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medieval españa tema 4, Apuntes de Historia de la Edad Media

Asignatura: Historia medieval de España, Profesor: , Carrera: Història, Universidad: UV

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 15/05/2013

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HISTORIA MEDIEVAL DE ESPAÑA
Departamento de Historia Medieval
Prof. Antonio José Miradar
Curso 2010-2011 (Grupo SD)
TEMA 4
EXPANSIÓN FEUDAL Y CAMBIO POLÍTICO EN LOS SIGLOS XI-XIII
1. En las fronteras de la cristiandad latina: la expansión territorial.
1.1. El control de los valles del Ebro y del Tajo (mediados del siglo XI-mediados del siglo XII).
Frente a la primera generación de reinos de taifas, al imperio almorávide y a la segunda generación
de reinos de taifas.
Discurre aproximadamente:
En la zona occidental (Castilla, León, Portugal), entre la toma de Lamego y Viseo (1055) y
la conquista de Lisboa (1147).
En la zona oriental (Aragón, Cataluña), entre la ocupación de Calahorra (1045) y las
conquistas de Tortosa (1148) y Lleida (1149).
a) Etapa. Primeros avances territoriales hacia el Ebro y el Tajo (c. 1045-c. 1080).
En la zona occidental, la frontera se va desplazando desde el Duero hacia el Sistema Central
(las Extrema Durii, Ávila, Salamanca, Segovia).
En la zona oriental, se progresa hacia los principales núcleos musulmanes del valle del Ebro
(Tudela, Huesca, Zaragoza y Lleida).
b) 2ª Etapa. Conquistas y política expansiva de Alfonso VI de Castilla y su parcial fracaso (c. 1080-c.
1100).
En la zona occidental, se extiende por el lito ral port ugué s ha sta Lisb oa.
En la zona central, ocupa Toledo y su taifa (1085).
En la zona oriental:
Intervención en el valle medio del Ebro por el control de la taifa de Zaragoza
enfrentamiento con el reino de Aragón.
Intentos de incorporar la zona litoral mediterránea (Tortosa, Valencia).
En la zona oriental, Pedro I (rey de Aragón y Navarra) conquista Huesca (1096) y Barbastro (1100).
El único éxito duradero de Alfo nso VI c ontr a lo s m usul mane s fue la ocupación definitiva de Toledo.
El imperio almorávide norteafricano derrota a Alfonso VI en Sagrajas (o Zalaca) (108 6) y en
Uclés (1108):
Retroceso de la frontera en la áreas portuguesa (pérdida de Lisboa) y leonesa.
Abandono de Valencia.
Reunificación política de al-Andalus bajo los almorávides (realizada entre c.
1086/1090-c. 1110/1114 y mantenida hasta c. 1144).
c) Etapa. Control del curso medio del Ebro por Alfonso I el Batallador de Ara gón y Navarra (c. 1110-
1134).
Conquista de Zaragoza a los almorávides (1118). El apoyo castellano tras la muerte de
Alfonso I en 1134 consolida el dominio sobre la zona.
Avances en el litoral catalán (Campo de Tarragona, c. 1095-1118) por los condes de
Barcelona.
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HISTORIA MEDIEVAL DE ESPAÑA

Departamento de Historia Medieval Prof. Antonio José Mira Jódar Curso 2010- 2011 (Grupo 2º SD)

TEMA 4

EXPANSIÓN FEUDAL Y CAMBIO POLÍTICO EN LOS SIGLOS XI-XIII

1. En las fronteras de la cristiandad latina: la expansión territorial.

1.1. El control de los valles del Ebro y del Tajo (mediados del siglo XI-mediados del siglo XII).

  • Frente a la primera generación de reinos de taifas, al imperio almorávide y a la segunda generación de reinos de taifas.
  • Discurre aproximadamente:
    • En la zona occidental (Castilla, León, Portugal), entre la toma de Lamego y Viseo (1055) y la conquista de Lisboa (1147).
    • En la zona oriental (Aragón, Cataluña), entre la ocupación de Calahorra (1045) y las conquistas de Tortosa (1148) y Lleida (1149). a) 1ª Etapa. Primeros avances territoriales hacia el Ebro y el Tajo (c. 1045 - c. 1080).
    • En la zona occidental, la frontera se va desplazando desde el Duero hacia el Sistema Central (las Extrema Durii , Ávila, Salamanca, Segovia).
    • En la zona oriental, se progresa hacia los principales núcleos musulmanes del valle del Ebro (Tudela, Huesca, Zaragoza y Lleida). b) 2ª Etapa. Conquistas y política expansiva de Alfonso VI de Castilla y su parcial fracaso (c. 1080 - c. 1100).
    • En la zona occidental, se extiende por el litoral portugués hasta Lisboa.
    • En la zona central, ocupa Toledo y su taifa (1085).
    • En la zona oriental:
      • Intervención en el valle medio del Ebro por el control de la taifa de Zaragoza  enfrentamiento con el reino de Aragón.
      • Intentos de incorporar la zona litoral mediterránea (Tortosa, Valencia).
  • En la zona oriental, Pedro I (rey de Aragón y Navarra) conquista Huesca (1096) y Barbastro (1100).
  • El único éxito duradero de Alfonso VI contra los musulmanes fue la ocupación definitiva de Toledo. El imperio almorávide norteafricano derrota a Alfonso VI en Sagrajas (o Zalaca ) (1086) y en Uclés (1108): - Retroceso de la frontera en la áreas portuguesa (pérdida de Lisboa) y leonesa. - Abandono de Valencia. - Reunificación política de al-Andalus bajo los almorávides (realizada entre c. 1086 /10 90 - c. 1110 /1114 y mantenida hasta c. 1144). c) 3ª Etapa. Control del curso medio del Ebro por Alfonso I el Batallador de Aragón y Navarra (c. 1110 - 1134).
    • Conquista de Zaragoza a los almorávides (1118). El apoyo castellano tras la muerte de Alfonso I en 1134 consolida el dominio sobre la zona.
    • Avances en el litoral catalán (Campo de Tarragona, c. 1095- 1118 ) por los condes de Barcelona.

d) 4ª Etapa. Ocupación definitiva de los valles del Ebro y del Tajo (c. 1135 - c. 1150). Favorecida por la descomposición del imperio almorávide y la aparición de la segunda generación de taifas.

  • En la zona occidental, Portugal (reino independiente de iure desde 1143) conquista Lisboa (1147).
  • En la zona central, Castilla-León controla el curso medio del Tajo y recupera los territorios perdidos de la antigua taifa toledana.
  • En la zona oriental, Aragón-Cataluña (Ramón Berenguer IV) ocupa Tortosa (1148) y Lleida (1149). 1.2. El dominio de los cursos alto y medio del Guadiana, Túria y Xúquer (mediados del siglo XII- principios del siglo XIII).
  • Frente a la segunda generación de reinos de taifas y al imperio almohade.
  • Surgimiento de un planteamiento global de la expansión conquistadora: tratados entre el reino de Castilla y la Corona de Aragón por el reparto del territorio musulmán:
  • Tratado de Tudilén (1151).
  • Tratado de Cazola (1179). a) 1ª Etapa. Progreso cristiano ante las segundas taifas (“taifas almorávides”) y los almohades (que intervienen desde 1146 - 1147) (c. 1158-c. 1190).
  • En la zona occidental, Portugal avanza al sur del Tajo.
  • En la zona central, Castilla ocupa la zona al norte de Sierra Morena, el alto y medio Guadiana y Cuenca (1177).
  • En la zona oriental, la Corona de Aragón conquista Teruel (1170), Albarracín y el bajo Aragón. b) 2ª Etapa. Reacción musulmana como consecuencia de la presión ejercida por el imperio almohade (c. 1190 - c. 1199).
  • En la zona occidental, se pierde la zona portuguesa al sur del Tajo.
  • En la zona central, se frena el avance castellano desde el Tajo hacia Sierra Morena y el curso del Guadiana. Derrota castellana en Alarcos (1195).
  • Nueva reunificación política de al-Andalus bajo los almohades (c. 1172 - c. 1220). c) 3ª Etapa. Recuperación militar cristiana (c. 1199-c. 1220).
  • En la zona occidental, nuevo avance portugués al sur del Tajo.
  • En la zona central, Castilla controla definitivamente Sierra Morena y el curso medio del Guadiana.
  • En la zona oriental, consolidación del domino catalano-aragonés sobre el bajo Aragón.
  • El punto de inflexión decisivo: la victoria cristiana de Las Navas de Tolosa (1212), en las estribaciones meridionales de Sierra Morena, en la que se enfrentaron tropas de todos los reinos hispanos (excepto León) contra las fuerzas almohades. Consecuencias:
  • Desintegración final del imperio almohade.
  • Apertura cristiana hacia el valle del Guadalquivir y la fachada marítima levantina. 1.3. Las conquistas del siglo XIII: el valle del Guadalquivir, el bajo Guadiana, las Islas Baleares y el Levante peninsular (c. 1220-c. 1266).
  • Frente a los restos del imperio almohade y la tercera generación de reinos de taifas.

