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libro de poesia selecta de lorca
Tipo: Apuntes
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¡No te pierdas las partes importantes!





























































































Biblioteca Libre OMEGALFA 2019 Ω
Libro de Poemas 1921
Federico García Lorca
Maquetación actual: Demófilo, 2019
Ilustración de la portada: Dibujo de Lorca: “Sólo el misterio nos hace vivir. Sólo el misterio”
Información amplia sobre este autor: Federico García Lorca en Wikipedia
Libros libres
para una Cultura Libre
Biblioteca Libre OMEGALFA 2019 Ω
A mi hermano Paquito
Ofrezco en este libro, todo ardor juvenil, tortura y ambición sin medida, la imagen exacta de mis días de adolescencia y juventud, esos días que enlazan el instante de hoy con mi infancia reciente.
En estas páginas desordenadas va el reflejo fiel de mi corazón y de mis ansias teñido del matiz que le prestara, al poseerlo, la vida palpitante en torno, recién nacida para mi mirada.
Se hermana el nacimiento de cada una de estas poesías que tienes en tus manos, lector, al propio nacer de un brote nuevo del árbol músico de mi vida en flor. Ruindad fuera el menospreciar esta obra que tan enlazada está a mi propia vida.
Sobre su incorrección, sobre su limitación, segura, tendrá este libro la virtud, entre otras muchas que yo advierto, de recordarme en todo instante mi infancia apasionada correteando desnuda por las praderas de una vega, sobre un fondo de serranía.
Julio de 1920. (Fuente Vaqueros, Granada.)
VIENTO del Sur, moreno, ardiente, llegas sobre mi carne, trayéndome semilla de brillantes miradas, empapado de azahares.
Pones roja la luna y sollozantes los álamos cautivos, pero vienes ¡demasiado tarde! ¡Ya he enrollado la noche de mi cuento en el estante!
Sin ningún viento, ¡hazme caso! gira, corazón; gira, corazón.
Aire del Norte, ¡oso blanco del viento! Llegas sobre mi carne tembloroso de auroras boreales, con tu capa de espectros capitanes, y riyéndote a gritos del Dante,
Diciembre de 1918. (Granada.) A Ramón P. Roda.
HAY dulzura infantil en la mañana quieta. Los árboles extienden sus brazos a la tierra. Un vaho tembloroso cubre las sementeras, y las arañas tienden sus caminos de seda -rayas al cristal limpio del aire.- En la alameda un manantial recita su canto entre las hierbas. Y el caracol, pacífico burgués de la vereda, ignorado y humilde, el paisaje contempla. La divina quietud de la Naturaleza le dio valor y fe, y olvidando las penas de su hogar, deseó ver el fin de la senda.
Echó a andar e internóse en un bosque de yedras y de ortigas. En medio había dos ranas viejas
que tomaban el sol, aburridas y enfermas.
“Esos cantos modernos, -murmuraba una de ellas- son inútiles”. “Todos, amiga-, -le contesta la otra rana, que estaba herida y casi ciega-: Cuando joven creía que si al fin Dios oyera nuestro canto, tendría compasión. Y mi ciencia, pues ya he vivido mucho, hace que no lo crea. Yo ya no canto más...”
Las dos ranas se quejan pidiendo una limosna a una ranita nueva que pasa presumida apartando las hierbas.
Ante el bosque sombrío el caracol se aterra. Quiere gritar. No puede. Las ranas se le acercan.
“¿Es una mariposa?”, dice la casi ciega. “Tiene dos cuernecitos, -la otra rana contesta-. Es el caracol. ¿Vienes, caracol, de otras tierras?
como esfinges se quedan. Una de ellas pregunta: “¿Crees tú en la vida eterna?” “Yo no”, dice muy triste la rana herida y ciega. “¿Por qué hemos dicho, entonces, al caracol que crea?” “Por qué... No sé por qué, -dice la rana ciega-. Me lleno de emoción al sentir la firmeza con que llaman mis hijos a Dios desde la acequia...”
E1 pobre caracol vuelve atrás. Ya en la senda un silencio ondulado mana de la alameda. Con un grupo de hormigas encarnadas se encuentra. Van muy alborotadas, arrastrando tras ellas a otra hormiga que tiene tronchadas las antenas. El caracol exclama: “Hormiguitas, paciencia. ¿Por qué así maltratáis a vuestra compañera? Contadme lo que ha hecho. Yo juzgaré en conciencia. Cuéntalo tú, hormiguita”.
La hormiga medio muerta, dice muy tristemente: “Yo he visto las estrellas”.
“¿Qué son estrellas?”, dicen las hormigas inquietas. Y el caracol pregunta pensativo: “¿Estrellas?” “Sí, -repite la hormiga-, he visto las estrellas. Subí al árbol más alto que tiene la alameda y vi miles de ojos dentro de mis tinieblas”. E1 caracol pregunta: “¿Pero qué son estrellas?” “Son luces que llevamos sobre nuestra cabeza”. “Nosotras no las vemos”, las hormigas comentan. Y el caracol: “Mi vista sólo alcanza a las hierbas”.
