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Literaturas variadas, Resúmenes de Lengua y Literatura

Critón, después de cerrar la boca y los ojos al maestro, dejó á los demás discípulos en torno del cadáver, y salió de la cárcel, dispuesto á cumplir lo más pronto posible el último encargo que Sócrates le había hecho, tal vez burla burlando, pero que él tomaba al pie de la letra en la duda de si era serio ó no era serio. Sócrates, al espirar, descubriéndose, pues ya estaba cubierto para esconder á sus discípulos, el espectáculo vulgar y triste de la agonía, había dicho, y fueron sus últimas pala

Tipo: Resúmenes

2020/2021

Subido el 11/05/2021

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L ..,

¡E !

E S

L A C

P: 1901

F: B N E

I

E G S

Critón, después de cerrar la boca y los ojos al maestro, dejó á los demás discípulos en torno del cadáver, y salió de la cárcel, dispuesto á cumplir lo más pronto posible el último encargo que Sócrates le había hecho, tal vez burla burlando, pero que él tomaba al pie de la letra en la duda de si era serio ó no era serio. Sócrates, al espirar, descubriéndose, pues ya estaba cubierto para esconder á sus discípulos, el espectáculo vulgar y triste de la agonía, había dicho, y fueron sus últimas palabras: —Critón, debemos un gallo á Esculapio, no te olvides de pagar esta deuda.—Y no habló más. Para Critón aquella recomendación era sagrada: no quería analizar, no quería examinar si era más verosímil que Sócrates sólo hubiera querido decir un chiste, algo irónico tal vez, ó si se trataba de la última voluntad del maestro, de su último deseo. ¿No había sido siempre Sócrates, pese á la calumnia de Anito y Melito, respetuoso para con el culto popular, la religión oficial? Cierto que les daba á los mitos (que Critón no llamaba así, por supuesto) un carácter simbólico, filosófico muy sublime é ideal; pero entre poéticas y trascendentales paráfrasis, ello era que respetaba la fe de los griegos, la religión positiva, el culto del Estado. Bien lo demostraba un hermoso episodio de su último discurso, (pues Critón notaba que Sócrates á veces, á pesar de su sistema de preguntas y respuestas se olvidaba de los interlocutores, y hablaba largo y tendido y muy por lo florido).

Había pintado las maravillas del otro mundo con pormenores topográficos que más tenían de tradicional imaginación que de rigurosa dialéctica y austera filosofía. Y Sócrates no había dicho que el no creyese en todo aquello, aunque tampoco afirmaba la realidad de lo descrito con la obstinada seguridad de un fanático; pero esto no era de extrañar en quien, aún respecto de las propias ideas, como las que había expuesto para defender la inmortalidad del alma, admitía con abnegación de las ilusiones y del orgullo, la posibilidad metafísica de que las cosas no fueran como él se las figuraba. En fin, que Critón no creía contradecir el sistema ni la conducta del maestro, buscando cuanto antes un gallo para ofrecérselo al dios de la Medicina. Como si la Providencia anduviera en el ajo, en cuanto Critón se alejó unos cien pasos de la prisión de Sócrates, vió, sobre una tapia, en una especie de plazuela solitaria, un gallo rozagante, de espléndido plumaje. Acababa de saltar desde un huerto al caballete de aquel muro, y se preparaba á saltar á la calle. Era un gallo que huía; un gallo que se emancipaba de alguna triste esclavitud. Conoció Critón el intento del ave de corral, y espero á que saltase á la plazuela para perseguirle y cogerle. Se le había metido en la cabeza (porque el hombre, en empezando á transigir con ideas y sentimientos religiosos que no encuentra racionales, no para hasta la superstición más pueril) que el gallo aquel, y no otro, era el que Esculapio, ó sea Asclepies, quería que se le sacrificase. La casualidad del encuentro ya lo achacaba Critón á voluntad de los dioses. Al parecer, el gallo no era del mismo modo de pensar; porque en cuanto notó que un hombre le perseguía comenzó á correr batiendo las alas y cacareando por lo bajo, muy incomodado sin duda. Conocía el bípedo perfectamente al que le perseguía de haberle visto no pocas veces en el huerto de su amo discutiendo sin fin acerca del amor, la elocuencia, la belleza, etc., etc.; mientras él, el gallo, seducía cien gallinas en cinco minutos, sin tanta filosofía. «Pero buena cosa es, iba pensando el gallo, mientras corría y se disponía á volar, lo que pudiera, si el peligro arreciaba; buena cosa es que estos sabios que aborrezco se han de empeñar en tenerme por suyo, contra todas las leyes naturales, que ellos debieran