Fernando I venció al monarca navarro en la batalla de Atapuerca (1054). Fruto de aquel éxito militar fue la incorporación a Castilla de la comarca de la Bureba. Asimismo, aprovechando el declive de al- Andalus, que se había fragmentado en un mosaico de taifas después de la desaparición, en el año 1031, del Califato de Córdoba, Fernando I llevó a cabo, a partir del año 1055, una serie de campañas por la zona occidental de sus reinos, en concreto por el territorio del actual Portugal. Su ofensiva militar se tradujo en importantes éxitos, como la ocupación de las ciudades de Lamego y Viseo. Años más tarde, el monarca castellano se aventuró a efectuar correrías por tierras de la taifa de Toledo, en los valles del Jarama y del Henares. No obstante, la culminación de su actuación militar contra los musulmanes llegó en el año 1064, en el cual consiguió conquistar la importante plaza de Coimbra. Paralelamente, Fernando I había logrado atraer a su causa a diversas taifas, los cuales le pagaban «parias», es decir tributos en dinero, con la finalidad de evitar ataques militares del monarca cristiano. Al igual que su padre, Sancho III de Navarra, Fernando I fue un monarca abierto a las influencia europeas, así como un protector entusiasta de la orden religiosa de Cluny. Es más, en el año 1055 se celebró un importante concilio en la localidad de Coyanza, en el que se trataron tanto asuntos de carácter eclesiástico como de naturaleza civil. 2 .2. Conflictos sucesorios y primera expansión territorial: Alfonso VI. Al morir Fernando I, se dividieron sus reinos y Castilla pasaba al primogénito, Sancho II (1065- 1072), en tanto que León iba a parar a Alfonso VI y Galicia a García. Cada uno de ellos cobraría parias de diversas taifas andaluces: Sancho de Zaragoza, Alfonso de Toledo y García de Sevilla y Badajoz. Poco tiempo después entraron en pugna Sancho y Alfonso, pues García fue relegado a un segundo plano. Sancho II, que tenía como alférez al infanzón burgalés Rodrigo Díaz de Vivar, al que posteriormente se conocería como el Cid Campeador, venció a Alfonso VI en la batalla de Llantada (1068), pero su gran éxito tuvo lugar en el año 1072 en Golpejera. Después de dicha batalla, el rey leonés se vio obligado a refugiarse en Toledo, donde gobernaba un vasallo suyo. Le acompañó en aquel viaje su más fiel vasallo, el conde Pedro Ansúrez. Sancho II, por su parte, pasó a titularse rey de Castilla y León. El panorama, no obstante, iba a experimentar un cambio sustancial en pocos meses. Zamora, plaza controlada por la infanta Urraca, una hermana de Sancho y de Alfonso, se sublevó. El rey de Castilla acudió inmediatamente a aquella ciudad, con el objetivo de someterla a su obediencia. Sin embargo, el asesinato de Sancho II en las afueras de Zamora, a manos de Bellido Dolfos, posibilitó el retorno de Alfonso VI, el cual pudo investirse con las coronas de Castilla y de León. La tradición afirmaba, no obstante, que Alfonso VI, por exigencia de Rodrigo Díaz de Vivar, fiel vasallo del monarca castellano asesinado, se vio obligado a jurar, en Santa Gadea, que no había tenido ninguna participación en la muerte de su hermano Sancho. Alfonso VI fue rey de Castilla y de León hasta su fallecimiento, acaecido en el año 1109. Alfonso VI comenzó su reinado logrando avanzar por la zona nororiental, a costa del débil reino de Pamplona. En el año 1076, aprovechando la trágica muerte del monarca navarro Sancho IV, conocido como el de Peñalén, el rey castellano-leonés incorporó a sus dominios la Rioja y algunas zonas del actual País Vasco. Las relaciones que mantuvo Alfonso VI en sus primeros años de rey conjunto de Castilla y León con Rodrigo Díaz de Vivar, el que fuera hombre de confianza de su hermano Sancho II, fueron, al parecer, cordiales. Sin embargo, aunque los motivos del enfrentamiento no están muy claros, pronto entró Alfonso VI en conflicto con el mencionado Rodrigo Díaz de Vivar, al que desterró en el año 1081. El guerrero castellano abandonó su tierra, dirigiéndose a las zonas orientales de la Península Ibérica, donde lucharía, en un principio, al servicio del rey de Zaragoza. Unos años más tarde, Alfonso VI dio un importantísimo paso en la lucha contra los musulmanes al incorporar a sus dominios la taifa de Toledo. Ello sucedió después de que el dirigente islámico al-Qadir le entregara la ciudad del Tajo. En el mes de mayo del año 1085, las tropas castellano-leonesas hacían su entrada triunfal en Toledo. A partir de aquel momento Alfonso VI, al tiempo que se adornaba con expresiones tan pomposas como «magnificus» y «triumphator», se intituló «emperador de las dos religiones», pero también «rex et imperator totius Hispaniae» e «imperator omnibus super omnes Hispaniae nationes». Se había pasado del viejo «imperio leonés» al naciente «imperio hispánico». Al año siguiente de la ocupación de Toledo por los cristianos, tuvo lugar la presencia en suelo hispánico de los almorávides norteafricanos, los cuales derrotaron a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas. Aquél fue el punto de partida de una etapa de grandes dificultades para Alfonso VI. Los almorávides, que lograron reunificar al-Andalus, poniendo fin a las taifas, supusieron un freno al avance cristiano hacia el sur de la Península. Ante el peligro que venía del norte de África, el monarca castellano-leonés y Rodrigo Díaz de Vivar se reconciliaron, pero en 1089 Alfonso VI decretó un nuevo destierro del Cid. Un año después, en el 1090, vino a la Península el dirigente almorávide Yusuf ibn Taxfin, cuyo objetivo básico era conquistar Toledo, aunque fracasó en su intento. Una vez más, Alfonso VI y el Cid se reconciliaron, pero al poco tiempo la amistad volvió a romperse. A partir de aquel momento (1091), Rodrigo Díaz realizaría brillantes campañas militares en el Levante, que le llevaron a conquistar la ciudad de Valencia.

Allí se mantuvo, resistiendo los ataques de los almorávides en unos casos y derrotándolos en otros (Cuart, 1094; Bairén, 1096), hasta su muerte, que se produjo en 1099. Dos años después, su viuda, Jimena, abandonaba Valencia, ciudad que terminó siendo ocupada por los almorávides. Éstos, en cambio, fracasaron en su deseo de recuperar Toledo, aunque volvieron a derrotar a Alfonso VI, primero en Consuegra (1097) y, años después, de forma rotunda, en la batalla de Uclés (1108). Allí murió el infante Sancho, único hijo varón del monarca castellano-leonés. 2 .3. Las tensiones internas durante el reinado de Urraca. A la muerte de Alfonso VI (1109), le sucedió en los reinos de Castilla y León su hija Urraca (1109-1126). Ni qué decir tiene que en esos años continuó la presión militar de los almorávides, pero la frontera meridional de los reinos de Castilla y León fue tenazmente defendida, entre otras fuerzas, por las milicias concejiles de las Extremaduras. Así las cosas, puede decirse que la confrontación con los musulmanes, en tiempos de la reina Urraca, concluyó en una especie de «statu quo». Urraca, por lo demás, había casado, en segundas nupcias, con el monarca aragonés Alfonso I. Pero aquel matrimonio, las «malditas y descomulgadas bodas», como lo denominó un texto de la época, resultó un completo fracaso. Es más, en aquel clima de enfrentamiento entre los esposos se produjeron numerosos conflictos, como la revuelta nobiliaria gallega, encabezada por Pedro Fróilaz, o los movimientos antiseñoriales de Sahagún y de Santiago de Compostela. Simultáneamente, el condado de Portugal, concedido por Alfonso VI a su hija Teresa, casada con el noble francés Enrique de Borgoña, caminaba hacia su independencia. Por lo que se refiere a la confrontación con los musulmanes, puede hablarse, en tiempos de la reina Urraca, de un «statu quo». 2 .4. El “Imperio hispánico” de Alfonso VII. A Urraca, le sucedió su hijo Alfonso VII (1126-1157), tenido en su primer matrimonio con el magnate nobiliario francés Raimundo de Borgoña. El declive de los almorávides propició que se reanudara el progreso militar cristiano hacia las tierras meridionales. Hitos importantes de ese avance fueron la ocupación de Oreja, en el año 1139, la de Coria, en 1142 y la llegada hasta el estratégico lugar de Calatrava, en 1146. Un año más tarde, en 1147, una expedición cristiana, en la que, junto a los combatientes castellano-leoneses participaban soldados catalanes, enviados por Ramón Berenguer IV, y naves genovesas, llegó hasta la ciudad musulmana de Almería, ocupándola, aunque por breve tiempo. Aquel acontecimiento fue recogido, no obstante, en un hermoso cantar. Paralelamente, se reanudó el proceso repoblador en la Meseta sur, especialmente en comarcas como la campiña del Henares, la Alcarria o el valle medio del Tajo. En otro orden de cosas, hay que señalar que Alfonso VII hizo gala de su condición de «emperador». La muerte, en el año 1134, de Alfonso I el Batallador de Aragón, hizo posible que los ejércitos del monarca castellano-leonés entraran en la ciudad de Zaragoza, donde, al parecer, Alfonso VII recibió una calurosa acogida. Al año siguiente, en 1135, Alfonso VII fue solemnemente coronado emperador en la ciudad de León. El suceso se relata, con gran detalle, en la Chronica Adefonsi Imperatoris , la cual afirma que «Alfonso fue por el orbe universo llamado emperador». Diversos reyes y príncipes de la Cristiandad, tanto del ámbito hispánico como de las regiones ultrapirenaicas, prestaron vasallaje a Alfonso VII. Al fin y al cabo, sus dominios, directos o indirectos, abarcaban «del Océano al Ródano». No obstante, la unión del reino de Aragón y del condado de Barcelona dio lugar al nacimiento, en la Hispania oriental, de un fuerte núcleo político, la denominada Corona de Aragón. Precisamente en el año 1151, Alfonso VII y Ramón Berenguer IV suscribieron el tratado de Tudillén, que establecía un reparto entre ambos monarcas de los territorios que se conquistasen en el futuro a los musulmanes de Hispania. En líneas generales, el Levante sería para el monarca aragonés y los territorios del Sur para el castellano-leonés. Asimismo la independencia del reino de Portugal se consumó en 1143, fecha en la que el monarca castellano-leonés reconoció a Alfonso I Enríquez como rey lusitano. En definitiva, como señaló en su día Ramón Menéndez Pidal, a mediados del siglo XII se pasó «del imperio hispánico a los cinco reinos», los cuales serían, en los años siguientes, Aragón, Navarra, Castilla, León y Portugal. 2 .5. Dos reinos separados y enfrentados. En efecto, al morir Alfonso VII se produjo una nueva división de los reinos de Castilla y León. En Castilla, el nuevo rey fue Sancho III (1157-1158), pero su pronta muerte dejó la herencia en un niño, Alfonso VIII (1158-1214), lo que obligó a constituir una regencia. En los años de la minoridad de Alfonso VIII de Castilla, se produjeron duros enfrentamientos entre los dos grandes linajes del reino, los Castro y los Lara. Sancho VI de Navarra, por su parte, aprovechó las pugnas abiertas en Castilla para

