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Tipo: Monografías, Ensayos
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¡No te pierdas las partes importantes!



























































































Cap. 1 La metamorfosis Cap. 2 El robo del portafolios Cap. 3 Documentos excepcionales Cap. 4 Asalto a la escuela Cap. 5 Tres pasos para la superación plena Cap. 6 Alboroto en el aula Cap. 7 La escala de gente prioritaria Cap. 8 El sistema emocional Cap. 9 Abrazo fraternal Cap. 10 Sólo cinco leyes Cap. 11 Ley de ejemplaridad Cap. 12 Ley del amor incondicional Cap. 13 Ley de las normas de disciplina Cap. 14 Las normas de la familia Yolza Cap. 15 Ley de comunicación profunda Cap. 16 un grito desesperado Cap. 17 Reencuentro Cap. 18 Ley del desarrollo espiritual Cap. 19 Prólogo en el epílogo
Amor: He dado vueltas en la cama intentando abandonar la vigilia inútilmente. Hace unos minutos salí a rastras de entre las cobijas buscando pluma y papel. Escribirte es el último recurso que me queda en esta fiera lucha por controlar mi torbellino mental. Ignoro a qué me dedicaré mañana, ni si tú seguirás siendo profesora, ni si tendremos el ánimo para continuar viviendo aquí, ni si alguna vez recuperaré la confianza en la gente como para volver a dar un consejo de amor. Lo único que sé es que mañana, cuando amanezca, no podré volver a ser el mismo... Ésta es la primera noche que pasamos en casa después de la tragedia. Es el punto final de una historia escrita en tres días de angustia, incertidumbre y llanto. Sé que tú fuiste la protagonista principal del drama, pero ¿te gustaría saber cómo se vio el espectáculo desde mi butaca? Estaba impartiendo una conferencia de "relaciones humanas " cuando fui interrumpido por la secretaria. — Licenciado — profirió antes de que me hubiese acercado lo suficiente a ella como para que los asistentes al curso no escucharan —. ¡Su esposa! ¡Acaban de hablar del Hospital Metropolitano! Tuvo un accidente en el trabajo. — ¿Cómo? — pregunté azorado —. ¿No será una broma? — No lo creo señor Yolza. Llamó una compañera de ella. Me dijo que un alumno la atacó y que es urgente que usted vaya... Salí de la sala como centella sin despedirme de mis oyentes. Subí al automóvil con movimientos torpes e inicié el precipitado viaje hacia el hospital. No vi al taxista con el que estuve a punto de chocar en un crucero, ni al autobús que se detuvo escandalosamente a unos milímetros de mi portezuela cuando efectué una maniobra prohibida. ¿Cómo era posible que un alumno te hubiese atacado? ¿No se suponía que eras profesora en uno de los mejores institutos? Estacioné el automóvil en doble fila, bajé atolondradamente y corrí hacia la recepción del sanatorio. Reconocí de inmediato a tres empleadas de tu escuela sentadas en las butacas de espera. Al verme llegar se pusieron de pie. — Fue un accidente — dijo una de ellas apresuradamente, como para eximir responsabilidades. — El joven que la golpeó ya fue expulsado — aclaró otra. — ¿La golpeó? ¿En dónde la golpeó? Las profesoras se quedaron mudas sin atreverse a darme la información completa. — En el vientre —dijo al fin una que no podía disimular su espanto. Cerré los ojos tratando de controlar el indecible furor que despertaron en mí esas tres palabras. Por la preocupación que me produjo el hecho de saber que podías estar herida me había olvidado de lo más importante, ¡Dios mío!: ¡que estabas embarazada! — ¿Fue realmente un accidente? — pregunté sintiendo cómo la sangre me cegaba.
