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Asignatura: Historia de la Filosofia, Profesor: Jose Luis pestaña, Carrera: Historia, Universidad: UCA
Tipo: Apuntes
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Unas pocas líneas para explicar el origen de este texto. Hace un tiempo pensé que sería hermoso leer en público, durante horas, toda la Ilíada. Cuando encontré a quienes estaban dispuestos a producir dicha empresa (Romaeuropa festival, al que se añadieron posteriormente TorinoSettembreMusica y Música per Roma), enseguida comprendí claramente que, en realidad, tal y como estaba, el texto era ilegible: se requerirían unas cuarenta horas y un público en verdad muy paciente. Así que pensé en intervenir en el texto para adaptarlo a una lectura pública. Había que elegir una traducción -entre las muchas, autorizadas, que hay disponibles en italiano- y elegí la de Maria Grazia Ciani (Edizioni Marsilio, Venecia, 1990, 2000)^1 porque estaba en prosa y porque, estilísticamente, se encontraba cerca de mi manera de pensar. Y luego efectué una serie de intervenciones.
En primer lugar, practiqué una serie de cortes para re-conducir la lectura a una duración compatible con la paciencia del público moderno. No corté, casi nunca, escenas completas, sino que me limité, en lo posible, a eliminar las repeticiones, que en la ¡liada son numerosas, y a aligerar un poco el texto. Intenté no resumir nunca, sino más bien crear secuencias más concisas utilizando secciones origínales del poema. Por ello, aunque los ladrillos son los homéricos, la pared resultante es más esencial.
He dicho que no corté casi nunca escenas completas. Ésta es la regla, pero tengo que mencionar la excepción más evidente: corté todas las apariciones de los dioses. Como se sabe, los dioses intervienen bastante a menudo en la Ilíada para encarrilar los acontecimientos y sancionar el resultado de la guerra. Son tal vez las partes más ajenas a la sensibilidad moderna y a menudo rompen la narración, desaprovechando una velocidad que, en caso contrario, sería excepcional. De todas maneras no las habría quitado si hubiera estado convencido de que eran necesarias. Pero -desde un punto de vista narrativo, y sólo desde ese punto de vista- no lo son. La Ilíada tiene una fuerte osamenta laica que sale a la superficie en cuanto se pone a los dioses entre paréntesis. Detrás del gesto del dios, el texto homérico menciona casi siempre un gesto humano que reduplica el gesto divino y lo reconduce, por decirlo así, hasta el suelo. Aun cuando los gestos divinos remitan a lo inconmensurable que se asoma a menudo en la vida, la Ilíada muestra una sorprendente obstinación en buscar, sea como sea, una lógica de los acontecimientos que tenga al hombre como último artífice. SÍ se elimina consecuentemente a esos dioses del texto, lo que queda no es tanto un mundo huérfano e inexplicable cuanto una historia humanísima en la que los hombres viven su propio destino como podrían leer un lenguaje cifrado cuyo código conocen, casi en su integridad. En definitiva, suprimir los dioses de la Ilíada posiblemente no es un buen sistema para
(^1) Para nuestra traducción hemos utilizado puntualmente la siguiente versión:
Hornero, Ilíada, Madrid, Gredos, 1991 (B. C. G., n.º 150, traducción, prólogo y notas de Emilio Crespo Güemes). (N. del T.)
Se verificaron numerosos casos de personas que permanecieron en el coche durante horas, quietas en su aparcamiento, porque eran incapaces de apagar la radio. Bueno, a lo mejor sólo fue porque estaban hartos de su familia, pero en fin, lo que quería decir es que la cosa funcionó muy bien.
Ahora el texto de esta extraña Ilíada está a punto de ser traducido a numerosas lenguas, en diversas partes de este mundo. Me doy cuenta de que esto es añadir paradoja sobre paradoja. Un texto griego traducido al italiano que es adaptado en otro texto italiano y, al final, traducido, pongamos, al chino. Borges se habría frotado las manos. La posibilidad de perder aunque sólo sea la fuerza del original homérico es indudablemente elevada. No sé imaginarme qué va a pasar. Pero me apetece saludar con afecto a los editores y los traductores que han decidido embarcarse en una empresa como ésta: siento que son mis compañeros de viaje en una de las aventuras más peregrinas que uno podría
A la gratitud que les debo, deseo añadir el homenaje a tres personas que me han ayudado muchísimo durante la gestación de este texto. Probablemente, todavía estaría pensando si hacer la litada o Moby Dick si Monique Veaute no hubiera decidido, con ese optimismo que la hace inigualable, que primero haría la Ilíada y luego Moby Dick. Todo lo que sé ahora sobre la Ilíada, y que antes no sabía, se lo debo enteramente a María Grazia Ciani: ha seguido esta extraña empresa con una benevolencia que no me habría esperado. Si, finalmente, esta empresa ha acabado siendo un libro se lo debo de nuevo, otra vez, al esmero de Paola Lagossi, mi maestra y amiga.
A.B., marzo de 2005
Todo empezó en un día de violencia. Hacía nueve años que los aqueos asediaban Troya; a menudo necesitaban víveres, o animales, o mujeres, y entonces abandonaban el asedio e iban a procurarse lo que querían saqueando las ciudades vecinas. Ese día le tocó a Tebas, mi ciudad. Nos lo robaron todo y se lo llevaron a sus naves.
