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El utilitarismo es una teoría ética defendida por filósofos como James Mill y Jeremy Bentham, entre otros. Según Mill, la acción moralmente correcta es la que produce el mayor bienestar o felicidad. Mill distingue su versión del egoismo racional, ya que busca la felicidad no solo para sí mismo sino también para los demás. La felicidad se define como la presencia de placer y ausencia de dolor. Mill hereda esta idea de Adam Smith y propone que la educación y la opinión pública deben establecer una asociación indisoluble entre la propia felicidad y el bien del conjunto.
Tipo: Apuntes
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John Stuart Mill Mill es comúnmente considerado el máximo exponente de una corriente ética llamada utilitarismo. No obstante, el planteamiento utilitarista no fue inventado por Mill y goza, de hecho, de reputados antecedentes. En primer lugar, tanto el padre de John Stuart Mill, James Mill, como Jeremy Bentham defendieron planteamientos utilitaristas. En las obras de otros autores, como por ejemplo Hutcheson, pueden entreverse también planteamientos utilitaristas. Pese a existir diversas versiones del utilitarismo previos a Mill, y una infinidad de diferentes versiones posteriores a Mill, todas pueden entenderse como expresiones del siguiente principio general: utilitarianism is generally held to be the view that the morally right action is the action that produces the most good. (Driver, S.E.P.) Mill expresa esta máxima de la siguiente manera, “El credo que acepta como fundamento de la moral la Utilidad, o el Principio de la mayor Felicidad, mantiene que las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, incorrectas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad.” (Pág. 50) Más adelante Mill hace más detallada su concepción del fin de la vida que pasa a ser el criterio de la moralidad; “el fin ultimo, con relación al cual y por el cual todas las demás cosas son deseables […], es una existencia libre, en la medida de lo posible, de dolor y tan rica como se posible en goces, tanto por lo que respecta a la cantidad como a la calidad” (Pág. 58) Otra característica esencial del utilitarismo es su carácter consecuencialista, es decir, que un acto sea correcto o no depende única y exclusivamente de sus consecuencias. Ahora bien, ¿en qué medida cuentan los motivos de la acción? Mill y los demás utilitaristas mantienen que la moralidad de una acción depende únicamente de las consecuencias de ésta. No obstante existe una intuición contraria. Imaginemos que un hombre se dispone a dar agua envenenada a otro para matarlo, el otro hombre la bebe (ya que estaba sediento) y por casualidades imposibles de predecir ese hombre es inmune al veneno. La consecuencia de esta acción es positiva, el hombre sediento ha derivado placer de beber el agua, aunque parece difícil afirmar que sea una buena acción, una acción susceptible de aprobación moral, dar agua envenenada a otros. Mill mantiene que pese a no ser una categoría que influya en la moralidad de la acción la intención sí afecta al mérito del agente. Mill dice explícitamente, “Quien salva a un semejante de ser ahogado hace lo que es moralmente correcto, ya sea su motivo el deber o la esperanza de que le recompensen por su esfuerzo.” (Pág. 68) Habiendo visto que un acto es bueno en virtud de sus consecuencias buenas cabe preguntarse ¿que es una consecuencia buena? Mill, y todos los utilitaristas, mantienen que los humanos nos movemos por intereses y buscamos tanto seguridad como felicidad. Un acto bueno será, entonces, uno que satisfaga nuestra búsqueda de felicidad y seguridad. Mill propone, en consecuencia, el siguiente criterio de acción: “Obra siempre de forma que asegures la mayor felicidad para el mayor número.” Mill ofrece una argumentación intuitiva a favor de su teoría. Mill afirma que incluso aquellos autores o individuos que no comparten sus tesis de modo racional acaban aplicando estas en su vida cotidiana, Mill escribe; “Tampoco existe ninguna corriente de pensamiento que se niegue a admitir que la influencia de las acciones en la felicidad es una de las consideraciones más decisivas, e incluso predominantes, por lo que respecta a muchos detalles de la moral, por mucho que se resistan a reconocer esto como el principio fundamental de la moralidad y la fuente de la obligación moral.” (Pág. 45) Como ejemplo paradigmático de esta tendencia Mill cita a Kant y su imperativo categórico. Mill mantiene que pese a buscar un principio que no verse sobre las consecuencias al derivar los deberes específicos de la moralidad Kant fracasa. Mill parece mantener que obviar las consecuencias de una acción constituye una contradicción performativa. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿que es la mayor felicidad? La felicidad es definida por Mill como la presencia de placer y la ausencia de dolor. Mill escribe en el segundo capítulo de su obra El