— Bueno... sí — titubeó una de tus amigas —. Aunque el muchacho la molestaba desde hace tiempo... De eso apenas nos enteramos hoy. No quise escuchar más. Me abrí paso bruscamente y fui directo al pabellón de urgencias. A lo lejos vi a tu ginecobstetra. — ¡Doctor! — lo llamé alzando una mano mientras iba a su encuentro —. Espere, por favor... ¿Cómo está mi esposa? — Delicada — contestó fríamente —. La intervendremos en unos minutos. — ¿Puedo verla? — No. — Comenzó a alejarse. — ¿Y el niño? ¿Se salvará...? Movió negativamente la cabeza. — Lo siento, señor Yolza... Me quedé helado recargado en la pared del pasillo. ¡Esto no podía estar pasando! ¡No era admisible! ¡No era creíble! Tu médico te había permitido que trabajaras medio tiempo con la condición de que lo hicieras cuidadosa y tranquilamente. ¡Yo mismo lo acepté sabiendo que se trataba de una gestación riesgosa! ¿Pero quién iba a imaginar que un imbécil te golpearía? ¡Y faltando tres meses para el nacimiento! Eché a caminar por los corredores entrando a zonas restringidas, como un ladrón. Conozco a la perfección el hospital porque en él nacieron nuestros otros dos hijos y yo participé en ambos partos, así que, con la esperanza de verte, me agazapé en un cubo de luz por el que puede vislumbrarse el interior del quirófano. No tuve que esperar mucho tiempo para presenciar cómo te introducían al lugar en una camilla... Fue una escena terrible. Estabas acostada boca arriba con el brazo derecho unido a la cánula del suero y una manguera de oxígeno en tu boca. Parecías muerta. Igual que ese "volumen", antes rebosante de vida, horriblemente estático debajo de la aséptica sábana que te cubría el vientre. Me quedé pasmado, transido de dolor, rígido por la aflicción. ¿Qué te habían hecho? ¿Y por qué? Es verdad que los jóvenes de hoy son impulsivos, inmaduros, inconscientes; que hasta en las mejores escuelas se infiltran cretinos capaces de las peores atrocidades... Pero, ¿al grado de hacerte eso a ti... a nosotros? Sentí que las lágrimas se agolpaban en mis párpados. Mi vida... Viendo cómo te preparaban para la operación, juré que, de ser posible, cambiaría mi lugar por el tuyo... — Disculpe, señor, pero no puede estar aquí — me dijo un individuo enorme, vestido como guardia de seguridad, quien amablemente pero con firmeza me encaminó hacia la sala de espera. Y la espera en la sala fue un suplicio lento y desgarrador. No tuve noticias tuyas durante horas. Salí varias veces a caminar, un poco por averiguar si el aire fresco era capaz de apagar las llamas de mi ansiedad y otro poco por evitar la proximidad de tus compañeros de trabajo. Viví momentos inenarrables. Creí que te perdía. Fuiste intervenida dos veces y estuviste en observación más de quince horas. Hoy en la tarde te dieron de alta. Saliste del hospital tomada de mi brazo pero con la cabeza baja, arrastrando el ánimo. Además de haber perdido al bebé habías quedado estéril. Durante el trayecto a la casa no hablaste nada. Yo tampoco. ¿Qué palabras podían servir para atenuar la aflicción producida por esa amarga experiencia? ¿Qué bálsamo era capaz de adormecer el suplicio de esa llaga supurante? No había ninguno. Quizá el silencio. Abrimos la puerta de la casa y nos adentramos a su quietud absoluta. Los niños ya dormían. Encendimos las luces y los estáticos muebles parecieron darnos la bienvenida compadecidos.
— ¿Venías a despedirte?
