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Obra completa de Julio Verne, la cual se suele dejar en clases de literatura etc etc
Tipo: Traducciones
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¡No te pierdas las partes importantes!





























































































Julio Verne
1 Una fiesta en el Palacio Nuevo 2 Rusos y tártaros 3 Miguel Strogoff 4 De Moscù a Nijni-Novgorod 5 Un decreto en dos artículos 6 Hermano y hermana 7 Descendiendo por el Volga 8 Remontando el Kama 9 En tarenta noche y día 10 Una tempestad en los montes Urales 11 Viajeros en apuros 12 Una provocación 13 Sobre todo, el deber 14 Madre e hijo 15 Los pantanos de la Baraba 16 El último esfuerzo 17 Versos y canciones
SEGUNDA PARTE 1 Un campamento tártaro
2 Una actitud de Alcide Jolivet 3 Golpe por golpe 4 La entrada triunfal 5 ¡Abre bien los ojos! ¡ábrelos! 6 Un amigo en la gran ruta 7 El paso del Yenisei 8 Una liebre atraviesa el camino 9 En la estepa 10 El Baikal y el Angara 11 Entre dos orillas 12 Irkutsk 13 Un correo del Zar 14 La noche del 5 al 6 de octubre 15 Conclusión
-Señor, un nuevo mensaje. -¿De dónde viene? -De Tomsk.
-¿Está cortada la comunicación más allá de esta ciudad? -Sí, señor; desde ayer. -General, envíe un mensaje cada hora a Tomsk para que me tengan al corriente de cuanto ocurra. -A sus órdenes, señor -respondió el general Kissoff. Este diálogo tenía lugar a las dos de la madrugada, cuando la fiesta que se celebraba en el Palacio Nuevo estaba en todo su esplendor. Durante aquella velada, las bandas de los regimientos de Preobrajensky y de Paulowsky no habían cesado de interpretar sus polcas, mazurcas, chotis y valses escogidos entre lo mejor de sus repertorios. Las parejas de bailadores se multiplicaban hasta el infinito a través de los espléndidos salones de Palacio, construido a poca distancia de la «Vieja casa de Piedra», donde tantos dramas terribles se habían desarrollado en otros tiempos y cuyos ecos parecían haber despertado aquella noche para servir de tema a los corrillos. El Gran Mariscal de la Corte estaba, por otra parte, bien secundado en sus delicadas funciones, ya que los grandes duques y sus edecanes, los chamberlanes de servicio y los oficiales de Palacio, cuidaban personalmente de animar los bailes. Las grandes du- quesas, cubiertas de diamantes y las damas de la Corte, con sus vestidos de gala, rivalizaban con las señoras de los altos funcionarios, civiles y militares de la «antigua ciudad de las blancas piedras». Así, cuando sonó la señal del comienzo de la polonesa, todos los invitados de alto rango tomaron parte en el paseo cadencioso que, en este tipo de solemnidades, adquiere el rango de una danza nacional; la mezcla de los largos vestidos llenos de encajes y de los uniformes cuajados de condecoraciones ofrecía un aspecto indescriptible bajo la luz de cien candelabros, cuyo resplandor quedaba multiplicado por el reflejo de los espejos. El aspecto era deslumbrante. Por otra parte, el Gran Salón, el más bello de todos los que poseía el Palacio Nuevo, era, para este cortejo de altos personajes y damas espléndidamente ataviadas, un marco
-¿Así que, desde ayer, estamos incomunicados con mi hermano, el Gran Duque? -dijo el oficial, después de atraer al general Kissoff junto a una ventana. -Incomunicados, señor; y es de temer que los despachos no puedan atravesar la frontera siberiana. -Pero, las tropas de las provincias de Amur, Yakutsk y Transballkalia, ¿habrán recibido la orden de partir inmediatamente hacia Irkutsk? -Esta orden ha sido transmitida en el último mensaje que ha podido llegar más allá del lago Baikal. -¿Estamos en comunicación constante con los gobiernos de Yeniseisk Omsk, Semipalatinsk y Tobolsk desde el comienzo de la invasión? -Sí, señor; nuestros despachos llegan hasta ellos y tenemos la certeza de que, en estos momentos, los tártaros no han avanzado más allá del Irtiche y del Obi. -¿No se tiene ninguna noticia del traidor Ivan Ogareff? -Ninguna -respondió el general Kissoff-. El jefe de policía no está seguro de si ha atravesado o no la frontera. -¡Que se transmitan inmediatamente sus señas a Nijni-Novgorod, Perm, Ekaterinburgo, Kassimow, Tiumen, Ichim, Omsk, Elamsk, Kolivan, Tomsk y a todas las estaciones telegráficas con las que todavía mantenemos comunicación! -Las órdenes de Vuestra Majestad serán ejecutadas al instante -respondió el general Kissoff. -No digas una palabra de todo esto. El general hizo un gesto de respetuosa adhesión y, después de una profunda reverencia, se confundió entre el gentío y abandonó el Palacio sin que nadie reparase en su partida. En cuanto al oficial, permaneció pensativo durante algunos instantes, pero cuando decidió mezclarse entre los militares y políticos que formaban grupos en varios puntos de los salones, su rostro había recuperado el aspecto habitual. Sin embargo, los graves acontecimientos que habían motivado la conversación anterior no eran tan secretos como el oficial de la guardia de cazadores y el general Kissoff creían. Si bien es verdad que no se hablaba de ello ni oficialmente, ya que las lenguas, siguiendo «órdenes oficiales» no podían desatarse, algunos altos personajes habían sido informados más o menos extensamente sobre los acontecimientos que se desarrollaban más allá de la frontera. Pero lo que ignoraban era que, cerca de ellos, dos personajes desconocidos hasta para los miembros del cuerpo diplomático, y que no lucían uniforme ni condecoración alguna que les distinguiera entre los invitados a aquella recepción del Palacio Nuevo, conversaban en voz baja y parecían haber recibido información muy precisa. ¿Cómo? ¿Por qué medio? ¿Gracias a qué estratagemas sabían estos dos simples mortales lo que tantos altos personajes apenas sospechaban? No era tan fácil de precisar. ¿Poseían el don de adivinar o de prevenir? ¿Tenían un sexto sentido que les permitía ver más allá de los estrechos horizontes a los que está limitada la mirada humana? ¿Tenían un olfato particular para captar las noticias más secretas? ¿Se había transformado su naturaleza gracias a ese hábito que era ya connatural en ellos? Casi podía afirmarse. Estos dos hombres, inglés uno y francés el otro, eran ambos altos y delgados. Éste, moreno como un provenzal. Aquél, rubio como un caballero de Lancashire. El inglés, calmoso, frío, flemático, parco en sus gestos y en sus palabras, parecía no hablar ni ges- ticular sino a impulsos de un estímulo que operaba a intervalos regulares. El galo, por el contrario, vivo, petulante, expresándose a la vez con los labios, ojos y manos, tenía mil maneras de hacerse entender, mientras que su interlocutor no parecía poseer más que una, inmutable y estereotipada, postura.