Utilitarismo “Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad el dolor y la falta de placer.” (Pág. 50) La segunda parte del criterio de acción de Mill distingue el utilitarismo de Mill del egoismo racional, no debe buscarse únicamente la felicidad para uno mismo sino que debe buscarse también la felicidad de los demás. Los intereses de los demás seres racionales tienen, en el sistema de Mill, el mismo peso que los propios intereses. En este punto Mill hereda una idea de Adam Smith, el famoso economista autor de The Wealth of Nations. Adam Smith, en su obra Teoría de los Sentimientos Morales, desarrolla la idea del espectador imparcial. El espectador imparcial mira desde fuera, garantizando así la objetividad y la imparcialidad, y aprueba o desaprueba de las decisiones. Esta aprobación tiene la fuerza de influir en el comportamiento de los hombres ya que los hombres buscan naturalmente ser dignos de alabanza. Adam Smith mantiene que este espectador (imparcial en virtud de su exterioridad) es interior, es decir, forma parte de uno mismo, siendo, en efecto, aquello comúnmente denominado ‘consciencia’. Pese a que Adam Smith busca realizar una filosofía que parta de los juicios morales comunes, entiende también que los juicios comunes no son siempre correctos. He aquí la función del espectador imparcial. Como afirma Samuel Fleischacker, en su artículo para la S.E.P. “ Moral norms thus express the feelings of an impartial spectator.”. Adam Smith, al entender la capacidad de simpatizar como un juicio moral positivo, mantiene que un acto puede ser objeto de aprobación moral si un espectador imparcial simpatizaría con ese acto o sentimiento. Ahora bien, volviendo a la teoría moral de Mill. La felicidad no es posible, para Mill, sin el despliegue de las capacidades morales del hombre. Es decir, la felicidad no es posible para uno mismo sin buscarlo para los demás. No obstante, ésta conexión no es natural debido a que Mill afirma que la educación y las instituciones sociales deberán harmonizar la felicidad individual con la colectiva. Mill quiere que la educación y la opinión pública “utilicen de tal modo ese poder que establezcan en la mente de todo individuo una asociación indisoluble entre su propia felicidad y el bien del conjunto.” (Pág. 67) Podemos observar aquí los restos aristotélicos que presenta la teoría de Mill. El utilitarismo de Mill es, por así decirlo, contrario al individualismo más radical. Mill escribe; “la felicidad que constituye el criterio utilitarista de lo que es correcto en una conducta no es la propia felicidad del agente, sino la de todos los afectados. Entre la felicidad personal del agente y la de los demás, el utilitarista obliga a aquél a ser tan estrictamente imparcial como un espectador desinteresado y benevolente.” (Pág. 66) Ciertos críticos del utilitarismo mantienen que esta búsqueda del bien de todos hace del utilitarismo una filosofía moral excesivamente exigente para con los hombres. No obstante, Mill mantiene que buscar la felicidad del mayor número no exige tanto esfuerzo y no se realiza fácticamente fijando la mente sobre el mundo o la sociedad en conjunto. En la gran mayoría de casos, “todo lo que tiene que tener en cuenta es la utilidad privada, el interés o felicidad de unas cuantas personas. Sólo aquellos cuyas acciones influyen hasta abarcar la sociedad en general tienen necesidad habitual de ocuparse de un objeto tan amplio.” (Pág. 70) La importancia de la búsqueda de la felicidad hace posible caracterizar el utilitarismo de Mill como una forma de hedonismo. El fin de la vida es conseguir la felicidad para uno mismo y para los demás. Esta felicidad es lo único deseable como fin y consiste, como se ha afirmado anteriormente en la consecución de placer. Ciertos intérpretes de Mill, entre ellos David Brink, mantienen que Mill no defiende éste análisis. Mill relata que un tacaño desea el dinero en primer lugar como medio hacia un fin (es decir, instrumentalmente) y posteriormente, mediante una asociación, pasa a desearlo como fin en sí. “ Here Mill denies the psychological hedonist view that pleasure is the sole ultimate object of our desires. Likewise, he denies the more general psychological egoist thesis that one's own happiness is the sole ultimate object of desire.” (Brink, S.E.P.)