La nube de vapor comenzó a extenderse alrededor de ti. No cerré la llave del agua. — Me preocupas, cariño — murmuraste. — Y tú me preocupas a mí — contesté —. Lo que te ha ocurrido es terrible. Te quedaste callada mirándome tiernamente. Sabías que eso no era verdad. Si estuviera afligido por tu dolor estaría brindándote mi apoyo, como solía hacerlo cuando tenías algún problema. — ¡Maldición! — mascullé dando un fuerte puñetazo en la pared —. ¡Esto no debió haber pasado! — ¡Pero pasó! Ahora debemos reponernos para no perder más de lo que ya perdimos. ¡Tenemos dos hijos vivos! ¿Recuerdas? Me froté fuertemente la cara sintiéndome un desdichado. — Nada va a volver a ser como antes. Percibo la maldad corriendo por mis venas. — No, no — rebatiste —. El joven que me atacó es producto de una sociedad corrupta que a la vez es el resultado de familias torcidas. Tú eres la cabeza de esta familia y si te dejas llevar por el deseo de venganza que supones corre por tus venas, ten la seguridad que nuestros hijos también acabarán, tarde o temprano, hundidos en el fango de la degradación que los espera afuera. — Amor — susurré sintiendo cómo las palabras se negaban a salir —. No puedo quedarme con los brazos cruzados después de que han matado a un hijo nuestro. — Entiende que no fue intencional... — ¿Y tú entendiste...? — pero me quedé con la frase en el aire. ¿Entiende qué? Dios mío. Tenía tantas ganas de llorar... Entonces comprendí el gran error: he dedicado el trabajo de toda mi vida a brindar elementos de superación a empresarios, cuando son otras las personas que realmente necesi- tan de él. — Vida — me dijiste —. En este momento no sé por qué estoy más triste: si por la muerte del bebé o por tu actitud hacia mí. Con ese comentario me aniquilaste. Sentí que perdía fuerzas y con las fuerzas la ira. Quise abrazarte, pero tú estabas vestida y seca y yo desnudo y mojado bajo la regadera. — Perdóname — logré articular al fin —. No debo comportarme así, porque entre todo lo malo que ha pasado hay algo verdaderamente hermoso: que ahora te amo muchísimo más... Esta vez mi tono de voz sonó intensamente afligido, una lágrima se deslizó por mi mejilla confundiéndose de inmediato con el agua que caía sobre mí. Te me acercaste neviosamente. El chorro, al golpear mi cuerpo, comenzó a salpicarte. No te importó. — ¿Sabes...? — te dije —. Cuando estabas en el quirófano juré que si pudiera cambiaría mi lugar por el tuyo... Tú no soportaste esas palabras y yo no soporté más tu dulce mirada. Te extendí los brazos y, vestida como estabas, te refugiaste en ellos de inmediato. El agua de la ducha cayó sobre ti empapándote totalmente. Te acurrucaste en mi cuerpo buscando más calor. Acaricié tu cuello y tu espalda con un cariño casi desesperado; luego comencé a desabrochar tu bata, deslizándola suavemente hacia abajo mientras te besaba. Estreché tu piel desnuda delicadamente pero con mucha fuerza y tú comenzaste a llorar abiertamente, frotando tu cara en mi pecho. No había sensualidad alguna. Era algo superior. Algo que no habíamos experimentado jamás. Era el milagro de una dolorosísima pero extraordinaria metamorfosis. En ese instante, disueltos el uno en el otro, me susurraste que no te importaba haber tenido
un aborto, ni te importaba nada de lo que pudiera pasarte en el futuro si nos manteníamos juntos. No necesité contestarte para que supieras que yo pensaba igual. Fundidos en un abrazo eterno éramos, tú y yo, una sola alma otra vez.
Lo vi entrar a la recepción del colegio con aire de prepotencia sin siquiera haberse quitado la bata blanca que lo distinguía en su trabajo. —Soy el doctor Hernández —le gritó a la secretaria—. Me llamaron para decirme que iban a expulsar a mi hijo. Tengo muchos pacientes y no puedo darme el lujo de hacer antesala, así que haga el favor de anunciarme de inmediato con el director. El máximo censor salió a recibir al escandaloso visitante. —Pase, por favor. Saúl está aquí, con su novia. Me quedé afuera tratando de escuchar lo que se decía en el privado. No fue difícil. Papá recibió las quejas haciendo grandes aspavientos, preguntando teatralmente cómo era posible todo eso. Mi hermano alzó la voz para defenderse y fue abofeteado cruelmente frente al director y la novia. Después hubo un momento en el que no se escuchó nada. En ese silencio imaginé a la chica llorando a cántaros, al administrador como estatua de hielo, incrédulo de la agresividad que había presenciado, y a mi hermano aguantando estoico el dolor de la humillación. unos minutos