gran ofensiva se llevó a cabo después de su proclamación como rey de León. En el año 1232 ocupó nuevas plazas en el alto Guadalquivir, entre ellas Úbeda, Iznatoraf y San Esteban. En 1236, de forma un tanto inesperada, cayó en poder cristiano la ciudad de Córdoba, antigua capital del califato omeya. Una avanzada cristiana, que había logrado penetrar en Córdoba, fue sorprendida en la Ajarquía, lo que motivó el envío, por parte de Fernando III, de tropas de socorro, las cuales, ante la ineptitud de los enemigos, divididos en facciones enfrentadas, ocuparon con gran facilidad la ciudad. Había caído en poder cristiano nada menos que la ciudad emblemática por excelencia de al-Andalus. De todos modos, el principal objetivo de los ejércitos de Fernando III era, en aquellas fechas, el reino de Jaén. Tras la toma de Arjona y Alcaudete y poner en marcha una campaña devastadora en las comarcas próximas a la capital de aquella taifa, se rindió la ciudad de Jaén, en el año 1246, no sin haber ofrecido antes una tenaz resistencia. La siguiente meta era, obviamente, Sevilla, la ciudad que fuera centro del poder de los almohades. El primer paso fue la ocupación de la campiña cordobesa. Inmediatamente después los ejércitos de Fernando III se adentraron en las tierras sevillanas. Poco a poco fueron cayendo en poder castellano-leonés diversas plazas, entre ellas Carmona, Lora, Cantillana o Alcalá de Guadaira. Sevilla, no obstante, necesitó un largo y duro cerco, tanto por tierra, en donde destacó la actuación del Maestre de Santiago Pelay Correa, como por vía fluvial, este último llevado a cabo por las naves de Ramón Bonifaz. La ruptura del puente que comunicaba Sevilla con Triana, con el consiguiente problema de desabastecimiento de los habitantes de la ciudad, y por lo tanto del hambre, hizo posible la entrada de los castellano-leoneses en Sevilla, lo que sucedió en el mes de diciembre de 1248. En los últimos años de la vida de Fernando III sus tropas avanzaron por las Marismas y por los campos gaditanos. Una tras otras fueron cayendo en poder cristiano las localidades de Jerez, Medina Sidonia, Vejer, Santa María del Puerto, Arcos, Lebrija, Rota, etc. Prácticamente todo el valle del Guadalquivir había pasado, en apenas unos años, al poder de los cristianos. Sólo quedaba por conquistar el área próxima al Estrecho de Gibraltar y al Atlántico. No es posible olvidar, por otra parte, que Fernando III proyectó realizar una expedición sobre el Norte de África, con un claro componente de cruzada. Pero no pudo llevar a cabo aquel sueño, pues le sorprendió la muerte cuando estaba preparando la campaña. El remate de la ocupación de la Andalucía bética tuvo lugar en los primeros años del reinado de su sucesor, su hijo Alfonso X (1252-1284). Dicho monarca volvió a ocupar la plaza de Jerez, que había sido ganada en su día por Fernando III, pero que luego se había perdido, incorporó el antiguo reino taifa de Niebla y, por último, entró en la localidad costera de Cádiz en 1261. En tiempos de Fernando III se incorporó también al dominio cristiano la antigua taifa de Murcia. El gran protagonista de aquel suceso fue el infante Alfonso, primogénito del monarca Fernando III y futuro heredero suyo, el cual supo combinar hábilmente las armas diplomáticas y las bélicas. Alfonso logró que el reyezuelo murciano, Ibn Hud, se proclamara vasallo de Fernando III. Tras aquel acto, Alfonso entró triunfalmente en la ciudad de Murcia, lo que tuvo lugar en el año 1243. No obstante, hubo algunas localidades, entre ellas Mula, Lorca o Cartagena, que no aceptaron el vasallaje de Ibn Hud, lo que obligó al infante Alfonso a intervenir militarmente en el año 1244. La población musulmana fue expulsada de esos núcleos. Por lo demás, tanto en la ciudad de Murcia como en el ámbito de su feraz huerta, se establecieron guarniciones militares castellanas, cuyo objetivo era, obviamente, garantizar la paz. 2 .7. Centralización política y rebeliones nobiliarias: Alfonso X y Sancho IV. Alfonso X, conocido como el Sabio por la formidable labor cultural que impulsó, tuvo durante su reinado importantes éxitos, pero también sonoros fracasos. Por de pronto, hubo de renunciar al dominio del Algarve, que pasó al control de Portugal, al tiempo que se vio obligado a ceder sus derechos sobre el ducado de Gascuña. Su condición de hijo de la alemana Beatriz de Suabia y la vacante producida en el Imperio germánico, lo convirtieron en candidato a este puesto. En el año 1256 la ciudad italiana de Pisa envió una embajada a Castilla para animar a su rey a que presentara su candidatura al Imperio germánico pues le consideraban el más esclarecido monarca del orbe cristiano. Alfonso X aceptó, logrando ser elegido emperador en el año 1257. Pero casi al mismo tiempo se produjo otra elección imperial, la del inglés Ricardo de Cornualles. La ardua labor que desarrolló Alfonso X, tanto en el terreno económico como en el diplomático, para conseguir que se le reconociera el título imperial, «el fecho del imperio», como se decía en Castilla, resultó a la larga infructuosa. Al final, en 1273, el sueño imperial de Alfonso X murió definitivamente, al ser elegido emperador Rodolfo de Habsburgo. Por si fuera poco, en sus últimos años el monarca castellano tuvo serios enfrentamientos con un importante sector de la nobleza de sus reinos. Pero más grave aún fue la sublevación de su segundo hijo, Sancho, que reivindicaba sus derechos al trono frente a los infantes de la Cerda, hijos del primogénito de Alfonso X, Fernando, fallecido antes que su padre.

Al final Sancho IV (1284-1295) se hizo con el poder en Castilla y León. Casado con María de Molina, Sancho IV se enfrentó con sus sobrinos, los infantes de la Cerda, a los que apoyaba el rey de Aragón Alfonso III. Ello no impidió que Sancho IV reanudara la guerra divina contra los musulmanes, en esta ocasión contra los benimerines. En esas campañas, el rey castellano tuvo un importante éxito al conquistar la importante plaza de Tarifa (1292), próxima al Estrecho de Gibraltar. Poco tiempo después, Alonso Pérez de Guzmán defendió frente a los musulmanes, con gran heroísmo, la plaza de Tarifa.