placer. Mill utiliza el argumento de Bentham en contra de Bentham. No obstante, Mill busca una fundamentación más segura. Mill defiende, citando como precedentes a los Epicureos, que “Es del todo compatible con el principio de utilidad el reconocer el hecho de que algunos tipos de placer son más deseables y valiosos que otros.” (Pág. 52) No obstante, ésta segunda manera es más problemática debido a que exige una respuesta a la siguiente pregunta ¿que es un placer de más calidad? Podría argumentarse que es un placer más duradero aunque tal respuesta resulta insatisfactoria debido a que sería reducir el aspecto cualitativo al cuantitativo. Ahora bien, resulta necesario establecer un criterio para distinguir entre placeres de distinta calidad. Mill establece que aquellos placeres mejores son los escogidos por los jueces competentes, aquellos que han experimentado ambos. Mill dice textualmente que “De entre dos placeres, si hay uno al que todos, o casi todos los que han experimentado ambos, conceden una decidida preferencia, independientemente de todo sentimiento de obligación moral para preferirlo, ése es el placer más deseable.” (Pág. 53) Cabe remarcar que tal criterio falla, como muestra Michael Sandel en sus conocidas conferencias tituladas Justice. Mill mantiene que los hombres capaces de gozar de los placeres de más calidad no aceptarían perder esa capacidad, aunque, supuestamente, sí podrían decidir no ejercerla. El deseo de no perder tal capacidad es explicado por Mill apelando al orgullo, el amor a la independencia, el amor al poder o la dignidad que todos los seres humanos poseen. Además de ser el criterio moral desde el cual juzgar las acciones Mill mantiene que la felicidad no es una mera quimera sino que ésta es posible. Además de afirmar que es posible en su época Mill mantiene que, con el progreso de la ciencia y la mejor práctica del ‘arte de la sociedad’, podrán apartarse las calamidades que impiden la consecución de la felicidad para aquellos que las sufren. Es, en éste punto, donde se hace patente el carácter utópico de la filosofía utilitarista de Mill. Mill escribe; “En cuanto a las vicisitudes de la fortuna y otros contratiempos que tienen que ver con las circunstancias mundanas, éstos son el efecto, principalmente, o bien de graves imprudencias, o de deseos mal controlados, o de instituciones sociales nocivas o imperfectas. En suma, todas las fuentes del sufrimiento humano son, en gran medida, muchas de ellas eliminables mediante el empeño y el esfuerzo humanos.” (Pág. 62) Muchos utilitaristas distinguen entre el utilitarismo de reglas y el utilitarismo de acto. El utilitarismo de reglas afirma que el cálculo de costes y beneficios se hace sobre reglas de conducta que, una vez visto que colaboran a la felicidad de los hombres, serán aplicados a todos los casos. El utilitarismo de actos afirma que no es la regla general de conducta sino cada acto particular aquello susceptible de análisis mediante el principio de utilidad. Así pues, un utilitarista de reglas podría mantener que uno nunca debe mentir, debido a que reduce la felicidad para el mayor número, aunque en un caso particular la mentira la aumentase. Un utilitarista de actos, en cambio, mantendría que si la mentira es beneficiosa en ese caso particular uno debería mentir.Mill parece sostener un utilitarismo de reglas, cosa que puede verse en las siguientes citas; “Se habla como si hasta el momento este curso de la experiencia no hubiese comenzado y como si, en el instante en el que un hombre se sintiese tentado a interferir en la propiedad o la vida de otro, tuviera que empezar a considerar por primera vez si el asesinato y el roba son perjudiciales para la felicidad humana.” (Pág. 76) “Pero de acuerdo con cualquier hipótesis en la que no se incluya esto último [estupidez humana], la humanidad debe haber adquirido ya creencias positivas con relación a los efectos de algunas nociones sobre su felicidad.” (Pág. 77)