Lo contradictorio entre estas dos personalidades habría sorprendido hasta al menos observador de los hombres; pero un fisonomista, observando un poco a estos dos extranjeros, habría determinado rápidamente la particularidad fisiológica que caracteri- zaba a cada uno de ellos diciendo que el francés era «todo ojos» y el inglés «todo oídos». En efecto; el hábito de la observación había agudizado singularmente su vista. La sensibilidad de su retina era tan fulminante como la de los prestidigitadores, que reconocen una carta nada más que con un rápido movimiento en un corte de baraja, o por cualquier marca, imperceptible para otra persona. Este francés poseía, pues, en el más alto grado, lo que se llama «memoria visual.» El inglés, por el contrario, estaba especialmente preparado para oír y captar cualquier sonido. Cuando su aparato auditivo había percibido el tono de una voz, no lo olvidaba jamás y, al cabo de diez o veinte años, lo podía reconocer entre mil. Sus orejas no tenían, ciertamente, la facultad de orientarse como las de los animales dotados de grandes pabellones auditivos; pero, ya que los sabios han dejado constancia de que las orejas humanas no son totalmente inmóviles, se hubiera podido decir que las del referido inglés se enderezaban, torcían o inclinaban en busca de sonidos, de manera poco ostensible para un naturalista. Es preciso observar que esta perfección de la vista y oído de estos dos hombres les servía maravillosamente en sus tareas. El inglés era corresponsal del Daily Telegraph y el francés lo era del... De cuál o de qué periódicos era corresponsal, él no lo decía ja-más. Y cuando alguien se lo preguntaba, respondía que era corresponsal de su «prima Magdalena». En el fondo, este francés, bajo su apariencia de frivolidad, era sumamente perspicaz y astuto. Pese a que hablaba un poco a tontas y a locas, puede que para camuflar mejor su deseo de oír, no se extravertía jamás. Su misma locuacidad era como un mutismo y resultaba, si cabe, más cerrado, más discreto que su compañero del Daily Telegraph. Si ambos asistían a esta fiesta dada en el Palacio Nuevo la noche del 15 al 16 de julio, era en calidad de periodistas y con el único propósito de informar a sus lectores. Huelga decir que estos dos hombres amaban apasionadamente la misión que la vida les había encomendado; disfrutaban lanzándose como hurones a la caza de la más insignificante noticia, sin que nada ni nadie les amedrentase ni les hiciera desistir en su empeño. Poseían una imperturbable sangre fría y la espartana bravura de los hombres de su profesión. Verdaderos jockeys de carreras de obstáculos de la información, saltaban vallas, atravesaban ríos y sorteaban todos los obstáculos con el ardor incomparable de los purasangre, que se matan por llegar a la meta los primeros. Además, sus periódicos no les regateaban el dinero -el más seguro, rápido y perfecto elemento de información conocido hasta hoy-. Pero había que reconocer también en su honor que jamás fomentaban sensacionalismo y que únicamente se ocupaban en asuntos político-sociológicos. En resumen, hacían lo que viene llamándose desde hace varios años «el gran reportaje político-militar. » Siguiéndoles de cerca veremos que la mayoría de las veces tenían una singular manera de interpretar los hechos y, sobre todo, sus consecuencias, poseyendo cada uno de ellos su «propia opinión». Pero, al fin y al cabo, como jugaban limpio, tenían dinero abundante y no lo regateaban dada la ocasión, nadie les criticaba. El periodista francés se llamaba Alcide Jolivet. Harry Blount era el nombre del inglés. Acababan de saludarse por primera vez, en esta fiesta del Palacio Nuevo, de la cual tenían que informar a sus lectores por encargo expreso de sus respectivos pe-riódicos. Las diferencias de carácter, unidas a una cierta competencia profesional, eran motivos suficientes para que no reinase entre ellos una mutua simpatía, sin embargo, no sólo no trataron de evadir el encuentro, sino que cada uno de ellos puso al otro al corriente de
-Toda una interesante campaña a seguir, señor Blount. -La seguiré, señor Jolivet. -Entonces, es posible que nos encontremos en algún terreno menos seguro que el encerado de este salón. -Menos seguro, si, pero... -¡Pero también menos resbaladizo! -respondió Alcide Jolivet, sujetando a su colega en el momento en que perdía el equilibrio, al dar unos pasos hacia atrás: Después de esto, los dos corresponsales se separaban, contentos de saber cada uno de ellos que el otro no le aventajaba en cuanto a noticias se refiriese. En efecto, estaban empatados. En aquel momento se abrieron las puertas de las salas contiguas al Gran Salón, donde aparecían ricas mesas admirablemente servidas y cargadas profusamente de preciosas porcelanas y vajillas de oro. Sobre la grada central, reservada a príncipes, princesas y miembros del cuerpo diplomático, resplandecía un centro de mesa de precio incalculable, procedente de una fábrica londinense, y, alrededor de esta obra maestra de orfebrería, centelleaban mil piezas de la más admirable vajilla que saliera jamás de las manufacturas de Sèvres. Los invitados empezaron a dirigirse hacia las mesas donde estaba preparada la cena. En aquel instante, el general Kissoff, que acababa de entrar, se acercó apresuradamente al oficial de la guardia de cazadores. -¿Qué ocurre? -preguntó