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Libro Entre visillos , Apuntes de Lengua y Literatura

Libro completo de entre visillos

Tipo: Apuntes

2023/2024

Subido el 01/05/2024

gymbro-gyymb
gymbro-gyymb 🇪🇸

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Annotation
Entre visillos, Premio Nadal 1957, narra la vida en una ciudad de
provincias,llenaderutina,conservadurismoehipocresía.Através de la charla
aparentemente banal de un grupo de muchachas, conocemos sus ocupaciones
cotidianas,susangustias,lainsalvabletristezaqueasomatraselaburrimientoy
lafalta de imaginación.La presencia dePablo Klein, llegadoa la ciudadpara
ocuparsedelaclasedealemándelInstituto,eselpretextonarrativoquecentrala
mayor parte de los sucesos de Entre visillos. Pablo, persona reservada y
observadora, honesta y poco convencional, choca con el ambiente plano y
conformista. Con recursos estilísticos bien cuidados y un enfoque directo y
realista,CarmenMarínGaitenosdaesteretazodevidaespañolapintadoconlas
tintas de la desilusión, los imposibles, y las aceptaciones de una juventud
condenadaaverpasarlavidaentrevisillos.
Entre Visillos, narra la vida en una ciudad de provincias -probablemente
Salamancallenaderutina,conservadurismo e hipocresía. Atravésde la charla
aparentemente banal de un grupo de muchachas, conocemos sus ocupaciones
cotidianas-lospaseosyprimerosnoviazgos,lassalidasdelinstituto,lassesiones
de cines, los bailes en el Casino-, sus angustias, su temor a la soltería, la
insalvabletristezaqueasomatraselaburrimientoylafaltadeimaginación.
CarmenMartínGaite
PRIMERAPARTE
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Annotation

Entre visillos, Premio Nadal 1957, narra la vida en una ciudad de provincias, llena de rutina, conservadurismo e hipocresía. A través de la charla aparentemente banal de un grupo de muchachas, conocemos sus ocupaciones cotidianas, sus angustias, la insalvable tristeza que asoma tras el aburrimiento y la falta de imaginación. La presencia de Pablo Klein, llegado a la ciudad para ocuparse de la clase de alemán del Instituto, es el pretexto narrativo que centra la mayor parte de los sucesos de Entre visillos. Pablo, persona reservada y observadora, honesta y poco convencional, choca con el ambiente plano y conformista. Con recursos estilísticos bien cuidados y un enfoque directo y realista, Carmen Marín Gaite nos da este retazo de vida española pintado con las tintas de la desilusión, los imposibles, y las aceptaciones de una juventud condenada a ver pasar la vida entre visillos. Entre Visillos, narra la vida en una ciudad de provincias -probablemente Salamanca llena de rutina, conservadurismo e hipocresía. A través de la charla aparentemente banal de un grupo de muchachas, conocemos sus ocupaciones cotidianas -los paseos y primeros noviazgos, las salidas del instituto, las sesiones de cines, los bailes en el Casino-, sus angustias, su temor a la soltería, la insalvable tristeza que asoma tras el aburrimiento y la falta de imaginación.

Carmen Martín Gaite

PRIMERA PARTE UNO DOS TRES CUATRO CINCO SEIS SIETE OCHO NUEVE DIEZ ONCE SEGUNDA PARTE DOCE

TRECE

CATORCE

QUINCE

DIECISÉIS

DIECISIETE

DIECIOCHO

Carmen Martín Gaite

OBRAS DE CARMEN MARTÍN GAITE BIBLIOGRAFÍA DE SOBRE CARMEN MARTÍN GAITE

PRIMERA PARTE

UNO

Ayer vino Gertru. No la veía desde antes del verano. Salimos a dar un paseo. Me dijo que no creyera que porque ahora está tan contenta ya no se acuerda de mí; que estaba deseando poder tener un día para contarme cosas. Fuimos por la chopera del río paralela a la carretera de Madrid. Yo me acordaba del verano pasado, cuando veníamos a buscar bichos para la colección con nuestros frasquitos de boca ancha llenos de serrín empapado de gasolina. Dice que ella este curso por fin no se matricula, porque a Ángel no le gusta el ambiente del Instituto. Yo le pregunté que por qué, y es que ella por lo visto le ha contado lo de Fonsi, aquella chica de quinto que tuvo un hijo el año pasado. En nuestras casas no lo habíamos dicho; no sé por qué se lo ha tenido que contar a él. Me enseñó una polvera que le ha regalado, pequeñita, de oro.