3. El entramado institucional de Castilla y León.

3 .1. La concepción de la realeza. Es hora de analizar los rasgos básicos del entramado institucional de los reinos de Castilla y León. Ni que decir tiene que la forma de organización política era la monarquía. Aunque los oficios de la corte nunca tuvieran en Castilla y León carácter hereditario y la soberanía regia nunca quedara anulada por las inmunidades de los grandes señores, no cabe duda de que la monarquía de los reinos que analizamos puede ser calificada de feudal, al igual que las de Francia o Inglaterra de aquel tiempo. El eje ordenador de la monarquía era, obviamente, las relaciones personales de dependencia. El rey estaba rodeado, ante todo, de vasallos, es decir, de personas en las que tenía plena confianza personal. Es más, la concesión, por parte del monarca, de beneficios, honores o tenencias se traducía, para los beneficiarios de aquellas mercedes, en el ejercicio de funciones públicas. El poder real tenía su origen en Dios. De ahí la expresión, tan frecuente, de rey «por la gracia de Dios». La proclamación de los monarcas se efectuaba en una ceremonia religiosa, en la que los eclesiásticos tenían un papel decisivo, que procedían a la unción del rey. Al rey correspondían todos los poderes: era el jefe del ejército, el juez supremo y el que dictaba las leyes. A él correspondía, asimismo, el nombramiento de los diversos oficiales de sus reinos. Los grandes símbolos de la autoridad real eran la corona, la espada, el cetro, el manto de púrpura y el trono. Los monarcas gozaban, por otra parte, de las denominadas regalías, es decir, derechos de carácter exclusivo. La principal regalía de los monarcas castellano-leoneses era la acuñación de moneda, pero también se incluían en ese capítulo los bienes vacantes o yermos, las minas y las salinas. En otro orden de cosas, cabe señalar la injerencia frecuente del poder regio en el ámbito eclesiástico. Sin duda la reforma gregoriana de finales del siglo XI pretendió poner freno a ese intervencionismo regio, pero en el siglo XIII los monarcas de Castilla y León habían alcanzado privilegios como el derecho de patronato para las diócesis de las tierras meridionales de sus reinos. Ahora bien, el poder real tenía también sus límites. En verdad, los reyes lo eran «por la gracia de Dios», pero debían ejercer su gobierno rectamente, en beneficio de la comunidad. A los súbditos de los monarcas se denominaba en la época «vasallos naturales» o, simplemente, «naturales». Digamos, para concluir este punto, que en el siglo XI triunfó en Castilla y León el principio de sucesión hereditaria al trono, por línea de primogenitura, y de varones, aunque, eso sí, sin excluir a las hembras, como aconteció, por ejemplo, a la muerte de Alfonso VI, a quien sucedió como reina su hija Urraca. 3 .2. La emergencia de los órganos gubernamentales. Los monarcas eran titulares de un gran número de reinos, desde Castilla, y León y Galicia, pasando por Toledo, ganado a finales del siglo XI, hasta los incorporados tras las grandes conquistas del siglo XIII, como Córdoba, Murcia, Jaén o Sevilla. En el entorno del rey se hallaba el «palatium», o corte, organismo del que formaban parte los más próximos vasallos del monarca. Éstos ocupaban puestos de confianza, los denominados oficios palatinos, en los cuales confluía la vertiente pública con la privada. Los principales oficiales palatinos eran el alférez real, que dirigía el ejército en nombre del rey y portaba el pendón real, el notario mayor, que daba autenticidad a los documentos regios y el mayordomo, dedicado al control de los asuntos económicos, tanto los dominios privados del monarca como la Hacienda pública. Los oficios de camarero, término que aludía al que guardaba la cámara, copero, persona que dirigía los servicios de la mesa del monarca, o tesorero tenían básicamente un carácter doméstico. Asimismo encontramos en la corte oficiales menores, entre los que cabe mencionar a capellanes, limosneros, halconeros o monteros. En el siglo XIII, no obstante, surgieron nuevos oficiales, como los alcaldes del rey, que ejercían funciones judiciales, y los almirantes, cuya creación data del año 1254 y que estaban encargados de gobernar el ámbito marítimo. Las ramas más desarrolladas dentro de la corte, o lo que podríamos denominar la Administración central, eran, sin duda, la Cancillería y la Hacienda. La Cancillería tenía como misiones básicas la guarda del sello real y la expedición de los documentos oficiales. Alfonso VII puso al frente de la Cancillería al arzobispo de Santiago, pero al dividirse los reinos de Castilla y León, en 1157, hubo dos cancillerías, la leonesa, dirigida por el prelado compostelano, y la castellana, encomendada al arzobispo de Toledo. En

recoge en las actas conservadas de aquella sesión. El hispanista norteamericano O’Callaghan ha supuesto, no obstante, que un año antes, en 1187, hubo en la localidad castellana de San Esteban de Gormaz una reunión de la curia regia, en esta ocasión convocada por Alfonso VIII, a la que asistieron delegados de determinadas ciudades y villas. También se ha hablado en ocasiones, aunque sin el menor fundamento, de unas posibles cortes en Burgos en 1169 o en Tuy en 1170. Al margen de esas discusiones, lo cierto es que a finales del siglo XII el papel de los núcleos urbanos era, en las tierras de la meseta norte, lo suficientemente fuerte como para que los monarcas aceptaran su presencia en los organismos que le asesoraban. Es posible, asimismo, como opinaba en su día Sánchez Albornoz, que la llegada de los ciudadanos a las cortes fuera la consecuencia de la denominada «compra de la moneda». Los habitantes de los núcleos urbanos, sin duda deseosos de regular las acuñaciones monetarias, fundamentales para sus actividades económicas, llegaron, al parecer, a un acuerdo con los monarcas castellano-leoneses, los cuales se comprometían a acatar una normativa muy estricta en ese terreno a cambio de recibir un tributo, la denominada moneda forera, que se pagaría por el estado llano cada siete años. Es muy significativo, a este respecto, que las cortes que siguieron a la reunión de León de 1188 tuvieran lugar en 1195 y en 1202, existiendo entre cada una de ellas precisamente un intervalo de siete años. Un texto procedente de esta última reunión de las cortes, que se celebró en la villa de Benavente, afirma que «el rey vendió sua moneda a las gentes de la tierra de Duero por VII años, recibiendo por cada uno dellos por compra desta moneda sendos maravedis». Con todo, las cortes se convirtieron, al mismo tiempo, en el escenario en el que los representantes de las ciudades y villas podían exponer al rey sus quejas y agravios. Todo parece indicar que las cortes del reino de Castilla nacieron en unas fechas muy cercanas a las de León. Algunos autores estiman que las primeras cortes castellanas se celebraron en la ciudad de Toledo en el año 1207. No obstante, con la unión de los reinos, en 1230, la institución siguió nuevos derroteros. Desde este punto de vista, fue muy importante la época de Alfonso X el Sabio. Nos consta, en primer lugar, que durante aquel reinado las cortes fueron convocadas con mucha frecuencia. Pero quizá lo más llamativo es el hecho de que se convocaran de forma conjunta las cortes de los reinos de Castilla y León. Toledo, en el año 1254, fue el escenario de las primeras cortes convocadas por Alfonso X, siendo las últimas las de Sevilla, del año 1281. El rey sabio trató de aprovechar aquellas reuniones para obtener fondos que le permitieran alcanzar su sueño imperial, el «fecho del imperio». No menos importantes fueron las decisiones económicas tomadas en las cortes de su reinado, en particular los ordenamientos de precios y salarios que se aprobaron en las Cortes de Jerez de 1268. En definitiva, como ha señalado el profesor González Jiménez, «Alfonso X fue el primer monarca castellano que hizo de la convocatoria de cortes un instrumento ordinario de gobierno». ¿Qué interpretación cabe dar a la institución de las cortes? Durante mucho tiempo ha estado vigente la imagen transmitida por la historiografía liberal, que veía en las cortes una institución representativa de la sociedad, a la vez que dotada de amplias e importantes atribuciones. Sánchez Albornoz llegó a afirmar que la creciente intervención de las cortes en la vida política «facilitó la conversión de la monarquía castellano-leonesa... en una monarquía parlamentaria de perfiles democráticos». Es más, las cortes sirvieron, según esos puntos de vista, para frenar las tentaciones absolutistas del poder real. Esas opiniones, no obstante, han recibido en las últimas décadas severas críticas, en particular gracias a los trabajos del profesor Pérez Prendes. Dicho autor piensa que los que acudían a las cortes, al menos en lo que se refiere a los altos cargos de la Iglesia y a los magnates nobiliarios, lo hacían por deber de consejo. En cuanto a sus atribuciones, Pérez Prendes rechaza categóricamente que las cortes tuvieran facultades legislativas. Los reyes presentaban en sus reuniones leyes, pero no era necesario el voto de los asistentes para que entraran en vigor. Desde el punto de vista fiscal, las cortes votaban los servicios extraordinarios que los reyes solicitaban, pero los tributos ordinarios los cobraba la Hacienda regia sin tener que someterlos a ninguna discusión previa. 3 .7. El surgimiento de los municipios: concejos y ciudades. En el terreno de la vida local, la institución por excelencia era el «concilium» o concejo. Sin duda en la época romana habían existido los municipios. Pero el concejo medieval no tenía relaciones directas con el municipio romano. La génesis de esta institución se encuentra, al parecer, en las reuniones, de carácter plenamente abierto, que efectuaban los habitantes de las aldeas que se iban estableciendo en la cuenca del Duero al compás del proceso repoblador. Allí se tomaban decisiones encaminadas a proteger los intereses de los aldeanos y a defender los bienes comunales, al tiempo que se organizaban las actividades festivas de la comunidad. Las asambleas citadas, según sostiene la historiografía tradicional, se trasladaron posteriormente a las ciudades y villas, con lo que surgieron así los concejos urbanos. Otros autores, como Carlos Estepa, consideran, por el contrario, que los concejos urbanos no son una derivación de los rurales, sino que inicialmente eran algo así como una pequeña corte judicial presidida por el

«judex» e integrada por los «boni homines». Ahora bien, al margen de la génesis de los concejos urbanos, lo cierto es que en un principio los monarcas designaban a un vasallo suyo, por lo general perteneciente a la alta nobleza, como «dominus villae», es decir, «señor de la villa», pero con el tiempo los concejos fueron adquiriendo autonomía con respecto al «dominus villae». El paso decisivo se alcanzó, no obstante, cuando la asamblea vecinal asumió la facultad de elegir a los oficiales, es decir, al juez, cabeza del concejo, los alcaldes y los jurados, representantes estos últimos de los diversos barrios del núcleo. Asimismo la asamblea vecinal elegía a otros oficiales, los cuales atenderían las necesidades del concejo, como los sayones, los pregoneros, los fieles o los alguaciles. Los concejos urbanos, por otra parte, solían ser el centro de un amplio entorno rural, el alfoz, en el que se diseminaban numerosas aldeas. Ahora bien, el hecho de que el concejo terminara por adquirir autonomía con respecto a los antiguos «domini villae» no presupone, ni mucho menos, que a la citada institución haya que considerarla, como a veces se ha dicho, el paradigma de la democracia y de la libertad. Esos puntos de vista, teñidos de un indudable hálito romántico, no tienen la menor consistencia histórica. Es más, las asambleas concejiles terminaron por ser controladas por los sectores sociales más encumbrados de la ciudad o villa, es decir, los caballeros y los denominados hombres buenos, capa superior de los pecheros libres. Así lo ha demostrado, por ejemplo, el historiador norteamericano T. F. Ruiz en su estudio sobre el concejo de Burgos en el siglo XIII y la primera mitad del XIV, a cuyo frente se hallaba una auténtica oligarquía. Al mismo tiempo, se limitaba progresivamente la autonomía de los concejos con respecto al poder central.