éste, con la misma ansiedad con que lo había hecho la primera vez. -Los telegramas no pasan de Tomsk, señor. -¡Un correo, rápido! El oficial abandonó el Gran Salón y quedó esperando en otra pieza del Palacio Nuevo. Era un vasto gabinete de trabajo, sencillamente amueblado en roble y situado en un ángulo de la residencia. Colgadas de sus paredes se veían, entre otras telas, algunos cuadros firmados por Horacio Vemet. El oficial abrió la ventana con ansiedad, como si el aire escaseara en sus pulmones y salió al gran balcón para respirar el aire puro de aquella hermosa noche de julio. Ante sus ojos, bañado por la luz de la luna, se perfilaba un recinto fortificado en el cual se elevaban dos catedrales, tres palacios y un arsenal. Alrededor de este recinto se distinguían hasta tres ciudades distintas: Kiltdi-Gorod, Beloï-Gorod y Zemlianoï-Go- rod, inmensos barrios europeo, tártaro y chino, que dominaban las torres, los campanarios, los minaretes, las cúpulas de trescientas iglesias, cuyos verdes domos estaban coronados por cruces plateadas. Las aguas de un pequeño río, de curso sinuoso, reflejaban los rayos de la luna. Todo este conjunto formaba un curioso mosaico de diverso colorido que se enmarcaba en un vasto cuadro de diez leguas. Este río era el Moskova; la ciudad era Moscú; el recinto amurallado era el Kremln, y el oficial de la guardia de cazadores que con los brazos cruzados y el ceño fruncido oía vagamente el murmullo que salía del Palacio Nuevo de la vieja ciudad moscovita, era el Zar. 2 RUSOS Y TáRTAROS
Si el Zar había abandonado tan inopinadamente los salones del Palacio Nuevo en un momento en que la fiesta dedicada a las autoridades civiles y militares y a los principales personajes de Moscú estaba en pleno apogeo, era porque graves acontecimientos estaban desarrollándose más allá de la frontera de los Urales. Ya no
cabía ninguna duda. Una formidable invasión estaba amenazando con sustraer las provincias siberianas al dominio ruso. La Rusia asiática, o Siberia, cubre una superficie de quinientas sesenta mil leguas, pobladas por unos dos millones de habitantes. Se extiende desde los Urales, que la separan de la Rusia europea, hasta la costa del Pacífico. Limita al sur con el Turquestán y el Imperio chino, a través de una frontera bastante indefinida, y en el norte limita con el océano Glacial, desde el mar de Kara hasta el estrecho de Behring. Está formada por los gobiernos o provincias de Tobolsk, Yeniseisk, Irkutsk, Omsk y Yakutsk; comprende los distritos de Okotsk y Kamtschatka y posee también los países kirguises y chutches, cuyos pueblos están también sometidos en la actualidad a la dominación moscovita. Esta inmensa extensión de estepas, que comprende más de ciento diez grados de oeste a este, es, a la vez, una tierra de deportación de criminales y de exilio para aquellos que han sido condenados a la expulsión. La autoridad suprema de los zares está representada en este inmenso país por dos gobernadores generales. Uno reside en Irkutsk, capital de la Siberia oriental. El otro en Tobolsk, capital de la Siberia occidental. El río Tchuna, afluente del Yenisei, separa ambas Siberias. Ningún ferrocarril surca todavía estas planicies, algunas de las cuales son verdaderamente fértiles, ni facilita la explotación de los yacimientos de minerales preciosos que convierten a esas inmensas extensiones siberianas en más ricas por su subsuelo que por su superficie. Se viaja en diligencias o en carros durante el verano, y en trineo durante el invierno. Un solo sistema de comunicaciones, el telegráfico, une los límites este y oeste de Siberia, a través de un cable que mide más de ocho mil verstas de longitud (8. kilómetros). Más allá de los Urales pasa por Ekaterinburgo, Kassimow, Ichim, Tiu-men, Omsk, Elamsk, KoliVan, Tomsk, Krasnoiarsk, Nijni-Udinsk, Irkutsk, Verkne- Nertschink, Strelink, Albacine, Blagowstensk, Radde, Orlomskaya, Alexandrowskoe y Nikolaevsk. Cada palabra transmitida de uno a otro extremo del cable vale seis rublos y diecinueve kopeks. De Irkutsk parte un ramal de línea que va hasta Kiatka, en la frontera mongol y, desde allí, a treinta kopeks por palabra, se transmiten telegramas a Pekín en catorce días. Ha sido esta línea, tendida entre Ekaterinburgo y Nikolaevsk, la que acaba de ser cortada, primeramente más allá de Tomsk y, algunas horas después, entre Tomsk y Kolivan. Por eso el Zar, al escuchar al general Kissoff cuando se presentó a él por segunda vez, sólo dio por respuesta una orden: «Un correo rápido.» Hacía sólo unos instantes que el Zar permanecía inmóvil frente a la ventana de su gabinete cuando los ujieres abrieron de nuevo la puerta, por la que entró el jefe superior de policía. -Pasa, general -dijo el Zar con gravedad- y dime lo que sepas acerca de Ivan Ogareff. -Es un hombre extremadamente peligroso, señor -respondió el jefe superior de policía. -¿Tenía el grado de coronel? -Sí, señor. -¿Era un jefe inteligente? -Muy inteligente, pero imposible de dominar y de una ambición tan desenfrenada que no retrocede ante nada ni ante nadie. Pronto se metió en intriga secretas y fue por lo que Su Alteza, el Gran Duque lo degradó y más tarde envió exiliado a Siberia. --¿En qué época? -Hace dos años. Después de seis meses de exilio fue perdonado por Vuestra Majestad y volvió a Rusia. -¿Y desde esa época no ha vuelto a Siberia?
