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Asignatura: Latín, Profesor: isabel isabel, Carrera: Filología Hispánica, Universidad: USAL
Tipo: Apuntes
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El primer amor de Febo: Dafne la Peneia, el cual no el azar ignorante se lo dio, sino la salvaje ira de Cupido. El Delio a él hacía poco, por su vencida sierpe soberbio, le había visto doblando los cuernos al tensarle el nervio, 455 y: «¿Qué tienes tú que ver, travieso niño, con las fuertes
armas?»,había dicho; «ellas son cargamentos decorosos para los hombros nuestros, que darlas certeras a una fiera, dar heridas podemos al enemigo,que, al que ahora poco con su calamitoso vientre tantas yugadas hundía,hemos derribado, de innumerables saetas henchido, a Pitón. 460 Tú con tu antorcha no sé qué amores conténtate con irritar, y las alabanzas no reclames nuestras». El hijo a él de Venus: «Atraviese el tuyo todo, Febo, a ti mi arco», dice, «y en cuanto los seres ceden todos al dios, en tanto menor es tu gloria a la nuestra». 465 Dijo, y rasgando el aire a golpes de sus alas,diligente, en el sombreado recinto del Parnaso se posó, y de su saetífera aljaba aprestó dos dardos de opuestas obras: ahuyenta éste, causa aquél el amor. El que lo causa de oro es y en su cúspide fulge aguda. 470 El que lo ahuyenta obtuso es y tiene bajo la caña plomo. Éste el dios en la ninfa Peneide clavó, mas con aquél
hirió de Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas. En seguida el uno ama, huye la otra del nombre de un amante, de las guaridas de las espesuras, y de los despojos de las cautivas 475 fieras gozando, y émula de la innupta Febe. Con una cinta sujetaba, sueltos sin ley, sus cabellos.Muchos la pretendieron; ella, evitando a los pretendientes, sin soportar ni conocer varón, bosques inaccesibles lustray de qué sea el Himeneo, qué el amor, qué el matrimonio, no cura. 480 A menudo su padre le dijo: «Un yerno, hija, me debes». A menudo su padre le dijo: «Me debes, niña, unos nietos». Ella, que como un crimen odiaba las antorchas conyugales, su bello rostro teñía de un verecundo rubor y de su padre en el cuello prendiéndose con tiernos brazos: 485 «Concédeme, genitor queridísimo» le dijo, «de una perpetua virginidad disfrutar: lo concedió su padre antes a Diana». Él, ciertamente, obedece; pero a ti el decor este, lo que deseas
que sea, prohíbe, y con tu voto tu hermosura pugna. Febo ama, y al verla desea las nupcias de Dafne, 490 y lo que desea espera, y sus propios oráculos a él le engañan; y como las leves pajas sahúman, despojadas de sus aristas, como con las antorchas los cercados arden, las que acaso un caminante o demasiado les acercó o ya a la luz abandonó,así el dios en llamas se vuelve, así en su pecho todo 495 él se abrasa y estéril, en esperando, nutre un amor. Contempla no ornados de su cuello pender los cabellos y «¿Qué si se los arreglara?», dice. Ve de fuego rielantes, a estrellas parecidos sus ojos, ve sus labios, que no es con haber visto bastante. Alaba sus dedos y manos 500 y brazos, y desnudos en más de media parte sus hombros:n lo que oculto está, mejor lo supone. Huye más veloz que el aura ella, leve, y no a estas palabras del que la revoca se detiene: «¡Ninfa, te lo ruego, del Peneo, espera! No te sigue un enemigo; ¡ninfa, espera! Así la
cordera del lobo, así la cierva del león, 505 así del águila con ala temblorosa huyen las palomas, de los enemigos cada uno suyos; el amor es para mí la causa de seguirte. Triste de mí, no de bruces te caigas o indignas de ser heridas tus piernas señalen las zarzas, y sea yo para ti causa de dolor.Ásperos, por los que te apresuras, los lugares son: más despacio te lo ruego 510 corre y tu fuga modera, que más despacio te persiga yo. A quién complaces pregunta, aun así; no un paisano del monte, no yo soy un pastor, no aquí ganados y rebaños, hórrido, vigilo. No sabes, temeraria, no sabes de quién huyes y por eso huyes. A mí la délfica tierra, 515 y Claros, y Ténedos, y los palacios de Pátara me sirven; Júpiter es mi padre. Por mí lo que será, y ha sido, y es se manifiesta; por mí concuerdan las canciones con los nervios. Certera, realmente, la nuestra es; que la nuestra, con todo, una saeta
más certera hay, la que en mi vacío pecho estas heridas hizo.