todo es quedarse con la geometría de las cosas y sin la substancia de nada. Reducir el mundo á una ecuación es dejarlo sin pies ni cabeza. Mira, vete, porque puedo estar diciendo cosas así setenta días con setenta noches: recuerda que soy el gallo de Gorgias, el sofista. —Bueno, pues por sofista, por sacrílego y porque Zeus lo quiere, vas á morir. ¡Date! —¡Nones! No ha nacido el idealista de segunda mesa que me ponga la mano encima. Pero, ¿á que viene esto? ¿Qué crueldad es esta? ¿Por qué me persigues? —Porque Sócrates al morir me encargó que sacrificara un gallo á Esculapio, en acción de gracias porque le daba la salud verdadera, librándole por la muerte, de todos los males. —¿Dijo Sócrates todo eso? —No; dijo que debíamos un gallo á Esculapio. —De modo que lo demás te lo figuras tú. —¿Y qué otro sentido, pueden tener esas palabras? —El más benéfico. El que no cueste sangre ni cueste errores. Matarme á mí para contentar á un dios, en que Sócrates no creía, es ofender á Sócrates, insultar á los Dioses verdaderos... y hacerme á mí, que si existo, y soy inocente, un daño inconmensurable; pues no sabemos ni todo el dolor ni todo el perjuicio que puede haber en la misteriosa muerte. —Pues Sócrates y Zeus quieren tu sacrificio. —Repara que Sócrates habló con ironía, con la ironía serena y sin hiel del genio. Su alma grande podía, sin peligro, divertirse con el juego sublime de imaginar armónicos la razón y los ensueños populares. Sócrates, y todos los creadores de vida nueva espiritual, hablan por símbolos, son retóricos, cuando, familiarizados con el misterio, respetando en él lo inefable, le dan figura poética en formas. El amor divino de lo absoluto tiene ese modo de besar su alma. Pero, repara cuando dejan este juego sublime, y dan lecciones al mundo, cuan austeras, lacónicas, desligadas de toda inútil imagen con sus máximas y sus preceptos de moral. —Gallo de Gorgias, calla y muere. —Discípulo indigno, vete y calla; calla siempre. Eres indigno de los de tu ralea. Todos iguales. Discípulos del genio, testigos sordos y

ciegos del sublime soliloquio de una conciencia superior; por ilusión suya y vuestra, creéis inmortalizar el perfume de su alma, cuando embalsamáis con drogas y por recetas su doctrina. Hacéis del muerto una momia para tener un ídolo. Petrificáis la idea, y el sutil pensamiento lo utilizáis como filo que hace correr la sangre. Sí; eres símbolo de la triste humanidad sectaria. De las últimas palabras de un santo y de un sabio sacas por primera consecuencia la sangre de un gallo. Si Sócrates hubiera nacido para confirmar las supersticiones de su pueblo, ni hubiera muerto por lo que murió, ni hubiera sido el santo de la filosofía. Sócrates no creía en Esculapio, ni era capaz de matar una mosca, y menos un gallo, por seguirle el humor al vulgo. —Yo á las palabras me atengo. Date... Critón busco una piedra, apunto á la cabeza, y de la cresta del gallo salió la sangre... El gallo de Gorgias perdió el sentido, y al caer cantó por el aire, diciendo: —¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino; hágase en mí según la voluntad de los imbéciles. Por la frente de jaspe de Palas Atenea resbalaba la sangre del gallo.

manejaba hacía tanto tiempo. Ningún jefe quería prescindir de él y esto le valió en adelante, no para ascender, que no ascendía, sino para no caer. Sin embargo, no las tenía todas consigo, y á cada cambio de ministerio se decía: «¡Dios mío! ¡Si me bajarán á ocho!» Por lo demás, no pensaba en la cosa pública más que cuando había crisis. Hasta que los chicos anunciaban por las calles: «¡El extraordinario con la caída del Ministerio!» don Baltasar no se acordaba de que había Estado, ni gobierno, ni intereses públicos en el mundo. Y no era que no comprase todas las noches, al retirarse, su periódico. Pero no era por la política: era por las charadas, los acertijos, anagramas, etc., etc. Se metía en casa, y rodeado de su mujer y de sus tres hijos, dos varones y una hembra, pequeñuelos todavía, se entregaba á las dulzuras del hogar, de las zapatillas suizas, y de la sección amena de su periódico. No aborrecía el mundo, no era misántropo; pero no estaba á gusto más que entre los suyos, que eran la familia de que va hecho mérito, y unos cincuenta tiestos con flores, y veinte pájaros que tenía y cuidaba en un estrechísimo terrado, á que le daba derecho su cuarto piso con honores de guardilla. Era en la calle de Ferraz; desde aquella altura disfrutaba la vista de un panorama que le parecía asombroso, sobre todo por el silencio, por la soledad, por la luz esplendorosa y por el aire puro. Allí no venía á interrumpirle en sus contemplaciones de anacoreta lego ó de bramán sin cavilaciones, más bicho viviente que éste ó el otro gato, que se le quedaba mirando, también perezoso, también soñador y amigo de aquella soledad en la altura. Miajas bajaba al mundo pensando en sus flores, sus aves y sus hijos; se enfrascaba en los expedientes con la afición que le había ido dando el amor al cumplimiento exacto del deber, y de todo lo demás que le rodeaba allá abajo no se daba cuenta siquiera. Como donde él vivía de veras, con toda el alma, era en su cuarto piso, en su terrado principalmente, las calles, la oficina, los paseos, todo le parecía metido en un pozo rastrero, ahogado... in inferis—¡Sursum corda! le gritaba el pecho, aunque no en latín; y en cuanto podía, ¡arriba! ¡al terrado! La impureza del aire de abajo era para Miajas una preocupación constante; creía deber la salud al aire puro de su retiro empingorotado. Cuando oía hablar de las prevaricaciones y

manos puercas de muchos sujetos, algunos compañeros suyos, y pensaba con orgullo, en su inmaculada honradez, en su probidad segura, achacaba la diferencia por asociación de ideas, ó mejor de imágenes, á la impureza del aire que se respiraba allá abajo. Se le figuraba que aquellas pobres gentes que casi nunca se codeaban con los gatos allá por las nubes, que no recibían, horas y horas, los soplos del aire puro, cerca del cielo, bajo torrentes de luz, en atmósfera transparente, se iban llenando de microbios morales que producían aquellas debilidades de conciencia, aquellas tristes caídas. Pero, en general, pensaba muy poco en todo esto. No le importaba lo que hacían los demás, y tampoco dedicaba mucho tiempo á recordar los propios méritos y servicios. Así, que casi tenía olvidadas ciertas visitas que le habían hecho illo tèmpore, en su humilde guardilla disimulada, ilustres personajes de la política y del foro. Dos habían sido los señorones que habían venido á pedir algo al pobre Miajas á tales alturas. La oficina de don Baltasar era muy importante porque en ella se despachaban asuntos de muchísimo dinero, y como, en último resultado, el que entendía y en realidad resolvía las arduas cuestiones de minas ó cosa así de que se trataba, era don Baltasar, y solo él; los que entendían de veras la aguja de marear querían y procuraban tenerlo de su parte; pues aún suponiendo que más arriba se quisiera atender más al favor que á la justicia y á la ley, mucho era, y en ocasiones indispensable, contar con el informe de aquel perito incorruptible. Una emperatriz ó cosa así, tenía grandísimos intereses en cierto negocio famoso, y era, abogado y principal agente de la ilustre dama un santón político de los primeros, muy popular, elocuente... y largo. No se anduvo en chiquitas; con sus aires democráticos, subió al cuarto piso de Miajas, y entre bromitas, confianzas, promesas y veladísimas amenazas procuró ganar el ánimo del modestísimo empleado de diez mil reales, de quien ¡oh, escándalo! en realidad dependía aquel asunto que importaba tantos millones.—Pero ¡ay, amigo! que el ilustre prócer no tenía razón; y Miajas, avergonzado, sintiéndolo infinito, como si cometiera un delito de lesa majestad ó por lo menos de lesa soberanía nacional... dijo nones, y el señor aquél, elocuentísimo, jefe de partido, casi árbitro de los destinos del país,