  • Fíjate qué ilusión. ¿Sabes lo que me dijo al dármela? Que la tenía guardada su madre para cuando tuviera la primera novia formal. Ya ves tú; ya le ha hablado de mí a su madre. Que si no me parecía maravilloso. Me obligaba a mirarla, cogiéndome del brazo con sus gestos impulsivos. Se había pintado un poco los ojos y a mí me parecía que se iba a avergonzar de que se lo notase. Luego me contó que se pone de largo dentro de pocos días en una fiesta que dan en el Aeropuerto, que ella ya sabe cómo lo van a adornar todo, porque Ángel es capitán de aviación y uno de los que lo organizan; que han estado juntos comprando bebidas, farolillos y colgantes de colores. Me explicó con muchos detalles cómo es su traje de noche; se soltaba de mí entre las explicaciones y daba vueltas de vals por la orilla, sorteando los árboles y echando la cabeza para atrás. Se paró en un tronco y me fue haciendo con el dedo una especie de plano de la entrada al Aeropuerto y de los hangares donde van a dar la fiesta. Quería que me lo imaginara exactamente para que le diera alguna idea original de cómo lo adornaría yo, por si le sirve a Ángel lo que yo diga. No comprendía que no hubiera convencido a mis hermanas para ir yo también, tan fantástico como será. No le quise contar que he tenido que insistir para convencerlas precisamente de lo contrario. Le dije sólo que soy pequeña todavía. Quería que hablara ella y me dejara a mí.
  • Tú me llevas dos meses, Natalia. ¿Es que ya no te acuerdas? -dijo. Y se reía-. ¿Tan mayor te parezco ahora? Estábamos en el sitio de las barcas y hacía una tarde muy buena. Yo quise que remáramos un poco, pero Gertru tenía prisa por volver a las siete, y además
  • Un bestia. Me ha tirado un petardo de ésos. Igual me ha hecho carrera.
  • A ver. Carrera no parece. No la dejan a una ni andar. Dichosas gigantillas. Alcanzaron a Julia, que había seguido andando despacio, y cruzaron la calle las tres juntas. El runrún del tamboril se alejaba con las risas de los niños. La amiga dijo:
  • Pues oye, ¿sabes tú quién me ha parecido una chica que venía de comulgar?
  • ¿Quién? No sé.
  • Goyita.
  • Me choca. Lo sabríamos -dijo Mercedes.
  • Pueden haber llegado anoche.
  • Claro que sí que sería ella -intervino Julia-. ¿Por qué no van a haber llegado? ¿Porque no lo sepas tú? No sé por qué lo tienes que saber todo tú. La calle era fea y larga como un pasillo. Empezaban a levantarse las trampas metálicas de algunos escaparates y se descubrían al otro lado del cristal objetos polvorientos y amontonados. El dueño de la pañería había salido a la puerta y estaba inmóvil con dos dedos en el chaleco mirando al chico que allí delante, bajo su vigilancia, sacudía en la luz una pieza de tela. Cuando tocaron la acera, las saludó sin moverse con un gesto del mentón. Ellas se venían quitando las rebecas.
  • Buenos días, don José.
  • Mujer, pues debíamos haber esperado a la salida por si acaso era ella. ¿Como no te fijaste seguro?
  • Es que vi cuando se metía en su banco, y luego me la tapaba el púlpito casi del todo. Llegaron al portal. Se pararon y la amiga bostezó.
  • Me he levantado yo hoy con un dolor de cabeza. -Hizo un ademán de irse-. Bueno, chicas…
  • Hija, qué prisa tienes.
  • Claro; vosotras, como ya habéis llegado a casita… Mercedes dobló la mantilla y le clavó en la mitad una horquilla dorada. Dijo:
  • Súbete a desayunar con nosotras.
  • No, no, que ya os conozco y me entretenéis mucho.
  • Bueno, y qué tienes que hacer. Que suba, ¿verdad, Julia?
  • Claro.
  • No, de verdad, me voy, que hoy dijo mi madre que iba a hacer las galletas de limón y la tengo que ayudar.
  • Pues vaya cosa, llamamos a tu madre, total no te retrasas más que un