4. De Sancho III el Mayor a Alfonso I el Batallador: Navarra y Aragón (1004-1134).

4 .1. El reino de Pamplona (1004-1076). Fortuna y visión política de Sancho el Mayor (1004-1035) Los primeros años del milenio preludian tiempos de incertidumbre y esperanza. El rápido hundimiento del califato omeya favorece la expansión territorial de los reinos cristianos; y en la plenitud medieval; a lo largo de casi tres siglos, asistimos a la renovación de las estructuras vitales y a la cristalización de las singularidades políticas que acabarían conformando la «España de los cinco reinos.» En Navarra y Aragón la sucesión real se vio afectada por la minoría de edad del heredero - primogénito varón-, pero resuelta felizmente por un régimen de tutela familiar, que ya había dado sus frutos con anterioridad. En la restauración de la herencia paterna - el regnum Pampilonensis , de algo más de 15. Km^2 , constituido por Pamplona, Nájera y Aragón- tuvo su influencia la parentela leonesa y castellana, encabezada por las mujeres de la corte: por su madre Jimena Fernández y su abuela Urraca. A ellas corresponde la elección de esposa del joven príncipe, cuya unión conyugal acabaría por renovar e incrementar las líneas maestras de la política matrimonial de los monarcas pamploneses. El ideal de reconquista había calado entre reyes y condes de la cristiandad hispana, esforzados en nuevos intentos por alcanzar realidades aún no logradas. En esa «línea de sombra» y desde esos distintos espacios de soberanía se irá tejiendo un sistema de contención frente al usurpador islámico, enemigo todavía temido por su poder. El rey de Pamplona ya había mostrado su capacidad ofensiva y ejercido cierto liderazgo en las continuas fricciones contra el rey tuyibí de la taifa de Zaragoza. Uno y otro trataron de establecer una línea fortificada a lo largo de la frontera entre cristianos y musulmanes, separados únicamente por el glacis estratégico de las Bardenas. Reforzados estos puntos de fricción, la prioridad de la acción política se encamina a la puesta en práctica de los compromisos trenzados por las ganancias familiares que comportan las distintas uniones conyugales y a los que se unen, a veces, los derechos de conquista. Esta dualidad de derechos, invocados y ejercidos con habilidad y tacto, fueron esgrimidos en la incorporación de Ribagorza y Sobrarbe. En estos dominios de las cumbres montañosas pudo existir algún tipo de concurrencia de soberanías con el conde de Barcelona Berenguer Ramón I (1018-1036), pero en ningún caso hubo roces que pudiesen ensombrecer estas relaciones de parentesco, mantenidas en un nivel discreto y más bien tibio. Más cálidas y mejor conocidas fueron las relaciones de Sancho el Mayor con los condes de Gascuña. Muerto sin sucesión - a fines de 1009- al conde Bernardo Guillermo le sucede su hermano Sancho Guillermo, que había vivido algún tiempo en el «palacio» de sus parientes los reyes de Pamplona. Ello explicaría las atenciones dispensadas a un joven Sancho el Mayor, invitado en su calidad de hijo y sucesor de su primo García Sánchez II a la peregrinación a Saint Jean d’Angely (Saintonge). Allí tuvo ocasión de coincidir con el rey de Francia, Roberto el Piadoso, y con el duque Guillermo el Grande de Aquitania. Ésta sería, según todos los indicios, la primera salida al «extranjero» de un monarca hispano. Quizá se fraguaron aquí sus afanes de «europeidad» y apertura hacia el Occidente cristiano, que le llevarían a introducir en los monasterios de San Juan de la Peña y de San Salvador de Leire la observancia

que, además de los posibles repartos de tierras recibidos en recompensa por la ayuda prestada en Tamarón, a García, como primogénito que era, le correspondería el núcleo del condado por herencia de su madre. Ello le convertía, después de la muerte de Bermudo III, en supuesto vasallo de su hermano menor por razón de la posesión de Castilla la Vieja. Esta contradicción, como nos dice la crónica Silense, pudo ser la causa del odio entre hermanos. Lo cierto es que las bases políticas de la autoridad del rey de Pamplona en los dominios condales castellanos no gozaban de un sólido apoyo. La disparidad de intereses y la cambiante fidelidad de los «tenentes» favorecían esta fragilidad. Para atajar estas carencias, acudió a la reorganización eclesiástica de la zona: suprime la diócesis de Valpuesta e incorpora sus iglesias en la de Nájera-Calahorra. Quizá la ampliación del dominio de San Millán de la Cogolla obedecería al mismo propósito. Sus preferencias por Santa María de Nájera le llevaron a dotarla de un nutrido conjunto de rentas, muchas de ellas procedentes de sus dominios del condado castellano. La ciudad de Nájera fue su sede regia favorita, lo que fue un factor decisivo para su desarrollo urbano y, con la creación de una gran capilla palatina, quiso diseñar una especie de segunda capitalidad del reino. Al igual que su padre, al que trató de imitar, luchó contra los musulmanes del valle del Ebro. El parentesco con el conde barcelonés acrecentó estos afanes ofensivos contra la taifa de Zaragoza, pero la ofensiva contra el Islam quedaría reducida a simples escaramuzas a favor o en contra, según los casos, de los clanes enfrentados, remuneradas económicamente mediante la percepción regular de parias. Es como si se hubiese devaluado - al decir de Martín Duque- el ideal de reconquista, contaminado por compensaciones dinerarias. Así, durante casi medio siglo permanecería estable la línea de frontera del frente pamplonés contra los odiados «paganos» y las acciones bélicas de los ejércitos cristianos gastaron sus energías también en encarnizadas luchas fratricidas. Como ya quedó indicado, la insistencia del rey de Pamplona en extender su espacio de soberanía hacia sus dominios castellanos provocó las iras del rey de León y de los más granado de su nobleza hasta culminar en el campo de batalla de Atapuerca, el 1 de septiembre de 1054, donde el monarca «navarro», García el de Nájera, encontraría la muerte. Las consecuencias inmediatas de este fatal desenlace fue el repliegue de las fronteras del reino de Pamplona, pues las tierras castellanas en litigio pasaron a depender de la soberanía directa de Fernando I de León y Castilla. El papel de las fuerzas nobiliarias en estos confines fue decisivo y confirman el progresivo ascenso de los grupos aristocráticos regionales. Además, la crisis de Atapuerca llevaría al trono pamplonés a un nuevo y joven monarca, Sancho Garcés IV el de Peñalén, con el que se quebraría la línea dinástica tan trabajosamente sostenida durante más de ciento setenta años. Sancho IV el de Peñalén (1054-1076): crisis de poder y ruptura dinástica La sucesión al trono recae en un menor, de apenas catorce años, y esa minoría de edad será aprovechada por sus barones para dar un paso más en la progresiva dependencia de la corona respecto a estos grupos nobiliarios. En este empeño también contribuyeron los «tenentes» de los grandes distritos de un lado y otro de la frontera con Castilla. Restablecidas las relaciones familiares, en 1062, parece que hubo un acuerdo entre ambos monarcas respecto a los viejos litigios por esa imprecisa línea divisoria, donde confluyen los intereses de las aristocracias de sus respectivos reinos. Sancho IV retuvo parte de los dominios originarios de la herencia dinástica castellana: el condado de Álava, Vizcaya con Pancorbo y el Bajo Tidón, y el espacio guipuzcoano del curso medio del Oria. Como era de esperar, la pérdida de los distritos de la herencia castellana mermó el número de tenencias, cuyos beneficios u honores recaían en el círculo nobiliario de aquella disputada zona. Lejos de serenar los ánimos, como hubiera sido propio de un buen rey, se exacerbaron los resentimientos contra el monarca por su arbitrariedad y egoísmo en el nuevo reparto de honores y parias. Carentes de acciones ofensivas contra las tierras ocupadas por los sarracenos, los barones fueron privados de su más genuina actividad: la guerra y el botín. Desilusionados con su rey, la cúpula nobiliaria - los ricoshombres- cerró filas en defensa de sus derechos, hasta el extremo de llegar, en 1061, a un primer enfrentamiento, germen sin duda de futuros desencuentros que casi rayan en la sedición. El clima de tensión y recelos mutuos llegó a tales límites que la política de Sancho de Peñalén contra la taifa de Zaragoza acrecentó aún más el foso que separaba al rey de sus vasallos. Aquel sacó enormes beneficios del magro filón de las parias zaragozanas, «estimados en unos 12.000 mancusos de oro al año, según acreditan los tratados de paz y alianza (1069 y 1073) suscritos con el régulo al- Muqtadir» (J. M. Lacarra). Esta amistad de conveniencia se verá sujeta a continuas oscilaciones dada la débil e inestable posición de ambos mandatarios, agravada por las apremiantes exigencias monetarias de los vecinos cristianos y por la creciente hostilidad de la nobleza navarra frente a su avaro monarca. Así, poco antes de concluir su segundo tratado - 1073, mayo 25- se registra un nuevo enfrentamiento con la alta nobleza, cerrado en falso con un acuerdo de fidelidad a cambio de mantener en sus cargos y honores a los ricoshombres del reino. El poder monárquico ya no responde a la armonía cósmica de antaño, ahora es un campo de lucha donde se enfrentan distintas posiciones de las aristocracias regionales y la acción

