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La historia nos había mantenido alrededor del fuego casi sin respirar, y salvo el gratuito comentario de que era espantosa, como debe serlo toda narración contada en vísperas de Navidad en un viejo caserón, no recuerdo que se pronunciara una palabra hasta que alguien tuvo la ocurrencia de decir que era el único caso que él conocía en que la visión la hubiera tenido un niño. El caso, debo mencionarlo, consistía en una aparición en una casa tan antigua como la que nos acogía en aquellos momentos, una aparición terrorífica a un niño que dormía en el mismo cuarto que su madre, a quien despertó aterrorizado; pero despertarla no disipó su terror ni lo alivió para recuperar el sueño, sino que, antes de haber conseguido tranquilizarlo, también ella se halló ante la misma visión que había atemorizado al niño. La observación dio lugar a que Douglas replicara —no de inmediato, sino más avanzada la velada— algo sobre cuyas interesantes consecuencias quiero llamar la atención. Otra persona contó otra historia, no demasiado impresionante, y vi que Douglas no la seguía. Entendí que eso indicaba que Douglas tenía algo que contar, con tal de que esperásemos. En realidad, esperamos hasta dos noches después, pero en aquella misma velada, antes de separarnos, Douglas dejó entrever lo que estaba pensando.
—Estoy completamente de acuerdo, respecto al fantasma de Griffin, o lo que quiera que fuese, en que el hecho de aparecerse primero a un niño de tierna edad le confiere un algo especial. Pero no es el único caso de esta clase, que yo conozca, donde se involucre a un niño. Si un niño da la sensación de otra vuelta de tuerca, ¿qué pensarían ustedes de dos niños?
— ¡Pensaríamos que son dos vueltas, por supuesto! —exclamó alguien—. Y también que queremos conocer la historia.
Aún veo a Douglas delante del fuego, de pie y dándole la espalda, con las manos metidas en los bolsillos, dejando caer la mirada sobre su interlocutor.
—Por ahora, nadie más que yo la ha oído. Es demasiado horrible. Esto, claro, lo repitió varias veces para darle toda su importancia; y tranquilamente nuestro amigo preparó el terreno para su triunfo al mirarnos a los demás y agregar:
—Va más allá de todo lo conocido. No sé de nada que se le pueda comparar.
Recuerdo que pregunté: — ¿De tan terrorífico? Pareció decir que no era tan sencillo como eso, que tratar de definirlo sería caer en una confusión. Se pasó la mano por los ojos e hizo una mueca de
encontré en casa al regresar para mi segundo veraneo. Aquel año fue algo más que eso, fue un hermoso verano; y en sus horas libres dimos paseos y tuvimos conversaciones en el jardín, conversaciones en las que me sorprendió su gran inteligencia y simpatía. Sí, sí, no se rían: me gustaba enormemente y hasta el día de hoy me alegra pensar que también yo le gustaba a ella. De no ser así, no me lo habría contado. Nunca lo hubiera contado a nadie. No es que ella me lo dijera, sino que yo lo sabía. Estaba seguro, lo comprendía. Juzgarán mejor las razones cuando hayan oído la historia.
— ¿Porque había pasado tanto miedo? Continuaba mirándome fijamente.
—Juzgarán mejor —repitió—, luego. Yo también lo miré fijamente. —Comprendo. Estaba enamorada.
Rio por primera vez. —Es perspicaz. Sí, estaba enamorada. Es decir, había estado enamorada. Se descubrió… No podía contar su historia sin descubrirlo. Me di cuenta y ella se dio cuenta de que yo me daba cuenta; pero ninguno lo dijimos. Recuerdo el momento y el lugar: un prado recoleto, la sombra de las grandes hayas y la larga y cálida tarde de verano. No era un escenario para pasar miedo y, sin embargo… ¡ay!