movimiento fomentado secretamente acaba de estallar como un rayo y ahora tenemos cortadas las vías de comunicación entre Siberia oriental y Siberia occidental. Además, Ivan Ogareff, ansiando vengarse, quiere atentar contra la vida de mi hermano. El Zar iba excitándose mientras hablaba y cruzaba la estancias con pasos nerviosos. El jefe superior de policía no respondió nada, pero se decía a sí mismo que, en los tiempos en que un emperador de Rusia no perdonaba jamás a un exilado, los proyectos de Ivan Ogareff no hubieran podido realizarse. Transcurrieron algunos instantes de silencio, después de los cuales el jefe superior de policía se acercó al Zar, que se había dejado caer en un sillón, diciéndole: -Vuestra Majestad habrá dado, sin duda, las órdenes necesarias para que la invasión sea rechazada inmediatamente. -Sí -respondió el Zar-. El último mensaje que ha podido llegar a Nijni-Udinsk ordenaba poner en movimiento a las tropas de los gobiernos de Yeniseisk, Irkutsk y Yakutsk y las de las provincias de Amur y del lago Baikal. Al mismo tiempo, los re- gimientos de Perm y Nijni-Novgorod y los cosacos de la frontera se dirigen a marchas forzadas hacia los Urales, pero, desgraciadamente, transcurrirán varias semanas antes de que se encuentren frente a las columnas tártaras. -Y el hermano de Vuestra Majestad, Su Alteza el Gran Duque, aislado en estos momentos en el gobierno de Irkutsk, ¿no ha tomado más contactos directos con Moscú? -No. -Pero, gracias a los últimos mensajes, debe conocer las medidas que ha tomado Vuestra Majestad y qué refuerzos puede esperar de los gobiernos más cercanos al de Irkutsk. -Lo sabe -respondió el Zar-, pero lo que ignora es que Ivan Ogareff, al mismo tiempo que el papel de rebelde, se dispone a desempeñar el de traidor, y mi hermano tiene en él un encarnizado enemígo personal. La primera gran desgracia de Ivan Ogareff se debe a mi hermano y, lo que es peor, no conoce a este hombre. El proyecto de Ivan Ogareff es entrar en Irkutsk con nombre falso, ofrecer sus servicios al Gran Duque y ganarse su confianza. Así, cuando los tártaros cerquen la ciudad, él la entregará, franqueándoles la entrada y con ella a mi hermano, cuya vida estará directamente amenazada. Éstos son los informes que tengo; esto es lo que ignora mi hermano y que necesita saber. -Pues bien, señor, un correo inteligente, con coraje... -Lo estoy esperando. -Y que actúe con rapidez -agregó el jefe de policia- porque, permitidme que lo recalque, señor, no hay tierra más propicia a las rebeliones que Siberia. -¿Quieres decir que los exiliados políticos harán causa común con los invasores? -gritó el Zar, perdiendo su dominio ante la insinuación del jefe superior de policía. -Perdóneme Vuestra Majestad... -respondió, balbuceando, el interlocutor del Zar, pues era evidente que ése había sido el pensamiento que había atravesado por su mente inquieta y desconfiada. -¡Yo supongo mayor patriotismo en los exiliados! -replicó el Zar. -Hay otros condenados, aparte de los políticos, en Siberia -respondió el jefe superior de policía. -¡Los criminales! ¡Oh, general, a ésos los dejo de tu cuenta! ¡Son el desecho del género humano! ¡No pertenecen a ningún país! Además, la sublevación, y mucho menos la invasión, no va contra el Emperador, sino contra Rusia, contra este país al que los exiliados no han perdido la esperanza de volver... ¡y al que volverán! ¡No, un ruso no se unirá jamás a un tártaro para debilitar, ni siquiera por una sola hora, el poderío de Moscú!
El Zar tenía sus razones para creer en el patriotismo de aquellos a quienes su política momentáneamente había alejado. La clemencia (que era la base de su justicia cuando podía controlarla personalmente) y la dulcificación tan considerable que había adoptado en la aplicación de los ucases, le garantizaban que no podía equivocarse. Pero, aun sin que estos poderosos elementos apoyasen la invasión tártara, las circunstancias no podían ser más graves, porque era de temer que una gran parte de la población kirguise se uniera a los invasores. Los kirguises se dividen en tres hordas: la grande, la pequeña y la mediana, y cuentan alrededor de cuatrocientas mil «tiendas», o sea, unos dos millones de almas. De estas diversas tribus, unas son independientes y otras reconocen la soberanía, ya sea de Ru- sia, ya sea de los khanatos de Khiva, Khokhand y Bukhara, es decir, de los más terribles jefes del Turquestán. La horda más rica, la mediana, es, al mismo tiempo, la más numerosa y sus campamentos ocupan todo el espacio comprendido entre los cursos del Sara-Su, Irtiche e Ichim superior, el lago Hadisang y el Aksakal. La horda grande, que ocupa las comarcas al este de la mediana, se extiende hasta los gobiernos de Omsk y de Tobolsk. Por tanto, si estas poblaciones kirguises se sublevaran, significaría la invasión de la Rusia asiática y, por tanto, la separación de Siberia al este del Yenisei. Ciertamente, los kirguises son verdaderos novatos en el arte de la guerra y constituyen más bien una banda de rateros nocturnos y asaltantes de caravanas que una formación de tropas regulares. Por eso ha dicho Levchine que «un frente cerrado o un cuadro de buena infantería podría resistir a una masa de kirguises diez veces más numerosa y un solo cañón provocaría en ellos una verdadera carnicería». Pero para ello es necesario que ese cuadro de buena infantería llegue al país sublevado y que los cañones se trasladen desde los parques de las provincias rusas hasta lugares alejados dos o tres mil verstas. Aparte, salvo la ruta directa que une Ekaterinburgo con Irkutsk, las estepas, frecuentemente pantanosas, no son fácilmente practicables, y pasarían varias semanas antes de que las tropas rusas se encontraran en condiciones para enfrentarse a las hordas tártaras. Omsk es el centro de la organización militar de Siberia occidental, encargada de mantener sumisas a las poblaciones kirguises. Allí se encuentran los límites de estos nómadas, no sometidos totalmente y que se han sublevado en más de una ocasión, por lo que al Ministerio de la Guerra no le faltaban motivos para temer que Omsk se viera ya seriamente amenazada. La línea de colonias militares, es decir, de puestos de cosacos que se escalonan desde Omsk hasta Semipalatinsk, era de temer que hubiera sido cortada en varios puntos. Además, posiblemente los grandes sultanes que gobiernan aquellos distritos kirguises habían aceptado voluntariamente la dominación de los tártaros, musulmanes como ellos, que aportarían a la lucha el rencor provocado por la servidumbre a que estaban sometidos y el antagonismo de las religiones griega y musulmana. Porque desde hace mucho tiempo, los tártaros del Turquestán y, principal- mente, los de los khanatos de Bukhara, Khokhand y Kunduze, buscaban, tanto por la fuerza como por la persuasión, sustraer a las hordas kirguises de la dominación moscovita. Pero digamos algo sobre los tártaros. Pertenecen principalmente a dos razas distintas: la caucásica y la mongol. La raza caucasica, que segun Abel de Rémusat «se considera en Europa el prototipo de la belleza de nuestra especie porque de ella proceden todos los pueblos de esta parte del mundo», reúne bajo una misma denominación a los turcos y a los indígenas de puro origen persa. La raza puramente mongólica comprende, en cambio, a los mongoles, manchúes y tibetanos. Los tártaros que amenazaban el Imperio ruso eran de raza
las provincias de Yeniseisk? ¿Estaba en llamas toda la baja Siberia occidental? ¿Se ex- tendía ya la sublevación hasta las regiones del este? No podía decirse. El único agente que no teme ni al frío ni al calor, al que no detienen las inclemencias del invierno ni los rigores del verano; que vuela con la rapidez del rayo: la corriente eléctrica no podía circular a través de la estepa, ni era posible advertir al Gran Duque, encerrado en Irkutsk, sobre el grave peligro que le amenazaba por la traición de Ivan Ogareff. únicamente un correo podría reemplazar a la corriente eléctrica, pero ese hombre necesitaba tiempo para franquear las cinco mil doscientas verstas (5.523 kilómetros) que separan Moscú de Irkutsk. Para atravesar las filas de los sublevados e invasores, necesitaba desplegar una inteligencia y un coraje sobrehumanos. Pero con esas cualidades se va lejos. «¿ Encontraré tanta inteligencia y tal corazón? », se preguntaba el Zar. 3 MIGUEL STROGOFF
Poco después se abrió el gabinete imperial y un ujier anunció al general Kissoff. -¿Y el correo? -le preguntó con impaciencia el Zar. -Está ahí, señor -respondió el general Kissoff -¿Has encontrado ya al hombre que necesitamos? -Respondo de él ante Vuestra Majestad. -¿Estaba de servicio en Palacio? -Sí, señor. -¿Lo conoces? -Personalmente. Varias veces ha desempeñado con éxito misiones difíciles. -¿En el extranjero? -En la misma Siberia. -¿De dónde es? -De Omsk. Es siberiano. -¿Tiene sangre fría, inteligencia, coraje ...? -Sí, señor. Tiene todo lo necesario para triunfar allí donde otros fracasarían. -¿Su edad? -Treinta años. -¿Es fuerte? -Puede soportar hasta los extremos límites del frío, hambre, sed y fatiga. -¿Tiene un cuerpo de hierro? -Sí, señor. -¿Y su corazón? -De oro, señor. -¿ Cómo se llama? -Miguel Strogoff. -¿Está dispuesto a partir? -Espera en la sala de guardia las órdenes de Vuestra Majestad. -Que pase -dijo el Zar. Instantes después, el correo Miguel Strogoff entraba en el gabinete imperial. Miguel Strogoff era alto de talla, vigoroso, de anchas espaldas y pecho robusto. Su poderosa cabeza presentaba los hermosos caracteres de la raza caucásica y sus miembros, bien proporcionados, eran como palancas dispuestas mecánicamente para efectuar a la perfección cualquier esfuerzo. Este hermoso y robusto joven, cuando estaba asentado en un sitio, no era fácil de desplazar contra su voluntad, ya que cuando afirmaba sus pies sobre el suelo, daba la impresión de que echaba raíces. Sobre su