“Pero una cosa es considerar las reglas de la moralidad como no conclusas, otra cosa distinta es pasar por alto enteramente estas generalizaciones intermedias y dedicarse a probar la moralidad de cada acción recurriendo directamente al primer principio.” (Pág. 77) El utilitarismo de reglas de Mill nace como respuesta a la constatación, realizada por autores críticos del utilitarismo, según la cual uno no tiene tiempo para calcular las consecuencias de cada acto antes de emprenderlo. Habiendo observado ya el contenido del sistema moral propuesto por Mill y sus seguidores cabe preguntarse, ¿por qué debemos obedecer? Mill aborda este tema en el capítulo tres de El Uilitarismo donde escribe “Es una tarea necesaria de la filosofía moral la de proporcionar respuesta a esta cuestión” (Pág. 81) Esta cuestión se plantea siempre que uno propone un criterio distinto del tradicional. Las sanciones posibles para un criterio moral son, o internas o externas. Estas sanciones posibles pueden ser aplicadas al utilitarismo en la misma medida en que son aplicadas a otros criterios de utilidad. Las sanciones externas son el miedo a la desaprobación y el deseo de aprobación tanto de otros humanos como del “Regidor del Universo”. De entre estas dos posibles sanciones Mill prefiere la aprobación de los otros ya que “por muy imperfectos que sean en su propia actuación al respecto, desean y recomiendan en los demás toda conducta hacia ellos mismos mediante la cual consideren que se promociona su felicidad.” (Pág. 83) La sanción interna es el sentimiento del deber, “un dolor más o menos intenso que acompaña a la violación del deber” (Pág. 83). No obstante, la naturaleza del deber es extremadamente complejo y se presenta arropado por otros sentimientos como la simpatía o el amor. No obstante la idea de deber es extremadamente útil debido a que presenta una verdadera fuerza vinculante que, aunque no consiga prohibir el acto, aparece posteriormente como remordimiento. Cabe remarcar que el deber únicamente obliga a aquellos que poseen concepto del deber. Esta constatación no es un contrargumento a la teoría de Mill propiamente ya que todas las teorías morales son vulnerables a esta constatación. Ahora bien, ¿que cabe hacer con aquellos individuos que no se ven obligados por su conciencia? Mill responde de la siguiente manera; “¿Tengo que obedecer a mi consciencia?. Aquellos cuya consciencia sea tan débil como para permitir formular tal pregunta, en caso de que contesten afirmativamente, no lo harán en virtud de su creencia en la teoría trascendental, sino debido a las sanciones externas.” (Pág. 86) El anterior fragmento de Mill muestra que aquellos individuos que no tengan concepto del deber, propio o como parte de una teoría trascendental como podría ser la creencia en Dios, únicamente cumplirán con el deber en virtud de las sanciones externas. Los sentimientos morales no son, para Mill, innatos aunque si existiesen sentimientos morales innatos Mill mantiene que un buen candidato sería “la consideración de los placeres y dolores de los demás” (Pág. 86). El carácter adquirido de los sentimientos morales no hace de ellos algo menos natural, de la misma manera que el acto de construir edificios es propio del hombre aunque sea una facultad adquirida. En palabras de Mill, “la facultad moral, si bien no es parte de nuestra naturaleza, es un producto natural de ella.” (Pág. 87) Mill distingue los sentimientos morales de otras creaciones no naturales que el considera arbitrarias. Es decir, Mill afirma que pese a no ser naturales sino adquiridos, los sentimientos morales propios del utilitarismo armonizan con nuestra naturaleza. El principio de utilidad como criterio moral está basado en ciertos sentimientos naturales del hombre como el deseo de sociabilidad, de coexistir entre semejantes. Mill dice textualmente;