prevaricar en lo más insignificante. Pero el placer de este estado de alma era ya para el muy inferior al que le proporcionaba la solución de un jeroglífico.

II

Si aquellos señorones ilustres jamás hicieron nada bueno ni malo á don Baltasar; si el prócer de la conciencia no tuvo la amabilidad de mandarle siquiera unos cartuchos de dulces á los hijos de Miajas, no se portaron así el año de gracia de ... los dos ricachos americanos que habían sacado de pila, respectivamente, al hijo mayor Carlos y á la hija Pepilla. El día de Reyes, muy tempranito, los chicos se encontraron en el terrado sendos juguetes de todo lujo; él, guerrero indomable, con uniforme de teniente de caballería, con todas las armas y galones que eran de ordenanza; ella, una casa puesta para un matrimonio de porcelana, con ama de cría y un chiquitín y dos criadas, una de ellas negra. Era una maravilla. El entusiasmo de aquellos niños pobres, que otros años se contentaban con una caja de pinturas de peseta y una pepona de precio semejante, no tuvo límites... ni entrañas. A Marcelo, el hijo segundo, el más cariñoso, más aplicado y más metido por los mimos de su padre, los Reyes... no le habían traído nada, porque nada era un cartucho de dulces que se encontró al lado de los soberbios juguetes. Pues bien, Pepilla y Carlos, no tuvieron lástima, ni siquiera delicadeza, y delante de su hermano, sin padrino rico, ni pobre, porque lo habían sido un su abuelo, ya difunto, hicieron alarde de su riqueza, de su suerte escandalosa, de su alegría insolente. Los niños son así, ya lo dijo Víctor Hugo pintando el tormento de un sapo. ¿Cómo á don Baltasar no se le ocurrió remediar aquella injusticia de la suerte? No supo nada á tiempo. El encargado de dar la sorpresa fué un muchacho, que, con el mayor sigilo, de parte de los ricachos americanos, dejó de noche,