política acabará por enredarse en la conspiración. Siendo ya rey Sancho II, aún proliferan los incidentes en la frontera occidental con Castilla. Y es en este contexto donde cabría situar, en el verano de 1067, la llamada guerra «de los tres Sanchos». Las reiteradas incursiones en territorio navarro del nuevo monarca castellano obligaron - nos dice José María Lacarra- a Sancho Garcés IV a solicitar la ayuda de su pariente aragonés Sancho Ramírez, el cual puso en fuga al invasor, frenado ante Viana, y obligándole a abandonar las tierras ocupadas. Este gesto de solidaridad familiar pudo tal vez obedecer al deseo del aragonés de tener las manos libres sobre la taifa de Zaragoza y aflojar los ya tenues vínculos de dependencia con la monarquía pamplonesa. En esta delicada situación se fraguó el regicidio. El 4 de junio de 1076 el rey Sancho era despeñado por el escarpe de Peñalén, paraje situado en el término actual de Funes. De su muerte fueron acusados sus hermanos Ramón y Ermesinda y un nutrido grupo de magnates, enraizados en tierras de la Rioja, Álava y Vizcaya. Los fratricidas, inductores más o menos directos, buscaron refugio fuera del reino, en las cortes zaragozana y castellana, respectivamente. Al margen de la autoría del magnicidio, lo cierto es que la víctima había violado de forma reiterada y contumaz el recto ejercicio del poder, ejercido con crueldad y, en consecuencia, su desaparición quedaba legitimada conforme al pensamiento político de tradición isidoriana, puesto en práctica con harta frecuencia en la monarquía hispano-goda. Ante el vacío de poder creado, los reyes de Castilla y Aragón actuaron con rapidez inusitada para repartirse el reino. Alfonso VI se apresuró a ocupar la sede regia de Nájera, donde residía la mayoría de la familia real pamplonesa; pronto fue reconocido por los linajes «felones» que regían los distritos periféricos de tierras altorriojanas, alavesas y vizcaínas. En apenas un mes, consiguió la adhesión de los enclaves urbanos de Calahorra y Nájera, a los que confirmó sus fueros. Por su parte, el rey de Aragón fue bien recibido en Ujué y de allí pasó a Pamplona. En su avance Sancho Ramírez ocupó la capital y la parte central y oriental del reino, territorio originario de la secular monarquía pamplonesa. Como contrapeso a la sedición favorable a Castilla, los magnates propiamente «navarros», más vinculados a las tierras fronterizas con el Islam, se inclinaron a favor del rey de Aragón. Con ello, ambos monarcas - Alfonso y Sancho- vieron incrementarse de forma notoria sus territorios. Sus respectivos reinos fueron ahora dotados de unos recursos esenciales para reanudar las conquistas contra los musulmanes, prácticamente paralizadas durante varios lustros. 4 .2. Aragón: de condado a reino (1035-1076). A partir de 1035, con la muerte de Sancho el Mayor, el reino de Pamplona acabó fraccionado en varios ámbitos de poder político, plenamente diferenciados, y su testamento posibilitó el nacimiento dos nuevos reinos, llamados a ejercer un papel hegemónico en la historia de España: Castilla y Aragón. El viejo condado aragonés se transformó de hecho en un reino, pero sin que su primer titular - hijo de rey, casi rey- usara jamás la expresión Dei gratia rex. Ello no pasaría de ser una mera formalidad, que evidencia los titubeos incipientes de toda nueva formación política y asimismo la ausencia de todo afán secesionista. No parece que Ramiro I (1035-1063) y sus barones - aquellos sujetos a su fidelidad directa- sintieran empañada su libertad respecto al rey de Pamplona. La nueva situación alienta al soberano y, en torno a él, a los grupos dirigentes del naciente principado territorial a procurar unas mayores cotas de influencia política, ejercidas desde un principado en cierta medida «feudal» y «dotado de una innegable singularidad geográfica, lingüística e histórica» (E. Sarasa). Son múltiples y complejos los factores que confluyen en este proceso, pero sin minusvalorar la solidaridad nobiliaria y la comunidad de intereses que mueven a estas elites guerreras. Ante tan imprecisa situación, Ramiro I mantuvo una prudente y realista actitud: poco a poco llegó a consolidar en reino diferenciado su confusa herencia y encontró en las empresas de frontera la necesaria ocupación militar que exige el servicio de sus «barones». Esta estrecha colaboración y al abrigo de los infortunios que aquejan a la realeza pamplonesa fue cristalizando la nueva formación política de Aragón. Era esencial por tanto la ganancia territorial para lograr la soberanía plena. Además de la apropiación de las tierras de Sobrarbe y Ribagorza, asignadas en un principio a su hermanastro Gonzalo, el objetivo elegido fue el tramo oriental de la línea de frontera con la taifa zaragozana. Avanzó su red de fortalezas a uno y otro lado del Cinca e incrementó su capacidad guerrera en operaciones de defensa de diversos reductos ribagorzanos, en las proximidades de la confluencia de los ríos Esera e Isábena, hasta dar vista a la imponente fortaleza de Grau. En el intento de asalto a esta inexpugnable plaza encontraría la muerte a comienzos del mes de mayo de 1063. A la herencia recibida de sus mayores, este primer rey de Aragón supo incorporar con sus conquistas nuevas tierras, cifradas en unos 700 kilómetros cuadrados, lo que configuraba un reino de una extensión de casi 9.000. Sobre esta superficie territorial actuarían para engrandecerla sus sucesores. En un primer testamento (1059), y conforme a la práctica jurídica de los valles pirenaicos, Ramiro legaba su «tierra» a su primogénito legítimo Sancho y establece las previsiones sucesorias de los demás hijos. Como en su caso, y de acuerdo con la tradición, la herencia recibida comporta un «honor» y

Llegado el momento, Pedro I (1094-1104) recibiría el reino de Aragón y Pamplona, para trasmitirlo luego a su hermanastro y sucesor Alfonso I (1104-1134). Fiel a los ideales que alientan esta renovada o, si se prefiere, innovada monarquía feudal, Sancho Ramírez puso todo su empeño en la conquista de las tierras ocupadas por el Islam. La taifa de Zaragoza seguía siendo un objetivo a alcanzar, pero los hudíes conservaban aún su capacidad defensiva, incrementada incluso por la incorporación de Tortosa y Denia. Sin embargo, las fuerzas conjuntas de Pamplona y Aragón permitirán a su rey iniciar con éxito las hostilidades con la ocupación de castillos y aldeas de la hoya oscense. En los primeros meses de 1084, un contingente de caballeros pamploneses avanzó a través de la zona desértica de las Bardenas y se adueñaron de la atalaya de Arguedas, torre vigía de la ribera tudelana. En 1091, padre e hijo llevaron sus huestes casi a las puertas de Zaragoza y ocuparon la fortaleza del Castellar, en la margen izquierda del Ebro, frente a la desembocadura del río Jalón. Con las posiciones avanzadas de Arguedas y el Castellar se ha penetrado un largo trecho en tierra de moros, al tiempo que va a permitir tener en el punto de mira los escudos urbanos de la taifa hudí, como son las plazas de Tudela y Zaragoza. Estos importantes avances contra los infieles y la consiguiente amplitud de sus recursos materiales dieron cohesión a esta sociedad de guerreros y campesinos. El entendimiento entre el monarca y sus barones será la expresión codificada de esta monarquía feudal, dotada de un componente vasallático-militar que alienta y encauza un ideal compartido de reconquista. La ruptura del frente «metropolitano» de la cuenca media del Ebro, formado por las poblaciones de Tudela, Ejea, Huesca, Barbastro y Lérida, será la obsesión del nuevo monarca desde los inicios de su reinado. Después de un duro cerco en cuya porfía encontraría la muerte el monarca aragonés, a finales de 1096, Huesca abrió sus puertas a los cristianos, al frente de los cuales figura el ya rey Pedro I. Y, al igual que su padre, buscó anudar vínculos conyugales con princesas oriundas del sur de Francia. Su primera esposa, Inés de Poitou, era hija del duque Guillermo VIII de Aquitania; al enviudar, después de diez años de matrimonio, casó con Berta, sobrina del citado duque; con ésta no tuvo hijos y con la primera dos (Isabel y Pedro), pero su único descendiente varón no le sobrevivió. Ello propiciaría la sucesión a favor de su hermanastro Alfonso, llamado más tarde el Batallador. Luego de la capitulación de Huesca, la situación de la plaza de Barbastro se hacía insostenible: su rendición tuvo lugar a mediados de octubre del año 1100. No satisfecho con estos logros e inflamado del ardor guerrero que anima el espíritu de la cruzada - predicada, como es sabido, por Urbano II en Clermont pocos años antes (1095)-, lanzó su propia «cruzada» contra Zaragoza, en cuya huerta y a escasos kilómetros de la ciudad creó un lugar fortificado, Juslibol ( Deus lo vol ), nombre evocador del grito lanzado en la guerra de cruzada contra Jerusalén. Pese a las buenas intenciones de este príncipe cristiano, el asedio a la capital no pasó de ser una fallida escaramuza. En la frontera navarra también hubo avances notables; aquí la zona de fricción fue el valle de Funes, en la confluencia de los ríos Arga y Aragón. La ocupación de Milagro (1098) permitió reforzar la vigilancia que desde Arguedas se ejercía sobre Tudela, convertida ahora - tras la toma de Calahorra- en la vanguardia de la taifa zaragozana. Este tramo defensivo quedó consolidado con la repoblación de Caparroso y Santacara, mientras el sector más desguarnecido seguía siendo el de las Cinco Villas, pues los movimientos de acoso lanzados sobre Ejea y su distrito apenas prosperan. Ese será el objetivo marcado por el nuevo rey Alfonso I (1104-1134). 4 .4. Alfonso I el Batallador: conquistas y organización territorial (1104-1134). Al poco de iniciarse el siglo XII las hordas del imperio norteafricano de los almorávides llevaron el desconcierto y el miedo a gran parte de la España cristiana; el integrismo magrebí amenazó con recuperar el vigor del estado islámico y restañar la maltrecha observancia religiosa de los mahometanos peninsulares. La pérdida del reino de Valencia y la derrota castellana de Uclés no fueron más que una muestra de los barruntos de la nueva situación. La sucesión de Pedro recayó, como ya quedó apuntado, en su hermanastro Alfonso I. Era el segundón de un segundo matrimonio de Sancho Ramírez con Felicia de Roucy, miembro de un linaje de magnates de origen champañés y entre cuyo círculo familiar encontraría tan fieles colaboradores el nuevo monarca. En el primer año de reina-do conquistó Ejea y Tauste, lo que supuso el control de toda la margen izquierda del Ebro. Acto seguido, prestó su ayuda al conde de Urgel en la toma de Balaguer, que se había perdido ante la oleada almorávide, y desde aquí realiza operaciones de castigo hasta las mismas puertas de Lérida. Ello le rodearía de una aureola de prestigio que fue más allá de los Pirineos. Fama que también llegó a Castilla sumida en los tristes sucesos que derivan de la derrota cristiana en los campos de Uclés (1108), donde encontró la muerte don Sancho, heredero al trono castellano-leonés. El fallecimiento de Alfonso VI medio año después sembró el desconcierto en el reino más poderoso de la España cristiana. Afligidos por la gravedad de la situación - el emir almorávide había puesto cerco a Toledo-, todas las miradas convergen en Alfonso I, que casó de inmediato con Urraca, viuda del conde Raimundo de