Utilitarismo si la justicia o injusticia de una acción es independiente de las demás propiedades o si es una cualidad reducible a otras. Mill mantiene que “La gente tiene dificultades para considerar la justicia sólo como un tipo o rama particular de la utilidad general, considerando que su fuerza vinculante superior requiere un origen totalmente distinto.” (Pág. 107) El proyecto de Mill es observar si puede haberse creado el concepto de justicia “a causa de consideraciones relativas a la conveniencia general.” (Pág. 118) Mill mantiene que el origen de la justicia no está en las consideraciones de conveniencia general aunque el componente moral de la justicia sí radica de tales consideraciones. El deseo de castigar a aquellos que han infligido un daño a un particular nace del instinto de preservación y el sentimiento de simpatía. Estos sentimientos, pese a no ser morales en sí, se moraliza al ligarlo a un sentimiento social que hace que sólo actúe “en el sentido que viene determinado por el bien general.” (Pág. 120) Mill analiza, antes de exponer su propia teoría los diversos usos de injusticia. En primer, injusto puede utilizarse para referirse a la violación de un derecho legal, “se considera muy injusto el privar a alguien de su libertad personal, su propiedad o cualquier otro objeto que le pertenezca legalmente.” (Pág. 108) No obstante, la legalidad no agota el concepto de justicia debido a que en ciertos casos mantenemos que es justo transgredir una ley. Un segundo uso de injusticia mantiene que la injusticia “consiste en privar a una persona de, o negarle, aquello a lo que tiene derecho moral.” (Pág. 110) Otro sentido de justicia es que “toda persona recibe aquello (sea bueno o malo) que se merece.” (Pág. 110) Cabe preguntarse, al incluir la tercera definición la noción de mérito, qué constituye el mérito. Mill mantiene que los buenos merecen el bien y los malos el mal. Todas las anteriores caracterizaciones de justicia son rechazadas por Mill. Un cuarto uso de injusticia es el aplicado en el caso de faltar a un compromiso, tanto implícito como explícito. Mill mantiene que, para muchas personas, existe una conexión muy fuerte entre el concepto de imparcialidad y el concepto de igualdad, siendo la unión de estos conceptos parte de la esencia de ser justo. La igualdad es, para todos, parte de la justicia menos en los casos que consideraciones de utilidad favorecen a la desigualdad. Así pues, Mil mantiene que la igualdad es justa si y solo si es útil. Con tal de buscar una coherencia común a todos los usos de justicia, Mill analiza la etimología del término y acaba concluyendo que no puede haber duda que “el elemento primitivo en la formación de la noción de justicia fue la conformidad con la ley.” (Pág 113) debido a que tanto iussum, como dikaion como Recht contienen referencias a aquello que ha sido ordenado. No obstante, de la constatación que los hombres podrían hacer leyes malas, el sentimiento de injusticia pasa a vincularse a las infracciones de las leyes que deberían existir y no de aquellas que existen. La ausencia de correlación estricta entre la ley y la justicia se muestra también en nuestro uso de injusto para describir acciones privadas no sujetas a legislación alguna. No obstante sigue manteniéndose un vínculo con la prohibición legal debido a que permitimos que ciertos actos injustos no sean penados ya que nos asusta, “con razón, dotar a los magistrados de tal ilimitado poder sobre los individuos.” (Pág. 114) Como se ha podido observar gran parte de las críticas que realiza Mill a las demás explicaciones del concepto de justicia dejan entrever el vínculo entre justicia y utilidad. Ahora bien, ninguna de las anteriores características distinguen la justicia del resto de la moralidad. Con tal de hacer ello Mill introduce las nociones de obligación perfecta y obligación imperfecta, siendo los de obligación perfecta “aquellos deberes en virtud de los cuales se genera un derecho correlativo en alguna persona o personas” (Pág. 116) y los de obligación perfecta aquellos que no lo hacen. Poseer un derecho implica, para Mill, que “puede exigir, con razón, de la sociedad que le proteja para su disfrute,” (Pág. 122) Constituye, por así decirlo, un valor de utilidad general ya que garantiza la seguridad, que es una necesidad humana de máxima urgencia. Mill encuentra aquí la explicación de la fuerza de las consideraciones de justicia, es tan prioritario que parece tener una existencia autónoma. Así pues, en último término los límites impuestos por la justicia son límites impuestos por la utilidad social. Mill lo expone de modo claro en la siguiente cita;