después se abrió la puerta del depacho y salió Saúl. Detrás papá. —¿A dónde crees que vas, muchachito? —Y al decir esto lo sujetó por la oreja. Saúl sudaba y tenía el rostro extremadamente rojo. Se liberó de la mano opresora de un zarpazo y echó a caminar hacia afuera sin decir nada. —¡ün momento! ¡Detente o te arrepentirás toda tu vida! En la calle varios estudiantes observamos la penosa escena en la que el adulto trataba de sujetar al joven jalándolo de los cabellos mientras éste se defendía ágil y ferozmente para alejarse a pasos rápidos del lugar. Saúl no volvió a casa. Nadie supo a dónde fue. Por lo que papá se la pasó llamando por teléfono a todas las autoridades de la ciudad para reportar al fugitivo, mamá estuvo llorando inconsolablemente y Laura y yo nos acostamos con la excitante novedad de que el primogénito había abandonado el nido. No podíamos creer que hubiera tenido tanto valor y con el pensamiento le mandábamos nuestras más calurosas felici- taciones. Esa noche tardé mucho en conciliar el sueño. Me preguntaba constantemente a qué lugar iría un joven al escapar de casa. Deseaba saberlo para tener la opción de hacer lo mismo cuando mi familia me hartara. Y no faltaba mucho para ello. Al día siguiente muy temprano, diríase de madrugada, papá entró a mi habitación haciendo mucho ruido y llamándome holgazán. Me destapó arrojando las cobijas al suelo y azuzán- dome para que me levantara. —Desperézate, muchachito. Voy a ir contigo a la escuela para vigilar la entrada de los alumnos a ver si aparece tu hermano. —¿Sinceramente crees que irá a clases después de escapar de casa? —Me incorporé para recoger las sábanas y echármelas nuevamente encima—. Permíteme que me ría: Jo jo jo. Papá se puso verde, más por tener yo la razón que por mi insolencia, pues ante él, tener la razón era un pecado mortal. —De cualquier modo iremos a la escuela. Quiero hablar con el señor Yolza para ponerlo al tanto de lo que hizo tu hermano. —Ese maldito director chismoso —susurré—. Por su culpa está pasando lo que está pasando. Me levanté indolentemente y me vestí. Estuvimos en el colegio justo antes de la hora de entrada. Al poco tiempo llegó el director. Papá lo interceptó para preguntarle de modo presuntuoso por qué se había propuesto echar a perder la vida de sus hijos, lo cual, por agresivo e incoherente, me asombró bastante. Varios compañeros curiosos se detuvieron a escuchar la inminente discusión, pero el licenciado Yolza los evadió invitándonos a pasar a su privado. Ya dentro, los dos hombres se miraron fijamente como viejos enemigos. Mi padre se calmó
un poco, pero no dejó de levantar la voz. —usted no ha sabido guiar a mis hijos. Uno viene aquí brindándole toda la confianza, paga puntualmente las colegiaturas ¿y qué recibe a cambio? unos muchachos tímidos y acomplejados. Saúl ha caído tan bajo por culpa de usted. El señor Yolza se frotó la barbilla con aire preocupado. Su trabajo consistía en atender vecinos quejosos, empleados irresponsables, inspectores corruptos, sindicalistas prepotentes, alumnos groseros (como yo) y padres de familia desequilibrados (como el mío). Sin embargo, no parecía haberse acostumbrado del todo a tales situaciones. Tomó asiento y con ademán cortés invitó a papá a hacer lo mismo frente a él. También a mí, con una mirada, me indicó que me sentara. —¿Quiere explicarme de qué se trata exactamente, doctor Hernández? —Ayer mi hijo Saúl se fue de la casa. —¿De veras? —preguntó interesado—. ¿Y qué le hace suponer que fue por mi culpa? —Que no había necesidad de llamarme para darme la queja. Todos los jóvenes llegan al sexo con sus novias. El director abrió el cajón central de su escritorio para extraer una cajita con pastillas medicinales; tomó una y se la echó a la boca de inmediato mientras movía la cabeza negativamente (¡vaya manera de empezar el día!). Acto seguido descolgó su intercomunicador para pedirle al archivista el expediente de Saúl y el mío. Sin quererlo salté de mi silla. ¿El mío? Yo solamente estaba de mirón, no tenía vela en ese entierro. ¿Por qué pediría también mi expediente? Me volví a sentar. Hubo un silencio desagradable. Finalmente la secretaria entró presentándole las carpetas y el licenciado comenzó a decir con voz firme: —Doctor Hernández: su hijo Saúl tiene antecedentes muy graves y fue admitido aquí condicionalmente. Aún así, su historial está lleno de irregularidades. Ayer no hubo tiempo de analizarlo, pero "fumar en clase", "contestar altaneramente a los profesores", "no cumplir con tareas" e "irse