Se alejó del fuego y volvió a dejarse caer en el sillón. — ¿Recibirás el paquete el jueves por la mañana? —inquirí. —Lo probable es que no llegue hasta el segundo correo. —Entonces, en la sobremesa… — ¿Se reunirán todos conmigo aquí? —De nuevo miró a su alrededor—. ¿No se va nadie?
Su tono era casi de esperanza. — ¡Todo el mundo se queda! — ¡Yo me quedaré! ¡Y yo! —gritaron las señoras que tenían decidida la marcha. No obstante, la señora Griffin manifestó su necesidad de que se arrojara un poco más de luz—: ¿De quién estaba enamorada?
—La historia nos lo dirá —me tomé la libertad de responder. —La historia no lo dirá —dijo Douglas—, por lo menos no de la manera explícita.
—Peor todavía. Es la única manera de que yo lo entienda. — ¿No quiere decirlo usted, Douglas? —inquirió otro de los presentes. Douglas volvió a ponerse en pie.
—Sí…, mañana. Ahora tengo que acostarme. Buenas noches. Y cogiendo un candelabro, salió a toda prisa, dejándonos algo desconcertados. Le oímos subir las escaleras desde el extremo donde estábamos del gran salón; después habló la señora Griffin:
—En fin, no sé de quién estaría enamorada ella, pero sí sé de quién estaba enamorado él.
—Era diez años mayor que él —dijo su marido.
—Raison de plus ¡a esa edad! Resulta simpático su largo silencio. — ¡Cuarenta años! —precisó Griffin. —Y con esta explosión final.
—La explosión —retomé la palabra— convertirá en algo extraordinario la noche del jueves.
Y todo el mundo estuvo tan de acuerdo conmigo, que en comparación, perdimos interés por todo lo demás. Se había contado la última historia, aunque de forma incompleta y solo el comienzo del serial; nos dimos la mano y «encandelabrados», como alguien dijo, nos fuimos a dormir.
Al día siguiente me enteré de que la carta, con la llave, había salido en el primer correo hacia la casa de Londres; pero, a pesar de que se difundió la noticia, o quizá debido a eso mismo, dejamos a Douglas completamente solo hasta después de comer, hasta esa hora de la tarde propicia a la clase de emociones que entraban en nuestras expectativas. Entonces estuvo tan comunicativo como pudiéramos desear e incluso nos dio una buena razón para estarlo. De nuevo se lo sacamos delante del fuego, en el salón, lo mismo que las medidas sorpresas de la noche anterior. Al parecer, la narración que había prometido leernos requería, para su correcta comprensión, unas cuantas palabras que la prologaran. Debo decir aquí, con toda claridad, que el relato que presentaré más adelante es una copia exacta, hecha por mi propia mano, mucho tiempo después. El pobre Douglas, antes de su muerte, cuando la veía venir, me entregó el manuscrito que le llegara el tercero de aquellos días y que, en aquel mismo lugar y entre inmensa expectación, comenzó a leer nuestro pequeño círculo la noche del cuarto día. Desde luego, las señoras a punto de partir y que habían dicho que se quedarían, gracias a Dios, no se quedaron; se fueron debido a ciertas conveniencias, muertas de curiosidad a resultas, según confesaron, de los adelantos con que Douglas nos había
ocupaba de vigilar a la jovencita por quien, por suerte, no teniendo hijos, sentía una gran pasión. El personal auxiliar era abundante, pero, por supuesto, la institutriz que enviara detentaría la suprema autoridad. También debería ocuparse en vacaciones del niño, que llevaba ya cierto tiempo en un internado —aun siendo demasiado joven, pero ¿qué, si no, podía hacer él?— y que, estando al comenzar las vacaciones, llegaría de un día a otro. Al principio los dos niños habían tenido una señorita que, por desgracia, perdieron. Se había portado maravillosamente con ellos —era una persona respetabilísima— hasta su muerte, imprevisto que no había dejado otra solución que el internado para el pequeño Miles. Desde entonces, la señora Grose había hecho por Flora lo que había podido, en lo referente a modales y demás. Aparte, había cocinero, cuerpo de casa y una encargada de la lechería, todos ellos igualmente personas respetables.