cabeza, de frente ancha, se encrespaba una cabellera abundante, cuyos rizos escapaban por debajo de su casco moscovita. Su rostro, ordinariamente pálido, se mo-dificaba únicamente cuando se aceleraba el batir de su corazón bajo la influencia de una mayor rapidez en la circulación arterial. Sus ojos, de un azul oscuro, de mirada recta, franca, inalterable, brillaban bajo el arco de sus cejas, donde unos músculos su-percillares levemente contraídos denotaban un elevado valor -el valor sin cólera de los héroes, según expresión de los psicólogos- y su poderosa nariz, de anchas ventanas, dominaba una boca simétrica con sus labios salientes propios de los hombres ge-nerosos y buenos. Miguel Strogoff tenía el temperamento del hombre decidido, de rápidas soluciones, que no se muerde las uñas ante la incertidumbre ni se rasca la cabeza ante la duda y que jamás se muestra indeciso. Sobrio de gestos y de palabras, sabía permanecer inmóvil como un poste ante un superior; pero cuando caminaba, sus pasos denotaban gran seguridad y una notable firmeza en sus movimientos, exponentes de su férrea voluntad y de la confianza que tenía en sí mismo. Era uno de esos hombres que agarran siempre las ocasiones por los pelos; figura un poco forzada pero que lo retrataba de un solo trazo. Vestía uniforme militar parecido al de los oficiales de la caballería de cazadores en campaña: botas, espuelas, pantalón semiceñido, pelliza bordada en pieles y adornada con cordones amarillos sobre fondo oscuro. Sobre su pecho brillaban una cruz y varias medallas. Pertenecía al cuerpo especial de correos del Zar y entre esta elite de hombres tenía el grado de oficial. Lo que se notaba particularmente en sus ademanes, en su fisonomía, en toda su persona (y que el Zar comprendió al instante), era que se trataba de un «ejecutor de órdenes». Poseía, pues, una de las cualidades más reconocidas en Rusia -según la observación del célebre novelista Turgueniev-, y que conducía a las más elevadas posiciones del Imperio moscovita. En verdad, si un hombre podía llevar a feliz término este viaje de Moscú a Irkutsk a través de un territorio invadido, superar todos los obstáculos y afrontar todos los peligros de cualquier tipo, era, sin duda alguna, Miguel Strogoff, en el cual concurrían circunstancias muy favorables para llevar a cabo con éxito el proyecto, ya que conocía admirablemente el país que iba a atravesar y comprendía sus diversos idiomas, no sólo por haberlo recorrido, sino porque él mismo era siberiano. Su padre, el anciano Pedro Strogoff, fallecido diez años antes, vivía en la ciudad de Omsk, situada en el gobierno de este mismo nombre, donde su madre, Marfa Strogoff, seguía residiendo. En ese lugar, entre las salvajes estepas de las provincias de Omsk, fue donde el bravo cazador siberiano educó «con dureza» a su hijo Miguel, según expresión popular. La verdadera profesión de Pedro Strogoff era la de cazador. Y tanto en verano como en invierno, bajo los rigores de un calor tórrido o de un frío que so-brepasaba muchas veces los cincuenta grados bajo cero, recorría la dura planicie, las espesuras de maleza y abedules o los bosques de abetos, tendiendo sus trampas, acechando la caza menor con el fusil y la mayor con el cuchillo. La caza mayor era nada menos que el oso siberiano, temible y feroz animal de igual talla que sus congéneres de los mares glaciales. Pedro Strogoff había cazado más de treinta y nueve osos, lo cual indica que igualmente el número cuarenta había caído bajo su cuchillo. Pero si hemos de creer la leyenda que circula entre los cazadores rusos, todos aquellos que hayan muerto treinta y nueve osos han sucumbido ante el número cuarenta. Sin embargo, Pedro Strogoff había traspasado esa fatídica cifra sin recibir un solo rasguño. Desde entonces, Miguel, que tenía once años de edad, no dejó de acompañar a su padre, llevando la ragatina, es decir, la horquilla para acudir en su ayuda cuando sólo iba armado con un cuchillo. A los catorce años Miguel Strogoff mató su primer oso sin
atención y la firmó, anteponiendo a su nombre las palabras bytpo semou, que significan «así sea», fórmula sacramental de los emperadores rusos. La carta, introducida en un sobre, fue cerrada y sellada con las armas imperiales y el Zar, levantándose, hizo ademán a Miguel Strogoff para que se acercara. Miguel Strogoff avanzó algunos pasos y quedó nuevamente inmóvil, presto a responder. El Zar volvió a mirarle cara a cara y le preguntó escuetamente: -¿Tu nombre? -Miguel Strogoff, señor. -¿Tu grado? -Capitán del cuerpo de correos del Zar. -¿Conoces Siberia? -Soy siberiano. -¿Dónde has nacido? -En Omsk. -¿Tienes parientes en Omsk? -Sí, señor. -¿Qué parientes? -Mi anciana madre. El Zar interrumpió un instante su serie de preguntas. Después, mostrando la carta que tenía en la mano, dijo: -Miguel Strogoff; he aquí una carta que te confío para que la entregues personalmente al Gran Duque y a nadie más que a él. -La entregaré, señor. -El Gran Duque está en Irkutsk. -Iré a Irkutsk. -Pero tendrás que atravesar un país plagado de rebeldes e invadido por los tártaros, quienes tendrán mucho interés en interceptar esta carta. -Lo atravesaré. -Desconfiarás, sobre todo, de un traidor llamado Ivan Ogareff, a quien es probable que encuentres en tu camino. -Desconfiaré. -¿Pasarás por Omsk? -Está en la ruta, señor. -Si ves a tu madre, corres el riesgo de ser reconocido. Es necesario que no la veas. Miguel Strogoff tuvo unos instantes de vacilación, pero dijo: -No la veré. -Júrame que por nada confesaras quien eres ni adónde vas. -Lo juro. -Miguel Strogoff -agregó el Zar, entregando el pliego al joven correo-, toma esta carta, de la cual depende la salvación de toda Siberia y puede que también la vida del Gran Duque, mi hermano. -Esta carta será entregada a Su Alteza, el Gran Duque. -¿Así que pasarás, a todo trance? -Pasaré o moriré. -Es preciso que vivas. -Viviré y pasaré -respondió Miguel Strogoff. El Zar parecía estar satisfecho con la sencilla y reposada seguridad con que le había contestado Miguel Strogoff.