con pretexto de una visita, en el terrado, los regalos aquellos con tarjetas en que se leía: «A Pepilla—Gaspar,» y «A Carlitos— Melchor.» El cartucho de dulces de Marcelo era uno de los tres que su madre había comprado, porque aquel año el presupuesto de los Miajas andaba apuradísimo, y la noche anterior, la del al , el matrimonio, con profunda tristeza, resignado, había resuelto, después de melancólica deliberación, que era una locura gastar aquel año en juguetes, por modestos que fueran, cuando no había apenas para garbanzos ni para remendar botas de los chicos. Cuando don Baltasar, muy temprano, subió al terrado, y vió á sus hijos en torno del portentoso hallazgo y se enteró de todo, y contempló la alegría loca, salvaje de los egoistas agraciados (¡inocentes de su alma!), y después miró á Marcelo que, pálido, sonreía, con una mueca dolorosa, chupando la cinta azul de seda de su cartucho de dulces, sintió una angustia dolorosa en el alma, una especie de agonía de todo lo bueno que tenía su corazón puro, de pobre resignado. «Aquello era lo mismo que una puñalada.» «Dios los perdonara, pero sus queridos compadres habían incurrido en una omisión grosera, de solterones sin delicadeza; muy ricos, esplendidos, pero que no sabían lo que eran hijos...» «Aquellos juguetes finísimos, de príncipes, valían uno con otro, lo menos... treinta duros... ¡Virgen Santísima! Pues con treinta reales hubieran podido Melchor y Gaspar hacer feliz á toda la familia... y ahora, ahora... en tono de broma, él, Miajas, estaba pasando por una amargura... pueril... que era inexplicable, por lo fuerte, por lo profunda. «Si hubiera sido Pepilla la desheredada, á grito pelado hubiera hecho constar la más enérgica protesta. Llanto y patadas por tres horas, lo menos. Carlos hubiera disputado á puñadas el odioso privilegio, á no ser el el privilegiado. Marcelo... sonreía, luchaba por vencerse, por disimular la tristeza, ¡y tenía ocho anos! ¡Angel de mi alma! ¡Qué culpa tiene él de que su pobre abuelo se le haya muerto y de que yo... deba aún al panadero todo el pan que hemos comido en Diciembre!» Miajas no sabía que decir, ni que hacer, ni siquiera cómo mirar á su hijo segundo, que se quedaba sin juguete. Marcelo se fué hacia su padre, se le metió entre las rodillas y empezó á acariciarse las

Marcelo opinó que el rey Baltasar le traería, si era amigo de cumplir, soldados de latón, de artillería, con cañones y todo...

III

Don Baltasar se echó á la calle aturdido, como borracho por las emociones de amor, amargura, despecho y decisión violenta que le llenaban el alma; se le figuraba que llevaba si no en la mano, en el alma, en la intención una tea incendiaria que debía prender fuego á la moral pública que se debía al orden constituido, á los más altos principios; ¡que sabía él! En fin, ello era que salía dispuesto á cumplir su promesa temeraria de encontrar al rey Baltasar y, no ya traerlo de Cochinchina, sino sacarlo del centro de la tierra y hacerlo presentarse ante su Marcelo con un juguete verdaderamente regio, que no valiese menos que el de sus señores hermanos. Lo primero que hizo... fué lo que hace el gobierno, pensar en los gastos, no en los ingresos; escoger el juguete monumental (así lo llamaba para sus adentros), sin pensar en la mina ó en la lotería de donde había de sacar el dinero necesario para pagarlo. Se paró, en la calle de la Montera, ante un escaparate de juguetes de lujo. Entre tanta monada de subido precio no vaciló un momento: la elección quedó hecha desde el primer momento; nada de armaduras, coches, velocípedos de maniquí, grandes pelotas, ni demás chucherías: lo que había de comprar á Marcelín era aquella plaza fuerte que estaba siendo la admiración de cuatro ó cinco granujas que rodeaban á Miajas junto al escaparate.—¡Lo que puede la voluntad!—pensaba el humilde empleado;—estos chicos cargarían con esa maravilla del arte de divertir á los niños, con no menos placer que yo; en materia de posibles, allá nos vamos estos pilluelos y yo, y sin embargo, ellos se quedan con el deseo, y yo entro ahora mismo en el comercio y compro eso... y se lo llevo á Marcelín....¿En que esta el privilegio, la diferencia? ¿En los cuartos?