Hasta aquí había llegado la descripción de Douglas cuando alguien hizo una pregunta:
— ¿Y de qué murió la anterior institutriz? ¿De respetabilidad? Nuestro amigo respondió en seguida:
—Ya se sabrá a su debido tiempo. No quiero adelantarme. —Perdón, creía que era precisamente eso lo que estaba haciendo. —De ocupar el lugar de la sucesora —insinué— hubiera deseado informarme de si el cargo llevaba consigo…
— ¿Un peligro mortal? —completó Douglas mi pensamiento—. Ella quiso saberlo y lo supo. Mañana oirán lo que supo. Desde luego, en principio, la oferta la sorprendió porque era un poco rara. Ella era joven, inexperta y estaba nerviosa: las perspectivas eran de serias obligaciones y poca compañía, o más bien de gran soledad. Dudaba y se tomó un par de días para repensarlo. Pero el salario excedía en mucho sus posibilidades y, en una segunda entrevista, se hizo de valor y aceptó.
Y ahora Douglas hizo una pausa que, en beneficio del auditorio, me impulsó a meter baza:
—La moraleja que se desprende de lo dicho es, por supuesto, la seducción de que hizo gala el espléndido caballero, y a la que ella sucumbió.
Douglas se puso en pie y, lo mismo que la noche anterior, se acercó al fuego, removió la leña con el pie y durante unos instantes nos dio la espalda.
—Solamente lo vio dos veces. —Sí, y en eso precisamente radica la belleza de su pasión. Ante esto, que me sorprendió un poco, Douglas se volvió hacia mí.
—Fue hermoso —prosiguió—. Hubo otras que no sucumbieron. Él le contó francamente todas las dificultades, que para otras candidatas habían resultado prohibitivas. De alguna manera, sencillamente se asustaron. Aquello sonaba mal, sonaba raro, y mucho más teniendo en cuenta una última condición.
— ¿Cuál era? —Que nunca debía importunarlo, pero absolutamente nunca. Ni apelar a él ni quejársele ni escribirle. Ella sola debía resolver todos los problemas; recibiría el dinero de su abogado, se encargaría de todo y a él lo dejaría en paz. Ella prometió hacerlo así y me confesó que, cuando en un determinado momento, aliviado y complacido, él le cogió la mano, agradeciéndole su sacrificio, se sintió recompensada.
— ¿Y esa fue toda su recompensa? —preguntó una señora. —Nunca volvió a verlo. — ¡Oh! —exclamó la señora, lo cual, dado que nuestro amigo nos dejó de inmediato, fue la última palabra importante aportada a la historia hasta que, a la noche siguiente, junto al rincón de la chimenea, sentado en el mejor sillón, Douglas abrió las tapas, de un color rojo desvaído, de un delgado álbum de cantos dorados y aspecto antiguo.
En total, la lectura llevó más de una noche, pero la misma señora, en la primera oportunidad, hizo otra pregunta:
— ¿Qué título le ha puesto usted? —No tengo título. — ¡Yo tengo uno! —dije. Pero, sin prestarme atención, Douglas había comenzado a leer con voz hermosa y clara, que venía a ser una transcripción oral de la bella caligrafía de la autora.