ratito. Ni que fuera tanto lo que tiene que hacer.

  • Que no, anda, que no empieces. ¿Vais a ir luego por casa de Elvira? Mercedes se salió del portal y la cogió por un brazo. Se puso a tirar hacia dentro y la otra se deba-tía riendo a pequeños chilliditos.
  • Ay, ay, bueno, ya, que me tiras…
  • Venga, déjanos en paz, si estás muerta de ganas… Julia, apoyada en la pared, las miraba sin intervenir.
  • Anda, no hagáis el ganso -dijo-. Os mira la gente. La amiga, ya libre, se arregló las horquillas, sofocada.
  • ¿Pero tú ves las trazas que me ha puesto? No debía subir. Subieron. Iba haciendo remilgos todavía por la escalera.
  • Mira que eres faenista. Luego se me hace tarde. Si no fuera por lo bien que se está en el mirador… De aquel mirador verde decían las visitas que era un coche parado, que allí sabía mejor que en ninguna parte del mundo el chocolate con picatostes.
  • Candela, ponga otra taza para el desayuno. Se queda la señorita Isabel. Si está caliente, nos lo trae ya. La doncella soltó el trapo del polvo y cerró una puerta que daba al pasillo; se veían dos camas a medio hacer. Retiró el cogedor a lo oscuro.
  • Ahora mismo. En la habitación del mirador estaba todo muy limpio. Allí se barría y se quitaba el polvo lo pri-mero. Era grande y estaba separada en dos por un biombo de avestruces. La parte del fondo era más oscura. Había un piano y retratos ovalados. En la consola brillaba un reloj con pastorcitas doradas debajo de su fanal. El mirador quedaba en la parte de acá, que era donde se estaba, donde la radio, el costurero y la camilla, donde la butaca de orejas y la lámpara en forma de quinqué. Era un mirador de esquina. Tenía en la pared un azulejo representando el Cristo del Gran Poder, de Sevilla, y debajo un barómetro.
  • Siéntate, Isabel. Isabel se había quedado de pie junto a la camilla cubierta de tela rameada. Dijo:
  • Nosotras ya hemos puesto las faldillas de invierno. Dice mamá que estas de cretona le dan un poco de frío por las tardes.
  • Pues sí. Temprano empieza, con lo bueno que hace. Si hace calor…
  • Ya; es que es una friolera, ¿mi madre?, uh, algo de miedo.
  • Pues lo que es aquí hasta dentro de veinte días por lo menos, ¿verdad?, no sacamos la ropa de la naftalina. Es llamar al mal tiempo. Pero siéntate, mujer. Yo ahora mismo vengo. Julia miraba a la calle a través de los cristales. Se volvió un instante hacia

hacía más estrecha, se tapó la cara con las manos.