de pinta" son notas comunes y repetitivas en este registro. Además, ya había estado a punto de ser expulsado en otra ocasión. —Mi padre alzó las cejas simulándose indignado y me reí interiormente de él—. Se dio de golpes con otro joven que al parecer pretendía a su novia "en turno". En esa oportunidad armó un gran alboroto. Vinieron patrullas y los vecinos me citaron para hacerme prometer que eso no volvería a suceder en esta calle. Lo tuve detenido en mi oficina durante casi una hora. Intentamos comunicarnos con usted, pero fue inútil. Tampoco su esposa pudo ser localizada. Así que llené su forma de expulsión y se la entregué. Entonces su hijo me dijo que me odiaba, que odiaba este mundo, esta vida, esta escuela y a sus padres. Después de eso se echó a llorar y su llanto demostraba una congoja enorme. —El licenciado se levantó ligeramente apuntando con el índice— Doctor Hernández, si no ha visto a su hijo llorar de esa manera últimamente, usted está muy lejos de él para poder ayudarle. —Volvió a sentarse y antes de continuar pareció escoger las palabras—: Ante una situación tan patética no pude dejar de darle otra oportunidad. Sentí que, en el fondo, Saúl no era culpable de sus yerros, un joven que se desprecia tanto a sí mismo debe tener una pésima familia. El origen de la autovaloración de un individuo se halla en su familia. La gente se comporta en la calle como aprendió a hacerlo en su casa. Si Saúl está en malos pasos no hay más culpables que usted y su esposa... Mi padre estaba petrificado. El matiz sanguíneo de sus mejillas me hizo percibir su cólera. Ésta era tal que no podía hablar. El director, en cambio, se mostraba mucho más seguro e impertérrito que al principio. Seguidamente abrió mi expediente y comenzó a hojearlo con detenimiento. —Su hijo Gerardo es otra muestra de lo que le estoy diciendo. Para que se callara lo miré con todo el repudio que pude..., pero al individuo pareció no
discutían. No me detuve: no quería saber más nada del asunto. Durante horas caminé por las avenidas abrazando fuertemente el portafolios robado. Sentía ganas de llorar, pero no comprendía la razón. Quizá por haberse dicho en mi presencia conceptos muy serios en los que jamás había pensado, uno especialmente cruel y verdadero me taladraba las sienes: que mis hermanos y yo éramos inteligentes pero terriblemente infelices.
Lo que estoy relatando sucedió hace muchos años, pero fue el inicio de la transformación de mi vida. Mi padre era un hombre instruido. Había estudiado medicina haciendo su residencia y especialidad ya casado. Si algo yo le reconocía era su carácter duro y tenaz. En la época a la que me refiero tenía una trayectoria profesional brillante, lo que nos permitía vivir desahogadamente, pero su trabajo de "procer salvavidas" lo absorbía tanto que convivía poco con su familia y los problemas que con esa actitud eludía comenzaron a mermar su equilibrio emocional. Adquirió patrones de neurosis depresiva: exageraba nuestras faltas y al principio nos reprendía en forma humillante para después deshacerse en lamentos y añoranzas respecto a cómo debíamos ser y no éramos. Algo digno de despertar ternura. A esto debía sumarse la conducta hipocondríaca de mamá: para ella todo era motivo de angustia, y pasaba horas enteras lamentándose y llorando. Era fácil adivinar que no mantenían una buena relación conyugal. A ninguno de nosotros nos agradaba estar en esa casa carente de calor, así que cuando teníamos oportunidad, los tres hijos volábamos como palomas asustadas. Mi hermana Laura, de quince años, se pasaba las tardes en compañía de sus amigas (al menos eso decía). Saúl, de veintiuno, se iba con su novia. Y yo, de dieciocho, el hijo intermedio (mamá me llamaba el jamón del sandwich), salía con mi pandilla a hacer locuras por las calles y a asustar a las muchachas que andaban solas. A mis amigos y a mí nos gustaba manejar los coches de nuestros padres a gran velocidad. Con frecuencia la policía nos perseguía, pero la buena suerte, la audacia o el dinero siempre nos salvaban de ser aprehendidos. Todo lo prohibido nos causaba gran excitación. Sin embargo, debo aclarar que cuando mis amigotes robaban a los transeúntes, por travesura más que por necesidad, yo no participaba. Eso sí, observaba todo desde las esquinas cercanas pero sin mover un dedo. El portafolios del señor Yolza fue el primer objeto hurtado en mi historial. Tal vez algún día lo devolvería... ya que sólo lo hice porque quería darle una lección al engreído ese que se atrevió a llamarme "alumno de última categoría". Aquella noche leí respecto al aborto de su esposa. ¡Qué emociones tan curiosas despertó en mí ese relato! Principalmente porque conocía los antecedentes de la escuela y al relacionarlos con la carta resultaba una ecuación incoherente, ilógica. ¿El dueño había decidido dejar de dar discursos de capacitación a empresas para organizar una preparatoria con el fin de ayudar a jóvenes entre los que podría estar el responsable de la muerte de su tercer hijo? ¡Qué cosa tan absurda y afeminada! Fui a mi dormitorio y me encerré con llave. La habitación, completa, era para mí solo. Saúl estaba "de vacaciones", así que iba a poder extender sobre el piso mis revistas "prohibidas" sin que nadie me molestara. Empujé la cama de mi hermano hasta pegarla con la mía. Esa noche dormiría cómodamente en una matrimonial. Pobre Saúl: siempre tan loco e impulsivo. Seguramente mientras él pasaba incomodidades sólo Dios sabía en donde, yo disfrutaba de sus territorios como un señor. Comencé a hojear las fotografías de mis revistas... pero me detuve insatisfecho: no me apetecía mirar eso. Guardé mis "tesoritos" clandestinos y traté de dormir, pero no pude porque
Quiero compartirte que estoy pendiente de cada eventualidad con la firme convicción, nunca experimentada en el pasado, de que nuestro tercer hijo no murió en vano antes de nacer. Tuyo, Tadeo. Apenas terminé de leer, cogí el portafolios hurtado para hurgar en él con la avidez de un sediento que busca agua. Saqué todo lo que guardaba y lo deposité sobre la cama de mi hermano. La localización de lo que ansiaba encontrar fue casi inmediata: una carpeta conteniendo documentos ligeramente más anchos que las hojas tamaño carta, por lo que sus bordes amarillentos sobresalían del resto. Extraje con cuidado la carpeta y contemplé su curioso contenido hecho de un material resistente como la piel, flexible como la tela y delgado como una hoja: se trataba de pergami- nos azafranados y de olor rancio escritos con tinta violácea de trazos irregulares. Las letras eran casi normales, salvo uno que otro símbolo extraño que se intercalaba entre las palabras. Intenté leer, pero no logré captar ni un ápice. Habían frases como la siguiente: Joven, creed et cuydat todas cosas tales que sean aguisadas et non fiuzas dubdosas et vanas. Guardatvos que non aventuredes nin ponga desde lo vuestro, de que vos sinta-des por fiuza de la pro de que non sodes cierto. Y abonde nos estoque dicho vos avernos Cristo en qui creemos. Y lo más fantástico era que se trataba de pergaminos originales. Los acaricié con respeto, los acerqué a mi rostro para olerlos y sentir su textura en mi mejilla. En eso me hallaba cuando se desprendieron algunas hojas blancas que habían sido guardadas en el interior. Con gran curiosidad me apresuré a levantarlas y descubrí que eran los borradores de una traducción de esos documentos. No se necesitaba ser experto en testimonios arqueológicos para percatarse de que ese vademécum y su incipiente interpretación era en extremo valioso. De algo pude estar seguro entonces: iba a tener que devolverlo. En la traducción de los pergaminos decía: No seas altivo ni orgulloso pues perderás el tiempo leyendo conceptos de paz. No porque hayas oído mucho puedes considerarte erudito. El que cree saber sólo es un fanfarrón. Las verdades no se saben, se sienten; no se aprenden, se viven. Nadie puede ser sabio en su propia opinión. Déjate guiar. Puedes suponer que estás haciendo bien cuando en realidad estás haciendo lo más cómodo y placentero. El necio tiene por recto su camino. El sabio siempre está atento a los consejos. Sólo sometido a la autoridad de Dios harás lo bueno y te irá bien. Tarde o temprano todos debemos entender a las leyes morales de la creación. Los rebeldes con lágrimas, sinsabores y amargura. Los competentes (que hacen suya la experiencia de otros) con alegría y paz. Examínalo todo sin prejuicios y aprende lo bueno de todo, porque hasta en el ser más insignificante o extraño y hasta en el problema más "innecesario" hay un mensaje para ti. "Cursi, rosado, religioso, manipulador, impráctico", me dije haciendo a un lado los papeles. De momento me pareció que todo lo que ese hombre guardaba en su portafolios era producto de una personalidad amanerada o de una estúpida vocación sacerdotal. Sin embargo, creo que mis viscerales juicios no eran del todo sinceros porque retomé los escritos y seguí leyendo: No te equivoques al escoger a tus amigos. Si eres bueno busca a los buenos. ¿Qué consorcio