Todo el principio lo recuerdo como una sucesión de altibajos, un vaivén de emociones mejores y peores. En la ciudad, aun después de haberme animado a aceptar el ofrecimiento, pasé unos días muy malos; de nuevo dudaba, en realidad estaba convencida de haber cometido un error. En este estado de ánimo transcurrieron las largas horas traqueteantes de la diligencia que me conducía al lugar donde sería recogida por un vehículo enviado por la casa. Se me había dicho que dispondría de este servicio y hacia el final de la tarde de
examinando todos los detalles y perspectivas de la situación; observar desde mi ventana abierta el hermoso amanecer de verano, examinar todo lo que pude del resto de la casa y escuchar, mientras los pájaros iniciaban los primeros trinos en la decreciente oscuridad, la posible repetición de un par de ruidos poco naturales, procedentes no del exterior sino del interior, que me había imaginado. Hubo un momento en que creí reconocer, débil y lejano, el llanto de un niño; hubo otro en que, dándome perfecta cuenta, me asusté al sentir pasar por delante de mi puerta unos ligeros pasos. Pero estas fantasías no me impresionaron hasta el punto de ser indelebles, y si ahora me vuelven a la cabeza es a la luz o, mejor dicho, a las tinieblas de los posteriores acontecimientos. Cuidar, enseñar y «formar» a la pequeña Flora constituía, sin duda, una vida útil y feliz. En la planta baja habíamos convenido que desde aquel mismo momento yo me ocuparía de ella por la noche, y su camita blanca ya estaba dispuesta en mi cuarto con este fin. Yo me encargaría por completo de ella y, si había permanecido por última vez con la señora Grose, solo había sido en consideración a nuestro inevitable desconocimiento y a su natural timidez. A pesar de esta timidez —de la que, de la forma más curiosa del mundo, con total franqueza y valor, sin el menor indicio de incomodidad o vergüenza, sino con la dulce y profunda serenidad de un Niño Jesús de Rafael, la propia niña había consentido en hablar, en que se le imputara y en que decidiera nuestra conducta—, estaba absolutamente segura de que pronto me querría. En parte, la señora Grose me había gustado al apreciar el pasmo que le procuraba ver mi extrañeza y admiración cuando me senté a cenar, entre cuatro candelabros, con mi alumna montada en su silla alta, con el babero puesto, y mirándome resplandeciente por encima de los platos. Desde luego, había cosas que en presencia de Flora solo podíamos transmitirnos mediante miradas prolongadas y aprobatorias, mediante alusiones oscuras e indirectas.
—Y el niño, ¿se parece a ella? ¿Es también tan excepcional? No se debería adular a los niños. —Ay, señorita, muchísimo más excepcional. ¡Si esta le parece a usted bien!
Y ahí se quedó, con un plato entre las manos, echando una luminosa mirada a nuestra compañerita, que llevaba de una a otra sus celestiales ojos serenos sin en absoluto interrumpirnos.
—Sí, si yo… — ¡El caballerito la fascinará! —Bueno, creo que para eso he venido: para ser fascinada. Y no obstante, me da miedo.
Recuerdo que tuve la tentación de añadir: «¡Soy fácil de fascinar! ¡Quedé
fascinada en Londres!»
Aún veo el ancho rostro de la señora Grose encajando lo dicho. — ¿En Harley Street?
—En Harley Street. —Bueno, señorita, no es usted la primera… ni será la última. —No tengo la pretensión —conseguí reír— de ser la única. De todas formas, si no he entendido mal, mi otro alumno llega mañana.
—Mañana, no; el viernes, señorita. Llegará, como usted, en la diligencia, al cuidado del cochero, e irá a recibirlo el mismo carruaje.
Sin dilación, manifesté que lo adecuado, al tiempo que agradable y simpático, sería que su hermanita y yo lo esperásemos en la parada de la posta; la señora Grose se mostró tan sinceramente de acuerdo con la idea que interpreté su proceder como una especie de brindis reconfortante — ¡nunca desmentido, gracias a Dios!— por que actuáramos al unísono ante cualquier problema. ¡Ay, sí estaba contenta de tenerme allí!
Lo que experimenté al día siguiente, supongo, no fue nada que pueda calificarse en justicia de reacción frente a la alegría de la llegada; posiblemente, como máximo, solo fue la ligera opresión producida por la mayor escala de mis nuevas circunstancias mientras daba vueltas a su alrededor, las escrutaba y trataba de tomar posesión de ellas. Eran, por así decirlo, de una extensión y un volumen para los que yo no estaba preparada y en cuya presencia, dicho sea sin remilgos, me sentía asustada y orgullosa. Como consecuencia de esta agitación, claro está, las lecciones sufrieron un cierto retraso; concluí que mi primera obligación consistía en arreglármelas, con la ayuda de cuantos sutiles manejos pudieran ocurrírseme, para que la niña tuviera la sensación de conocerme. Pasé el día con ella al aire libre; convinimos, para su satisfacción, que debía ser ella y solo ella quien me enseñara el lugar. Me lo enseñó paso a paso y habitación por habitación, y secreto por secreto, en medio de una deliciosa y festiva conversación infantil, y con el resultado de lograr ser grandes amigas al cabo de media hora. Teniendo en cuenta su corta edad, a lo largo de nuestro recorrido me sorprendió su seguridad y valor en las salas vacías y en los pasillos tenebrosos, en las escaleras tortuosas, que me hacían pararme, e incluso en la cima de una torre cuadrangular con matacanes que me produjo vértigo; me sorprendió su tono quejumbroso y su facilidad para contarme muchas más cosas de las que yo le preguntaba, mientras me guiaba de un sitio a otro. No he vuelto a ver Bly desde el día que lo abandoné y me atrevo a suponer que, a mis ojos avejentados y mejor informados, ahora resultaría mucho menos grandioso. Pero cuando mi pequeña guía, con sus cabellos dorados y su trajecito azul,
—Se niegan terminantemente. Ante esto, levantó los ojos que había escondido y los vi llenos de auténticas lágrimas.
— ¿Qué ha hecho? Dudé; luego me pareció más sencillo darle la carta, lo que, sin embargo, dio lugar a que se pusiera las manos en la espalda sin cogerla. Denegó tristemente con la cabeza.
—Esas cosas no son para mí, señorita. ¡Mi consejera no sabía leer! Vacilé ante mi error, que quise arreglar como pude, y volví a abrir la carta para repetírsela. Luego, temblando al hacerlo y doblándola de nuevo, la devolví a mi bolsillo.
— ¿Realmente es malo? Las lágrimas seguían en sus ojos. — ¿Dicen eso los señores? —No entran en detalles. Se limitan a manifestar su pesar por serles imposible mantenerlo en el colegio. Eso solo significa una cosa.
La señora Grose escuchaba con latente emoción y se abstuvo de preguntarme qué podía significar aquello; así que, a continuación, para ordenar mis ideas y con la simple ayuda que me proporcionaba su presencia, agregué:
—Dicen que es un peligro para los otros chicos. Entonces, con una de esas súbitas salidas de tono de las gentes sencillas, se exaltó:
— ¡El señorito Miles! ¿Que él puede ser un peligro? Había tal derroche de buena fe en sus palabras que, aun no habiendo visto nunca al niño, mis propios temores me hicieron intuir el sinsentido de la idea. Para corresponder lo mejor posible con mi amiga, yo misma exclamé con sarcasmo en el acto:
— ¡A sus pobres e inocentes compañeritos! — ¡Es espantoso! —gritó la señora Grose—. ¡Decir semejantes cosas! Pero si apenas tiene diez años.
—Sí, es increíble. Evidentemente agradecía mi declaración de fe. —Véalo primero, señorita. Luego, ¡créalo!
Desde entonces me sentí impaciente por conocerlo: fue el comienzo de una curiosidad que en las horas posteriores habría de agudizarse hasta casi ser dolorosa. Pude percibir que la señora Grose se daba cuenta de los sentimientos que me había provocado. Ella prosiguió, asegurándome:
—Lo mismo se podrá creer eso de la señorita. Dios la bendiga —añadió en seguida—. ¡Mírela!
Volví la cara y vi a Flora —instalada desde hacía diez minutos en la sala de estudio con una hoja de papel en blanco, un lápiz y una hermosa página para copiar de oes redondas—, que se asomaba a mirar por la puerta abierta. A su manera, ponía de manifiesto un extraordinario despego por las desagradables obligaciones, mirándome, sin embargo, con su gran inteligencia infantil, que me ofrecía, sencillamente, como consecuencia del afecto que había concebido por mi persona, el cual la impulsaba a seguirme. Necesitaba algo más para sentir con toda su fuerza la comparación hecha por la señora Grose y, cogiendo en brazos a mi alumna, la cubrí de besos repletos de sollozos de expiación.
No obstante, durante el resto del día busqué nuevas oportunidades de acercarme a mi colega, sobre todo cuando, hacia el anochecer, empecé a imaginarme que ella más bien me rehuía. La abordé en la escalera; bajamos juntas y abajo la detuve, cogiéndola por el brazo.
—He entendido lo que me ha dicho a mediodía como una declaración de que usted no sabe que el niño haya sido nunca malo.
Ella echó hacia atrás la cabeza; para entonces había adoptado una actitud clara y honesta.
—Que yo no he sabido que él… ¡No es eso lo que quise decir! De nuevo me sentí turbada. —Entonces, ¿ha sabido usted que…?
—Desde luego que sí, señorita. ¡Gracias a Dios! Pensándolo bien, lo acepté. — ¿Se refiere a que el niño que nunca…? — ¡Para mí no es un niño!
La sujeté con más fuerza. — ¿Le gusta que sean traviesos? Luego, al mismo tiempo que su respuesta, exclamé con vehemencia:
— ¡Eso mismo creo yo! Pero no hasta el punto de contaminar.
La señora Grose puso cara de tratar de ser concienzuda. —En ciertas cosas, sí. —Pero no en todas.
De nuevo meditó. —Bueno, señorita… Ha muerto. No quiero contar chismes. —Comprendo sus sentimientos —me apresuré a replicar; pero en seguida pensé que lo dicho no era óbice para proseguir—: ¿Murió aquí?
—No, se fue. No sé qué me llamó la atención en el laconismo de la señora Grose y me hizo percibir cierta ambigüedad.
— ¿Se fue para morirse? La señora Grose miraba obstinadamente por la ventana, pero yo me sentía con derecho a saber lo que se esperaba de las jóvenes contratadas en Bly.
— ¿Quiere decir que se encontraba enferma y fue trasladada a su casa? —En esta casa no se puso enferma, o al menos no se notó. Se marchó a final de año, a su casa, según dijo, para unas cortas vacaciones, a las que sin duda tenía derecho por el tiempo que llevaba aquí. Entonces teníamos una mujer joven, una niñera, que era una chica buena y lista, y que se quedó y se encargó de los niños durante ese tiempo. Pero nuestra señorita no regresó; precisamente cuando la estábamos esperando, supe por el amo que había muerto.
Volví a la carga: —Pero ¿de qué? — ¡Nunca me lo han dicho! Por favor, señorita —dijo la señora Grose—, tengo que ocuparme de mis tareas.
Por suerte para mis preocupaciones, aquella forma de dejarme plantada de la señora Grose no ahogó el nacimiento de nuestro aprecio. Después de llevar a casa al pequeño Miles, surgió una mayor intimidad como consecuencia de mi asombro e indignación ante la monstruosidad de que un niño como el que acababa de conocer pudiera haber sido objeto de una expulsión. Llegué un poco tarde a la cita, cuando él me buscaba ansiosamente por la puerta de la
posada donde había descendido de la diligencia, e inmediatamente sentí en su resplandeciente frescura, por dentro y por fuera, la misma sensible fragancia de pureza que había apreciado desde el primer momento en la hermanita. Era increíblemente guapo y, como había dicho la señora Grose poniendo el dedo en la llaga, su presencia lo barría todo excepto aquella especie de apasionada ternura que despertaba. Lo que allí y entonces me tocó el corazón fue algo divino que nunca he encontrado en ningún otro niño: su indescriptible aire de no conocer nada del mundo que no fuera el amor. Hubiera sido imposible emparejar la mala fama con una mayor dulzura e inocencia, y cuando regresé con él a Bly seguía estando aturdida —si es que no ultrajada— por la acusación de la horrible carta que guardaba en un cajón de mi dormitorio. En cuanto tuve oportunidad de hablar a solas con la señora Grose le manifesté que aquello era grotesco.
