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lectura Swift, Ejercicios de Filología hispánica

Asignatura: modelos literarios ilustracion europea, Profesor: , Carrera: Filología Hispánica, Universidad: USAL

Tipo: Ejercicios

2017/2018

Subido el 16/06/2018

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UNA HUMILDE PROPUESTA
Para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y
hacerlos provechosos para la sociedad.
Jonathan Swift
Dublín, 1729
Encoge el corazón a todos aquellos que recorren esta gran ciudad, o viajan por el
campo, observar las calles, los caminos y los umbrales de las chabolas atestados de
mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro, cinco o seis niños,
harapientos todos ellos, que importunan a los viajantes en pos de una limosna.
Estas madres, lejos de poder trabajar y conseguir así un honrado sustento para sus
hijos, se ven obligadas a pasar todo el tiempo vagabundeando y mendigando el
alimento de sus desamparadas criaturas, quienes, tan pronto crecen, o bien se
hacen ladrones debido a la escasez de trabajo, o bien abandonan su amada patria
con el n de luchar al servicio del Pretendiente de España, o se venden para ir a
las Barbados.
Creo que todos los partidos coincidirán en que este asombroso número de niños,
en brazos, a la espalda, o tras los talones de sus madres, y a menudo de sus
padres, constituye, en el penoso estado actual del Reino, una gravísima carga
adicional. Por tanto, quienquiera que pudiese hallar un método lícito, económico y
fácil que transformara a todas estas criaturas en miembros sanos y útiles a la
comunidad, merecería ver erigida, en agradecimiento público, una estatua en su
honor como benefactores de la nación.
Pero mi intención dista mucho de limitarse a hallar una solución para los hijos de
los mendigos declarados: va mucho más allá, y abarca a la totalidad de los niños de
una determinada edad que han nacido de padres tan incapaces de criarlos como
aquéllos que solicitan nuestra caridad por las calles.
Por mi parte, habiendo dedicado muchos años a este tema tan importante, y
sopesado seriamente los diversos trabajos de otros pensadores, los encontré muy
errados en sus cálculos. Un niño, es verdad, puede sustentarse durante todo un
año con la leche materna y poco más, sin sobrepasar un gasto de dos chelines, o su
equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir fácilmente mediante su
lícita mendicidad. Y es precisamente a la edad de un año cuando yo propongo
cuidar de ellos de tal manera que, en lugar de constituir una carga para sus
progenitores, o la parroquia, y carecer durante el resto de sus vidas de comida y
ropa, puedan, por el contrario, contribuir a la alimentación y, en parte, al vestido
de muchos miles.
Hay también otra gran ventaja de mi plan, que desterrará de una vez por todas los
abortos provocados, y esa horrenda práctica que haría brotar las lágrimas y la
compasión en el pecho más salvaje e inhumano, en la que incurren las mujeres al
matar a sus hijos bastardos, sacricando a las pobres e inocentes criaturas, y que
tan frecuente es entre nosotros, más por evitar el gasto, sospecho, que por
vergüenza.
Suele estimarse en un millón y medio el número de almas de este Reino; de esa
cantidad calculo que debe de haber unas doscientas mil parejas en las cuales la
mujer sea fecunda; de dicho número resto treinta mil que puedan mantener a su
prole, aunque mucho me temo que no serán tantas dada la crisis en que está
sumido el país; pero, concedida esta cantidad, aún quedan ciento setenta mil
parejas fértiles. Resto de nuevo cincuenta mil mujeres que malparan, o cuyos hijos
perezcan por accidente o enfermedad durante el primer año de vida. Sólo quedan
ciento veinte mil niños que nazcan de padres pobres anualmente; la pregunta es,
por tanto, de qué manera podrán ser educados y mantenidos: como ya he dicho, es
completamente imposible bajo el presente estado de cosas y mediante todos los
métodos propuestos hasta ahora; y no podemos recurrir a emplearlos en la
artesanía o en la agricultura, ya que ni construimos casas (en el campo, se
entiende), ni cultivamos la tierra.
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UNA HUMILDE PROPUESTA

Para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y hacerlos provechosos para la sociedad. Jonathan Swift Dublín, 1729

Encoge el corazón a todos aquellos que recorren esta gran ciudad, o viajan por el campo, observar las calles, los caminos y los umbrales de las chabolas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro, cinco o seis niños, harapientos todos ellos, que importunan a los viajantes en pos de una limosna. Estas madres, lejos de poder trabajar y conseguir así un honrado sustento para sus hijos, se ven obligadas a pasar todo el tiempo vagabundeando y mendigando el alimento de sus desamparadas criaturas, quienes, tan pronto crecen, o bien se hacen ladrones debido a la escasez de trabajo, o bien abandonan su amada patria con el fin de luchar al servicio del Pretendiente de España, o se venden para ir a las Barbados.

Creo que todos los partidos coincidirán en que este asombroso número de niños, en brazos, a la espalda, o tras los talones de sus madres, y a menudo de sus padres, constituye, en el penoso estado actual del Reino, una gravísima carga adicional. Por tanto, quienquiera que pudiese hallar un método lícito, económico y fácil que transformara a todas estas criaturas en miembros sanos y útiles a la comunidad, merecería ver erigida, en agradecimiento público, una estatua en su honor como benefactores de la nación.

Pero mi intención dista mucho de limitarse a hallar una solución para los hijos de los mendigos declarados: va mucho más allá, y abarca a la totalidad de los niños de una determinada edad que han nacido de padres tan incapaces de criarlos como aquéllos que solicitan nuestra caridad por las calles.

Por mi parte, habiendo dedicado muchos años a este tema tan importante, y sopesado seriamente los diversos trabajos de otros pensadores, los encontré muy errados en sus cálculos. Un niño, es verdad, puede sustentarse durante todo un año con la leche materna y poco más, sin sobrepasar un gasto de dos chelines, o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir fácilmente mediante su lícita mendicidad. Y es precisamente a la edad de un año cuando yo propongo cuidar de ellos de tal manera que, en lugar de constituir una carga para sus progenitores, o la parroquia, y carecer durante el resto de sus vidas de comida y ropa, puedan, por el contrario, contribuir a la alimentación y, en parte, al vestido de muchos miles.

Hay también otra gran ventaja de mi plan, que desterrará de una vez por todas los abortos provocados, y esa horrenda práctica que haría brotar las lágrimas y la compasión en el pecho más salvaje e inhumano, en la que incurren las mujeres al matar a sus hijos bastardos, sacrificando a las pobres e inocentes criaturas, y que tan frecuente es entre nosotros, más por evitar el gasto, sospecho, que por vergüenza.

Suele estimarse en un millón y medio el número de almas de este Reino; de esa cantidad calculo que debe de haber unas doscientas mil parejas en las cuales la mujer sea fecunda; de dicho número resto treinta mil que puedan mantener a su prole, aunque mucho me temo que no serán tantas dada la crisis en que está sumido el país; pero, concedida esta cantidad, aún quedan ciento setenta mil parejas fértiles. Resto de nuevo cincuenta mil mujeres que malparan, o cuyos hijos perezcan por accidente o enfermedad durante el primer año de vida. Sólo quedan ciento veinte mil niños que nazcan de padres pobres anualmente; la pregunta es, por tanto, de qué manera podrán ser educados y mantenidos: como ya he dicho, es completamente imposible bajo el presente estado de cosas y mediante todos los métodos propuestos hasta ahora; y no podemos recurrir a emplearlos en la artesanía o en la agricultura, ya que ni construimos casas (en el campo, se entiende), ni cultivamos la tierra.

Ellos muy raras veces pueden levantar su sustento robando hasta que no alcanzan los seis años de edad, salvo cuando son muy precoces, aunque debo reconocer que aprenden los rudimentos del oficio mucho antes. Sin embargo, durante este tiempo sólo merecen el título de aprendices: al respecto me informó un importante caballero en el condado de Cavan, el cual me aseguró que nunca había sabido de más de uno o dos casos de menores de seis años, incluso en una parte del Reino tan renombrada por su asombrosa pericia en aquel arte. Me aseguran nuestros traficantes que un niño o una niña, antes de los doce años, no tiene fácil venta, e incluso a esa edad no subirán de una libra o, a lo sumo, de una libra y media corona en la transacción, lo que no compensa, ni con mucho, a sus padres o al Reino el desembolso en su alimentación y vestido, que ascendería, como poco, a cuatro veces aquella cantidad.

Por consiguiente, ahora expondré humildemente mis propios pensamientos, con la esperanza de que no den lugar a la menor objeción.

Un americano muy entendido que conozco en Londres me ha asegurado que una criatura, sana y bien amamantada es, con un año, el más exquisito, nutritivo y saludable plato, ya sea estofada, asada, al horno o hervida, y no me cabe duda de que servirá tanto para un fricasé como para un guisado.

Por tanto, expongo humildemente a la pública consideración lo siguiente: que de los ciento veinte mil niños ya estimados, veinte mil pueden reservarse para el apareamiento; de estos, sólo una cuarta parte serán machos, que es más de lo que permitimos en la cría de ovejas, vacas o cerdos. Y me baso para ello en que estos niños muy rara vez son fruto del matrimonio, estado de poca aceptación entre nuestro pueblo, y, por consiguiente, un macho bastará para montar a cuatro hembras.

Que los cien mil restantes pueden, al cumplir un año, ser puestos a la venta para las personas de alcurnia y fortuna, en todo el Reino, no sin antes aconsejar a la madre que los amamante generosamente durante el último mes, con el fin de entregarlos rollizos y mantecosos para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una cena en honor para los amigos; cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero compondrá un plato muy cumplido, y, convenientemente hervido y condimentado con una pizca de pimienta o de sal, aguantará cuatro días, sobre todo en invierno.

He calculado que, por término medio, un niño recién nacido pesa doce libras, y que al cabo de un año solar, convenientemente amamantado, alcanzará las veintiocho.

Reconozco que esta comida será algo cara, y por tanto muy apropiada para los terratenientes, quienes, habiendo devorado ya a la mayoría de los padres, parecen tener todo el derecho a hacer lo propio con los hijos.

La carne de niño estará de temporada todo el año, pero habrá más abundancia en marzo, y en los días anteriores y posteriores, porque, como nos ha dicho un importante autor (eminente médico francés), el pescado es una prolífica dieta, y la prueba es que hay más niños nacidos en los países católicos romanos unos nueve meses después de la Cuaresma que durante cualquier otra estación.

Contando, por consiguiente, un año a partir de la Cuaresma, los mercados se verán más abastecidos que de costumbre, porque el número de niños católicos es, al menos, de tres a uno en este Reino. Así habrá una ventaja indirecta al menguar la cantidad de papistas entre nosotros.

He calculado que el coste de manutención de una cría de mendigo (entre los que incluyo a todos los chabolistas, los braceros y las cuatro quintas partes de los campesinos) rondará los dos chelines anuales, harapos incluidos, y estoy convencido de que no habrá caballero alguno que ponga reparos a pagar diez chelines por una pieza de niño bien cebado, que , como ya he dicho, dará cuatro fuentes de excelente y nutritiva carne, cuando siente a su mesa a algún amigo exigente, o cuando coma con su propia familia. De este modo el hacendado aprenderá a ser un buen patrón, y su prestigio crecerá entre sus peones; la madre

He divagado demasiado, así que volveré a mi asunto. Creo que las ventajas que ofrece la propuesta presentada son claras y numerosas, y todas ellas de capital importancia.

Primero, como ya he hecho notar, se reduciría en gran medida el número de papistas, que nos infestan cada año y son los más prolíficos de la nación, así como nuestros enemigos más peligrosos, y que están aquí con el único propósito de entregar el Reino al Pretendiente, en la esperanza de aprovechar la ausencia de tantos buenos protestantes, que han elegido salir del país antes que permanecer en su patria pagando, en contra de sus conciencias, los diezmos a la curia episcopal.

Segundo, los arrendatarios más pobres, que jamás han sabido lo que es tener dinero, poseerán alguna propiedad de valor, que, según la Ley, pude ser objeto de embargo, y que les ayudará a pagar la renta a los terratenientes, perdidos ya su ganado y su grano.

Tercero, dado que la manutención de cien mil niños mayores de dos años no puede ser estimada en menos de diez chelines por año y persona, el tesoro de la nación se verá, como consecuencia, incrementado en cincuenta mil libras anuales; además, está la creación de un nuevo plato, introducido en la mesa de todo caballero adinerado y de refinado paladar que haya en el Reino. Y como la mercancía será producida y manufacturada por nosotros mismos, el dinero no saldrá del país.

Cuarto, además de la ganancia de ocho chelines anuales por la venta de sus crías, las hembras más prolíficas se verán liberadas de la carga de su manutención después del primer año.

Quinto, esta comida podría, asimismo, atraer mayor clientela a las tabernas, al tiempo que los mesoneros tendrán seguramente la precaución de conseguir las recetas que más ensalcen los manjares, haciendo así que sus establecimientos sean frecuentados por aquellos distinguidos caballeros que se precien, con justicia, de su dominio del arte del buen comer; y un hábil cocinero que sepa cómo complacer a sus clientes se las arreglará para que el precio del menú esté a la altura de los comensales.

Sexto, esta medida supondría un gran incentivo para el matrimonio, vínculo que todas las naciones sabias han fomentado con recompensas, o impuesto mediante leyes y castigos. Aumentaría el cuidado y ternura que las madres dispensan a sus hijos, en la seguridad de que los pobres niños estarían colocados de por vida, sostenidos de una u otra forma por la sociedad, y que iban a recibir de ellos ganancias en lugar de gastos. Veríamos una leal competencia entre las casadas por ver cuál de ellas aportaba las criaturas más regordetas al mercado. Los hombres, por su parte, serían tan afectuosos con sus mujeres, durante el tiempo de la gestación como lo son ahora con sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están a punto de parir, y no las amenazarían con darles golpes y patadas (como tienen por costumbre) ante el peligro de un aborto.

Y así se pueden seguir enumerando multitud de ventajas: por ejemplo, el incremento de piezas de nuestra exportación de reses en barricas en algunos miles de unidades; el incremento de las existencias de carne de cerdo y la mejora de la técnica de elaboración de tocino de calidad, tan escaso entre nosotros debido a la excesiva matanza de cochinillos, omnipresentes en nuestra mesa. Aunque no resisten la comparación con el sabor y finura de un niño de apenas un año, crecidito y rollizo, que, asado en una pieza, hará un gran papel en el banquete de Lord Mayor, o en cualquier otro festín oficial. Pero omito ésta y otras muchas ventajas en aras de la brevedad.

Suponiendo que en esta ciudad hubiera mil familias que consumiesen habitualmente carne de niño, a las que se sumarían, además, otras que pudieran adquirirla para fiestas señaladas, tales como bodas y bautizos, calculo que Dublín se llevaría anualmente unos veinte mil niños, y el resto del Reino (donde probablemente se vendería algo más barata) los restantes ochenta mil.

No se me ocurre objeción alguna que pudiera hacerse a este plan, a menos que se alegara que por este medio descendería enormemente la población del país. Esto lo admito sin reserva, y en realidad fue la razón principal que me impulsó a darlo a la luz pública. Deseo hacer hincapié, querido lector, en que he ideado dicho remedio única y exclusivamente para este Reino de Irlanda, y no para ningún otro país, presente, pasado o (así lo creo) futuro que sobre la faz de la tierra se halle. Por tanto, que nadie me hable de otros recursos tales como crear un impuesto de cinco chelines por libra como fondo para nuestros desempleados; ni el de usar únicamente ropa y muebles de fabricación propia. Tampoco la prohibición tajante de materiales o instrumentos que fomenten los lujos foráneos, o la erradicación de la dispendiosa altivez, vanidad, holgazanería y la pasión por el juego de nuestras mujeres me parecen soluciones viables.

Y mucho menos inculcar un talante de austeridad, prudencia y sobriedad; o aprender a amar a nuestro país, sentimiento en el que nos superan hasta los lapones e incluso los habitantes de Topinamboo; olvidar nuestros enojos y discordias y dejar de una vez por todas de emular a los judíos, que se mataron entre ellos en el preciso instante en que iba a ser tomada su ciudad; tener el buen juicio de no vender el país y las conciencias a ningún precio; enseñar a los terratenientes a tener un poco de compasión para con sus arrendatarios.

Por último, que nadie ose proponerme como solución el inculcar a nuestros comerciantes sentimientos de honradez, diligencia y destreza, pues éstos, si se acordara adquirir exclusivamente nuestros productos, no tardarían en confabular para ver la manera de estafarnos en los precios, medidas y calidades, y jamás se dispondrían, por mucho que se les insistiera, a elaborar unas reglas imparciales para regular el comercio.

Por tanto, una vez más lo digo, que no se mencionen en mi presencia estas o parecidas medidas, mientras no se tenga al menos un atisbo de esperanza de que algún día se hará un esfuerzo firme y sincero para ponerlas en práctica.

En lo que a mí respecta, aburrido de ofrecer durante años pensamientos vanos, inútiles y quiméricos, y habiendo perdido toda esperanza de alcanzar el éxito, di, felizmente, con este proyecto, que es absolutamente novedoso, tiene un fundamento sólido y realista, no exige grandes desembolsos, carece de complicaciones y está por completo al alcance de nuestras posibilidades. Con él, no corremos el riesgo de atraer las iras de Inglaterra, al no ser exportable este tipo de mercancía, siendo dicha carne de consistencia demasiado blanda como para admitir la salazón durante un prolongado periodo; aunque podría mencionar algún que otro país que se alegraría de devorar, incluso cruda, a toda nuestra nación. Sin embargo, no estoy tan ciegamente apegado a mis opiniones como para rechazar cualquier oferta, sugerida por personas de reconocida sabiduría, y que sea igualmente inocua, barata, asequible y eficaz. Mas antes de que se me ponga algún pero a mi plan, aportando la mejora que sea, desearía que el autor, o autores, consideraran con madurez dos aspectos. Primero, cómo se las van a arreglar, en las actuales circunstancias, para encontrar alimento y ropa para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en todo este Reino cerca de un millón de seres con forma humana, su solo sustento sufragado en común les acarrearía una deuda de dos millones de libras esterlinas, añadiendo a los que son mendigos profesionales el grueso de los campesinos, jornaleros y peones, que es como si fueran mendigos, con sus mujeres e hijos; desearía que aquellos políticos a quienes disgusta mi propuesta, y que pudieran ser tan audaces como para intentar refutarla, preguntaran primero a los padres de esos condenados a muerte desde la cuna si en su día no hubieran sentido una gran alegría al ser vendidos como alimento, al cumplir un año, de la forma que he planteado, ahorrándose así esas cotidianas escenas de desdicha que han sufrido desde entonces, por la opresión de los hacendados, la imposibilidad de pagar las rentas al no tener dinero ni ocupación, la carencia de alimentos de primera necesidad, sin casa ni ropa con qué protegerse de las inclemencias del tiempo, y la completa seguridad de legar similares o mayores miserias a sus descendientes por los siglos de los siglos.

Un año más tarde publicó, inicialmente en forma anónima, lo que sería su obra maestra, una serie de libros titulada Viajes a varios lugares remotos del planeta , más conocida actualmente como Los viajes de Gulliver. Esta obra, que resultó en éxito inmediato, es una sátira a toda la humanidad, al punto que en el cuarto (y último tomo) expone la idea de que suele resultar más estimulante y agradable la vida junto a diferentes tipos de animales que junto a otras personas. Durante mucho tiempo estuvo prohibido el episodio final del tercer capítulo debido a consideraciones antibritánicas. A pesar de que originalmente el libro fue concebido como una sátira de la humanidad y un ataque ácido a la sociedad y sus integrantes , con el tiempo Swift fue agregando reflexiones de diferente índole, alivianando un poco la textura. Debido a la imaginación del autor y la sencillez de la redacción fue aceptada por diferentes públicos, al punto de que el primero de los tomos se ha convertido en un clásico de la literatura infantil (aunque la obra nunca fue pensada para niños).

En 1729 publicó un clásico del humor negro, Una humilde propuesta (también conocida como Una modesta proposición , A modest proposal en inglés). Este escrito fue realizado en un momento de crisis en Irlanda, donde la pobreza y el hambre se difundieron sobre el territorio, y en el mismo realiza una serie de propuestas, que giran en torno a una misma idea, para reducir la pobreza y a su vez aumentar el tesoro del Reino: utilizar los hijos de los pobres como manjares en las mesas de los ricos.

A partir de finales de la década de 1720, Swift comenzó a encerrarse en sí mismo (tras la muerte de Esther Johnson en 1724 y su otra mimada, Esther Vanhomrigh en 1728), acentuando su visión crítica de la sociedad y recrudeciendo su sátira. A mediados de la década de 1930 empezó a sufrir ataques de vértigo y a perder la audición , cayendo lentamente en la demencia. Tras un largo periodo de decadencia mental, falleció en su ciudad natal el 19 de octubre de 1745 a los 77 años de edad. Sus restos fueron sepultados en la Catedral de San Patricio de Dublin, junto a Esthen Johnson. Su epitafio reza lo siguiente:

Aquí yace Jonathan Swift, D., deán de esta catedral, en un lugar en que la ardiente indignación no puede ya lacerar su corazón. Ve, viajero e intenta imitar a un hombre que fue un irreductible defensor de la libertad”