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Julio Cortazar, Apuntes de Historia del Arte

Asignatura: Arte y literatura comparada, Profesor: Juan Carlos Gomez Alonso, Carrera: Historia del Arte, Universidad: UAM

Tipo: Apuntes

2014/2015

Subido el 09/05/2015

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JULIO CORTAZAR (Historias de Cronopios y de Famas)
Instrucciones para entender tres pinturas famosas
El amor sagrado y el amor profano por TIZIANO
Esta detestable pintura representa un velorio a orillas del Jordán. Pocas veces la torpeza
de un pintor pudo aludir con más abyección a las esperanzas del mundo en un Mesías
que brilla por su ausencia; ausente del cuadro que es el mundo, brilla horriblemente en
el obsceno bostezo del sarcófago de mármol, mientras el ángel encargado de proclamar
la resurrección de su carne patibularia espera inobjetable que se cumplan los signos. No
será necesario explicar que el ángel es la figura desnuda, prostituyéndose en su gordura
maravillosa, y que se ha disfrazado de Magdalena, irrisión de irrisiones a la hora en que
la verdadera Magdalena avanza por el camino (donde en cambio crece la venenosa
blasfemia de dos conejos).
El niño que mete la mano en el sarcófago es Lutero, o sea, el Diablo. De la figura
vestida se ha dicho que representa la Gloria en el momento de anunciar que todas las
ambiciones humanas caben en una jofaina; pero está mal pintada y mueve a pensar en
un artificio de jazmines o un relámpago de sémola.
La dama del unicornio por RAFAEL
Saint-Simon creyó ver en este retrato una confesión herética. El unicornio, el narval, la
obscena perla del medallón que pretende ser una pera, y la mirada de Maddalena Strozzi
fija terriblemente en un punto donde habría fustigamientos o posturas lascivas: Rafael
Sanzio mintió aquí su más terrible verdad.
El intenso color verde de la cara del personaje se atribuyó mucho tiempo a la gangrena o
al solsticio de primavera. El unicornio, animal fálico, la habría contaminado: en su
cuerpo duermen los pecados del mundo. Después se vio que bastaba levantar las falsas
capas de pintura puestas por los tres enconados enemigos de Rafael: Carlos Hog,
Vincent Grosjean, llamado «Mármol», y Rubens el Viejo. La primera capa era verde, la
segunda verde, la tercera blanca. No es difícil atisbar aquí el triple símbolo de la falena
letal, que a su cuerpo cadavérico une las alas que la confunden con las hojas de la rosa.
Cuántas veces Maddalena Strozzi cortó una rosa blanca y la sintió gemir entre sus
dedos, retorcerse y gemir débilmente como una pequeña mandrágora o uno de esos
lagartos que cantan como las liras cuando se les muestra un espejo. Y ya era tarde y la
falena la habría picado: Rafael lo supo y la sintió morirse. Para pintarla con verdad
agregó el unicornio, símbolo de castidad, cordero y narval a la vez, que bebe de la mano
de una virgen. Pero pintaba a la falena en su imagen, y este unicornio mata a su dueña,
penetra en su seno majestuoso con el cuerno labrado de impudicia> repite la operación
de todos los principios. Lo que esta mujer sostiene en sus manos es la copa misteriosa
de la que hemos bebido sin saber, la sed que hemos calmado por otras bocas, el vino
rojo y lechoso de donde salen las estrellas, los gusanos y las estaciones ferroviarias.
Retrato de Enrique VIII de Inglaterra por HOLBEIN
Se ha querido ver en este cuadro uña cacería de elefantes, un mapa de Rusia, la
constelación de la Lira, el retrato de un papa disfrazado de Enrique VIII, una tormenta
en el mar de los Sargazos, o ese pólipo dorado que crece en las latitudes de Java y que
bajo la influencia del limón estornuda levemente y sucumbe con un pequeño soplido.
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JULIO CORTAZAR ( Historias de Cronopios y de Famas)