1 Romanos, 12, 16.
2 Proverbios, 12, 15. 3 Romanos, 12, 2-3. 4 1 Tesalonicenses, 5, 21.
hay entre la justicia y la iniquidad?¿Qué comunión entre la luz y las tinieblas?^5 No sigas el consejo de los malvados ni te sientes en el banco de los burlones, porque el camino de los perversos siempre tiene mal fin. Tu visión es corta e imperfecta. El orgullo y la arrogancia te hacen suponer que la gente está en tu contra y que nadie te entiende, pero eso es un espejismo mortal. Sé de corazón humilde. La vida te devuelve siempre lo que tú le das. El que es bueno siembra el bien y le va bien. Nunca lo olvides. ¿Pero qué rayos estaba leyendo? Para oír sermones me bastaba mi papá. Moví la cabeza desilusionado. De modo que el director no era más que otro adulto ordinario que coleccionaba máximas moralistas para fastidiar a los jóvenes... Guardé todo en el portafolios y le di la espalda para intentar dormir, pero a los pocos minutos me volví sobre mis pasos sin entender la razón y extraje de la carpeta de escritos personales otro apunte, cuidándome de que no se tratara de más amonestaciones. Una carta íntima más. "Vamos a ver qué otra historia inventa este loquillo", me burlé en voz alta, aunque en mi fuero interno, del que no tenía conciencia, existía un gran deseo de seguir empapándome de esa extraña y novedosa forma de ver la vida. Elegí la misiva al azar, sin preocuparme por saber si estaba fechada antes o después de la anterior, una curiosidad hipnótica más fuerte que mi naturaleza sarcástica y liviana me impul- saba a leer cualquier cosa que me ayudara a conocer más a ese singular individuo que administraba mi escuela. Llevé la carta conmigo a la cama y la leí completa antes de cerrar los ojos.
(^5) 2 Corintios, 6, 14-15. 6 Salmos, 1, 1-3. 7 Salmos 1, 4-5.
Helena: Hay gente esperándome en la recepción y tengo asuntos pendientes sobre el escritorio. No estoy en facultades de atender ni a los unos ni a los otros. Necesito hablarte. Decirte que te amo y que me duele mucho que hayamos discutido. Estoy convencido que el arte de las artes es la convivencia matrimonial, porque es la única disciplina que exige la perfecta coordinación de dos virtuosos en la destreza de dar y perdonar. Hoy en la mañana ocurrió algo que me consternó sobremanera. Cometimos el error de hacer grande una discusión pequeña. Tornamos la llovizna en huracán. Ambos contribuímos: teníamos que salir en el mismo auto y tus nimias actividades en un tiempo valioso amenazaban con retardarnos a todos. Te llamé la atención porque, a mi juicio, se nos estaba haciendo tarde por tu culpa, y tú me pediste que te ayudara con el arreglo y desayuno de Ivette. Ninguno de los dos escuchó al otro. El matrimonio es un equipo en el que se debe remar parejo so pena de que el barco pierda su rumbo. De haber sido "asertivos", el incidente no hubiera pasado a mayores. Yo sólo quería escucharte decir que sí, que me entendías, que ibas a tratar de apresurarte, y tú sólo deseabas oír de mi boca que sí, que en cuanto terminara de vestirme te ayudaría con la niña. Pero en ninguno cupo la prudencia. Defendiste tu posición y comenzaste a reprocharme que
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ASALTO A LA ESCUELA
Las ideas se agolpaban una tras otra como si de repente en mi vida se hubiera abierto una puerta, antes cerrada, hacia nuevos horizontes. Por primera vez sentí melancolía y soledad. Hasta entonces no había experimentado deseos de amar y ser amado. Parecía muy extraño, pero todo era producto de haber penetrado furtivamente en la intimidad de un adulto tan des- preciado. Finalmente me dormí. Cuando abrí los ojos habían dado las nueve de la mañana. Me pareció inusitado que papá se hubiera ido al hospital pasando por alto su rutina de despertarme arrancando violentamente las cobijas de mi cama y abriendo las cortinas del cuarto de par en par. Quizá el hecho de que mi hermano Saúl