-Vete, pues, Miguel Strogoff -dijo-. Vete, por Dios, por Rusia, por mi hermano y por mí. Miguel Strogoff, saludando militarmente, salió del gabinete imperial y, algunos instantes después, abandonaba el Palacio Nuevo. -Creo que has acertado, general -dijo el Zar. -Yo también lo creo, señor -respondió el general Kissoff-, y Vuestra Majestad puede estar seguro de que Miguel Strogoff hará todo cuanto le sea posible a un hombre valiente y decidido. -Es todo un hombre, en efecto --dijo el Zar. 4 DE MOSCù A NIJNI-NOVGOROD
La distancia que Miguel Strogoff tenía que franquear entre Moscú e Irkutsk era de cinco mil doscientas verstas (5.523 kilómetros). Cuando la línea telegráfica aún no existía entre los montes Urales y la frontera oriental de Siberia, el servicio de despachos oficiales se hacía mediante correos, el más rápido de los cuales empleaba dieciocho días en recorrer la distancia de Moscú a Irkutsk. Pero esto era una excepción y lo general era que para atravesar la Rusia asiática se emplease, ordinariamente, de cuatro a cinco semanas, aunque todos los medios de transporte estaban a disposición de estos emisarios del Zar. Como hombre que no temía al frío ni a la nieve, Miguel Strogoff hubiera preferido viajar durante la ruda estación invernal, que permite organizar un servicio de trineos en toda la extensión del recorrido. De esta manera, las dificultades que entraña el empleo de diversos medios de locomoción quedaban, en parte, disminuidas sobre aquellas inmensas estepas cubiertas de nieve, ya que hay menos cursos de agua que atravesar y el trineo se desliza fácilmente sobre aquel manto helado. Ciertos fenómenos atmosféricos de esta época son temibles, como la persistencia e intensidad de las nieblas, el frío extremado, además de las largas y terribles ventiscas, cuyos torbellinos lo envuelven todo y hacen desaparecer caravanas enteras. Ocurre también que los lobos, acosados por el hambre, cubren a millares las llanuras. Pero era preferible correr esos riesgos porque, con la crudeza del invierno, los invasores tártaros se verían obligados a acantonarse en las ciudades, sus Merodeadores no correrían por la estepa, todo movimiento de tropas sería impracticable y Miguel Strogoff podría pasar más fá-cilmente. Pero él no había podido elegir su tiempo ni su hora y debía aceptar las circunstancias para partir, cualesquiera que fueran. Ésta era la situación que Miguel Strogoff apreció claramente, preparándose para afrontarla. Además, no se encontraba en las condiciones habituales de un correo del Zar, ya que era preciso que nadie sospechara esta circunstancia mientras realizara su viaje, porque en un país invadido, los espías abundan y él sabía que su misión era muy com- prometida. Por eso el general Kissoff se limitó a entregarle una importante suma de dinero para el viaje, e, incluso, el medio de facilitárselo hasta cierto punto, pero sin entregarle ninguna orden escrita en la que constara que estaba al servicio del Empera- dor, «Sésamo» que abría todas las puertas; entrególe úmcamente un podaroshna. Este podaroshna, extendido a nombre de Nicolás Korpanoff, comerciante domiciliado en Irkutsk, autorizaba a su titular para hacerse acompañar en caso necesario por una o varias personas, y era valedero hasta en los casos en que el gobierno moscovita prohibía a sus súbditos abandonar el territorio ruso. El podaroshna es una autorizacion para tomar caballos de posta, pero Miguel Strogoff no podía emplearlo más que en las ocasiones en que poseer este documento no le hiciera sospechoso, es decir, que
que el gobierno ruso se hubiera visto obligado a tomar medidas restrictivas, sobre todo en las provincias limítrofes con la frontera, con lo cual se resentiría el comercio. Naturalmente, estos egoístas no consideraban la guerra, es decir, la represión de la revuelta y la lucha contra la invasión, más que bajo el punto de vista de sus intereses particulares amenazados. La sola presencia de un simple soldado uniformado hubiera sido suficiente para contener las lenguas de estos mercaderes, pues ya se sabe cuán grande es la importancia que se da al uniforme en Rusia. Pero en el compartimiento ocupado por Miguel Strogoff, nada hacía sospechar la presencia de un militar, y el correo del Zar, viajando de incógnito, no era de los hombres que se traicionan. Limitábase, pues, a escuchar. -Se afirma que el té de las caravanas está en alza -dijo un persa, que se identificaba por su gorro forrado de astracán y su oscura tunica de anchos pliegues, rozada por el uso. -¡Oh! El té no ha de temer la baja -respondió un viejo judío, de gesto ceñudo-. El que se encuentre en el mercado de Nijni-Novgorod se expenderá fácilmente por el oeste, pero, desgraciadamente, no ocurrirá lo mismo con los tapices de Bukhara. -¡Cómo! ¿Está usted esperando algún envío de Bukhara? -preguntó el persa. -No, pero sí lo espero de Samarcanda, y no está menos expuesto. ¡Cuenta con las expediciones de un país en el que se han sublevado todos los khanes desde Khiva hasta la frontera china! -¡Bueno! -respondió el persa-. Si no llegan los tapices, supongo que tampoco llegarán las letras de cambio. -¡Y los beneficios, Dios de Israel! ¿No significan nada para usted? -exclamó el pequeño judío. -Tiene razón -dijo otro viajero-. Los artículos de Asia central corren el peligro de escasear en el mercado. Y ocurrirá lo mismo con los tapices de Samarcanda, las lanas, sebos y chales de Oriente. -¡Pues tenga