Las hormigas exclaman moviendo sus antenas: “Te mataremos, eres perezosa y perversa. El trabajo es tu ley”.
“Yo he visto a las estrellas”, dice la hormiga herida. Y el caracol sentencia: “Dejadla que se vaya, seguid vuestras faenas. Es fácil que muy pronto ya rendida se muera”.
Por el aire dulzón ha cruzado una abeja.
Noviembre de 1918. (Granada.)
Hoy siento en el corazón un vago temblor de estrellas, pero mi senda se pierde en el alma de la niebla. La luz me troncha las alas y el dolor de mi tristeza va mojando los recuerdos en la fuente de la idea.
Todas las rosas son blancas, tan blancas como mi pena, y no son las rosas blancas. que ha nevado sobre ellas. Antes tuvieron el iris. También sobre el alma nieva. La nieve del alma tiene copos de besos y escenas que se hundieron en la sombra o en la luz del que las piensa.
La nieve cae de las rosas pero la del alma queda, y la garra de los años hace un sudario con ellas.
¿Se deshelará la nieve cuando la muerte nos lleva? ¿O después habrá otra nieve y otras rosas más perfectas?
¿Será la paz con nosotros como Cristo nos enseña? ¿O nunca será posible la solución del problema?
¿Y si el amor nos engaña? ¿Quién la vida nos alienta si el crepúsculo nos hunde en la verdadera ciencia del bien que quizá no exista y del mal que late cerca?
¿Si la esperanza se apaga y la Babel se comienza qué antorcha iluminará los caminos en la Tierra?
¿Si el azul es un ensueño qué será de la inocencia? ¿Qué será del corazón si el amor no tiene flechas?
¿Y si la muerte es la muerte qué será de los poetas y de las cosas dormidas que ya nadie las recuerda? ¡Oh sol de las esperanzas! ¡Agua clara! ¡Luna nueva! ¡Corazones de los niños! ¡Almas rudas de las piedras! Hoy siento en el corazón un vago temblor de estrellas y todas las rosas son tan blancas como mi pena.
Diciembre de 1918. (Granada.)
TIENEN gotas de rocío las alas del ruiseñor, gotas claras de la luna cuajadas por su ilusión.
Tiene el mármol de la fuente el beso del surtidor, sueño de estrellas humildes.
Las niñas de los jardines me dicen todas adiós cuando paso. Las campanas también me dicen adiós. Y los árboles se besan en el crepúsculo. Yo voy llorando por la calle, grotesco y sin solución, con tristeza de Cyrano y de Quijote, redentor de imposibles infinitos con el ritmo del reloj.
Y veo secarse los lirios al contacto de mi voz manchada de luz sangrienta, y en mi lírica canción llevo galas de payaso empolvado. El amor bello y lindo se ha escondido
bajo una araña. El sol como otra araña me oculta con sus patas de oro. No conseguiré mi ventura, pues soy como el mismo Amor, cuyas flechas son de llanto, y el carcaj el corazón.
Daré todo a los demás y lloraré mi pasión como niño abandonado en cuento que se borró.
Diciembre de 1918_. (Granada.) A Melchor Fernández Almagro._
PRINCESA enamorada sin ser correspondida. Clavel rojo en un valle profundo y desolado. La tumba que te guarda rezuma tu tristeza a través de los ojos que ha abierto sobre el mármol.
Eras una paloma con alma gigantesca cuyo nido fue sangre del suelo castellano, derramaste tu fuego sobre un cáliz de nieve y al querer alentarlo tus alas se troncharon.
Soñabas que tu amor fuera como el infante que te sigue sumiso recogiendo tu manto. Y en vez de flores, versos y collares de perlas,
¿Dónde fue la tristeza de tu amor desgraciado? En el cofre de plomo, dentro de tu esqueleto, tendrás el corazón partido en mil pedazos.
Y Granada te guarda como santa reliquia, ¡oh princesa morena que duermes bajo el mármol! Eloísa y Julieta fueron dos margaritas pero tú fuiste un rojo clavel ensangrentado que vino de la tierra dorada de Castilla, a dormir entre nieve y cipresales castos.
Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana, los cipreses tus cirios, la sierra tu retablo. Un retablo de nieve que mitigue tus ansias, ¡con el agua que pasa junto a ti! ¡La del Dauro!
Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana, la de las torres viejas y del jardín callado, la de la yedra muerta sobre los muros rojos, la de la niebla azul y el arrayán romántico. Princesa enamorada y mal correspondida. Clavel rojo en un valle profundo y desolado. La tumba que te guarda rezuma tu tristeza a través de los ojos que ha abierto sobre el mármol.
3 de agosto de 1918. (Fuente Vaqueros, Granada.) A María Luisa.
¡CIGARRA! ¡Dichosa tú!, que sobre el lecho de tierra mueres borracha de luz.
Tú sabes de las campiñas el secreto de la vida, y el cuento del hada vieja que nacer hierba sentía en ti quedóse guardado.
¡Cigarra! ¡Dichosa tú!, pues mueres bajo la sangre de un corazón todo azul. La luz es Dios que desciende y el sol brecha por donde se filtra.
¡Cigarra! ¡Dichosa tú!, pues sientes en la agonía todo el peso del azul. Todo lo vivo que pasa por las puertas de la muerte va con la cabeza baja y un aire blanco durmiente. Con habla de pensamiento. Sin sonidos...