  • Es que si vieras lo cansada que estoy -dijo con la voz ahogada-, si vieras… ya no puedo estar así. De pronto levantó la cara y se limpió los ojos bruscamente. Dijo con urgencia, sin volver la cabeza.
  • ¿Viene Mercedes?
  • No. ¿Por qué?
  • No le digas nada de esto…, si no te importa.
  • No, mujer. Descuida. Pero dime, ¿qué es lo que te pasa?
  • Nada.-La voz se le había vuelto más tranquila-. Que nos entendemos mal, que me vuelve loca en las cartas, con las ventoleras que le dan de que le quiero poco, y siempre pidiéndome imposibles, cosas que yo no puedo hacer. Que no se hace cargo… Fíjate: por ejemplo, se enfada porque no voy a Madrid. Si mi padre no me lleva, ¿qué querrá que haga yo? Pues con eso ya, que no le quiero.
  • Ah, eso siempre, eso todos. ¿Por qué te crees tú que reñimos Antonio y yo? Pues por eso, nada más que porque no me daba la gana de hacer lo que él quería.
  • No, si nosotros no creo que terminemos. Si me quiere mucho.
  • Tú, de todas maneras, no seas tonta, no te dejes avasallar. Yo por lo menos es lo que te aconsejo. Si te pones blanda es peor. ¿Que riñes? Pues santas pascuas. Ya ves yo, me pasé un berrinche horrible. Acuérdate, la primavera pasada, que ni ganas de ir al cine tenía; pero luego se alegra una, yo por lo menos… Se oyó un chirrido cercano y luego las tres campanadas de menos cuarto en el reloj de la Catedral. Julia tenía los ojos fijos en la baca del coche de línea atestada de bultos y cestas.
  • Si pudiera venir por lo menos un día o dos, ahora por las ferias. Hablando es otra cosa. De cartas se harta una, cuando te contesta a una de enfadada, ya ni te acuerdas de por qué era el enfado, porque a lo mejor ya has recibido luego otra suya, y estás contenta. Te aburres de escribir, te aseguro…
  • Pero ¿y cómo viene tan poco a verte? ¿No puede?
  • No. Siempre tiene cosas que hacer. Ya te digo, dice que es más lógico que vaya yo, que a él aquí no se le ha perdido nada, y que en cambio yo allí podría hacer muchas cosas y que sé yo qué. Ayudarle, animarle en lo suyo aunque sólo fuera.
  • Pero y tú, ¿cómo vas a ir, mujer?
  • No. Eso no. Podría ir a casa de los tíos como otras veces que me he estado meses enteros. Pero bueno es mi padre. Como que me va a dejar ahora, como antes, sabiendo que está él allí.
  • Y É1 ¿qué hace? ¿Cosas de cine, no?
  • Sí.
  • ¿Es director?
  • No, director no. Ha estudiado en un Instituto de Cine, que les dan el título y tiene mucho porvenir, una cosa nueva. É1 escribe guiones, los argumentos, ¿sabes?, o por ejemplo para adaptar una novela al cine. Porque tienen que cambiar cosas de la novela. No es lo mismo. Cambiar los diálogos y eso. Pero también hace él argumentos que se le ocurren.
  • Sí-resumió Isabel-. Son esos nombres que vienen en las letras del principio de la película.
  • Sí. Lo que pasa con ese trabajo es que hay que esperar mucho para colocar los guiones y ver mucha gente; conocer a unos y otros. Pero luego, cuando se tiene un nombre, ya se gana muchísimo, fíjate. Julia hablaba ahora con cierta superioridad y la voz se le había ido coloreando.
  • Y documentales y todo. Teniendo suerte… Las cestas se bambolearon en el techo, cuando el coche de línea arrancó. Dobló la esquina y llegaron al mirador algunas voces agudas de adiós. Las mujeres de luto se quedaron quietas un momento hasta que ya no lo vieron. Luego se dispersaron lentamente.
  • Pues Mercedes decía que os casabais este año que viene para verano, ¿no? ¿No te estabas haciendo ya el ajuar?
  • Sí. Me lo estoy haciendo a pocos. Ya veremos. A él todo esto de ajuar y peticiones y prepara-tivos no le gusta. Dice que casarse en diez días, cuando decidamos, sin darle cuenta a nadie. Ya ves tú.
  • Uy, por Dios, qué cosa más rara. Lo dirá de broma. Entró Candela con la bandeja del desayuno, y la puso en la camilla. En el pasillo, Mercedes estaba discutiendo con Natalia, sin entrar.
  • Mentira, no has desayunado. En la cocina no hay ninguna taza sucia. Te vienes al mirador con nosotras, por Dios, qué manía de estar siempre en otro lado, como la familia escocida. Isabel y Julia se volvieron y se sentaron a la camilla.
  • No le digas a Merche que estaba triste y eso -dijo Julia de prisa en voz baja, mirando a la puerta-. Son cosas que se dicen por decir, que unos días te levantas de mejor humor que otros. Como ella a Miguel no le tiene mucha simpatía…
  • Por favor, mujer, qué bobada, yo qué le voy a decir.
  • No te vayas a creer que no le quiero por lo que te he dicho. Yo no le cambiaba por ninguno.

