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Antes de leer PEE E MEUS + Analizar las características de la lírica del Renacimiento. + Identificar los tipos de argumentos. Activa saberes 1. Define con tus palabras los siguien- tes CONCEPtos: a. Optimismo b. Pesimismo: C. Justicia Identifica paratextos 2. Lee el título y los datos bibliográfi- cos que hay al final. Según ellos, este texto sería: a. Un cuento de la colección titula- da Zadig, b. Un capítulo de la novela Zadig. €. Ninguna de las anteriores. Explica recursos 3. Ojea el texto. ¿Contiene diálogos, descripciones y fragmentos narrati- vos?, ¿cómo identificas cada uno? Actualiza saberes Ú 4. ¿Qué actitud frente a las adversida- des presentan Zadig y el pescador? Comprueba la comprensión 5. ¿Qué llevó al pescador a la ruina? J ¡—Enriquece tu vocabulario requesón. Cuajada que queda después de hecho el queso. 4 ademán, Movimiento o actitud del cuerpo o de alguna parte suya, con que se manifiesta un afecto del ánimo. A MAIS EE + Analizar los géneros literarios de comienzos del siglo XVIII. + Emplear los elementos de cohesión textual, + Comprender las características formales de la poesía del siglo XIX. + Producir textos con coherencia y cohesión. Capítulo XVII. El pescador pocas leguas del castillo de Arbogad, se encontró Zadig a orillas de un Asus lamentando siempre su suerte, y mirándose como el epílogo le las desdichas humanas, Vio un pescador acostado a la orilla, que con desmayada mano retenía apenas sus redes que iba a dejar escapar, y alzaba los ojos al cielo. r—+ Por cierto que yo soy el más desdichado de todos los hombres, decía el pescador. Por confesión de todo el mundo he sido el más célebre mercader de requesones de toda Babilonia, y lo he perdido todo. Tenía la mujer más linda que pueda poseer hombre, y me ha engañado. Me quedaba una mala casucha, y la he visto talar y derribar. Refugiado en una cabaña, sin más recurso que la pesca, no saco ni un pescado. No quiero tirarte al agua, red mía, yo soy quien me he de tirar. Diciendo estas palabras se levantó en postura de un hombre resuelto a dar fin a su vida en el río. ¡Así, dijo Zadig para sí, hay otros hombres tan desdichados como yo! Tan pronto como esta idea fue la de acudir a librar de la muerte al pescador. Corre a él, le detiene, y le hace preguntas en ademán enternecido y consolador. Dicen que es uno menos desdichado cuando no es el solo; pero según Zoroastro no es por malicia, que es por necesidad, porque se siente uno entonces atraído por otro desventurado como por un semejante suyo. La alegría de un dichoso fuera in- sulto; y son dos desventurados como dos flacos arbolillos que, apoyándose uno en otro, contra la borrasca se fortalecen. ¿Por qué os rendís a vuestra desgracia? dijo Zadig al pescador. Porque no veo re- medio a ella, le respondió. He sido el vecino más pudiente de la aldea de Derlback, cerca de Babilonia, y con ayuda de mi mujer hacía los mejores requesones del imperio, que gustaban infinito a la reina Astarte y al célebre ministro Zadig. Había suministrado para entrambas casas seiscientos requesones: fui un día a Babilonia a que me pagaran, y supe que aquella misma noche se habían desaparecido Zadig y la reina. Fui corriendo a casa del señor Zadig, a quien nunca había visto, y en- contré a los alguaciles del gran Desterham, que con un papel del rey en la mano robaban con mucho orden y sosiego toda la casa. Púseme en volandas en la cocina de la reina; algunos de los gentiles-hombres de beca me dijeron que había muerto, otros que estaba presa, y otros afirmaron que se había escapado; pero todos estu- vieron contestes en que no se me pagarían mis requesones. Fuime con mi mujer a casa del señor Orcan, que era uno de mis parroquianos; le pedimos su amparo en nuestra cuita, y se le otorgó a mi mujer, y a mí no. Era mi mujer más blanca que los requesones que fueron el origen de mi desventura, y no brilla más la púrpura de Tyro que el color que su blancura animaba: por eso se la guardó Orcan, y me echó de su casa. Escribí a mi esposa desesperado una carta, y respondió al portador: "Sí, ya, ya sé quién me escribe, ya me han hablado de él; dicen que hace requesones excelentes: que me traiga, y que se los paguen”, Quise acudir a la justicia en mi desdicha. Quedábanme seis onzas de oro: fue menester dar dos al jurisperito que consulté, otras dos al procurador que se ao Powered by CamScanner