Entre las mujeres a las que raptaron estaba yo también. Era hermosa: cuando, en su campamento, los príncipes aqueos se repartieron el botín, Agamenón me vio y quiso que fuera para él. Era el rey de reyes, y el jefe de todos los aqueos: me llevó a su tienda, y a su lecho. Tenía una mujer, en su patria. Se llamaba Clitemnestra. Él la amaba. Ese día me vio y quiso que fuera para él.
Pero algunos días después, llegó al campamento mi padre. Se llamaba Crises, era sacerdote de Apolo. Era un anciano. Llevó espléndidos regalos y les pidió a los aqueos que, a cambio, me liberasen. Ya lo he dicho: era un anciano y era sacerdote de Apolo: todos los príncipes aqueos, después de haberlo visto y escuchado, se pronunciaron a favor de aceptar el rescate y de honrar a la noble figura que había venido a suplicarles. Sólo uno, entre todos, no se dejó encantar: Agamenón. Se levantó y brutalmente se lanzó contra mi padre diciéndole: «Desaparece, viejo, y no vuelvas por aquí nunca más. Yo no liberaré a tu hija: enve- jecerá en Argos, en mi casa, lejos de su patria, trabajando en el telar y compartiendo mi lecho. Ahora márchate si es que quieres salvar el pellejo.»
Mi padre, aterrado, obedeció. Se marchó de allí en silencio y desapareció donde estaba la ribera del mar, se diría que en el ruido del mar. Entonces, de repente, sucedió que muerte y dolor se abatieron sobre los aqueos. Durante nueve días, muchas flechas mataron a hombres y animales, y las piras de los muertos brillaron sin tregua. Al décimo día, Aquiles convocó al ejército a una asamblea. Delante de todos dijo: «Si esto sigue así, para huir de la muerte nos veremos obligados a coger nuestras naves y regresar a casa. Preguntemos a un profeta, o a un adivino, o a un sacerdote, que sepa explicarnos qué está ocurriendo y pueda liberarnos de este azote.»
Entonces se levantó Calcante, que era el más famoso de los adivinos, que conocía las cosas que fueron, las que son y las que serán.
reinar, no me importas nada de nada, y no tengo miedo de tu cólera. Es más, escucha lo que te digo: enviaré a Criseida con su padre, en mi nave, con mis hombres. Pero luego yo mismo en persona iré a tu tienda y me llevaré a la bella Briseida, tu botín, para que sepas quién es el más fuerte y para que todos aprendan a temerme.»
Así habló. Y fue como si hubiera golpeado a Aquiles en medio del corazón. Tanto fue así que el hijo de Peleo a punto estuvo de desenvainar la espada y sin duda habría matado a Agamenón si no hubiera dominado en el último instante su furor y dejado su mano sobre la empuñadura plateada. Miró a Agamenón y con rabia le dijo:
«¡Cara de perro, corazón de ciervo, bellaco! Te juro por este cetro que llegará el día en que los aqueos, todos, me añorarán. Cuando caigan bajo los golpes de Héctor, entonces me añorarán. Y tú sufrirás por ellos, pero nada podrás hacer. Sólo podrás acordarte de cuando ofendiste al más fuerte de los aqueos, y enloquecer por culpa del remordimiento y de la rabia. Llegará ese día, Agamenón. Te lo juro.»
Así habló, y tiró al suelo el cetro tachonado de oro.
Cuando la asamblea se disolvió, Agamenón botó una de sus naves, le asignó veinte hombres y puso al mando a Ulises, el astuto. Luego vino a donde yo estaba, me cogió por la mano y me acompañó a la nave. «Hermosa Criseida», dijo. Y dejó que yo volviera con mi padre y a mi tie- rra. Permaneció allí, en la orilla, mirando zarpar la nave.
Cuando la vio desaparecer en el horizonte, llamó a dos de sus escuderos de entre los más fieles a él y les ordenó que fueran a la tienda de Aquiles, que asieran por la mano a Briseida y que se la llevaran de allí. Les dijo: «Si Aquiles se niega a entregárosla, decidle entonces que iré yo mismo a cogérmela, y que para él será mucho peor.» Los dos escuderos se llamaban Taltibio y Euríbates. Ambos se encaminaron muy disgustados, bordeando la orilla del mar y al final alcanzaron el campamento de los mirmidones. Encontraron a Aquiles sentado junto a su tienda y a la negra nave. Se detuvieron delante de él y no dijeron nada, porque sentían respeto y miedo de aquel rey. Entonces fue él quien habló.
«Acercaos», dijo. «No sois vosotros los culpables de todo esto, sino Agamenón. Acercaos, no tengáis miedo de mí.» Luego llamó a Patroclo y le pidió que cogiera a Briseida y se la entregara a aquellos dos escuderos, para que se la llevaran. «Vosotros sois mis testigos", dijo mirándolos. «Agamenón está loco. No piensa en lo que sucederá, no piensa en el momento en que se me necesitará para defender a los aqueos y sus naves, no le importa nada ni del pasado ni del futuro. Vosotros sois mis testigos: ese hombre está loco.»
Los dos escuderos se pusieron en camino, remontando el sendero entre las naves veloces de los aqueos, varadas en la playa. Detrás de ellos caminaba Briseida. Hermosa, caminaba triste, y de mala gana.
Aquiles los vio partir. Y entonces fue a sentarse, solo, en la ribera del mar blanco de espuma, y rompió a llorar, con esa infinita llanura frente a él. Era el señor de la guerra y el terror de todos los troyanos. Pero rompió a llorar y como un niño se puso a invocar el nombre de su
madre. Desde lejos, entonces, vino ella, y se le apareció. Se sentó junto a él y se puso a acariciarlo. En voz baja, lo llamó por su nombre, «Hijo mío, ¿por qué te trajo a este mundo esta madre infeliz? Tu vida será breve, por lo menos pudieras pasarla sin lágrimas, y sin dolor...» Aquiles le preguntó: «¿Tú puedes salvarme, madre?, ¿puedes hacerlo?» Pero la madre tan sólo le dijo: «Escúchame: permanece aquí, cerca de las naves, y no vayas al campo de batalla. Guarda tu cólera hacia los aqueos y no cedas a tus deseos de guerra. Te lo digo: un día te ofrecerán espléndidos dones y te los darán por tres veces debido a la ofensa que has sufrido.» Luego desapareció y Aquiles permaneció allí, solo: su ánimo estaba lleno de cólera por la injusticia sufrida. Y su corazón se atormentaba a causa de la nostalgia que sentía por el grito del combate y el estrépito de la guerra.
Yo volví a ver mi ciudad cuando la nave, gobernada por Ulises, entró en el puerto. Amainaron las velas, luego a remo se acercaron hasta el fondeadero. Echaron las anclas y ataron las amarras de popa. Primero descargaron los animales para el sacrificio a Apolo. Luego Ulises me cogió de la mano y me condujo a tierra. Me llevó hasta el altar de Apolo, donde me esperaba mi padre. Me dejó ir y mi padre me cogió entre sus brazos, conmovido por la alegría.
Ulises y los suyos pasaron aquella noche cerca de su nave. Al alba, desplegaron las velas al viento y partieron de nuevo. Vi la nave corriendo ligera, con las olas rebullendo de espuma a ambos lados de la quilla. La vi desaparecer en el horizonte. ¿Podéis imaginaros cómo fue mi vida a partir de entonces? De vez en cuando sueño con polvo, armas, riquezas , y jóvenes héroes. Siempre es en el mismo sitio, en la orilla del mar. Huele a sangre y a hombres. Yo vivo allí, y el rey de reyes echa por la borda su vida y la de su gente, por mí: por mi belleza y mi gracia. Cuando me despierto está mi padre, a mi lado. Me acaricia y me dice: ya todo ha terminado, hija mía. Duerme. Ya todo ha terminado.
Todos me conocían. Yo era el hombre más feo que había ido allí, al asedio de Troya: patizambo, cojo, los hombros encorvados y contraídos sobre el pecho; la cabeza picuda, cubierta por una rala pelusa. Era famoso porque me gustaba hablar mal de los reyes, de todos los reyes: los aqueos me escuchaban y se reían. Y, por eso mismo, los reyes de los aqueos me odiaban. Quiero explicaros lo que yo sé, para que así también vosotros comprendáis lo que yo comprendí: la guerra es una obsesión de los viejos, que envían a los jóvenes a librarla.
En su tienda, Agamenón dormía. De pronto, le pareció oír la voz de Néstor, que era el más viejo de todos nosotros, y el sabio más estimado, y escuchado. Esa voz decía: «Agamenón, hijo de Atreo, cómo es que estás aquí durmiendo, tú, que estás al mando de un ejército entero y que
destruido Ilio, la de las bellas murallas, y ahora me ordena que regrese a Argos sin gloria y después de haber enviado a la muerte a tantos guerreros. ¡Qué vergüenza! Un ejército espléndido, inmenso, está batallando contra un ejército de pocos hombres y, a pesar de todo, el final todavía no está a la vista. Nosotros somos diez veces más numerosos que los troyanos, pero ellos tienen valiosos aliados que vienen de otras ciudades, y esto va impedirme al final que conquiste la hermosa Ilio. Nueve años han pasado. Desde hace nueve años nuestras esposas y nuestros hijos nos esperan en casa. La madera de las naves está podrida y no hay cuerda que siga todavía tensa. Hacedme caso: huyamos en nuestras naves y volvamos a casa. Ya nunca conquistaremos Troya.»
Así habló. Y sus palabras nos golpearon en el corazón. La inmensa asamblea fue sacudida como un mar en plena borrasca, como un campo de trigo asolado por un viento de tempestad. Y vi a la gente precipitarse hacia las naves, gritando de alegría, levantando una inmensa nube de polvo. Unos a otros se animaban para coger las naves y arrastrarlas hasta el divino mar. Limpiaban los canales de las carenas y mientras estaban quitando ya los trabes de debajo de las quillas, otros elevaban el grito de su nostalgia. Fue en ese momento cuando vi a Ulises. El astuto. Permanecía inmóvil. No había ido hacia las naves. La angustia estaba de- vorándole el corazón. De pronto, arrojó su manto y corrió hacia donde estaba Agamenón. Le arrancó el cetro de la mano y sin mediar palabra se fue hacia las naves. Y a los príncipes del consejo se puso a gritarles: «Deteneos, ¿no recordáis lo que nos dijo Agamenón?, está poniéndolos a prueba, pero luego íos castigará. ¡Deteneos, y ellos, en cuanto os vean, se detendrán!» Y a los soldados con los que se cruzaba los golpeaba con el cetro mientras les gritaba: «¡Quedaos aquí, locos!, no huyáis, no sois más que unos ruines y cobardes, mirad a vuestros príncipes y aprended de ellos.» Al final consiguió detenerlos. Desde las naves y las tiendas la multitud retrocedió nuevamente, parecía el mar cuando brama adelante y atrás en la orilla, haciendo retumbar todo el océano. Fue entonces cuando decidí que yo también tenía que decir la mía. Allí, delante de todo el mundo, ese día, me puse a gritar: «¡Eh, Agamenón!, ¿qué demonios quieres, de qué te quejas? Tu tienda está llena de bronce, está llena de mujeres hermosísimas: las que tú eliges cuando nosotros te las ofrecemos después de haberlas raptado de sus casas. ¿Tal vez deseas más oro, ese que los padres troyanos te traen para rescatar a los hijos que nosotros hacemos prisioneros en el campo de batalla? ¿O es una nueva esclava lo que quieres, una esclava para llevártela al lecho, y para quedártela toda para ti? No, no es justo que un jefe lleve a la ruina a los hijos de los dánaos. Compañeros, no seáis cobardes, volvámonos a casa y a ese de ahí dejémoslo aquí, en Troya, disfrutando de su botín, que vea de una vez si le éramos útiles o no. Ha ofendido a Aquiles, que es un guerrero mil veces más fuerte que él. Le ha quitado su parte del botín y ahora lo retiene en su poder. Eso no es cólera, porque si Aquiles en verdad ardiera de cólera, tú, Agamenón, no estarías aquí afrentándonos de nuevo.» Los aqueos me escuchaban atentamente. Muchos de ellos albergaban enojo contra Agamenón debido a aquella historia suya con Aquiles. Por eso me escuchaban con atención. Agamenón no dijo nada. Pero Ulises sí, se acercó a mí. «Hablas bien», me dijo, «pero hablas como un estúpido. Tú eres el peor, ¿lo sabes, Tersites? El peor de cuantos
guerreros han venido hasta las murallas de Ilio. Te diviertes insultando a Agamenón, el rey de reyes, sólo por los muchos regalos que le habéis traído los guerreros aqueos. Pero yo te digo, y te juro, que si te sorprendo de nuevo diciendo sandeces como ésas, te agarraré, te arrancaré las ropas -el manto, la túnica, todo- y te enviaré desnudo y lloroso a las naves, cubierto de heridas que den asco.» Así habló. Y empezó a golpearme con el cetro en los hombros y en la espalda. Me encorvé bajo los golpes. La sangre me goteaba, densa, sobre el manto, y me puse a llorar por eso: por el dolor y la humillación. Temeroso, me dejé caer al suelo. Con una mirada atontada permanecí allí, enjugando mis lágrimas, mientras todos, a mi alrededor, se reían de mí. Entonces Ulises levantó el cetro, se volvió hacia Agamenón y, hablando con voz potentísima, de manera que todos lo oyeran, dijo: «Hijo de Atreo, los aqueos quieren hoy hacer de ti el más mísero de todos los mortales. Te habían prometido que vendrían para destruir la hermosa Ilio y, en cambio, ahora lloran como chiquillos, como miserables viudas, y piden regresar a sus casas. Cierto es que no puedo vituperarlos: hace nueve años que estamos aquí, cuando tan sólo un mes lejos de nuestras esposas bastaría para hacernos desear el regreso. Y, sin embargo, sería un deshonor inmenso abandonar el campo de batalla después de tanto tiempo y sin haber conseguido nada. Amigos, debemos seguir teniendo paciencia. ¿Os acordáis del día en que todos nos reunimos, en Aulide, para partir y venir a traer ia destrucción a Príamo y los troyanos? ¿Recordáis qué fue lo que sucedió? Estábamos ofreciendo sacrificios a los dioses cerca de un manantial, bajo un bellísimo plátano luminoso. Y de pronto una serpiente con un lomo rojizo, un monstruo horrendo que el mismo Zeus había creado, apareció de debajo de los altares y reptó por el árbol. Había un nido de pájaros, ahí arriba, y ella ascendió hasta devorar todo lo que encontró: ocho polluelos y la madre. E inmediatamente después de haberlos devorado se convirtió en piedra. Nosotros vimos todo eso y nos quedamos sin habla. Pero Calcante, ¿os acordáis de lo que dijo Calcante? "Es una señal", dijo. "Nos la ha mandado Zeus. Es un vaticinio de gloria infinita. Igual que la serpiente ha devorado a ocho polluelos y la madre, también nosotros deberemos combatir contra Ilio durante nueve años. Pero el décimo año tomaremos la ciudad de anchas calles." Eso nos dijo. Y hoy veis cumplirse todo esto, ante vuestros ojos. Escuchadme, aqueos de buenas armaduras. No os marchéis. Permaneced aquí. Y conquistaremos la gran ciudad de Príamo.»
Así habló. Y los aqueos lanzaron un fuerte grito y a su alrededor todas las naves resonaron de manera tremenda, debido al clamor de su entusiasmo. Fue en ese momento cuando Néstor, el anciano, otra vez él, tomó la palabra y dijo: «Agamenón, vuelve a llevarnos a la batalla con la voluntad indómita de antaño. Que nadie tenga prisa por volverse a casa antes de haber dormido con la esposa de un troyano y de haber vengado el dolor por el rapto de Helena. Y os digo que si alguno, en su locura, decide regresar a su casa, antes de que tenga tiempo de tocar su negra nave saldrá a su encuentro el destino de la muerte.»
En silencio, todos lo escuchaban atentamente. Los ancianos... Agamenón casi se agachó: «Una vez más, anciano, hablas con sabiduría.» Luego levantó su mirada hacia todos nosotros y dijo: «Id a prepararos, porque hoy atacaremos. Comed, afilad bien las lanzas, preparad los
valentía y que no hay fuerza en tu corazón. Precisamente tú, que, siendo huésped de Menelao en tierra extranjera, te llevaste a su esposa, y re- gresaste a tu casa junto a esa mujer hermosísima. Pero aquélla era gente guerrera, Paris, y tú te has convertido en la ruina de tu padre, de tu ciudad, de todo el pueblo. ¿Y ahora no quieres enfrentarte a Menelao? Lástima, así podrías descubrir qué clase de hombre es ese al que le robaste la esposa. Y te revolcarías en el polvo, descubriendo lo inútiles que son tu cítara y tu hermosísimo rostro y tu melena. ¡Ah, qué cobardes somos nosotros, los troyanos! Si no fuera así, ya estarías sepultado bajo un montón de piedras, para expiar todo el mal que has hecho.»
Entonces Paris respondió: «Tienes razón, Héctor. Pero tu corazón es inflexible, como un hacha que se hunde en la madera, recta... Me echas en cara mi belleza..., pero tú tampoco desdeñas los dones de los dioses. Las virtudes que los dioses nos han regalado, ¿podemos rechazarlas?, ¿acaso podemos escogerlas? Escúchame: si quieres que me bata en duelo, haz que se sienten todos los troyanos y todos los aqueos, y deja que Menelao y yo, ante los ojos de los dos ejércitos, nos enfrentemos por Helena. Aquel que venza se quedará con la mujer y todas sus riquezas. Y en cuanto a vosotros, troyanos y aqueos, firmaréis un tratado de paz, y los troyanos empezarán a vivir en la fértil tierra de Troya y los aqueos volverán a Argos, junto a sus riquezas y sus mujeres, hermosísimas.»
Grande fue la alegría de Héctor cuando escuchó esas palabras. Avanzó, él solo, entre los dos ejércitos, y levantando al cielo la lanza hizo una señal a los troyanos para que se detuvieran. Y ellos lo obedecieron. Nosotros empezamos enseguida a apuntarle, con flechas y piedras, y entonces Agamenón gritó: «¡Deteneos, aqueos, no le disparéis! ¡Héctor quiere hablarnos!» Y entonces nosotros también nos detuvimos. Se hizo un gran silencio. Y en ese silencio Héctor dijo, hablando para los dos ejércitos: «¡Escuchadme! Escuchad lo que dice Paris, el que ha desenca- denado esta guerra. Quiere que depongáis las armas, y pide luchar él solo contra Menelao, y decidir en un duelo quién se quedará con Helena y con sus riquezas.»
Los ejércitos permanecieron en silencio. Y entonces se oyó la voz poderosa de Menelao: «Escuchadme a mí también, que soy el ofendido y que más que cualquier otro tengo un dolor que debe ser vengado. Cesad de combatir, porque ya habéis sufrido bastante por esta guerra que Paris desencadenó. Combatiré yo, contra él, y será el destino el que decidirá quién de nosotros dos debe morir. Vosotros encontrad un modo de hacer las paces lo más rápido posible. Que los aqueos vayan a coger un cordero para ofrendárselo a Zeus. Y vosotros, troyanos, conseguid un cordero blanco y otro negro, para la Tierra y el Sol. E id a avisar al gran rey Príamo, para que sea él quien sancione las paces: sus hijos son soberbios y desleales, pero él es un anciano y los ancianos saben mirar al pasado y al futuro, juntos, y comprender lo que es mejor para todos. Que venga él y se firmen las paces: y que nadie ose infringir los pactos sancionados en el nombre de Zeus.»
Yo oí sus palabras y luego vi la alegría de aquellos dos ejércitos, unidos de manera imprevista por la esperanza de poner fin a aquella luctuosa guerra. Vi a los guerreros bajarse de los carros, y quitarse las
armas que llevaban y dejarlas en el suelo, cubriendo los prados de bronce. Nunca había visto la paz tan cercana. Entonces me di la vuelta y busqué a Néstor, al viejo y sabio Néstor. Quería mirarlo a los ojos. Y en sus ojos ver morir la guerra, y la arrogancia de quien la desea, y la locura de quienes la libran.
Como una esclava, aquel día yo estaba en silencio, en mis habitaciones, obligada a tejer sobre una tela del color de la sangre las empresas de los troyanos y de los aqueos en aquella dolorosa guerra que se libraba por mí. De pronto vi a Laódica, la más bella de las hijas de Príamo, entrar y gritarme: «Corre, Helena, ven a ver lo que ocurre ahí abajo. Troyanos y aqueos... estaban todos en la llanura, y estaban a punto de enfrentarse, ávidos de sangre, y ahora están en silencio, los unos frente a los otros, con los escudos apoyados en el suelo y las lanzas clavadas en tierra... Se dice que han cesado las hostilidades, y que Paris y Menelao lucharán por ti: tú serás el premio del vencedor.»
La escuché, y de repente me entraron ganas de llorar, porque grande era, en mí, la nostalgia por el hombre con el que me había casado, y por mi familia, y por mí patria. Me cubrí con un velo de blancura resplandeciente y corrí hacia las murallas, todavía con lágrimas en los ojos. Cuando llegué al torreón de las puertas Esceas vi a los ancianos de Troya, reunidos allí para mirar lo que ocurría en la llanura. Eran demasiado viejos para luchar, pero les gustaba hablar y en eso eran maestros. Como cigarras posadas en un árbol, no dejaban de hacer oír su voz. Pude escucharles murmurar, cuando me vieron: «No es de extrañar que los tróvanos y los aqueos se maten por esa mujer, ¿no os parece una diosa? Que las naves se la lleven de aquí, a ella y a su belleza, o nunca se acabarán nuestras desgracias y las de nuestros hijos.» Eso es lo que decían, pero sin atreverse a mirarme. El único que se atrevió a hacerlo fue Príamo. «Ven aquí, hija», me dijo, en voz alta. «Siéntate junto a mí. Tú no tienes la culpa de nada de esto. Son los dioses los que me echaron encima esta desventura. Ven, desde aquí podrás ver a tu marido, y a tus parientes, a los amigos... Dime, ¿quién es ese hombre imponente, ese guerrero aqueo tan noble y grande? Otros son más altos que él, pero nunca vi a ninguno tan hermoso, tan majestuoso: tiene el aspecto de un rey." Entonces fui a su lado y respondí: «Te respeto y te temo, Príamo, padre de mi nuevo esposo. Oh, ojalá hubiera tenido el valor para morir antes que seguir a tu hijo hasta aquí y abandonar mi lecho conyugal, y a mi hija, todavía tan niña, y a mis amadas compañeras..., pero eso no fue así y ahora yo me consumo en el llanto. Pero tú quieres saber quién es
pactos, que Zeus vierta su cerebro y el de sus hijos como nosotros vertemos este vino!» Cuando todo fue cumplimentado, Príamo, el viejo rey, el viejo padre, subió al carro, al lado de Anténor, y les dijo a los troyanos y a los aqueos: «Dejadme regresar a mi ciudad, surcada por los vientos. Porque no tengo ánimo para ver a mi hijo Paris batiéndose, aquí, con el feroz Menelao.» Azuzó a los caballos, él mismo, y se marchó de allí.
Después vino el duelo. Héctor y Ulises dibujaron en el suelo el campo en el que los duelistas iban a combatir. En un yelmo metieron luego las fichas de la suerte y, tras haberlas agitado, Ulises, sin mirar, extrajo el nombre del que tendría que arrojar en primer lugar la lanza mortal. Y la suerte escogió a Paris. Los guerreros se sentaron alrededor. Vi a Paris, mi nuevo esposo, colocándose las armas: primero las hermosas espinilleras, atadas con hebillas de plata; luego la coraza, sobre el pecho; y la espada de bronce, tachonada de plata, y el escudo, grande y pesado. Se puso en la cabeza el espléndido yelmo: el largo penacho ondeaba al viento y daba miedo. Al final, aferró la lanza y la blandió. Frente a él, Menelao, mi primer esposo, acabó de colocarse las armas. Bajo los ojos de íos dos ejércitos avanzaron el uno hacia el otro, mirándose con ferocidad. Luego se detuvieron. Y el duelo empezó. Vi a Paris arrojar su larga lanza. Con violencia se clavó en el escudo de Menelao, pero el bronce no se partió, y la lanza se rompió y cayó al suelo. Entonces Menelao a su vez levantó la lanza y la arrojó con enorme fuerza contra Paris. Acertó de lleno en el escudo y la punta mortal lo partió, y fue a clavarse en la coraza, dándole a Paris de refilón, en el costado. Menelao sacó la espada y se lanzó hacia él. Lo golpeó con violencia sobre el yelmo, pero la espada se rompió en pedazos. Despotricó contra los dioses y luego, de un salto, aferró a Paris por la cabeza, estrujando entre sus manos el espléndido yelmo empenachado. Y empezó a arrastrarlo de aquella forma, hacia los aqueos. Paris caído, en la polvareda, y él estru- jándole el yelmo en un abrazo mortal y arrastrándolo por ahí. Hasta que la correa de cuero que sujetaba el yelmo bajo el mentón se rompió, y Menelao se encontró con el yelmo en la mano, vacío. Lo levantó al cielo, se volvió hacia los aqueos y, volteándolo en el aire, lo lanzó en medio de los guerreros. Cuando se volvió de nuevo hacia Paris, para acabar con él, se dio cuenta de que había huido y desaparecido entre las filas de los troyanos.
Fue entonces cuando aquella mujer rozó mi velo y me habló. Era una vieja hilandera. Había venido conmigo desde Esparta, donde me cosía espléndidos vestidos. Me quería, y yo tenia miedo de ella. Ese día, allí arriba, en el torreón de las puertas Esceas, se acercó y me dijo en voz baja: «Ven. París te espera en su lecho, se ha puesto los vestidos más hermosos; más que de un duelo, parece haber vuelto de una fiesta.» Yo me quedé desconcertada. «Desgraciada», le dije, «¿por qué quieres tentarme? Serías capaz de llevarme al fin del mundo si allí hubiera un hombre que te fuera grato. Ahora, porque Menelao ha vencido a Paris, y quiere llevarme de regreso a casa, vienes hasta mí para tramar engaños... Vete tú a donde está Paris, ¿por qué no te casas con él o, mejor todavía, te conviertes en su esclava? Yo no iré, sería indigno. Todas
las mujeres de Troya se avergonzarían de mí. Déjame que me quede aquí, con mi dolor.» Entonces la vieja mujer me miró enfurecida. «Óyeme bien», me dijo, «y no hagas que me enoje. Podría abandonarte aquí, lo sabes, y sembrar el odio por todas partes, hasta que perecieras de mala muerte.» Me daba miedo, ya lo he dicho. Los viejos, a menudo, dan miedo. Me sujeté sobre la cabeza el velo de blancura resplandeciente y la seguí. Estaban todos mirando abajo, hacía la planicie. Nadie me vio. Fui a las habitaciones de Paris y allí lo encontré. Una mujer que lo apreciaba lo había hecho entrar en Troya, por una puerca secreta, y lo había salvado. La vieja cogió un asiento y lo puso delante mismo de él. Luego me dijo que me sentara. Lo hice. No lograba mirarlo a los ojos. Pero le dije: «Conque has huido de la batalla... Me gustaría que hubieras muerto allí, derrotado por ese magnífico guerrero que fue mi primer esposo. Y tú, que te jactabas de ser más fuerte que él... Tendrías que volver allí, y desafiarlo de nuevo, pero sabes perfectamente que sería tu fin.» Y recuerdo que París, entonces, me pidió que no le hiriera con mis crueles ofensas. Me dijo que Menelao ese día había vencido porque los dioses se habían puesto de su parte, pero que quizá la próxima vez sería él quien venciera, porque él también tenía dioses amigos. Y luego me dijo: ven aquí, hagamos el amor. Me preguntó si recordaba la primera vez que lo hicimos, en la isla de Cránae, precisamente el día después de haberme raptado. Y me dijo: ni siquiera ese día te deseé tanto como ahora te deseo. Luego se levantó y se fue hacia el lecho. Y yo lo seguí.
Él era el hombre al que, en aquel momento, estaban buscando todos en la llanura. Era el hombre al que nadie, ni aqueos ni troyanos, habrían ayudado o escondido, aquel día. Era el hombre al que todos odiaban, como se odia a la negra diosa de la muerte.
Mi nombre es Pándaro. MÍ ciudad, Zelea. Cuando partí para defender Troya, mi padre, Licaón, me dijo: «Coge carro y caballos para dirigir a nuestras gentes en la batalla.» En nuestro espléndido palacio teníamos once carros, nuevos, hermosísimos, y para cada carro dos caballos alimentados con cebada blanca y escanda. Pero yo no los cogí, no escuché a mi padre y me fui a la guerra sólo con arco y flechas. Los carros eran demasiado hermosos para acabar en una batalla. Y los animales, lo sabía, sólo sufrirían hambre y fatiga. Por ello no me vi con ánimos para llevármelos conmigo. Partí con arco y flechas. Ahora, si pu- diera volver atrás, con mis manos rompería ese arco, y lo echaría al fuego para que ardiera. Inútilmente lo he llevado conmigo, y triste ha sido mi destino.
Acababa Paris de desaparecer en la nada, y los ejércitos se miraban
carne, todavía asoma por la piel. Primero la coraza y luego el cinturón la frenaron. Es sólo una herida...»
«Oh, que así sea», dijo Agamenón. Luego ordenó que llamaran a Macaón, hijo de Asclepio, que tenía fama como médico. Los heraldos lo encontraron en medio del ejercito, entre los suyos, y lo llevaron donde el rubio Menelao yacía herido. A su alrededor estaban todos los mejores guerreros aqueos. Macaón se agachó sobre Menelao. Arrancó la flecha de la carne, observó la herida. Luego succionó la sangre y hábilmente aplicó los dulces fármacos que tiempo arras el centauro Quirón, con ánimo amistoso, le había regalado a su padre.
Todavía estaban todos alrededor de Menelao cuando nosotros, los troyanos, empezamos a avanzar. Todos habíamos cogido las armas de nuevo, y en nuestro corazón teníamos únicamente el deseo de presentar batalla. En aquel momento oímos a Agamenón gritando a los suyos: «Argi-vos, recuperad el coraje y la fuerza. Zeus no ayuda a los traidores y esos a los que habéis visto violar los pactos acabarán siendo devorados por los buitres, mientras que nosotros nos llevaremos de aquí a sus esposas y a sus hijos en nuestras naves, después de haber conquistado su ciudad.» Ya no era el Agamenón indeciso y dubitativo que conocíamos. Aquéi era un hombre que quería la gloria de la batalla.
Avanzamos gritando. Éramos de tierras y de pueblos distintos, y cada uno gritaba en su lengua. Éramos un rebaño de animales con mil voces diferentes. Los aqueos. en cambio, avanzaban en silencio, se oía tan sólo la voz de los comandantes que impartían órdenes, y era increíble ver a todos los demás obedeciendo, temerosos, sin decir ni una palabra. Venían hacia nosotros como olas contra los escolios, brillaban sus armas como la espuma del mar cuando salpica sobre la cresta del agua.
Cuando los dos ejércitos se embistieron, inmenso fue entonces el estruendo de escudos y de lanzas y el furor de los armados en sus corazas de bronce. Chocaban los escudos de cuero, ya convexos, y se elevaban trenzándose los gritos de gloria y de dolor, de los muertos y de los vivos, entremezclados en un único fragor colosal sobre la sangre que inundaba la tierra.
Eneas
El primero en matar fue Antíloco. Arrojó su lanza hacia Equépolo y se la clavó en mitad de la frente: la punta de bronce penetró en el hueso del cráneo, bajo el yelmo empenachado. Equépolo cayó como una torre, en medio de la brutal disputa. Entonces Elefénor, jefe de los intrépidos abantes, lo agarró por los pies e intentó arrastrarlo fuera de la lucha para quitarle las armas cuanto antes. Pero mientras arrastraba el cadáver tuvo que descubrir su costado y, precisamente ahí, donde su escudo no podía llegar, le dio de lleno Agénor. La lanza de bronce le penetró en la carne y se llevó su fuerza. Sobre su cuerpo se desencadenó entre troyanos y aqueos una lucha tremenda; eran como lobos que se lanzaban unos sobre otros y se mataban por la presa.
Ayante de Telamón acertó al joven hijo de Antemión, Simoesio: le dio de lleno en el lado derecho del pecho; la lanza de bronce atravesó de parte a parte su hombro; cayó el héroe sobre el polvo, al suelo, como una rama cortada y puesta a secar en la orilla de un río. Ayante estaba despo- jándolo de sus armas cuando un hijo de Príamo, Ántifo, lo vio y le arrojó desde lejos su lanza. No acertó a Ayante, pero por casualidad le dio a Leuco, uno de los compañeros de Ulises: estaba arrastrando un cadáver cuando la punta de bronce le traspasó el vientre: cayó, muerto, sobre el muerto al que cogía por los brazos. Ulises lo vio caer y la cólera hinchió su corazón. Avanzó hasta las primeras filas, miró a su alrededor como buscando una presa; los troyanos que estaban delante de el retrocedieron. Levantó la lanza y la arrojó al aire, potente, veloz. Le dio a Democoonte, un hijo bastardo de Príamo. La punta de bronce le entró por la sien y le traspasó el cráneo de parte a parte. La sombra cubrió sus ojos y el héroe cayó al suelo: resonó, sobre él, su propia armadura.
Luego el caudillo de los tracios, Píroo, se enfrentó a Diores, hijo de Amarinceo. Con una piedra aguda lo golpeó en la pierna derecha, cerca del talón: cortó limpiamente tendones y huesos. Diores cayó al suelo. Se sintió morir y entonces tendió los brazos hacia sus compañeros. Pero en cambio quien llegó fue Píroo y le abrió el vientre con la lanza: las vísceras se desparramaron por el suelo, y ¡a tiniebla envolvió sus ojos.
Y sobre Píroo se lanzó Toante y le clavó la lanza en el pecho, traspasándole el pulmón. Arrancó luego la lanza de sus carnes, cogió la afilada espada y le sajó el vientre, arrancándole la vida.
Lentamente la batalla empezó a decantarse del bando de los aqueos. Sus príncipes, uno a uno, desafiaban a los nuestros, y vencían una y otra vez. El primero fue Agamenón, señor de pueblos, quien derribó de su carro al caudillo de los aíizones, el gran Odio. Y mientras éste trataba de escapar, lo traspasó con una lanzada en la espalda. Cayó el héroe con fragor, y sus armas resonaron sobre él.
Idomeneo mató a Festo, hijo de Boro de la Meonia, que había venido desde la fértil tierra de Tarne. Le dio en el hombro derecho mientras intentaba subir a su carro. Cayó de nuevo el héroe hacia atrás y la tiniebla lo envolvió. Menelao, hijo de Arreo, la clavó la lanza a Escamandrio, hijo de Estrofío. Era un extraordinario cazador, parecía que la propia Ártemis le hubiera enseñado a acertar a los animales feroces que viven entre el boscaje, por los montes. Pero ese día ningún dios lo ayudó, ni lo salvaron sus flechas mortales. Menelao, el de la lanza gloriosa, vio que se estaba escapando y le dio de lleno entre los hombros, atravesándole el pecho. Cayó hacia delante el héroe, y las armas resonaron sobre él.
Meríones mató a Fereclo, el que había construido las perfectas naves de Paris, origen de toda desventura. Con sus manos sabía forjar toda clase de cosas a la perfección. Pero Meríones lo persiguió, y le acertó en la nalga derecha: la punta de la lanza lo atravesó de parte a parte, bajo el hueso, desgarrando la vejiga. Cayó de rodillas el héroe, con un grito, y la muerte lo envolvió.
Megete mató a Pedeo, que era hijo bastardo de Anté-nor y al que, a pesar de ello, la madre había criado como si fuera hijo suyo, para