Instrucciones para entender tres pinturas famosas

El amor sagrado y el amor profano p or TIZIANO Esta detestable pintura representa un velorio a orillas del Jordán. Pocas veces la torpeza de un pintor pudo aludir con más abyección a las esperanzas del mundo en un Mesías que brilla por su ausencia ; ausente del cuadro que es el mundo, brilla horriblemente en el obsceno bostezo del sarcófago de mármol, mientras el ángel encargado de proclamar la resurrección de su carne patibularia espera inobjetable que se cumplan los signos. No será necesario explicar que el ángel es la figura desnuda, prostituyéndose en su gordura maravillosa, y que se ha disfrazado de Magdalena, irrisión de irrisiones a la hora en que la verdadera Magdalena avanza por el camino (donde en cambio crece la venenosa blasfemia de dos conejos). El niño que mete la mano en el sarcófago es Lutero, o sea, el Diablo. De la figura vestida se ha dicho que representa la Gloria en el momento de anunciar que todas las ambiciones humanas caben en una jofaina; pero está mal pintada y mueve a pensar en un artificio de jazmines o un relámpago de sémola. La dama del unicornio por RAFAEL Saint-Simon creyó ver en este retrato una confesión herética. El unicornio, el narval, la obscena perla del medallón que pretende ser una pera, y la mirada de Maddalena Strozzi fija terriblemente en un punto donde habría fustigamientos o posturas lascivas: Rafael Sanzio mintió aquí su más terrible verdad. El intenso color verde de la cara del personaje se atribuyó mucho tiempo a la gangrena o al solsticio de primavera. El unicornio, animal fálico, la habría contaminado: en su cuerpo duermen los pecados del mundo. Después se vio que bastaba levantar las falsas capas de pintura puestas por los tres enconados enemigos de Rafael: Carlos Hog, Vincent Grosjean, llamado «Mármol», y Rubens el Viejo. La primera capa era verde, la segunda verde, la tercera blanca. No es difícil atisbar aquí el triple símbolo de la falena letal, que a su cuerpo cadavérico une las alas que la confunden con las hojas de la rosa. Cuántas veces Maddalena Strozzi cortó una rosa blanca y la sintió gemir entre sus dedos, retorcerse y gemir débilmente como una pequeña mandrágora o uno de esos lagartos que cantan como las liras cuando se les muestra un espejo. Y ya era tarde y la falena la habría picado: Rafael lo supo y la sintió morirse. Para pintarla con verdad agregó el unicornio, símbolo de castidad, cordero y narval a la vez, que bebe de la mano de una virgen. Pero pintaba a la falena en su imagen, y este unicornio mata a su dueña, penetra en su seno majestuoso con el cuerno labrado de impudicia> repite la operación de todos los principios. Lo que esta mujer sostiene en sus manos es la copa misteriosa de la que hemos bebido sin saber, la sed que hemos calmado por otras bocas, el vino rojo y lechoso de donde salen las estrellas, los gusanos y las estaciones ferroviarias. Retrato de Enrique VIII de Inglaterra por HOLBEIN Se ha querido ver en este cuadro uña cacería de elefantes, un mapa de Rusia, la constelación de la Lira, el retrato de un papa disfrazado de Enrique VIII, una tormenta en el mar de los Sargazos, o ese pólipo dorado que crece en las latitudes de Java y que bajo la influencia del limón estornuda levemente y sucumbe con un pequeño soplido.

Cada una de estas interpretaciones es exacta atendiendo a la configuración general de la pintura, tanto si se la mira en el orden en que está colgada como cabeza abajo o de costado. Las diferencias son reductibles a detalles; queda el centro que es ORO, el número SIETE, la OSTRA observable en las partes sombrero-cordón, con la PERLA- cabeza (centro irradiante de las perlas del traje o país central) y el GRITO general absolutamente verde que brota del conjunto. Hágase la sencilla experiencia de ir a Roma y apoyar la mano sobre el corazón del rey, y se comprenderá la génesis del mar. Menos difícil aún es acercarle una vela encendida a la altura de los ojos; entonces se verá que eso no es una cara y que la luna, enceguecida de simultaneidad, corre por un fondo de ruedecillas y cojinetes transparentes, decapitada en, el recuerdo de las hagiografías. No yerra aquél que ve en esta petrificación tempestuosa un combate de leopardos. Pero también hay lentas dagas de marfil, pajes que se consumen de tedio en largas galerías, y un diálogo sinuoso entre la lepra y las alabardas. El reino del hombre es una página de historial, pero él no lo sabe y juega displicente con guantes y cervatillos. Este hombre que te mira vuelve del infierno; aléjate del cuadro y lo verás sonreír poco a poco, porque está hueco , está relleno de aire, atrás lo sostienen unas manos secas, como una figura de barajas cuando se empieza a levantar el castillo y todo tiembla. Y su moraleja es así: «No hay tercera dimensión, la tierra es plana, el hombre repta. ¡Aleluya!» Quizá sea el diablo quien dice estas cosas, y quizá tú las crees porque te las dice un rey.

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj