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Asignatura: Historia Medieval de la Península Ibérica, Profesor: , Carrera: Historia, Universidad: UNIOVI
Tipo: Apuntes
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Director de la serie: José Carlos Bermejo Barrera
O C E A N V S
Galaicos
Astures Cántabro
Túrdulos «veteres»
Vacceos
Durius
Carpetanos
Vettones Lusitanos (^) Tagus
Anas
Baetis
Oretan
Túrdulos
Turdetanos
Célticos
Conios
CÁDIZ
0 150 km
ajnagkhi qeivai
El estudio de los pueblos prerromanos de la península Ibérica es una parcela de la Historia Antigua de la península Ibérica que se ha desarro- llado extraordinariamente en las últimas décadas. Puede decirse sin mie- do a exagerar que la visión que tenemos actualmente de ellos es radi- calmente diferente a la que teníamos hace veinticinco o treinta años. Este avance es fruto del desarrollo de excavaciones arqueológicas más abundantes y planteadas con una metodología más científica, de los pro- gresos en disciplinas auxiliares como la filología, la epigrafía, la nu- mismática, pero también de la relectura de los textos clásicos –nuestra principal fuente de información– que plantean preguntas nuevas y se analizan con mayor rigor. De esta manera, en los últimos años se ha ido formando una disciplina, la paleohispanística, que busca el conocimien- to cada vez más completo de las poblaciones prerromanas, tanto desde el punto de vista étnico como cultural, lingüístico, económico, social, político y religioso; es decir, desde una perspectiva global. Naturalmente, el estudio de estos pueblos será muy diferente según quién lo plantee. Dicho estudio hará hincapié en aspectos muy distin- tos según lo realice un lingüista, un arqueólogo o un historiador. Pero en el estado actual de los conocimientos, todos son conscientes de que necesitan tener en cuenta los conocimientos de las otras disciplinas. Durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo XX, por refe- rirnos sólo al periodo posterior a la Guerra Civil española, en este tipo de estudios primó el interés por las características étnicas y la distribu- ción geográfica de los pueblos prerromanos. Gran parte de estos estu- dios estuvo lastrada por prejuicios acientíficos debidos a la situación política de España entonces y a la existencia de un régimen dictatorial que condicionaba fuertemente los resultados de la investigación. Así se sucedieron teorías panceltistas o iberistas, según se quisiera subrayar la
davía. A partir del siglo V a.C., los iberos del sudeste y de la costa de Levante desarrollaron también sus propios sistemas de escritura, pero de momento tampoco estamos en condiciones de traducir los textos ibéricos. En una fecha imprecisa, quizá en el siglo II a.C., los celtíberos aprendieron de los iberos la práctica de la escritura, dejando algunas decenas de textos cortos sobre cuyo significado general podemos ha- cernos una idea, pero todavía no podemos hacer una traducción exacta. En cuanto a los restantes pueblos peninsulares, se convirtieron en so- ciedades letradas después de la conquista romana.
De todas maneras, los textos tartésicos e ibéricos son generalmente breves; consisten en marcas de propiedad, epitafios, cartas de comercio o quizá disposiciones jurídicas o religiosas pero son, en todo caso, insu- ficientes para reconstruir la estructura social, aunque seguramente se- rían de gran ayuda si pudieran traducirse. Si existió otro tipo de litera- tura indígena sobre soportes perecederos, no lo sabemos. De manera que la principal fuente de información son las noticias de los autores griegos y latinos sobre la península Ibérica. Sabemos que existía también una literatura púnica; y por referencias indirectas cono- cemos dos periplos cartagineses, el de Hannón y el de Himilcón, hacia el siglo V a.C., que debían dar noticias sobre ella. Pero el ocaso de la cultura cartaginesa tras la destrucción de Cartago en la Tercera Guerra
Los pueblos prerromanos según la Ora Maritima de Avieno (siglo VI a.C.) (según Domínguez Monedero).
Púnica ha hecho que esta literatura se perdiera. Las noticias griegas más antiguas se remontan a la época de las colonizaciones y son noticias muy fragmentarias que contienen, además, muchos datos míticos o legenda- rios, por lo que su interpretación es siempre difícil. Suponemos que una de las más antiguas es un periplo marsellés del siglo VI a.C. que plagia- ría, mil años más tarde, en el siglo IV de nuestra era, un poeta erudito de finales del Imperio romano, Avieno. Del cotejo de este supuesto periplo con otros datos de la época, con el auxilio de los hallazgos arqueológi- cos, podemos conocer algunos aspectos de la Península en aquella épo- ca, especialmente lo referente al estado de Tartessos. A finales del siglo VI a.C. el comercio griego con el sur de la Penín- sula parece haber entrado en crisis, tal vez a consecuencia de la compe- tencia mayor de fenicios y cartagineses y de la derrota de los focenses en la batalla de Alalia (525 a.C.). El interés griego se dirige entonces ha- cia la costa de Cataluña y, sobre todo, del sur de Francia, donde habían fundado Marsella. Por otra parte, en Italia y en Sicilia surgen importan- tes estados que compiten con los propios griegos, interponiendo una es- pecie de pantalla entre ellos y el extremo Occidente, que se debía ver más lejano. Los propios griegos consumen sus energías no sólo en lu- chas entre ellos sino, sobre todo, contra el Imperio persa, lo que hace que su atención se dirija predominantemente hacia Oriente. La penínsu- la Ibérica entra entonces en lo que nos parece una larga noche que dura los siglos V y IV a.C., en la que los testimonios griegos con que conta- mos son indirectos y proceden de autores que no estuvieron nunca en ella. Hay referencias en Hecateo de Mileto y en Herodoto, en Éforo y en Timeo, pero son muy fragmentarias e imprecisas. Durante este pe- riodo, por consiguiente, solamente contamos con las fuentes arqueoló- gicas. Éstas, aunque cada vez más abundantes, son lógicamente muy di- fíciles de interpretar desde el punto de vista histórico sin ayuda de fuentes literarias. Durante estos siglos debieron de producirse transfor- maciones muy importantes que solamente podemos sospechar de ma- nera muy vaga: el final definitivo del estado tartésico y profundas trans- formaciones étnicas y políticas en la parte meridional de la Península, el surgimiento de la civilización ibérica, la configuración de los grupos ét- nicos y culturales de la Meseta Central, etc. Una muestra de dichas transformaciones es que muchos pueblos mencionados por el periplo marsellés no vuelven a ser citados de nuevo, cuando tenemos fuentes más abundantes a partir del siglo III a.C.; y, por el contrario, aparecen nu- merosas poblaciones nuevas. Es a partir de finales del siglo III a.C. cuando volvemos a tener una información cada vez más abundante acerca de los pueblos y los acon- tecimientos de la Península. Ello se debe a que, con posterioridad a la Primera Guerra Púnica, los cartagineses se dedicaron a ampliar sus do- minios en ella para compensar las pérdidas territoriales en Sicilia, Cór-
primeros siglos de nuestra era se desarrolla una literatura de carácter geográfico que mezcla también elementos etnológicos e históricos, di- rigida al mejor conocimiento de los territorios conquistados para su ex- plotación económica. A este género pertenecen tres obras fundamenta- les para el conocimiento de la Hispania Antigua y de los pueblos prerromanos: el libro III de la Geografía de Estrabón, los capítulos dedi- cados a Hispania en los libros III y IV de la Historia natural de Plinio el Viejo, y la Geografía de Ptolomeo. La obra de Estrabón, precisa- mente, es, como decía Schulten, el libro de cabecera de cualquiera que se interese por la península Ibérica en la Antigüedad y por los pueblos prerromanos: nocturna volvenda manu, volvenda diurna. En definitiva, hemos de valernos de fuentes literarias de la época de la conquista o de la romanización para estudiar la organización de los pueblos prerromanos. Esto hace, naturalmente, que no siempre es- temos seguros de que, con anterioridad al importante fenómeno que supuso la conquista romana, las cosas fueran iguales. Parte de estas dudas, de las omisiones y de los errores de las fuentes literarias pue- de ser subsanada mediante los datos proporcionados por la epigrafía, la numismática, la arqueología y la lingüística. Como hemos visto anteriormente, distintas poblaciones peninsulares desarrollaron, al contacto con los colonizadores, sus propios sistemas de escritura. Aunque la mayoría de los textos no pueden ser traducidos, sí que po- demos conocer, por ejemplo, los nombres propios de persona y con- frontarlos con los que nos transmiten los autores clásicos o conocer también los nombres indígenas de algunas instituciones. La numis- mática, por otra parte, ofrece información también sobre los nombres indígenas de las ciudades que acuñaron moneda. Los datos lingüísti- cos ofrecidos por la epigrafía y la numismática son de una gran im- portancia para conocer la adscripción étnica y lingüística de los dife- rentes pueblos prerromanos. La epigrafía latina, por otra parte, nos suministra muchísimos datos acerca de la economía, instituciones, re- ligión, onomástica y formas de vida de los pueblos prerromanos. La arqueología, por su lado, proporciona informaciones muy abundantes acerca de las formas de hábitat, los ritos funerarios, las prácticas eco- nómicas y aspectos de la vida cotidiana que no aparecen en las fuen- tes literarias. Hacia finales del segundo milenio y comienzos del primer mile- nio antes de Cristo, casi sincrónicamente con la llegada de los prime- ros colonizadores fenicios y griegos a las costas del Mediodía, se pro- dujo la llegada a la Península de gentes de procedencia centroeuropea que eran ya, posiblemente, hablantes de lenguas indoeuropeas, prin- cipalmente celtas. Actualmente, los prehistoriadores opinan que no hay que imaginar estos movimientos al estilo de las grandes invasio- nes germánicas que destruyeron el Imperio romano en el siglo V de
nuestra era sino, más bien, como el flujo continuado de pequeños gru- pos de agricultores y pastores nómadas. Los primeros grupos pene- traron en el siglo XI a.C. por los pasos orientales del Pirineo y ocupa- ron Cataluña y el Bajo Aragón. Estos individuos introdujeron un nuevo ritual funerario: la incineración, tras la cual depositaban las ce- nizas de los difuntos en urnas o vasos de cerámica muy decorada. Por esta razón reciben el nombre de pueblos de «campos de urnas» ( Ur- nenfelder, en alemán). Un poco después, en el siglo VIII a.C., grupos distintos, principalmente ganaderos, penetraron por los pasos centra- les y occidentales del Pirineo, ocuparon Aragón y parte de Navarra. Lo más característico de ellos es que depositaban las cenizas de los difuntos también en vasos de cerámica, cubiertos con un pequeño tú- mulo de tierra revestido a veces de un encanchado de piedras; por ello esta cultura se denomina «de los campos de túmulos». Los prehisto- riadores suelen datar a partir de la llegada de estas poblaciones el ini- cio de la Edad del Hierro, aunque la presencia de este metal es todavía muy escasa y lo más característico es una metalurgia muy desarrolla- da del bronce. Otra de las innovaciones introducidas por estos inmi- grantes sería la casa rectangular, que sustituye a las casas circulares, características de las poblaciones del Bronce pleno de la Península. Los campos de túmulos portarían una cultura que se ha calificado de hallstáttica, por su semejanza con la cultura de Hallsttat centroeuro- pea, siendo uno de sus yacimientos más característicos el de Cortes de Navarra. Desde el valle del Ebro estas poblaciones penetran en la Meseta Cen- tral por los pasos de la Cordillera Ibérica y por el valle del Jalón, siendo los responsables de la indoeuropeización de la misma. Las circunstancias concretas de dicha indoeuropeización, y del tránsito de la Edad del Bron- ce a la Edad del Hierro, en la Meseta Central no son todavía completa- mente bien conocidas. Frente a las teorías invasionistas vigentes hasta fechas recientes, actualmente los prehistoriadores tienden a señalar la complejidad de estos fenómenos y la evolución in situ de las propias po- blaciones locales, así como la influencia de unos primeros estímulos me- diterráneos y coloniales que llegan hacia los siglos VII-VIII a.C. a la mese- ta sur a Francia de los valles del Tajo y del Guadiana. Parece que la Meseta Central estaría poco habitada durante el final de la Edad del Bronce; ello explicaría que las lenguas indoeuropeas predominasen en ella. En Cataluña y en Aragón, donde la población preexistente era más abundante, la lengua o lenguas de los recién lle- gados no lograron predominar, por lo que posteriormente estas zonas aparecen como de habla ibérica. En el extremo occidental, donde, dada la distancia geográfica, los invasores llegarían en menor núme- ro, y donde la población anterior era más abundante, se documentan numerosos celtismos, sobre todo en la toponimia, pero la lengua ha-