no estuviera, o quizá el desagradable recuerdo de la discusión que tuvo con el director el día anterior, lo había hecho reflexionar respecto a la forma de tratarnos. El ruido de la aspiradora me permitió reconocer a la sirvienta en pleno inicio de jornada y la música clásica a mi madre haciendo su gimnasia matutina. Excelente: era demasiado tarde para ir a la escuela. Me levanté a recoger los papeles que había estado leyendo hasta avanzadas horas y que dejé caer al quedarme dormido. Los acomodé cuidadosamente. Al hacer-Jo, aprecié detalles que en la víspera me pasaron desapercibidos: En el portafolios había tres carpetas distintas, una azul y dos verdes. La primera contenía manuscritos personales ordenados por fechas: cartas a su esposa, cartas a sus hijos y simples relatos íntimos como los que detalla un adolescente en su diario. La carpeta verde contenía escritos a máquina: resúmenes expositivos, apuntes y conclusiones de temas pedagógicos, algo así como las notas en las que un profesor se apoya para impartir su cátedra. Y la tercera carpeta contenía aquellos documentos extraños e ininteligibles con sus incipientes borradores de traducción. También hallé algunas plumas y lápices, una calculadora, un bello diccionario español- latín/latín-español y nada más. En la casa no existían señales de que alguien se fuera a preocupar por molestarme, así que me embebí en el material paladeando esa extraña sed de saber más que experimentan los hombres que leen. Ya había penetrado en los dominios de la colección de redacciones íntimas y, como las traducciones de los papiros arcaicos me causaba una especie de malestar estomacal, decidí extraer un folio de los expositivos. Antes de comenzar la lectura pensé en Saúl. ¿Dónde habría pasado la noche? ¿Qué habría cenado? ¿Con quién estaría en ese momento? Sentí tristeza por él. Ojalá que volviera pronto porque necesitábamos luchar juntos para rehacer esa decadente pero aún no desahuciada familia. Los apuntes decían así:
- El 80% de las familias tienen por lo menos un hijo fracasado en los estudios.
Fuente de estadísticas en Latinoamérica, Revista People.
Esto arroja la premisa de que todos los "muchachos problema" albergan en su mente la misma clase de resentimientos familiares. Los padres dañan a sus hijos y los hijos devuelven, de una u otra forma el daño, creando un círculo espantoso que lanza enormes cantidades de individuos insatisfechos al mundo. La delincuencia, la drogadicción, la prostitución (la maldad en sí), que ensombrecen a la humanidad no son sino los frutos de las semillas que se siembran en los hogares. La familia es la base de la sociedad porque todo hombre y mujer que la conforman se hicieron en una familia. Si la familia se corrompe, la sociedad, el país, el mundo entero se corrompe. Los gobernantes hacen el ridículo tratando de acabar con el mal; el origen de una sociedad corrupta son las familias corruptas. La procedencia de un hombre malo es una mala familia. No hay más. Esto es un verdadero mensaje urgente, ün grito desesperado antes de que sea demasiado tarde: el que no lucha por SU familia es alguien que, NO IMPORTA POR QUE OTRA COSA LUCHE, no merece tener el lugar que Dios le ha dado en esta tierra. Eran palabras demasiado fuertes para mí. Así que arrojé los papeles al aire en un gesto de rabieta pueril. "Pamplinas", me dije, pero al ver las hojas volar por mi habitación de inmediato procedí a reorganizarlas. Me hallaba en tan molesto menester cuando sonó el teléfono. "¡Mis amigos!", pensé. Salté como liebre al aparato y contesté: —¿Bueno? —¿Casa de la familia Hernández? —Sí, aquí es. —Necesito hablar con el señor o la señora de la casa. Es urgente. Llamo del Instituto Bécquer. Soy la secretaria del director. —Los señores no se encuentran —mentí—, ¿puede dejarme el recado? —Se trata del joven Saúl —gritó la voz exasperada—. ¡Está aquí, en la escuela! Vino a pedir