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Asignatura: Literatura española de los siglos XVIII y XIX, Profesor: , Carrera: Filología Hispánica, Universidad: USAL
Tipo: Exámenes
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No se le ocultaba al bellaco de Antón esta inclinación de las mozas de su tierra, y así salió de disciplinante el Jueves Santo, como ya llevamos dicho. A la legua le conoció Catanla Rebollo (que éste era el nombre de la doncella su vecina y su condiscípula de escuela); porque, además de que en toda la procesión no había otro caperuz tan chusco ni tan empinado, llevaba por contraseña una cinta negra que ella misma le había dado al despedirse por San Lucas para ir a Villagarcía. No le quitaba ojo en toda la procesión; y él, que lo conocía muy bien, tenía gran cuidado de cruzar de cuando en cuando los brazos, encorvar un poco el cuerpo y apretar las espaldas, para que exprimiesen la sangre, haciendo de camino un par de arrumacos con el caperuz, que es uno de los pasos tiernos a que están más atentas las doncellas casaderas, y el patán que le supiere hacer con mayor gracia, tendrá mozas a escoger, aunque por otra parte no sea el mayor jugador de la calva o del morrillo que haiga en el lugar. Al fin, como Antón Zotes se desangraba tanto, llegó el caso de que uno de los mayordomos de la Cruz, que gobernaba la procesión, le dijese que se fuese a curar. Catanla se fue tras él y, como vecina, se entró en su casa, donde ya estaba prevenido el vino con romero, sal y estopas
SIMÓN.- Pero si yo no hablo de eso. DON DIEGO.- Pues ¿de qué hablas? SIMÓN.- Decía que... Vamos, o usted no acaba de explicarse, o yo lo entiendo al revés... En suma, esta Doña Paquita, ¿con quién se casa? DON DIEGO.- ¿Ahora estamos ahí? Conmigo. SIMÓN.- ¿Con usted? DON DIEGO.- Conmigo. SIMÓN.- ¡Medrados quedamos! DON DIEGO.- ¿Qué dices?... Vamos, ¿qué?... SIMÓN.- ¡Y pensaba yo haber adivinado! DON DIEGO.- Pues ¿qué creías? ¿Para quién juzgaste que la destinaba yo?
SIMÓN.- Para Don Carlos, su sobrino de usted, mozo de talento, instruido, excelente soldado, amabilísimo por todas sus circunstancias... Para ése juzgué que se guardaba la tal niña. DON DIEGO.- Pues no señor. SIMÓN.- Pues bien está. DON DIEGO.- ¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la había de ir a casar!... No señor; que estudie sus matemáticas.