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Memorias del subsuelo, Apuntes de Filología Catalana

Asignatura: Teoria de la literatura, Profesor: Antònia Cabanilles, Carrera: Filologia Catalana, Universidad: UV

Tipo: Apuntes

2015/2016

Subido el 07/02/2016

alvaro_munoz-4
alvaro_munoz-4 🇪🇸

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Memorias del subsuelo
Fedor Dostoiewski
Obra reproducida sin responsabilidad editorial
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¡Descarga Memorias del subsuelo y más Apuntes en PDF de Filología Catalana solo en Docsity!

Memorias del subsuelo

Fedor Dostoiewski

Obra reproducida sin responsabilidad editorial

Advertencia de Luarna Ediciones

Este es un libro de dominio público en tanto que los derechos de autor, según la legislación española han caducado.

Luarna lo presenta aquí como un obsequio a sus clientes, dejando claro que:

  1. La edición no está supervisada por nuestro departamento editorial, de for- ma que no nos responsabilizamos de la fidelidad del contenido del mismo.
  2. Luarna sólo ha adaptado la obra para que pueda ser fácilmente visible en los habituales readers de seis pulgadas.
  3. A todos los efectos no debe considerarse como un libro editado por Luarna.

www.luarna.com

tra sociedad. En la segunda parte relata ciertos sucesos de su vida.

FEDOR DOSTOYEVSKI

MEMORIAS DEL SUBSUELO

I

Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certe- za dónde me duele.

Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente

supersticioso... lo suficiente para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes seguramente no lo compren- derán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al no permitir que me cui- den. Me perjudico sólo a mí mismo; lo com- prendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré más todavía.

Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funciona- rio odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar,

Tengo espuma en la boca; pero tráiganme uste- des una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán cómo me calmo; inclu- so tal vez me enternezca. Verdad es que des- pués me morderé los puños de rabia y que du- rante algunos meses la vergüenza me quitará el sueño. Sí, así soy yo.

He mentido al decir que fui un funcionario perverso. He mentido por despecho. Yo trataba, simplemente, de distraerme con aquellos peti- cionarios y aquel oficial, y jamás conseguí lle- gar a ser realmente malo. Me daba perfecta cuenta de que existían en mí gran número de elementos diversos que se oponían a ello vio- lentamente. Los sentía hormiguear dentro de mi ser, por decirlo así. Sabía que estaban siem- pre en mi interior y que aspiraban a exteriori- zarse, pero yo no los dejaba salir; no, no les permitía evadirse. Me atormentaban hasta la vergüenza, hasta la convulsión. ¡Oh, qué can- sado, qué harto estaba de ellos!

Pero ¿no les parece, señores, que estoy adop- tando ante ustedes una actitud de arrepenti- miento por un crimen que no sé cuál es? Estoy seguro de que ustedes imaginan... No obstante, les advierto que me es indiferente que se lo imaginen o no.

No he conseguido nada, ni siquiera ser un malvado; no he conseguido ser guapo, ni per- verso; ni un canalla, ni un héroe..., ni siquiera un mísero insecto. Y ahora termino mi existen- cia en mi rincón, donde trato lamentablemente de consolarme (aunque sin éxito) diciéndome que un hombre inteligente no consigue nunca llegar a ser nada y que sólo el imbécil triunfa. Sí, señores, el hombre del siglo XIX tiene el de- ber de estar esencialmente despojado de carác- ter; está moralmente obligado a ello. El hombre de carácter, el hombre de acción, es un ser de espíritu mediocre. Tal es el convencimiento que he adquirido en mis cuarenta años de existen- cia.

en la Administración para poder comer (úni- camente para eso), y el año pasado, cuando un pariente lejano me legó seis mil rublos, dimití al punto y me enterré en mi rincón. Hacía ya mu- cho tiempo que estaba aquí, pero ahora me he instalado definitivamente. La habitación que ocupo está en los confines de la ciudad y es fea, destartalada. Mi criada es una vieja campesina, malvada por falta de inteligencia. Además, huele mal. Me dicen que el clima de Petersbur- go me perjudica, que la vida aquí es muy cara, e ínfimos los recursos de que dispongo. Lo sé; lo sé mucho mejor que todos esos sabios dona- dores de consejos. Pero me quedo en Peters- burgo. No me iré de Petersburgo porque... Bueno, ¿qué importa que me marche o no?