cuidado, padrecito! -respondió un viajero ruso de aspecto socarrón-. ¡No vaya usted a engrasar horriblemente los chales si los mezcla con los sebos! -¡No es cosa de risa! -respondió el comerciante, a quien no parecían gustarle mucho esta clase de bromas. -Aunque nos tiremos de los pelos y nos rasguemos las vestiduras no haremos cambiar el curso de los acontecimientos. ¡Y menos el de las mercancías! -respondió el viajero. -¡Bien se ve que no es comerciante! -hizo observar el judío. -No, a fe mía, digno descendiente de Abraham. No vendo lúpulo, ni edredón, ni miel, ni cera, ni cañamones, ni carne salada, ni caviar, ni lana, ni madera, ni cintas, ni cáñamo, ni lino, ni marroquinería, ni.. -Pero, ¿compra usted? -preguntó el persa, cortando la retahíla del viajero. -Lo menos posible, y sólo para mi consumo particular -respondió éste, guiñándole un ojo. -¡Es un bufón! -dijo el judío dirigiéndose al persa. -¡O un espía! -respondió éste bajando la voz. -No nos fiemos y hablemos lo menos posible. La policía no es precisamente blanda en los tiempos que corren y uno no sabe nunca al lado de quién viaja. En el otro rincón del compartimiento se hablaba un poco menos de las transacciones mercantiles y un poco más de la invasión tártara y sus funestas consecuencias. -Los caballos de Siberia van a ser requisados -dijo un viajero- y las comunicaciones entre las distintas provincias de Asia central se harán bien difíciles. -¿Es cierto -pregunto su vecino- que los kirguises de la horda mediana han hecho causa común con los tártaros?
-Eso se dice -respondió el viajero, bajando la voz-, pero quién puede presumir de saber algo en este país. -He oído hablar de concentraciones de tropas en la frontera. Los cosacos del Don se han reunido en el curso del Volga y se les va a enfrentar con los kirguises sublevados. -Si los kirguises han descendido por el curso del Irtiche, la ruta a Irkutsk no debe de ser muy segura -respondió el vecino-. Además, ayer intenté enviar un telegrama a Krasnoiarsk y no pudo pasar. Me temo que las columnas tártaras hayan aislado la Siberia oriental. -En suma, padrecito -replicó el primer interlocutor-, estos comerciantes tienen razón al estar inquietos por sus negocios y por sus pedidos. Después de requisar los caballos se requisarán los barcos, los coches y todos los medios de transporte, hasta que llegue el momento en que no se pueda dar un paso en toda la extensión del Imperio. -Me temo que la feria de Nijni-Novgorod no termine tan brillantemente como comenzó -respondió el segundo interlocutor, moviendo la cabeza-, pero la seguridad y la integridad del territorio ruso está ante todo. ¡Los negocios no son más que negocios! Si en este compartimiento el tema de las conversaciones no variaba mucho, tampoco era distinto en los otros coches que componían el tren; Pero en todas partes un buen observador hubiera advertido la extrema prudencia en el planteamiento de las impre- siones que intercambiaban. Cuando alguna vez se adentraban en el terreno de los hechos, jamás llegaban a insinuar las intenciones del gobierno moscovita, ni siquiera a apreciarlas. Esto fue justamente advertido por uno de los pasajeros que iban en el vagón de cabeza. Este viajero, evidentemente extranjero, lo miraba todo con ojos bien abiertos y no paraba de hacer preguntas a las cuales sólo se le respondía con evasivas. A cada instante sacaba la cabeza fuera de la ventanilla, de la que tenía el cristal bajado, con vivo desagrado de sus vecinos, y no perdía detalle del paisaje de la derecha; preguntaba el nombre de las más insignificantes localidades, su situación, cuál era su comercio, su industria, el número de sus habitantes, el nivel medio de vida de cada sexo, etc.; y todo lo iba anotando en un bloc ya sobrecargado de citas. Era el corresponsal Alcide Jolivet, que si hacía tantas preguntas insignificantes era porque entre tantas respuestas como provocaba, esperaba sorprender algún hecho interesante para su prima. Pero, naturalmente, se le tomó por un espía y delante de él no se decía ni una sola palabra que tuviera relación con los acontecimientos del día. Viendo, pues, que no podría averiguar nada sobre la invasión tártara, escribió en su bloc: «Viajeros, de una discreción absoluta. En materia política, muy duros de gatillo.» Y mientras Alcide Jolivet anotaba minuciosamente todas sus impresiones sobre el viaje, su colega, que había embarcado en el mismo tren y con igual motivo, estaba entregado a idéntico trabajo de observación en otro compartimiento. Ninguno de los dos había visto al otro aquel día en la estación de Moscú e ignoraban recíprocamente que iban a visitar el teatro de la guerra. únicamente que Harry Blount, hablando poco y escuchando mucho, no había inspirado a sus compañeros de viaje la desconfianza que Alcide Jolivet con sus preguntas. De manera que no le habían tomado por un espía y sus vecinos, sin apurarse, conversaban ante él, llegando a veces más lejos de lo que su circunspección natural les hubiera debido permitir. Por tanto, el corresponsal del Daily Telegraph había podido comprobar hasta qué punto los acontecimientos preocupaban a los hombres de negocios que se dirigían a Nijni-Novgorod y la amenaza que pesaba sobre los intercambios comerciales con Asia central; por lo que no dudó en anotar en su bloc esta justa observación: «Los viajeros, extremadamente inquietos. Sólo se habla de la guerra, y con una libertad que asombra entre el Vístula y el Volga.»