Me entendió de inmediato. — ¿Se refiere usted a la cruel acusación…? —Resulta insostenible ni por un instante. Amiga mía, ¡mírelo! Sonrió ante mi presunción de haber descubierto el encanto del niño. — ¡Le aseguro, señorita, que yo nunca he creído otra cosa! ¿Qué va a decir usted ahora? —añadió en seguida.
— ¿En respuesta a la carta? —Había tomado una decisión—. Nada. — ¿Y al tío? Fui tajante: —Nada. — ¿Y al propio muchacho? Estuve maravillosa. —Nada. Ella se restregó el delantal por la boca. —Entonces, yo estaré de su parte. Nosotras nos las arreglaremos. — ¡Nosotras nos las arreglaremos! —repetí con entusiasmo, dándole la mano para convertir aquello en un juramento.
Ella me la cogió un instante, después volvió a sacudirse el delantal con la mano libre.
— ¿Le importaría, señorita, que me tomara la libertad de…? — ¿De darme un beso? ¡No!
sería decir que el día se consumía y sonaban en el cielo enrojecido las últimas llamadas de los últimos pájaros desde las copas de los árboles—, podía dar una vuelta por el jardín y disfrutar, casi con sensación de propietaria, lo que me halagaba y divertía, de la belleza y la dignidad del lugar. En aquellos momentos era un placer sentirme tranquila y justificada; sin duda, quizá también el reflexionar que, gracias a mi discreción, a mi buen sentido y ejemplar comportamiento, estaba proporcionando un placer — ¡si es que alguna vez él se acordaba de eso!— a la persona a cuyas presiones había respondido. Estaba haciendo lo que él tan vehementemente esperaba y tan directamente me había pedido, y después de todo, el poder hacerlo estaba satisfaciéndome aún más de lo que había supuesto. Me atrevo a decir que, en resumidas cuentas, me imaginaba a mí misma como una joven singular y me reconfortaba con la idea del público reconocimiento. Vaya, que necesitaba ser singular para hacer frente a las cosas singulares que pronto darían sus primeras señales de vida.
Una tarde, en medio de mi hora, ocurrió de repente. Los niños estaban recogidos y yo había salido a dar mi paseo. Uno de los pensamientos que me rondaban durante estos vagabundeos, aunque ahora no tiemble al escribirlo, consistía en que sería tan maravilloso como una fábula encontrarme de repente con alguien. Alguien que aparecía al volver un recodo de la senda, se me plantaba delante, me sonreía y me daba su beneplácito. No pedía más, solo que lo supiera; y la única forma de estar segura de que lo sabía era verlo con el rostro iluminado por la amable luz de la comprensión. Iba precisamente pensando en esto —en la cara, quiero decir— cuando, en la primera de estas ocasiones, al final de un largo día de junio, me detuve un momento al salir de uno de los parterres y estando ya a la vista de la casa. Lo que me detuvo en seco, con mayor sobresalto de lo que me hubiera ocasionado ninguna visión, fue la sensación de que mis imaginaciones se habían hecho realidad. ¡Allí estaba! Pero allá arriba, más allá del prado y en lo alto de la torre a que me había conducido la pequeña Flora en mi primer día. Esta torre formaba parte de un par de torres, almenadas y de una discordante estructura cuadrangular, que por la razón que fuese se denominaban la nueva y la vieja, aunque yo les veía muy pocas diferencias. Flanqueaban ambas alas de la casa y probablemente eran absurdos arquitectónicos, redimidos en cierta medida por no estar completamente aislados ni ser de una altura demasiado pretenciosa, datando su fachosa antigüedad de una moda neorromántica que ya constituía un respetable pasado. Las admiraba, fantaseaba sobre ellas, y hasta cierto punto disfrutábamos, sobre todo, cuando se alzaban contra el crepúsculo, de la grandeza de sus almenas; sin embargo, no era tal elevación el lugar más adecuado para la persona que tantas veces yo invocaba.