Sin embargo ¿de qué puede hablar un hom- bre honrado con más placer?

Respuesta: de sí mismo. ¡Por lo tanto, voy a hablarles de mí mismo!

II

Ahora voy a contarles, señores (quieran uste- des o no), por qué ni siquiera he conseguido llegar a ser un insecto. Lo declaro ante ustedes solemnemente: muchas veces he intentado convertirme en un insecto, pero no se me ha juzgado digno de ello.

Una conciencia demasiado clarividente es (se lo aseguro a ustedes) una enfermedad, una verdadera enfermedad. Una conciencia ordina- ria nos bastaría y sobraría para nuestra vida común; sí, una conciencia ordinaria, es decir, una porción igual a la mitad, a la cuarta parte de la conciencia que posee el hombre cultivado de nuestro siglo XIX y que, para desgracia su- ya, reside en Petersburgo, la más abstracta, la más «premeditada» de las ciudades existentes en la Tierra (pues hay ciudades «premeditadas» y ciudades que no lo son). Se tendría, por ejem- plo, más que de sobra con esa cantidad de con-

adrede- que me sentía más capaz de apreciar todos los matices de lo bello, de lo sublime, como se decía en nuestra patria hace poco, se me ocurría no sólo pensar, sino hacer cosas tan inconvenientes? Eran actos que todos realizan con oportunidad, pero que yo cometía precisa- mente cuando me daba perfecta cuenta de que había que abstenerse de ejecutarlos. Cuanto más clara conciencia tenía del bien y de todas las cosas «bellas y sublimes», tanto más me hundía en mi cieno y tanto más capaz me sentía de sepultarme en él definitivamente. Pero lo más notable es que este desacuerdo no parecía un hecho fortuito, dependiente de las circuns- tancias, sino algo que ocurría del modo más natural. Se diría que éste era mi estado normal, y en modo alguno una enfermedad o un vicio; tanto, que finalmente perdí todo deseo de lu- char. En resumen, que casi admito (y tal vez sin «casi») que aquél era el estado normal de mi espíritu. Pero, al principio, ¡cuánto sufrí en esta lucha! No creía que los demás pudiesen estar

en el mismo caso, y a lo largo de toda mi vida he mantenido en secreto este rasgo de mi carác- ter. Me avergonzaba de él (es posible que me avergüence todavía). Tan lejos iba en esto, que experimentaba una especie de placer secreto, vil, anormal, al volver a mi casa, a mi agujero, en una de las turbias e ingratas noches peters- burguesas, y decirme que otra vez había come- tido una villanía aquel día y que sería imposi- ble repararla. Entonces me roía interiormente. Me roía, me desgarraba a dentelladas, bebía largamente mi amargura, me saciaba de ella de tal modo, que al fin experimentaba una especie de debilidad vergonzosa, maldita, en la que saboreaba una verdadera voluptuosidad. ¡Sí, lo repito: una verdadera voluptuosidad! He saca- do a relucir esta cuestión porque deseo saber si otros conocen semejantes voluptuosidades.

Me explicaré. La voluptuosidad procedía, en este caso, de que me daba clara cuenta de mi humillación, la cual procedía del convencimien- to de haber llegado al límite. «Tu situación es

embargo, me interesa explicarlo todo. Iré hasta el fin. Para eso he tomado la pluma...