“Yo discuto las pretensiones de cualquier teoría que establezca un criterio imaginario de justicia no fundado en la utilidad, considero, al mismo tiempo, a la justicia que está fundada en la utilidad como la parte más importante, e incomparablemente más sagrada y vinculante, de toda la moralidad.” (Pág. 131) “Parece desprenderse de lo que se ha dicho que la justicia es el nombre de determinados requisitos morales que, considerados colectivamente, tienen un valor más alto en la escala de la utilidad social y son, por consiguiente de una obligatoriedad más perentoria que ningunos otros,” (Pág. 138) Como se ha adelantado anteriormente la explicación de la naturaleza de la justicia en Mill es claramente discutible. Con tal de dar peso a la crítica de Rawls cabe citar su síntesis del pensamiento utilitarista sobre la justicia desde la cual realiza la crítica. Rawls escribe; “The main idea is that society is rightly ordered, and therefore just, when its major institutions are arranged so as to achieve the greatest net balance of satisfactuin summed over all the individuals belonging to it.” (Pág. 22) “Just as the wellbeing of a person in constructed from the series of satisfactions that are experienced at different at different moments in the course of his life, so in very much the same way the well-being of society is to be constructed from the fulfillment of the systems of desires of the many individuals who belong to it.” (Pág. 23) La crítica de Rawls empieza con la constatación que “the striking feature of the utilitarian view of justice is that it does not matter, except indirectly, how this sum of satisfactions is distributed among individuals.” (Pág. 26) y por ende, que “there is no reason in principle why the greater gains of some should not compensate for the lesser losses of others; or, more importantly, why the violation of the liberties of a few might not be made right by the greater good shared by many” (Pág. 26) La única consideración que puede limitar la violación de las libertades de uno en favor del bien social son a su vez utilitarias, y por ende, contingentes. No obstante, cabe recordar que el coste de beneficios a nivel social se fundamenta en gran medida en la idea del espectador ideal antes descrito. Éste espectador ideal e imparcial no es tan distinto de la situación original que propone Rawls como medio para llegar a su concepción de justicia como “justice as fairness”. Cabe remarcar que la defensa de las libertades realizada por Mill, pese a no tener un fundamento distinto del principio de utilidad, es extremadamente rígido. En Sobre la Libertad Mill dice lo siguiente; “En la parte que le concierne meramente a él, su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano.” (Pág. 66) Resulta evidente que la postura moral de Mill es del todo contraintuitiva si uno no tiene en cuenta la defensa de la libertad personal que Mill hace en Sobre la Libertad. No obstante, cabe remarcar que esta queda, tal y como dice Rawls, sometida al principio de la utilidad. La ausencia de fundamento independiente de las libertades básicas y los derechos fundamentales del hombre es, para muchos pensadores, problemático. Bibliografía: Brink, David, "Mill's Moral and Political Philosophy", The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Fall 2008 Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL = . Driver, Julia, "The History of Utilitarianism", The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2009 Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL = .