatenación de nombres: de Comenio a Krause, de Krause a Sanz del Río y de Sanz del Río a Francisco Giner de los Ríos y los hombres de la Institución Libre de Enseñanza. Se trata, pues, de un itinerario que comienza con el «Colegio Didáctico Universal» de Comenio que perseguía la cooperación intelectual entre todos los hombres y que coincide con la filosofía organicista krauso-institucionista. Para Roura-Parella –uno de los mejores representantes del espíritu institucionista en Cataluña– el mundo no puede ser un agregado de pueblos que se miran de manera hostil sino que debe constituirse como un todo orgánico, en el que se da la variedad en la unidad que predicaba Giner de los Ríos.

No podemos olvidar que la presencia institucionista en Cataluña ofrece antecedentes que se remontan a épocas anteriores, cuando se abrió en 1882 la Institución Libre de Enseñanza de Sabadell que, inicialmente, respondía a los valores pedagógicos institucionistas. Ahora bien, la historia agitada de este centro docente –que optó por la vía del laicismo escolar a través de un conglomerado de fuerzas políticas unidas por el librepensamiento– fue separándose de la filosofía institucionista hasta el punto de distanciarse por completo. Bien mirado, se trata de un caso episódico y sin continuidad, que pone de manifiesto que las relaciones de Cataluña con la Institución fueron más bien escasas –pero no inexistentes– durante los primeros pasos de la Restauración. En cualquier caso, conviene tener presente que los vínculos entre Francisco Giner de los Ríos y Cataluña se remontan a sus años de formación durante el curso 1852-1853 en Barcelona donde fue discípulo de Francisco Llorens y Barba, un pensador que seguía la escuela escocesa del «sentido común » y que, por ende, era proclive al realismo. Tampoco podemos silenciar que un catalán como Laureano Figuerola fue uno de los primeros dirigentes de la Institución en Madrid, hasta el punto de regir sus primeros pasos. Aunque no en excesivo número, se detecta la presencia en la capital –y siempre próximos a la Institución– de una serie de personajes catalanes (Josep Maranges, Josep Soler y Miquel, Manuel Sales y Ferré, Agustín Sardá, etc.) que hicieron de puente entre Madrid y Barcelona, preparando un estado de ánimo para que las relaciones se consolidaran en etapas posteriores.

En este sentido, podemos establecer dos momentos en la presencia de la Institución en Cataluña que corresponden –desde un punto de vista diacrónico– a dos generaciones diferentes. En efecto, después del fracaso colonial de 1898 y la crisis de conciencia que surgió en toda España, se constatan dos hornadas institucionistas en Cataluña. Si la primera –que podríamos denominar generación de 1914– actúa, gracias también a los auspicios de Hermenegildo Giner, a modo de una elite intelectual que propicia los estudios en la capital y los viajes de estudios al extranjero; la segunda generación –la republicana, capitaneada por Joaquín Xirau– pasará a la acción política y cultural. Mientras la presencia de la primera generación institucionista será un tanto diluida porque los centros neurálgicos radican en Madrid (trátese de la Junta para Ampliación de Estudios creada el 1907, o bien de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio, abierta el 1909); la segunda generación –la que llega al poder en 1931– intenta, con la ayuda de los sectores institucionistas de Madrid, llevar a la práctica en Cataluña una especie de Kulturkampf un tanto precipitado al pretender ganar el tiempo perdido. Si Pere Bosch-Gimpera –que fue rector de la Universidad de Barcelona durante la República– ha dejado constancia en sus Memorias de su dependencia respecto de la Institución Libre de Enseñanza, aquí podemos reproducir las palabras de Rafael Campalans –director de la barcelonesa Escuela del Trabajo o Universidad Industrial– pronunciadas en el Parlamento de Madrid, el día 27 de julio de 1932, cuando se abordaban los cuestiones educativas en el marco de la discusión

doctorado –donde coincidían con Francisco Giner de los Ríos– estaban llamados a ocupar cargos de responsabilidad en diferentes ámbitos (vida académica, administración, política, diplomacia, etc.) pudiendo gozar de becas y ayudas para la ampliación de estudios en el extranjero, existe una gran cantidad de maestros catalanes –sobre todo gerundenses– que marchan a Madrid para progresar profesional y socialmente a través del escalafón del magisterio público. Estos maestros –gracias a los buenos oficios de Cassià Costal, el «Cossío catalán», profesor de la Escuela Normal de Gerona–– pasarán por las aulas de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio, abierta en 1909, visitando la Institución y participando de sus actividades, en especial de sus paseos y excursiones dominicales. Parafraseando a don Vicente Cacho Viu, bien podemos decir que los miembros de la «Institución dispersa» fueron muchos más de los que a menudo se piensa, ya que aunque porfiemos en elaborar catálogos de catalanes vinculados a la Institución –como pretendió hacer el profesor Buenaventura Delgado en su libro sobre La Institución Libre de Enseñanza en Catalunya (2000)– la verdad es que la nómina siempre resultará incompleta.

Sin embargo, los primeros contactos no fueron fáciles y hubo incluso algún joven –nos referimos, por ejemplo, a Pere Coromines– que mostraron reticencias respecto a la significación de la Institución. Sin embargo, el trato con aquel ambiente generó un cambio de actitud y mentalidad, hasta el punto que el mismo Coromines conoció a Celestina Vigneaux –su futura esposa y madre del insigne filólogo Joan Coromines– en un viaje a Toledo, que, si por un lado representaba la unidad armónica de las tres culturas que han forjado España, por el otro –y gracias a la presencia de las pinturas de El Greco– daba cuenta y razón de un misticismo religioso que entroncaba con los sentimientos religiosos de la Institución que hizo que muchos catalanes –amigos de la Institución– profesasen una profunda espiritualidad. No en balde, Josep Pijoan y Juan Roura-Parella que por los avatares de la historia acabaron en América se hicieron cuáqueros. Por su parte, Joaquín Xirau –henchido del amor franciscano y del magisterio de Cossío– escribió durante los primeros compases del exilio su magnífico libro Amor y mundo (1940), una de las mejores obras de la filosofía de la educación española del siglo pasado.

Muchos de aquellos maestros que acudían a la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio también concurrían –como alumnos oyentes– a las explicaciones de Cossío en su cátedra de Pedagogía de la Universidad Central (abierta en 1904). En realidad, no se limitaban a permanecer en Madrid los años que duraban los estudios sino que proseguían instalados en la capital hasta poder obtener por oposición una cátedra de Escuela Normal, de las muchas que se encontraban diseminadas por las distintas provincias españolas. A la larga, un nutrido grupo de estos maestros –ahora titulares de una cátedra normalista– pidieron el traslado a las Escuelas Normales catalanas, y así pudieron participar –a partir de 1931– en la puesta en marcha de las distintas iniciativas pedagógicas que en Cataluña se llevaron a cabo, bajo la impronta y ayuda de la Institución, destacando –por ejemplo– la Escuela Normal de la Generalidad de Cataluña, el Seminario de Pedagogía de la Universidad de Barcelona y el Instituto-Escuela. Todas estas iniciativas –como confirma la correspondencia entre Xirau y Cossío– pretendían reformar desde arriba la educación, a través de una pedagogía renovadora que no era extraña a los principios de la filosofía institucionista.

En realidad, aquellos maestros catalanes aprehendieron del espíritu institucionista el sentido moralista –la cuestión social es una cuestión moral– y, por ende, pedagógica, planteamiento que también asumió el grupo de intelectuales catalanes capitaneados por

Joaquín Xirau, una especie de cónsul –y no precisamente honorario– de la Institución en Cataluña. «Sólo el control de las pasiones y la obediencia a la justa ley nos da la libertad», escribe Roura-Parella en su elogio de Giner de los Ríos. 4 En un contexto inequívocamente

idealista se consideraba que el papel de la educación era reforzar la razón que mantiene a raya las pasiones, anulando los bajos impulsos y disciplinando las pasiones nobles. Sin embargo, el sentir ético de la educación –una característica de Giner– también fue compartido por la idea de una dimensión estética de la formación humana, aspecto que los educadores catalanes captaron en contacto con M. B. Cossío (un «Greco viviente», según Xirau) y, en especial, en sus excursiones a la sierra del Guadarrama. Desde el exilio americano, Juan Roura-Parella –siempre interesado por la educación estética a través del paisaje– escribió que «no conozco otro monte (y he trepado muchos en toda Europa y América) que le ganen en majestuosidad, gracia, elegancia, belleza y distinción».^5

Además del doble aspecto ético-estético del quehacer institucionista, conviene destacar el sentido liberal de la educación que los maestros catalanes aprendieron en Madrid. Así Roura-Parella recuerda que «alguna vez oí decir al señor Cossío (y la expresión debía ser verdad de fe en la Institución) que uno de los momentos más memorables de la historia de la educación fue el día en que Arnold se quitó la americana y se puso a jugar con sus alumnos en el patio de su college ». 6 Para los maestros catalanes, el ideario institucionista

respeta la individualidad del alumno –el individuo es inefable, único y original–, evitando caer en el individualismo porque el ser humano sólo se explica a través del todo. Ahora bien, no se trata del todo absorbente del totalitarismo sino de la idea de Humanidad que entronca con el amor ( charitas ) del cristianismo primitivo, la tradición republicana de la fraternidad universal y los movimientos reformadores (Comenio, Leibniz, Kant, etc.) que buscan la paz perpetua entre los hombres, de acuerdo con la filosofía orgánica krausista.

Tampoco se puede olvidar el papel de la Residencia de Estudiantes como nexo entre el ambiente institucionista y los pensionados catalanes. En realidad, la Residencia constituyó una magnífica atalaya desde la cual intelectuales como Eugenio d’Ors pronunciaron conferencias de impagable valor («De la amistad y del diálogo», 1914; «Aprendizaje y heroísmo», 1915). Con todo, hubo que esperar un tiempo para que madurasen los frutos de estas relaciones que, finalmente, cristalizaron en el protagonismo de la generación universitaria republicana. No hay duda de que Pere Bosch-Gimpera, rector de la Universidad Autónoma de Barcelona (1933-1939); Joaquín Xirau, decano de la Facultad de Filosofía y Letras; Rafael Campalans, director de la Escuela del Trabajo; Margarita Comas, profesora de la Escuela Normal de la Generalitat; Joan Roura-Parella, profesor del Seminario de Pedagogía de la Universidad de Barcelona, integran –entre otros muchos– una constelación de nombres preocupados, según el ejemplo de Giner y Cossío, por reformar Cataluña desde una perspectiva pedagógica. No en balde, Joaquín Xirau prologó el libro de Rafael Campalans Política vol dir pedagogia (1933), esto es, política quiere decir pedagogía, donde expone su programa de regeneración a través de la formación de la conciencia ciudadana.

En verdad que detrás de esta generación republicana surgía otra, la de sus discípulos –y aquí cabe mencionar expresamente a Jordi Maragall Noble, hijo del poeta y discípulo de (^4) Juan Roura-Parella, «Francisco Giner de los Ríos. El Pedagogo», Cuadernos Americanos, vol. CXXXIX, 2, marzo-abril 1965, p. 81. (^5) Ibíd. p. 81. (^6) Ibíd. p. 82.

esa cultura del espíritu, un estado de ánimo, una forma dinámica de un impulso hacia arriba, un modo de pensar y de abordar los problemas educativos, en fin, un entusiasmo por los valores ideales que también en el Principado se compartieron de manera ilusionada buscando el encaje de Cataluña dentro de una España que había de reflejar –ayer como hoy– su unidad en la variedad.

Bibliografía

Albert Balcells, Ideari de Rafael Campalans , Barcelona, Pòrtic, 1973.

Raquel de la Arada, «Hermenegildo Giner de los Ríos y la educación de la mujer», en Doctor Buenaventura Delgado Criado, pedagogo e historiador , Barcelona, Edicions i Publicacions de la Universitat de Barcelona, 2009, págs. 625-640.

Pere Bosch-Gimpera, Memòries , Barcelona, Edicions 62, 1980.

Vicente Cacho Viu, El nacionalismo catalán como factor de modernización , Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes/Quaderns Crema, 1998.

Buenaventura Delgado, La Institución Libre de Enseñanza en Cataluña , Barcelona, Ariel,

Pilar Llopart, «De Joaquim Xirau a M. B. Cossío: dotze cartes i una targeta de visita», Temps d’Educació , núm. 27, 2003, págs. 419-440.

Jordi Maragall, El que passa i els qui han passat , Barcelona, Edicions 62, 1985.

Josep Pijoan, Mi Don Francisco Giner (1906-1910) , introducción de Octavio Ruiz-Manjón, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002.

Juan Roura-Parella, Educación y ciencia , México, La Casa de España en México, 1940.

Juan Roura-Parella, «Francisco Giner de los Ríos. El Pedagogo», Cuadernos Americanos , vol. CXXXIX, 2, marzo-abril 1965, págs. 73-88.

Isabel Vilafranca y Conrad Vilanou, «Luis de Zulueta, visto por Juan Roura-Parella», Historia de la Educación , núm. 21, 2002, págs. 287-305.

Joaquín Xirau, Obras Completas , edición de Ramón Xirau, Rubí, Fundación Caja de Madrid/Anthropos, 1998-2000, 4 vols.