Pero sobre todo las nuevas, que vienen pegando, no te dejan un chico. Isabel, al decir esto, volvió a mirar a Natalia y le sonrió.

  • Sí, vosotras, vosotras, las de quince años sois las peores. Ella desvió la vista.
  • A ésta la pondréis de largo.
  • No quiere.
  • ¿Que no quiere? Será que no quiere tu padre, más bien.
  • No. Soy yo, yo, la que no quiero-aclaró Natalia con voz de impaciencia.
  • Hija, Tali, no hables así. Tampoco te han dicho nada. ¡Jesús!-se enfadó Mercedes.
  • Bueno, es que es pequeña. Tendrá catorce años.
  • Qué va. Ya ha cumplido dieciséis. Ella que se descuide y verá. De trece años las ponen de largo ahora. Pero se ha emperrado en que no, y como diga que no… Fíjate, si ya le había traído papá la tela para el traje de noche y todo, aquella que trajo de Bilbao, ¿no te la enseñé a ti?
  • Uy, mujer, pues qué pena. ¿Es que no te hace ilusión?
  • Tiempo tiene. Dejarla -dijo Julia, y Tali la miró con agradecimiento-. Tiempo de bailar y de aburrirse de bailar. Precisamente…
  • Dieciséis años no los representa, desde luego. De todas maneras, cuánta distancia entre vosotras. ¿O es que hubo hermanos en medio?
  • No, sólo uno que nació muerto. Y desde ése hasta Natalia, nueve años. Mercedes se quedó mirando a Julia y le pesó el silencio que se hizo. Sabía que Isabel podía estar calculando los años de ellas.
  • Mamá murió de este parto, ¿lo sabías, no? Eso de los partos qué horrible, ¿verdad? -dijo aprisa -. Menos mal que ahora se muere menos gente.
  • ¿Qué es, que padecía del corazón?
  • Sí. Del corazón. No llegó a conocerla a ésta.
  • Gracias a tu tía. Es un sol vuestra tía, es como madre, ¿no?
  • Fíjate. Natalia se quitaba uno por uno, a pequeños pellizcos, los pedacitos de papel pegados a la falda. Siempre que estaba ella hacían las mismas preguntas y contaban las mismas historias. Siempre este largo silencio después de que se nombraba a mamá. Este ruido de cucharillas. Hoy cogería la bici y se iría lejos. Hoy iba a hacer muy bueno.
  • ¿Esta mermelada es la de pera?
  • Sí, la ha hecho tía Concha.
  • Os sale mejor que en casa. La de casa está demasiado espesa, empalagosa; no sé en qué consiste.
  • Ya ves tú. Y es la receta igual.
  • Pues yo creo que sí, voy a ir esta noche al Casino -decidió Isabel-. Lo que es que me tendría que lavar la cabeza. Se me pone en seguida incapaz. Ya se me ha quitado casi toda la permanente. Se exploraba el pelo con los dedos, por mechones. Julia acercó su silla y se lo tocó por detrás.
  • A ver. Con Dop. Nosotras tenemos Dop; ¿por qué no te la lavas aquí?
  • No. Ir‚ a la tarde a la peluquería. Oye, que todavía no he llamado a mi madre, ¿qué hora es, tú? Mercedes abrió las hojas del mirador y se asomó, inclinando el cuerpo hacia la izquierda. Se veía, cerrando la calle, la torre de la Catedral y la gran esfera blanca del reloj como un ojo gigantesco.
  • Menos tres minutos -dijo metiéndose-. Me vuelve a atrasar. Y adelantó su relojito de pulsera, sacándole la cuerda con las uñas, cuidadosamente.