Aquella figura recortada contra la claridad del atardecer, recuerdo, me produjo dos emociones distintas, dos sobresaltos tajantemente diferenciados,
que constituyeron una primera y una segunda sorpresa. La segunda consistió en la violenta conciencia del primer error: el hombre que veían mis ojos no era la persona que precipitadamente había supuesto. Entonces tuve una escabrosa visión que después de tantos años aún no estoy segura de transmitir con toda su viveza. Un desconocido en un lugar solitario constituye un reconocido motivo de temor para una joven bien educada; y la figura que me encaraba — después de unos segundos estuve segura— no era nadie que yo conociera como tampoco era la persona que tenía en mi pensamiento. No la había visto en Harley Street y no la había visto en ninguna parte. Además, lo que era un tanto curioso, desde aquel instante y por el puro hecho de su presencia, el lugar se había vuelto un desierto. Mientras reconstruyo los hechos con mayor minuciosidad que nunca, revivo toda la emoción del momento. Fue como si, mientras me concentraba en aquello, todo el resto de la escena quedara herido de muerte. Mientras escribo aún puedo oír el hondo sosiego en que iban cayendo los ruidos de la tarde. Las cornejas dejaron de graznar, el cielo dorado y la amable hora habían perdido todas sus voces en un minuto. Pero no hubo ningún otro cambio en la naturaleza, a menos que fuera un cambio lo que percibía con tan rara claridad. El cielo seguía dorado, la atmósfera era luminosa y el hombre que me miraba por encima de la almena estaba tan nítido como enmarcado en un cuadro. Entonces pensé con extraordinaria rapidez en cada una de las personas que hubiera podido ser y que no era. Estuvimos mirándonos desde lejos el tiempo suficiente como para preguntarme por quién sería y, como consecuencia de la incapacidad para responder, sentirme presa de un pasmo que por segundos iba creciendo de intensidad.
Yo sé que la gran pregunta en relación con ciertas cosas, o una de las grandes preguntas, consiste en preguntarse después cuánto tiempo han durado. En este caso mío, crean ustedes lo que crean, duró lo que tardé en escoger entre una docena de posibilidades, ninguna mejor que las demás, que probablemente había en casa —y ¿desde cuándo?— una persona desconocida. Duró mientras me lo estuve reprochando, con la convicción de que mi cargo imponía que no hubiera tal ignorancia ni tal persona. Duró mientras el visitante —y recuerdo que el hecho de no llevar sombrero le daba un extraño toque de libertad, de familiaridad— me estuvo mirando fijamente desde su posición, haciéndose la misma pregunta y sometiéndome al mismo examen que su presencia había despertado en mí. Estábamos demasiado lejos para hablarnos, pero hubo un momento en que, de ser el espacio más reducido, la consecuencia lógica de nuestra mutua fijeza hubiera debido consistir en una especie de desafío que rompiera la calma. Estaba en uno de los ángulos, el más alejado de la casa, rígido como para llamar la atención y con las dos manos sobre la balaustrada. Lo vi como veo las letras que escribo en esta página; luego, al poco, como si deseara agrandar el panorama, cambió de lugar y pasó