De esta manera, inmediatamente antes de la conquista romana la península Ibérica estaba dividida en dos grandes áreas étnicas y lin- güísticas. La mayor parte de la Meseta Central, con la franja cantá- brica y la orla occidental estaba ocupada por poblaciones indoeuro- peas, célticas en su mayor parte, llegadas a comienzos del primer milenio a.C. La parte meridional de la Meseta, Andalucía, Levante, la mayor parte del valle del Ebro y de la montaña pirenaica estaba ocu- pada por poblaciones no indoeuropeas que continuaban el pobla- miento de la Edad del Bronce y hablaban también lenguas diferentes. Además de esta diversidad étnica y lingüística, existían también gran- des diferencias económicas, sociales y políticas entre unos pueblos y otros, de manera que una característica fundamental de la península Ibérica antes de la conquista romana es su gran heterogeneidad des- de todos los puntos de vista.
nuevos yacimientos arqueológicos en la zona de Huelva y del Bajo Guadalquivir con importantes y ricos materiales de importación co- lonial de los siglos VIII y VII a.C. A partir de esa época, la investiga- ción sobre Tartessos se orientó más en el sentido de definir lo que sería en términos arqueológicos una cultura tartésica, que estaría caracteri- zada por una fuerte impronta colonial, antes que por el empeño en lo- calizar la situación de la ciudad.
En los textos clásicos Tartessos aparece repetidamente como un lugar situado en el extremo occidente extraordinariamente rico en metales preciosos, en plata y oro. En dichos textos Tartessos es tanto el nombre de una ciudad, como del río que pasa junto a ella, como del país o la región donde están la ciudad y el río, al igual que sucede, por ejemplo, en la obra de un autor tardío: Esteban de Bizancio. El texto fidedignamente histórico más antiguo que nos habla so- bre Tartessos es un pasaje de Herodoto inserto en su narración de la fundación de la colonia de Cirene por los habitantes de la isla de Tera, hecho bien documentado que se sitúa hacia los años 630-620 a.C. En él, Herodoto ( Hist. IV,152) cuenta cómo un tal Coleo de Samos, que se dirigía navegando de Egipto a Creta, fue alcanzado por una tem- pestad y empujado por los vientos de Levante hacia Occidente; más allá de las columnas de Heracles, es decir, del Estrecho de Gibraltar, llegó a un lugar llamado Tartessos riquísimo en oro y plata y que era todavía un emporio, es decir, en el sentido griego de la palabra, un lu- gar de comercio, virgen. Con las ganancias que efectuó en su viaje, Coleo se convirtió en el más rico de los comerciantes griegos, dice Herodoto, si se exceptúa a Sóstrato de Egina. Muchos autores que ne- garon la validez a este relato de Herodoto, lo consideraban una le- yenda sin fundamento histórico. No obstante, el hallazgo reciente de un exvoto en Italia firmado por el mencionado Sóstrato contribuye a dar credibilidad a lo que Herodoto dice. En otro lugar, el mismo Herodoto narra que los griegos de Focea te- nían gran pericia en la navegación, para la que usaban quinquerremes, con las cuales comerciaban, entre otros lugares, con Tartessos ( Hist. I,163). Los focenses habían trabado amistad con su rey, Argantonio, y cuando los persas comenzaron a presionar sobre las ciudades griegas de Jonia, éste les ofreció dejar su ciudad e irse a vivir a Tartessos. Más adelante, no obstante, dice Herodoto que cuando Focea cayó ante los persas, lo que se sitúa hacia el 546 a.C., Argantonio ya había muerto y los focenses, entonces, optaron por hacerse a la mar y navegar a Italia primero y luego a Córcega, donde fundaron Alalia.
Estas referencias de Herodoto sitúan a Tartessos como una entidad política en las costas sudoccidentales de la península Ibérica y con una existencia histórica que oscila entre mediados del siglo VII y fi- nales del siglo VI a.C. Otros relatos clásicos sobre Tartessos tienen menos utilidad histórica, ya que combinan muchos elementos míticos o fabulosos. Así, por ejemplo, las referencias en la Gerioneida de Es- tesícoro de Himera, un poeta siciliano del siglo VI a.C., que narra el mito del robo por Heracles de los bueyes de Gerión, que sería un rey mítico de Tartessos; o las referencias en los poemas de Anacreonte, en el siglo V a.C., que exaltan la vida placentera y los placeres del amor y el vino antes que la longevidad de los reyes de Tartessos. Finalmente, hay otro grupo de referencias cuya relación con Tar- tessos es problemática pero que hemos de mencionar también. Se tra- ta de las referencias bíblicas a un país denominado Tarsish o Tarsis- si. En el siglo X a.C., Salomón rey de Israel, e Hiram rey de Tiro, comerciaban con Tarsish , de donde importaban oro, plata, monos, pavos reales, incienso, etc. Más adelante, cuando el profeta Jonás qui- so huir de la misión que Dios le había impuesto, se embarcó en una nave de Tarsish. Schulten y otros historiadores supusieron que el Tar- sish bíblico y el Tartessos de los griegos eran una misma cosa. Más adelante, se hicieron críticas a esta identificación. El investigador sueco Täckholm puso de relieve que si bien ciertos productos, como el oro, la plata o incluso los monos podían proceder de la península Ibérica (queda una colonia autóctona de monos en Gibraltar), otros como el incienso, el marfil o los huevos de avestruz no podían de nin- gún modo proceder de ella. Además, el Antiguo Testamento dice que los astilleros de Salomón donde se construían las naves de Tarsish es- taban en Ezion Geber, en el mar Rojo, y esto hace poco probable que Tarsish fuese la península Ibérica, ya que para llegar a ella entonces los barcos hubieran debido circunnavegar África, lo que no era posi- ble con los conocimientos de la época.
Los fracasos en el intento de ubicar el emplazamiento de Tartes- sos, entendida como la capital de un imperio territorial unificado bajo una monarquía, según el relato de las fuentes clásicas, unidos al ha- llazgo de importantes yacimientos del Bronce Final y de la primera Edad del Hierro en Andalucía occidental, como las necrópolis de La Joya, en Huelva, la Mesa de Setefilla, en Sevilla, Carmona, etc., mo- tivaron, como hemos dicho, que desde mediados del siglo XX pero especialmente a partir de la década de los setenta, la investigación sobre Tartessos pasara a concebir a éste como un fenómeno cultural