divertirse todo lo que pueda. Ju-ventud, divino tesoro. A ti te tengo que presentar yo a mi hijo el mayor, el que estudia Derecho. Menudo elemento también para eso del baile. A lo mejor lo conoces.:) Ella hizo un gesto ambiguo con la boca. (No sé. A lo mejor.:) Me fui adonde la máquina, a curiosear la avería. Volvió el muchacho pecoso con un hombre ves-tido de pana y traían un burro cargado de sandías; se pusieron a venderlas entre la gente que tenía sed. Fue un acontecimiento y todos compraron; pedían dinero los niños a sus padres y los que se habían que-dado en el tren encargaban a los de abajo que les comprasen. Me dio la impresión de que era como una gran familia de viajeros y que todos o casi todos se conocían. Yo también compré.sandía, que la vendían por rajas gordas, y cuando volví a subir al departamento me goteaba el zumo por la barbilla. La chica de rosa se había puesto a hablar con otra vestida de rayas con escote muy grande en el traje, y estaban con-trayendo una súbita y entusiasta amistad. La de rayas venía en primera, pero se sentó allí. (Me he tirado un viaje) decía. (Todos viejos. Si sé me vengo aquí contigo.) Era de Madrid y venía a pasar las fiestas a casa de un cuñado. La otra chica le explicaba con orgullo y suficiencia cómo eran las fiestas y le ofrecía presentarle a gente y llevarla con ella y sus amigas a los bailes de noche. Hablaban cada vez en tono más íntimo de cuchicheo y me empezó a entrar sueño. La chica de Madrid llevaba sandalias de tiras y las uñas de los pies pintadas de escarlata, la de rosa tenía medias. Con el topetazo de la máquina nueva que traje-ron de la ciudad, volvía a abrir los ojos. Cantaban los grillos furiosamente. El pastor había atravesado la vía y se alejaba lentamente con su rebaño disperso. Había cedido el calor de la tarde y las voces sonaban más animadas y despiertas, como liberadas. Las personas subían al tren en grupos, bromeando, y traían el rostro satisfecho. Se metían en sus departamentos igual que cuando se entra en el vestíbulo en los entre-actos del teatro. (Bueno, hombre, bueno. Parece que ahora va de veras.) Cuando volvió a arrancar el tren cerré otra vez los ojos. Pensaba que entre el retraso y eso de las fiestas lo más seguro era que no estuviera nadie en la estación a esperarme. Casi me iba a dormir del todo, cuando oí decir a alguien en el pasillo que ya se veía la Catedral, y salí. Todavía algunas nubes oscuras de la puesta de sol, que había sido violenta y roja, estaban quietas tiznando el cielo como rasgones. Vi el per-fil de unas torres y los filos de muchos tejados coloreados, calientes todavía. Brillaban los cristales de los miradores y empezaban a encenderse bombillas poco destacadas en la tarde blanca. El río no lo vi. Luego el tren se metió entre dos terraplenes y pitó muy fuerte. Toda la gente estaba sacando los equipajes al pasillo. Efectivamente, nadie había venido a esperarme. Me detuve un rato en el

andén, mirando a todos lados entre las personas que se movían llamándose por sus nombres, pero a mí ninguna se dirigió. Apenas me había separado de las escalerillas por las que bajé del tren y la gente al salir me tropezaba. En dos gru- pos más allá, las chicas de mi departamento se habían reunido con sus respectivas familias y se saludaban entre las cabezas de los otros. (Adiós, mona, te llamaré:), dijo la de Madrid agitando el brazo mientras alguien la tenía abrazada. (¿Quién es esa chica?), le preguntó a la otra una señora que me estaba rozando. (Yo qué sé, mamá, de Madrid.) (Pues va hecha una exagerada).