Empezaré por decir que tengo un amor pro- pio tremendo, que soy tan desconfiado y sus- ceptible como un jorobado, como un enano. Pero, verdaderamente, ha habido momentos en mi existencia en los que, si me hubiesen dado una bofetada, me habría sentido quizá muy dichoso. Hablo en serio; habría podido encon- trar en ello cierto placer..., el placer de la deses- peración, desde luego. Pues la desesperación oculta la voluptuosidad más ardiente, sobre todo cuando la situación aparece sin salida. Sin embargo, en el caso de la bofetada, ¡qué sensa- ción de aplastamiento se experimenta!

Pero lo principal es que siempre resulta que soy yo el culpable, sea cual fuere el lado desde el que examinen las cosas, y es más: culpable sin serlo, por lo menos, de acuerdo con las leyes de la naturaleza. Soy culpable, ante todo, por- que soy más inteligente que cuantos me rodean (siempre me he considerado más inteligente

que las personas que me rodeaban, e incluso - ¡fíjense ustedes!- mi sensación de superioridad me confunde hasta el punto de que miro a la gente de reojo, por no poder mirarla cara a ca- ra). Soy culpable, además, porque, aún cuando me hubiese sentido generoso, el convencimien- to de que esto era inútil sólo habría servido para atormentarme más. Desde luego, no habr- ía adelantado nada. No habría podido perdo- nar, porque el agresor me habría golpeado se- guramente, de acuerdo con las leyes de la natu- raleza, las cuales no se preocupan por nuestro perdón. Además, me habría sido imposible olvidar, porque el insulto, por natural que sea, siempre es un insulto. En fin, si renunciaba a ser generoso y pretendía, por el contrario, ven- garme del agresor, no podía cumplir este propósito, porque me era imposible decidirme a obrar, aún teniendo la facultad de hacerlo.

Pero ¿por qué? Sobre esto quisiera decirles a ustedes unas palabras.

muro es a sus ojos un tranquilizante; les ofrece una solución moral definitiva, e incluso me atrevería a llamarla mística. Pero ya volvere- mos a hablar de este muro.

Pues bien, precisamente es este hombre senci- llo y espontáneo el que considero normal por excelencia, el hombre en que soñaba nuestra tierna madre naturaleza cuando nos puso ama- blemente sobre la tierra. Envidio a ese hombre. No niego que es tonto. Pero ¿qué saben ustedes de esto? Es posible que el hombre normal haya de ser tonto. Incluso es posible que sea hermo- so. Y esta suposición me parece más justificada si observamos la antítesis del hombre normal, es decir, al hombre de conciencia refinada, al hombre salido no del seno de la naturaleza, sino de un alambique (esto es casi misticismo, señores, pero me siento inclinado hacia esta sospecha). Entonces vemos que este hombre alambicado se esfuma a veces ante su antítesis, hasta tal punto y cede tanto, que, a pesar de todo el refinamiento de su conciencia, llega a

considerarse no más que como un ratoncito. Es quizás un ratoncito de extremada clarividencia, pero no por eso deja de ser un ratón y no un hombre, mientras que el otro es en verdad un hombre. En fin, lo peor es que él mismo se con- sidera un ratón, ¡él mismo! Nadie pide que lo confiese. Es un detalle muy importante.

Veamos, pues, a este ratoncito en acción. También él se siente ofendido (esta sensación es casi continua) y pretende vengarse. Es posible que se acumule en él más rabia aún que en l'homme de la nature et de la vérité. El deseo co- barde y mezquino de devolver mal por mal a quien le insulta lo corroe, tal vez incluso más violentamente que a l'homme de la nature et de la vérité, porque éste, en su estupidez natural, considera su venganza como una acción perfec- tamente justa y, en cambio, el ratoncito no pue- de admitir la justicia de tal acto a causa de su superior clarividencia. Pero llegamos al fin al acto mismo, a la venganza. Además de la vi- llanía inicial, el desgraciado ratón ha amasado