¡No! ¡Mil veces no! En la voluntad. Es que yo quiero de veras que ese juguete sea de mi hijo. Y entró, y compró la plaza fuerte que le deslumbraba con el metal de sus cañones, cureñas y cuantos pertrechos eran del caso. Cuando Marcelín viera aquellas torres y murallas, casamatas, puentes, troneras, soldados, tremendas piezas de artillería, se volvería loco; creería estar soñando. ¡Para él tanta hermosura!.... Al ir á pagar después que el juguete estuvo sobre el mostrador, don Baltasar sintió un nudo en la garganta... —Verán ustedes,—dijo;—no me lo llevo ahora precisamente porque... naturalmente... no he de cargar con ese armatoste... —Lo llevará un demandadero... —No; no, señores; no se molesten ustedes. Déjenlo ahí apartado; yo enviaré por el juguete... y entonces... traerán el dinero... el precio... Y salió aturdido y dando tropezones. —Ya no hay más remedio,—iba pensando. El juguete es mío; el contrato es contrato. Hay que buscar el dinero debajo de las piedras.—Pero en vez de ponerse á desempedrar la calle, se fué, como siempre, á la oficina. Había grandes apuros por causa de arreglar asuntos que pedían del Ministerio despachados, y el dí rector había dispuesto habilitar aquel día festivo.


Gran marejada político-moral-administrativa había por entonces en Madrid y en toda España; una de esas grandes irregularidades que de vez en cuando se descubren, había puesto una vez más sobre el tapete la cuestión de los cohechos, prevaricaciones y demás clásicas manos puercas de la administración pública. Los periódicos de circulación venían echando chispas; se celebraban grandes reuniones públicas para protestar y escandalizarse en colectividad; el Círculo Mercantil y una junta de abogados se empeñaban en empapelar á un ministro y á muchos próceres, al parecer poco delicados en materia de consumos y de ferrocarriles. El Ministerio, amenazado con tanto ruído, se agarraba al poder como una lapa, y en las oficinas de Madrid había una terrible justicia

duda, atribuyó entonces á la Providencia aquella oportunidad del diablo. En otra ocasión, sin escandalizarse, con mucha humildad y modestia, hubiera devuelto al pillastre aquel su dinero, diciéndole con buenos modos que él había cumplido con su conciencia y que ya estaba pagado por el gobierno. Pero... ahora... Marcelín... la plaza fuerte comprada... la promesa de traer al rey Baltasar aunque fuese de los pelos... y cierto profundo espíritu de rebelión... de protesta moral... En fin, ello fué que don Baltasar, en voz baja, temblorosa, dijo: —¡Oh! no, caballero; es demasiado; basta con un... pequeño recuerdo... Guarde usted eso, guarde usted eso, pronto.—Y metió entre unos papeles un billete de cincuenta pesetas,


A la mañana siguiente, en el terrado de la humilde vivienda de Miajas, su hijo segundo, Marcelo, encontró, con una tarjeta firmada por el rey Baltasar, el juguete pasmoso, la plaza fuerte que él había soñado. Y por la tarde, el rey Baltasar recibió la noticia de que estaba cesante. Por hacerle un favor no se le formaba expediente. Justicia de Enero. No había perdido más que el pan y la honra.

III

TIRSO DE MOLINA

(FANTASÍA)

QUEVEDO

El siglo tan desmedrado, ¿Para qué nos resucita? ¿Momias no tiene infinitas? ¿Qué harán las nuestras en él? (Album, al Conde de San Luís) Nevaba sobre las blancas, heladas cumbres. Nieve en la nieve, silencio en el silencio. Moría el sol invisible, como padre que muere ausente. La belleza, el consuelo de aquellas soledades de los vericuetos pirenáicos, se desvanecía, y quedaba el horror sublime de la noche sin luz, callada, yerta, terrible imitación de la nada primitiva. En la ceniza de los espesos nubarrones que se agrupaban en rededor de los picachos, cual si fueran á buscar nido, albergue, se hizo de repente más densa la sombra; y si ojos de ser racional hubieran asistido á la tristeza de aquel fin de crepúsculo en lo alto del puerto, hubieran vislumbrado en la cerrazón formas humanas, que parecían caprichos de la niebla al desgarrarse en las aristas de las peñas, recortadas algunas como alas de murciélago, como el ferreruelo negro de Mefistófeles.