Borgoña y nueva reina de Castilla y León. La boda se celebró en el otoño de 1109 y en las capitulaciones matrimoniales, además de las arras y la dote, se plasmó una fórmula ambigua, plagada de dificultad: el gobierno conjunto de ambos cónyuges en sus respectivos reinos. Y el resultado no se dejó esperar: la actitud irreconciliable de los esposos llevó a la sociedad castellana al borde de la guerra civil. Había fracasado el viejo proyecto de unidad cristiana frente a los pérfidos sarracenos. Una vez rotos sus compromisos, Alfonso se retiró a su reino, no sin antes retener los antiguos territorios pamploneses de la Castilla Vetula , segregados a raíz de los sucesos de 1076. La decepción inicial dio paso a renovados alientos reconquistadores y en ellos volcó todas sus energías. Este caudillo de aragoneses y pamploneses, llamado el Batallador, tendrá como objetivo, largamente acariciado, la conquista de Zaragoza. Ésta era la única taifa que había resistido a la ocupación de los almorávides, pero, coincidiendo con la presencia de Alfonso I en Castilla, las banderías internas facilitaron su entrega al poder norteafricano (1110). La división existente entre los zaragozanos redujo la capacidad ofensiva de los gobernadores almorávides, circunstancia aprovechada por Alfonso para organizar el asalto a la antigua capital de la «Marca Superior» de al-Andalus. Asalto minuciosamente planificado y que requería, además, técnicas y recursos bélicos de gran alcance. En una primera exploración (8 de julio de 1117), acompañado del vizconde Gastón de Béarn y de su hermano el conde Céntulo de Bigorra, Alfonso llegó hasta las mismas puertas de Zaragoza, cuyas murallas fueron examinadas por estos caballeros, hábiles conocedores de las nuevas técnicas de asedio. Dado el alcance de la operación fue necesario organizar una amplia asamblea conciliar, destinada a recabar ayuda de la Cristiandad para la «cruzada» de España. La reunión tuvo lugar en Toulouse a comienzos de 1118; se dice que a ella asistieron los arzobispos de Auch y Arlés y los obispos de Lescar, Bayona, Pamplona y Barbastro, todos ellos originarios del Midi. Como un «enjambre de langostas y hormigas» - según el cronista Ibn Abi Zar- acuden a la llamada del rey de Aragón lo más nutrido de la nobleza ultrapirenaica, testigos directos de la toma y rendición de la capital (18 de diciembre de 1118). Tan clamoroso éxito fue debido a la conjunción de las acciones guerreras e ideales cristianos de magnates franceses e hispanos al frente de los cuales figura el rey de aragoneses y pamploneses. La capitulación de Zaragoza trajo consigo la sumisión de toda la antigua taifa hudí. Ahora se trataba de atacar las plazas de la periferia, que todavía permanecían en poder de los almorávides. Sobre Tudela y Tarazona marcharon los ejércitos vencedores y en los primeros meses de 1119 fueron incorporadas al reino. Con los vencidos el rey fue magnánimo. Aquellos que lo deseasen se les permitió permanecer en sus lares, pero en el plazo de un año deberían ir a vivir fuera del casco urbano, en los lugares - morerías- designados para ellos. Sujetos a las mismas cargas fiscales de entonces, pudieron permanecer fieles a su religión. También dispusieron de autoridades y leyes propias y pronto se establecieron las normas que regulasen sus relaciones con los cristianos. Las condiciones impuestas a los moros de la antigua metrópoli hudí fueron también aplicadas a otras poblaciones. En Tudela, a los judíos, que a buen seguro habían abandonado la ciudad, se les hizo regresar y se les otorgó el fuero que ya disfrutaban sus correligionarios de Nájera. Pero en su programa político ocupa un lugar esencial la restauración de la administración eclesiástica diocesana. Ante tan espectaculares avances cristianos, un poderoso ejército reclutado por el gobernador de Sevilla y otros dignatarios andalusíes marchó contra el rey de Aragón para tratar de frenar sus progresos por las tierras de Levante. Interrumpido el cerco de Calatayud, descendió con un selecto grupo de caballeros - entre los que se encuentra el duque de Aquitania Guillermo IX el Trovador- hasta Cutanda, a pocos kilómetros de Calamocha, donde las tropas musulmanas sufrieron una estrepitosa derrota (17 de junio de 1120). De inmediato se ocuparon Calatayud y Daroca y la caballería cristiana remontó las cuencas del Jalón y del Jiloca, hasta fijar la frontera en Monreal del Campo y Singra. La anhelada ruta hacia el mar levantino quedaba abierta. Poco después repoblaba Soria y desde allí pudo controlar los confines orientales de la antigua taifa, al obtener la sumisión de las poblaciones de Ariza, Medinaceli y Sigüenza. En esta última crearía un obispado para tratar de fijar espiritualmente esta oscilante línea de frontera. La extensión de los espacios conquistados requiere costosos esfuerzos de organización de las tierras ocupadas, a las que hay que defender y repoblar. Se otorgaron fueros a los núcleos urbanos, pero había que fijar los puntos avanzados de la cambiante franja fronteriza con la atracción de nuevos pobladores. Navarros y aragoneses se instalaron en tierras sorianas y en toda la línea del Duero hasta Salamanca, como evidencia la toponimia de esta región. Lo precario de algunos resultados llevó al monarca a crear, bajo la inspiración quizá de su fiel aliado Gastón de Béarn, la cofradía militar de Belchite, entregada en cuerpo y alma a una lucha sin desmayo contra los infieles. Superada con creces la cinta del Ebro hasta los bordes de la Extremadura, al norte permanece casi intacto el reducto almorávide de Lérida. Sobre esta plaza confluyen los intereses del rey de Aragón y los del conde de Barcelona, lo que sería motivo para que la ocupación cristiana de las tierras ilerdenses fuese aplazada y ello permitiese a los musulmanes reforzar las defensas de la zona. Tal contratiempo vino a favorecer un cambio de estrategia: la que le llevaría, en una temeraria expedición, a las tierras de