  • Aquí está usted estorbando el paso; haga el favor-me dijo un maletero. Eché a andar, ya de los últimos, y dejé mi maleta en la consigna. La estación era un gran cobertizo antiguo y chocaba la luz de neón del puesto de periódicos. Estaban haciendo reformas. Para salir había que dar un rodeo entre sacos de cemento, pisando la tierra del campo. Afuera, en una plazuela con jar- dines, me quedé dudando sin saber lo que haría.
  • ¿Quiere coche, señor? A domicilio. Me hablaba un hombrecito muy feo con chaqueta de cuero. Me empujó a un pequeño autobús que tenía su entrada por la trasera y dos bancos a los lados de un pasillo muy estrecho Estaban totalmente ocupados y mi llegada produjo miradas de protesta. Me quedé de pie un poco encorvado para no darme con la cabeza en el techo.
  • ¡Correrse para allá!-gritó el hombre, haciendo el ademán de empujar a la gente con las manos -. ¡Vamos completos!
  • Aquí no hay sitio para mí-dije yo, tratando de baiarme.
  • ¿Cómo que no hay sitio?-se enfadó el hombre. Había subido al pasillo y estaba contando en voz alta los viajeros.
  • Son trece, hay un sitio; tiene que caber este señor. Hágase para allá, señora, quiten ese bolso. A ver si nos vamos. Por fin me pude sentar de medio lado, sin hundirme mucho, teniendo en las rodillas mi pequeño maletín. El hombre se había bajado. pero antes de cerrar la portezuela volvió a meter la cabeza. Yo ocupaba el último asiento, junto a la entrada.
  • Oiga, se me olvidaba, ¿usted, adónde va?
  • ¿YO…?-vacilé un momento-. Pues, al Instituto. Adelantó un poco más el cuerpo y en la penumbra vi su gesto de incomprension.
  • ¿Adónde dice?
  • He dicho al Instituto. Instituto de Enseñanza Media -pronuncié con toda claridad.
  • Y eso, ¿por dónde cae?

de pasos de la gente que paseaba allí afuera. En una de estas paradas vi a la chica que venía de Madrid. Le vi la nuca, vuelta a otra persona. Hablaba de la amiga que se había echado en el viaje: (… una tal Goyita Lucas, dice que me va a presentar a amigas suyas…:) (Uy por Dios, mona. ¿Te fijaste en la rebeca rosa que traía de manga corta? Y el pelo largo así, con muchas horquillas y como mal rizado, ¿no sabes?) (…bueno, mujer, pero a ti que te meta en una pandilla de chicas jóvenes. No has tenido poca suerte ahora en ferias, con el barullo que hay.) (No es que fuera fea del todo, pero nos‚ cómo explicarte. Era también por el niño…), (…poco con el niño…), (…poco por el niño…) (…no, si no era antipática. Cursi, pero simpática:). (…simpática…:), (…antipá-tica…). Otra vez arrancamos. Otra vez parar. Me dormí con la cabeza apoyada en la pared de la izquierda. Cuando abrí los ojos, ya se habían bajado todos los viajeros y el hombre del cuero estaba sentado enfrente de mí, junto a la cabina del chófer. Aparté el maletín y me incorporé. Se oían cánticos y campanas.

  • ¡Rodea por la calle Antigua! -dijo el hombre. Me volví hacia la ventanilla y saqué la cabeza. El coche había frenado a la entrada de una pla-zuela. Era una procesión. Pasaban mujeres en fila con velas encendidas; las llevaban separadas obli-cuamente para que la llama no les prendiese en el velo. Empezaba a oscurecer. Cantaban. Entraban a cantar cada una un poquito m s tarde y levantaban un conjunto de voces confusas e incomprensibles. Algo era del Redentor; a medida que unas se alejaban, las que venían detrás se habían cambiado a la estrofa anterior del cántico, y la traían reciente, como si a las otras se les hubiese desmayado y ellas la vinieran recogiendo. Una niña que iba de la mano, embobada mirando los monaguillos, se tropezó con una aleta de nuestro coche y se echó a llorar a grandes gritos.
  • ¿Qué? ¿Echó usted un sueñecito?
  • Sí, señor. Ya veo que se ha quedado esto vacio. ¿Me falta mucho para llegar?
  • No, ya muy pocos. Si no hubiera sido por la procesión, habríamos salido más derecho. Me pasé las manos por el pelo, me estiré los puños de la camisa. El coche reculó. Pasaban cuatro señores de luto agarrando cintas de estandarte. Enfrente vi la iglesia y siluetas de niños en el campanario, con las piernas hacia afuera, contra la piedra, mirando abajo, hacia las primeras figuras de la procesión, que ya se metían por la gran puerta. Volteaban con fuerza las campanas.
  • Pues si, hombre, sí. ¿Viene a pasar las ferias? Salimos a otra calle solitaria. El hombre se había reclinado a lo largo del

banco de enfrente, apoyándose sobre un codo, y se sujetaba la cara con la palma de la mano. Me estaba mirando. Yo le dije que sí con la cabeza. De pronto bajó las piernas y se corrió hasta quedar sentado justo enfrente de mí. Me dijo de plano, confidencial:

  • Ya sabrá que pasado mañana no torea el monstruo. Sus ojos pillaban de frente los míos.
  • ¿Cómo dice? Ah, no. No sabía nada.
  • Le han cogido en la segunda de Alicante. Pronóstico reservado, siempre dicen lo mismo. Total, que con tan pocos días para ponerse bueno, ya ver usted como no viene a ninguna. Nos hundieron las corridas. Yo hice un vago gesto de condolencia y escapé con los ojos a otra parte. Sin mirarle, le oía con mayor libertad.
  • …Y que no hay que darle vueltas. El que animaba el cartel de este año era él. Aparicio, ¿qué pinta?, ¿no le parece?
  • Claro. Subimos por una cuesta muy empinada. Parecía que el auto se iba a escurrir para atrás. No podía. Metió la segunda. El hombre me preguntó que si era extranjero y me pareció como si hubiese estado pensando en hacerme esta pregunta desde que empezó a hablar conmigo. No sabía si decirle que sí o que no. Por fin le dije que no. Luego se hizo una pausa y la aproveché para preguntarle lo que le debía. Habíamos llegado a la cima de la cuesta y atravesado una avenida. Andábamos ahora sobre un terreno sin pavimentar y el coche daba tumbos igual que si anduviera sobre los surcos de un sembrado. De pronto se paró. El chófer se volvió de perfil y dijo:
  • Debe ser ese primer edificio que hay detrás de la tapia. Si a este señor no le importa, le dejamos aquí sin llegar a la puerta. Lo digo porque luego es peor para que demos la vuelta, señor Domingo, que está esto muy malo. Yo dije que me daba igual. Esperé a recibir el dinero que me devolvía el hombre, y luego cogí mi maletín y me bajé e aparté a la escasa acera, al lado de una mujer que vendía caramelos, y esperé allí la maniobra que hacía el coche para dar la vuelta.
  • Avíseme cuando llegue con las ruedas de atrás a la pared, haga el favor - dijo el chófer, sacando la cabeza. Se lo avisé. Se nos echaban encima a la mujer y a mí. Luego, cuando ya se iban, me dijeron adiós con la mano. Eché a andar. Vi, a la derecha, la tapia de que habían hablado. Para llegar a ella, tuve que atravesar un puente debajo del cual pasaban las vías del ferrocarril. La tapia, que se iniciaba justamente a conti-nuación, era un paredón altísimo y muy largo, y sólo al final tenía acceso por un pequeño hueco cuadran-gular sin