520 Hallazgo la medicina mío es, y auxiliador por el orbe se me llama, y el poder de las hierbas sometido está a nos: ay de mí, que por ningunas hierbas el amor es sanable, y no sirven a su
dueño las artes que sirven a todos». Del que más iba a hablar con tímida carrera la Peneia 525 huye, y con él mismo sus palabras inconclusas deja atrás, entonces también pareciendo
hermosa; desnudaban su cuerpo los vientos,y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias a ellas, y leve el aura atrás daba, empujándolos, sus cabellos, y acrecióse su hermosura con la huida. Pero entonces no soporta más 530 perder sus ternuras el joven dios y, como aconsejaba el propio amor, a tendido paso sigue sus plantas. Como el perro en un vacío campo cuando una liebre, el galgo, ve, y éste su presa con los pies busca, aquélla su salvación: el uno, como que está al cogerla, ya, ya tenerla 535 espera, y con su extendido morro roza sus plantas; la otra en la ignorancia está de si ha sido apresada, y de los propios mordiscos se arranca y la boca que le toca atrás deja: así el dios y la virgen; es él por la esperanza raudo, ella por el temor. Aun así el que persigue, por las alas ayudado del amor, 540 más veloz es, y el descanso niega, y la espalda de la fugitiva acecha, y sobre su pelo, esparcido por su cuello,
alienta. Sus fuerzas ya consumidas palideció ella y, vencida por la fatiga de la rápida huida, contemplando las peneidas ondas: «Préstame, padre», dice, «ayuda; si las corrientes numen tenéis, 545 por la que demasiado he complacido, mutándola pierde mi figura». Apenas la plegaria acabó un entumecimiento pesado ocupa su organismo, se ciñe de una tenue corteza su blando tórax, en fronda sus pelos, en ramas sus brazos crecen, el pie, hace poco tan veloz, con morosas raíces se prende, 550 su cara copa posee: permanece su nitor solo en ella. A ésta también Febo la ama, y puesta en su madero su diestra siente todavía trepidar bajo la nueva corteza su pecho, y estrechando con sus brazos esas ramas, como a miembros, besos da al leño; rehúye, aun así, sus besos el leño. 555 Al cual el dios: «Mas puesto que esposa mía no puedes ser, el árbol serás, ciertamente», dijo, «mío. Siempre te tendrán
a ti mi pelo, a ti mis cítaras, a ti, laurel, nuestras aljabas. Tú a los generales lacios asistirás cuando su alegre voz el triunfo cante, y divisen los Capitolios las largas pompas. 560 En las jambas augustas tú misma, fidelísisma guardiana, ante sus puertas te apostarás, y la encina central guardarás, y como mi cabeza es juvenil por sus intonsos cabellos, tú también perpetuos siempre lleva de la fronda los honores». Había acabado Peán: con sus recién hechas ramas la láurea 565 asiente y, como una cabeza, pareció agitar su copa.
Dédalo entre tanto, por Creta y su largo exilio lleno de odio, y tocado por el amor de su lugar natal, encerrado estaba en el piélago. “Aunque tierras”, dice, “y ondas 185 me oponga, mas el cielo ciertamente se abre; iremos por allá. Todo que posea, no posee el aire Minos.” Dijo y su ánimo remite a unas ignotas artes y la naturaleza innova. Pues pone en orden unas plumas, por la menor empezadas, a una larga una más breve siguiendo, 190 de modo que en pendiente que habían crecido pienses: así la rústica fístula un día paulatinamente surge, con sus dispares avenas. Luego con lino las de en medio, con ceras aliga las de más abajo, y así, compuestas en
¡Son de piedra!... estan sin vida!... ¡Nada de ellas sacar puedo Por mas que intento pulirlas!... ¿Donde estás, ingenio mio?... Talento mio, ¿qué via Has tomado? ¿qué te has hecho? Todo mi fuego es ceniza; ¡Se heló mi imaginacion! ¡Murió ya mi fantasía!
¡Ya solo saco del marmol Estatuas que á nadie admiran! Pigmalion, ya no haces Dioses: Solo eres vulgar artista.
Arroja los instrumentos de cincelar.
Andad, viles instrumentos, Origen de mis fatigas, Ya que no me dais hoy fama, No me causeis ignominia.
Pasease en ademán de hombre pensativo.
¡Á qué extremo tan funesto Has llegado, suerte mia! ¡Qué raro trastorno es éste, Que tanto el alma me agita! Tiro, ciudad opulenta Y soberbia, ya no excitan Mi afecto los monumentos De las artes que en tí brillan: Perdí el gusto de admirarlos: El trato de los artistas Y Filósofos me cansa; Los Poëtas me fastidian; Las alabanzas, la gloria No me mueven, no me animan; Aborrezco los aplausos, Aun aquellos que podria La posteridad rendirme
Perdió ya la amistad na Para mí sus atractivos, Y la sociedad me irrita. ¡Y vosotros, delicados Objetos, obras pulidas De la gran Naturaleza, Á quienes yo me atrevia Á imitar, quando tan solo Me complací en vuestra vista! ¡Vosotros, modelos mios, Que en mi espíritu encendiais
El fuego de amor é ingenio, No me causais ya harmonía Desde que excedió mi mano Á vuestra hermosura misma!...
Se sienta, y despues de dar vuelta con la vista al obrador, dice:
Un desconocido encanto, En este obrador me liga, Y, ni á trabajar acierto, Ni es fácil de él mi salida; Vagando de grupo en grupo, Paso las horas y dias, Y mi cincél desconoce Ya la mano que le guia; Ni estos bosquexos ya sienten La que darles pudo vida. Levántase con ímpetu y agitacion. Sí; perdido está mi ingenio: En mi juventud se mira Mi talento amortiguado!... ¡Ah Cielos! ¿qué llama activa Me consume interiormente? ¿Pueden encontrar cabida Donde el ingenio está muerto, Conmociones tan prolixas, Tan violentas inquietudes, Y agitacion tan contínua; Sin que yo á penetrar llégue La causa que las motiva?... Temí, que admirando mi obra Del afán me distrahía: Ese pavellon dispuse, Y con manos atrevidas Cubrí la mejor estatua De quantas el mundo admira; Pero desde que la oculto Crece mi melancolía, Y no pienso en otra cosa.... ¡En qué aprecio, mientras viva, Tendré alhaja tan insigne! Quando ya desvanecida Mi industria, no me produzca Obra alguna de mí digna, Mostrando á mi Galatéa, Diré á voces: Esto hacía Pigmalion en otros tiempos.... ¡O Galatéa Divina, Tú; quando todo me falte, Consolarás mis fatigas....
Mira la cortina que oculta á Galatéa, y suspira.
¡Ellas tocarla pudieron!.... ¡Mi boca tuvo osadía!.... Pigmalion, mira una falta.... La ropa está muy subida.... Aquellas gracias que oculta Es menester descubrirlas.
Vá ácia la estatua con cincél y martillo, sube la gradería cómo receloso y asombrado, va á dar un golpe, y se retira.
¡Qué temblor! ¡qué turbacion! ¡El cincél se me desliza! Ni puedo ya, ni me atrevo; Enmendarla es destruirla.
Da al fin un golpe, dexa caer el cincél y martillo, exclama con los dos primeros versos, y queda como atónito.
¡Qué asombro es éste, Dioses poderosos! ¡Al golpe del cincél la carne vibra!... Baxa trémulo. ¡Qué espantosa ilusion me sobresalta!.... Nó.... no la tocaré; pues con su ira Me amenazan los Dioses si lo intento.... Para Divinidad está escogida.... Mírala, Pigmalion.... ¿qué mudar quieres? ¿Qué nuevas gracias tienes que añadirla? Su misma perfeccion es su defecto: Si así no fuera, ¿qué la faltaría? Pero á hermosura tal la falta el alma; Y no debe desde hoy estár sin vida. Mirando tiernamente á Galatéa. Para animarse cuerpo tan perfecto ¡Qué espíritu tan grande necesita!.... ¿Qué deseos impuros son los mios?.... ¿Qué votos insensatos encaminas, Infelíz Pigmalion?.... ¡Sagrados Cielos! Quando está mi ilusion desvanecida, Si exâminar mi corazon quisiera, Me causára rubor, me indignaría.
Se entrega á un abatimiento que le obliga á apoyarse.
¿Y es ésta la pasion que me enagena? ¿Un objeto insensible es quien me obliga Á no salir de aquí? ¿ese marmol duro, Que trabajó este hierro, me domína? Recóbrate, insensato; mira, advierte Que estás en grave error, que ya deliras. Con ímpetu. Mas nó, que todo el juicio tengo entero, No hay en esto demencia, ni malicia. Si yo prendado estoy, no es de ese marmol, Es de un ser animado, á quien imita;
Es, sí, de una figura encantadora, Que al vivo representa ésta esculpida; Si hay, por dicha, en el Orbe tal figura, Sea qualquiera el suelo donde exista, Mientras llégo á saberlo, y á encontrarla, Mi corazon sus votos la encamina. Si causa mi delirio solamente El discernir la hermosa gallardía, Y es delito rendirme tanto á ella, ¡Deidades justicieras y benignas, Que á tal portento de beldad me inclina! Afectuosamente. ¡Con qué llama tan dulce y tan violenta Abrasa mis potencias, y me obliga Á entregarla otra vez el alma toda! ¡Pero ¡ah! que ella se queda yerta y fria, Aunque mi corazon, vuelto en vesubio, Salir quiere del pecho á darla vida!... ¡Pareceme que puedo facilmente Cederla el mismo ser que á mí me aníma!... Fallezca Pigmalion. Sea al instante, Como en su amable Galatéa viva. Mas ¿qué digo? si yo me transformára De admirarla y amarla; pues no sea Mi espíritu quien hoy la dé la vida, Anímese por otro; y yo la ame, Logrando ver mi fé correspondida. Fuera de sí. ¡Amor terrible!... ¡Amor el mas funesto! Mi corazon todo el infierno abriga... ¡Oh Dioses Soberanos, que estais viendo La violenta pasion que así me agita! Quantos prodigios, por menores causas, De vuestro gran poder el mundo admira? Doléos de mis penas; á este objeto Comunicad el ser que necesita.... Patéticamente.
Y tú, suprema esencia, que te ocultas Á los sentidos, y en el pecho brillas, Alma del Universo, de quien pende La existencia del hombre, y la harmonía De los quatro Elementos, fuego dulce, Venus celeste, sacra y peregrina: ¡Oh, Venus, por quien todo se conserva, Y siempre está en reproduccion contínua! ¿Qué se ha hecho tu equidad, y los auxilios De la rara virtud que comunicas? ¡En la naturaleza no hay ya leyes Que arreglen la pasion que me domína!
Aun es mayor delirio que el deséo, La esperanza que el lógro facilita. De este gran desvarío avergonzado, Ni á contemplar me atrevo quién me hechiza. Si quiero levantar los tristes ojos Á este objeto fatal, siento á su vista Una nueva inquietud, un nuevo espanto, Y una opresion que el respirar me priva. Irónicamente. ¡Anímate, infelíz! mira tu obra, ¡Tu atencion toda en esa estatua fixa! Repara que aníma la estatua. ¡Dioses, qué veo! ¡ó ver se me figura! ¡El color propio de las carnes mismas! ¡Moverse el cuerpo, y en sus ojos fuego! ¡Esto solo faltaba á mis desdichas!
Cree que el movimiento de la estatua es efecto de su imaginacion enardecida.
¡Infelíz Pigmalion! ¿qué te sucede? ¡Al extremo llegó tu fantasía! Te dexa la razon, como el ingenio, No sientas el perderla, pues perdída, Libertará tu fama del oprobio. Para el que adora un marmol es gran dicha Llenarse de frenéticas visiones Hasta el último instante de su vida.
Vuelve á mirar la estatua, y al notar que baxa los escalones, se arrodilla, y levanta los ojos al Cielo.
¡Oh soberana Venus! ¡oh prestigio De una llama de amor la mas activa! Galatéa tentandse á sí propia. Yo... Pigmalion sorprehendido. ...... ¡Yo!...... Galatéa volviendo á tentarse. ......... Esto es yó. Pigmalion. .................. ¡Oh encantadora Ilusion! que ya llenas de delicias Mis oídos, ¡ah! ¡nunca me abandones!...
Galatéa da algunos pasos, tienta otra estatua, y dice:
Esto no es yó.
Da vuelta Galatéa al obrador con la vista, Pigmalion la observa atentamente, ella al volverse, en medio del Teatro, llega á ponerle una mano sobre el hombro, él se la toma, la arrima á su pecho, y al mismo tiempo dice Galatéa, dando un suspíro:
............¡Esto es yó! sí...
Pigmalion.
..........................Sí, Divina Galatéa; sí, amable y dulce objeto, Obra la mas perfecta, y la mas digna De mi corazon, mis manos y los Dioses, Mi ser todo está en tí, y toda mi dicha Penderá desde hoy únicamente, En ser yo todo tuyo, en ser tú mia.