de las actuales provincias de Gerona y Barcelona, más la zona septentrional (la más pirenaica) de la provincia de Lérida. Esta Cataluña no formaba una unidad política sino que estaba dividida en condados gobernados por condes emparentados pero independientes: el conde y condado del Alto Pallars, Bajo Pallars, Cerdaña, Urgel, Rosellón, Ampurias, Besalú y Barcelona-Gerona-Ausona. En total, ocho unidades políticas. En cuanto al condado de Ribagorza, sus condes estrecharon lazos con las cortes de Castilla y Pamplona, con el resultado de la incorporación del condado a la soberanía del rey de Pamplona y conde de Aragón (1025). De los núcleos políticos mencionados, el de Barcelona, Gerona y Ausona fue el más importante. Sus condes supieron mantener unidos estos condados y, fuertes con ello, se hicieron con el liderazgo del conjunto catalán. En el siglo XI y comienzos del XII, estos condes fueron Berenguer Ramón I (1018-1035), Ramón Berenguer I (1035-1076), Ramón Berenguer II (1076-1082), Berenguer Ramón II (1076-1097) y Ramón Berenguer III (109 7 - 1131). 5 .1. Ramón Berenguer I: cambio feudal e intervención en Occitania. Desde el punto de vista político, el cambio feudal de la época de gobierno de Berenguer Ramón I y de Ramón Berenguer I fue una revolución del poder que sumió a la autoridad condal en una crisis prolongada. A Berenguer Ramón I, por ejemplo, se le considera un gobernante débil, y los primeros años de su sucesor, Ramón Berenguer I, hasta 1057, también fueron difíciles. Al principio, el nuevo gobernante era menor de edad y tuvo que aceptar la tutela (1035-1039) de la condesa abuela Ermesenda, que representaba la tradición frente a la joven mentalidad feudal, y después, cuando tomó las riendas del gobierno, se encontró sometido a un doble desafío: el de la continuidad, que Ermesenda y sus consejeros representaban, y el del cambio, que Mir Geribert y otros imponían con violencia. El joven conde combatió y negoció con unos y otros (hacia 1043 y 1052-1058). El resultado del conflicto lo conocemos: restablecimiento del orden sobre las bases nuevas del pacto feudal, que reconocía la soberanía del príncipe como soberanía limitada. Cerrada la crisis, Ramón Berenguer asentó su autoridad, y empezó la construcción del principado feudal. Tenía los medios para hacerla: disponía de un dominio condal todavía rico y extenso y de la ayuda de la ciudad de Barcelona. Precisamente estos medios ya le habían servido para mantener un ejército con el cual hacer frente a los desafíos interiores e iniciar una política exterior propia, sobre todo hacia al-Andalus donde los catalanes habían hecho una fugaz aparición (expedición de 1010 a Córdoba) con ocasión de la crisis del califato. Ramón Berenguer I impuso su protectorado militar a las taifas de Zaragoza, Lérida y Tortosa, y las obligó a pagarle cuantiosas parias para comprar paz y seguridad. Con estos recursos, en conjunto, Ramón Berenguer I pudo frenar a la nobleza rebelde y pactar con ella, y también ejercer el liderazgo sobre el conjunto catalán: los restantes condes catalanes (los de Besalú, Urgel, Cerdaña, Ampurias y Rosellón) se aliaron con él y le juraron fidelidad. Ramón Berenguer I puso los cimientos del principado como poder supracondal, al mismo tiempo que dirigía la expansión militar y política. Con él empezó la llamada expansión occitana de la Casa de Barcelona. No debería sorprender. Los lazos entre la gente de uno y otro lado del Pirineo eran estrechos y antiguos. En el plano religioso, las novedades de la reforma (cluniacense, gregoriana) llegaban a Cataluña a través de casas religiosas occitanas, a las que muchos monasterios catalanes se vincularon, y a las que se dirigieron no pocos peregrinos de estas tierras. Y esta apertura de la sociedad catalana al mundo exterior, ultrapirenaico, llegó también a las estructuras familiares. A partir de finales del siglo X, los matrimonios entre miembros de la nobleza de uno y otro lado fueron cada vez más frecuentes. Los condes, por ejemplo, que querían afirmar su preeminencia, buscaron esposa entre las damas de la nobleza occitana: el conde Borrell contrajo matrimonio con Ledgarda de Roerga; su hijo, Ramón Borrell, con Ermesenda de Carcasona, y su biznieto, Ramón Berenguer I, con Almodis de la Marca. Se trataba de alianzas matrimoniales, que, en un sistema de poderes patrimoniales como el feudal, permitía entretejer redes de control de los hombres y la riqueza. Fueron precisamente los lazos de parentesco entre dirigentes de ambas vertientes del Pirineo, los que allanaron el camino de la expansión, cuando Ramón Berenguer I y su esposa Almodis aprovecharon las disputas entre los herederos de los condados de Carcasona y Razés para comprar a cada uno sus derechos, operación (1067-1070) en la que invirtieron la fabulosa cantidad de 5.000 onzas de oro (50.000 mancusos). El señor de Montpellier, el vizconde de Agde-Béziers y el conde de Toulouse se hicieron entonces vasallos del conde Barcelona. 5 .2. Inestabilidad y conflicto dinástico: la herencia de Ramón Berenguer I. Los éxitos políticos de Ramón Berenguer I se vieron comprometidos en época de sus hijos y sucesores, Ramón Berenguer II (1076-1082) y Berenguer Ramón II (1076-1096), a causa de las disputas familiares por el poder, algo muy propio del sistema feudal. Por extraño que parezca, Ramón Berenguer I dejó los condados indivisos a sus dos hijos. Con ello mantuvo unida la herencia condal, pero cimentó la

discordia y la división. Los condes hermanos pactaron por separado con miembros de la nobleza cuyas fidelidades y servicios fueron así divididos, y los desacuerdos subieron de tono, hasta el punto que el propio pontífice romano hubo de intervenir para restablecer la concordia. Intentando evitar la ruptura, los condes se repartieron castillos, ciudades, tierras, lugares y rentas, intercambiaron prendas y pactaron tiempos distintos de estancia en las residencias condales. Pero los desacuerdos interiores comportaron fracasos en el exterior (fracaso de una expedición a Murcia y derrota frente a las tropas del rey musulmán de Zaragoza auxiliado por el Cid) hasta que se produjo el asesinato de Ramón Berenguer II (1082), quizá por instigación de su hermano. El magnicidio causó gran conmoción y llevó a los condados al borde de la guerra civil. Durante unos años (1082-1086) hubo un vacío de autoridad, hasta que las familias más preeminentes de la nobleza y los obispos pactaron un compromiso con Berenguer Ramón II: se le reconoció la autoridad a cambio de asumir la tutoría del heredero del difunto, el futuro Ramón Berenguer III, y traspasarle el gobierno cuando llegara a la edad adulta. De este modo se restableció la paz interior, pero no el nivel de prestigio y autoridad. La obra de construcción del principado feudal resultó muy dañada por las disputas fratricidas, que dieron a la nobleza un margen mayor de autonomía y poder, y desviaron fidelidades de Barcelona hacia Cerdaña: durante unos años, el liderazgo político fue asumido por el conde Guillermo Ramón de Cerdaña. Y, como cabía esperar, la política exterior estuvo en consonancia con la interior. En relación con al-Andalus, Berenguer Ramón II mantuvo el protectorado que su predecesor había impuesto a Lérida y Tortosa; osciló entre la enemistad y la alianza con la taifa de Zaragoza, a causa de Valencia, y fracasó en sus tentativas (1086, 1088, 1089) de conquista de esta ciudad. Sus ambiciones levantinas se saldaron con una completa derrota a manos del Cid (Tévar, 1090), y tampoco consiguió ocupar Tarragona y Tortosa (1092, 1095). En la otra dirección expansiva, Occitania, el saldo fue peor. La crisis abierta por el asesinato de Ramón Berenguer II se resolvió en Carcasona del peor modo posible: el vizconde de Béziers, con el respaldo del conde de Toulouse, la sustrajo a la autoridad de Berenguer Ramón II. Los últimos decenios del siglo XI fueron, pues, años de crisis política, que pusieron en serio compromiso los logros alcanzados por Ramón Berenguer I a mediados de siglo. 5 .3. La construcción política del principado: Ramón Berenguer III. Desde el punto de vista político, el restaurador, auténtico constructor del principado como autoridad personal superior, fue Ramón Berenguer III (1097-1131). En sus años de gobierno, la política exterior y la interior fueron más al unísono. Respecto de al-Andalus, no alcanzó éxitos considerables porque la irrupción de los almorávides malogró sus propósitos. Con todo, impulsó el avance de las fronteras hasta Tarragona y las proximidades de Lérida, ciudad a la que por aquel entonces dirigía sus miras el rey Alfonso I de Aragón. Precisamente, para asegurar mejor la defensa de las fronteras, Ramón Berenguer III facilitó el establecimiento en sus condados de caballeros de las órdenes militares del Hospital (1109) y del Temple (1123-1126). Significación especial tuvo en esta época la expedición naval contra los musulmanes de Mallorca e Ibiza, que llevaron a cabo naves de distintas ciudades italianas, occitanas y catalanas dirigidas por Ramón Berenguer III (1114-1115). Esta acción, en la que algunos quieren ver un precedente de la futura conquista catalana, significa, en realidad, el paso de la hegemonía política del bando musulmán al feudal en el frente marítimo. Desde entonces, cesarían las acciones de piratas musulmanes en el noroeste mediterráneo, y la navegación cristiana empezaría a ganar posiciones. Con todo, fue en tierras ultrapirenaicas donde Ramón Berenguer III alcanzó sus mayores éxitos en política exterior. En efecto, casó (1112) con la heredera del condado de Provenza (Provenza marítima) y los vizcondados de Millau, Gévaudan y Carlat, lo que le convirtió, de hecho, en un gran señor occitano. Con todo, su presencia en Provenza generó un conflicto con la Casa de Toulouse que tenía intereses en la zona. El conflicto se agudizó, además, por el hecho de que Carcasona, paso obligado entre Cataluña y Provenza, adquirió un inesperado valor estratégico, y fue codiciada por unos y otros. La guerra terminó el 1125 con una paz que, en cuanto a la Provenza, fijaba la frontera entre tolosanos y barceloneses en el valle del río Durance, una paz que permitiría a Ramón Berenguer III emprender la organización administrativa del territorio, pero que dejaba sin resolver el tema de Carcasona. En cuanto a la construcción del principado, los éxitos fueron todavía más espectaculares si cabe. Como tales hay que considerar la incorporación de los condados de Besalú (1111) y Cerdaña (1117), y una serie de territorios anexos a la soberanía directa del conde barcelonés; la imposición de su hegemonía al conde de Ampurias (1128), y la restauración de Tarragona con el restablecimiento del arzobispado a favor del obispo de Barcelona Olegario (1118). Es seguramente a este conde o a su sucesor, Ramón Berenguer IV, y a los jueces y consejeros de su corte, a quienes cabe atribuir el impulso definitivo para la compilación de los Usatges , el código jurídico del feudalismo catalán, que desplaza el viejo código visigodo a un segundo plano. El nuevo código, que realza la autoridad del conde de Barcelona como príncipe, habría de servir para impulsar la aplicación de la ley y la justicia del conde barcelonés en todos